San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 30 de junio de 2017

Memoria de los Primeros mártires de Roma


Memoria de los Primeros mártires de Roma, es decir, de los primeros cristianos que eligieron morir por Cristo, el Hombre-Dios, en vez de vivir y adorar a los ídolos. La imagen no puede ser más dantesca y espeluznante: decenas y decenas de cruces con los cuerpos de los cristianos muertos, se dispersan por el camino, como sombrío fruto de la persecución sufrida por la Iglesia naciente. Pero si la realidad natural conmueve el corazón y lo estruja de dolor, la realidad sobrenatural de aquellos que ofrendaron sus vidas por Jesucristo, llena al alma de alegría. En efecto, mientras los cuerpos muertos comienzan a sufrir la corrupción de la muerte, al tiempo que sirven de alimento para las aves carroñeras que se perfilan en el horizonte, sus almas -que son las almas de los mártires descriptas en el Apocalipsis-, revestidas de blanco por la gloria divina que las invade, llegan hasta el trono del Cordero de Dios portando sus palmas y se postran ante Él en acción de gracias y en adoración y, embargadas de un gozo indescriptible, lo alaban por la eternidad.

San Josemaría Escrivá de Balaguer


         Vida de santidad.

         Josemaría Escrivá de Balaguer nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás[1]. Sus padres lo bautizaron el día 13 del mismo mes y año, y le transmitieron los fundamentos de la fe y las virtudes cristianas: el amor a la Confesión y a la Comunión frecuentes, el recurso confiado a la oración, la devoción a la Virgen Santísima, la ayuda a los más necesitados. El Beato Josemaría crece así como un niño alegre, despierto y sencillo, travieso, buen estudiante, inteligente y observador. Muy pronto, el Señor comienza a templar su alma en la forja del dolor: entre 1910 y 1913 mueren sus tres hermanas más pequeñas, y en 1914 la familia experimenta, además, la ruina económica. En 1915, los Escrivá se trasladan a Logroño, donde el padre ha encontrado un empleo que le permitirá sostener modestamente a los suyos.
En el invierno de 1917-18 tiene lugar un hecho que influirá decisivamente en el futuro de Josemaría Escrivá: durante las Navidades, cae una intensa nevada sobre la ciudad, y un día ve en el suelo las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; son las pisadas de un religioso carmelita que caminaba descalzo. Entonces, se pregunta: “Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? De este modo, surge en su alma una inquietud divina: Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor”. Sin saber aún con precisión qué le pide el Señor, decide hacerse sacerdote, porque piensa que de ese modo estará más disponible para cumplir la voluntad divina.

         Mensaje de santidad.

         Además de entrever con años de anticipación el llamado universal a la santidad de todo bautizado, por medio del ofrecimiento del trabajo ordinario –o del estudio, según el estado de vida- a Nuestro Señor, San Josemaría Escrivá de Balaguer,  tenía una gran estima por el Sacramento de la Confesión, al cual le llama “maravilla de amor”, viendo en este Sacramento el medio -junto con la Santa Misa y el trabajo ordinario ofrecido como sacrificio-, el camino para llegar a la santidad. Con respecto al Sacramento de la Penitencia, dice así San Josemaría: “Veo a Cristo crucificado, más que clavado por los hierros, clavado por el amor que nos tiene y por el deseo de salvarnos. Pero si todo eso me mueve a amar, me mueve a amar y agradecer mucho más el perdón que nos da cuando ofendemos a Dios, cuando nos apartamos del camino, cuando dejamos de ser hijos suyos”.



[1] https://www.aciprensa.com/recursos/san-josemaria-escriva-de-balaguer-2619/

jueves, 29 de junio de 2017

San Juan Bautista y su testimonio de Cristo


         Toda la vida de Juan el Bautista, desde su nacimiento hasta su muerte, constituye un testimonio del Hombre-Dios Jesucristo.
         Su nacimiento es un testimonio porque es concebido por sus padres en la ancianidad, y Dios obra este milagro, anunciado a Zaquarías por medio del ángel, para que el mundo, al maravillarse por el milagro, contemple al Precursor del Mesías.
         Una vez concebido, y aun antes de nacer, es iluminado por el Espíritu Santo y “salta de alegría” en el seno de Isabel, al saber, por el Espíritu de Dios, que el que viene en el seno virgen de María, antes que su pariente, es el Mesías, el Salvador de los hombres.
         Ya de adulto, es un testimonio del Mesías con su vida austera, con su penitencia y prédica en el desierto, porque así anuncia que el hombre con su vida terrena y caduca está destinado a recibir otra vida, la vida eterna, la vida que trae el Salvador de los hombres.
         En el desierto, señala y da el nombre al Mesías, llamándolo “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el mismo nombre con el que la Iglesia continuaría llamando al Mesías, en el desierto del mundo y de la historia humana, al Mesías oculto en apariencia de pan, la Eucaristía.
         Con su martirio, testimonia la santidad del Hombre-Dios, y de su Esposa, la Iglesia Santa y pura, porque da su vida pero no por la defensa de las buenas costumbres, sino porque testimonia que el matrimonio entre el varón y la mujer aquí en la tierra deber ser santo, porque participa de la santidad de otro matrimonio, anterior a todo matrimonio terreno, el desposorio místico del Cordero, Esposo de la Iglesia Esposa, y que el adulterio equivale a la idolatría, ya sea de un falso cristo con la verdadera Iglesia, o de una falsa iglesia con el verdadero Cristo Eucarístico.

