San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 12 de octubre de 2017

Santa Teresita del Niño Jesús y el camino de la infancia espiritual


         Podemos decir que Santa Teresita hace suyo el pedido de Jesús: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). En efecto, en una de sus obras, Santa Teresita escribe así: “Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”. Para Santa Teresita, el camino al cielo es el camino de una “infancia espiritual”. Esto aparece como una contradicción con las enseñanzas del mundo, porque el mundo enseña, precisamente, en contra de toda inocencia, la madurez en todos los sentidos –corporal, física-, de manera tal que los que triunfan según el esquema del mundo, son aquellos que más prontamente han abandonado la infancia. Para el mundo, la infancia es un disvalor, o bien es un valor al cual hay que corromper lo antes posible, contaminándolo precisamente con las máximas mundanas, quitando cuanto antes todo lo que no sea del mundo. Para el mundo, cuanto antes se pierden las características de la infancia, tanto mejor es, pues las almas mundanas necesitan de una astucia de la cual carece la infancia.
         Ahora bien, ¿en qué consiste esta infancia espiritual? ¿Cómo es posible adquirirla, para aquellos que ya no son niños?
         Ante todo, la infancia espiritual, como camino espiritual que conduce al cielo, es decir, a la unión del alma con Dios Uno y Trino, no es sinónimo de “infantilismo”, ya que esto último no es más que una característica negativa de la infancia, en la que se destacan la inmadurez emocional, espiritual y afectiva, propia de todo niño.
         La “infancia espiritual” de Santa Teresita, como dijimos, está fundada sobre las palabras de Jesús: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”. En la misma descripción de Santa Teresita ya hay un indicio acerca de en qué consiste: la describe como “camino de confianza y entrega absoluta”, obviamente, en Dios. En su camino hacia Dios, el alma debe entonces crecer en estas dos virtudes: confianza y entrega absoluta. Para darnos una idea de qué se trata, podemos contemplar a un niño recién nacido en su relación con su madre: movido por el amor filial, el niño confía en su madre y se abandona en sus brazos; todavía más, desea estar en brazos de su madre, si fuera posible, las veinticuatro horas del día. Así como el niño no solo no teme nada malo de su madre y por el contrario, solo se siente seguro y feliz entre sus brazos, de la misma manera el alma que ama a Dios debe abandonarse en sus brazos, tal y como lo hace un niño recién nacido y como lo hacen los niños, que solo esperan bondad y amor de sus madres, así el cristiano, abandonado filialmente en Dios, solo espera de Él lo que Él Es y puede y quiere dar, bondad y amor. El alma que ama a Dios experimenta respecto a Él el verdadero temor, que no es igual a miedo, ya que se funda en el amor, porque ama tanto a Dios, que el solo hecho de pensar que puede llegar a ofenderlo con un acto malvado de su parte, lo hace apartarse inmediatamente de este mal. La confianza en Dios se basa entonces en el amor a Dios: así como un hijo, al amar con toda su capacidad de amor a su madre, no quiere disgustarla en lo más mínimo y por ese motivo no solo evita el mal sino que en todo busca complacer a su madre, con toda clase de obras buenas, así también el alma que ama a Dios, movido por este amor, se aparta de todo mal y busca solo obrar el bien y la misericordia. No le basta con no disgustar a su Padre Dios, sino que desea ser de su agrado, y para ello obra siempre el bien, movido por la gracia.
         El otro interrogante relativo a la infancia espiritual es cómo adquirirla, puesto que quienes ya no están en la edad de la infancia, no pueden, obviamente, regresar a ella. Ante todo, no se trata de adquirir un comportamiento ficticio, anti-natural, en el sentido de pretender tener una edad que no se tiene –la ideología de género, perversión diabólica, sí lo hace-, sino de crecer –paradójicamente-, desde un estado de madurez espiritual, hasta un estado de infancia espiritual. Esto, que parece un contrasentido imposible, es posible para Dios, puesto que es su gracia la que concede la verdadera y única infancia espiritual necesaria para alcanzar el cielo. Por la gracia santificante, el alma –independientemente de su edad biológica, ya que puede ser un niño, un joven, un adulto, un anciano- se hace partícipe de la Inocencia, el Candor, la Pureza Increadas, que caracterizan el Alma glorificada del Señor Jesús. Es la Segunda Persona de la Divinidad, la que posee en sí misma las características propias de la niñez y en un grado infinito: pureza de cuerpo y alma, candor, inocencia, bondad, amor. Solo de esta manera, es decir, participando por la gracia de estas características del Ser divino trinitario que son propias de Jesús, el Hijo de Dios encarnado, puede el alma, a pesar de su edad biológica –puede ser un anciano- “ser como niño”, esto es, ser como el Niño Dios, como Dios que se hace Niño para que los hombres, crecidos en la concupiscencia, adquieran la inocencia y la pureza del Ser trinitario divino. Solo así el niño –aquel que es niño biológicamente- adquiere la madurez y la sabiduría celestial necesarias para crecer espiritualmente y estar así en grado de alcanzar el Reino de los cielos. Ser espiritualmente como niños recién nacidos, por la gracia santificante, es esto lo que Santa Teresita del Niño Jesús afirma cuando dice: “Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”. Como niños recién nacidos, que descansan confiados y alegres en los brazos de su madre, así el cristiano, convertido en niño recién nacido por la gracia, se abandona confiado y con total amor en brazos de su Madre, la Virgen Santísima.


         

