San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 30 de diciembre de 2011

En la Familia de Nazareth, todo lo humano se diviniza. A ejemplo suyo, que nuestras familias se divinicen por la gracia



      María, Jesús, José. La Sagrada Familia de Nazareth. Una madre, un Hijo, un padre. Al parecer, una familia como tantas otras, pero a la cual la Iglesia propone para la contemplación e incluso para la imitación en sus virtudes, tal como lo dice en el Misal Romano, en la Fiesta de la Sagrada Familia: “Dios, que nos haces contemplar a la Familia de Nazareth, haz que podamos imitar sus virtudes”[1].
Las virtudes a imitar de la Familia de Nazareth son innumerables: María es una madre que cuida con todo amor a su Hijo Jesús, y así es ejemplo para toda madre con respecto a sus  hijos. ¿Cuántas madres no abandonan a sus hijos a su propia suerte, y los dejan vagar por el mundo, a la deriva, sin preocupare por ellos? Está comprobado que un gran porcentaje de la criminalidad se origina por no encontrar los hijos en los padres el cariño, el cuidado, el amor y el respeto que les deben los padres, y en primer lugar las madres, a sus hijos.
En este sentido, María Santísima es ejemplo insuperable de dedicación y amor a su Hijo Jesús: no lo abandona en ningún momento, no duda en abandonar su hogar y huir a tierras lejanas, a Egipto, para salvar la vida de su Hijo, amenazada por Herodes; María cuida de Él con el amor solícito de madre, desde el preparar la merienda, algo sencillo y simple -así como una madre amasa el pan y prepara la merienda para sus hijos, con leche, pan y miel, así hace María con su Hijo Jesús, que en el misterio es Niño y es Dios al mismo tiempo, y necesita de la merienda de María, hecha de panes caseros y de miel, servidos con el amor infinito de la Madre de Dios-, hasta ser capaz del sacrificio más extremo, doloroso y duro, como el ofrecer a su Hijo Jesús en la cruz, para la salvación del mundo. María es ejemplo de amor insuperable de una madre hacia sus hijos, tanto en las cosas sencillas y simples de todos los días, como en los acontecimientos más dolorosos, como es la muerte de un hijo. No hay dolor más grande para una mujer como el dolor de la pérdida de un hijo, y en esto María es ejemplo insuperable. María es ejemplo en el amor y en el dolor: es ejemplo para las madres que aman a sus hijos, y es ejemplo para las madres que han perdido a sus hijos, porque su Hijo murió en la cruz, y el dolor de esta pérdida la sufrió María en su corazón, para consolar a todas las madres del mundo que pierden a sus hijos.
Jesús es ejemplo de amor, de obediencia, de sumisión filial y piadosa hacia los padres, es decir, es ejemplo de una sumisión no provocada por el temor, sino por el respeto y el amor piadoso, que es el amor de hijo y no amor de esclavo o de extraño en su propia casa. ¿Cuántos hijos tienen padres excelentes en todo sentido, y no saben aprovechar ese don que Dios les concede, faltándoles en todo, desde el levantar la voz hasta el abandonarlos en sus necesidades?
José es ejemplo de amor casto y puro hacia María y, si bien amó a María con un amor de hermano, puramente fraternal, pues era esposo suyo pero fue siempre Virgen, es por este amor casto que profesó a María, ejemplo de amor virtuoso –casto, puro, fiel- de todo esposo hacia su esposa. ¿Cuántos esposos, en la dura lucha cotidiana, no saldrían triunfantes de sus luchas, si tuvieran en José, que ama a María con amor casto, el patrón y protector?
La Iglesia nos pide entonces que contemplemos a la Sagrada Familia como modelo de toda virtud, pero podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el motivo por el cual la Iglesia nos propone contemplar a esta Familia de Nazareth?
            ¿No podrían haber otras familias, igualmente santas y buenas para contemplar e imitar? ¿Por qué la Familia de Nazaret?
El motivo es que no es una familia más, porque la Familia de Nazaret esconde un misterio insondable, incomprensible, el misterio absoluto de Dios Uno y Trino que se revela en ella y por ella.
El motivo es que en esta familia todo es santo: la Madre Virgen, el Hijo Dios, el padre virgen. La Madre es María Santísima, la Madre de Dios; el Hijo es Dios Hijo, Fuente Increada de la santidad; el padre es un padre adoptivo, casto y santo.
            No es una familia más, porque toda la Familia contiene y refleja la santidad, la pureza y la perfección del Ser divino; es como si Dios Uno y Trino quisiera manifestarse visiblemente a través de esta Familia de Nazareth. Es lo que se deduce de las palabras de Juan Pablo II al referirse a la Sagrada Familia: “María, Jesús, José; he aquí la Trinidad terrena entre nosotros”. Juan Pablo II llama a la Sagrada Familia “Trinidad terrena”, pero no en un sentido figurado, sino porque realmente Dios Uno y Trino se manifiesta en y a través de esta Familia de Nazareth, de diversos modos: en María, inhabita la Persona del Espíritu Santo; el Niño Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo; José es hecho partícipe por Dios Padre de su paternidad, concediéndole la gracia de una paternidad, casta, pura y santa, una paternidad adoptiva y espiritual de su Hijo eterno encarnado.
            Es decir, la Familia de Nazareth es santa porque Dios Uno y Trino, Fuente de la santidad y la santidad en sí misma, vive y se refleja en y a través de la Familia de Nazareth.
            Esta familia está compuesta por seres humanos como María y José, y por el Niño Dios, Jesús, y por esto la Sagrada Familia de Nazareth parece una más entre otras: una Madre, un padre, un Hijo; pero no es una familia más, porque en esta Familia todo lo humano se diviniza y al mismo tiempo se convierte en irradiación de lo divino: María es la Madre de Dios; su humanidad casta y pura se diviniza por la inhabitación del Espíritu Santo, que la convierte en la Madre de Dios, y la Presencia de su Hijo en Ella hace de María el primer cáliz de la Redención; Jesús es el Niño Dios, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios; su Humanidad santísima se vuelve Tabernáculo de Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, que asume la Humanidad de Jesús en el seno virgen de María; José es el padre virgen , casto y puro, que ama con amor santo, puro y fraternal, a María, y con amor santo y puro a su Hijo adoptivo, que es Dios Hijo; José es el padre santo y adoptivo del Hijo eterno de Dios Padre.
            Todo lo humano en la Familia de Nazareth se diviniza, porque se une a lo divino: el Espíritu Santo inhabita en María; la Segunda Persona de la Trinidad asume la Naturaleza humana del Niño de Belén, Jesús; la gracia, que proviene del Padre Eterno, llena el alma del padre adoptivo José, comunicándole la gracia de la paternidad.
            En la Familia de Nazareth todo se vuelve santo al contacto con lo divino, pero también irradia lo divino y santo: del seno purísimo de María surge, como el rayo de sol atraviesa el cristal límpido, el Hijo eterno del Padre; Jesús, Niño Dios, Segunda Persona de la Trinidad, es la Fuente Increada de la Ggacia divina; José, padre virgen y adoptivo, es el modelo a imitar para todo padre que desee ser santo.
            Porque todo lo humano se diviniza y se vuelve irradiación de la gracia divina, la Familia de Nazareth es la primera Iglesia, la Iglesia doméstica: María es figura de la Iglesia y primer Tabernáculo y primer cáliz de Dios Hijo encarnado; Jesús es el Pan de Vida eterna, que surge del seno de María así como surge del seno virgen de la Iglesia el Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía; José, que es el padre virgen, que ama con amor fraterno, con amor de hermano, a María, y con amor de padre a su Hijo adoptivo Jesús, es el modelo de todo sacerdote y de todo amor sacerdotal para todo sacerdote de la Iglesia que desee ser santo.
            La Sagrada Familia es la Primera Iglesia, la Iglesia doméstica, y germen y embrión de la Iglesia Universal: María y José donan a su Hijo Jesús como Pan bajado del cielo y como Cordero del sacrificio, que se inmola en la cruz para la salvación del mundo; la Iglesia, como María, y el sacerdocio ministerial, como José, donan a Jesús Eucaristía como Pan bajado del cielo y como Cordero del sacrificio que se inmola sacramentalmente en el altar eucarístico.
            Porque dona a su Hijo, Fuente Increada de la Gracia Increada, la Sagrada Familia es la Fuente de la santidad para toda familia humana y para toda la Iglesia, Familia de las familias de Dios.
            Porque la Sagrada Familia es fuente de santidad para toda familia, es que la Iglesia nos la presenta no solo para que la contemplemos y para que imitemos sus virtudes, sino para que la santidad de Dios Uno y Trino que brota de esta Familia de Nazareth inunde todas y cada una de las familias humanas.