         Como la vida del Bautista, la vida de todo católico debería ser, desde su nacimiento en el bautismo como hijo de Dios, hasta su muerte, un testimonio, ante el mundo, de la Presencia real, verdadera y substancial del Mesías, el Cordero de Dios, Jesús en la Eucaristía.

martes, 27 de junio de 2017

Santo Tomás Moro


Santo Tomás Moro se encuentra con su hija luego de ser 
condenado a muerte.

         Vida de santidad[1].

En el Martirologio Romano, es considerado como mártir por haberse opuesto al rey Enrique VIII –siendo presidente del Consejo Real- en la controversia sobre su matrimonio y sobre la primacía del Romano Pontífice. En consecuencia, fue encarcelado en la Torre de Londres, en Inglaterra y condenado a morir por decapitación el 6 de julio de 1532.
Nació en Londres, su padre era juez de Derecho común. Estudió en Canterbury Hall en Oxford y enseñó Derecho en Inns of Court; en el 1501, ingresó en el colegio de abogados. Se planteó hacerse cartujo o sacerdote diocesano, aunque finalmente se decidió por la vocación matrimonial, llegando a ser esposo y padre de familia ejemplar. Eligió el matrimonio porque, según sus palabras, prefería “ser un fiel marido antes que un sacerdote infiel”. En 1504 se casó con Jane Colt, con la que tendría cuatro hijos; al fallecer su esposa en 1511, se casó por segunda vez con Alice Middleton, viuda y madre de una hija. Fue padre de familia numerosa, rico, gran señor, enamorado ferviente del arte y la cultura, experto en leyes, político y estadista, y admirador de Pico della Mirándola, de quien escribió su biografía, y de los Santos Padres y santo Tomás de Aquino. Escribió “La Utopía” (1516), que es uno de los textos paradigmáticos de la filosofía política, en dialéctica con el contemporáneo “El príncipe” de Macchiavello.
En 1510 fue miembro del primer parlamento de Enrique VIII, y en 1515 fue agregado comercial de la embajada de Flandes. En 1517 fue nombrado miembro del Consejo Real, siendo nombrado lord canciller en 1529.  Ayudó al rey en su oposición a Lutero, y escribió el libro “Diálogo sobre las Herejías” y su “Apología”. A pesar de su alto cargo en la corte del rey, eso no fue impedimento para declararse, a causa de su fe católica, en contra del divorcio del rey con Catalina de Aragón.  Se opuso nuevamente al rey Enrique VIII y renunció a su cargo cuando el rey, en 1531, provocando un cisma en la Iglesia, se auto-proclamó jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra. Por último, estando ya encarcelado en la Torre de Londres, y luego de negarse al juramento de supremacía, fue condenado a morir por decapitación en la plaza londinense de Tyburn.  
Mensaje de santidad.

Su mensaje de santidad es –además de su lucha contra los herejes y el apoyo al rey contra Lutero- la fidelidad hasta la muerte al “Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 17, 14), Cristo Jesús. Con la entrega de su vida, Santo Tomás Moro no solo nos enseña que al Único al que debe temerse es a Nuestro Señor Jesucristo y no a los poderosos de la tierra, sino también que la oposición al adulterio –cometido por el rey Enrique VIII al divorciarse de Catalina de Aragón- y la adhesión a la fidelidad y unidad del matrimonio católico no se deben a meras costumbres sociales, sino que se derivan de la santidad de la unión esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Este último mensaje, el de la santidad del matrimonio católico como participación a la santidad del desposorio celestial entre el Cordero y su Esposa, la Iglesia Católica, es particularmente válido en nuestros tiempos, en los que se pretende instalar al adulterio como norma, lo cual equivale a afirmar que el Cristo de la Iglesia Católica puede convivir con cualquier iglesia, o que la Iglesia, la Esposa Inmaculada de Cristo, puede traicionar a su Esposo, el Cordero, por cualquier ídolo.

jueves, 22 de junio de 2017

El Sagrado Corazón se nos dona en cada Eucaristía


         En una de las apariciones, y para demostrarle a Santa Margarita cuánto la amaba, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón y, tomándolo con sus manos, lo introdujo en su pecho, para sacarlo luego convertido, a este corazón de carne, en un corazón de fuego. ¿Qué era lo que había sucedido? Lo que había sucedido era que el corazón de Santa Margarita, al contacto con el Fuego del Divino Amor que ardía en el Sagrado Corazón de Jesús, se había convertido en una imagen viviente de ese Corazón, al encenderse con el fuego del Espíritu Santo.
Cuando se medita acerca de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacquoque, no puede dejar de considerarse el extraordinario don y la inmensidad de gracias que significaron, para Margarita y para la Iglesia toda, estas apariciones y, de modo particular, el hecho de que Jesús tome el corazón de la santa, lo introduzca en su pecho y se lo devuelva convertido en un corazón encendido en el Fuego del Divino Amor. Podemos decir que es el cumplimiento cabal de las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya encendido!” (Lc 12 49). El Fuego que arde en el Corazón de Jesús, sin consumirlo –como la zarza ardiente-, es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra, y Él desea verlo ardiendo en nuestros corazones. Al obrar de esta manera con Santa Margarita, Jesús le demuestra que el amor por ella, en persona, no tiene límites, porque no solo se le aparece visiblemente, la elige para que sea la difusora de la nueva devoción, sino que convierte su corazón de carne, en un corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios.