sábado, 7 de octubre de 2017

Memoria de los Santos Ángeles Custodios


Los Santos Ángeles Custodios, creados para alegrarse en la contemplación de la gloria de Dios Uno y Trino y su Mesías, el Cordero, han recibido también una misión en favor de los hombres, de modo que con su presencia invisible, pero solícita, los asistan y acompañen[1].
Ángel es una palabra griega que significa mensajero (la misma que está en la raíz de la palabra “eu-angelio”, es decir, “mensaje bueno, propicio”).
El hombre se relaciona con los ángeles por su componente espiritual, el alma, y es así que en las Escrituras se lo asocia más a los ángeles que a los animales, con los cuales comparte la naturaleza corpórea. Esto se puede constatar, por ejemplo, en las distintas traducciones del salmo 8: “[al hombre] lo has hecho poco inferior a los ángeles” (traducción litúrgica); otros dicen: “Apenas inferior a un dios le hiciste” (Biblia de Jerusalén); o también: “lo has hecho poco inferior a Dios” (New American Standard Bible, en inglés el original).
Lo importante de esto es que, en el salmo, escrito por inspiración divina, habla de la excelsitud de un ser humano que a pesar de estar en la tierra sólo puede medirse auténticamente en las realidades divinas –Dios, los ángeles-; es decir, en vez de comparar al hombre con monos o moscas de la fruta, el salmo lo parangona con seres divinos y esto habla ya por sí mismo del amor con el que Dios ha creado al hombre.
Esta posición privilegiada del hombre, que lo acerca a los ángeles e incluso a Dios mismo, ya que lo muestra como hecho “a su imagen y semejanza”, se observa con claridad en el esquema de la Biblia hebrea: Dios está directamente en contacto con el hombre, lo salva, lo “amasa” para crearlo, le infunde su soplo de vida, se enfada con el hombre, se lamenta, se airía, camina a su lado, pero no compite con su poder (“Yo soy Dios, no un hombre”), no puede medirse el poder del hombre con el de Dios ni el de Dios con el del hombre. Deberíamos poder afirmar que para la Biblia Dios es en el hombre, a la vez que su destino trascendente, el origen de su más profunda raíz interior, puesto que es el Creador del acto del ser del hombre, lo cual se manifiesta en la expresión de San Agustín: Dios es “más interior que lo más íntimo mío, superor a lo más alto mío”[2]. Esa doble afirmación forma parte de la “experiencia de Dios” del creyente, la expresa la Biblia con metáforas, como cuando Elías ve la “espalda” de Dios, o Jacob “lucha con ‘Alguien’” en la noche, o como cuando se ve el “rostro de Dios”. De Dios nunca vemos su ser sino un rostro, una manifestación. Aparece luego una nueva expresión, “Melek Yahveh”: el Ángel de Yahveh (el Mensajero de Yahveh), presente en los primeros libros de la Biblia, cuando en el contexto que exige que sea el propio Dios quien habla, el texto dirá que ha sido Melek Yahveh, como por ejemplo, en el relato del “sacrificio de Abraham” (Gn 22), vemos que quien se le dirige es Melek Yahveh, pero luego queda claro que el diálogo se produce con el propio Dios (“ya que no me has negado...”); lo mismo pasa con la revelación de la zarza ardiendo, y en muchos otros relatos. El “ángel” -para esos textos bíblicos- no es otro que el propio Dios, y no un ser separado y distinto; sin embargo no es indiferente que los textos hablen de Melek Yahveh, en vez de hablar directamente de Yahveh, ya que ese “ángel” cumple una función específica: paradójicamente, no la de revelar a Dios, sino la de velarlo, la de no exponerlo tanto. En el Misal Romano, en la Plegaria Eucarística I, se dice, en este mismo sentido, que “el Ángel de Dios” es el que lleva la ofrenda eucarística, esto es, la Hostia ya consagrada, hasta el trono de Dios, y este Ángel de Dios, no es otro que el mismo Dios, en la Persona del Espíritu Santo.
En el Nuevo Testamento, las cosas no cambian muy radicalmente: posiblemente una de las mejores definiciones bíblicas de “ángel”, una de las definiciones más utilizadas por la teología, esté precisamente en carta a los Hebreos, 1,14: “espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación”. Esta frase está dicha en el contexto de una polémica religiosa, contra aquellos que pretenden poner a los ángeles en un peldaño superior al hombre, y el versículo anterior dirá: “¿A qué ángel dijo [Dios] alguna vez: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies?’”. La carta a los Hebreos no quiere exaltar a los ángeles, sino por el contrario, volver a situarlos en la posición subordinada que tienen en los textos bíblicos del Antiguo Testamento. Cristo, como verdadero hombre, se dirige a hombres, y es a los hombres a quienes abrió las puertas del Santuario Divino (Heb 9,12).
Para la teología, los ángeles son espíritus puros, individuales, dotados de inteligencia y voluntad, creados por Dios para asistirlo y sobre todo para realizar misiones entre los hombres y para servir al santuario divino en la liturgia eterna (ver, por ejemplo, Apocalipsis). Puesto que toda nuestra experiencia, incluso la que penetra en las realidades espirituales, comienza con los sentidos, con lo corpóreo y físico que nos rodea, poco podemos decir de ellos que no esté en peligro de desvariar y fantasear sobre realidades que se nos escapan. En la cuestión de los ángeles, como en todas las realidades que por su propia definición trascienden nuestras posibilidades de conocimiento natural, lo mejor es siempre mantenernos en la confesión de fe sencilla y poética de la Biblia, sin pretender decir mucho más que lo que ella dice y atenernos también a lo que el Magisterio y la Tradición de la Iglesia nos dicen de ellos. Si no hacemos así, corremos el grave riesgo, como sucede en la actualidad, en el que la angeleología está gravemente contaminada por el gnosticismo acuariano de la Nueva Era, que nos presenta ángeles que no tienen a Jesucristo por Rey ni a la Virgen por Reina, ni nos conducen al camino de la salvación, que es Cristo.
No sabemos en realidad cómo existen y actúan los “ángeles custodios”, y si quisiéramos racionalizarlos teológicamente –es decir, reducirlos al nivel de nuestra razón-, terminaríamos en absurdos antropológicos; pero sí sabemos que Dios envía a sus ángeles para que nos acompañen en este mundo de soledad y dolor, como Rafael acompañó a Tobías. Igual que Rafael, los ángeles presentan a Dios las oraciones de los hombres, las introducen en el coro celestial. A la mirada materialista el hombre le parece “no más que un mono” –la nefasta teoría de Darwin, que afirma que el hombre proviene del mono, para contrarrestar, precisamente, la verdad bíblica de que el hombre ha sido creado por Dios-; sin embargo, Jesús nos advierte que cada hombre, incluso el más pequeño y desvalido, está ya mismo -no sólo cuando muera- ante el rostro de Dios, precisamente a través de su ángel: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10). El hombre aparece así, ya como ciudadano de la tierra y por eso desvalido, pero a la vez ya habitante de los cielos, pero cada uno tan valioso y amado personalmente por Dios, que Dios envía a estos espíritus celestiales para que custodien a su creatura amada de manera tal que, protegiéndolo de todo peligro que amenace su vida eterna, lo conduzcan a la feliz unión con Él en el Reino de los cielos.
Con la relación a la historia de su culto, dice así Butler[3]: “Desde los primeros tiempos de la Iglesia, se tributó honor litúrgico a los ángeles. El oficio de la dedicación de la iglesia de san Miguel Arcángel, en la Vía Salaria, y el más antiguo de los sacramentarios romanos, llamado “Leonino”, aluden indirectamente en las oraciones al oficio de guardianes que desempeñan los ángeles. Desde la época de Alcuino (muerto el año 804), existe una misa votiva “ad suffragia angelorum postulanda”, y el mismo Alcuino habla dos veces en su correspondencia de los ángeles guardianes. La misa votiva de los Ángeles solía celebrarse el lunes, como lo prueba el Misal de Westminster, compuesto alrededor del año 1375. En España la tradición dice que también cada una de las ciudades tiene su ángel guardián particular. Así, por ejemplo, un oficio del año 1411 hace alusión al ángel guardián de Valencia. Fuera de España, Francisco de Estaing, obispo de Rodez, obtuvo del Papa León X una bula en la que dicho Pontífice aprobaba un oficio especial para la conmemoración de los Ángeles de la Guarda el l de marzo. También en Inglaterra estaba muy extendida la devoción a los ángeles. El Papa Paulo V autorizó una misa y un oficio especiales, a instancias de Fernando II de Austria, y concedió la celebración de la fiesta de los Santos Ángeles en todo el imperio. Clemente X la extendió como fiesta de obligación a toda la Iglesia de Occidente en 1670, y fijó como fecha de la celebración, el primer día feriado después de la fiesta de San Miguel, lo que luego derivó en el 2 de octubre como fecha fija.
Al recordarlos en su día, no dejemos de dar gracias a Dios por haber puesto a estos seres espirituales, llenos de su amor y de su gracia, para nuestra custodia en esta vida terrena, tan llena de tribulaciones, de peligros, de acechanzas del Enemigo de las almas, que dificultan nuestro peregrinar, por el desierto del mundo, hasta la Jerusalén celestial. Pero precisamente, nuestros Ángeles de la Guarda están para sostenernos en las tribulaciones, para defendernos de las seducciones y perversiones del Ángel caído y, sobre todo, para ayudarnos a perseverar en la gracia y a crecer, cada día más, en el Amor al Rey de los Ángeles, Cristo Jesús, y a la Virgen, Reina de los Ángeles. Que nuestros Ángeles de la Guarda y que el Ángel Custodio de Argentina nos libren de nuestros enemigos, los ángeles caídos, para que así seamos capaces, algún día, por la Misericordia Divina, de llegar al Reino de los cielos, para alabar, amar y adorar, nosotros junto con nuestros Ángeles, a Dios Uno y Trino y al Cordero, por los siglos sin fin.



