San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 23 de febrero de 2022

San Policarpo, obispo y mártir

 



Vida de santidad[1].

Policarpo, discípulo de los apóstoles y obispo de Esmirna, huésped de Ignacio de Antioquía, fua a Roma para tratar con el papa Aniceto la cuestión de la Pascua. Sufrió el martirio hacia el año 155, siendo quemado en el estadio de la ciudad.

Mensaje de santidad[2].

          Los testigos del martirio del obispo San Policarpo dejaron por escrito la muerte martirial que sufrió San Policarpo y el hecho milagroso que sucedió en ella, así como las palabras del santo y sus últimas acciones.

          La carta dice así: “Cuando estuvo preparada la hoguera, Policarpo, habiéndose despojado de sus vestidos y soltado el ceñidor, se esforzaba también en descalzarse (…). Llegó el momento en que ya estaban preparados a su alrededor todos los instrumentos necesarios para la hoguera. Cuando iban a clavarlo en el poste, dijo: “Dejadme así; el que me ha hecho la gracia de morir en el fuego hará también que permanezca inmóvil en la hoguera, sin necesidad de vuestros clavos”. En estas palabras podemos ver la asistencia del Espíritu Santo a San Policarpo: está a punto de morir quemado en la hoguera, pero el santo no solo no se desespera, ni comienza a gritar, o a llorar, o a implorar misericordia a sus verdugos, sino que les pide simplemente que no lo fijen con clavos al madero, porque él no se retorcerá de dolor, porque la gracia santificante que lo asiste y que lo condujo con mansedumbre hasta la hoguera, hará también que permanezca inmóvil cuando el fuego comience a consumir su cuerpo.

Continúa la carta: “Ellos, pues, no lo clavaron, sino que se limitaron a atarlo. Policarpo, con las manos atadas a la espalda, como una víctima insigne tomada del gran rebaño, dispuesta para la oblación, como ofrenda agradable a Dios, mirando al cielo, dijo: “Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bendito siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de tu persona, Dios de los ángeles y de las potestades, de toda la creación y de toda la raza de los justos que viven en tu presencia: te bendigo porque en este día y en esta hora te has dignado agregarme al número de los mártires y me has concedido tener parte en el cáliz de tu Ungido, para alcanzar la resurrección y la vida eterna del alma y del cuerpo en la incorrupción por el Espíritu Santo; ojalá sea hoy recibido como ellos en tu presencia como un sacrificio pingüe y acepto, tal como de antemano lo dispusiste y me diste a conocer, y ahora lo cumples, oh Dios, veraz y verdadero. Por esto te alabo por todas estas cosas, te bendigo, te glorifico por mediación del eterno y celestial pontífice, Jesucristo, tu amado siervo, por quien sea la gloria a ti, junto con él y el Espíritu Santo, ahora y por los siglos venideros. Amén”. Sus últimas palabras pueden considerarse no solo como un canto de alabanza a Dios Uno y Trino, sino también como una profesión de fe en el Hombre-Dios Jesucristo, en el valor del martirio que conduce al cielo en unión con Cristo y en la esperanza de recibir, como premio al martirio, la vida eterna en el Reino de los cielos.

