San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 14 de diciembre de 2017

San Juan de la Cruz y el conocimiento escondido en Cristo Jesús


         En uno de sus escritos, San Juan de la Cruz se explaya acerca del conocimiento escondido en Cristo Jesús, que pasa desapercibido, no solo ya para las almas mundanas, sino incluso para “los santos doctores y las santas almas”[1]. El conocimiento de Cristo es comparado por San Juan de la Cruz a una mina de oro o algo similar, ya que utiliza la imagen de una montaña en la que, excavando en sus profundidades –tal como se hace en las minas-, se descubren cada vez más y más tesoros escondidos en ella. Dice así San Juan de la Cruz: “Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores Y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Es decir, esa montaña es Cristo y los tesoros escondidos en Él son los tesoros de la gracia divina que, de modo inagotable, brotan de su Corazón traspasado y de sus heridas abiertas, por las que fluye su Preciosísima Sangre.
Para San Juan de la Cruz, esto es lo que se quiere significar cuando en la Escritura se afirma que “en Cristo moran todos los tesoros y la sabiduría escondidos”: “Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos”. Pero de la misma manera a como un explorador, para poder alcanzar los tesoros escondidos en el seno de la montaña, debe prepararse en el exterior de la misma para luego ingresar en ella para recorrer con mucho esfuerzo las estrechas cavernas del interior de la montaña, así también el alma, no llega fácilmente a descubrir los inagotables tesoros en Cristo, si no es pasando antes por “el padecer interior y exterior a la divina Sabiduría”: “(tesoros y sabidurías) en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría”.
Es decir, de la misma manera a como un explorador debe prepararse exteriormente, es decir, físicamente, para poder ingresar al interior de la montaña y recorrer sus laberintos en pos de sus tesoros, así también el alma, en esta vida, para poder alcanzar los misterios escondidos en Cristo, necesita de mucha preparación, la cual consiste, principal y esencialmente, en gracias “intelectuales y sensitivas” concedidas por Dios: “Porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella”. Para llegar a los tesoros escondidos en Cristo, el alma necesita mucho “ejercicio espiritual” –oración, ascesis, meditación en la Pasión, adoración eucarística-, de parte suya, pero ante todo, necesita de la iluminación concedida por el Espíritu de Dios, iluminación que, aun cuando sea intensa, será siempre “más baja que la sabiduría de los misterios de Cristo” en sí mismos. Estas gracias –iluminaciones intelectuales y sensitivas-, por profundas e intensas que sean, constituyen solo “disposiciones” necesarias para el alma, para que el alma pueda acceder a los tesoros de Cristo: “todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella”.
Ahora bien, el acceso a estos tesoros de sabiduría divina escondidos en Cristo, se produce luego de “entrar en la espesura del padecer”: “¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!”. De la “espesura del padecer”, se pasa a la “espesura de la cruz”, y en esto es en lo que el alma debe poner su “consolación y deseo”.
Forma parte esencial de este conocimiento de Cristo el amor de caridad, esto es, el amor sobrenatural, a Dios y al prójimo, ya que sin este amor, de nada valdría el conocimiento obtenido: “Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen bien fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios”.
Por último, San Juan de la Cruz revela en qué consiste el “padecer” y es la Cruz de Jesús, puerta de acceso a todos los bienes contenidos en Cristo. El padecer, previo al conocimiento de Cristo, es el participar por parte del alma, de alguna manera, en la Pasión de Cristo: “Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta”. La Cruz de Cristo –Cristo en la Cruz- es la “puerta” de entrada a las riquezas de su sabiduría. San Juan de la Cruz advierte que muchos desean las riquezas de la sabiduría de Cristo, pero sin la puerta, esto es, sin la Cruz, al tiempo que son pocos son los que desean entrar por la puerta de la Cruz para obtener estas riquezas: “Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos”.
Al recordar a San Juan de la Cruz en su día, le pidamos que interceda para que deseemos obtener las riquezas y tesoros de la Sabiduría divina escondidos en Cristo, pero que también deseemos pasar por la Puerta de la Cruz para obtenerlos.



[1] Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, Canciones 37, 4 Y 36, 13, declaración. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La consagración y el martirio de Santa Lucía, modelos de nuestra entrega cotidiana a Cristo