Sin embargo, para con nosotros, y aunque nos parezca difícil admitirlo, porque no poseemos el grado de santidad de Santa Margarita, Jesús nos demuestra un amor infinitamente más grande que el demostrado a Santa Margarita en la aparición. ¿Por qué? Porque en cada Santa Misa, no nos pide nuestro corazón de carne, para devolverlo convertido en una llama viva, luego de ser introducido en su Corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios; mucho más que eso, nos da todo su Corazón, que arde sin consumirse en las llamas del Espíritu Santo, en cada Eucaristía, para que recibiéndolo nosotros en nuestra humilde morada terrena, nuestros corazones, al contacto con las llamas de este Amor Divino, se conviertan, de oscuros, negros y fríos como el carbón, en brasas ardientes y luminosas, que irradien al mundo el calor del Divino Amor. En cada Santa Misa, Jesús nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para que a su contacto, nuestros corazones se prendan fuego y se conviertan en el mismo fuego, así como le sucede al hierro que, cuando toma contacto con el fuego, al volverse incandescente, se convierte en el mismo fuego. En la Eucaristía arde, sin consumirla, el Fuego del Corazón de Dios, que Jesús trae en cada Santa Misa y quiere ya verlo ardiendo. Si después de comulgar, nuestros corazones permanecen fríos y oscuros, como el hierro o el carbón, y continuamos con rencores, venganzas, mentiras y malicias de todo tipo, el don del Sagrado Corazón fue en vano. No desaprovechemos la Comunión Eucarística, el don del Sagrado Corazón Eucarístico que Jesús nos hace en cada Eucaristía.

miércoles, 21 de junio de 2017

San Luis Gonzaga, Patrono de los jóvenes que desean vivir la pureza de alma y cuerpo


Vida de santidad.

Nació en Castiglione, Italia, en 1568, hijo del marqués de Gonzaga[1]. De pequeño aprendió las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño y sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida.
San Luis estuvo como edecán en palacios de altos gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres, librándose así de muchas tentaciones. Él era extraordinariamente amable y bien educado. Su director espiritual fue San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: frecuente confesión y comunión; mucha devoción a la Santísima Virgen; leer vidas de Santos. Un día, ante una imagen de la Virgen en Florencia, hizo juramento de permanecer siempre puro, es decir, hizo “voto de castidad”. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El repetía la frase de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”. Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad lo obligaba a quedarse días enteros, quieto en su cama. Pero esta quietud le trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto lo animó muchísimo a volverse mejor (a veces sentía remordimiento porque le parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, le pareció que la Santísima Virgen le decía: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”. Con esto entendió que su vocación era entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita. Para ello, le pidió permiso a su padre, pero él no lo dejó. Y para que se quitara de la cabeza este pensamiento, lo llevó a grandes fiestas y a palacios y así olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó: “¿Todavía sigues deseando ser sacerdote?”, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Ante esta respuesta, su padre permitió entrar en la Compañía de Jesús. Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente. Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo. Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad, aceptaban hacer las paces y no pelear más.
Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía. En el año 1581, cuando San Luis Gonzaga estaba ya para ser ordenado sacerdote, se desató una epidemia de tifus y San Luis se contagió mortalmente, al echarse sobre los hombros a un enfermo grave y tirado en la calle, para llevarlo al hospital.  A causa de este contagio, murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23 años. San Luis fue avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y en ese día murió, mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Su confesor San Roberto, que lo acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o visión a San Luis en el cielo, y decía: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Después de muerto se apareció a un jesuita enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la fiesta de este santo le dice: “Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén”.

Mensaje de santidad.

Algo que se destaca en San Luis Gonzaga, es la pureza corporal, y es la causa por la cual la Iglesia lo nombró “Patrono de los jóvenes que desean mantener la pureza”. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué es tan importante la virtud de la pureza? Esta pregunta es todavía más urgente en nuestros tiempos, cuando vemos que, por la ideología de género, se pretende que no solo los jóvenes, sino los niños, desde la primera infancia, vivan un estilo de vida calificado por la Iglesia como “impuro”, lo cual significa pecaminoso y que, de ser vivido hasta el último día de la vida, impide la entrada en el Reino de los cielos. ¿Por qué tiene tanta importancia la pureza corporal, siendo esta virtud la más destacada en San Luis Gonzaga? Porque no se trata simplemente de una virtud y no se limita al cuerpo: la pureza corporal, se deriva de la pureza del alma, la cual a su vez, está concedida por la gracia santificante, que hace que el alma participe de la vida del Ser divino trinitario. Y el Ser divino trinitario es Puro e Inmaculado, y esa es la razón por la cual, quien es impuro de cuerpo, es impuro de alma –no ama a Dios Trino y se inclina ante los ídolos, por eso es impuro de alma y su fe es impura-, no está en gracia y no tiene en sí la vida de Dios Trino. Por otra parte, el cuerpo, por la gracia santificante, es convertido en “templo del Espíritu Santo” y el corazón, en altar y tabernáculo donde es adorado Jesús Eucaristía, todo lo cual no puede suceder si hay impureza corporal, es decir, profanación del cuerpo. La pureza del cuerpo, entonces, no se limita al cuerpo, sino que abarca la pureza y pulcritud de la fe, que lleva a que el alma, que sólo desea adorar y amar a Dios Uno y Trino, no se incline ante los ídolos del mundo y no profane su cuerpo. Ésta es la razón por la cual la pureza corporal es tan importante, en los niños, en los jóvenes y en todo cristiano, y es la razón por la cual el ejemplo de pureza santa de San Luis Gonzaga, es más válido en nuestros tiempos que en su propia época.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Luis_Gonzaga_6_21.htm