Luego los testigos del martirio describen un hecho milagroso sucedido en el momento del martirio: “Cuando hubo pronunciado el “Amén”, concluyendo así su oración, los esbirros encendieron el fuego. Se levantó una gran llamarada, y entonces pudimos contemplar algo maravilloso, nosotros, los que tuvimos el privilegio de verlo, y que por esto hemos sobrevivido, para contar a los demás lo acaecido. El fuego, en efecto, abombándose como la vela de un navío henchida por el viento, formó como un círculo alrededor del cuerpo del mártir; el cual, puesto en medio, no tomó el aspecto de un cuerpo quemado, sino que parecía pan cocido u oro y plata que se acrisolan al fuego. Y nosotros percibíamos un olor tan agradable como si se quemara incienso u otro precioso aroma”. Los testigos narran que San Policarpo se mantuvo sereno, firme en la fe y manso como un cordero, que su cuerpo no tomó el aspecto carbonizado que suelen tomar los cuerpos quemados, sino que parecía “pan cocido” y también “oro y plata acrisolados en el fuego” y el significado de todo esto es el siguiente: San Policarpo estaba asistido e inhabitado por el Espíritu Santo, por eso, lo que lo quemaba, pero sin hacerlo arder ni provocarle dolor, no era el fuego material, externo, de la hoguera, que es retirado por Dios para que no afecte su cuerpo: lo que lo quemaba, con un Fuego que lo hacía arder dulcemente en el Amor de Dios, era el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo y es este Fuego el que le da el aspecto de pan cocido o de plata y oro acrisolados por el fuego. En otras palabras, San Policarpo no muere por el dolor del fuego material de la hoguera, sino que muere de Amor, pues toda su humanidad, alma y cuerpo, están encendidos en el Fuego del Amor Divino, el Espíritu Santo. Muy probablemente no sufriremos la misma muerte de San Policarpo, pero no debemos olvidar que, en cada Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús que está envuelto en las llamas del Divino Amor y que Él quiere comunicarnos de ese Divino Amor al comulgar, para que nuestros corazones se enciendan en el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo.



[2] De la Carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de san Policarpo, Cap. 13, 2--15, 2: Funk 1, 297-299.

jueves, 23 de febrero de 2017

San Policarpo


Vida de santidad[1].

San Policarpo, discípulo de los apóstoles y obispo de Esmirna, huésped de Ignacio de Antioquía, fue a Roma para tratar con el papa Aniceto la cuestión de la Pascua. Sufrió el martirio hacia el año 155, siendo quemado en el estadio de la ciudad[2].
Fue el más conocido entre los obispos de la Iglesia primitiva a quienes se les da el nombre de “Padres Apostólicos”, por haber sido discípulos de los Apóstoles y directamente instruidos por ellos. Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y entre sus muchos discípulos y seguidores se encontraban San Ireneo y Papías. Cuando Florino, que había visitado con frecuencia a San Policarpo, empezó a profesar ciertas herejías, San Ireneo le escribió: “Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predecesores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas y habría exclamado, según su costumbre: “¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas?” Y al punto habría huido del sitio en que se predicaba tal doctrina”[3].
En efecto, Policarpo, iluminado por el Espíritu Santo, que concede la gracia de contemplar la Verdad y de rechazar el error, no admitía, de ninguna manera, la herejía. Según la tradición, una vez se encontró San Policarpo con el hereje Marción en las calles de Roma y este, al ver que el santo no lo saludaba, lo increpó diciéndole: “¿Qué, no me-conoces?” “Sí, -le respondió Policarpo-, sé que eres el primogénito de Satanás”. El santo obispo había heredado este aborrecimiento hacia las herejías de su maestro San Juan, quien salió huyendo de los baños, al ver a Cerinto. Ellos comprendían el gran daño que hace la herejía[4].
San Policarpo besó las cadenas de San Ignacio, cuando éste pasó por Esmirna, camino del martirio, e Ignacio a su vez, le recomendó que velara por su lejana Iglesia de Antioquía y le pidió que escribiera en su nombre a las Iglesias de Asia, a las que él no había podido escribir. San Policarpo escribió poco después a los Filipenses una carta que se conserva todavía, la cual en tiempos de San Jerónimo se leía públicamente en las iglesias, mereciendo toda admiración por la excelencia de sus consejos y la claridad de su estilo. Policarpo emprendió un viaje a Roma para aclarar ciertos puntos con el Papa San Aniceto, especialmente la cuestión de la fecha de la Pascua, porque las Iglesias de Asia diferían de las otras en este particular. Como Aniceto no pudiese convencer a Policarpo ni éste a aquél, convinieron en que ambos conservarían sus propias costumbres y permanecerían unidos por la caridad. Para mostrar su respeto por San Policarpo, Aniceto le pidió que celebrara la Eucaristía en su Iglesia. A esto se reduce todo lo que sabemos sobre San Policarpo, antes de su martirio[5].

         Mensaje de santidad.

