San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 3 de noviembre de 2016

San Martín de Porres



Vida de santidad[1].

Fue un mulato, nacido en Lima, Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como “hijo de padre desconocido”. Era hijo natural del caballero español Juan de Porres  y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Era sumamente capaz y muy inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa y puesto que la profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina, ejerció durante un tiempo esta doble carrera.
Sintiendo el llamado de la perfección cristiana pidió a los quince años de edad ingresar en el convento de los dominicos del Rosario en Lima, siendo admitido como hermano lego y recibiendo como encargo los trabajos más humildes. A pesar de que a los ojos de los demás parecía el más insignificante de todos, a los ojos  de Dios, sin embargo, era uno de los más valiosos, por sus virtudes heroicas, destacándose principalmente en dos, que lo asemejaban al Sagrado Corazón de Jesús: la humildad y la caridad. Por su humildad, era capaz de soportar con una sonrisa las injurias y los malos tratos recibidos por otros miembros de la caridad, llegando incluso a alegrarse de las injurias, como cuando un hermano de religión, que estaba enfermo y malhumorado, lo trató de “perro mulato”. San Martín de Porres ofrecía en silencio estas humillaciones, uniéndolas a las humillaciones de Jesús en la Pasión, y esto era lo que le daba paz y alegría a su alma. Con respecto a la virtud de la caridad, Fray Martín sobresalió en su tarea de enfermero, al atender y al curar a los más de doscientos hermanos religiosos, además de gente que venía al convento, sin hacer distinción entre ricos y pobres.
Poseía el don de curar milagrosamente todo tipo de enfermedades, recibiendo a todos con tanta solicitud y caridad, que a quien hablaba con él, le parecía estar hablando con el mismo Cristo en Persona.
Vivía de forma muy austera; apenas comía lo necesario para mantenerse en pie y dormía debajo de una escalera sólo unas pocas horas. Todas las noches, pasaba largas horas rezando delante de un gran crucifijo, al cual le contaba sus penas y problemas, y también hacía largas horas de adoración frente a Jesús Sacramentado, o bien hacía oración ante la imagen de la Virgen.
Además de la mansedumbre, la humildad, la caridad y el don de la curación milagrosa, tenía también otros dones sobrenaturales, como la profecía –conocía con anticipación lo que habría de suceder-, el éxtasis -unión sobrenatural con Dios en el que los sentidos quedan suspendidos, para poder contemplar la divinidad- y la bilocación: sin haber salido nunca de Lima, fue visto en lugares tan distantes como África, China y Japón, dando ánimo a los misioneros que se encontraban en dificultades. Sin tener las llaves de la puerta del convento, solía salir del convento para atender a un enfermo grave, para luego regresar, y cuando le preguntaban cómo lo hacía, respondía simplemente: “Yo tengo mis modos de entrar y salir”.
Por el don de curación, venía a él los enfermos de peste, cuando hubo una epidemia en una ocasión, y curó milagrosamente a todos los que acudieron a él[2]. Una vez que unos enemigos suyos entraron a su habitación para hacerle daño, San Martín le pidió a Dios que lo hiciera invisible y así sucedió, porque estos no lo vieron, a pesar de estar delante suyo.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
En diversas ocasiones –algunas cuando estaba delante de un gran crucifijo- se lo vio en éxtasis y es conocido el episodio en el que el virrey fue a verlo y tuvo que esperar a que saliera del éxtasis. Poseía también el don de la sabiduría divina, pues a pesar de no ser un gran letrado ni tener estudios superiores eclesiásticos, sin embargo acudían a él para hacerle consultas números teólogos, obispos y autoridades civiles.
Por ser parte de la Creación de Dios y debido a que vivía en un alto estado de gracia y santidad, a San Martín de Porres le obedecían insectos y animales y tenía por ellos un gran cuidado. Una vez, sucedió que los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras; al ir a ser curado con un hermano de religión, éste le decía: “Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos”. Y Fray Martín respondía: “¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?” – “¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!” – “Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios”, respondió el humilde fraile.
Otras anécdotas sucedieron con ratones: en una ocasión, estos infestaban la ropería y dañaban el vestuario. San Martín no le puso trampas, sino que les dijo; “Hermanos, vayan a la huerta, que allí hallaréis comida” y ante su orden, los ratones obedecieron en el momento. Además, Fray Martín les daba todos los restos de comida y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: “Vete adonde no hagas mal”.  Loa animales le seguían en fila muy obedientes. Daba de comer en un mismo recipiente, al mismo tiempo y sin rencillas, a un gato, un perro y varios ratones. En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y anunció proféticamente que habría de morir a causa de esa enfermedad. Toda la ciudad de Lima se conmovió y el mismo virrey en persona, conde de Chichón, se acercó a su lecho de moribundo para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo “perro mulato”. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras “Et homo factus est” –Y el Verbo se hizo carne-, besando el crucifijo expiró plácidamente. Era el 3 de noviembre de 1639; toda la ciudad acudió a su entierro, multiplicándose desde entonces los milagros por su intercesión.

Mensaje de santidad.

San Martín de Porres se caracterizó porque, sin tener grandes dignidades ni civiles ni eclesiásticas, tuvo sin embargo muchos dones sobrenaturales, como la profecía, el éxtasis, la bilocación y el don de curar milagrosamente las más variadas enfermedades, con solo imponer sus manos. Sin embargo, lo que lo hizo santo no fueron estos dones –que, por otra parte, él no los pedía, sino que Dios se los concedió en su bondad-, sino la fidelidad a la gracia –como todo santo, detestaba el pecado- y la posesión de dos virtudes que agradan especialmente a Dios: la mansedumbre y la caridad. Por la mansedumbre, soportó con paciencia, alegría y amor, las más duras ofensas, como el ser llamado “perro mulato”, y esto lo podía hacer porque cada vez que era humillado, de esta o de otra forma, en vez de rebelarse, enojarse y ofenderse, demostrando así soberbia, aprovechaba esas ocasiones para unirse a Jesús, humillado por él y por todos nosotros, en la Pasión, y así nos enseña el santo a cómo no solo soportar, sino ofrecer las humillaciones y así crecer en santidad. La otra virtud era la caridad, es decir, un amor sobrenatural, un amor celestial, un amor que es el Amor de Dios, que no es como el amor humano, que se deja llevar por las apariencias, sino que ama al prójimo por ser el prójimo una imagen viviente de Dios y porque en el prójimo, sobre todo en el más necesitado, ve a Jesucristo, misteriosamente Presente en él. Mansedumbre, humildad y caridad, esas son las virtudes que le hicieron ganar el cielo a San Martín de Porres, y esas son las virtudes que debemos buscar imitar, si es que también queremos ganar el cielo.



[1] http://www.corazones.org/santos/martin_porres.htm; cfr. Butler; Vida de los Santos; Sálesman, Eliecer, Vidas de Santos 4; Sgarbossa, Mario, Luigi Giovannini, Un Santo Para Cada Día.
[2] Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.

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