San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 28 de abril de 2017

San Luis María Grignion de Monfort y los Apóstoles de los Últimos Tiempos


Los Últimos Tiempos de la humanidad, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, serán días de gran oscuridad espiritual, en la que las fuerzas del Infierno, desencadenadas, parecerán triunfar sobre la Iglesia de Dios. Serán días en los que los hombres estarán dominados por el espíritu del Príncipe de las tinieblas. Serán días tan oscuros espiritualmente, que la Iglesia parecerá estar participando de la Pasión del Señor, en el momento en el que Jesús dice: "Es la hora de las tinieblas". San Pablo describe así a los hombres de los Últimos Tiempos en Tim 3, 1-5: “Esto también debes saber: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, sin dominio propio, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los deleites más que de Dios, teniendo apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella; a estos evita”. Pero de Dios nadie se burla y a Dios nadie le gana y es así que Dios opondrá, a este ejército de las tinieblas, un ejército mariano, un ejército que, a las órdenes de la Virgen, combatan con las armas de la Santa Fe para reparar el honor de Dios. ¿Cómo serán estos hombres? En sus escritos, San Luis de Monfort describe cómo serían los Apóstoles de los Últimos Tiempos, aquellos fieles que, bajo el ejército de María y consagrados a su Inmaculado Corazón, habrían de conquistar el mundo para preparar la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo. Decía así el santo: “Pero en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido”. Los Apóstoles de los Últimos Tiempos estarán al servicio de la Virgen, la harán conocer al mundo, para que por medio de Ella el Espíritu Santo haga conocer, amar y servir a Jesucristo, en su Segunda Venida.
Los Apóstoles de los Últimos Tiempos serán desconocidos para el mundo, así como el calcañar es la parte del cuerpo que no se ve, pero al mismo tiempo, serán el blanco preferido del Demonio, por estar consagrados a María y por ser el lugar en donde está profetizado, desde el Génesis, en donde el Enemigo de las almas atacará al Pueblo de Dios; en compensación, la Virgen, Mediadora de todas las gracias, los colmará de dones y gracias de modo tan abundante, que por medio de ellos, aplastará la cabeza del Dragón infernal: “El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres hijos que Ella suscitará para hacerle la guerra. Serán pequeños y pobres a juicio del mundo; humillados delante de todos; rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia; grandes y elevados en santidad delante de Dios, superiores a cualquier otra criatura por su celo ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino, que, con la humildad de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a Jesucristo”.
Luego el santo se pregunta: “Pero, ¿qué serán estos servidores, estos esclavos e hijos de María?”. Y responde de la siguiente manera: “Serán fuego encendido, ministros del Señor que prenderán por todas partes el fuego del amor divino”. En ellos, por intercesión de la Virgen, arderá el Fuego del Amor de Dios que Jesús ha venido a traer y quiere ya ver ardiendo, y será tal el ardor del Amor de Dios en sus corazones, que encenderán en los demás este mismo ardor divino.
“Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en manos de un guerrero”. En los Últimos Tiempos, abundarán los enemigos internos y externos de la Iglesia, de Jesucristo y de María, pero la Virgen utilizará a sus hijos así como un arquero certero utiliza sus flechas, para acabar uno por con sus enemigos.
“Serán hijos de Leví , bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios . Llevarán en el corazón el oro del amor, el incienso de la oración en el espíritu, y en el cuerpo, la mirra de la mortificación”. Los hijos de María serán probados por grandes tribulaciones, porque el oro se purifica por el fuego, pero la Virgen les concederá la gracia de permanecer unidos a Dios, aun en medio de esas grandes pruebas, necesarias para forjar el espíritu de los que aman al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios. Tendrán las riquezas espirituales que los Reyes Magos ofrecieron al Niño Dios: el oro del amor a Dios y al prójimo, el incienso de la oración, que se elevará humildemente hasta el trono de Dios, así como el humo del incienso se eleva a las alturas, y serán mortificados en el cuerpo, ofreciendo así la mirra del sacrificio, que es la oración del cuerpo.
“Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte”. Puesto que amarán la gracia de Jesucristo más que a su propia vida, vivirán en estado de gracia permanente, que es “el bueno olor de Jesucristo”, lo cual es olor de muerte para los que sirven el Demonio.
“Serán nubes tronantes y volantes, en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse, ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces, y con la espada de dos filos de la palabra de Dios traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo”. Contra el mundo, que en esos tiempos se alzarán contra Dios y su Iglesia, serán como rayos tronantes, que señalarán y odiarán al pecado, pero no al pecador y, armados con la Palabra de Dios, que es como espada de dos filos, traspasarán a los enemigos de Dios de lado a lado.
“Serán los Apóstoles auténticos de los Últimos Tiempos, a quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos”. Triunfarán sobre los enemigos de Dios, no por sus propias fuerzas, que no las tienen, sino porque Dios mismo les comunicará de su propia fuerza divina.
“Dormirán sin oro ni plata y lo que más cuenta sin preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos . Tendrán sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y solo dejarán en pos de sí, en los lugares en donde prediquen, el oro de la caridad, que es cumplimiento de toda ley”. No tendrán oro ni plata, pero poseerán las alas de plata que les dará el Espíritu Santo, que los hará volar allí donde se necesita que el honor de Dios sea defendido, y poseerán el oro de la caridad, el Amor de Dios, más valioso que todo el oro material del mundo.
“Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminarán sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, y enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme el Santo Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas; sin perdonar, ni escuchar, ni temer a ningún mortal por poderoso que sea”. Serán pobres, humildes, se despreciarán a sí mismos para esta vida, a fin de ganar sus almas para la vida eterna.
“Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios; sobre sus hombros, el estandarte ensangrentado de la cruz; en la mano derecha el crucifijo; el rosario en la izquierda; los sagrados nombres de Jesús y de María en el corazón, y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo”. Imitarán a Jesucristo y María, y serán sus copias vivientes en este mundo de tinieblas, y estarán armados con la espada de la Palabra de Dios y con el Santo Rosario, y su identificativo será la Santa Cruz de Jesús, el estandarte ensangrentado de la Cruz del Cordero.
“Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero ¿cuándo y cómo sucederá esto? ¡Solo Dios sabe! A nosotros toca callar, orar, suspirar y esperar: Yo esperaba con ansia al Señor”. Los Apóstoles de los Últimos Tiempos, dice San Luis María, serán formados por la Virgen, por orden de Dios, para combatir a quienes, desde dentro y desde fuera, intentarán destruir la Santa Iglesia Católica. Los Apóstoles de los Últimos Tiempos serán los instrumentos con los cuales Nuestro Señor Jesucristo, junto a su Madre, hará cumplir su palabra: “Las puertas del Infierno no triunfarán sobre mi Iglesia”.
Quien desee formar parte del ejército mariano y militar bajo el estandarte celeste y blanco de la Virgen y bajo el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz de Jesús, para combatir contra las huestes del Enemigo de las almas, que se consagre entonces al Inmaculado Corazón de María, según el método de San Luis María Grignon de Montfort.


