San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 2 de marzo de 2012

Las almas del Purgatorio, el Escapulario del Carmen y la Santa Misa



La Virgen del Carmen entrega el escapulario a San Simón Stock






Muchas almas del Purgatorio deben su salvación
al Escapulario de la Virgen del Carmen

Antes de introducirnos en la relación entre la Santa Misa y las almas del Purgatorio, no podemos pasar por alto al Escapulario de la Virgen del Carmen, porque es gracias a él que muchas almas, que se encuentran en el Purgatorio, se salvaron de la condenación eterna, según las promesas de la Virgen del Carmen a San Simón Stock, sexto superior general de la Orden religiosa Carmelita durante los años 1245-1265[1]. La historia del Escapulario dice que, ante serias dificultades de la Orden, San Simón suplicaba diariamente la protección de María. Su oración fue escuchada, y “se le apareció la Bienaventurada Virgen, acompañada de una multitud de Ángeles, llevando en sus benditas manos el escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: Éste será privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él, no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará”[2].
Otra redacción también muy antigua dice así: “San Simón, inglés, hombre de gran santidad y devoción, en su oración suplicaba continuamente a la Virgen que favoreciera a su Orden con algún privilegio singular. La Virgen se le apareció teniendo en su mano el Escapulario diciendo: Este es el privilegio para ti y para los tuyos; quien muera llevándolo, será salvo”[3] (). Es decir, evitará el infierno. Irá al cielotras un paso por el purgatorio. La fecha y lugar de la aparición no se conocen con seguridad. Se habla de Londres, el 16 de julio de 1251. Siempre dentro del generalato de San Simón y antes de 1252, pues el 13 de enero de este año el papa Inocencio IV emite la Bula "Ex parte dilectorum" donde defiende a los carmelitas en este tema.
Sesenta y dos años después (1314), Nuestra Señora se apareció al Papa Juan XXII, que recogió sus palabras en la Bula "Sacratissimo uti culmine" también llamada Bula sabatina (3.III.1322): “Si entre los religiosos o cofrades de esta orden hubiese algunos que al morir tengan que purgar sus pecados en la cárcel del purgatorio, yo, que soy la Madre de la misericordia, descenderé al purgatorio el primer sábado después de sumuerte, y lo libraré para conducirlo al Monte Santo de la Vida Eterna”.
Recordemos entonces las condiciones para conseguir los grandes tesoros que encierra este hermoso regalo del cielo. Para la promesa de salvación se requiere:
Tener impuesto el escapulario. (Basta hacerlo una sola vez).
Llevarlo puesto. Puede sustituirse por una medalla. (Lo comentaremos). Tanto la medalla como el escapulario deben estar bendecidos.
Devoción a María; procurar imitarla; desear ser buenos hijos suyos. El escapulario son dos trocitos de tela que simbolizan una vestimenta. Y quien viste el hábito de María debe vivir como Ella, ejercitando las virtudes cristianas. De modo que el hábito-vestido vaya unido al hábito-virtud.
Para el privilegio sabatino. Se precisa, además de lo anterior:
Guardar la castidad propia de su estado. (La confesión recupera la situación perdida).
Rezar el oficio parvo de nuestra Señora. Este rezo puede sustituirse por la abstinencia de carne los miércoles y sábados. También se mencionan otras posibles sustituciones: el rezo del oficio divino o del Rosario, o incluso hasta simplemente cinco o tres avemarías.

         Pasando propiamente a la Santa Misa, veamos qué es lo que nos dicen los santos, entre ellos, San Leonardo de Porto Mauricio, en su obra: “El tesoro escondido de la Santa Misa”.
Muchos santos de la Iglesia sostienen que las almas del Purgatorio, cuando son liberadas a causa de la oración de quien todavía peregrina en la tierra, al llegar al cielo se muestran muy agradecidos con aquél que rezó por ella, y demuestran su agradecimiento interviniendo para la solución favorable de los asuntos terrenos de quien fuera su benefactor.