         El martirio de Santa Lucía no es otra cosa que la culminación de la entrega total de su vida a Jesucristo, por medio de la consagración de su cuerpo y su alma. El sentido de la consagración a Jesucristo es entregarle a Él todo su ser, su cuerpo y su alma, para que Jesucristo tome posesión de ella y haga de ella su morada. Pero para que esto suceda, el alma debe ser pura en cuerpo y alma, además de estar en estado de gracia santificante. Santa Lucía se consagró desde muy pequeña a Jesucristo, ofreciéndole su virginidad, lo cual quiere decir que ella quería que su cuerpo no solo no tuviera amores terrenos –aun cuando estos amores terrenos sean buenos y puros, como el verdadero amor esponsal-, sino que estuviera todo consagrado al amor esponsal celestial de Cristo Esposo. Santa Lucía consagra su virginidad a Jesucristo, pero no porque no tuviera posibilidad de contraer matrimonio –al contrario-, sino porque su amor espiritual, puro y sobrenatural por Jesucristo Esposo, era mucho más grande que el amor a cualquier esposo terreno. Por eso debía consagrar su cuerpo, su virginidad, para que le perteneciera, en su cuerpo, en su totalidad, a Jesucristo.
         Pero Santa Lucía no solo consagró el cuerpo, sino que también consagró su alma, para que esta fuera morada de la Trinidad y su corazón altar donde Jesús Eucaristía fuera amado y adorado. Para eso, Santa Lucía debió rechazar las impurezas del alma, así como debió rechazar las impurezas del cuerpo; la diferencia es que las impurezas del alma son la mentira, la falsedad, el cinismo, la hipocresía, y sobre todo, la apostasía de la Fe, es decir, abandonar a Jesucristo por los falsos ídolos del mundo. Es por esta razón que la apostasía se compara, con toda justicia, al adulterio: así como en el adulterio el cuerpo se entrega a quien no es el cónyuge, manchándolo con esta grave falta, así en la apostasía y en la idolatría el alma y el corazón se entregan a los ídolos, que no son otra cosa que demonios. Un católico idólatra, como por ejemplo, aquel que le prende velas y le reza al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte, o usa la cinta roja contra la envidia, o cree en supersticiones, como el árbol gnóstico de la vida, o cualquier otra superstición, es un adúltero espiritual, porque comete adulterio con los ídolos paganos, que no son otra cosa que demonios. Abandonan al Hijo de Dios, que dio por ellos su vida en la cruz y la continúa dando en la Eucaristía, por los demonios, que solo quieren su eterna condenación.
La consagración de su cuerpo y de su alma tuvo su coronación en Santa Lucía con el martirio, es decir, con el don de su vida de modo cruento, con derramamiento de sangre. Si a lo largo de su vida había entregado en secreto su cuerpo y su alma a Jesucristo, ahora, para gloria de Dios, Santa Lucía entrega su cuerpo y su alma de forma pública, eligiendo la muerte antes que dejar de poseer el Amor de Cristo. Por último, el fundamento tanto de su consagración por amor a Cristo, como de su martirio, no radica en ella, sino en Jesucristo, Rey de los mártires, quien muere mártir en la cruz porque consagró su vida a nuestra salvación, entregándose en su totalidad a Dios Padre en el ara de la cruz, para donarnos a Dios Espíritu Santo y así conducirnos al cielo. Es de esta consagración de su vida al Padre para salvarnos y de su muerte martirial en la cruz, que Jesús hace partícipes a los santos mártires como Santa Lucía. Esto último tiene mucha importancia para la vida espiritual: la consagración y el martirio de Santa Lucía nos enseñan entonces que quien desea consagrarse a Jesucristo y dar su vida por Él -en el testimonio cotidiano de su Evangelio y según el propio estado de vida-, es porque tiene en sí mismo al Espíritu Santo, donado por Jesucristo y que hace partícipe al alma de su consagración y amor. Acudamos por lo tanto a Santa Lucía para mantener siempre la pureza del cuerpo -la castidad-, y la pureza del alma -la integridad de la fe-, según nos aconseja la Didajé, las Enseñanzas de los Doce Apóstoles: “Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras”[1]. Solo así perteneceremos totalmente a Cristo, en cuerpo y alma, en el tiempo y en la eternidad.



[1] 4, 2.

jueves, 7 de diciembre de 2017

San Ambrosio y la aparición del Anticristo


Antes de la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, el Anticristo vendrá para tratar de destruir a la Iglesia Católica y de arrastrar a la perdición, si fuera posible, aun a los elegidos. Bajo las órdenes directas del Príncipe de las tinieblas, y en unión con el Falso Profeta, obrará de manera tal que llevará a la confusión en la fe a los integrantes de la Iglesia Católica, con el fin de conducirlos a la perdición. Por eso es necesario conocer su obrar, y nadie mejor que los santos, como San Ambrosio quien escribe sobre el Anticristo, aunque para el santo, no hay uno solo, sino en realidad tres Anticristos: aquel a quien propiamente se le llama “Anticristo”, que es quien engañará a los hombres haciéndose pasar por Cristo; un segundo Anticristo, que es el Demonio, y un tercer Anticristo, los herejes. Con relación al primer Anticristo se expresa así: “Místicamente, la abominación de la desolación es la venida del Anticristo, porque manchará el interior de las almas con infaustos sacrilegios, sentándose en el templo, según la historia, para usurpar el solio de la divina majestad. Esta es la interpretación espiritual de este pasaje; deseará confirmar en las almas la huella de su perfidia, tratando de hacer ver por las Escrituras que él es Cristo”.
Cuando llegue el Anticristo, dice San Ambrosio, “se sentará en el templo y usurpará el solio de la divina majestad” –ocupará el Sillón de Pedro-; hará “sacrilegios” –burla de las cosas sagradas-, y así “manchará el interior de las almas”, es decir, los hará pecar, porque sentándose en la Cátedra de Pedro –en la persona del Falso Profeta- y haciéndose pasar por Cristo, intentará cambiar la religión.
Continúa San Ambrosio: “Entonces se aproximará la desolación, porque muchos desistirán cansados de la verdadera religión”. Esto sucederá cuando el Anticristo promulgue que el pecado ha dejado de ser tal y, por lo tanto, las pasiones humanas pueden ser liberadas a rienda suelta; paralelamente, decretará que los sacramentos, tal como la Iglesia los ha practicado durante veinte siglos, ya no hacen falta.
Cuando esto suceda, se producirá una apostasía masiva, lo cual será un indicio de la Segunda Venida del Señor Jesús: “Entonces será el día del Señor, porque como su primera venida fue para redimir los pecados, la segunda será para castigarlos, a fin de que no incurra la mayor parte en el error de la perfidia”.
También es Anticristo el Demonio, dice San Ambrosio, cuando consigue colocarse en el centro del alma y ser adorado él y no Jesucristo, aunque el Demonio huye del alma, cuando el alma entroniza a Jesucristo y sólo a Él le rinde adoración: “Hay otro Anticristo, que es el diablo, el cual trata de sitiar a Jerusalén (esto es, al alma pacífica), con la fuerza de su ley. Así, pues, cuando el diablo se halla en medio del templo, es la abominación de la desolación. Pero cuando brilla en nuestros trabajos la presencia espiritual de Cristo, huye el enemigo y empieza a reinar la justicia”.
Un tercer Anticristo, para San Ambrosio, está formado por los herejes, que niegan la divinidad de Jesucristo, como por ejemplo, Arrio: “El tercer Anticristo es Arrio y Sabelio y todos los que nos seducen con mala intención”.
A los herejes, influenciados por el Anticristo, San Ambrosio los compara con las embarazadas, siendo solamente el alma justa –la que sigue a Cristo y no al Anticristo- aquella que “da a luz a Cristo”: “Tales (los que desistan cansados de la verdadera religión) son las embarazadas, de quienes se dijo: ¡ay de ellas! las cuales prolongan la ruina de su carne y disminuyen la velocidad de su marcha en lo íntimo de sus almas, de modo que son incapaces para la virtud y fértiles para los vicios. Pero ni siquiera aquellas embarazadas que se hallan fundadas en el esfuerzo de las buenas obras, y que todavía no han producido ninguna, están libres de la condenación. Algunas conciben por temor de Dios; pero no todas dan a luz; algunas hacen abortar la palabra antes de dar fruto; y otras tienen a Cristo en su seno, pero sin que llegue a formarse. Por tanto, la que da a luz la justicia, da a luz a Cristo”.
Antes de que venga Cristo, el alma debe “hacer crecer a sus hijos”, es decir, obrar la misericordia, para no esperara el Día del Juicio Final con las manos vacías, Día en el que Cristo vencerá al Anticristo para siempre: “Así, pues, apresurémonos a destetar a nuestros niños, para que no nos sorprenda el día del juicio o de la muerte antes de que estén formados. No sucederá así, si conserváis en vuestro corazón todas las palabras de justicia y no esperáis al tiempo de la vejez, y si concebís luego en la primera edad la sabiduría y la alimentáis sin la corrupción del cuerpo. Al fin del mundo se someterá toda Judea a las naciones creyentes por la palabra espiritual, que es como una espada de dos filos (Ap 1,16; Ap 19,15)”.