         El mensaje de santidad de San Policarpo, además de toda su vida de gracia, radica en el martirio que sufrió, dando admirable testimonio de Nuestro Señor Jesucristo. Por la sabiduría celestial de sus respuestas a sus verdugos, que lo instaban a apostatar, y por los maravillosos prodigios que se sucedieron en su muerte, se puede decir que en San Policarpo -en su vida, pero sobre todo, en su martirio-, se cumplen las siguientes palabras de la Escritura: “Queridos hermanos: Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros: porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros” (1 Pe 4, 13-14).
Su martirio es narrado de la siguiente manera, por Butler[6]; nuestro comentario irá en cursiva: “El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos se señaló entre todos, y animó a los pusilánimes a soportar el Martirio. En el anfiteatro, el procónsul le exhortó a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Pero también hubo cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir. La multitud no se saciaba de la sangre derramada y gritaba: “¡Mueran los enemigos de los dioses! ¡Muera Policarpo!”. Los amigos del santo le habían persuadido que se escondiera, durante la persecución, en un pueblo vecino. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esto fue para él una señal de que moriría quemado vivo como lo predijo a sus compañeros. Cuando los perseguidores fueron a buscarle, cambió de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado si no le delataba, acabó por entregarle.
Los autores de la carta de la que tomamos estos datos, condenan justamente la presunción de los que se ofrecían espontáneamente al martirio y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo. El testimonio es importante, porque si bien la apostasía es “martirio por defecto”, si podemos decir así, la temeridad es “martirio por exceso”; ninguna de las dos opciones es evangélica, por lo que si San Policarpo se hubiera entregado espontáneamente al martirio, habría pecado por temeridad, lo cual, evidentemente, no hizo.
Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo: “Hágase la voluntad de Dios”. Esto confirma lo que afirmábamos recién, acerca del verdadero martirio de Policarpo, pues ni huyó –apostasía- ni tampoco se entregó espontáneamente –temeridad-.
Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró de pie durante dos horas, por sus propios cristianos y por toda la Iglesia. Hizo esto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepintieron de haberlo hecho. Montado en un asno fue conducido a la ciudad. Imita en todo a Nuestro Señor Jesucristo: como Él, que oró en el Huerto antes de ser entregado, también Policarpo ora antes de ser entregado a las autoridades; como Nuestro Señor, que entró en Jerusalén el Domingo de Ramos montado en un asno, también Policarpo al iniciar su martirio. Pero no es mera imitación exterior, sino verdadera participación mística y sobrenatural, a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron venir a su carruaje y trataron de persuadirle de que no “exagerase” su cristianismo: “¿Qué mal hay -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?”. Hay que notar que la palabra “Señor” implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César. El obispo permaneció callado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente: “Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis”. Al oír esto, Herodes y Nicetas le arrojaron del carruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna. Es admirable el testimonio en favor de Nuestro Señor Jesucristo, como el Único Dios y Señor al que hay que servir y adorar, y su rechazo absoluto a reconocer a un falso dios como el César. Su testimonio es tanto más válido hoy, cuando las multitudes de cristianos, sin necesidad de tirano alguno que las obligue a apostatar de Jesucristo y a adorar a los ídolos, se entregan por sí mismas a estos modernos ídolos neo-paganos y luciferinos –Gauchito Gil, Difunta Correa, San La Muerte, el dinero, el placer, entre muchos otros más-, postrándose ante ellos y abandonando al Dios de la Eucaristía, Jesús, en el sagrario.
El santo se arrastró calladamente hasta el sitio en que se hallaba reunido el pueblo. A la llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía: “Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre”. El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar: “¡Mueran los enemigos de los dioses!”. El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: “¡Mueran los enemigos de Dios!”. El procónsul repitió: “Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo”. “Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador? Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame”. El procónsul dijo: “Convence al pueblo”. El mártir replicó: “Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa”. En efecto, la rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo. Al dar testimonio del Hombre-Dios, Policarpo da testimonio también del verdadero hombre, el Nuevo Ser Humano, aquel que es regenerado por la gracia santificante y convertido en hijo adoptivo de Dios y en respuesta a la voz que le dijo que “mostrara que era hombre”, San Policarpo, con la valentía del León de Judá, Jesucristo, desafía a la multitud, pero no por sí mismo, sino para defender el honor de Dios Trino, ultrajado por el gentío que ensalza a los falsos dioses. Reconoce a Jesucristo como el Dios al que ha servido durante toda su vida –ochenta y seis años- y el cual “nunca le hizo daño”, por lo que no ve razón para renegar de Él. La multitud, enardecida, muestra que el necio se aturde con sus propios palabreríos y griteríos inútiles, los cuales impiden escuchar la voz de Dios, que está “en la suave brisa”, es decir, en el silencio interior. Por esta razón, San Policarpo no puede convencer a la multitud, situación que se repite en nuestros días, al ver cómo las multitudes acuden a los estadios de fútbol el Domingo, Día del Señor, para gritar enfervorizados y rendirle loas y pleitesía al dios pagano del fútbol, en vez de acudir a la Santa Misa Dominical, para recibir en la Eucaristía a su Dios y Señor, Jesucristo, y adorarlo en sus corazones.