Sabiendo esto, deberíamos aprovechar la Santa Misa para no solo pedir por lo que pedimos habitualmente, sino también por las almas del Purgatorio, con lo cual se obtiene un doble beneficio: las almas del Purgatorio son aliviadas y/o liberadas por la Misa que nosotros ofrecimos, y al mismo tiempo, nosotros nos vemos aliviados y/o liberados de los problemas que nos aquejan, por la intercesión de quien pasó del Purgatorio al cielo por nuestra Misa encargada. ¡Negocio redondo, en donde todos salimos ganando!
San Leonardo de Porto Mauricio nos da ejemplos[4] que atestiguan lo que estamos diciendo: “Añade a esto que la caridad que tengas con los difuntos redundará enteramente en favor tuyo. Pudiérase confirmar esta verdad con innumerables ejemplos; pero bastará citar uno, perfectamente auténtico, que sucedió a San Pedro Damiano.
Habiendo perdido este Santo a sus padres en la niñez, quedó en poder de uno de sus hermanos, que lo trató de la manera más cruel, no avergonzándose de que anduviese descalzo y cubierto de harapos. Un día encontró el pobre niño una moneda de plata. ¡Cuál sería su alegría creyendo tener un tesoro! ¿A qué lo destinaría? La miseria en que se hallaba le sugería muchos proyectos; pero después de haber reflexionado bien, se decidió a llevar la moneda a un sacerdote para que ofreciese el sacrificio de la Misa para las almas del purgatorio. ¡Cosa admirable! Desde este momento la fortuna cambió completamente en su favor. Otro de sus hermanos, de mejor corazón, lo recogió, tratándolo con toda la ternura de un padre. Lo vistió decentemente y lo dedicó al estudio, de suerte que llegó a ser un personaje célebre y un gran Santo. Elevado a la púrpura, fue el ornamento y una de las más firmes columnas de la Iglesia. Ve, pues, cómo una sola Misa que hizo celebrar a costa de una ligera privación, fue para él principio de utilidades inmensas.
¡Oh, bendita Misa, que tan útil eres a la vez a los vivos y a los muertos en el tiempo y en la eternidad! En efecto, estas almas santas son tan agradecidas a sus bienhechores, que, estando en el cielo, se constituyen allí sus abogadas, y no cesan de interceder por ellos hasta verlos en posesión de la gloria. En prueba de esto voy a referirte lo que le sucedió a una mujer perversa que vivía en Roma. Esta desgraciada, habiendo olvidado enteramente el importantísimo negocio de su salvación, no trataba más que de satisfacer sus pasiones, sirviendo de auxiliar al demonio para corromper la juventud. En medio de sus desórdenes todavía practicaba una buena obra, y era mandar celebrar en ciertos días la Santa Misa por el eterno descanso de las almas benditas del purgatorio. Efecto de las oraciones de estas almas santas, como se cree piadosamente, sintióse un día aquella infeliz mujer sorprendida por un dolor de sus pecados tan amargo, que de repente, y abandonando el infame lugar donde se encontraba, fue a postrarse a los pies de un celoso sacerdote para hacer su confesión general. Al poco tiempo murió con las mejores disposiciones y dando señales las más ciertas de su predestinación. ¿Y a qué podremos atribuir esta gracia prodigiosa, sino al mérito de las Misas que ella hacía celebrar en alivio de las almas del purgatorio? Despertemos, pues, del letargo de nuestra indevoción, y no permitamos que los publicanos y mujeres perdidas se nos adelanten en conseguir el reino de Dios (Mt 21, 31)”.
