San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 22 de junio de 2017

El Sagrado Corazón se nos dona en cada Eucaristía


         En una de las apariciones, y para demostrarle a Santa Margarita cuánto la amaba, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón y, tomándolo con sus manos, lo introdujo en su pecho, para sacarlo luego convertido, a este corazón de carne, en un corazón de fuego. ¿Qué era lo que había sucedido? Lo que había sucedido era que el corazón de Santa Margarita, al contacto con el Fuego del Divino Amor que ardía en el Sagrado Corazón de Jesús, se había convertido en una imagen viviente de ese Corazón, al encenderse con el fuego del Espíritu Santo.
Cuando se medita acerca de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacquoque, no puede dejar de considerarse el extraordinario don y la inmensidad de gracias que significaron, para Margarita y para la Iglesia toda, estas apariciones y, de modo particular, el hecho de que Jesús tome el corazón de la santa, lo introduzca en su pecho y se lo devuelva convertido en un corazón encendido en el Fuego del Divino Amor. Podemos decir que es el cumplimiento cabal de las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya encendido!” (Lc 12 49). El Fuego que arde en el Corazón de Jesús, sin consumirlo –como la zarza ardiente-, es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra, y Él desea verlo ardiendo en nuestros corazones. Al obrar de esta manera con Santa Margarita, Jesús le demuestra que el amor por ella, en persona, no tiene límites, porque no solo se le aparece visiblemente, la elige para que sea la difusora de la nueva devoción, sino que convierte su corazón de carne, en un corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios.

Sin embargo, para con nosotros, y aunque nos parezca difícil admitirlo, porque no poseemos el grado de santidad de Santa Margarita, Jesús nos demuestra un amor infinitamente más grande que el demostrado a Santa Margarita en la aparición. ¿Por qué? Porque en cada Santa Misa, no nos pide nuestro corazón de carne, para devolverlo convertido en una llama viva, luego de ser introducido en su Corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios; mucho más que eso, nos da todo su Corazón, que arde sin consumirse en las llamas del Espíritu Santo, en cada Eucaristía, para que recibiéndolo nosotros en nuestra humilde morada terrena, nuestros corazones, al contacto con las llamas de este Amor Divino, se conviertan, de oscuros, negros y fríos como el carbón, en brasas ardientes y luminosas, que irradien al mundo el calor del Divino Amor. En cada Santa Misa, Jesús nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para que a su contacto, nuestros corazones se prendan fuego y se conviertan en el mismo fuego, así como le sucede al hierro que, cuando toma contacto con el fuego, al volverse incandescente, se convierte en el mismo fuego. En la Eucaristía arde, sin consumirla, el Fuego del Corazón de Dios, que Jesús trae en cada Santa Misa y quiere ya verlo ardiendo. Si después de comulgar, nuestros corazones permanecen fríos y oscuros, como el hierro o el carbón, y continuamos con rencores, venganzas, mentiras y malicias de todo tipo, el don del Sagrado Corazón fue en vano. No desaprovechemos la Comunión Eucarística, el don del Sagrado Corazón Eucarístico que Jesús nos hace en cada Eucaristía.

miércoles, 21 de junio de 2017

San Luis Gonzaga, Patrono de los jóvenes que desean vivir la pureza de alma y cuerpo


Vida de santidad.

Nació en Castiglione, Italia, en 1568, hijo del marqués de Gonzaga[1]. De pequeño aprendió las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño y sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida.
San Luis estuvo como edecán en palacios de altos gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres, librándose así de muchas tentaciones. Él era extraordinariamente amable y bien educado. Su director espiritual fue San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: frecuente confesión y comunión; mucha devoción a la Santísima Virgen; leer vidas de Santos. Un día, ante una imagen de la Virgen en Florencia, hizo juramento de permanecer siempre puro, es decir, hizo “voto de castidad”. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El repetía la frase de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”. Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad lo obligaba a quedarse días enteros, quieto en su cama. Pero esta quietud le trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto lo animó muchísimo a volverse mejor (a veces sentía remordimiento porque le parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, le pareció que la Santísima Virgen le decía: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”. Con esto entendió que su vocación era entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita. Para ello, le pidió permiso a su padre, pero él no lo dejó. Y para que se quitara de la cabeza este pensamiento, lo llevó a grandes fiestas y a palacios y así olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó: “¿Todavía sigues deseando ser sacerdote?”, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Ante esta respuesta, su padre permitió entrar en la Compañía de Jesús. Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente. Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo. Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad, aceptaban hacer las paces y no pelear más.
Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía. En el año 1581, cuando San Luis Gonzaga estaba ya para ser ordenado sacerdote, se desató una epidemia de tifus y San Luis se contagió mortalmente, al echarse sobre los hombros a un enfermo grave y tirado en la calle, para llevarlo al hospital.  A causa de este contagio, murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23 años. San Luis fue avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y en ese día murió, mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Su confesor San Roberto, que lo acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o visión a San Luis en el cielo, y decía: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Después de muerto se apareció a un jesuita enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la fiesta de este santo le dice: “Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén”.

Mensaje de santidad.