[2] Conf. III, 11.
[3] Cfr. Herbert Thurston, SI, Vidas de los santos de A. Butler

sábado, 30 de septiembre de 2017

San Jerónimo y su defensa de la virginidad consagrada por encima del matrimonio


         Vida de santidad.[1]

         Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia. También promovió la vida monástica. Más tarde se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén el año 420.

         Mensaje de santidad.

         Además de su traducción latina de la Biblia –afirmaba que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”-, San Jerónimo mantuvo una controversia con un hereje llamado Joviniano, quien afirmaba que prácticamente no había diferencias entre la virginidad consagrada y el matrimonio. A esta idea, se le opuso San Jerónimo en numerosas obras suyas.
         En una de ellas, dice así: “Me reprochan algunos que, en los libros que he escrito contra Joviniano, me he excedido tanto en el encomio de las vírgenes como en la difamación de las casadas, y dicen que ya es en cierto sentido condenar el matrimonio ensalzar tanto la virginidad que aparentemente no quede posibilidad de comparación entre la virgen y la casada. Por mi parte, si recuerdo bien la cuestión, el litigio contra Joviniano y nosotros está en que él equipara el matrimonio a la virginidad, y nosotros lo juzgamos inferior; él dice que la diferencia es poca o ninguna; nosotros decimos que es grande”[2]. En otro párrafo, condena a Joviniano por equiparar el matrimonio a la castidad perpetua:  “En suma, que si por voluntad del Señor y por intervención tuya [Joviniano] ha sido condenado, lo ha sido por haberse atrevido a comparar el matrimonio con la castidad perpetua. Porque si se tiene por una misma cosa a la virgen y a la casada, ¿cómo es que Roma no pudo oír el sacrilegio de su voz? Virgen viene de vir, no de partus. No hay nada intermedio: o se acepta mi sentencia, o la de Joviniano. Si se me reprocha que pongo el matrimonio por debajo de la virginidad, alábese al que los equipara; pero, si ha sido condenado el que tenía ambas cosas por iguales, su condenación es aprobación de mi obra”[3].
         En otro párrafo, San Jerónimo considera a la virginidad “como el oro, que es más precioso que la plata”: “No ignoramos “el honor del matrimonio y el lecho conyugal inmaculado” (Heb 13, 4). Hemos leído la primera recomendación de Dios: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gen 1,28); pero de tal manera aceptamos las nupcias, que les anteponemos la virginidad, que nace de las nupcias. ¿Acaso la plata no será plata porque el oro sea más precioso que la plata? ¿O es hacer agravio al árbol y a la mies porque a la raíz y a las hojas, el tallo y aristas, preferimos los frutos y el grano? Al igual que la fruta sale del árbol y el trigo de la paja, así del matrimonio sale la virginidad”[4].
         Si se hiciera una comparación en porcentajes con respecto a los frutos, para San Jerónimo, “el matrimonio representa el 30%, la viudez el 70% y la virginidad el 100%”: “El fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aun cuando nazca de una misma tierra y de una misma semilla, difiere mucho en cuanto al número. El treinta se refiere al matrimonio; pues el mismo modo de cruzar los dedos, que parece se abrazan y se juntan como en suave beso, representa al marido y a la esposa. El sesenta representa a las viudas, que se encuentran en angustia y tribulación, pues también ellas soportan el peso de un dedo superior; y cuanto mayor es la dificultad de abstenerse del atractivo de un placer en otro tiempo probado, tanto mayor será también el galardón. En cuanto al número cien —te ruego, lector, que pongas toda la atención—, no se cuenta con la izquierda, sino con la derecha: se hace un semicírculo con los mismos dedos —no con la misma mano— con los que en la izquierda se significan las casadas y viudas, y de esa forma se expresa la corona de la virginidad» (Jeronimo, Adv. Jov. I, 3)”[5].
Por último, San Jerónimo no condena el matrimonio quien lo llama “plata”, pero declara que la virginidad es “oro”: “Ahora te pregunto: ¿Condena el matrimonio quien así habla? Hemos llamado oro a la virginidad, plata al matrimonio. Hemos declarado que el fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aunque hay mucha diferencia en cuanto al número, se produce de la misma tierra y de la misma semilla. ¿Y habrá todavía algún lector tan malvado que no me juzgue por mis dichos, sino por su propio parecer? Y a decir verdad, he sido mucho más benigno para los matrimonios que casi todos los exegetas griegos y latinos, que refieren el ciento por uno a los mártires, el sesenta a las vírgenes y el treinta a las viudas. De esa forma, según su sentencia, los casados quedan excluidos de la buena tierra y de la semilla del padre de familias”[6].