Bastaría una Misa, continúa San Leonardo[5], para liberar a todas las almas del Purgatorio. ¿Por qué? Porque en la Misa, quien pide y satisface por las almas del Purgatorio, es Jesucristo con su sacrificio en cruz, que se renueva sacramentalmente en el altar, y por este motivo, tiene un valor infinito. La Misa, en cuanto sacrificio de Cristo, Hombre-Dios, realizado por toda la humanidad, no solo ofrece a Dios satisfacción, cumpliendo así lo que ellas deberían satisfacer por sus tormentos, sino que además pide su liberación, la cual es efectiva, porque quien impetra por ellas es Jesucristo: “Una sola Misa, considerado el acto en sí mismo, y en cuanto a su valor intrínseco, bastaría para sacar todas las almas del purgatorio y abrirles las puertas del cielo. En efecto, la Misa es útil a las almas de los fieles difuntos, no solamente como Sacrificio satisfactorio, ofreciendo a Dios la satisfacción que ellas deben cumplir por medio de sus tormentos, sino también como impetratorio, alcanzándoles la remisión de sus penas. Tal es la práctica de la Santa Iglesia, que no se limita a ofrecer el sacrificio por los difuntos, sino que además ruega por su libertad”[6].
En el Purgatorio, las almas son purificadas de su falta de amor perfecto a Dios, puesto que en el cielo nadie puede estar ante la Presencia del Dios Tres veces Santo, si no lo ama con un amor purísimo y perfectísimo, y es para conseguir este amor, que las almas se purifican, según nos lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” [7].
Ahora bien, esta “estadía” en el Purgatorio, no es indolora; todo lo contrario, es doctrina de la Iglesia Católica que las almas son purificadas en un fuego que les provoca el mismo dolor que en el infierno sufren los condenados, pero con una diferencia importantísima: mientras en el infierno no tiene fin, y se sabe que jamás se podrá ver a Dios, en el Purgatorio, en cambio, el alma es consciente de que finalizará en algún momento, y de que luego ingresará en la eternidad feliz, en donde no solo no habrá nunca más dolor y llanto, sino alegría sin fin, para siempre, en la gozosa contemplación de Dios Uno y Trino[8].

  

Así nos dice San Leonardo, animándonos a que obremos la caridad para con estas benditas almas: “A fin, pues, de excitar tu compasión en favor de estas almas santas, ten entendido que el fuego en que están sumergidas es tan abrasador, que, según pensamiento de San Gregorio, no cede en actividad al fuego del infierno, y que, como instrumento de la divina Justicia, es tan vivo, que causa tormentos insufribles y más violentos que todos los que han sufrido los Mártires y cuanto el humano entendimiento puede concebir. Pero lo que más las aflige todavía, es la pena de daño; porque, como enseña el Doctor Angélico, privadas de ver a Dios, no pueden contener la ardiente impaciencia que experimentan de unirse a su soberano Bien, del que se ven constantemente rechazadas”[9].
¿Quién, nos preguntamos nosotros, viendo a alguien sufrir de sed angustiosa, y teniendo a la mano dar un vaso de agua refrescante, no lo haría? Aunque sea por lo fácil de la empresa, y no movido por amor verdadero al prójimo, nadie dejaría de hacerlo. Si esto es así en la vida real, ¿cómo no hacerlo con las almas del Purgatorio, tanto más que lo único que tenemos que hacer, de nuestra parte, es rezar por ellas y ofrecer el Santo Sacrificio del altar, puesto que todo lo demás lo realiza Jesucristo?
Algo parecido nos dice San Leonardo, animándonos a rezar por estas benditas almas: “Entra ahora dentro de ti mismo, y hazte la siguiente reflexión. Si vieses a tus padres en peligro de ahogarse en un lago, y que con alargarles la mano los librabas de la muerte, ¿no te creerías obligado a hacerlo por caridad y por justicia? ¿Cómo es posible, pues que veas a la luz de la fe tantas pobres almas, quizás las de tus parientes más cercanos, abrasarse vivas en un estanque de fuego, y rehúses imponerte la pequeña molestia de oír con devoción una Misa para su alivio? ¿Qué corazón es el tuyo? ¿Quién podrá dudar que la Santa Misa alivia a estos pobres cautivos? Para convencerte, basta que prestes fe a la autoridad de San Jerónimo quien te enseñará claramente que, “cuando se celebra la Misa por un alma del purgatorio, aquel fuego tan abrasador suspende su acción, y el alma cesa de sufrir todo el tiempo que dura la celebración del Sacrificio”. (S. Hier., c. cum Mart. de celebr. Miss.). El mismo Santo Doctor afirma también que por cada Misa que se dice, muchas almas salen del purgatorio y vuelan al cielo”[10].