Algo que se destaca en San Luis Gonzaga, es la pureza corporal, y es la causa por la cual la Iglesia lo nombró “Patrono de los jóvenes que desean mantener la pureza”. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué es tan importante la virtud de la pureza? Esta pregunta es todavía más urgente en nuestros tiempos, cuando vemos que, por la ideología de género, se pretende que no solo los jóvenes, sino los niños, desde la primera infancia, vivan un estilo de vida calificado por la Iglesia como “impuro”, lo cual significa pecaminoso y que, de ser vivido hasta el último día de la vida, impide la entrada en el Reino de los cielos. ¿Por qué tiene tanta importancia la pureza corporal, siendo esta virtud la más destacada en San Luis Gonzaga? Porque no se trata simplemente de una virtud y no se limita al cuerpo: la pureza corporal, se deriva de la pureza del alma, la cual a su vez, está concedida por la gracia santificante, que hace que el alma participe de la vida del Ser divino trinitario. Y el Ser divino trinitario es Puro e Inmaculado, y esa es la razón por la cual, quien es impuro de cuerpo, es impuro de alma –no ama a Dios Trino y se inclina ante los ídolos, por eso es impuro de alma y su fe es impura-, no está en gracia y no tiene en sí la vida de Dios Trino. Por otra parte, el cuerpo, por la gracia santificante, es convertido en “templo del Espíritu Santo” y el corazón, en altar y tabernáculo donde es adorado Jesús Eucaristía, todo lo cual no puede suceder si hay impureza corporal, es decir, profanación del cuerpo. La pureza del cuerpo, entonces, no se limita al cuerpo, sino que abarca la pureza y pulcritud de la fe, que lleva a que el alma, que sólo desea adorar y amar a Dios Uno y Trino, no se incline ante los ídolos del mundo y no profane su cuerpo. Ésta es la razón por la cual la pureza corporal es tan importante, en los niños, en los jóvenes y en todo cristiano, y es la razón por la cual el ejemplo de pureza santa de San Luis Gonzaga, es más válido en nuestros tiempos que en su propia época.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Luis_Gonzaga_6_21.htm

martes, 13 de junio de 2017

San Antonio de Padua


         Vida de santidad.

         San Antonio nació en 1195, en Lisboa. Bautizado como Fernando, cambió su nombre por Antonio en homenaje al titular del convento franciscano de los Olivares, martirizado en Marruecos junto con otros frailes. Se destacó en su vida –y también luego de su muerte- por el don que Dios le concedió, de hacer innumerables milagros. Algunos de estos milagros son los siguientes: un día fue invitado a comer y le pusieron ponzoña en el plato para matarlo, Antonio hizo la señal de la cruz sobre el plato y comió sin recibir mal alguno. Treinta y dos años después de su muerte, su cuerpo debía ser trasladado: se encontraron entre sus huesos su lengua tan entera y fresca como si estuviera viva.

Un día orando se le aparece el Niño Jesús que se posa sobre los evangelios y lo abraza[1].

Otro de sus milagros fue la reimplantación de un pie amputado: en Padua, un joven de nombre Leonardo, en un arranque de ira, pateó a su propia madre. Arrepentido, le confesó su falta a San Antonio quien le dijo: “El pie de aquel que patea a su propia madre, merece ser cortado”. Leonardo corrió a casa y se cortó el pie. Enterado de esto, San Antonio tomó el miembro amputado del joven y milagrosamente lo reunió al cuerpo[2].
Era gran devoto de la Eucaristía, y por un milagro, hizo que una mula se arrodillara ante el Santísimo Sacramento: cierto día discutía con un hereje, el cual se negaba obstinadamente a admitir el misterio de la transubstanciación, porque después de las palabras de la consagración no percibía cambio alguno en las especies eucarísticas. Antonio trataba en vano de convencerlo, citando la Escritura y la Tradición; todos sus esfuerzos chocaban con la obstinación de su interlocutor. Cambió, entonces, de táctica. –Usted tiene –dijo– una mula. Voy a presentarle una hostia consagrada; si se postrase ante el Santísimo Sacramento, ¿admitirá la presencia real del Salvador en las especies eucarísticas? –Sin duda–, respondió el incrédulo que esperaba dejar en situación embarazosa al apóstol con semejante apuesta. Acordaron realizar la prueba tres días después. Para garantizar mejor el éxito, el hereje privó al animal de cualquier alimento. En el día y hora fijados, Antonio que se había preparado con redobladas oraciones, salió de la iglesia portando el ostensorio en sus manos. Por el otro lado, el incrédulo llegaba sujetando al hambriento animal por las riendas. Una multitud considerable se agolpaba en la plaza, llena de curiosidad en presenciar el singular espectáculo. El hereje, pensando ya que había triunfado, colocó ante el animal un saco de avena. Pero la mula se desvió del alimento que se le ofrecía y dobló las patas ante el augusto Sacramento; sólo se levantó después de haber recibido el permiso del Santo.  Ante el evidente milagro, el hereje mantuvo la palabra y se convirtió; varios de sus correligionarios abjuraron también de sus errores y también se convirtieron.
Poco después, San Antonio hizo otro milagro en la misma ciudad. Los herejes se burlaban de sus sermones: –Ya que los hombres no quieren oír la palabra de Dios –les dijo– voy a predicar a los peces. Se dirigió hacia las verdes márgenes de un río, que daba ya al mar e invitó a los peces a alabar al Señor. Para sorpresa de los asistentes los peces se fueron reuniendo cerca de la playa; ponían la cabeza hacia fuera y parecían escuchar al orador con atención. Apoyado en tales manifestaciones sobrenaturales, el ministerio del Santo produjo frutos abundantes.
Son favores temporales, curaciones, conversiones retumbantes y hasta resurrección de muertos. El Santo devolvió la vida hasta a su propio sobrino que se había ahogado por accidente en el Tajo. Otro don que tenía, era el encontrar objetos perdidos, encontrados contra toda esperanza. –Don Íñigo Manrique, que fue obispo de Córdoba en el siglo XVI, había perdido un anillo pastoral de gran valor. En vano había invocado a San Antonio: imposible encontrar la preciosa joya. Un día el prelado contaba su desventura a sus secretarios, que compartían con él la mesa. “Obtuve muchas gracias por la intercesión de este ilustre taumaturgo –les decía– pero de esta vez no estoy contento con él”. Acababa de decir estas palabras y una mano invisible hacía caer sobre la mesa el anillo perdido. Este hecho impresionó profundamente a personas tan dignas de crédito que dieron testimonio de él.
La Virgen Inmaculada socorrió aún por medio de intervenciones visibles a su fiel siervo. Por dos veces, en Brive y en Padua, el demonio asaltó al ardoroso predicador que le arrancaba tantas víctimas. Antonio lanzó a María un grito de súplica; recitó el himno: “Oh gloriosa Domina”, que tanto le gustaba repetir. La Reina del Cielo se le apareció en medio de una claridad deslumbrante y puso en fuga al espíritu maligno. 
El Salvador también visitó a nuestro Santo. Antonio, según una antigua tradición, se alojó en la casa del señor de Chateauneuf, región de Limoges. Este señor se proponía observar atentamente la conducta del religioso, cuya reputación le lo asombraba. Caída la noche espió, con indiscreta curiosidad, lo que su huésped hacía en el cuarto. Fue así testimonio de un gracioso prodigio: el Niño Jesús reposaba en los brazos de Antonio que lo colmaba de respetuosas caricias.