jueves, 27 de abril de 2017

Los siete dolores y gozos de San José: Séptimo Dolor y Séptimo Gozo



Séptimo Dolor: lo experimenta San José cuando Jesús tenía la edad de doce años: la Sagrada Familia había subido a Jerusalén y, al regresar, tanto San José como María, pensaban cada uno que el Niño estaba con el otro, de manera que emprendieron la marcha hacia Nazareth. El Niño Jesús se encontraba, en realidad, en el Templo, pero sus padres advirtieron su ausencia recién luego de tres días de marcha. Una gran angustia invade a San José y también a maría Santísima, al comprobar que el Niño no está con ellos, por lo que regresan, a toda prisa, hacia Jerusalén. Allí lo encuentran en el Templo, respondiendo con su sabiduría divina todas las preguntas que los doctores de la ley le hacían. San José nos enseña que, cuando agobiados por las tribulaciones pensemos que nada se puede hacer, no solo no perdamos la calma, sino que, así como él volvió, con calma, sobre el camino que ya había recorrido, así debemos volver a nuestras raíces espirituales, el bautismo, para recordar que somos hijos adoptivos de Dios y tomar así, de esta verdad, el consuelo que necesitamos para seguir por el camino de la cruz, en pos de Jesús.

Séptimo Gozo: lo experimenta San José cuando, junto con la Virgen, encuentran al Niño Jesús en el Templo, en medio de los doctores, respondiendo a sus preguntas y enseñándoles con su Sabiduría Divina. San José nos enseña, también junto con María, que la verdadera alegría está, no en las cosas materiales y terrenas, sino en el encuentro personal con Jesús, quien a su vez está, en Persona, en el Templo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía. Así, San José nos da ejemplo –y con él, la Virgen- y nos enseña adónde debemos buscar cuando, por nuestra propia decisión, perdemos a Jesús y no lo encontramos: debemos buscar en el Templo, en el sagrario, en donde está Jesús Eucaristía. Y allí Jesús nos responderá todos los interrogantes de nuestra vida, y nos explicará el sentido de esta vida terrena, que es salvar el alma de la eterna condenación y ganar el cielo.

         Oh glorioso San José, que sufriste al perder por tres días a tu Hijo, pero te alegraste con celestial gozo al encontrarlo en el Templo, ayúdanos a encontrarlo en la Eucaristía, en donde Jesús está Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad!
Padrenuestro, Ave María, Gloria.


Santo Toribio de Mogrovejo


         Vida de santidad.

Toribio nació en España en el año 1538 de una noble familia; estudió en Valladolid, Salamanca y Santiago de Compostela, en donde obtuvo la licencia en derecho[1]. Fue nombrado inquisidor en Granada y luego arzobispo de Lima, con jurisdicción sobre las diócesis de Cuzco, Cartagena, Popayán, Asunción, Caracas, Bogotá, Santiago, Concepción, Córdoba, Trujillo y Arequipa: de norte a sur eran más de 5.000 kilómetros, y el territorio tenía más de 6 millones de kilómetros cuadrados. Después de haber sido consagrado obispo en agosto de 1580, partió inmediatamente para América, a donde llegó en la primavera de 1581.
Ejerció su actividad episcopal sin cansancio durante 25 años, organizando, entre otras cosas, diez sínodos diocesanos y tres provinciales, además de fundar el primer seminario de América y casi duplicar el número de parroquias, que pasaron de 150 a más de 250. En 1594, durante su tercera “visita” diocesana, el santo le escribió al rey de España Felipe II, haciéndole un pequeño balance de su vida: 15.000 kilómetros recorridos y 60.000 confirmaciones administradas. Entre los confirmandos por Santo Toribio, había tres grandes santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. Fue llamado “apóstol del Perú y nuevo Ambrosio” y Benedicto XIV lo comparó con San Carlos Borromeo[2].
Al final de su vida, Toribio recibió el viático en una capillita india, el 23 de marzo de 1606, un Jueves santo, y en ese momento expiró.

Mensaje de santidad.

Santo Toribio solía decir con frecuencia: “¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!”, y verdaderamente vivió su episcopado según esta frase, pues recorrió tres veces su enorme diócesis, además de dedicarse a aprender el idioma nativo, con el único objetivo de transmitir a los indios el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo[3]. Considerando la gran extensión de su diócesis y el enorme trabajo apostólico que realizó, podemos preguntarnos de dónde obtuvo Santo Toribio no solo las fuerzas físicas, sino también la enorme eficacia apostólica, ya que en gran medida la entera evangelización, no sólo de su diócesis, sino incluso del Perú y de América Latina, se derivaron de su apostolado, pues como vimos en su biografía, entre sus confirmandos había tres jóvenes que luego se destacaron por su gran santidad: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. La respuesta a esta pregunta es una sola: Santo Toribio obtenía la fuerza y la eficacia sobrenatural de un solo lugar: la Santa Misa. Según testigos presenciales, el santo celebraba la misa con gran fervor, piedad y devoción y en distintas oportunidades pudieron ver cómo, mientras celebraba la Misa, su rostro resplandecía. Es de su unión con la Víctima Inmolada, Jesús, el Cordero de Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, de donde Santo Toribio obtenía la fuerza sobrenatural necesaria para evangelizar extensas regiones, llevando la Buena Noticia de Jesucristo a hombres de toda raza, nativos y mestizos, a los que el santo llegaba con el mensaje de salvación, aun cuando estos habitaban en lugares completamente inhóspitos y jamás transitados por el hombre blanco. Incluso cuando realizaba estos extenuantes viajes, celebraba cotidianamente la Santa Misa, con el mismo fervor, devoción y piedad con que lo hacía en su palacio episcopal o en alguna de sus parroquias. Además de la Santa Misa, Santo Toribio profesaba gran devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que pasaba gran parte del tiempo rezando de rodillas, devota y píamente ante el Santo Crucifijo. Gracias a la Santa Misa y a la Pasión del Señor, Santo Toribio hizo realidad una de sus frases más conocidas: “¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!”, ya que aprovechó de modo excelente el tiempo que el Señor le concedió vivir en la tierra, llevando el Evangelio de la salvación y logrando la conversión de miles de almas a la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo.


martes, 25 de abril de 2017

San Marcos, Evangelista


         Vida de santidad[1].