martes, 13 de junio de 2017

San Antonio de Padua


         Vida de santidad.

         San Antonio nació en 1195, en Lisboa. Bautizado como Fernando, cambió su nombre por Antonio en homenaje al titular del convento franciscano de los Olivares, martirizado en Marruecos junto con otros frailes. Se destacó en su vida –y también luego de su muerte- por el don que Dios le concedió, de hacer innumerables milagros. Algunos de estos milagros son los siguientes: un día fue invitado a comer y le pusieron ponzoña en el plato para matarlo, Antonio hizo la señal de la cruz sobre el plato y comió sin recibir mal alguno. Treinta y dos años después de su muerte, su cuerpo debía ser trasladado: se encontraron entre sus huesos su lengua tan entera y fresca como si estuviera viva.

Un día orando se le aparece el Niño Jesús que se posa sobre los evangelios y lo abraza[1].

Otro de sus milagros fue la reimplantación de un pie amputado: en Padua, un joven de nombre Leonardo, en un arranque de ira, pateó a su propia madre. Arrepentido, le confesó su falta a San Antonio quien le dijo: “El pie de aquel que patea a su propia madre, merece ser cortado”. Leonardo corrió a casa y se cortó el pie. Enterado de esto, San Antonio tomó el miembro amputado del joven y milagrosamente lo reunió al cuerpo[2].
Era gran devoto de la Eucaristía, y por un milagro, hizo que una mula se arrodillara ante el Santísimo Sacramento: cierto día discutía con un hereje, el cual se negaba obstinadamente a admitir el misterio de la transubstanciación, porque después de las palabras de la consagración no percibía cambio alguno en las especies eucarísticas. Antonio trataba en vano de convencerlo, citando la Escritura y la Tradición; todos sus esfuerzos chocaban con la obstinación de su interlocutor. Cambió, entonces, de táctica. –Usted tiene –dijo– una mula. Voy a presentarle una hostia consagrada; si se postrase ante el Santísimo Sacramento, ¿admitirá la presencia real del Salvador en las especies eucarísticas? –Sin duda–, respondió el incrédulo que esperaba dejar en situación embarazosa al apóstol con semejante apuesta. Acordaron realizar la prueba tres días después. Para garantizar mejor el éxito, el hereje privó al animal de cualquier alimento. En el día y hora fijados, Antonio que se había preparado con redobladas oraciones, salió de la iglesia portando el ostensorio en sus manos. Por el otro lado, el incrédulo llegaba sujetando al hambriento animal por las riendas. Una multitud considerable se agolpaba en la plaza, llena de curiosidad en presenciar el singular espectáculo. El hereje, pensando ya que había triunfado, colocó ante el animal un saco de avena. Pero la mula se desvió del alimento que se le ofrecía y dobló las patas ante el augusto Sacramento; sólo se levantó después de haber recibido el permiso del Santo.  Ante el evidente milagro, el hereje mantuvo la palabra y se convirtió; varios de sus correligionarios abjuraron también de sus errores y también se convirtieron.
Poco después, San Antonio hizo otro milagro en la misma ciudad. Los herejes se burlaban de sus sermones: –Ya que los hombres no quieren oír la palabra de Dios –les dijo– voy a predicar a los peces. Se dirigió hacia las verdes márgenes de un río, que daba ya al mar e invitó a los peces a alabar al Señor. Para sorpresa de los asistentes los peces se fueron reuniendo cerca de la playa; ponían la cabeza hacia fuera y parecían escuchar al orador con atención. Apoyado en tales manifestaciones sobrenaturales, el ministerio del Santo produjo frutos abundantes.
Son favores temporales, curaciones, conversiones retumbantes y hasta resurrección de muertos. El Santo devolvió la vida hasta a su propio sobrino que se había ahogado por accidente en el Tajo. Otro don que tenía, era el encontrar objetos perdidos, encontrados contra toda esperanza. –Don Íñigo Manrique, que fue obispo de Córdoba en el siglo XVI, había perdido un anillo pastoral de gran valor. En vano había invocado a San Antonio: imposible encontrar la preciosa joya. Un día el prelado contaba su desventura a sus secretarios, que compartían con él la mesa. “Obtuve muchas gracias por la intercesión de este ilustre taumaturgo –les decía– pero de esta vez no estoy contento con él”. Acababa de decir estas palabras y una mano invisible hacía caer sobre la mesa el anillo perdido. Este hecho impresionó profundamente a personas tan dignas de crédito que dieron testimonio de él.
La Virgen Inmaculada socorrió aún por medio de intervenciones visibles a su fiel siervo. Por dos veces, en Brive y en Padua, el demonio asaltó al ardoroso predicador que le arrancaba tantas víctimas. Antonio lanzó a María un grito de súplica; recitó el himno: “Oh gloriosa Domina”, que tanto le gustaba repetir. La Reina del Cielo se le apareció en medio de una claridad deslumbrante y puso en fuga al espíritu maligno. 
El Salvador también visitó a nuestro Santo. Antonio, según una antigua tradición, se alojó en la casa del señor de Chateauneuf, región de Limoges. Este señor se proponía observar atentamente la conducta del religioso, cuya reputación le lo asombraba. Caída la noche espió, con indiscreta curiosidad, lo que su huésped hacía en el cuarto. Fue así testimonio de un gracioso prodigio: el Niño Jesús reposaba en los brazos de Antonio que lo colmaba de respetuosas caricias.