San Antonio se dedicó a escribir los sermones de las fiestas de los grandes santos y de todos los domingos del año, hasta su muerte, el 13 de junio de 1231, a los 36 años de edad. Su vida de completa dedicación a Dios y sus milagros fueron tantos, que once meses después de su muerte, el Papa Gregorio IX lo canonizó. En 1946, el Papa Pío XII lo proclamó “Doctor de la Iglesia”, con el título de “Doctor Evangélico”.

         Mensaje de santidad.

         A lo largo de los siglos, Antonio intercedió por sus devotos, obteniéndoles para ellos numerosos milagros, multiplicando los prodigios por todas partes en donde era invocado. Sin embargo, a pesar de sus numerosos milagros, lo que hizo santo a San Antonio de Padua fue su fidelidad a la gracia y el vivir de modo heroico las virtudes cristianas. Dice de él San Buenaventura: “En San Antonio resplandece el conjunto de todas las perfecciones y de todas las gracias de los elegidos. Tiene este santo la ciencia de los Ángeles, las celestes inspiraciones de los Profetas, el celo de los Apóstoles, la austeridad de los Confesores, el heroísmo de los mártires, la Pureza de las vírgenes”. Al recordar a San Antonio de Padua en su día, le pidamos que interceda para que también nosotros seamos fieles a la gracia de Dios, eligiendo siempre “morir, antes que pecar”, como decimos en la fórmula del Sacramento de la Confesión.

lunes, 5 de junio de 2017

San Bonifacio, obispo y mártir


         En una de sus cartas[1], escribe así San Bonifacio acerca de la Iglesia y su gobierno en tiempos difíciles: “La Iglesia, que como una gran nave surca los mares de este mundo, y que es azotada por las olas de las diversas pruebas de esta vida, no ha de ser abandonada a sí misma, sino gobernada”. Utiliza la imagen de la nave que surca los mares tempestuosos, para describir a la Santa Iglesia Católica, y afirma que, en medio de las pruebas y tribulaciones del mundo y de la historia, “debe ser gobernada”, y no “abandonada a sí misma”; es decir, la Iglesia no debe ser abandonada por los hombres, frente al ataque de sus enemigos –externos e internos-, sino que debe “ser gobernada”. Pero no se refiere al gobierno sobrenatural, porque este está a cargo de Dios, de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo; se refiere al gobierno de los hombres, que se dejan guiar por el Espíritu Santo, porque son dóciles a sus inspiraciones. San Bonifacio cita a grandes papas, santos y mártires, como ejemplo de hombres que deben guiar a la Iglesia, dóciles al Espíritu de Dios: “De ello nos dan ejemplo nuestros primeros padres Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre”. Para San Bonifacio, los hombres que deben gobernar la Iglesia son guiados por el Espíritu Santo, porque en medio del reino de los paganos, guían a los bautizados con la luz de la Divina Sabiduría, ofrecen sus sacrificios a Nuestro Señor, y llegan incluso hasta “derramar su sangre” por amor a la Iglesia.
Cuando San Bonifacio piensa en los santos y mártires, “se estremece de terror y temor”, pues se compara con ellos y ve, en ellos, la santidad, y en él, “el pecado y las ganas de abandonar”, pero “encuentra ejemplo de eso en las Escrituras y los Padres, por lo que no lo sigue considerando: “Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura”. San Bonifacio dice esto porque cree firmemente que los que deben guiar a la Iglesia son los santos y los mártires, es decir, los que “en todo momento y circunstancia siguen la voz del Espíritu Santo”, según la definición de Castellani: “(el santo es) aquél que en todo momento y en cualquier circunstancia sigue la voz del Espíritu Santo”[2].
El santo no debe confiar en sus propias fuerzas, sino en la santidad y la justicia de Dios, y apoyarse en su Nombre Tres veces Santo: “Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: “Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas”. Y en otro lugar: “Torre fortísima es el nombre del Señor, en él espera el justo y es socorrido”.
Y así, fortalecido por el Nombre de Dios, se dispone “a la prueba”, por eso de que “el oro se prueba en el crisol” (cfr. Prov. 17, 3; 1 Pe 1, 7), ya que Dios envía tribulaciones para probar y fortalecer a los que confían en El, pero los que en Él confían salen siempre triunfantes: “Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.
Dice San Bonifacio que la carga que lleva el que gobierna la Iglesia, ha sido puesta por Dios mismo, pues se trata de su “yugo, que es suave” (cfr. Mt 11, 30), según sus propias palabras en el Evangelio: “Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Quien es puesto al frente de la Iglesia por el Señor, porque se deja guiar por el Espíritu Santo al ser dócil a sus inspiraciones, debe enfrentar a “días de angustia y aflicción”, porque la Iglesia debe soportar los embates del Infierno, que ataca a la Esposa de Cristo por medio de agentes externos e internos –los enemigos más peligrosos de la Iglesia son los modernos Judas Iscariotes: “los falsos hombres de iglesia crucifican a los santos”[3]-, debiendo estar dispuestos, los que aman a la Iglesia, a “morir por las santas leyes y así conseguir la herencia eterna”: “Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna”.
Por último, dice San Bonifacio que al vigilar sobre el rebaño de Cristo, “no debemos ser perros mudos” ni “centinelas silenciosos”, ni tampoco “mercenarios que huyen del lobo, sino “pastores solícitos que anuncien el Evangelio a todo hombre”, “a tiempo y destiempo”: “No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro a los pastores de la Iglesia”. No seamos perros mudos, ni centinelas silenciosos, ni mercenarios, frente al gnosticismo neo-pagano, el relativismo, el naturalismo y el racionalismo que, negando los misterios sobrenaturales absolutos de Dios Uno y Trino y de la Encarnación del Verbo en el seno de María Virgen, asolan a nuestra Santa Madre Iglesia en estos sombríos y aciagos días. No seamos perros mudos del rebaño del Señor, pues el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, vigila Él mismo sobre su rebaño, y “vendrá pronto a dar a cada uno su salario, según hayan sido sus obras” (cfr. Ap 22, 12-14).