El procónsul le amenazó: “Tengo fieras salvajes”. “Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien”. El procónsul replicó: “Puesto que desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo”. Policarpo le dijo: “Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso demuestra ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras”. Impresionante testimonio del destino de dolor eterno en el Infierno, que le espera a los que voluntariamente permanecen en la malicia de sus corazones. San Policarpo advierte acerca del fuego del Infierno, un “fuego inextinguible” destinado a los “malvados”, a los que niegan a Dios y su Cristo; un fuego terrible que hace arder al cuerpo y al espíritu del condenado, y frente a cuya ferocidad, el fuego de la tierra es poco más que un soplo.
Durante estos discursos, el rostro del santo reflejaba tal gozo y confianza y actitud tenía tal gracia, que el mismo procónsul se sintió impresionado. Sin embargo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio: “Policarpo se ha confesado cristiano”. Al oír esto, la multitud exclamó: “¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!”. Como la multitud pidiera al procónsul que condenara a Policarpo a los leones, aquél respondió que no podía hacerlo, porque los juegos habían sido ya clausurados. Entonces gentiles y judíos pidieron que Policarpo fuera quemado vivo. El rostro luminoso del santo y la sabiduría celestial de sus palabras, son una muestra de la inhabitación del Espíritu Santo en él, y el fuego material con el que los paganos y herejes pretenden quemar su cuerpo para darle el muerte, es imagen del Fuego de Amor, el Espíritu Santo, con el que Dios hace arder el corazón de San Policarpo, dándole el Amor y la Vida de Dios a su alma.
En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres. Al ver la hoguera prendida, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarle. Los verdugos querían atarle, pero él les dijo: “Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego me la dará también para soportarlo inmóvil”. Si no fuera por la Presencia del Espíritu Santo en su alma, nunca habría podido soportar el fuego material con el que quemaron su cuerpo; las palabras de San Policarpo, son una vez más, testimonio de que es el Espíritu Santo el que da fortaleza y sabiduría a los mártires, y que también habla a través de ellos, por lo que las palabras de los mártires bien puede decirse que están inspiradas por Dios.
Los verdugos se contentaron pues, con atarle las manos a la espalda. Alzando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración: “¡Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote Eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a Ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! ¡Amén!”. Hermosísima oración de adoración, de alabanzas, de acción de gracias, a Dios Trino, además de ser una profesión de fe en la bienaventuranza eterna, prometida para aquellos que den sus vidas en testimonio del Cordero de Dios, Cristo Jesús. Otro aspecto que se destaca en esta bellísima oración, es no solo la serenidad, la alegría y el gozo, en los instantes previos a la muerte, lo cual es signo de la Presencia de Dios en el alma, porque si no fuera así, estaría desesperado, sino además la acción de gracias por el don del martirio, concedido por Dios solo a los elegidos.
No bien había acabado de decir la última palabra, cuando la hoguera fue encendida. “Pero he aquí que entonces aconteció un milagro ante nosotros, que fuimos preservados para dar testimonio de ello -escriben los autores de esta carta-: las llamas, encorvándose como las velas de un navío empujadas por el viento, rodearon suavemente el cuerpo del mártir, que entre ellas parecía no tanto un cuerpo devorado por el fuego, cuanto un pan o un metal precioso en el horno; y un olor como de incienso perfumó el ambiente”. Los verdugos, recibieron la orden de atravesar a Policarpo con una lanza; al hacerlo, brotó de su cuerpo una paloma y tal cantidad de sangre, que la hoguera se apagó[7]. El Fuego del Divino Amor, que ardía ya en el alma del santo, es el que domina al fuego material, mera creatura, para que, más que provocarle dolor, lo acariciara y convirtiera su cuerpo en figura de la Eucaristía, ya que el cuerpo del santo abrasado por el fuego parecía “pan” y la Eucaristía es el Pan Vivo bajado del cielo, cocido en el Fuego del Divino Amor; el Fuego del Divino Amor hace parecer también, al cuerpo del mártir, al “metal precioso en el horno”, lo cual se condice con la realidad, pues el santo es acrisolado en el fuego, como el oro, es decir, su amor es purificado por el Fuego de Amor que es el Espíritu Santo, para que su amor por Dios sea puro y santo como Dios, que es Amor Puro y Santo. El olor a incienso que perfumó el ambiente al morir San Policarpo, es signo de que toda su humanidad había sido convertida en oración agradable a Dios, que subía ahora, unida al sacrificio de Cristo, como incienso de agradable perfume, hasta el trono de su majestad en los cielos. La paloma que sale de su pecho atravesado por la lanza, junto con la sangre que apaga el fuego, es participación al lanzazo recibido por Jesucristo luego de morir: al atravesar su Corazón, la lanza abrió su Costado, del cual salió su Sangre, inhabitada por el Espíritu Santo, el cual, derramado por el Padre sobre la humanidad, apagara el fuego de las pasiones del hombre pecador.
Nicetas aconsejó al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo. Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, “sin saber -dicen los autores de la carta- que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie porque a Él le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les amamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro”. Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir. “Más tarde -explican los autores de la carta- recogimos nosotros los huesos, más preciosos que las más ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio donde Dios nos concedió reunirnos, gozosamente, para celebrar el nacimiento de este mártir”. Esto escribieron los discípulos y testigos. Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155, o 166, u otro año. Como muestra de la participación en la Pasión del Señor hasta lo último, también con el cuerpo del santo intentan los enemigos de Dios lo mismo que intentaron con el Cuerpo de Nuestro Señor, esto es, ocultarlo, además de inventar las mismas mentiras que inventaron con Nuestro Señor. Y si las reliquias del santo, que son sólo huesos, son “más preciosas que el oro”, ¡cuánto más la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, que nos concede la participación en la vida divina de Dios Uno y Trino!