Para reforzar lo que nos dice San Jerónimo, hagamos esta composición de lugar en la Santa Misa: imaginemos a Cristo crucificado, contemplemos sus heridas y la sangre que cae de ellas, y llevemos, junto a la Virgen, a muchas almas del Purgatorio, y las coloquemos debajo de sus heridas, para que la sangre caiga sobre ellas; con cada gota que cae, se refrescan miles y miles de almas. O también podemos pedir, en el momento en el que el sacerdote ministerial eleva el cáliz con la Sangre de Cristo, que esa sangre apague las llamas del Purgatorio, al menos por el tiempo en el que está el cáliz en lo alto. O también podemos recordar la oración de un sacerdote cuando elevaba la Hostia consagrada, según el relato que el mismo Santo Cura de Ars narraba a sus parroquianos: “Hijos míos, un buen sacerdote había tenido la desgracia de perder un amigo muy querido. Por eso rezó mucho por la paz de su alma. Un día Dios le hizo saber que su amigo estaba en el Purgatorio y sufría terriblemente. Este santo sacerdote pensó que no podía hacer algo mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su querido difunto. En el momento de la Consagración, tomó la Hostia entre sus manos y dijo: “Padre Santo y Eterno, en tus manos divinas está el alma de mi amigo en el Purgatorio y en mis pobres manos de ministro tuyo está el Cuerpo de Tu Hijo Jesús. Pues bien, Padre Bueno y Misericordioso, libra a mi amigo y yo te ofrezco a Tu Hijo junto con todos los méritos de Su Gloriosa Pasión y Muerte”. Este pedido fue escuchado. De hecho, en el momento de la elevación, él vio que el alma de su amigo subía al Cielo resplandeciente de gloria. Dios había aceptado la ofrenda”. “Por eso hijos míos –continuaba el santo Cura de Ars-, cuando queramos liberar a nuestros seres queridos que están en el Purgatorio, hagamos lo mismo. Ofrezcamos al Padre, por medio del Santo Sacrificio, a Su Hijo Dilecto, junto con todos los méritos de Su Pasión y Muerte, así no podrá rechazarnos nada” [11].
Según el Santo Cura de Ars, debemos ofrecer la Hostia, elevada por el sacerdote, a Dios Padre, por las almas del Purgatorio, porque le ofrecemos lo que a Él más le agrada: el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Pero además de la Eucaristía, para ayudar a las almas del Purgatorio, podemos ofrecer nuestros  sufrimientos, nuestras mortificaciones y el sufrimiento voluntario, como por ejemplo el ayuno, las privaciones, etc., y también los sufrimientos involuntarios como las enfermedades, los lutos, los abandonos, etc.[12].
Los santos nos dicen que no ocuparse de los difuntos, por el motivo que sea –avaricia, al no querer gastar en sufragios, o gastando el dinero recibido para esas almas en otras cosas, en el caso de los sacerdotes-, hace a estas almas “peores que un demonio”, porque mientras éste atormenta a los réprobos, el alma que no se ocupa de los difuntos, atormenta a los “elegidos y amigos de Dios”: “Si fueses del número de aquellos avaros, que no solamente quebrantan las leyes de la caridad descuidando la oración por sus difuntos y no oyendo, al menos de tiempo en tiempo, una Misa por estas pobres almas, sino que, hollando los sagrados fueros de la justicia, rehúsan satisfacer los legados piadosos y hacer celebrar las Misas fundadas por sus antepasados o que, siendo sacerdotes, acumulan un considerable número de limosnas, sin pensar en la obligación de cumplirlas a tiempo, ¡ah! avivado entonces por el fuego de un santo celo, te diré cara a cara: Retírate, porque eres peor que un demonio; porque los demonios al fin sólo atormentan a los réprobos, pero tú atormentas a los predestinados; los demonios emplean su furor con los condenados, pero tú descargas el tuyo sobre los elegidos y amigos de Dios. No, ciertamente: no hay para ti confesión que valga, ni confesor que pueda absolverte, mientras no hagas penitencia de tal iniquidad y no llenes cumplidamente tus obligaciones con los muertos. Pero, Padre mío, dirá alguno, yo no tengo medios para ello… no me es posible… ¿Conque no puedes? ¿Conque no tienes medios? ¿Y te faltan por ventura para brillar en las fiestas y espectáculos del mundo? ¿Te faltan recursos para un lujo excesivo y otras superfluidades? ¡Ah! ¿Tienes medios para ser pródigo en tu comida, en tus diversiones y placeres y… quizás en tus desórdenes escandalosos? En una palabra, ¿tienes recursos para satisfacer tus pasiones, y cuando se trata de pagar tus deudas a los vivos, y lo que aún es más justo, a los difuntos, no tienes con qué satisfacerlas? ¿No puedes disponer de nada en su favor?”[13].