[1] Carta 78; MGH, Epistolae 3, 352. 354.
[2] Cfr. Daniel Giaquinta, en Javier Navascués, Leonardo Castellani, Defensor de la Tradición, https://adelantelafe.com/leonardo-castellani-defensor-la-tradicion/
[3] Cfr. Giaquinta, passim.

sábado, 3 de junio de 2017

San Carlos Lwanga y compañeros mártires


         Vida de santidad.

         San Carlos Lwanga, catequista nacido en Uganda y martirizado por la fe, fue nombrado Patrono de los jóvenes católicos de África.
Sucedió que entre los años 1885 y 1887, apenas iniciada la nueva evangelización de África, un centenar de cristianos de Uganda,  fueron condenados a muerte por el rey Mwanga que se había pervertido con el vicio de la sodomía. El rey Mwanga mandó  a quemar vivos, torturar, desmembrar, castrar y ejecutar a sus servidores que se había hecho cristianos en Uganda y que se opusieron a ceder al vicio, por lo que ellos eligieron la muerte antes que ofender a Dios. 
Fueron martirizados porque coherentemente con su fe en Cristo, no cedieron a los deseos impuros (de Sodomía -homosexualidad) del monarca, y fueron torturados y asesinados en la colina de Namugongo en Uganda, el 3 de junio de 1886, unos degollados y otros quemados vivos. Estos son los nombres de los que se les hizo el reporte: Calos Lwanga, Mbaya Tuzinde, Bruno Seronuma, Santiago Buzabaliao, Kizito, Ambrosio Kibuka, Mgagga, Gyavira, Aquiles Kiwanuka, Adolfo Ludigo Mkasa, Mukasa Kiriwanvu, Anatolio Kiriggwajjo y Lucas Banabakintu.- Mientras los mártires Cristianos de Uganda eran torturados y sacrificados y muchos de ellos quemados vivos, solo se escuchaba de sus labios cánticos e himnos de alabanza a Dios. Su memoria es obligatoria en el Misal Romano.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo en el que la impureza, tanto corporal –relaciones contra-natura, extra-conyugales, pre-matrimoniales, ideología de género, etc.- como espiritual –culto a los ídolos neo-paganos como el dinero, el placer, el poder, el ocultismo, el gnosticismo de la Nueva Era-, han invadido todos los ámbitos y todos los estamentos de la sociedad, abarcando incluso a los más pequeños, puesto que se pretende implantar la ideología de género desde la más tierna infancia, además de introducirlos a la práctica del ocultismo y la magia, a través de películas como Harry Potter, los santos mártires de Uganda, San Carlos Lwanga y compañeros, son un luminoso ejemplo de fe en Nuestro Señor Jesucristo y de confianza en la Santísima Virgen María, porque ellos prefirieron la muerte antes que pecar, es decir, antes que perder la gracia que los unía a Cristo y antes que perder la pureza e inocencia que da la gracia y que hace al alma semejante a los Sagrados Corazones de Jesús y María. No debemos olvidar que, junto con la impureza corporal, viene la impureza del espíritu, que es la fornicación del alma con los ídolos paganos.Es por esto que, al recordar a los Santos mártires de Uganda, les encomendamos a los jóvenes de nuestro tiempo para que, asistidos por la gracia, elijan siempre conservar la pureza, tanto corporal como espiritual, frente a quienes pretenden arrebatárserlas.
Oración a los Santos Mártires de Uganda[1].
Oh Jesús, nuestro Señor y Redentor, a través de tu pasión y muerte, te adoramos y te damos gracias;
Santa María, Madre y Reina de los Mártires, obtenos la santificación por medio de nuestros sufrimientos.
Santos Mártires, los seguidores de Cristo sufriente, obtenganos la gracia de imitarlos.
San José Balikuddembe, en primer mártir de Uganda, quien inspiró y alentó Nephytes, nos obtenga un espíritu de verdad y justicia.
San Carlos Lwanga, patrón de la Juventud de Acción Católica  nos obtenga una fe firme y perseverante.
San Matías Mulumba, ideal Jefe y seguidor de Cristo, manso y humilde, nos obtenga un mansedumbre cristiana.
San Dionisio Sebuggwawo, celosos de la fe cristiana y conocido por su modestia, obtenga para nosotros la virture de la modestia.
San Andrés Kaggwa, catequista modelo y maestro, nos obtenga un amor de la enseñanza de Cristo.
San Kizito, resplandeciente niño en la pureza y la alegría cristiana, nos obtenga el don de la alegría en el Señor.
San Gyaviira, brillante ejemplo de cómo perdonar y olvidar las lesiones, nos obtenga la gracia de perdonar a los que nos perjudican.
San Mukasa, catecúmeno ferviente recompensado con el bautismo de su sangre, nos obtenga la perseverancia hasta la muerte.
San Adolfus Ludigo, brillante por su seguimiento de nuestro Señor, espíritu de servicio a los demás, nos obtenga un amor de servicio desinteresado.
San Anatoli Kiriggwajjo, humilde servidor que prefirió una vida devota a los honores mundanos, nos obtenga a amar la piedad más que las cosas terrenales.
San Ambrosio Kibuuka, joven lleno de alegría y amor al prójimo, nos obtenga la caridad fraterna.
San Aquiles Kiwanuka, que por el bien de Cristo detestaba vano prácticas supersticiosas, obtén para nosotros el odio santo a las prácticas supersticiosas.
San Juan Muzeeyi, consejero prudente, famoso por la práctica de las obras de misericordia, nos obtenga un amor de esas obras de misericordia.
Bendito Jildo Irwa y el Bienaventurado Daudi Okello que dieron su vida por la propagación de la fe católica, nos obtenga el afán de difundir la fe católica.
San Pontaianus Ngondwe, fiel soldado, anhelo de la corona del martirio, nos obtenga la gracia de ser siempre fieles a nuestro deber.
San Atanasio Bazzekuketta, fiel mayordomo de la hacienda real, obtener para nosotros un espíritu de responsabilidad.
San Mbaaga, que prefirió la muerte a las creencias de sus padres, nos obtenga la gracia de seguir con desprendimiento las inspiraciones divina.
San Gonzaga Gonza, lleno de compasión por los presos, y todos los que estaban en problemas, obtener para nosotros el espíritu de la misericordia.
San Noe Mawaggali, humilde trabajador y amante de la pobreza evangélica, nos obtenga el amor de la pobreza evangélica.
San Lucas Baanabakintu, que ardientemente desea imitar el sufrimiento de Cristo por el martirio, nos obtenga un amor de la patria.
San Bruno Serunkuuma, soldado que dio un ejemplo de arrepentimiento y la templanza, nos obtenga el virtud del arrepentimiento y la templanza.
San Mugagga, joven conocido por su castidad heroica, nos obtenga perseverancia en la castidad.
Que los Santos Mártires, firmes en su fidelidad a la verdadera Iglesia de Cristo, nos ayude a ser siempre fiel a la verdadera Iglesia de Cristo.
Oremos
Señor Jesucristo, que maravillosamente fortaleciste a los Santos Mártires de Uganda San Carlos Lwanga, Matías Mulumba, el Santo Jildo Irwa, a San Daudi Okello y sus compañeros, y dándonoslos a nosotros como ejemplos de fe y fortaleza, de castidad, de caridad, y de fidelidad ; , te rogamos, que por su intercesión, las mismas virtudes puedan aumentar en nosotros, y que podamos merecer ser propagadores de la fe verdadera.Tu que vives y Reinas por siempre. Amén.