         Según tradición eclesiástica, Marcos es el autor de un evangelio y el intérprete que traducía a Pedro en sus predicaciones frente a auditorios de habla griega. Primo de Bernabé, la tradición afirma que Marcos nunca habría oído personalmente la predicación del Señor, y que tal vez haya conocido al grupo de seguidores sin llegar a ser propiamente discípulo. Marcos acompañó a Pablo y Bernabé desde Jerusalén hacia Antioquía y luego a Chipre y Perges, de donde regresó por causas desconocidas. Luego, Marcos siguió a Bernabé una vez más hasta Chipre y aunque luego reaparece junto a Pablo en Roma, se cree que fue más bien discípulo de Pedro, quien confirma esta suposición al llamarlo “hijo” suyo en su primera carta. Por otra parte, en su evangelio sigue muy de cerca el esquema de los discursos de Pedro del libro de los Hechos de los Apóstoles. Poco y nada se sabe de su existencia posterior. Según el historiador Eusebio de Cesarea (a comienzos del siglo IV), sería el fundador de la Iglesia de Alejandría. Se desconocen también sus últimos años y el lugar de su muerte. Se lo representa como un león alado en relación a uno de los cuatro seres vivientes del Apocalipsis. Hay quienes consideran que esto se debe a que el Evangelio de San Marcos inicia con Juan Bautista clamando en el desierto, a modo de un león que ruge[2].

         Mensaje de santidad.

Su Evangelio se caracteriza por presentar a Jesucristo como el Mesías anunciado por los profetas y en esta presentación, resalta la condición divina de Jesús de Nazareth, condición aceptada y reconocida por los discípulos por boca de Pedro[3]. En el Evangelio de Marcos, si los discípulos reconocen a Jesús en su condición divina, no sucede así con las masas, quienes en un primer momento lo reciben con agrado pero luego, al comprobar que no  es el mesías terreno de sus expectativas, se decepcionan y lo abandonan. Luego de narrar el reconocimiento de la divinidad de Jesús por parte de los discípulos, el Evangelio de Marco se orienta hacia el misterio pascual de Jesús, su muerte y resurrección, concentrándose el relato en Jerusalén, la ciudad santa, en donde esta oposición del populacho será alimentada por la perfidia e iniquidad de los sacerdotes del templo, quienes lo harán arrestar, lo juzgarán en juicio inicuo condenándolo a muerte y lo crucificarán. El Evangelio de Marcos finaliza con la resurrección de Jesús, cumplimiento de su misma profecía, en la que había anunciado que habría de resucitar al tercer día. En la narración de Marcos se destaca y contrapone, así, la figura del Mesías-Dios-Siervo: mientras es humillado, crucificado y muerto por la malicia e ignorancia de los hombres, de los mismos hombres a los cuales Él había venido a redimir y por quienes entregaba su vida, por otro lado, es exaltado y ensalzado por Dios, al resucitarlo triunfante del sepulcro el Domingo de Resurrección. De San Marcos nos queda, entonces, esta imagen del Mesías: es Dios, es humilde, se humilló por nosotros hasta la muerte de cruz y resucitó al tercer día. Lo que la Iglesia nos enseña, interpretando el Evangelio, es que ese mismo Mesías descripto por San Marcos, es el que se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía.






[1] https://www.ewtn.com/spanish/saints/Marcos_evangelista.htm
[2] https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-es-la-fiesta-de-san-marcos-evangelista-el-leon-alado-77308/
[3] Cfr. ibidem.

San Jorge


Vida de santidad.

Nacido en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús, era hijo de un agricultor –aunque algunos afirman que su padre, que se llamaba Geroncio, era oficial del ejército romano—muy estimado[1]; su madre, de nombre Policromía, lo educó en la fe cristiana[2]. Poco después de cumplir la mayoría de edad se enroló en el ejército y debido a su carisma, Jorge no tardó en ascender y, antes de cumplir los 30 años fue nombrado capitán, siendo entonces destinado a Nicomedia como guardia personal del emperador Diocleciano (284-305) [3]. Falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Está atestiguado que murió mártir: San Jorge fue decapitado por profesar el cristianismo hacia el año 303. El martirio fue ordenado por el propio Diocleciano, después de que San Jorge le recriminara la cruenta persecución de los cristianos que el emperador había iniciado ese mismo año[4].

Mensaje de santidad.

La iconografía de San Jorge lo representa, casi exclusivamente, en su lucha contra un dragón, y esto en detrimento de su condición de mártir, puesto que las representaciones en cuanto tal son muy escasas. ¿Qué significado tiene la imagen de San Jorge con el dragón? ¿Se trata de un hecho real, o de una alegoría que remite a una realidad sobrenatural? La respuesta más probable es la segunda, es decir, que sea una alegoría, lo cual no significa que sea un relato imaginario, sino una representación sensible de una realidad invisible, sobrenatural.
Si se tratara de un suceso real, lo cual es poco probable, podría decirse que el dragón sería, en realidad, un caimán de grandes proporciones, pero siempre un caimán, es decir, una creatura animal; otros afirman que se trataría de un tiburón, también de gran tamaño. En todo caso, este animal gigantesco tenía aterrorizada a una población de Libia, exigiendo dos corderos diarios para alimentarse, lo cual debía ser satisfecho por la población, puesto que el animal emanaba un hedor insoportable, al tiempo que, por la escasa higiene de su cuerpo, contaminaba el terreno a su paso. Luego de que los habitantes del poblado se quedaran sin animales para calmar a la bestia, decidieron que se entregaría una persona viva, la cual sería elegida por sorteo, tocándole en suerte a la hija del rey[5]. Es aquí en donde interviene San Jorge quien, arremetiendo a la carrera con su lanza, atravesó al animal de lado a lado, dándole muerte. Al enterarse del hecho, los vecinos, llenos de admiración, agradecieron a San Jorge quien, aprovechando la ocasión –como dice la Escritura: “Predica a tiempo y a destiempo”-, les predicó acerca de Jesucristo, haciendo que muchos de ellos se hicieran cristianos.
La otra posibilidad es que la iconografía se refiera a un hecho real pero sobrenatural, representado por símbolos e imágenes, es decir, que se trate de una alegoría. En este caso, los distintos elementos de la imagen, darían lugar a distintas realidades sobrenaturales y preternaturales (relativas al mundo de los ángeles). Así, el caballo blanco sería representación de la Iglesia que, en cuanto Esposa de Cristo, es inmaculada y pura, por la gracia del Espíritu Santo que inhabita en sus miembros y que brota de su Cabeza, Jesucristo; el dragón, sería el Demonio, el Ángel caído, que es nombrado como “dragón” en las Escrituras; también representaría aquello detrás de lo cual se oculta el Demonio, esto es, el paganismo y la idolatría[6] –en nuestros días, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, y tantos otros ídolos demoníacos-, lo cual implica la brujería, la magia, la superstición –cinta roja, cruzar los dedos, etc.-, los adivinos, el ocultismo, y muchos otros trucos del Demonio; la hija del rey a punto de ser sacrificada al Dragón, puede significar, con su inocencia, juventud y hermosura, el alma en gracia, que es hija adoptiva de Dios y que por la gracia participa de la eterna juventud de Dios, de su inocencia y de su hermosura; el sacrificio de la hija del rey, significa la entrega de la juventud, por parte de la sociedad sin Dios, al Demonio, mediante la ofrenda de los jóvenes a los ídolos demoníacos de la sociedad materialista y atea: la droga, el dinero, la sensualidad, la fama, el poder; San Jorge, que atraviesa con su lanza la garganta del Dragón dándole muerte, representa al mismo santo que, con su prédica y participando de la fuerza celestial de Jesucristo, da muerte al Dragón y salva a la princesa, es decir, impide que el Demonio se apodere de las almas de los jóvenes, cuyas almas, por el bautismo, pertenecen a Jesucristo, y si no son bautizadas, pertenecen a Dios, por ser creaturas suyas creadas a su imagen y semejanza; también representaría la victoria del cristianismo sobre el paganismo, es decir, sobre la brujería, la wicca, la hechicería, el satanismo, propios de la Nueva Era; por último, la lanza de San Jorge, representaría las armas espirituales con las que el santo arrebata las almas al Demonio: el Santo Rosario, la Misa, la gracia santificante de los sacramentos.
En cuanto a su muerte, sucedió de la siguiente manera: en el año 303, el emperador Diocleciano emitió un edicto mediante el cual todos tenían que adorar ídolos o dioses falsos; además, se prohibía adorar a Jesucristo y se autorizaba la persecución de los cristianos por todo el imperio, persecución que continuó luego con Galerio (305-311). Jorge, que recibió órdenes de participar, confesó que él también era cristiano, que nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría a los ídolos paganos del imperio. Una vez conocida la decisión de San Jorge, Diocleciano ordenó que lo torturaran a fin de lograr su apostasía, pero debido a que no pudieron hacerlo renegar de la fe en Jesús, el emperador lo mandó matar por decapitación. Al enterarse de su condena a muerte, San Jorge se alegró enormemente, pues aquello que había deseado desde el momento de su conversión, el encuentro cara a cara con Jesucristo en el Reino de los cielos, estaba al fin por cumplirse éxito. De paso para el sitio del martirio lo llevaron al templo de los ídolos para ver si los adoraba, pero en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Por ello se ordenó su ejecución y fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril de 303.
Mientras lo azotaban, meditaba en los azotes recibidos por Jesús en su lugar y, en acción de gracias, no se quejaba ni siquiera mínimamente. Al verlo sufrir por Cristo, muchos exclamaban: “ss valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. En el camino a la ejecución, recitaba las palabras de Jesús antes de morir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”, lo cual nos da una idea del alto grado de mística participación de San Jorge en la Pasión del Señor.
La vida de santidad y su muerte martirial, constituyen un modelo invalorable para nuestros días, en los que el Demonio, escondido en las sectas multicolores de la Nueva Era, tiende trampas de todo tipo a la juventud. Al recordarlo en su día, debemos implorar su intercesión ante el Rey de los mártires, Jesucristo, para que envíe a su Iglesia grandes santos que, como San Jorge, enfrenten al Ángel caído con las armas espirituales de la Iglesia y así pongan a salvo a los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.