[2] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2
[3] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2.
[4] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2.
[5] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2.
[6] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 3.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


         Los ángeles de Dios, entre los cuales la Iglesia celebra a tres de ellos, los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, se caracterizan por su amor a Dios y por su servicio a Dios. De hecho, en eso consistió la prueba a la que Dios los sometió, luego de crearlos como personas angélicas, es decir, como seres espirituales puros y libres. Dios los creó para que sus inteligencias angélicas se deleitaran en la Verdad divina, y para que sus voluntades vivieran en un acto de continuo amor a Dios. Es decir, un ángel cumple el objetivo para el que fue creado, tanto más, cuanto más conoce y ama a Dios. Su intelecto fue creado para contemplar la Verdad Increada que es Dios, y su voluntad fue creada para amar al Amor Increado, que es Dios. Es por eso que los ángeles que no se rebelaron, son inmensamente felices y lo serán por la eternidad, porque cumplen el fin para el que fueron creados. De igual manera sucede con el hombre, la otra creatura creada como persona inteligente y con capacidad de amar: el hombre fue creado para contemplar la Verdad de Dios y para amar al Amor de Dios, y como tanto la Verdad de Dios como el Amor de Dios se nos manifiestan en la Persona divina de Jesús, cuanto más contemplamos a Jesús en la Cruz y cuanto más lo amamos y adoramos en la Eucaristía, tanto más cumplimos el fin para el que fuimos creados.
         Al haber sido creados para Dios y por Dios, los ángeles no encuentran mayor gozo y alegría que en el cumplimiento de las órdenes de Dios y en el ser instrumentos para su obra divina. Esa es la razón por la cual los ángeles, en la Escritura, aparecen siempre secundando las órdenes divinas, órdenes todas que redundan en beneficio del hombre. Así, por ejemplo, San Miguel lucha en el cielo contra Lucifer; Gabriel anuncia a la Virgen que será Madre de Dios; Rafael bendice a los esposos.
Es importante tener en cuenta la actividad de los santos Arcángeles que están al servicio de Dios, porque esta actividad benéfica está contrarrestada por la actividad de los ángeles caídos, que obran de modo contrario a los ángeles de Dios: Lucifer pretende desplazar a Dios del corazón del hombre, y para eso envía a sus servidores, los ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, además de la magia, la brujería, la hechicería; Asmodeo, el demonio de la impureza, contrarresta el anuncio de Gabriel a la Inmaculada, y es así que, por medio de la ideología de género, de la promoción de la anti-natura en todas sus formas, la perversión de la niñez y de la juventud por medio del erotismo, a través de ritmos musicales indecentes e inmorales –entre otros, cumbia, rap, reggaetón, rock pesado-, pretende instaurar la impureza corporal desde la infancia, para apartar a niños y jóvenes de Dios, que es la Pureza Increada; también este mismo demonio, Asmodeo, ataca a las familias, contrariando la acción de Rafael, y la forma en que lo hace es seduciendo a los hombres para que acepten cualquier modelo de familia que no sea la familia querida por Dios, la familia natural, formada por el varón, la mujer y los hijos. Sin embargo, lo que persiguen las potencias infernales, es destruir la Iglesia Católica, la única y verdadera Iglesia de Dios, y para eso, buscan destruir el culto eucarístico, para borrar de la mente y el corazón de los bautizados el Santo Nombre de Jesús; además, combaten a la Virgen y promueven todo tipo de sectas peligrosas y de devociones paganas. Así como los arcángeles de luz buscan nuestra eterna salvación, así los ángeles caídos buscan nuestra eterna condenación y para que no los podamos reconocer, se disfrazan de ángeles de luz y adoptan el nombre de entidades oscuras, como Azrael, Uriel, etc.: son los ángeles de la Nueva Era, y son demonios y no ángeles de Dios, por lo que un católico nunca debe rendirles culto ni dirigirse a ellos en la oración.
“¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!”, grita San Miguel Arcángel, en los cielos, ante la primera mentira jamás pronunciada en los cielos, por parte de Lucifer: “¡Yo soy como Dios!”. De inmediato, comienza la lucha en los cielos, que finaliza con la expulsión, para siempre, de Lucifer y sus ángeles rebeldes, de la Presencia de Dios, porque nadie con un corazón perverso y maligno puede estar ante la Presencia de la Santísima Trinidad.
Esa batalla, librada en los cielos, continúa en la tierra, en donde el Demonio vaga y “ronda como un león, buscando a quien devorar”. Hoy, como nunca antes en la historia, los ángeles de la oscuridad están más activos que nunca, por medio de sus agentes, los brujos, los curanderos, los hechiceros, y por medio de sus servidores, los ídolos demoníacos paganos. Y también hoy, como nunca, los cristianos católicos parecen adormecidos en su religión, porque no solo no la practican, sino que muchos se pasan al bando de Lucifer y sus ángeles rebeldes, dando culto a estas entidades demoníacas,

Al recordar a los Santos Arcángeles de Dios, les pidamos que intercedan para que no solo no nos desviemos nunca de la verdadera y única religión, sino que, contemplando a Jesús en la Cruz y amándolo y adorándolo en la Eucaristía, nuestras mentes se iluminen con la Verdad Increada y nuestros corazones se enciendan en el Amor de Dios, cada día más, hasta que por la Misericordia Divina, lleguemos al feliz encuentro con el Cordero en la eternidad. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

San Vicente de Paúl, presbítero y fundador


Vida de santidad.

Nació en Aquitania el año 1581. Cursados los correspondientes estudios, fue ordenado sacerdote y ejerció de párroco en París. Fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y al servicio de los pobres, y también, con la ayuda de Santa Luisa de Marillac[1], la Congregación de Hijas de la Caridad. San Vicente veía en los pobres el rostro del Señor doliente[2]. Murió en París el año 1660[3].

Mensaje de santidad.

