San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 1 de noviembre de 2016

Solemnidad de Todos los Santos


         ¿Qué celebra la Iglesia en la Solemnidad de Todos los Santos? La Iglesia celebra, en la Solemnidad de Todos los Santos, el triunfo de la gracia santificante, obtenida al precio de la Sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, sobre el pecado, la muerte y el Demonio.
         Sin la gracia santificante, los santos no serían lo que son: bienaventurados que gozan por toda la eternidad de la visión beatífica de la Trinidad Santísima; sin la gracia santificante, los santos nunca habrían realizado las grandiosas obras de caridad y misericordia, que brillan ante los hombres y ante Dios; sin la gracia santificante, los santos no habrían hecho los milagros extraordinarios que realizaron en sus vidas; sin la gracia santificante, los santos no habrían podido vivir las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña; sin la gracia santificante, los santos no habrían podido vivir las virtudes en modo heroico; sin la gracia santificante, los santos no podrían haber donado sus vidas y derramado su sangre en testimonio del Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.
         Sin la gracia santificante, los santos sólo habrían sido hombres comunes y pecadores, como nosotros, e incluso llenos de falso celo, como por ejemplo Saulo, antes de su conversión y de su encuentro personal con Jesucristo. Antes de recibir la iluminación de la gracia, San Pablo era un hombre agresivo, violento, perseguidor de los cristianos, e incluso había participado, al menos indirectamente, de un homicidio, al asistir como espectador que aprobaba el asesinato de San Esteban.
         Sin la gracia santificante, los santos habrían sido presa fácil del Demonio y habrían sido engañados por su astucia perversa; habrían caído fácilmente en las tentaciones y seducciones del Padre de la mentira, pero la gracia santificante les otorgó la sabiduría divina para detectar el engaño y así poder discernir qué es lo que no era del agrado de Dios, para rechazarlo, y la fortaleza divina, para superar fácilmente las tentaciones, por fuertes que fueran. Pero sobre todo, la gracia santificante les concedió el Amor de Dios y fue ese Amor, que se encendió en sus corazones, el que los enamoró tanto y tan profundamente de Dios Trino y del Cordero, que los condujo a despreciar este mundo, sus pompas y sus riquezas, con tal de no separarse nunca de la comunión de vida y amor con la Trinidad y el Hombre-Dios Jesucristo.
         Sin la gracia santificante, los santos habrían muerto irremediablemente, no solo en la muerte corporal o muerte primera, sino en la muerte segunda o condenación eterna, porque sin la gracia el alma no puede, absolutamente, entrar en el Reino de Dios y se condena irremediablemente. Pero la gracia santificante les concedió participar en la vida divina de Dios Uno y Trino y es por eso que, viviendo en la tierra, vivían ya en anticipo la vida eterna y, cuando murieron a la vida terrena, nacieron a la vida eterna, la vida con la que ahora viven para siempre, en el Reino de los cielos.
         ¿De dónde obtuvieron la gracia santificante los santos que ahora se alegran en la Presencia del Cordero? Principalmente, de dos sacramentos: la Confesión Sacramental y la Eucaristía. Los santos se confesaban con mucha frecuencia –la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, se confesaba todos los días- y comulgaban cuantas veces podían, pero no de un modo mecánico, frío, automático, sino con todo el fervor y con todo el amor del que eran capaces; los santos aprovechaban cada Comunión Eucarística para unirse con todo su ser a Jesús, que venía a ellos oculto en apariencia de pan; los santos veían a Jesús en la Eucaristía, con los ojos de la fe, y preparaban sus corazones y lo adornaban con la belleza de la gracia sacramental y lo perfumaban con el perfume de la gracia, y así convertían sus corazones en otros tantos altares, sagrarios y custodias, donde amaban, adoraban y glorificaban a Aquél que era la Causa de su santidad, Jesús Eucaristía.
         Además, los santos valoraron tanto la gracia, que prefirieron morir antes que perderla por un pecado, como en el caso de los mártires, y la conservaron y acrecentaron día a día, en el desempeño de sus deberes de estado, como en el caso de los demás santos.
         Por último, los santos amaron tanto a Jesús, que lo único que buscaban en sus vidas, era amar a Jesús y hacer que los demás conocieran y amaran a Jesús; no les importaba nada más en la vida, que amar cada vez más a Jesús y que todo el mundo lo conociera y lo amara. Por ejemplo, para Santa Teresa de Ávila, su mayor tristeza era que Jesús no era conocido ni amado, y por eso repetía siempre: “El Amor –es decir, Jesús- no es amado –no es conocido, no es valorado, no es apreciado, no es amado-”. Y como Jesús está en la Eucaristía, nosotros podemos decir, con Santa Teresa: “Jesús Eucaristía, el Amor de Dios, no es amado”.

         Al recordar a los santos en su día, les pidamos, a nuestros santos de mayor devoción, que intercedan para que recibamos la gracia de imitarlos en sus virtudes –para eso la Iglesia nos pone las vidas de los santos, para que los imitemos-, pero sobre todo, que intercedan para que seamos capaces de amar a Aquel que es la Causa de la gracia  y de la santidad en el alma, Jesús Eucaristía.

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