Las lecciones del martirio de Santa Lucía


         El martirio de Santa Lucía nos deja numerosas lecciones para nuestra vida espiritual. Veremos de qué manera.
         Si bien no está documentado en las Actas, sin embargo, Santa Lucía aparece en las imágenes, retratada con sus ojos en una bandeja de oro y la razón es que “antiguas tradiciones narraban que a ella le habían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo”[1]. Esto nos enseña que, con tal de mantener la fe en Jesucristo, no importa nuestro cuerpo terreno y que nuestras miradas deben ser puras, como las miradas de la Virgen y de Jesús.
         Lo primero que se destaca es el tormento psicológico al que es sometida la santa, por medio de amenazas de muerte, dirigidas a que Santa Lucía apostate de su fe, es decir, renuncie a la fe en Jesucristo. La respuesta de la santa es firme y determinada: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor de mi Señor Jesucristo”. Quien ama a Jesucristo con el Amor mismo de Dios, no con un amor humano, lo ama más allá de esta vida terrena y está dispuesto a entregar esta vida terrena, con tal de permanecer en el Amor de Cristo. Se cumplen así las palabras del Señor: “Si alguien me ama, mi Padre y Yo moraremos en él”.
         Luego la amenaza con torturas físicas, las cuales suelen ser siempre muy crueles: el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, será capaz de resistir?”. Santa Lucía respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. La Santa nos da las etapas de la vida espiritual: creer en Cristo, llevar una vida pura por amor a Él y en consecuencia, poseer el Espíritu Santo que, por la gracia santificante, inhabita en el alma del justo, siendo el Espíritu Santo el que da al alma del mártir “fuerza, inteligencia y valor”. Sólo por la Presencia del Espíritu Santo en el alma del mártir, es que se explica que los mártires puedan soportar torturas inhumanas, además de mantener la calma, la serenidad e incluso alegría, y responder con sabiduría celestial.
Ante el fracaso de la tortura psicológica, el juez la amenazó con hacerla llevar a un lugar en donde sería inducida a la corrupción y a la impureza corporal, pero Santa Lucía le respondió: “Aunque el cuerpo sea irrespetado, el alma no se mancha si no acepta ni consiente el mal”. Así, nos deja la enseñanza entre tentación, que no es pecado, y tentación consentida, que sí es pecado. Si no se consiente a la tentación, no hay pecado. Otra lección, es que la impureza corporal es despreciada por Santa Lucía, porque considera su cuerpo como “templo del Espíritu Santo”, destinado a servir de morada a la Santísima Trinidad, mientras que su corazón está destinado a ser altar en donde Jesús Eucaristía sea amado y adorado.
Al intentar llevarla a esta casa de perdición, los soldados trataron de moverla, pero no pudieron moverla, quedándose la santa inmóvil en el sitio donde estaba. Esto nos enseña cuán firme debe ser nuestra fe en Jesucristo, al punto de no ceder ante la presión del mundo.
Finalmente, la decapitaron, permaneciendo sin embargo todavía unida su cabeza al tronco, por lo que podía hablar suavemente; hasta su muerte, continuaba evangelizando y llamando a la conversión de los corazones a Cristo. Esto nos enseña cuán vanas son nuestras conversaciones y cómo debemos, como dice la Escritura, “predicara a tiempo y a destiempo”, no tanto con palabras, sino con ejemplo de vida, como Santa Lucía en su martirio.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/luc%C3%ADa.htm

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Santa Lucía


         Vida de santidad[1].

Desde antiguo se tributaba culto a la santa de Siracusa: en el siglo VI, se le veneraba ya también en Roma entre las vírgenes y mártires más ilustres. En la Edad Media se invocaba a la santa contra las enfermedades de los ojos, probablemente porque su nombre está relacionado con la luz (Lucía: Lux, la que lleva luz). Ello dio origen a varias leyendas, como la de que el tirano mandó a los guardias que le sacaran los ojos y ella recobró la vista.
De acuerdo con “las Actas” de Santa Lucía, nuestra santa nació en Siracusa, Secilia (Italia), de padres nobles y ricos y fue educada en la fe cristiana. Perdió a su padre durante la infancia y se consagró a Dios siendo muy joven, manteniendo en secreto su voto de virginidad. Su madre, que se llamaba Eutiquia, la exhortó a contraer matrimonio con un joven pagano.  Lucía persuadió a su madre de que fuese a Catania a orar ante la tumba de Santa Ágata para obtener la curación de unas hemorragias. Ella misma acompañó a su madre, y Dios escuchó sus oraciones. Entonces, la santa dijo a su madre que deseaba consagrarse a Dios y repartir su fortuna entre los pobres. Llena de gratitud por el favor del cielo, Eutiquia le dio permiso. El pretendiente de Lucía se indignó profundamente y delató a la joven como cristiana ante el pro-cónsul Pascasio. La persecución de Diocleciano estaba entonces en todo su furor. Luego de ser sometida a un interrogatorio y a torturas, por medio de las cuales se pretendía hacerla apostatar, Santa Lucía fue decapitada, muriendo mártir en el año 304 d. C.