A estos tales, que no se ocupan de los difuntos, les están profetizados grandes males, según las Escrituras, citadas por San Leonardo: “¡Ah! te comprendo: es que no hay en el mundo quien examine esas cuentas, y te olvidas en este asunto de que te las ha de tomar Dios. Continúa, pues, consumiendo la hacienda de los muertos, los legados piadosos, las rentas destinadas al Santo Sacrificio; pero ten presente que hay en las Santas Escrituras una amenaza profética registrada contra ti; amenaza de terribles desgracias, de enfermedades, de reveses de fortuna, de males irreparables en tu persona y bienes, y en tu reputación. Es palabra de Dios, y antes que ella deje de cumplirse faltarán los cielos y la tierra. La ruina, la desgracia y males irremediables des-cargarán sobre las casas de aquéllos que no satisfacen sus obligaciones para con los muertos. Recorre el mundo, y sobre todo los pueblos cristianos, y verás muchas familias dispersas, muchos establecimientos arruinados, muchos almacenes cerrados, muchas empresas y compañías en suspensión de pagos, muchos negocios frustrados, quiebras sin número, inmensos trastornos y desgracias sin cuento. Ante este cuadro tristísimo exclamarás sin duda: ¡Pobre mundo, infeliz sociedad!”[14].
La causa de todos estos males, no es no tener misericordia para con el prójimo más necesitado, en este caso, los difuntos, y no se tiene misericordia, porque no se tiene amor a Dios, y esto se manifiesta en el abandono de la Santa Misa: “Ahora bien, si buscas el origen de todos estos desastres, hallarás que una de las causas principales es la crueldad con que se trata a los difuntos, descuidando el socorrerlos como es debido, y no cumpliendo los legados piadosos: además, se cometen una infinidad de sacrilegios, es profanado el Santo Sacrificio, y la casa de Dios, según la enérgica expresión del Salvador, es convertida en cueva de ladrones. Y después de esto, ¿quién se admirará de que el cielo envíe sus azotes, el rayo, la guerra, la peste, el hambre, los temblores de tierra y todo género de castigos? ¿Y por qué así? ¡Ah! Devoraron los bienes de los difuntos, y el Señor descargó sobre ellos su pesado brazo: “Lingua eorum et adinventiones eorum contra Dominum. (…) Vae animae eorum, quoniam reddita sunt eis mala”. Con razón, pues, el cuarto Concilio de Cartago declaró excomulgados a estos ingratos, como verdaderos homicidas de sus prójimos; y el Concilio de Valencia ordenó que se los echase de la Iglesia como a infieles”.
No en vano la Iglesia establece, como obra de misericordia espiritual, es decir, como manifestación del cumplimiento del Primer mandamiento –“Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”-, el rezar por los difuntos, y particularmente la Misa, el sacrificio eucarístico[15].
         La Ley Nueva que ha venido a traer Jesucristo, es la ley de la caridad, y por medio de ella se abren las puertas del cielo. El prójimo está puesto por Dios en este mundo precisamente para que tengamos ocasión de practicar este precepto, y así ganarnos el cielo, según las palabras de Jesucristo: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed (…) y me disteis de comer, de beber (…) Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 31-46). Pero el prójimo con el cual podemos obrar la misericordia no es solamente el prójimo que tenemos al lado, sino también aquel que ya ha traspasado los umbrales de la muerte, y es por eso que también con ellos tenemos que ser misericordiosos, y el modo principal es ofreciendo misas por ellos, rezando, y ofreciendo también sacrificios.
