San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 12 de junio de 2011

San Antonio de Padua y un milagro eucarístico



San Antonio es conocido por muchos milagros, entre ellos, el milagro eucarístico en el que una mula se arrodilla delante de la Eucaristía.
La idea que dio origen al milagro, surgió en realidad de un hereje –el hereje no es el que niega directamente las verdades de fe, sino quien las reformula, quitándoles todo signo de sobrenaturalidad-, quien fue el que, fastidiado por la prédica eucarística de San Antonio, le propuso que su mula fuera privada de alimentos por tres días, al cabo de los cuales, sería soltada en la plaza; enfrente suyo, se colocaría, de un lado, abundante forraje, mientras que, separado a una distancia de varios metros, se encontraría San Antonio con la custodia y el Santísimo.
Según el hereje, la mula, luego de pasar tres días sin comer, se dirigiría sin vacilación hacia el forraje, lo cual probaría que en la Eucaristía no había nada, como él lo sostenía: “Dejémonos de charlas y pasemos a los hechos. Si tú, Antonio, consigues probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes, está el verdadero cuerpo de Cristo, yo abjuraré de toda herejía, y me someteré a la fe católica. Tendré encerrada a mi acémila durante tres días y le haré padecer hambre. Pasados los tres días, la sacaré en medio de la gente, y le mostraré el forraje. Tú mientras tanto te pondrás delante con lo que afirmas que es el cuerpo de Cristo. Si el animal hambriento, no va hacia el forraje, y corre para adorar a su Dios, creeré sinceramente en la fe de la Iglesia".
San Antonio aceptó el desafío: “Confío en mi salvador Jesucristo que, para tu conversión y la de los demás, me concederá su misericordia por lo que pides”.
Al tercer día, San Antonio acudió a la plaza, luego de detenerse a rezar en una capilla cercana. También la mula fue sacada del establo, y llevada a la plaza, y la colocaron en el medio, entre San Antonio, que tenía la custodia con el Santísimo en sus manos, y el alimento para el animal.
Antes de que soltaran al animal, el santo rezó así: “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”. Antes incluso de que el santo finalizara sus palabras la mula, ignorando por completo el alimento a su disposición, se dirigió decididamente hacia San Antonio, y una vez llegado delante de él y la custodia que tenía en sus manos, dobló sus patas delanteras, se arrodilló y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante del sacramento del cuerpo de Cristo.
El hereje, dueño de la mula, se retractó de su creencia, y volvió a la fe católica[1].
Ahora bien, el milagro no deja de plantearnos algunos interrogantes: ¿cómo puede ser que un animal irracional, como esta mula, reconozca y adore la Presencia sacramental de Jesús, el Hombre-Dios, en la Eucaristía, arrodillándose delante de la Hostia, y por el contrario, cientos de miles de cristianos, niños, jóvenes y adultos, duden de su Presencia?
¿Cómo puede ser que una bestia irracional, como la mula, adore a su Creador en la Hostia consagrada, mientras que cientos de miles de bautizados, niños, jóvenes y adultos, creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, con inteligencia, en vez de aplicar sus inteligencias para profundizar en el misterio de la Eucaristía, recibido en el Catecismo, utilicen sus inteligencias para apartarse de Dios por el camino del mal?
¿Cómo puede ser que una bestia irracional, que ha pasado tres días sin comer, en vez de satisfacer el apetito del estómago, como cabría esperar, se dirige a adorar a su Creador, mientras que los niños, los jóvenes y los adultos, sin pensar siquiera en la Presencia de Jesús en la Eucaristía, y en el hecho de que Él se dona como Pan de Vida eterna, como Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu, y como Vino de la Alianza Nueva y Eterna, prefieran en cambio llenar sus vientres con alimentos terrenos y sus espíritus con cosas prohibidas por el cielo?
¿Cómo puede ser que un animal irracional, como la mula, caminando con sus patas de animal, dirija sus pasos, apresuradamente, hacia el Santísimo Sacramento del altar, para adorarlo, y con esas mismas patas de cuadrúpedo sin razón, se arrodille frente al Dios Verdadero, mientras que miles de niños, jóvenes y adultos, utilizan sus piernas y sus pies, y su condición de animal racional en bipedestación, para huir de la Misa dominical y de la Eucaristía, para correr a postrarse ante los ídolos del mundo, el fútbol, la diversión, el placer?
¿Cómo puede ser que un animal irracional, como la mula, incline su cabeza ante la majestad de Cristo Eucaristía, mientras que miles de niños, jóvenes y adultos, en vez de inclinar sus cabezas ante el misterio del altar, con toda reverencia y amor, prefieren en cambio inclinar sus cabezas ante los ídolos de la televisión e Internet?
Las respuestas a estas preguntas se encuentran en el “misterio de iniquidad” que anida en el corazón del hombre.



[1] Cfr. Benignitas, 16, 6-17.

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