         Mensaje de santidad.

         Del diálogo entre Santa Lucía y el juez inquisidor, nos queda su mensaje de santidad, por lo que conviene reflexionar en el mismo.
En el diálogo previo a su muerte, el juez la presionó cuanto pudo para convencerla a que apostatara de la fe cristiana. Ella le respondió: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. Santa Lucía está dispuesta a dar su vida por Cristo, el Redentor, y no hay nada que la pueda apartar del amor de Cristo. La santa vive en carne propia las palabras de la Escritura: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (cfr. Rm 8, 35-39).
El juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. Santa Lucía respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Es la doctrina de la inhabitación de Dios en el alma del justo por la gracia santificante. Santa Lucía no sabía de teología ni de dogmas, sin embargo, respondió con la más profunda teología católica y afirmando el dogma de la inhabitación trinitaria en el alma de quien se encuentra en gracia. La razón de esta respuesta, es que el Espíritu Santo, que inhabitaba en ella, la iluminaba con sabiduría celestial. Por otra parte, se cumple en la santa lo que dice Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, acerca de las persecuciones: “No os preocupéis por vuestra defensa, porque el Espíritu Santo hablará por vosotros” (cfr. Mt 10, 19).
El juez entonces la amenazó con llevarla a una lugar de perdición para someterla a la fuerza a la ignominia. Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consciente”. Santo Tomás de Aquino admiraba esta respuesta de Santa Lucía, puesto que corresponde con un profundo principio de moral: no hay pecado si no se consiente al mal. A su vez, nos deja ejemplo de cómo el amor por los bienes eternos –el cielo y la contemplación del Cordero por la eternidad-, debe siempre triunfar en el cristiano, por encima de los bienes terrenos y, mucho más, por encima de la concupiscencia. Y para nuestros tiempos, el amor de Santa Lucía a la pureza corporal por amor a Cristo –considerar el cuerpo como “templo del Espíritu” que no debe ser profanado por amores mundanos-, es un valiosísimo testimonio, tanto más, cuanto que en nuestros días se pretende inculcar la anti-naturaleza, la desvergüenza, la impudicia, desde la más tierna infancia, haciéndola pasar como si fuera lo más normal y “natural”.
No pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron. Pero aún con la garganta cortada, la joven siguió exhortando a los fieles para que antepusieran los deberes con Dios a los de las criaturas, hasta cuando los compañeros de fe, que estaban a su alrededor, sellaron su conmovedor testimonio con la palabra “Amén”. Aún con su garganta cercenada, Santa Lucía continúa predicando, lo cual es cumplimiento de la Escritura: “Predica a tiempo y a destiempo”, y nos debe hacer reflexionar a nosotros acerca de cómo utilizamos nuestro tiempo, hablando de cosas sin importancias, cuando deberíamos hablar de la vida eterna que nos espera en el Cielo.



jueves, 30 de noviembre de 2017

San Andrés, Apóstol


         Vida de santidad[1].

San Andrés nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaúm, y era en esa casa en la que Jesús se hospedaba cuando predicaba en esta ciudad. Según la Tradición, San Andrés murió mártir bajo el reinado del cruel emperador Nerón, el 30 de noviembre del año 63.

         Mensaje de santidad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: “He ahí el Cordero de Dios”. Al oír esto y movido por el Espíritu Santo, San Andrés fue, junto con Juan Evangelista, en busca de Jesús. Cuando lo alcanzaron, Jesús se volvió, entablándose el siguiente diálogo: “¿Qué buscan?”, les dijo Jesús. Ellos le dijeron: “Señor, ¿dónde vives?”. Jesús les respondió: “Vengan y verán”. El Evangelio relata que San Andrés y San Juan Evangelista fueron con Jesús y pasaron con Él aquella tarde. Luego de este encuentro, San Andrés, también iluminado por el Espíritu Santo, fue a ver a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Salvador del mundo, el Mesías”.
Andrés y Simón, pescadores, fueron llamados por Jesús, cuando se encontraban en su oficio. Jesús les dijo: “Síganme” y ellos, dejándolo todo, lo siguieron. De esa manera, Jesús elevaba su oficio de pescadores a un nivel sobrenatural: de ahora en adelante no serían más pescadores de peces, sino pescadores de almas, aquellas destinadas el Reino eterno de Dios.
Andrés, que vivió junto a Jesús por tres años, tuvo el privilegio de presenciar, con sus propios ojos, la gran mayoría de los milagros que hizo Jesús, además de escuchar, uno por uno, sus maravillosos sermones, con toda su sabiduría divina. En el milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes.
En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y desde entonces se dedicó a predicar el Evangelio con la fortaleza y la sabiduría de Dios.
Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Según esta tradición, lo amarraron a una cruz en forma de X, dejándolo padecer en esa posición durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero, oh cruz santa, que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”.
La vida de San Andrés es modelo para nuestra vida cristiana, pero sobre todo a partir de su encuentro personal con Jesús, encuentro que habría de cambiar su vida, literalmente, para siempre. Como hemos visto, San Andrés tuvo el privilegio de haber escuchado el Nombre Nuevo dado por Juan el Bautista al Mesías: “Éste es el Cordero de Dios”, y de ser invitado por el mismo Jesús en Persona a su morada, luego de que San Andrés le preguntara “dónde vivía”: “Vengan y verán”.  Ahora bien, también nosotros, al igual que San Andrés, tenemos el mismo privilegio de San Andrés, y aún mayor: a nosotros no nos anuncia Juan el Bautista dónde está el Cordero de Dios, sino que es la Iglesia quien nos lo anuncia, a través del sacerdote ministerial cuando, luego de producida la transubstanciación –el cambio de la substancia del pan y del vino por la substancia del Cuerpo y la Sangre del Señor, la Eucaristía-, el sacerdote ministerial eleva la Hostia y la ostenta al Pueblo fiel para que este la adore, al tiempo que dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Y al igual que Andrés, que fue adonde vivía Jesús para estar con Él, también nosotros somos llamados por el Espíritu Santo, para “estar con Él”, en donde Él vive, en el sagrario, por medio de la Adoración Eucarística y también recibimos el Espíritu Santo, no solo en la Confirmación, sino también en cada comunión eucarística, en la cual y por la cual Jesús, Dador del Espíritu junto al Padre, sopla sobre nuestras almas al Amor de Dios, la Tercera Persona de la Trinidad. Un último ejemplo de santidad es su amor a la cruz y el deseo de morir crucificado en ella, a imitación de Jesús, tal como lo dice en su oración a la cruz. Imitemos a San Andrés, y le pidamos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, la gracia de amar la cruz y de ser crucificados, como San Andrés, por amor a Jesús.