         Para estas obras de misericordias, son válidas también las palabras de Jesús: “Quien es misericordioso, recibe misericordia” (cfr. Mt 5, 7-10), pero también es válido lo opuesto: “Quien no tiene misericordia, no recibirá misericordia”, sobre todo en la otra vida.
         Nos lo recuerda también San Leonardo con algunos ejemplos: “Todavía no es éste el mayor de los castigos que Dios tiene reservado a los hombres sin piedad para con sus difuntos: los males más terribles les esperan en la otra vida. El Apóstol Santiago nos asegura que el Señor juzgará sin misericordia, y con todo el rigor de su justicia, a los que no han sido misericordiosos con sus prójimos vivos y muertos: “Iudicium enim sine misericordia illi qui non fecit misericordiam” . El permitirá que sus herederos les paguen en la misma moneda, es decir, que no se cumplan sus últimas disposiciones, que no se celebren por sus almas las Misas que hubiesen fundado, y, en el caso de que se celebren, Dios Nuestro Señor, en lugar de tomarlas en cuenta, aplicará su fruto a otras almas necesitadas que durante su vida hubiesen tenido compasión de los fieles difuntos. Escucha el siguiente admirable suceso que se lee en nuestras crónicas, y que tiene una íntima conexión con el punto de doctrina que venimos explicando. Aparecióse un religioso después de muerto a uno de sus compañeros, y le manifestó los agudísimos dolores que sufría en el purgatorio por haber descuidado la oración en favor de los otros religiosos difuntos, y añadió que hasta entonces ningún socorro había recibido, ni de las buenas obras practicadas, ni de las Misas que se le habían celebrado para su alivio; porque Dios, en justo castigo de su negligencia, había aplicado su mérito a otras almas que durante su vida habían sido muy devotas de las del purgatorio. Antes de concluir la presente instrucción, permíteme que arrodillado y con las manos juntas te suplique encarecidamente, que no cierres este pequeño libro sin haber tomado antes la firme resolución de hacer en lo sucesivo todas las diligencias posibles para oír y mandar celebrar la Santa Misa, con tanta frecuencia como tu estado y ocupaciones lo permitan. Te lo suplico, no solamente por el interés de las almas de los difuntos, sino también por el tuyo, y esto por dos razones: primera, a fin de que alcances la gracia de una buena y santa muerte, pues opinan constantemente los teólogos que no hay medio tan eficaz como la Santa Misa para conseguir este dichoso término. Nuestro Señor Jesucristo reveló a Santa Matilde, que aquél que tuviese la piadosa costumbre de asistir devotamente a la Santa Misa, sería consolado en el instante de la muerte con la presencia de los Angeles y Santos, sus abogados, que le protegerían contra las asechanzas del infierno. ¡Ah! ¡Qué dulce será tu muerte si durante la vida has oído Misa con devoción y con la mayor frecuencia posible!”[16].


Sólo el sacrificio de Cristo en la cruz,
renovado sacramentalmente en la Santa Misa,
nos salva de precipitarnos en el infierno.

Además, debemos asistir a Misa para que nuestro propio paso por el Purgatorio sea lo más breve posible: “La segunda razón que debe moverte a asistir al Santo Sacrificio es la seguridad de salir más pronto del purgatorio y volar a la patria celestial. Nada hay en el mundo como las indulgencias y la Santa Misa para alcanzar el precioso favor, la gracia especial de ir derechamente al cielo sin pasar por el purgatorio, o al menos sin estar mucho tiempo en medio de sus abrasadoras llamas. En cuanto a las indulgencias, los Sumos Pontífices las concedieron pródigamente a los que asisten con devoción a la Santa Misa. En cuanto a la eficacia de este Divino Sacrificio para apresurar la libertad de las almas del purgatorio, creemos haberla demostrado suficientemente en las páginas anteriores. En todo caso, y para convencernos de ello, debiera bastar el ejemplo y autoridad del Venerable Juan de Ávila. Hallábase en los últimos instantes de su vida este gran Siervo de Dios, que fue en su tiempo el oráculo de España, y preguntado qué era lo que más ocupaba su corazón, y qué clase de bien sobre todo deseaba se le proporcionase después de su muerte. “Misas, respondió el Venerable moribundo, Misas, Misas”[17].