San Vicente de Paúl se caracterizó por toda clase de obras de misericordia, dirigidas ante todo hacia los prójimos más vulnerables, los pobres. Además de su propia vida de santidad, dedicada literalmente a los pobres, San Vicente nos dejó abundantes escritos con un contenido espiritual maravilloso, sumamente provechosos para el crecimiento del alma en el amor a Dios y al prójimo. Uno de sus escritos es el siguiente, y sobre el cual haremos una breve reflexión.
En este escrito[4], San Vicente de Paúl nos advierte que no nos debemos dejar llevar por las apariencias con respecto a los pobres, pues ellos, por lo general, son “rudos e incultos”, pero esto, lejos de disminuir su valor, lo acrecienta incalculablemente, porque para San Vicente, con su pobreza, imitan a Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Dios –es decir, infinitamente rico con la riqueza de su Ser divino trinitario-, se hizo pobre, es decir, asumió nuestra naturaleza humana, infinitamente más limitada que la naturaleza divina: “Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre”.
Es decir, para San Vicente, el pobre se asemeja a Nuestro Señor en la Encarnación, porque siendo infinitamente rico –era Dios- asumió nuestra naturaleza humana, sin dejar de ser Dios, lo cual equivale a que un hombre multimillonario se vista como un indigente. Todavía más, el pobre se asemeja a Cristo no solo en la Encarnación, sino también en la Pasión, porque allí Nuestro Redentor, así como un pobre, que siendo pobre pierde lo poco que tiene, quedando aún más pobre que al inicio, así Jesús, en la Pasión, siendo ya pobre al haber asumido nuestra naturaleza humana, se hizo más pobre aún al casi perder por completo -a causa de los golpes, las heridas y la Sangre Preciosísima que lo recubría de pies a cabeza-, su naturaleza humana: “Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”. El pobre se asemeja a Nuestro Señor en la predicación –“Me envió a evangelizar a los pobres”- y nos conduce a Jesús, porque así como Jesús cuidó de ellos “consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”, así debemos hacer nosotros, imitando a Jesús.
Para San Vicente de Paúl, el pobre es imagen de Cristo pobre, que en todo eligió la pobreza, identificándose incluso con los pobres, al punto de considerar como hecho a Él tanto el bien como el mal que a ellos se les hiciera: “Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres”.
Debemos amar a los pobres, porque Dios los ama y debemos amarlos, si queremos ser amados por Dios: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres”.
Antes de visitarlos, debemos implorar a Dios para que nos infunda “sentimientos de caridad y compasión”, para que nuestros corazones estén configurados al Corazón de Jesús, extra-colmado de estos sentimientos: “Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos. Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos”.
La oración es central y esencial en la vida del cristiano y ante todo del religioso, pero si debe dejar por un momento la oración para atender al pobre, no debe dudarlo un instante, porque en este caso, la atención al pobre no es desprecio a Dios, sino servicio a su hijo más amado: “El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos”.
No es que la oración deba ser dejada de lado por un absurdo activismo: permaneciendo la oración como eje central de la vida espiritual del cristiano –la caridad es la máxima norma del cristiano y la oración es expresión de la caridad o amor del alma hacia Dios-, lo que dice San Vicente es que, dado un caso puntual, en el que se deba dejar por un momento la oración para atender al pobre, no hay que dudarlo en hacerlo, porque así se presta servicio “al mismo Dios”: “Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores”. Esforcémonos, por lo tanto, según San Vicente de Paúl, en servir a los pobres, pero no de cualquier manera, sino “como a señores” que son, por ser representación del “Rey de reyes y Señor de señores” (cfr. Ap 19, 16), Cristo Dios. 










[2] Cfr. Vidas de los santos de A. Butler, Herbert Thurston, SI.
[3] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[4] Carta 2.546: Correspondance, entretiens, documents, París 1922-1925, 7. 

Santos Cosme y Damián, mártires


         Vida de santidad.

San Gregorio de Tours, que escribe acerca de ellos en De gloria martyrium, dice así: “Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, curaban milagrosamente las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes y la intervención de sus oraciones... Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque, si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer y luego que lo ejecutan, se encuentran curados. Sobre esto yo he oído referir muchas cosas que sería demasiado largo de contar, estimando que con lo dicho es suficiente”[1]. Según la tradición, San Cosme y San Damián son hermanos médicos y mártires, que ejercieron la medicina en Ciro, ciudad de Augusta Eufratense, sin pedir nunca recompensa y sanando a muchos con sus servicios gratuitos”[2].
A pesar de las referencias del martirologio y el breviario, parece más seguro que ambos hermanos fueron martirizados y están enterrados en Cyro, ciudad de Siria no lejos de Alepo. Teodoreto, que fue obispo de Cyro en el siglo V, hace alusión a la suntuosa basílica que ambos Santos poseían allí. En Edesa eran patronos de un hospital levantado en 457, y se decía que los dos Santos estaban enterrados en dos iglesias diferentes de esta ciudad monacal. Pero tal vez el más célebre de los santuarios orientales fuera el de Egea, en Cilicia, donde nació la tradición llamada “árabe”, relatada en dos pasiones, y es la que recogen los actuales libros litúrgicos. Estos Santos, que a lo largo del siglo V y VI habían conquistado el Oriente, también fueron conocidos en Occidente, lo cual se sabe, como ejemplo, por el testimonio ya referido de San Gregorio de Tours. Hay testimonios de su culto en Cagliari (Cerdeña); en Ravena hay mosaicos suyos del siglo VI y VII y el oracional visigótico de Verona los incluye en el calendario de santos que festejaba la Iglesia de España. Sin embargo, en donde gozaron de una popularidad excepcional fue en la propia Roma, llegando a tener dedicadas más de diez iglesias. El Papa Símaco (498-514) les consagró un oratorio en el Esquilino, que posteriormente se convirtió en abadía. Su culto se expandió de manera tan notable –favorecido por los numerosos milagros de sanación que los santos concedían a sus devotos- que, además de esta fecha del 27 de septiembre, se les asignó por obra del Papa Gregorio II la estación coincidente con el jueves de la tercera semana de Cuaresma, cuando ocurre la fecha exacta de la mitad de este tiempo de penitencia, lo que daba lugar a numerosa asistencia de fieles, que acudían a los celestiales médicos para implorar la salud de alma y cuerpo.
En lo que constituye un caso realmente insólito, el texto de la misa cuaresmal se refiere preferentemente a los dichos Santos, que son mencionados en la colecta, secreta y poscomunión, jugándose en los textos litúrgicos con la palabra salus en el introito y ofertorio y estando destinada la lectura evangélica a narrar la curación de la suegra de San Pedro y otras muchas curaciones milagrosas que obró el Señor en Cafarnaúm aquel mismo día, así como la liberación de muchos posesos. Esta escena de compasión era como un reflejo de la que se repetía en Roma, en el santuario de los anárgiros[3], con los prodigios que realizaban entre los enfermos que se encomendaban a ellos.

         Mensaje de santidad.