viernes, 24 de noviembre de 2017

San Andrés Dung-Lac y compañeros mártires


Vida de santidad[1].

Martirologio Romano: Memoria de los santos Andrés Dung Lac, sacerdote, y compañeros, mártires. En una única celebración, fueron honrados ciento diecisiete mártires de diferentes regiones de Vietnam, entre ellos ocho obispos, muchos sacerdotes y un gran número de fieles laicos de ambos sexos y de toda edad y condición, en la que todos, prefirieron sufrir el exilio, el encarcelamiento, la tortura y la pena máxima en vez de negar llevan la cruz y renunciar a su fe cristiana.
San Andrés Dung-Lac fue un sacerdote católico vietnamita ejecutado por decapitación, debido a su fe católica, en el reinado de Minh Ming. Durante la persecución de los cristianos, San Andrés Ding cambió su nombre a Lac para evitar la captura, y de este modo es conmemorado como Andrés Dung-Lac, y al mismo tiempo con todos los mártires vietnamitas de los siglos XVII, XVIII y XIX (1625-1886). San Andrés Dung-Lac fue incansable en su predicación. Ayunaba muy a menudo, llevó una vida austera y sencilla. Convirtió a muchos a la fe católica.

Mensaje de santidad[2].

Uno de los mártires, Pablo Le Bao-Thin, escribe desde la prisión una carta en la que nos deja numerosas enseñanzas para nuestra vida espiritual, la principal de todas, es la participación de los mártires, miembros selectos del Cuerpo Místico de Cristo, en la victoria de Cristo Cabeza. Dice así: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”. Pablo describe las penurias y horrores que vive en la cárcel; sin embargo, lo que haría que un pagano se desmoralice y desespere, es para el cristiano una fuente de gracia y fortaleza, pero no por sí mismo, sino porque es Cristo quien lo auxilia y lo conforta, convirtiendo esas penurias y angustias en gozo y alegría. Así lo dice Pablo: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”. Es la presencia de Cristo en el alma del mártir, presencia misteriosa pero no por eso menos real, lo que infunde al mártir la fortaleza misma de Cristo y le permite sobrellevar hasta con alegría tribulaciones que harían desfallecer a cualquier hombre.
Continúa Pablo, afirmando que Cristo es su fortaleza, porque Cristo lleva nuestras debilidades en su Cruz: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”. Cristo no es mero espectador del combate del cristiano por la salvación del alma, sino que toma parte activa en este combate, luchando en lugar del alma que a Él se confía, venciendo con su fuerza divina y mereciendo la corona de gloria, gloria de la cual hace partícipes a los suyos.
El beato mártir Pablo, a continuación, relata la causa de su prisión, y es el no soportar ver cómo el Nombre de Cristo es ultrajado y su Cruz pisoteada por los paganos: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos!”.
Luego, afirma que desea morir, antes que contemplar este ignominioso espectáculo, y confía su vida en manos de Cristo, en quien pone todas sus esperanzas de victoria: “¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor. Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles, ya que, si llegara a vacilar en el camino, tus enemigos podrían levantar la cabeza con soberbia”.
Anima a los demás a alabar a Dios, entonando el Magnificat, el canto de la Virgen: “Queridos hermanos, al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Proclame mi alma la grandeza del Señor, se alegre mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su siervo y desde ahora me felicitarán todas las generaciones futuras, porque es eterna su misericordia”.
Dios se sirve de los débiles para humillar a los poderosos, y por medio de los mártires, Dios silencia a los soberbios del mundo, henchidos de una sabiduría que no sirve para la salvación: “Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos, porque lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, y lo despreciable, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios para humillar lo elevado. Por mi boca y mi inteligencia humilla a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo, porque es eterna su misericordia”.
Quien está firme en su fe en Dios, aun cuando los hombres lo condenen a muerte –como es el caso de los mártires-, no teme a la muerte, sino que espera en la vida eterna: “Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón”.
San Pablo anima a los cristianos que permanecen en el mundo, a no desfallecer en la lucha por la fe y por la salvación del alma, siendo preferible perder la vida terrena antes que la vida eterna: “En cuanto a vosotros, queridos hermanos, corred de manera que ganéis el premio, haced que la fe sea vuestra coraza y empuñad las armas de Cristo con la derecha y con la izquierda, como enseña san Pablo, mi patrono. Más os vale entrar tuertos o mancos en la vida que ser arrojados fuera con todos los miembros”.
Por último, San Pablo pide el auxilio de la Iglesia Militante, un auxilio que no es material, con armas terrenas, sino que es un auxilio proporcionado por las armas que da la Fe, la principal de todas, la oración; de esa manera, al estar unidos por la caridad, el mártir espera unirse en el cielo con aquellos que permanecen en esta vida para adorar al Cordero por la eternidad, puesto que lo único que él hace, al dar su vida por Jesús, es adelantarse en el camino al Reino de Dios: “Ayudadme con vuestras oraciones para que pueda combatir como es de ley, que pueda combatir bien mi combate y combatirlo hasta el final, corriendo así hasta alcanzar felizmente la meta; en esta vida ya no nos veremos, pero hallaremos la felicidad en el mundo futuro, cuando, ante el trono del Cordero inmaculado, cantaremos juntos sus alabanzas, rebosantes de alegría por el gozo de la victoria para siempre. Amén”.