[1] Esta oración se hace tres veces al día (se sugiere al medio día, a las 3 pm y a las 6 pm, aunque se puede ajustar al horario de cada uno en particular) después del rezo del Santo Rosario durante nueve días por alguien que está luchando contra los pecado de la impureza, especialmente contra la fornicación. Durante ese tiempo se debe de añadir algún tipo de ayuno con la limosna, junto con el uso del escapulario marrón, junto con una oración de la Sangre de Jesús para cubrir tanto usted como la persona(s) por la que esta orando. En un mundo donde la gente está atrapada en "hacer lo que se siente bien" y " son relativos el concepto del bien y mal ", es un gracia conocer la verdad de la Palabra de Dios, es un gran regalo de verdad! »

jueves, 1 de junio de 2017

San Justino, mártir


Vida de santidad[1].

San Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos «Apologías» y el «Diálogo con Trifón». Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos de Marco Aurelio, hacia el año 165.
No fue sacerdote, sino laico, y escribió varias apologías o defensas del cristianismo, frente a los detractores[2] de la religión católica. El mismo Justino cuenta que él era un Samaritano, porque nació en la antigua ciudad de Siquem, capital de Samaria. Sus padres eran paganos, de origen griego, y le dieron una excelente educación, instruyéndolo lo mejor posible en filosofía, literatura e historia.
Un día que paseaba junto al mar, meditando acerca de Dios, vio que se le acercaba un venerable anciano, el cual le dijo: “Si quiere saber mucho acerca de Dios, le recomiendo estudiar la religión cristiana, porque es la única que habla de Dios debidamente y de manera que el alma queda plenamente satisfecha”. El anciano le recomendó además que le pidiera a Dios la gracia de lograr saber más acerca de Él, y le recomendó la lectura de las Escrituras, consejo que San Justino siguió al pie de la letra, encontrando allí la verdadera sabiduría, dedicando toda su vida, en adelante, al estudio de la Palabra de Dios.
El santo cuenta que cuando todavía no era cristiano, había algo que lo conmovía profundamente y era ver el valor inmenso con el cual los mártires preferían los más atroces martirios, con tal de no renegar de su fe en Cristo, y que esto lo hacía pensar: “Estos no deben ser criminales porque mueren muy santamente y Cristo en el cual tanto creen, debe ser un ser muy importante, porque ningún tormento les hace dejar de creer en Él”.
Movido por el amor a la Verdad, y convencido de la cita del Eclesiástico en la que se afirma que la sabiduría de nada sirve si no se la comunica a los demás –“Tener sabiduría y guardársela para uno mismo sin comunicarla a los demás, es una infidelidad y una inutilidad”-, aprovechando sus conocimientos de filosofía, San Justino se dedicó a escribir en defensa de la religión cristiana, con el objetivo de que los paganos se convirtieran, y fue así que surgió su obra más conocida, llamada “Apologías”, en favor de la religión de Jesucristo y de la Iglesia Católica. Además de escribir, se dedicó a recorrer ciudades, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, tratando de convencerlos de que el cristianismo es la única religión verdadera.
En Roma tuvo Justino una gran discusión filosófica con un filósofo cínico llamado Crescencio, en la cual le logró demostrar que las enseñanzas de los cínicos (que no respetan las leyes morales) son de mala fe y demuestran mucha ignorancia en lo religioso. Crescencio, lleno de odio al sentirse derrotado por los argumentos de Justino, dispuso acusarlo de cristiano, ante el alcalde de la ciudad. Había una ley que prohibía declararse públicamente como seguidor de Cristo. Y además en el gobierno había ciertos descontentos porque Justino había dirigido sus “Apologías” al emperador Antonino Pío y a su hijo Marco Aurelio, exigiéndoles que si en verdad querían ser piadosos y justos debían respetar a la religión cristiana.
En su obra “Apología”, se dirige así a los gobernantes de su tiempo: “¿Por qué persiguen a los seguidores de Cristo? ¿Porque son ateos? No lo son. Creen en el Dios verdadero. ¿Porque son inmorales? No. Los cristianos observan mejor comportamiento que los de otras religiones. ¿Porque son un peligro para el gobierno? Nada de eso. Los cristianos son los ciudadanos más pacíficos del mundo. ¿Porque practican ceremonias indebidas?”. Y les describe enseguida cómo es el bautismo y cómo se celebra la Eucaristía, y de esa manera les demuestra que las ceremonias de los cristianos son las más santas que existen.
Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un diálogo memorable:
Alcalde: ¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?
Justino: Durante mis primero treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión.
Alcalde: Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio.
Justino: Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión.
Alcalde: ¿Y qué es lo que enseña esa religión?
Justino: La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta.
Alcalde: ¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?
Justino: Sí; declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte.
El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser discípulos de Cristo.
Alcalde: Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?
Justino: No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo.
Alcalde: Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza.
Justino: Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo.
Los otros cristianos afirmaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir. Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego fueron decapitados.
Las Actas del martirio de San Justino termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Mensaje de santidad.