Ante la constatación de los milagros que obraban estos santos -la gran mayoría, extraordinarios, como el que ilustra la imagen, en el que repusieron una pierna amputada a un hombre, tomando la pierna que serviría de reemplazo de un cadáver-, alguien prodría preguntarse: ¿Por qué hoy estos Santos gloriosos no obran las maravillas de las antiguas edades? Sin embargo, la pregunta debería ser otra: ¿Por qué hoy no nos encomendamos a ellos con la misma fe, con esa fe que arranca los milagros? O también: ¿por qué extraño fenómeno –siniestro fenómenos- cientos de miles de católicos se aferran a ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte –esto en Argentina, porque en México, los equivalentes serían Jesús Malverde, el Niño Fidencio, la Santa Muerte y muchos otros más-, en una clara y abierta muestra de superstición y apostasía, en vez de acudir a los santos católicos, esto es, a los santos canonizados por la Iglesia Católica? Todavía más, ¿por qué estos mismos católicos atribuyen a estos demonios, cosas buenas que sólo Dios, infinitamente bueno, puede dar? Porque los demonios y sus servidores solo males y desgracias pueden traer, y sin embargo, estos supersticiosos, blasfemos y apóstatas, no contentos con abandonar a Dios Trino y sus santos, atribuyen maliciosa y sacrílegamente toda clase de dones y cosas buenas que solo Dios puede conceder, a través de sus santos, a los ídolos demoníacos mencionados, agregando así ultraje sobre ultraje.
¡Cuánto contrasta la vida de santidad de los mártires Cosme y Damián, con nuestra sombría época! Por parte de ellos, merecieron el calificativo de “anárgiros”, es decir, “despreciadores del dinero”, pues nunca cobraron por sus atenciones médicas, y en esto se diferencian de miles de –en el mejor de los casos- embusteros y charlatanes que, por las prácticas esotéricas y por eso mismo diabólicas de la Nueva Era, llegan a cobrar sumas astronómicas, no por curar, porque no pueden curar, sino por dar falsas expectativas de sanación a quienes acuden a ellos. Por parte de los que acuden a estos falsos curanderos, también hay una gran diferencia con los devotos de los Santos Cosme y Damián, porque quienes acuden a ellos, lo hacen en su calidad de santos, esto es, de seres humanos que, por la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio de su vida en la cruz, obtienen para sus devotos la verdadera curación de enfermedades, al tiempo que consiguen para sus devotos algo infinitamente más valioso que la salud corporal, y es la conversión del alma al Redentor de los hombres, Jesús de Nazareth. En nuestros días, se puede constatar cómo cientos de miles, e incluso hasta millones, de hombres y mujeres atribulados por alguna enfermedad o por alguna situación existencial, no acuden ya a los santos del Señor Jesús, los santos canonizados por la Iglesia Católica, sino que se dirigen supersticiosamente, de modo impío y blasfemo, a servidores del Demonio, como el Gauchito Gil o la Difunta Correa, o incluso hasta al mismo Demonio, oculto en ese ídolo demoníaco que es “San La Muerte” o “Santa Muerte”, para pedirles favores, y atribuyéndoles de un modo impío y sacrílego favores, cuando estos demonios nada bueno pueden conceder. Sombríos tiempos los nuestros, al inicio del siglo XXI, en el que los santos de Dios, como San Cosme y San Damián, que verdaderamente podrían obtener no solo la gracia de la curación de las enfermedades, sino además gracias inimaginables de parte del Único y Verdadero Dios, Uno y Trino, son dejados de lado por ídolos demoníacos como los mencionados Gauchito Gil, Difunta Correa, San La Muerte, el Niño Fidencio, los cultos esotéricos, y cuanto vómito del Infierno anda circulando por ahí. Esto demuestra que nuestros tiempos son “la hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), aunque también demuestra que está más cerca el regreso en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, porque cuando más oscura es la noche, más cerca está el amanecer.




[2] Cfr. ibidem.
[3] Se denominan “santos anárgiros” (en griego, Άγιοι Ανάργυροι, Ágioi Anárgiroi) a los santos católicos que no aceptan el pago por sus buenas obras. Se trata de médicos cristianos o santos con el don de la sanación, que en oposición directa a la práctica médica de la época, no aceptaban el pago por sus consultas. El término “anárgiro” deriva de “ana” (que no recibe, no acepta) y “árgiros” (en latín, argentum, “plata”). De su combinación resulta el significado “que no aceptan la plata”, o también “los despreciadores del dinero”. Además de Cosme y Damián, algunos otros santos anárgiros son: Zenaida y Filonela; San Trifón; Taleleo el Anárgiro1​; Ciro y Juan; San Pantaleón; Blas de Sebaste; Sansón de Constantinopla; Lucas de Simferópol. Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Santos_an%C3%A1rgiros

jueves, 21 de septiembre de 2017

San Mateo, apóstol y evangelista


Vida de santidad.

La Iglesia celebra la Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista, llamado antes Levi, que, al ser invitado por Jesús para seguirle, dejó su oficio de publicano o recaudador de impuestos y, elegido entre los apóstoles, escribió un evangelio en el que se proclama principalmente que Jesucristo es hijo de David, hijo de Abrahám, con lo que de este modo, se da plenitud al Antiguo Testamento[1].
Para su biografía, nos servimos a continuación el artículo del Butler-Guinea[2], con apenas cambios en relación al “martirio” de san Mateo.
“Dos de los cuatro Evangelistas dan a San Mateo el nombre de Leví, mientras que San Marcos lo llama "hijo de Alfeo". Posiblemente, Leví era su nombre original y se le dio o adoptó él mismo el de Mateo ("el don de Yavé"), cuando se convirtió en uno de los seguidores de Jesús. Pero Alfeo, su padre, no fue el judío del mismo nombre que tuvo como hijo a Santiago el Menor. Se tiene entendido que era galileo por nacimiento y se sabe con certeza que su profesión era la de publicano, o recolector de impuestos para los romanos, un oficio que consideraban infamante los judíos, especialmente los de la secta de los fariseos y, a decir verdad, ninguno que perteneciera al sojuzgado pueblo de Israel, ni aún los galileos, los veían con buenos ojos y nadie perdía la ocasión de despreciar o engañar a un publicano. Los judíos los aborrecían hasta el extremo de rehusar una alianza matrimonial con alguna familia que contase a un publicano entre sus miembros, los excluían de la comunión en el culto religioso y los mantenían aparte en todos los asuntos de la sociedad civil y del comercio. Pero no hay la menor duda de que Mateo era un judío y, a la vez, un publicano.
La historia del llamado a Mateo se relata en su propio Evangelio. Jesús acababa de dejar confundidos a algunos de los escribas al devolver el movimiento a un paralítico y, cuando se alejaba del lugar del milagro, vio al despreciado publicano en su caseta. Jesús se detuvo un instante «y le dijo: 'Sígueme', y él se levantó y le siguió.» En un momento, Mateo dejó todos sus intereses y sus relaciones para convertirse en discípulo del Señor y entregarse a un comercio espiritual. Es imposible suponer que, antes de aquel llamado, no hubiese conocido al Salvador o su doctrina, sobre todo si tenemos en cuenta que la caseta de cobros de Mateo se hallaba en Cafarnaum, donde Jesús residió durante algún tiempo, predicó y obró muchos milagros; por todo esto, se puede pensar que el publicano estaba ya preparado en cierta manera para recibir la impresión que el llamado le produjo. San Jerónimo dice que una cierta luminosidad y el aire majestuoso en el porte de nuestro divino Redentor le llegaron al alma y le atrajeron con fuerza. Pero la gran causa de su conversión fue, como observa san Beda, que «Aquél que le llamó exteriormente por Su palabra, le impulsó interiormente al mismo tiempo por el poder invisible de Su gracia.»
El llamado a san Mateo ocurrió en el segundo año del ministerio público de Jesucristo, y éste le adoptó en seguida en la santa familia de los Apóstoles, los jefes espirituales de su Iglesia. Debe hacerse notar que, mientras los otros evangelistas, cuando describen a los apóstoles por pares colocan a Mateo antes que a Tomás, él mismo se coloca después del apóstol y además agrega a su nombre el epíteto de «el publicano». Desde el momento del llamado, siguió al Señor hasta el término de su vida terrenal y, sin duda, escribió su Evangelio o breve historia de nuestro bendito Redentor, a pedido de los judíos convertidos, en la lengua aramea que ellos hablaban. No se sabe que Jesucristo hubiese encargado a alguno de sus discípulos que escribiese su historia o los pormenores de su doctrina, pero es un hecho que, por inspiración especial del Espíritu Santo, cada uno de los cuatro evangelistas emprendió la tarea de escribir uno de los cuatro Evangelios que constituyen la parte más excelente de las Sagradas Escrituras, puesto que en ellos Cristo nos enseña, no por intermedio de sus profetas, sino directamente, por boca propia, la gran lección de fe y de vida eterna que fue su predicación y el prototipo perfecto de santidad que fue su vida.
Se dice que san Mateo, tras de haber recogido una abundante cosecha de almas en Judea, se fue a predicar la doctrina de Cristo en las naciones de Oriente, pero nada cierto se sabe sobre ese período de su existencia. La iglesia le veneraba también como mártir, no obstante que la fecha, el lugar y las circunstancias de su muerte, se desconocen, motivo por el cual en la última reforma de Martirologio ya no se menciona su martirio[3]. Los padres de la Iglesia quisieron encontrar las figuras simbólicas de los cuatro evangelistas en los cuatro animales mencionados por Ezequiel y en el Apocalipsis de san Juan. Al propio san Juan lo representa el águila que, en las primeras líneas de su Evangelio, se eleva a las alturas para contemplar el panorama de la eterna generación del Verbo. El toro le corresponde a san Lucas que inicia su Evangelio con la mención del sacrificio del sacerdocio. El león es el símbolo de san Mateo, quien explica la dignidad real de Cristo, descendiente de David (el León de Judá); sin embargo, san Jerónimo y san Agustín, asignan el león a san Marcos y el hombre a san Mateo, ya que éste comienza su Evangelio con la humana genealogía de Jesucristo.