[2] Carta de San Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh: A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, Paris 1925, 80-83.

sábado, 11 de noviembre de 2017

San Martín de Tours


         Vida de santidad[1].

Nació en Hungría, pero sus padres se fueron a vivir a Italia. Era hijo de un veterano del ejército y a los 15 años ya vestía el uniforme militar. Un episodio sucedido al santo, en el que se encontró con Jesucristo en la apariencia de un indigente, cambió su vida para siempre. Siendo muy joven y estando de militar en Amiens, Francia, en un día de invierno de frío muy intenso, San Martín se encontró por el camino con un pobre hombre a medio vestir, que estaba tiritando de frío. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”.
Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, cuenta que tan pronto Martín tuvo esta visión se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo); inmediatamente después de recibir el bautismo, se presentó ante su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”.
Como Martín sentía un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, San Hilario le cedió unas tierras en sitio solitario y allá fue con varios amigos, y fundó el primer convento o monasterio que hubo en Francia, en donde por diez años se dedicó a la oración, a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”.
Un día en el año 371 fue invitado a Tours con el pretexto de que lo necesitaba un enfermo grave, pero era que el pueblo quería elegirlo obispo. Apenas estuvo en la catedral toda la multitud lo aclamó como obispo de Tours, y por más que él se declarara indigno de recibir ese cargo, lo obligaron a aceptar. En Tours fundó otro convento y pronto tenía ya ochenta monjes dedicados a la contemplación, la adoración y la predicación. Al poco tiempo, y como don de Dios, se multiplicaron los milagros y las conversiones, lo cual hizo desaparecer la plaga del paganismo, siendo su madre y sus hermanos los primeros paganos en convertirse al Dios verdadero, Jesucristo.
Un día un antiguo compañero de armas lo criticó diciéndole que era un cobarde por haberse retirado del ejército. Él le contestó: “Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy derrotando a los enemigos espirituales”.
Un día en un banquete San Martín tuvo que ofrecer una copa de vino, y la pasó primero a un sacerdote y después sí al emperador, que estaba allí a su lado. Y explicó el por qué: “Es que el emperador tiene potestad sobre lo material, pero al sacerdote Dios le concedió la potestad sobre lo espiritual”, explicación que agradó al emperador.
En los años en que fue obispo se ganó el cariño de todo su pueblo, y su caridad era inagotable con los necesitados. Según San Sulpicio, la gente se admiraba al ver a Martín siempre de buen genio, alegre y amable, siendo bondadoso y caritativo con todos.
Los únicos que no lo querían eran ciertos tipos que querían vivir en paz con sus vicios, pero el santo no los dejaba. De uno de ellos, que inventaba toda clase de cuentos contra San Martín, porque éste le criticaba sus malas costumbres, dijo el santo cuando le aconsejaron que lo debía hacer castigar: “Si Cristo soportó a Judas, ¿por qué no he de soportar yo a este que me traiciona?”.
 San Martín de Tours se enfrentó con funcionarios del imperio, porque en ese tiempo se acostumbraba torturar a los prisioneros para que declararan sus delitos, práctica a la cual nuestro santo se oponía de manera rotunda.
Luego de su muerte, se guardó en una urna el medio manto de San Martín (el que cortó con la espada para dar al pobre, a través del cual se le manifestó Jesucristo) y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Como en latín para decir “medio manto” se dice “capilla”, la gente decía: “Vamos a orar donde está la capilla”. Y de ahí viene el nombre de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.

         Mensaje de santidad.

San Martín de Tours nos enseña cuáles son los verdaderos valores y bienes que debemos esperar, y estos son los espirituales, concedidos por el Gran Capitán Jesucristo, a quienes combaten en su ejército, armados con la fe y la Santa Cruz, contra el Demonio y sus ángeles. También nos enseña acerca de cuál es la verdadera batalla del cristiano: no es “contra la carne y la sangre, sino contra las potestades malignas de los aires”. Otro ejemplo de santidad es la caridad, que es dar al prójimo por amor a Dios, y nos enseña a ver cómo, en el prójimo más necesitado, está Jesucristo, de manera misteriosa, pero real y verdadera.
Como hemos visto, la vida de San Martín de Tours fue ejemplar en santidad, y lo fue todavía más al momento de la muerte, cuyos detalles podemos conocerlos gracias al testimonio de Sulpicio Severo[2].
         Según San Sulpicio, San Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen final para su vida terrena. Permaneció por un tiempo en esa población y una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, empezó a experimentar falta de fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, entristecidos, le dijeron entre lágrimas: “¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas”.
Al escuchar estas palabras, el santo, siempre lleno su corazón de la misericordia de Dios, se conmovió y, llorando él también, dirigió esta oración al Señor: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad”. Pero Dios había considerado que San Martín había dado ya testimonio de Él, de manera que se lo llevó consigo al cielo, para darle su recompensa.
En esto también es ejemplo de santidad, porque sabiendo que le esperaba el cielo, no dudó en pedir la gracia de continuar en esta tierra, con sus trabajos y afanes, si esa era la voluntad de Dios. Es decir, no pedía ni cielo ni tierra, sino que se cumpla la voluntad de Dios en su vida y es así como debemos hacer nosotros: pedir que se cumpla la voluntad de Dios en nuestras vidas. Finalmente, sabiendo ya que habría de morir en pocos instantes, les dijo así a sus hermanos en religión: “Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”. Una vez dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo: “¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de recibirme”. El soldado de Cristo, que había dejado las armas terrenas para empuñar las armas de la fe, unido a Cristo, resistió las últimas tentaciones del Demonio, para ingresar, triunfante, en el cielo, y el pobre monje, que había compartido de sus bienes con los más necesitados y había abandonado el mundo y sus riquezas para dedicar su vida al Cordero, ahora recibía el premio merecido, la felicidad eterna en el Reino de los cielos. He aquí el mensaje de santidad que nos deja San Martín de Tours.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. Sulpicio Severo, Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Memoria de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia


         Vida de santidad[1].