[1] http://www.corazones.org/santos/policarpo.htm
[2] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[3] Cfr. Butler, Vida de los Santos, 172-175. Existe una muy vasta literatura sobre San Policarpo y todo lo relacionado con él. Los principales puntos de discusión que pueden interesarnos son los siguientes: 1) la autenticidad de la carta que describe su martirio, escrita en nombre de la Iglesia de Esmirna: 2) la autenticidad de la carta de San Ignacio de Antioquía a San Policarpo; 3) la autenticidad de la carta de San Policarpo a los filipenses; 4) el valor de las informaciones que San Ireneo y otros autores primitivos nos dan sobre las relaciones de San Policarpo con el apóstol San Juan; 5) la fecha del martirio; 6) el valor de la Vida de Policarpo atribuida a Pionio. Por lo que toca a los cuatro primeros puntos, se puede decir que los especialistas sobre la Iglesia primitiva, se declaran casi unánimemente en favor de la tradición ortodoxa. Las conclusiones a las que llegaron tan laboriosamente, Lightfoot y Funk han sido finalmente aceptadas casi por unanimidad. Por consiguiente, dichos documentos pueden considerarse entre los más preciosos recuerdos que han llegado hasta nosotros sobre los primeros pasos en la vida de la Iglesia. Esos documentos que se encuentran reunidos en la obra inapreciable de Lightfoot, The Apostolic Fathers, Ignatius and Polycarp, 3 vols., y en la edición abreviada en un solo volumen de J. R. Harmer, The Apostolic Fathers (1891). En cuanto a la fecha del martirio, los escritores primitivos, basándose en la Crónica de Eusebio, aceptaban sin discusión que San Policarpo había muerto el año 166; pero los críticos actuales sitúan el martirio en los años 155 o 156. Ver, sin embargo, J. Chapman, quien en la Revue Bénédictine, vol. xix, pp. 145 ss., expone los motivos por los que prefiere el año 166; H. Grégoire, en Analecta Bollandiana, Vol. LXIX (1951), pp. 1-38, arguye largamente en favor del año 177.
[4] Cfr. Butler, ibidem.
[5] Cfr. Butler, ibidem.
[6] Cfr. Vida de los santos.
[7] De la Carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de san Policarpo, Cap. 13, 2--15, 2: Funk 1, 297-299.