En una época en la que el ateísmo, el agnosticismo y el ocultismo gnóstico de la Nueva Era buscan hacer desaparecer de la faz de la tierra y, sobre todo, del corazón y de la mente de los hombres, no solo la religión cristiana, sino hasta el nombre mismo de “Dios”, para reemplazarlo por el materialismo, el hedonismo, y la práctica del ocultismo, el ejemplo de San Justino, de amor a la Sabiduría de Dios y la Verdad encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios, es tanto o más actual que en los primeros años del cristianismo. Es tanto o más actual hoy, cuando el hombre se aleja de Dios para postrarse ante los ídolos de la neo-modernidad, y cuando gustoso abandona las iglesias para llenar estadios de fútbol, porque el martirio de San Justino, quien da la vida por no renegar de Jesucristo, es la contracara luminosa de la Verdad de Dios, en medio de las siniestras tinieblas de muerte en las que el mundo está inserto.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón


         En las apariciones del Sagrado Corazón, Jesús le muestra a Santa Margarita su Corazón, el cual, además de estar rodeado de espinas, tener una cruz en la base y estar traspasado, está envuelto en llamas de fuego.
         ¿Qué significan estas llamas de fuego? Ante todo, es un fuego que arde pero no consume, lo cual hace recordar al episodio de la zarza ardiente (cfr. Éx 3, 2), en donde el fuego también arde, pero no reduce a la zarza a cenizas, sino que está en ella, sin dañarla. Podemos decir entonces que la zarza ardiente es como una prefiguración del Corazón de Jesús, envuelto en llamas. Pero todavía no hemos respondido la pregunta: ¿qué significan estas llamas de fuego? Significan al Espíritu Santo, pero el Espíritu Santo no está en el Corazón de Jesús como algo añadido, sino como algo que le pertenece intrínseca y esencialmente. Es decir, el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, no está en el corazón de Jesús como algo agregado, como lo puede estar en los corazones de los santos y de los ángeles: puesto que Jesús es Dios Hijo, Él espira el Espíritu Santo, con el Padre, desde la eternidad, de manera que al encarnarse, el Espíritu Santo es soplado por Él y por el Padre en su Cuerpo –constituido por una célula llamada “cigoto”, cuyos genes paternos han sido creados al momento de la Encarnación y no donados por hombre alguno-, lo cual constituye la unción que Jesús recibe en el momento de la Encarnación en su Cuerpo. Dicho de otro modo, en el momento mismo de encarnarse, el Cuerpo de Jesús es ungido por el Espíritu Santo, porque Él lo infunde con el Padre y por eso se constituye en el Mesías, el Ungido por el Espíritu de Dios. Y ese mismo Espíritu es el que, al formarse ya el Corazón de Jesús en el seno virgen de María, arde en el fuego del Amor de Dios, porque el Amor de Dios, el Espíritu Santo, está en Él, en su Cuerpo humano, desde la Encarnación, porque Él es el Dador del Espíritu junto al Padre desde la eternidad.
         Esto es entonces lo que significan las llamas del Sagrado Corazón: es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo que el Padre dona al Hijo y el Hijo al Padre, desde toda la eternidad.

Ahora bien, en la Eucaristía está el mismo Corazón ardiente de Jesús, que arde como una brasa incandescente por la acción del Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como el fuego penetra el carbón a tal punto de convertirlo en parte de sí mismo, puesto que el carbón y el fuego se convierten en una misma cosa, al ser el carbón, por la acción del fuego, una brasa incandescente, así también el Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Divino Amor, es una sola cosa con este Divino Amor, de manera que el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es inseparable del Corazón de Jesús. Por esta razón, quien comulga la Eucaristía, comulga al Corazón de Jesús envuelto en el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo, y el deseo de Jesús es que estas llamas que envuelven su Sagrado Corazón, enciendan en el Amor de Dios a los corazones de los que comulgan, según sus palabras: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49).

martes, 30 de mayo de 2017

Santa Juana de Arco


         Vida de santidad.