         Mensaje de santidad.

Uno de sus principales mensajes de santidad es el “dejarlo todo”, literalmente hablando, para seguir a Jesucristo, para secundar el llamado del Hombre-Dios de dedicarse a la salvación de las almas y la propagación del Santo Evangelio. Como se constata en las Escrituras, San Mateo deja un empleo lucrativo -el de recaudador de impuestos- para seguir a Cristo, prefiriendo de esta manera quedarse sin empleo –hablando mundanamente- para ponerse a trabajar al Servicio de Dios y así ganar almas para el Cielo.
Sobre esta actitud de San Mateo, dicen así los Santos Padres, como el Pseudo-Jerónimo: “Así es como Leví, que quiere decir vinculado, dejando los negocios temporales, sigue al Verbo, que dice: “El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33).
La actitud de San Mateo contrasta con la de las ideologías anti-cristianas, como el comunismo y el marxismo, que roban los bienes a Dios -usurpan las Iglesias y se apoderan de las almas con el falso ateísmo-; Mateo, por el contrario, al dejar todo lo que tiene, pone sus propios bienes al servicio de Dios.
En la Glosa de la Catena Aurea se dice así: “Mateo, con el objeto de mostrar dignamente su agradecimiento por el bien divino que había recibido, preparó en su casa un gran agasajo a Cristo y ofreció de este modo sus bienes temporales a Aquél de quien esperaba los de la eternidad. Esto es lo que significa: “Y sucedió, sentándose Él en la casa”.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30, 2: “Mateo, al verse tan honrado con la venida de Jesús a su casa, convida a todos los publicanos de su misma profesión. Y esto es lo que quieren decir las palabras: “He aquí que muchos publicanos”, etc.”.
Otro mensaje de santidad de San Mateo radica en el afirmar la genealogía humana de Jesús –puesto que así comienza su Evangelio-, una genealogía que es santa y no pagana, y esto, tanto desde el punto de vista humano, como divino.
La genealogía de Jesús, esto es, la procedencia de su “sangre”, su ascendencia, es santa, y su propia sangre, la sangre que corre por su cuerpo, es santa, en virtud de la unión de la Persona Segunda de la Trinidad con la Humanidad de Jesús de Nazareth, tal como lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica:
“479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana.
480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.
481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.
482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero Hombre, tiene una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo.
483 La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo.
IV. Cómo es hombre el Hijo de Dios
470 Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella proviene de "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10)”.
La Sangre de Jesús es de origen divino, si lo consideramos desde la biología, puesto que cada ser humano desde que se forma tiene su propia Sangre distinta a la de la Madre. Por eso mismo podemos afirmar, tanto desde el punto de vista teológico –asunción de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en la Persona divina del Verbo de Dios-, como desde el punto de vista biológico, que por las venas de Jesús  corre Sangre Divina.
Basándonos en la moderna Embriología, sabemos, por los estudios científicos sobre el feto, que éste tiene su propia sangre, sangre fetal que es diferente y distinta a la Sangre Materna (por esta razón se pueden  presentar los raros casos de  incompatibilidad sanguínea materno-fetal)[4]. Con respecto a esto, debemos recordar también que “la  Iglesia respaldada por la ciencia sostiene que la vida del nuevo ser humano comienza en el mismo momento de la concepción antes de que el nuevo ser humano vivo se implante en el útero  de su madre donde tendrá por así decirlo un hogar donde crecer, alimentarse y desarrollarse. La fecundación in vitro ha demostrado que un bebé creado en una probeta ya está vivo y solamente necesita implantarse  en el útero de una mujer  para que se alimente, crezca y se desarrolle completamente el nuevo ser, incluso en animales se han hecho experimentos (que no son éticos en los seres humanos y que son rechazados por la Iglesia), en los que han fabricado artificialmente las condiciones necesarias del útero para que esos animales creados artificialmente crezcan y se desarrollen fuera del útero, en úteros artificiales”[5].
Estas consideraciones biológicas son necesarias, a fin de mantener firme la condición divina de Jesús –y, por lo tanto, la veracidad de la afirmación de que por sus venas y arterias corre sangre divina- y la condición de la Virgen como Virgen Inmaculada y Madre de Dios al mismo tiempo: la inmaculada Virgen María es Arca de la Nueva Alianza donde el Verbo de Dios se hizo Carne por obra del Espíritu Santo (Cfr. Jn 1:14): “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen”.
En la Primera Parte de la profesión de la Fe católica se dice así:
“456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre” (DS 150).
469 La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero Hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor: Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit (“Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo que no era”), canta la liturgia romana (Solemnidad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Antífona al “Benedictus”; cfr. san León Magno, Sermones 21, 2-3: PL 54, 192). Y la liturgia de san Juan Crisóstomo proclama y canta: “¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!” (Oficio Bizantino de las Horas, Himno O' Monogenés).
479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana”.
La Encarnación del Verbo de Dios y la asunción de la naturaleza humana de Jesús, destaca por el Evangelista Mateo, es una verdad de fe y forma parte de los dogmas marianos y es el centro de nuestra Fe católica, pues de ese dogma se derivan otras verdades medulares de nuestra Fe, como la Santa Eucaristía, que es prolongación de la Encarnación en el altar. La negación de estas verdades, es descripta como la señal del anticristo (cfr. 1 Jn 4, 2). Al respecto, dice San Agustín: “Todos los errores de los herejes acerca de Jesucristo pueden reducirse a tres clases: los concernientes a su divinidad, a su humanidad, o a ambas a la vez” (Quaestiones evangeliorum, 5,45)”. Y en la Escritura: “Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Anatema es Jesús!”; y nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo”[6].
De ahí la importancia de la genealogía humana del Verbo de Dios narrada por el Evangelio de San Mateo. Al recordarlo en su día, pidamos la gracia de dejar las ocupaciones temporales, para ponernos al servicio de Dios y, al igual que San Mateo, que abrió su casa para recibir a Jesús y puso a su servicio todos sus bienes, así nosotros preparemos nuestra casa espiritual, es decir, nuestra alma, embelleciéndola y santificándola por la gracia, para que entre en nuestros corazones Jesús Eucaristía.