San Antonio se dedicó a escribir los sermones de las fiestas de los grandes santos y de todos los domingos del año, hasta su muerte, el 13 de junio de 1231, a los 36 años de edad. Su vida de completa dedicación a Dios y sus milagros fueron tantos, que once meses después de su muerte, el Papa Gregorio IX lo canonizó. En 1946, el Papa Pío XII lo proclamó “Doctor de la Iglesia”, con el título de “Doctor Evangélico”.

         Mensaje de santidad.

         A lo largo de los siglos, Antonio intercedió por sus devotos, obteniéndoles para ellos numerosos milagros, multiplicando los prodigios por todas partes en donde era invocado. Sin embargo, a pesar de sus numerosos milagros, lo que hizo santo a San Antonio de Padua fue su fidelidad a la gracia y el vivir de modo heroico las virtudes cristianas. Dice de él San Buenaventura: “En San Antonio resplandece el conjunto de todas las perfecciones y de todas las gracias de los elegidos. Tiene este santo la ciencia de los Ángeles, las celestes inspiraciones de los Profetas, el celo de los Apóstoles, la austeridad de los Confesores, el heroísmo de los mártires, la Pureza de las vírgenes”. Al recordar a San Antonio de Padua en su día, le pidamos que interceda para que también nosotros seamos fieles a la gracia de Dios, eligiendo siempre “morir, antes que pecar”, como decimos en la fórmula del Sacramento de la Confesión.

lunes, 5 de junio de 2017

San Bonifacio, obispo y mártir


         En una de sus cartas[1], escribe así San Bonifacio acerca de la Iglesia y su gobierno en tiempos difíciles: “La Iglesia, que como una gran nave surca los mares de este mundo, y que es azotada por las olas de las diversas pruebas de esta vida, no ha de ser abandonada a sí misma, sino gobernada”. Utiliza la imagen de la nave que surca los mares tempestuosos, para describir a la Santa Iglesia Católica, y afirma que, en medio de las pruebas y tribulaciones del mundo y de la historia, “debe ser gobernada”, y no “abandonada a sí misma”; es decir, la Iglesia no debe ser abandonada por los hombres, frente al ataque de sus enemigos –externos e internos-, sino que debe “ser gobernada”. Pero no se refiere al gobierno sobrenatural, porque este está a cargo de Dios, de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo; se refiere al gobierno de los hombres, que se dejan guiar por el Espíritu Santo, porque son dóciles a sus inspiraciones. San Bonifacio cita a grandes papas, santos y mártires, como ejemplo de hombres que deben guiar a la Iglesia, dóciles al Espíritu de Dios: “De ello nos dan ejemplo nuestros primeros padres Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre”. Para San Bonifacio, los hombres que deben gobernar la Iglesia son guiados por el Espíritu Santo, porque en medio del reino de los paganos, guían a los bautizados con la luz de la Divina Sabiduría, ofrecen sus sacrificios a Nuestro Señor, y llegan incluso hasta “derramar su sangre” por amor a la Iglesia.
Cuando San Bonifacio piensa en los santos y mártires, “se estremece de terror y temor”, pues se compara con ellos y ve, en ellos, la santidad, y en él, “el pecado y las ganas de abandonar”, pero “encuentra ejemplo de eso en las Escrituras y los Padres, por lo que no lo sigue considerando: “Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura”. San Bonifacio dice esto porque cree firmemente que los que deben guiar a la Iglesia son los santos y los mártires, es decir, los que “en todo momento y circunstancia siguen la voz del Espíritu Santo”, según la definición de Castellani: “(el santo es) aquél que en todo momento y en cualquier circunstancia sigue la voz del Espíritu Santo”[2].
El santo no debe confiar en sus propias fuerzas, sino en la santidad y la justicia de Dios, y apoyarse en su Nombre Tres veces Santo: “Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: “Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas”. Y en otro lugar: “Torre fortísima es el nombre del Señor, en él espera el justo y es socorrido”.
Y así, fortalecido por el Nombre de Dios, se dispone “a la prueba”, por eso de que “el oro se prueba en el crisol” (cfr. Prov. 17, 3; 1 Pe 1, 7), ya que Dios envía tribulaciones para probar y fortalecer a los que confían en El, pero los que en Él confían salen siempre triunfantes: “Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.
Dice San Bonifacio que la carga que lleva el que gobierna la Iglesia, ha sido puesta por Dios mismo, pues se trata de su “yugo, que es suave” (cfr. Mt 11, 30), según sus propias palabras en el Evangelio: “Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Quien es puesto al frente de la Iglesia por el Señor, porque se deja guiar por el Espíritu Santo al ser dócil a sus inspiraciones, debe enfrentar a “días de angustia y aflicción”, porque la Iglesia debe soportar los embates del Infierno, que ataca a la Esposa de Cristo por medio de agentes externos e internos –los enemigos más peligrosos de la Iglesia son los modernos Judas Iscariotes: “los falsos hombres de iglesia crucifican a los santos”[3]-, debiendo estar dispuestos, los que aman a la Iglesia, a “morir por las santas leyes y así conseguir la herencia eterna”: “Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna”.
Por último, dice San Bonifacio que al vigilar sobre el rebaño de Cristo, “no debemos ser perros mudos” ni “centinelas silenciosos”, ni tampoco “mercenarios que huyen del lobo, sino “pastores solícitos que anuncien el Evangelio a todo hombre”, “a tiempo y destiempo”: “No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro a los pastores de la Iglesia”. No seamos perros mudos, ni centinelas silenciosos, ni mercenarios, frente al gnosticismo neo-pagano, el relativismo, el naturalismo y el racionalismo que, negando los misterios sobrenaturales absolutos de Dios Uno y Trino y de la Encarnación del Verbo en el seno de María Virgen, asolan a nuestra Santa Madre Iglesia en estos sombríos y aciagos días. No seamos perros mudos del rebaño del Señor, pues el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, vigila Él mismo sobre su rebaño, y “vendrá pronto a dar a cada uno su salario, según hayan sido sus obras” (cfr. Ap 22, 12-14).