         Santa Juana de Arco, virgen,  nació en 1412 en Donremy, Rouen, en la región de la Normandía francesa, en el seno de una familia de campesinos pobres, razón por la cual no recibió instrucción escolar. Sin embargo, esta carencia se vio compensada con creces al transmitirle su madre, una persona de mucha piedad, el conocimiento sobrenatural de la Fe, la confianza y el verdadero “temor de Dios, principio de la Sabiduría”, además de una tierna devoción filial  a la Virgen María. Se la conoció como “la doncella de Orleans”, que después de luchar firmemente por su patria, al final fue entregada al poder de los enemigos, quienes la condenaron en un juicio injusto a ser quemada en la hoguera[1].
         En esa época los ingleses habían invadido Francia, por lo que tanto su Patria natal como el rey, se encontraba en grave peligro. La santa tuvo entonces una revelación divina –San Miguel Arcángel se le apareció en numerosas ocasiones-, por la cual supo que su misión era precisamente, salvar a Francia y al rey de las pretensiones de Inglaterra. Sin embargo, debido a su corta edad, a su escasa instrucción escolar y a la desconfianza frente a lo preternatural, principalmente entre miembros de la Iglesia, Santa Juana de Arco no fue escuchada ni fueron tenidos en cuenta -ni sus familiares, amigos y mucho menos oficiales de la corte francesa- sus continuos pedidos de sostener un encuentro con el rey. Luego de insistir, Juana de Arco pudo finalmente entrevistarse con el rey, el cual quedó admirado por la sabiduría sobrehumana de la santa.
         Para este entonces, la situación de Francia no podía ser más crítica: los ingleses habían invadido y ocupado casi toda Francia, permaneciendo sólo una ciudad libre, Orleans. Santa Juana de Arco, guiada por San Miguel Arcángel, pidió y obtuvo del rey Carlos y de los jefes de lo que quedaba de las fuerzas francesas, el mando total sobre las tropas, concediéndole el grado de capitana. Siempre bajo la guía del Santo Arcángel Miguel, Jefe de la Milicia celestial, y para que fuera evidente que la empresa no se debía al carácter intrépido de una muchacha campesina, sino a una intervención divina que quería salvar a Francia de la invasión inglesa, Santa Juana mandó confeccionar una bandera blanca con los nombres de Jesús y de María, para luego dirigirse al frente de combate en Orleans, donde al mando de diez mil hombres logra un triunfo resonante.
Luego de este triunfo, se dirigió a otras ciudades, logrando también derrotar al enemigo inglés. Sin embargo, a causa de envidias y ambiciones entre los miembros de la corte del Rey Carlos VII, quienes se conjuraron para desacreditarla ante el rey, éste terminó retirando a Juana de sus tropas, cayendo herida y hecha prisionera por los borgoñones en la batalla de París.   La santa fue abandonada por los franceses; pero los ingleses estaban supremamente interesados en tenerla en la cárcel, pagando más de mil monedas de oro a los de Borgoña para que se la entregaran, siendo sentenciada a cadena perpetua.
En la prisión, la santa sufrió las más terribles humillaciones e insultos, pero se mantuvo siempre fiel a Nuestro Señor Jesucristo, uniéndose a su cruz en todo momento y confiándose además a la protección de la Madre del Cielo y de San Miguel Arcángel. Puesto que la santa tenía estas revelaciones sobrenaturales, los enemigos de Juana invirtieron la situación y, con toda clase de mentiras y falsedades, la acusaron de utilizar brujería y conjuros para obtener sus conocidas victorias en Francia. Juana de Arco siempre negó todas las acusaciones y pidió que el Pontífice fuese el que la juzgase, aunque no fue nunca escuchada. Los ingleses cambiaron la condena a cadena perpetua por la sentencia de muerte, siendo condenada a morir en la hoguera. Mientras moría en la hoguera, no dejó de rezar en ningún momento, siendo su único consuelo en el tormento, contemplar el crucifijo que un religioso le presentaba y encomendarse a Nuestro Señor. Murió el 29 de mayo del año 1431, a la edad de diecinueve años[2].
Fue declarada Santa, por el Papa Benedicto XV, en el siglo XX y no en 1454. En 1454, el proceso de nulidad, ordenado por el Papa Calixto III, encontró que Juana fue condenada a muerte injustamente y que sus revelaciones eran verdaderas, así como se recogió el milagro de que su corazón, después de que ella fue reducida a cenizas, quedó sin quemar y lleno de sangre. Esto último, lo testificó Gean Masieu, quien la acompañó los últimos metros hasta la hoguera[3].

         Mensaje de santidad.

         Si bien Santa Juana de Arco tuvo apariciones de santos y de San Miguel Arcángel, comprobadas como ciertas en el proceso de canonización, no fueron estas apariciones las que le concedieron la santidad, sino la heroicidad de sus virtudes cristianas y, principalmente, su configuración y participación a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, fue Nuestro Señor quien la eligió para que llevara a cabo la empresa, imposible humanamente hablando, de liberar a su Patria del invasor inglés, pero la eligió ante todo para que se configurara a Él y participara de su Pasión en las circunstancias particulares de su vida y su Patria, y eso fue lo que la condujo al cielo. Cuando repasamos su vida, vemos cómo la santa estuvo, en todo momento, unida a Nuestro Señor: en tiempos calmos, siendo asistida por San Miguel Arcángel, quien la guió, por orden divina, a la reconquista de Francia; en tiempos ya más turbulentos, es decir, cuando fue calumniada, traicionada, hecha prisionera y condenada a muerte injustamente, también estuvo unida a Nuestro Señor, participando de las calumnias, la traición, la prisión y la injusta condena a muerte de Jesús. De hecho, al igual que con Nuestro Señor, fueron clérigos quienes la acusaron falsamente, dando como ciertos los testimonios falsos de testigos comprados de antemano y también, al igual que Nuestro Señor, que fue acusado sacrílegamente de estar poseído, también Santa Juana tuvo la gracia de participar de esta misma falsa acusación. Otro gran signo que muestra que Santa Juana estuvo asistida siempre por el Espíritu Santo es el hecho de que, en el momento de morir, lejos de renegar de Jesucristo, murió besando el crucifijo y pronunciando el dulce nombre de Jesús. Por último, su corazón intacto y lleno de sangre en medio de las llamas, es figura del Sagrado Corazón de Jesús, lleno de la Sangre del Cordero, que contiene el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor.

martes, 23 de mayo de 2017

Santa Rita de Casia


Vida de santidad[1].

