San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 18 de noviembre de 2016

San Alberto Magno y la Causa de la Sabiduría


San Alberto Magno, nacido en un castillo de Lauingen, a orillas del Danubio en 1206, se caracterizó por poseer una mente prodigiosa que abarcaba, con suma maestría, los conocimientos más avanzados de su época. Fue tal su fama de docto, que sus propios contemporáneos fueron quienes le dieron el título de “Magno” y debido a la profundidad y amplitud de sus conocimientos, le llamaban también “el Doctor Universal” pues, como dijimos, sus conocimientos en todos los campos eran extraordinarios. El monje Rogelio Bacon le consideraba como "una autoridad" y calificaba sus obras de “fuentes originales”.
En los tiempos de San Alberto, la filosofía abarcaba las principales ramas del saber humano accesibles a la razón natural: la lógica, la metafísica, las matemáticas, la ética y las ciencias naturales.  San Alberto escribió nada menos que treinta y ocho volúmenes sobre todas estas materias, y esto sin contar sus sermones, tratados bíblicos y teológicos. Se puede decir que con San Alberto y Roger Bacon las ciencias naturales - cuya finalidad, según el santo, consiste en “investigar las causas que operan en la naturaleza”, una definición válida hasta el día de hoy-, avanzaron notablemente. San Alberto era además una autoridad en física, geografía, astronomía, mineralogía, alquimia (es decir, química) y biología. Debido a que aplicaba el método científico en sus observaciones, contribuyó a disipar mitos como el que sostenía Plinio, según el cual el águila “envolvía sus huevos en una piel de zorra y los ponía a incubar al sol”. Por su precisión, las observaciones geográficas del santo fueron muy alabadas y consideradas, ya que hizo mapas de las principales cadenas montañosas de Europa, explicó la influencia de la latitud sobre el clima y, en su excelente descripción física de la tierra demostró que ésta es redonda[1].
Sin embargo, el mérito científico más preciado de San Alberto no consiste en estos conocimientos superiores para su época, consiste en la interpretación y uso de la filosofía aristotélica como base sobre la cual construir el edificio teológico católico. Además, aplicó el método y los principios aristotélicos al estudio de la teología, siendo así iniciador de uno de los sistemas de estudios más brillantes de la Iglesia –el “sistema predilecto” de la Iglesia-, el sistema escolástico, sistema que luego su discípulo Santo Tomás habría de perfeccionar. San Alberto se encargó de reunir y seleccionar los materiales y tuvo el mérito de ser el maestro de Santo Tomás, quien además de construir el imponente edificio intelectual que perdura hasta nuestros días, es uno de los más grandes doctores de la Iglesia. Sin embargo, a pesar de toda esta enorme capacidad intelectual, nunca se ensoberbeció, manteniéndose siempre humilde, para lo cual rezaba siempre esta oración: “Señor Jesús pedimos tu ayuda para no dejarnos seducir de las vanas palabras tentadoras sobre la nobleza de la familia, sobre el prestigio de la Orden, sobre lo que la ciencia tiene de atractivo”[2].
Pero, ¿de dónde le venían todos estos conocimientos y esta sorprendente sabiduría? Porque es también conocido, en su biografía, que San Alberto, siendo niño y joven, no solo no se caracterizaba por una gran inteligencia, sino que le costaba muchísimo aprender, al punto que en un momento determinado decidió huir del colegio en donde estudiaba, abochornado por los malos resultados. Pero entonces, cuando estaba a punto de concretar su huida, sucedió algo sorprendente: mientras intentaba huir por una escalera colgada de una pared, al llegar a la parte superior del muro se encontró con Nuestra Señora la Virgen María quien le dijo: “Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí que soy ‘Causa de la Sabiduría’?  Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías”[3].Fue la Virgen, entonces, Causa de la Sabiduría, la razón de tan prodigiosa mente y capacidad de estudio de San Alberto. La Virgen es “Causa de la Sabiduría” porque Ella es la Madre de Dios Hijo, que es la Sabiduría de Dios, Jesucristo. Luego, sucedió tal como la Virgen le había dicho: en 1278, cuando dictaba una clase, le falló súbitamente la memoria y perdió la agudeza de entendimiento.  Murió apaciblemente a los 74 años, sin que hubiese padecido antes enfermedad alguna, cuando se hallaba sentado conversando con sus hermanos en Colonia.  Era el 15 de noviembre de 1280.  Se había mandado a construir su propia tumba, ante la cual todos los días iba a rezar el Oficio de Difuntos[4]. Si los estudiantes acudieran a la Virgen, “Causa de la Sabiduría”, ¡cuántos sabios tendría la Iglesia!




[1] http://www.corazones.org/santos/alberto_magno.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3]Cfr. A. Butler; Vida de los Santos; Sálesman, P. Eliécer, Vidas de los Santos, 4; Sgarbossa, Mario; Luigi Giovannini, Un Santo Para Cada Día;  http://www.corazones.org/santos/alberto_magno.htm
[4] Cfr. ibidem.

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