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[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170921&id=376&fd=1
[2] Cfr. A. Butler, Herbert Thurston, SI, Vidas de los santos.

[3] El relato sobre San Mateo que figura en el Acta Sanctorum, Sept. vol. VI, se halla muy mezclado con las discusiones en relación con sus supuestas reliquias y sus traslaciones a Salerno y otros lugares. Puede hacerse un juicio sobre la poca confianza que se puede poner en esas tradiciones, si se tiene en cuenta el hecho de que cuatro diferentes iglesias de Francia han asegurado poseer la cabeza del apóstol. M. Bonnet publicó una extensa narración apócrifa sobre la predicación y el martirio de san Mateo, en Acta Apostolorum apocrypha (1898), vol. II, parte I, pp. 217-262 y hay otro relato, mucho más corto, de los bolandistas. El Martirologio Romano se refiere a su martirio y dice que tuvo lugar en “Etiopía”, pero en el Hieronymianum se afirma que fue martirizado “en Persia, en la ciudad de Tarrium”. De acuerdo con von Gutschmidt, esta declaración se debe a un error de lectura del nombre de Tarsuana, ciudad que Ptolomeo sitúa en Caramania, región de la costa oriental del Golfo Pérsico. A diferencia de la gran diversidad de fechas que se asignan a los demás apóstoles, la fiesta de san Mateo se ha observado en este día, de manera uniforme de todo el Occidente. Ya en los tiempos de Beda existía una homilía escrita por él y dedicada a esta fiesta de san Mateo: véase el artículo de Morin en la Revue Bénédictine, vol. IX (1892), p. 325. Sobre los símbolos del evangelista ver DAC., vol. V, cc. 845-852.
[4] Cfr. David Talens Perales, Doctor en Biotecnología por la Universitat de Valencia: “Los intercambios fetal materno se verifican sin que las dos sangres se mezclen. Alrededor del día 7 , mientras la masa celular interna empieza a sufrir los movimientos celulares, formación del surco primitivo, etc.. Las células del trofoblasto sufren una serie de cambios. Las células trofoblásticas van a dar lugar a una capa denominada citotrofoblasto, mientras que otra parte de las células trofoblásticas dan lugar a un tipo celular multinucleado llamado sincitiotrofoblasto (citoplasma con múltiples núcleos) que prolifera abriéndose paso a través del endometrio, primero se adhiere y posteriormente mediante enzimas proteolíticos van ingresando en el interior de la mucosa uterina permitiendo remodelar los vasos sanguíneos de  ésta, recordemos que es un 20070417klpcnavid_209.Ees.SCO.pngtejido muy vascularizado. El útero a su vez, estimulado por el sincitiotrofoblasto, hace que los vasos sanguíneos proliferen en esta zona donde finalmente contactan con el sincitiotrofoblasto. Al mismo tiempo las células del mesodermo extraembrionario del embrión van a dar lugar a los vasos sanguíneos que partirán desde el sincitiotrofoblasto hacia el feto a través del futuro cordón umbilical. Todo este sistema de vasos maternos, embrionales, sincitiotrofoblasto…va a dar lugar al órgano maduro llamado corion que se fusiona con la pared uterina para dar lugar a la placenta. Por tanto en ningún momento hay intercambio de sangre entre la madre y el embrión, el corion va a ser la superficie de intercambio, tanto de gases como de nutrientes y esa es una de las razones por la cuál durante la etapa fetal los glóbulos rojos del embrión poseen un tipo diferente de subunidad en la hemoglobina, la subunidad gamma, con mucha más afinidad por el oxígeno, facilitando así la captación del oxígeno que le llega a través de la sangre de la madre. Al mismo tiempo este sistema va a permitir que el feto pueda deshacerse de ciertas sustancias de desecho, mayoritariamente el dióxido de carbono. Como habéis visto, este complejo sistema de intercambio madre e hijo esta sustentado tanto por tejidos embrionarios como por tejidos maternos, y su formación depende de órdenes que mutuamente se dan entre los dos sistemas para constituir la arquitectura definitiva. La Placenta tiene una Función de barrera: La barrera placentaria está compuesta por estructuras que separan la sangre materna de la fetal y su composición varía a lo largo del curso del embarazo. La barrera placentaria no puede ser atravesada por moléculas grandes, ni por tanto, por células sanguíneas, pero sí puede ser atravesada por algunos tipos de anticuerpos (los IgG), por lo que el feto queda inmunizado frente a aquellos antígenos para los que reciba anticuerpos de la madre. Muchos microorganismos no son capaces de atravesar la placenta, por lo que el feto está protegido durante una época en la que su sistema inmune no está maduro. Sin embargo, la mayoría de los virus sí son capaces de atravesar o romper esta barrera. La bacteria que transmite la sífilis, Treponema pallidum, puede cruzar la barrera placentaria a partir del quinto mes, causando un aborto espontáneo o enfermedades congénitas. Circulación placentaria La circulación placentaria trae en cercana proximidad a dos sistemas circulatorios independientes, la materna y la fetal. De hecho, precisamente estas evidencias científicas tumban  los argumentos abortistas que erróneamente consideran al feto como parte del cuerpo de la madre. Cada célula del cuerpo del no nacido es genéticamente distinta de cada célula del cuerpo de la madre. El Bebé tiene su propia sangre  distinta a la de la Sangre de la madre.
[5] http://www.corazones.org/moral/vida/vida_comienzo.htm
[6] 1 Cor 12, 3.