Santa Rita nació en 1381 en Casia, Umbría. Se casó con Pablo Fernando, de su aldea natal. Debido al carácter irascible de su esposo, su matrimonio constituyó, desde sus primeros inicios, un verdadero martirio, el cual es aceptado por la santa con heroicidad cristiana. Ante el constante maltrato de su esposo, Santa Rita pone en juego las armas espirituales que la Madre Iglesia le ha enseñado: callar, sufrir en silencio y ofreciendo su dolor, rezando por la conversión de su esposo, conversión que llega finalmente gracias a su bondad y paciencia y la acción de la gracia.
Su matrimonio, del cual nacieron dos gemelos, vivió una verdadera tragedia al ser asesinado su esposo, como consecuencia de los enemigos que se había acarreado por su mala vida pasada, antes de su conversión. Santa Rita perdona a los asesinos de su esposo y les pide a sus hijos que hagan lo mismo, imitando el perdón que Cristo nos dio a cada uno de nosotros, al ser nosotros, con nuestros pecados, los que le quitábamos la vida. Sin embargo, sus hijos no escuchan el pedido de su madre e insisten en la idea de vengarse. Al ver que estaban en peligro de eterna condenación, Santa Rita ora pidiendo a Dios que se lleve a sus hijos, antes de que estos cometan un pecado mortal, lo cual sucede efectivamente.
Al haber enviudado y al haber quedado sin hijos, Santa Rita vislumbra la posibilidad de concretar su deseo de consagrarse, por la vida religiosa, al Señor, por lo que pide la admisión por tres veces en las Agustinas de Casia, siendo rechazada las tres veces.
Es admitida en el monasterio luego de que, milagrosamente, se le aparecieran San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Hace la profesión religiosa ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, vividos sólo para Dios. Como religiosa, fue ejemplar, viviendo en extrema humildad, pobreza, obediencia, y ofreciendo continuos ayunos, vigilias y penitencias con cilicios. Llevada por la gracia, recorrió con alegría y amor las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva.
Sus hermanas en religión refieren un episodio que da cuenta de su santidad. La Priora le manda regar un sarmiento seco, lo cual, visto humanamente, no tenía mucho sentido, puesto que era imposible que reverdeciera. Sin embargo, Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece.
Santa Rita solía pasar largas horas de rodillas, en un reclinatorio, ante la imagen de Jesús crucificado, meditando en su Pasión y en el dolor que nuestros pecados le provocaban. Fue en una de esas meditaciones que recibió una gracia muy particular: se le produjo una herida en la frente, como si fuera producida por una de las espinas de la corona de Jesús, la cual le procuraba un intenso dolor continuo, además de humillación permanente. Esta herida no cicatrizaba nunca y, aún más, empeoraba y comenzaba a supurar, emitiendo un olor nauseabundo, con lo que Santa Rita, a  pesar de ser religiosa y amar la vida comunitaria propia de la vida consagrada, tuvo que vivir hasta su muerte, apartada del resto de la comunidad. La herida desapareció solo una vez, por unos días, cuando Santa Rita, con sus hermanas en religión, salieron del convento para asistir a una misa en Roma, presidida por el Santo Padre. También desapareció definitivamente cuando Santa Rita murió, y en vez del olor nauseabundo que hasta ese entonces se sentía, el cuerpo de Santa Rita comenzó a exhalar un exquisito perfume de rosas.
En los días anteriores y en el momento de su muerte, sucedieron también hechos prodigiosos, como el florecer de una rosa y el madurar de dos higos en pleno invierno, para satisfacer sus antojos de enferma. También al morir se produjo otro sorprendente milagro, indicios de que su alma en gracia ingresaba en el Reino de los cielos: al momento de expirar, las campanas comenzaron a tañer solas a gloria y su celda se iluminó con una luz resplandeciente y desconocida. Murió en el año 1457 y fue canonizada por el Papa   León XIII en el año 1900.   

         Mensaje de santidad.

         A pesar de todos estos prodigios que verdaderamente sucedieron, lo que la hizo santa no fueron estos, sino una vida de virtudes heroicas cristiana en todos los estados de vida que le tocó vivir: fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja. Como esposa, sufrió en silencio la brutalidad de su esposo antes de su conversión, además de rezar permanentemente por su conversión, obteniendo del Señor esta gracia. Como madre, amaba tanto a sus hijos, que pidió para ellos la muerte terrena, antes de que cometieran el pecado mortal de la venganza y así sufrieran la segunda muerte, es decir, la eterna condenación en el infierno. Como viuda, guardó luto cristiano y desde el momento mismo en que enviudó, guardó con respeto y caridad cristiana la memoria de su esposo fallecido, tomando la decisión de ingresar en el convento para consagrarse como religiosa. Ya como religiosa, cumplió siempre a la perfección la regla de su Orden, además de recibir la gracia mística de sufrir, de modo permanente y hasta su muerte, una herida producida por una de las espinas de la corona del Señor, participando y uniéndose místicamente a su Pasión, la cual amaba meditar, día y noche. Por todo esto, Santa Rita es modelo ejemplar para toda mujer, en cualquier estado de vida que se encuentre.