[1] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia
[3] http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[4] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/j/jorge_san.htm
[5] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia

miércoles, 19 de abril de 2017

San Expedito elige a Jesús crucificado y Jesús lo lleva al cielo


         En la vida de San Expedito hay un hecho central, que es lo que cambiará su vida para siempre, y es el momento en que debe elegir, entre aceptar la gracia de seguir a Jesucristo hasta el fin, o rechazarlo y elegir en cambio al Demonio. Como todos sabemos, San Expedito era un soldado pagano, lo cual quiere decir que no conocía a Jesús, el Dios verdadero, y en cambio, adoraba ídolos. Los ídolos no son inocentes, sino demonios, ángeles caídos, espíritus malignos que, escondiéndose detrás de una figura, buscan perder al alma para siempre. Que los ídolos sean demonios, lo dice la Escritura: “Los ídolos de los gentiles son demonios” (1 Cor 10, 20). Antes de conocer a Jesucristo, San Expedito –al menos inconscientemente, pero lo estaba- estaba bajo el poder y la influencia del demonio, lo cual es igual a decir “tinieblas espirituales”, que son el pecado, el error, la ignorancia. Para darnos una idea, San Expedito vivía en una noche permanente, muy oscura, sin luz de luna ni luz artificial. Pero un día recibe una gracia, que es una luz que, viniendo de lo alto, le ilumina su inteligencia y también su corazón, y le da a conocer a Jesús, como así también la posibilidad de amarlo. Esta gracia enviada por Dios era la gracia de la conversión, pero como somos seres libres y no cosas, Dios necesita de nuestra libre elección, y es así como San Expedito debía elegir: o Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, con la consiguiente vida nueva de la gracia, o seguir con los ídolos de los demonios, viviendo esclavizado bajo el pecado. Como Jesús es llamado “Sol de justicia” y el Demonio es el “Príncipe de las tinieblas”, es como si nosotros dijéramos que San Expedito debía elegir para él, o vivir en un espléndido día de sol, o vivir en una noche oscura, muy oscura, en un bosque, solo y rodeado de lobos. Sabemos que San Expedito, sin dudarlo un instante, eligió a Jesús crucificado, y esa es la razón por la cual se lo llama “el Patrono de las causas urgentes”, porque la primera causa urgente que le tenemos que pedir, es la de la propia conversión. Es decir, San Expedito eligió vivir libre, bajo el Sol de justicia, Jesucristo, y no en las tinieblas, esclavo del pecado y del Demonio.
         Ahora bien, también a nosotros se nos presenta esta misma disyuntiva, o Jesús crucificado o el Demonio, o la vida de la gracia, o la vida del pecado, y es en esto en lo que San Expedito es nuestro modelo: en que él responde, velozmente, eligiendo la vida de la gracia, la vida de la luz, la vida de los hijos de Dios, y no la vida de los hijos de las tinieblas. También a nosotros, como a San Expedito, se nos presenta esta libertad de elegir, y nosotros, como San Expedito, elegimos a Jesucristo, pero esta elección debe ser ratificada todos los días, todo el día: debemos elegir, o la gracia o el pecado, o Jesús o los ídolos. Todos los días debemos elegir a Jesús, meditando las palabras de la Escritura: “Considerad vosotros que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión con Cristo Jesús” (Rm 6, 8-11).

         En nuestros tiempos, los ídolos asumen muchas formas: el dinero, el poder, la fama, el deporte sin Dios, la sensualidad –Carnaval, murgas, bailes inmorales, música indecente, como la cumbia, el rock satánico, el reggaeton-, el materialismo, la satisfacción ilícita de las pasiones –alcohol, substancias tóxicas-, la avaricia, la pereza –espiritual, que nos impide cumplir nuestros deberes de amor para con Dios y corporal, que nos impide cumplir con nuestro deber de estado-, la gula, la soberbia, etc. Es por esto que, todos los días, a imitación de San Expedito, que eligió a Jesús crucificado, debemos elevar la Santa Cruz de Jesús y decir: “Hoy, aquí y ahora, te elijo a Ti, Jesús, Cordero de Dios, como mi Dios, mi Rey, mi Dueño y mi Señor”. Y así Jesús, al igual que a San Expedito, nos llevará junto con Él, al Reino de los cielos.