[1] Carta 78; MGH, Epistolae 3, 352. 354.
[2] Cfr. Daniel Giaquinta, en Javier Navascués, Leonardo Castellani, Defensor de la Tradición, https://adelantelafe.com/leonardo-castellani-defensor-la-tradicion/
[3] Cfr. Giaquinta, passim.

sábado, 3 de junio de 2017

San Carlos Lwanga y compañeros mártires


         Vida de santidad.

         San Carlos Lwanga, catequista nacido en Uganda y martirizado por la fe, fue nombrado Patrono de los jóvenes católicos de África.
Sucedió que entre los años 1885 y 1887, apenas iniciada la nueva evangelización de África, un centenar de cristianos de Uganda,  fueron condenados a muerte por el rey Mwanga que se había pervertido con el vicio de la sodomía. El rey Mwanga mandó  a quemar vivos, torturar, desmembrar, castrar y ejecutar a sus servidores que se había hecho cristianos en Uganda y que se opusieron a ceder al vicio, por lo que ellos eligieron la muerte antes que ofender a Dios. 
Fueron martirizados porque coherentemente con su fe en Cristo, no cedieron a los deseos impuros (de Sodomía -homosexualidad) del monarca, y fueron torturados y asesinados en la colina de Namugongo en Uganda, el 3 de junio de 1886, unos degollados y otros quemados vivos. Estos son los nombres de los que se les hizo el reporte: Calos Lwanga, Mbaya Tuzinde, Bruno Seronuma, Santiago Buzabaliao, Kizito, Ambrosio Kibuka, Mgagga, Gyavira, Aquiles Kiwanuka, Adolfo Ludigo Mkasa, Mukasa Kiriwanvu, Anatolio Kiriggwajjo y Lucas Banabakintu.- Mientras los mártires Cristianos de Uganda eran torturados y sacrificados y muchos de ellos quemados vivos, solo se escuchaba de sus labios cánticos e himnos de alabanza a Dios. Su memoria es obligatoria en el Misal Romano.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo en el que la impureza, tanto corporal –relaciones contra-natura, extra-conyugales, pre-matrimoniales, ideología de género, etc.- como espiritual –culto a los ídolos neo-paganos como el dinero, el placer, el poder, el ocultismo, el gnosticismo de la Nueva Era-, han invadido todos los ámbitos y todos los estamentos de la sociedad, abarcando incluso a los más pequeños, puesto que se pretende implantar la ideología de género desde la más tierna infancia, además de introducirlos a la práctica del ocultismo y la magia, a través de películas como Harry Potter, los santos mártires de Uganda, San Carlos Lwanga y compañeros, son un luminoso ejemplo de fe en Nuestro Señor Jesucristo y de confianza en la Santísima Virgen María, porque ellos prefirieron la muerte antes que pecar, es decir, antes que perder la gracia que los unía a Cristo y antes que perder la pureza e inocencia que da la gracia y que hace al alma semejante a los Sagrados Corazones de Jesús y María. No debemos olvidar que, junto con la impureza corporal, viene la impureza del espíritu, que es la fornicación del alma con los ídolos paganos.Es por esto que, al recordar a los Santos mártires de Uganda, les encomendamos a los jóvenes de nuestro tiempo para que, asistidos por la gracia, elijan siempre conservar la pureza, tanto corporal como espiritual, frente a quienes pretenden arrebatárserlas.
Oración a los Santos Mártires de Uganda[1].
Oh Jesús, nuestro Señor y Redentor, a través de tu pasión y muerte, te adoramos y te damos gracias;
Santa María, Madre y Reina de los Mártires, obtenos la santificación por medio de nuestros sufrimientos.
Santos Mártires, los seguidores de Cristo sufriente, obtenganos la gracia de imitarlos.
San José Balikuddembe, en primer mártir de Uganda, quien inspiró y alentó Nephytes, nos obtenga un espíritu de verdad y justicia.
San Carlos Lwanga, patrón de la Juventud de Acción Católica  nos obtenga una fe firme y perseverante.
San Matías Mulumba, ideal Jefe y seguidor de Cristo, manso y humilde, nos obtenga un mansedumbre cristiana.