martes, 22 de febrero de 2011

El martirio de San Policarpo y la Santa Misa


A la edad de más de ochenta años, y con fama de ser un santo en vida, San Policarpo, al negarse a renunciar a Jesucristo y a ofrecer sacrificios a los ídolos, es sentenciado a ser quemado en la hoguera, pero en el momento en el que los verdugos encienden el fuego, sucede un milagro: “Apenas concluida su súplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y levantándose una gran llamarada, vimos una gran prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido. El fuego, formando una especie de bóveda, rodeó por todos lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso.

Viendo los impíos que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al confector para que le diese el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida una paloma y tal cantidad de sangre que apagó el fuego de la pira, y el gentío quedó pasmado de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los infieles y la de los escogidos”[1].

Policarpo, el mártir, dio su vida en la hoguera, y el fuego que lo abrasó era un fuego material aplicado por los hombres, y al arder su cuerpo, en vez de quedar su cuerpo carbonizado, este se volvió como la plata o el oro que se ponen al fuego, y en vez de despedir el olor a carne quemada, como sucede con todo cuerpo humano que se incinera, despidió aroma a suaves perfumes, como señal de que su sacrificio era grato a Dios; antes que él, el Rey de los mártires, Jesucristo, entregó su vida en la cruz, con su Cuerpo siendo abrasado por un fuego que no venía de los hombres, sino del seno mismo del Padre, el Espíritu Santo, y su Cuerpo así sublimado por el fuego del Espíritu, era infinitamente más precioso que el oro o la plata refinados por el fuego, y si Policarpo desprendió olor a perfumes, como signo de la Presencia del Espíritu en él, la sublimación del Cuerpo de Cristo desprendió una fragancia suavísima, porque estaba inhabitado por el Espíritu Santo. Lo dice así Santa Brígida: “…como un haz de mirra, elevado a lo alto de la Cruz, la muy fina y delicada Carne Vuestra fue destrozada”[2].

Según Santa Brígida, el Cuerpo de Jesús fue inmolado y sublimado por el fuego del Espíritu, desprendiendo la suave fragancia del Espíritu Santo, fragancia más exquisita que el incienso y la mirra.

Y esta sublimación del Cuerpo del Rey de los mártires, ocurrida en la cruz, por parte del Espíritu Santo -de la cual la sublimación del cuerpo de Policarpo fue una continuación y una prolongación-, se da en cada Santa Misa: por las palabras del sacerdote ministerial, el Espíritu Santo, como llama de fuego divino, convierte la materia inerte del pan y del vino en el luminoso y resplandeciente Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía.


[1] Cfr. Miglioranza, C., Actas de los mártires, Colección Espiritualidad, Ediciones San Pablo, Buenos Aires 2001, 13-14.

[2] Cfr. Santa Brígida, Las Quince Oraciones. Jesús promete, entre otras cosas, para quien rezare las quince oraciones todos los días, en memoria y honor de sus Santas Llagas, la salvación eterna.