Nació en la región de Toscana, siendo nombrado Sumo Pontífice en el año 440, ejerciendo su cargo como un verdadero pastor y padre de las almas. Trabajó intensamente por la integridad de la fe, defendió con ardor la unidad de la Iglesia e hizo lo posible por evitar o mitigar las incursiones de los bárbaros, obras todas las cuales que le valieron con toda justicia el apelativo de “Magno”. Murió el año 461.   
   
Mensaje de santidad[2].

En uno de sus sermones, el Papa San León Magno habla del ministerio petrino y de su excelencia, pero se refiere también a cómo esa excelencia se transmite o comunica a todos los integrantes del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Comienza afirmando que en la Iglesia de Cristo, en cuanto Cuerpo suyo, hay diversidad de miembros -y por lo tanto, de funciones-, lo cual, sin embargo, no es causa de división, sino de unidad, porque todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo están unidos, por la fe, la gracia y la caridad, a la Cabeza de ese Cuerpo, que es Cristo: “Aunque toda la Iglesia está organizada en distintos grados, de manera que la integridad del sagrado cuerpo consta de una diversidad de miembros, sin embargo, como dice el Apóstol, todos somos uno en Cristo Jesús; y esta diversidad de funciones no es en modo alguno causa de división entre los miembros, ya que todos, por humilde que sea su función, están unidos a la cabeza”.
La unidad, dada por la “fe y el bautismo”, hace que todos los miembros, independientemente de sus funciones y/o posiciones que ocupe en el Cuerpo Místico, “gozan de la misma dignidad”, por el hecho de ser todos “piedras vivas” del “templo del Espíritu”, y esos miembros dignos ofrecen un sacrificio acorde a su dignidad, esto es, “sacrificios espirituales en Jesucristo”: “En efecto, nuestra unidad de fe y de bautismo hace de todos nosotros una sociedad indiscriminada, en la que todos gozan de la misma dignidad, según aquellas palabras de san Pedro, tan dignas de consideración: También Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo; y más adelante: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”.
En la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, se adquiere una nueva nobleza, tan alta, que convierte a todos sus miembros en reyes y sacerdotes, y esto sucede en virtud de la Cruz de Cristo y la unción del Espíritu Santo: “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal”.
La reyecía consiste en la participación, por la gracia, a la condición de Cristo de ser Rey de cielos y tierra, y esta participación a la reyecía de Cristo, hace que el alma, llena de gracia, sea pura y pueda ofrecer, en el altar de su corazón, la pureza y la santidad que le otorgan la gracia santificante: “¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?”.
Ahora bien, esta reyecía proviene del Papado, sobre el cual Cristo, al elegirlo como Vicario suyo en la tierra, derramó toda clase de dones y bienes, los cuales sin embargo no permanecen en él, sino que se derraman a todos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, y esto es causa de alegría y de celebración para los cristianos: “Aunque esto, por gracia de Dios, es común a todos, sin embargo, es también digno y laudable que os alegréis del día de nuestra promoción como de un honor que os atañe también a vosotros; para que sea celebrado así en todo el cuerpo de la Iglesia el único sacramento del pontificado, cuya unción consecratoria se derrama ciertamente con más profusión en la parte superior, pero desciende también con abundancia a las partes inferiores”.
Entonces, al celebrar el Papado, dice San León Magno, el cristiano no debe detenerse ante todo en la consideración de la persona de tal o cual Papa, sino que la razón del gozo es que los dones de Dios, derramándose desde el Papado hacia los demás integrantes del Cuerpo Místico de Cristo, colma a toda la Iglesia de dichos bienes sobrenaturales. En otras palabras, celebrar el Papado no es celebrar a tal o cual Papa, sino al Papado y a Dios, por concedernos, a los miembros que ocupamos los lugares más bajos en la jerarquía, dones sobrenaturales inimaginables que por el Papado nos sobrevienen: “Así pues, amadísimos hermanos, aunque todos tenemos razón para gozarnos de nuestra común participación en este oficio, nuestro motivo de alegría será más auténtico y elevado si no detenéis vuestra atención en nuestra humilde persona, ya que es mucho más provechoso y adecuado elevar nuestra mente a la contemplación de la gloria del bienaventurado Pedro y celebrar este día solemne con la veneración de aquel que fue inundado tan copiosamente por la misma fuente de todos los carismas, de modo que, habiendo sido el único que recibió en su persona tanta abundancia de dones, nada pasa a los demás si no es a través de él. Así, el Verbo hecho carne habitaba ya entre nosotros, y Cristo se había entregado totalmente a la salvación del género humano”.



[2] Cfr. San León Magno, Sermón 4, 1-2: PL 54, 148-149. 

