El Sagrado Corazón,
el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en
ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el
fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su
base.
¿Qué significan estos
tres elementos?
Las espinas son la materialización
de nuestros malos deseos, de nuestros malos
pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la
corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de
nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no
representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el
placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se
convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que
rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma,
de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los
dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole
porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la
fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca
-sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas
desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el
Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada
latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas,
a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de
Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y
Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido
en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros
pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y
resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los
tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito
de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes
de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al
Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón
desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego,
porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del
fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor,
dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este
Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a
inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima,
glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este
Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo
sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en
deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una
brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse
a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de
Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo
aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder
en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu
Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y
enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está
la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está
crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables
del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere
decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de
un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8)
en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo
ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense
que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha
dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz,
traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser
recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y
necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz,
que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el
Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién
puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le
apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres
elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que
significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a
nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la
Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús,
envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y
en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con
amor.
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