Pero no hay que esperar al momento de la muerte para hacer celebrar misas por las necesidades espirituales de nuestras almas y las de nuestros seres queridos: “Sin embargo, si me lo permites, te daré con este motivo y de muy buena gana, un consejo que creo importantísimo, y es: que durante tu vida, y sin confiar en tus herederos, tengas cuidado de hacer que se celebren aquellas Misas que desearías se celebrasen después de tu muerte, y tanto más, cuanto que San Anselmo nos enseña que una sola Misa oída o celebrada por las necesidades de nuestra alma mientras vivimos, nos será más provechosa que mil celebradas después de nuestra muerte. Así lo había comprendido un rico comerciante de Génova que, hallándose en el artículo de la muerte, no tomó disposición alguna para el alivio de su alma. Todos se admiraban de que un hombre tan opulento, tan piadoso y caritativo con todo el mundo, fuese tan cruel consigo mismo. Pero al proceder, después de su muerte, al examen de sus papeles, se encontró un libro en donde había anotado todas las obras de caridad que había practicado por la salvación de su alma. “Para Misas que hice celebrar por mi alma 2,000 liras. “Para dotes de doncellas pobres 10,000. “Para el Santo Hospital 200, etc.”  Al fin de este libro leíase la máxima siguiente: “Aquél que desee el bien, hágaselo a sí mismo mientras vive, y no confíe en los que le sobrevivan”. En Italia es muy popular este proverbio: “Más alumbra una vela delante de los ojos, que una gran antorcha a la espalda”. Aprovéchate, pues, de este saludable aviso, y después de haber meditado prudentemente sobre la excelencia y utilidades de la Santa Misa, avergüénzate de la ignorancia en que has vivido hasta aquí, sin haber hecho el aprecio debido de un tesoro tan grande, que fue para ti ¡ay! un tesoro escondido. Ahora que conoces su valor, destierra de tu espíritu, y más todavía de tus discursos, estas proposiciones escandalosas, y que saben a ateísmo:
—Una Misa más o menos poco importa.
—No es poca cosa oír Misa los días de obligación.
La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa, y cuando lo veo acercarse al altar, me escapo de la iglesia.
Renueva, además, el saludable propósito de oír la Santa Misa con la mayor frecuencia y devoción posibles”[18].
         Muchos otros santos, como Don Bosco, nos aconsejan lo mismo que San Leonardo. Don Bosco, al morir uno de sus alumnos, les hacía ver a los demás que quien había muerto, era “hermano” y que si queríamos recibir misericordia, debíamos dar misericordia, rezando y ofreciendo la Santa Misa por él. Decía así: “Ha dicho el Señor que, con la misma medida con que hayamos medido a los demás, seremos tratados nosotros, y que, si hemos tenido misericordia con los demás, el Señor la tendrá también con nosotros. Y san Agustín escribió que, rezando por las benditas almas del purgatorio, mientras las sacamos de aquellas penas, preparamos a la par uno más breve para nosotros. Si oramos por los difuntos, cuando muramos también nosotros, habrá quienes, inspirados por el Señor, rezarán por nuestras almas. Que, si nosotros estamos obligados a pedir por todos los difuntos en general, mucho más lo estamos por quien paseaba con nosotros en el mismo Oratorio, rezaba con nosotros en la misma iglesia, comía con nosotros el mismo pan; en fin, era nuestro hermano. Mañana por la mañana se celebrará el funeral, se cantará la misa y se recitará el rosario de difuntos. Todo el bien que mañana se hará en casa, servirá de sufragio para el alma de Lagorio. Todas las comuniones se reciban con este fin; el que no pueda comulgar sacramentalmente, hágalo espiritualmente, pues el Señor la aceptará también en satisfacción de las penas de las almas del purgatorio”[19].