         

viernes, 7 de abril de 2017

El amor al Sagrado Corazón y a Jesús Eucaristía es un único y solo amor


         El amor al Sagrado Corazón y a Jesús Eucaristía es un único y solo amor
         Puede suceder que muchos católicos, con buena intención y de buena fe, piadosos y devotos, consideren que una cosa es la devoción y el amor al Sagrado Corazón de Jesús, y otra distinta, la devoción y el amor a Jesús Eucaristía. Son en realidad dos devociones distintas, sí, pero para nosotros, por nuestro modo limitado de conocer y porque necesitamos “dividir” la realidad para poder entender el conjunto o totalidad, aunque la realidad que en sí misma, en cuanto totalidad, es una sola cosa.
         Esto que decimos lo podemos constatar en la vida de Santa Margarita María de Alacquoque, en su período de vida previo a las Apariciones del Sagrado Corazón. En el itinerario de su crecimiento en el amor a Dios, podemos decir que en Santa Margarita se identifican tres etapas sucesivas, que comprenden: el amor a Dios, el amor al Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, y el amor al Sagrado Corazón, que es el mismo Jesús Eucaristía. Es decir, Santa Margarita despierta en el amor a Dios desde muy pequeña; luego ese amor se hace más explícito en Jesús Eucaristía; por último, ese Dios, que es Jesús Eucaristía, se le manifiesta sensiblemente como el Sagrado Corazón, con el objetivo no tanto de que se inicie una nueva devoción en la Iglesia, sino de que todo el mundo pueda gozar de las delicias del Corazón de Dios.
         En su autobiografía, Santa Margarita afirma que desde pequeña recibió la gracia de amar a Dios y además le concedió la gracia de la aversión al pecado, de manera que aun la más pequeña falta le resultaba insoportable[1]. Es decir, desde niña ya comenzaba a desarrollarse en su corazón la gracia del amor a Dios, aunque era a un Dios invisible. Poco tiempo más adelante, este amor a Dios se afianza todavía más, al consagrar su virginidad durante la Misa, en la elevación de la Eucaristía (una parte muy importante de este crecimiento en el amor de Dios, fue el rezo del Santo Rosario, pues la Virgen, por el Rosario, nos hace crecer en el amor a Jesús). A los nueve años, cuando recibe la Primera Comunión, rechaza cada vez más los placeres mundanos, a la par que el amor a Dios se hace concreto en el amor a la Eucaristía. Dice así: “Desde ese día (el día de la Primera Comunión) el buen Dios me concedió tanta amargura en los placeres mundanos, que aunque como jovencita inexperta que era a veces los buscaba, me resultaban muy amargos y desagradables. En cambio encontraba un gusto especial en la oración”, realizada sobre todo ante el sagrario. A medida que crecía, experimentaba místicamente la Presencia de ese Dios de su niñez, que ahora estaba en el sagrario, oculto bajo los velos sacramentales. Amaba hacer oración delante del Sagrario, donde sabía que se encontraba Jesús Sacramentado en la Sagrada Hostia. El intenso amor que experimentaba por Jesús Eucaristía la llevaba a querer ocupar los primeros asientos, para así estar lo más cercana posible al altar, en la Santa Misa.
Más adelante, sucedió que un día, después de comulgar, sintió que Jesús le decía: “Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura”. Es decir, llega un momento en que Santa Margarita ya no tenía dudas de que el Dios que había conocido desde pequeña, era el mismo Dios que, desde la Eucaristía, la llamaba a desposarse con Él por medio de la vida consagrada. Luego vendrán las apariciones, en donde ese Dios de su niñez, que era el Dios de la Eucaristía, se le manifestará visiblemente como el Sagrado Corazón. El itinerario espiritual de Santa Margarita, desde la niñez hasta las apariciones, será: Dios, Dios de la Eucaristía, Sagrado Corazón.
         Ahora bien, este itinerario espiritual de Santa Margarita también lo es para nosotros, que también tenemos que crecer desde un amor inicial a Dios, a quien no vemos, para pasar luego por el amor a ese Dios que está en la Eucaristía, hasta concretar en nosotros la imagen sensible del Corazón de Dios, que late en la Eucaristía y que, si lo pudiéramos ver, lo veríamos como al Sagrado Corazón. Entonces, la vida de Santa Margarita de Alacquoque es ejemplar para nosotros, católicos del siglo XXI, en este hecho: en que el amor a Dios crece, desde la concepción de un Dios invisible, a un Dios que está en la Eucaristía y que tiene un Corazón, que es el Sagrado Corazón de Jesús. Y puesto que el Sagrado Corazón de Jesús late en la Eucaristía por amor a nosotros -y en cada latido pronuncia nuestro nombre -personal, particular, individual-, la única manera de corresponder al amor de Dios, es uniendo nuestros corazones al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por medio de la comunión eucarística.

viernes, 24 de marzo de 2017

Santos Pastorcitos de Fátima Jacinta y Francisco Marto


Vida de santidad de los Santos Jacinta y Franciso Marto.

Los beatos Jacinta –nació el 3 de Octubre de 1910 y falleció el 20 de Febrero de 1920-, Francisco -nació el 6 de Junio de1908 y falleció el 4 de Abril de 1919- y Lucía tuvieron la gracia de recibir, entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, las Apariciones de la Virgen María en Cova de Iría[1], precedidas por las apariciones del Ángel de Portugal, el Ángel de la Paz. Estas apariciones cambiaron de tal manera sus vidas, que a partir de ahí, siendo niños pequeños –tendrían entre siete y nueve años-, comenzaron a vivir una vida de gran santidad, una santidad que, luego de tribulaciones en la tierra, los condujo al lugar donde ahora se encuentran: la felicidad eterna en el Reino de los cielos. Luego de las Apariciones de Fátima, los tres Pastorcitos crecieron grandemente en el amor de Dios y de los hombres; dejaron de aspirar a vivir una vida meramente terrena, con aspiraciones terrenas y humanas, para desear, para ellos y para todo el mundo, evitar el Infierno y alcanzar el Reino de los cielos. En esta vida de santidad, se caracterizaron por la oración continua, por los sacrificios, penitencias y mortificaciones que ofrecían por los pecadores, y vivir permanentemente en gracia y en Presencia de Dios.
Las Apariciones del Ángel de Portugal primero y de la Virgen María después, y los increíbles prodigios que los acompañaron, no supusieron para ellos, como muchos pueden pensar, una vida fácil y sin contratiempos, recibiendo el beneplácito, el cariño y el reconocimiento de todos. Por el contrario, debieron enfrentar, incluso desde el seno mismo de sus familias, una gran oposición, a la que se sumaron eclesiásticos, laicos y autoridades gubernamentales. Estas últimas, infiltradas por la Masonería –secta secreta que busca la destrucción de la Iglesia-, los amenazaron de muerte –les dijeron que los arrojarían a un caldero gigante con aceite hirviendo- si no se retractaban y decían que todo era mentira y producto de su imaginación. Parte importante de la vida de santidad de los Pastorcitos, que permitió a la Iglesia beatificarlos primero y ahora canonizarlos, fue el soportar con gran entereza, serenidad y fortaleza sobrenatural, las innumerables calumnias, injurias, persecuciones, incomprensiones, amenazas contra la vida y, a pesar de su corta edad, días de prisión.
Ante las amenazas de las autoridades civiles, de quitarles la vida si no declaraban que las Apariciones eran falsas, Francisco Marto les infundía valor y fortaleza a su hermana y su prima y decía: “Si nos matan no importa; vamos al cielo”. Por su parte, Jacinta, hermana de Francisco, cuando la llevaban para supuesta matarla, dijo a Francisco y Lucía: “No se preocupen, no les diré nada; prefiero morir antes que eso”. Los niños mostraron una entereza, una fortaleza, una sabiduría y una serenidad, propias de los mártires.