San Dionisio Sebuggwawo, celosos de la fe cristiana y conocido por su modestia, obtenga para nosotros la virture de la modestia.
San Andrés Kaggwa, catequista modelo y maestro, nos obtenga un amor de la enseñanza de Cristo.
San Kizito, resplandeciente niño en la pureza y la alegría cristiana, nos obtenga el don de la alegría en el Señor.
San Gyaviira, brillante ejemplo de cómo perdonar y olvidar las lesiones, nos obtenga la gracia de perdonar a los que nos perjudican.
San Mukasa, catecúmeno ferviente recompensado con el bautismo de su sangre, nos obtenga la perseverancia hasta la muerte.
San Adolfus Ludigo, brillante por su seguimiento de nuestro Señor, espíritu de servicio a los demás, nos obtenga un amor de servicio desinteresado.
San Anatoli Kiriggwajjo, humilde servidor que prefirió una vida devota a los honores mundanos, nos obtenga a amar la piedad más que las cosas terrenales.
San Ambrosio Kibuuka, joven lleno de alegría y amor al prójimo, nos obtenga la caridad fraterna.
San Aquiles Kiwanuka, que por el bien de Cristo detestaba vano prácticas supersticiosas, obtén para nosotros el odio santo a las prácticas supersticiosas.
San Juan Muzeeyi, consejero prudente, famoso por la práctica de las obras de misericordia, nos obtenga un amor de esas obras de misericordia.
Bendito Jildo Irwa y el Bienaventurado Daudi Okello que dieron su vida por la propagación de la fe católica, nos obtenga el afán de difundir la fe católica.
San Pontaianus Ngondwe, fiel soldado, anhelo de la corona del martirio, nos obtenga la gracia de ser siempre fieles a nuestro deber.
San Atanasio Bazzekuketta, fiel mayordomo de la hacienda real, obtener para nosotros un espíritu de responsabilidad.
San Mbaaga, que prefirió la muerte a las creencias de sus padres, nos obtenga la gracia de seguir con desprendimiento las inspiraciones divina.
San Gonzaga Gonza, lleno de compasión por los presos, y todos los que estaban en problemas, obtener para nosotros el espíritu de la misericordia.
San Noe Mawaggali, humilde trabajador y amante de la pobreza evangélica, nos obtenga el amor de la pobreza evangélica.
San Lucas Baanabakintu, que ardientemente desea imitar el sufrimiento de Cristo por el martirio, nos obtenga un amor de la patria.
San Bruno Serunkuuma, soldado que dio un ejemplo de arrepentimiento y la templanza, nos obtenga el virtud del arrepentimiento y la templanza.
San Mugagga, joven conocido por su castidad heroica, nos obtenga perseverancia en la castidad.
Que los Santos Mártires, firmes en su fidelidad a la verdadera Iglesia de Cristo, nos ayude a ser siempre fiel a la verdadera Iglesia de Cristo.
Oremos
Señor Jesucristo, que maravillosamente fortaleciste a los Santos Mártires de Uganda San Carlos Lwanga, Matías Mulumba, el Santo Jildo Irwa, a San Daudi Okello y sus compañeros, y dándonoslos a nosotros como ejemplos de fe y fortaleza, de castidad, de caridad, y de fidelidad ; , te rogamos, que por su intercesión, las mismas virtudes puedan aumentar en nosotros, y que podamos merecer ser propagadores de la fe verdadera.Tu que vives y Reinas por siempre. Amén.



[1] Esta oración se hace tres veces al día (se sugiere al medio día, a las 3 pm y a las 6 pm, aunque se puede ajustar al horario de cada uno en particular) después del rezo del Santo Rosario durante nueve días por alguien que está luchando contra los pecado de la impureza, especialmente contra la fornicación. Durante ese tiempo se debe de añadir algún tipo de ayuno con la limosna, junto con el uso del escapulario marrón, junto con una oración de la Sangre de Jesús para cubrir tanto usted como la persona(s) por la que esta orando. En un mundo donde la gente está atrapada en "hacer lo que se siente bien" y " son relativos el concepto del bien y mal ", es un gracia conocer la verdad de la Palabra de Dios, es un gran regalo de verdad! »

jueves, 1 de junio de 2017

San Justino, mártir


Vida de santidad[1].

San Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos «Apologías» y el «Diálogo con Trifón». Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos de Marco Aurelio, hacia el año 165.
No fue sacerdote, sino laico, y escribió varias apologías o defensas del cristianismo, frente a los detractores[2] de la religión católica. El mismo Justino cuenta que él era un Samaritano, porque nació en la antigua ciudad de Siquem, capital de Samaria. Sus padres eran paganos, de origen griego, y le dieron una excelente educación, instruyéndolo lo mejor posible en filosofía, literatura e historia.
Un día que paseaba junto al mar, meditando acerca de Dios, vio que se le acercaba un venerable anciano, el cual le dijo: “Si quiere saber mucho acerca de Dios, le recomiendo estudiar la religión cristiana, porque es la única que habla de Dios debidamente y de manera que el alma queda plenamente satisfecha”. El anciano le recomendó además que le pidiera a Dios la gracia de lograr saber más acerca de Él, y le recomendó la lectura de las Escrituras, consejo que San Justino siguió al pie de la letra, encontrando allí la verdadera sabiduría, dedicando toda su vida, en adelante, al estudio de la Palabra de Dios.
El santo cuenta que cuando todavía no era cristiano, había algo que lo conmovía profundamente y era ver el valor inmenso con el cual los mártires preferían los más atroces martirios, con tal de no renegar de su fe en Cristo, y que esto lo hacía pensar: “Estos no deben ser criminales porque mueren muy santamente y Cristo en el cual tanto creen, debe ser un ser muy importante, porque ningún tormento les hace dejar de creer en Él”.
Movido por el amor a la Verdad, y convencido de la cita del Eclesiástico en la que se afirma que la sabiduría de nada sirve si no se la comunica a los demás –“Tener sabiduría y guardársela para uno mismo sin comunicarla a los demás, es una infidelidad y una inutilidad”-, aprovechando sus conocimientos de filosofía, San Justino se dedicó a escribir en defensa de la religión cristiana, con el objetivo de que los paganos se convirtieran, y fue así que surgió su obra más conocida, llamada “Apologías”, en favor de la religión de Jesucristo y de la Iglesia Católica. Además de escribir, se dedicó a recorrer ciudades, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, tratando de convencerlos de que el cristianismo es la única religión verdadera.
En Roma tuvo Justino una gran discusión filosófica con un filósofo cínico llamado Crescencio, en la cual le logró demostrar que las enseñanzas de los cínicos (que no respetan las leyes morales) son de mala fe y demuestran mucha ignorancia en lo religioso. Crescencio, lleno de odio al sentirse derrotado por los argumentos de Justino, dispuso acusarlo de cristiano, ante el alcalde de la ciudad. Había una ley que prohibía declararse públicamente como seguidor de Cristo. Y además en el gobierno había ciertos descontentos porque Justino había dirigido sus “Apologías” al emperador Antonino Pío y a su hijo Marco Aurelio, exigiéndoles que si en verdad querían ser piadosos y justos debían respetar a la religión cristiana.
En su obra “Apología”, se dirige así a los gobernantes de su tiempo: “¿Por qué persiguen a los seguidores de Cristo? ¿Porque son ateos? No lo son. Creen en el Dios verdadero. ¿Porque son inmorales? No. Los cristianos observan mejor comportamiento que los de otras religiones. ¿Porque son un peligro para el gobierno? Nada de eso. Los cristianos son los ciudadanos más pacíficos del mundo. ¿Porque practican ceremonias indebidas?”. Y les describe enseguida cómo es el bautismo y cómo se celebra la Eucaristía, y de esa manera les demuestra que las ceremonias de los cristianos son las más santas que existen.
Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un diálogo memorable:
Alcalde: ¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?
Justino: Durante mis primero treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión.
Alcalde: Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio.
Justino: Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión.
Alcalde: ¿Y qué es lo que enseña esa religión?
Justino: La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta.
Alcalde: ¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?
Justino: Sí; declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte.
El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser discípulos de Cristo.
Alcalde: Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?
Justino: No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo.
Alcalde: Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza.
Justino: Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo.
Los otros cristianos afirmaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir. Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego fueron decapitados.
Las Actas del martirio de San Justino termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Mensaje de santidad.

En una época en la que el ateísmo, el agnosticismo y el ocultismo gnóstico de la Nueva Era buscan hacer desaparecer de la faz de la tierra y, sobre todo, del corazón y de la mente de los hombres, no solo la religión cristiana, sino hasta el nombre mismo de “Dios”, para reemplazarlo por el materialismo, el hedonismo, y la práctica del ocultismo, el ejemplo de San Justino, de amor a la Sabiduría de Dios y la Verdad encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios, es tanto o más actual que en los primeros años del cristianismo. Es tanto o más actual hoy, cuando el hombre se aleja de Dios para postrarse ante los ídolos de la neo-modernidad, y cuando gustoso abandona las iglesias para llenar estadios de fútbol, porque el martirio de San Justino, quien da la vida por no renegar de Jesucristo, es la contracara luminosa de la Verdad de Dios, en medio de las siniestras tinieblas de muerte en las que el mundo está inserto.