         Por último, el P. Pío nos trae este ejemplo propio, que nos hace ver qué gran falta de caridad es dejar que las almas del Purgatorio permanezcan allí, sin hacer nada por ellas. Dice así esta historia, contada por él mismo al P. Anastasio: “Una tarde, mientras yo estaba solo en el coro para orar, oí el susurro de un traje y vì a un monje joven que revolvió al lado del altar principal. Parecía que el joven monje estaba desempolvando los candelabros y arreglando los jarrones de las flores. Yo pensé que él era el Padre Leone que estaba reestructurando el altar; y como ya era la hora de la cena, me acerqué a él y le dije: “Padre Leone, vaya a cenar, no es tiempo para desempolvar y reparar el altar”. Pero una voz que no era la voz del padre Leone me contestó: “yo no soy el Padre Leone”,“¿y quién es usted? “, le pregunté. “Yo soy un hermano suyo que hice el noviciado aquí, mi misión era limpiar el altar durante el año del noviciado. Desgraciadamente en todo ese tiempo yo no reverencié a Jesús Sacramentado, Dios Todopoderoso, como debía haberlo hecho, mientras pasaba delante del altar. Causando gran aflicción al Sacramento Santo por mi irreverencia; puesto Que El Señor se encontraba en el tabernáculo para ser honrado, albado y adorado. Por este serio descuido, yo estoy todavía en el Purgatorio. Ahora, Dios, por su misericordia infinita, me envió aquí para que usted decida el tiempo desde cuando que yo podré disfrutar del Paraíso. Y para que UD cuide de mí”. Yo creí haber sido generoso con esa alma en sufrimiento, por lo que yo exclamé: “Usted estará mañana por la mañana en el Paraíso, cuando yo celebre la Santa Misa.”. Esa alma lloró: “Cruel de mí, que malvado fui”. Entonces él lloró y desapareció. Esa queja me produjo una herida tan profunda en el corazón, la cual yo he sentido y sentiré durante toda mi vida. De hecho yo habría podido enviar esa alma inmediatamente al Cielo pero yo lo condené a permanecer una noche más en las llamas del Purgatorio”[20].



[2] Catálogo de Santos de la Orden.
[3] Santoral de Bruselas.
[4] Cfr. El tesoro escondido de la Santa Misa.
[5] Cfr. San Leonardo, o. c.
[6] Cfr. San Leonardo de Porto Mauricio, o. c.
[7] Cfr. n. 1030.
[8] Es la doctrina de la Iglesia, enseñada en el Catecismo, n. 1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los concilios de Florencia [1439] y de Trento [1563]. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura -por ejemplo, 1 Corintios 3,15; 1 Pedro 1,7-, habla de un fuego purificador: “Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro” (San Gregorio Magno [+604]).
[9] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[10] Cfr. ibidem.
[11] Cfr. http://www.benditasalmas.org/interna_contenido.php?id=8; cfr. Simma, M., El maravilloso secreto de las almas del Purgatorio – Sor Emmanuel y María Simma.
[12] Cfr. Simma, ibidem.
[13] Cfr. ibidem.
[14] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[15] Cfr. Catecismo, n. 1032: Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2Mac 12,46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos, y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos: “Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Job 1,5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido, y en ofrecer nuestras plegarias por ellos” (San Juan Crisóstomo [+407]).

[16] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[17] Cfr. ibidem.
[18] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[19] Cfr. Memorias Biográficas de Don Bosco, Volumen 7, Capítulo 80.

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  1. Me siento triste por mi vida anterior y feliz porque las oraciones que estoy rezando por mi mamá, la ayudarán a llegar a los pies del señor nuestro Dios todo poderoso.
    Gracias por estos hechos que han expresado en estas páginas y que no sabía, perdón pero gracias. Muchas gracias y estoy segura que han de cambiar mi vida

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