Mensaje de santidad.

Francisco.

Francisco era un niño de carácter dócil y todos lo reconocían como un muchacho sincero, justo, obediente y diligente. Algo que incidió profundamente en su vida espiritual fueron las palabras del Ángel en su tercera aparición: “Consolad a vuestro Dios”. El Ángel les hizo comprender la tristeza y el desconsuelo que tenía Dios a causa de los pecados de los hombres y de su falta de arrepentimiento. Lo que tenemos que entender aquí es que la santidad no consiste en estar riendo sin sentido todo el tiempo, y que la tristeza, en este caso, no se debe a una causa psicológica, sino espiritual, pues el Ángel le comunicó, de algún modo, la misma tristeza que Jesús experimentó en el Getsemaní: “Mi alma está triste hasta la muerte”, y la tristeza de Jesús en el Getsemaní se debía a que veía la innumerable cantidad de almas que habrían de condenarse, a pesar de su sacrificio en cruz. Desde entonces, Francisco deseaba consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, a quien, particularmente, le había parecido que estaba tan triste, sobre todo en la aparición en la que experimentaron el Infierno. Esto lo confirmó Sor Lucía después, cuando dijo que la Virgen en las Apariciones de Fátima no estaba alegre, sino “triste”. Cuando Francisco enfermó, le dijo a Sor Lucía: “¿Nuestro Señor aún estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así. Le ofrezco cuanto sacrificio yo puedo”. Francisco se santificó, en gran medida, además de rezar el Rosario, por ofrecer sacrificios y su enfermedad a Jesús. En la víspera de su muerte se confesó y comulgó con los más santos sentimientos.
Es verdad que Jacinta y Francisco siguieron su vida normalmente después de las apariciones: por ejemplo, Lucia empezó a ir a la escuela tal como la Virgen se lo había pedido, y Jacinta y Francisco iban también para acompañarla. Cuando llegaban al colegio, pasaban primero por la Iglesia para saludar al Señor. Pero como Francisco sabía, porque la Virgen se lo había dicho, que no iba a vivir mucho tiempo en la tierra, porque lo iba a llevar al cielo, les decía a Lucia y Jacinta: “Vayan ustedes al colegio, yo me quedaré aquí con Jesús Escondido (en el sagrario). ¿Qué provecho me hará aprender a leer si pronto estaré en el Cielo?”. Y diciendo esto, Francisco se iba tan cerca como era posible del Tabernáculo, a hacer Adoración Eucarística y allí lo encontraban en el mismo lugar, en profunda oración y adoración, cuando Lucia y Jacinta regresaban por la tarde.
De los tres niños, Francisco era el contemplativo y el que más se distinguió en su amor reparador a Jesús en la Eucaristía. Después de la comunión recibida de manos del Ángel, decía: “Yo sentía que Dios estaba en mi pero no sabía cómo era”.  En su vida se resalta la verdadera y apropiada devoción católica a los ángeles, a los santos y a María Santísima. Francisco quería ante todo consolar a Dios, tan ofendido por los pecados de la humanidad. Durante las apariciones, era esto lo que impresionó al niño.
Francisco quería ofrecer su vida para aliviar al Señor, a quien él había visto tan triste por las ofensas de los hombres. No solo hacía reparación, sino que evitaba todo lo que pudiera implicar un pecado o una ocasión de pecado y, aunque tenía sólo siete años de edad, comenzó a aproximarse, frecuentemente al Sacramento de la Penitencia.
Una vez Lucia le preguntó: “Francisco, ¿qué prefieres más, consolar al Señor o convertir a los pecadores?”. Y él respondió: “Yo prefiero consolar al Señor. ¿No viste qué triste estaba Nuestra Señora cuando nos dijo que los hombres no deben ofender más al Señor, que está ya tan ofendido? A mí me gustaría consolar al Señor y después, convertir a los pecadores para que ellos no ofendan más al Señor”. Y continuó: “Pronto estaré en el cielo. Y cuando llegue, voy a consolar mucho a Nuestro Señor y a Nuestra Señora”. Deseaba ir al cielo, para allí consolar a Jesús y a María.
Luego de enfermar, y después de 5 meses de casi continuo sufrimiento, el 4 de abril de 1919, primer viernes, a las 10:00 a.m., murió santamente el niño que había dedicado su corta vida a consolar a Jesús en el sagrario. La felicidad que ahora experimenta para siempre en el cielo, compensa con creces los sacrificios que ofreció en la tierra a Jesús.

         Jacinta.