martes, 7 de noviembre de 2017

El Beato P. Palau y su visión de la Iglesia que triunfa sobre el Dragón


         El P. Palau fue un sacerdote carmelita que se caracterizó -además de su vida de santidad- por presentar a María Santísima, Virgen y Madre, como el modelo perfecto de la Iglesia, Virgen y Madre[1]. Esta concepción de la Virgen como modelo de la Iglesia, la describe el P. Palau en diferentes obras, muchas de las cuales son visiones obtenidas en momentos de éxtasis místico.
         En uno de sus escritos, en los que se observa una analogía real con el Apocalipsis, el P. Palau describe una visión suya, en la que la Iglesia del Cordero triunfa sobre el Dragón y sobre “dos horribles bestias”, lo cual nos atañe a nosotros, debido a que estamos, en cierta manera, comprendidos en esa visión. Dice así el P. Palau: “Abiertos los cielos (…) el Príncipe de la milicia celeste me dirigió su palabra y dijo: “Sacerdote del Altísimo, levántate y mantente en pie” (estaba de rodillas), y me levanté, y vi al momento arrodillada ante mí a la Joven (…). “Levántate”, dijo una voz con fuerza (…). Dicho esto, se abrieron los cielos y el monte se cubrió de la gloria de Dios, huyeron las sombras y me vi ante un trono de inmensa gloria; sobre él estaba sentada la Virgen María, la Madre de Dios”.
         “Oí una música celestial y las voces procedían del coro de los serafines, respondiendo en coro a todas las jerarquías celestes, que son los Santos que estaban alrededor de los tres tronos (…)”.
         “Otro ángel, tomando un incensario de oro, presentó las súplicas de todas las partes de la tierra ante el trono, y oyóse la voz del Padre, que dirigida a todos los asistentes, dijo: “Esta es mi hija muy amada y la Esposa de mi Hijo, todas las Naciones del mundo con su herencia, están redimidas del poder del Dragón y de sus reyes con la Sangre del Cordero (…)”[2].
         En la visión del P. Palau, Dios aparece sentado en el trono en su majestad y trascendencia, y a su lado el Cordero, lo cual es similar al Apocalipsis de San Juan. Pero el P. Palau le agrega algo, un tercer trono: “(…) y me vi ante un trono de inmensa gloria, sobre él estaba sentada la Virgen María, la Madre de Dios, a su lado había otro trono donde estaba sentado el Hijo de Dios y en medio de los dos tronos había otro donde estaba sentado un Anciano”. La figura de María, tipo de la Iglesia, entra plenamente en el cuadro de la majestad de Dios. Para el P. Palau, “la Iglesia Santa Triunfante es el fin a cuya gloria son creadas todas las cosas y el universo entero” y “donde está Cristo está la Iglesia; donde está la Iglesia está Cristo (…) la Iglesia está en Cristo y Cristo está en su Iglesia, siendo los dos una misma cosa”.
         Pero al igual que el Apocalipsis, en las visiones del P. Palau entra en escena el Dragón, la Serpiente Antigua, el adversario cuyo nombre es Satanás, y entran también las dos Bestias y todos aquellos que han aceptado el ser marcados con el signo de la Bestia (cfr. Ap 12, 3-13. 18). Encabeza con el siguiente epígrafe una de sus descripciones: “Horrenda batalla: el Dragón infernal y dos Bestias feroces contra la Mujer del Cordero; Miguel y su Ángeles a su favor. Victoria”. Dice así: “Mirando hacia la tierra vi una Bestia muy fea: un Dragón con siete cabezas y en las cabezas tenía siete coronas como las de los reyes y diez cuernos; era rubio y a su cola le seguían una tercera parte de Ángeles, aquellos que fueron lanzados del Cielo, y el Dragón envió sus ángeles sobre la tierra y él, levantándose en alto, fue admitido a la presencia y trono de Dios y se puso frente a la Mujer. Era esta Mujer Virgen y era Madre fecundísima y pensaba ampararse en sus hijos al nacer… Levantóse Miguel Arcángel y con él los siete Príncipes que custodiaban a la Reina y dióse una batalla reñidísima. El Dragón, Serpiente Antigua, por otro nombre Satanás o Diablo, batallaba contra la Mujer y la sostenían los Príncipes abogando a su favor”[3].
         La visión termina con la victoria de la Mujer y está llena de alabanzas y gritos de júbilo que recuerdan al Apocalipsis: “Oyóse una voz en el cielo y decía “¡Salud y Victoria! Habéis vencido con la Sangre del Cordero” (…) Oyéronse cánticos celestes (…) y decían las voces: “¡Gloria a ti oh Iglesia Santa, has triunfado en la Sangre del Cordero!”. El Cordero forma una unidad con la Iglesia y con la Mujer, perseguida y victoriosa. Esta Mujer es, para el P. Palau, la Iglesia, pero mirada, contemplada y figurada en María: “Estando en oración, se abrieron los cielos y en ellos, revestida de gloria, vi cuanto es posible al ojo mortal a mi amada. Ceñía sus cienes una corona que formaba su propio cabello, revelaba en su cabeza una sabiduría y una inteligencia suma, unida a su dignidad real. Otra corona grande de doce estrellas rodeaba su cabeza y todas eran de distinta naturaleza, luz y color. La vestidura era real y tan gloriosa que apenas se dejaba mirar”.
Las visiones del P. Palau no son las visiones de un hombre bueno, sino el relato de la historia en curso, la historia en la cual la humanidad y por lo tanto nosotros mismos, estamos inmersos. Y en esta historia terrena, que culminará al fin de los tiempos, se continúa en el tiempo y en el espacio, la lucha iniciada en los Cielos, entre la Iglesia del Cordero y el Dragón o Serpiente Antigua. La Iglesia, victoriosa, peregrina todavía en el dolor del tiempo presente y mantiene, hasta el fin de los tiempos, la lucha contra el Adversario de Dios y de los hombres, Satanás, el Ángel caído. En la visión del P. Palau, como en el Apocalipsis, quienes vencen en esta lucha son los que no se postran ante el Dragón ni se dejan marcar por la Bestia, sino que combaten fortalecidos por la Sangre del Cordero. Y la Sangre del Cordero se nos brinda en la Santa Misa, en la Eucaristía. Cuanto más aferrados estemos a la Santa Misa y a la Eucaristía, tanto más seguros estaremos de salir victoriosos y triunfantes en la batalla contra el Demonio y sus ángeles, contra su Iglesia, la Masonería, y contra los hombres aliados al Demonio en su rebelión contra Dios. Recibiendo la Sangre del Cordero en estado de gracia, podremos perseverar hasta el final, y así podremos escuchar, ya victoriosos en Cristo, lo anunciado por el P. Palau: “¡Salud y Victoria! Habéis vencido con la Sangre del Cordero”.



[1] Cfr. Josefa Pastor Miralles, María, tipo perfecto y acabado de la Iglesia, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1978, 25.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.