Jacinta era muy inteligente y muy alegre. Como todo niño, siempre estaba corriendo, saltando o bailando, aunque la pavorosa visión y experiencia mística del infierno la impresionó tanto, que vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno. Una vez exclamó: “¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”. Al respecto, vale la pena recordar, con palabras de Lucía, en qué consistió esta visión del infierno. En una de las Apariciones, la Virgen les dijo: “Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Sor Lucía cuenta qué sucedió luego de estas palabras de la Virgen: “Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un “ay” que dicen haber oído). Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor (luego el mensaje continúa)”.
Lo que debemos tener en cuenta es que eran niños, y que fue la Virgen en persona quien no solo les mostró el Infierno sino que, en cierta medida, los llevó allí, pues ellos no solo vieron, sino que tuvieron una experiencia verdaderamente mística acerca de la realidad del Infierno. Aún más, si la Virgen les hizo tener esta experiencia del Infierno, eso quiere decir que fue el mismo Dios quien así lo dispuso. Muchos cuestionan que en Catecismo o que los padres, hablen del Infierno a los hijos; a estos tales, habría que decirles qué fue lo que pasó en Fátima. Por otra parte, la experiencia mística del Infierno significó para los niños un crecimiento en la vida espiritual enorme, al punto que vivieron en un estado de santidad permanente; lejos de quedar “traumatizados”, como se dice hoy, los hizo crecer en amor a Dios, a la Virgen, a los santos y a los ángeles, y además, los llevó a orar y a ofrecer sus vidas por amor a Dios y la salvación de los hombres, todo lo cual demuestra que la predicación de la doctrina del Infierno es un deber de todo católico –así imita a la Virgen y a Nuestro Señor- y un acto de caridad para los pecadores.
En el siguiente diálogo, queda registrado cómo era la manera en que los niños meditaban acerca de la eternidad y el infierno, según el relato de Sor Lucía: “Un día llegamos con nuestras ovejas al lugar escogido para pastar, Jacinta se sentó pensativa en una piedra. – Jacinta ven a jugar. – Hoy no quiero jugar. – ¿Por qué no quieres jugar? – Porque estoy pensando así: aquella Señora nos dijo que rezásemos el Rosario e hiciésemos sacrificios por la conversión de los pecadores. Ahora cuando recemos el Rosario tenemos que rezar las avemarías completas y el Padrenuestro entero. ¿Y qué sacrificios podemos hacer?”. Francisco pensó enseguida en un buen sacrificio: – Vamos a darle nuestra comida a las ovejas y así haremos el sacrifico de no comer. En poco tiempo, habíamos repartido nuestro fiambre entre el rebaño. Y así pasamos un día de ayuno más riguroso que el de los austeros cartujos. Jacinta seguía pensativa, sentada en su piedra y preguntó: – Aquella Señora también dijo que iban muchas almas al infierno. ¿Pero que es el infierno? – Es una cueva de bichos y una hoguera muy grande (así me lo explicaba mi madre) y allá van los que cometen pecados y no se confiesan y permanecen allí siempre ardiendo. – Y ¿nunca más salen de allí? – No. – ¿Ni después de muchos años? – No, el infierno nunca se termina. – Y ¿el Cielo tampoco acaba? – Quien va al Cielo nunca mas sale de ahí. – Y ¿Y el que va al infierno tampoco? – ¿No ves que son eternos, que nunca se acaban? Hicimos por primera vez en aquella ocasión, la meditación del infierno y de la eternidad. Tanto impresionó a Jacinta la eternidad que a veces jugando preguntaba: – Pero, oye ¿después de muchos, muchos años, el infierno no se acaba? Y otras veces: – ¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en ceniza? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos. Después añadía; – ¡Que buena es aquella señora. Ya nos prometió llevarnos al Cielo!”.
Luego de las Apariciones, Jacinta creció en su amor a Dios y su deseo de la salvación de las almas en peligro del infierno. Además, ocupaban sus pensamientos y su amor la gloria de Dios, la salvación de las almas, la importancia del Papa y de los sacerdotes, la necesidad y el amor por los sacramentos.
Jacinta tenía una devoción muy profunda al Corazón Inmaculado de María, lo que la llevó a amar profundamente al Sagrado Corazón de Jesús. Asistía a la Santa Misa diariamente y tenía un gran deseo de recibir a Jesús en la Santa Comunión en reparación por los pobres pecadores. Nada le atraía más que la Adoración Eucarística, el pasar tiempo en la Presencia Real de Jesús Eucaristía. Decía con frecuencia: “Cuánto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús”. Consciente del peligro que significan las cosas del mundo, Jacinta se separaba de todo lo mundano, para dedicarse a las cosas del cielo. Buscaba el silencio y la soledad para orar y contemplar. “Cuánto amo a Nuestro Señor”, decía Jacinta a Lucia, “a veces siento que tengo fuego en el corazón pero que no me quema”.
Desde la primera aparición, los niños buscaban como multiplicar sus mortificaciones y no se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores. Un día, poco después de la cuarta aparición, mientras caminaban, Jacinta encontró una cuerda y propuso el ceñir la cuerda a la cintura como sacrificio. Estando de acuerdo, cortaron la cuerda en tres pedazos y se la ataron a la cintura sobre la carne. Lucia cuenta después que este fue un sacrificio que los hacia sufrir terriblemente, tanto así que Jacinta apenas podía contener las lágrimas. Pero si se le hablaba de quitársela, respondía enseguida que de ninguna manera pues esto servía para la conversión de muchos pecadores. Al principio llevaban la cuerda de día y de noche pero en una aparición, la Virgen les dijo: “Nuestro Señor está muy contento de vuestros sacrificios pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevarla solamente durante el día”. Ellos obedecieron y con mayor fervor perseveraron en esta dura penitencia, pues sabían que agradaban a Dios y a la Virgen. Francisco y Jacinta llevaron la cuerda hasta en la última enfermedad, durante la cual aparecía manchada en sangre.
Luego de habérsele concedido ver en una visión los sufrimientos del Santo Padre, Jacinta comenzó a experimentar un gran amor por el Papa y a tener deseos de ofrecer sacrificios por él. Dice así Jacinta: “Yo lo he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras, otros decían imprecaciones y palabrotas”. En otra ocasión, mientras que en la cueva del monte rezaban la oración del Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y llamó a su prima: “¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer... Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?”. Desde estos acontecimientos, los niños llevaban en sus corazones al Santo Padre, y rezaban constantemente por él. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres Ave Marías por él después de cada rosario que rezaban (es una costumbre que perdura hasta hoy).
La Virgen María no dejaba de escuchar las fervientes súplicas de estos niños, respondiéndoles a menudo de manera visiblemente. Tanto Francisco como Jacinta fueron testigos de hechos extraordinarios, como por ejemplo, los siguientes: en un pueblo vecino, a una familia le había caído la desgracia del arresto de un hijo por una denuncia que le llevaría a la cárcel si no demostrase su inocencia. Sus padres, afligidísimos, mandaron a Teresa, la hermana mayor de Lucia, para que le suplicara a los niños que les obtuvieran de la Virgen la liberación de su hijo. Lucía, al ir a la escuela, contó a sus primos lo sucedido. Dijo Francisco: “Vosotras vais a la escuela y yo me quedaré aquí con Jesús para pedirle esta gracia”. En la tarde Francisco le dice a Lucía: “Puedes decirle a Teresa que haga saber que dentro de pocos días el muchacho estará en casa”. En efecto, el 13 del mes siguiente, el joven se encontraba de nuevo en casa.
En otra ocasión, había una familia cuyo hijo había desaparecido como prodigo sin que nadie tuviera noticia de él. Su madre le rogó a Jacinta que lo recomendará a la Virgen. Algunos días después, el joven regresó a casa, pidió perdón a sus padres y les contó su trágica aventura. Después de haber gastado cuanto había robado, había sido arrestado y metido en la cárcel. Logró evadirse y huyó a unos bosques desconocidos, y, poco después, se halló completamente perdido. No sabiendo a qué punto dirigirse, llorando se arrodilló y rezó. Vio entonces a Jacinta que le tomó de una mano y le condujo hasta un camino, donde le dejo, indicándole que lo siguiese. De esta forma, el joven pudo llegar hasta su casa. Cuando después interrogaron a Jacinta si realmente había ido a encontrase con el joven, repuso que no pero que si había rogado mucho a la Virgen por él. Pero ellos no deseaban ser reconocidos, ni mucho menos.
Un día que se dirigían tranquilamente hacia la carretera, vieron que se paraba un gran auto delante de ellos con un grupo de señoras y señores, elegantemente vestidos. “Mira, vendrán a visitarnos...”, dijo Francisco. “¿Nos vamos?”, pregunta Jacinta. “Imposible sin que lo noten”, responde Lucía: “Sigamos andando y veréis cómo no nos conocen”. Pero los visitantes los paran: “¿Sois de Aljustrel?”. “Si, señores”, responde Lucia. “¿Conocéis a los tres pastores a los cuales se les ha aparecido la Virgen?”. “Sí, los conocemos”. “¿Sabrías decirnos dónde viven?”. “Tomen ustedes este camino y allí abajo tuerzan hacia la izquierda”, les contesta Lucía, describiéndoles sus casas. Los visitantes marcharon, dándoles las gracias y ellos contentos, corrieron a esconderse.
Francisco y Jacinta fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen María que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días con la fervorosa expectativa de entrar en el cielo, lo cual sucedió al poco tiempo, tal como la Virgen se los había anticipado.
El 23 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos por la terrible epidemia de bronco-neumonía. Pero a pesar de que se encontraban enfermos, no disminuyeron en nada el fervor en hacer sacrificios; por el contrario, ofrecieron todas las incomodidades, las tribulaciones y los dolores que les sobrevinieron por esta enfermedad, que se complicó rápidamente, al no existir en esa época los antibióticos para combatirla. Hacia el final de febrero de 1919, Francisco desmejoró visiblemente y del lecho en que se vio postrado no volvió a levantarse. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus grandísimos dolores, en sacrificio a Dios. Como Lucía le preguntaba si sufría. Respondía: “Bastante, pero no me importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor y en breve iré al cielo”. La alegría de ir al cielo le compensaba todos los sufrimientos. El día 2 de abril, su estado era tal que se creyó conveniente llamar al párroco. No había hecho todavía la Primera Comunión y temía no poder recibir al Señor antes de morir. Habiéndose confesado en la tarde, quiso guardar ayuno hasta recibir la comunión. El siguiente día, recibió la comunión con gran lucidez de espíritu y piedad, y apenas hubo salido el sacerdote cuando preguntó a su madre si no podía recibir al Señor nuevamente. Después de esto, pidió perdón a todos por cualquier disgusto que les hubiese ocasionado. A Lucia y Jacinta les añadió: “Yo me voy al Paraíso; pero desde allí pediré mucho a Jesús y a la Virgen para que os lleve también pronto allá arriba”. Al día siguiente, el 4 de abril, con una sonrisa angelical, sin agonía, sin un gemido, expiró dulcemente. No tenía aún once años.
Jacinta sufrió mucho por la muerte de su hermano. Poco después de esto, como resultado de la bronconeumonía, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones. Un día le declaró a Lucía: “La Virgen ha venido a verme y me preguntó si quería seguir convirtiendo pecadores. Respondí que sí y Ella añadió que iré pronto a un hospital y que sufriré mucho, pero que lo padezca todo por la conversión de los pecadores, en reparación de las ofensas cometidas contra Su Corazón y por amor de Jesús. Dijo que mamá me acompañará, pero que luego me quedaré sola”. Y así fue. Jacinta y Francisco nos enseñan no sólo a no quejarnos de nuestros dolores y enfermedades, sino a ofrecerlos con alegría, por la conversión de los pecadores y el consuelo de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
Por orden del médico fue llevada al hospital de Vila Nova donde fue sometida a un tratamiento por dos meses. Al regresar a su casa, volvió como había partido pero con una gran llaga en el pecho que necesitaba ser medicada diariamente. Mas, por falta de higiene, le sobrevino a la llaga una infección progresiva –sepsis- que le resultó a Jacinta un tormento. Era un martirio continuo, el cual sufría siempre sin quejarse. Intentaba ocultar todos estos sufrimientos a los ojos de su madre para no hacerla padecer más. Y aun le consolaba diciéndole que estaba muy bien. Durante su enfermedad confió a su prima: “Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María”. En enero de 1920, un doctor especialista le insiste a la mamá de Jacinta a que la llevasen al Hospital de Lisboa, para atenderla. Esta partida fue desgarradora para Jacinta, sobre todo el tener que separarse de Lucía. Al despedirse de Lucía le hace estas recomendaciones: “Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Inmaculado Corazón de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro en el pecho, que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María”.
Su mamá pudo acompañarla al hospital, pero después de varios días tuvo ella que regresar a casa y Jacinta se quedó sola. Se cumplía lo que la Virgen le había dicho, que iba a quedar sola. Fue admitida en el hospital y el 10 de febrero tuvo lugar la operación. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de Jacinta fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la conversión de los pecadores. Tres días antes de morir le dice a la enfermera: “La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El 20 de febrero de 1920, hacia las seis de la tarde ella declaró que se encontraba mal y pidió los últimos Sacramentos. Esa noche hizo su última confesión y rogó que le llevaran pronto el Viático porque moriría muy pronto. El sacerdote no vio la urgencia y prometió llevársela al día siguiente. Pero poco después, murió. Tenía diez años”. Antes de morir, Nuestra Señora se dignó aparecérsele varias veces. Estos son los consejos espirituales, dictados a su madrina, que nos deja Santa Jacinta Marto:
Sobre los Pecados:
-Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne.
-Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo por cambiar de vida. Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte, ni hacen penitencia.
Sobre las Guerras:
-Las guerras son consecuencia del pecado del mundo.
-Es preciso hacer penitencia para que se detengan las guerras.
Sobre las virtudes cristianas:
-No debemos andar rodeados de lujos.
-Ser amigos del silencio.
-No hablar mal de nadie y huir de quien habla mal.
-Tener mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo.
-La mortificación y el sacrificio agradan mucho al Señor.
Tanto Jacinta como Francisco fueron trasladados al Santuario de Fátima. Los milagros que fueron parte de sus vidas, también lo fueron de su muerte. Cuando abrieron el sepulcro de Francisco, encontraron que el rosario que  le habían colocado sobre su pecho, estaba enredado entre los dedos de sus manos. Y a Jacinta, cuando 15 años después de su muerte, la iban a trasladar hacia el Santuario, encontraron que su cuerpo estaba incorrupto.
El 18 de abril de 1989, el Santo Padre, Juan Pablo II, declaró a Francisco y Jacinta Venerables.
El 13 de Mayo del 2000, el Santo Padre JPII los declaró beatos en su visita a Fátima, siendo los primeros niños no mártires en ser beatificados.