[1] Cfr. Misal Romano, Fiesta de la Sagrada Familia, Oración colecta.

lunes, 19 de diciembre de 2011

¿Cómo prepararnos para la Navidad?




Como lo hacían los santos, por ejemplo, Antonieta Meo, una niña que murió a los siete años luego de sufrir la amputación de una pierna a causa de un tumor maligno.



Antonieta recibió la Primera Comunión el 24 de diciembre de 1936, el año antes de su muerte, y en los días previos a la Navidad, su pensamiento fijo y su deseo único era recibir a Jesús en la Eucaristía.




En sus cartas a Jesús, escritas por su madre, Antonieta no pedía regalos materiales -hoy a los niños se los adiestra con la idea de que Navidad es abrir regalos-, ni ser curada de su grave enfermedad -a diferencia de muchos que reniegan de su Cruz-; tampoco se encuentran, en todas sus cartas, ni una sola queja o reproche por la difícil situación por la que está pasando.



Antonieta sólo deseaba recibir a Jesús Eucaristía para Navidad, y para ello disponía su corazón y lo preparaba con la Confesión sacramental y con frecuentes sacrificios, ofreciendo en silencio los intensos dolores provocados por su enfermedad.



Además, como parte de su preparación para Nochebuena, Antonieta agradece en numerosas oportunidades a la Santísima Trinidad por el don de la Navidad.



Son los santos, como Antonieta Meo, fallecida a los siete años de edad, los que nos enseñan a prepararnos y a vivir una Navidad cristiana.



Debemos seguir sus ejemplos pues de lo contrario, podemos caer, con mucha facilidad, en los engaños del mundo, que nos quiere hacer creer en una Navidad sin Jesús, sin la Virgen, sin el Amor de Dios; una Navidad pagana, materialista, consumista, hedonista, radicalmente falsa, en la que el personaje central es Papá Noel, un invento de la fantasía humana, y en la que lo único que importa es la diversión mundana.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Isaías y el Adviento



El clima espiritual del Adviento está contenido en la expresión del profeta Isaías: “Si rasgaras los cielos y descendieras” (63, 19). En esta frase, el profeta suspira por la llegada del Mesías, el cual pondrá fin a la rebelión de Israel, que a pesar de haber sido elegida por Yahveh, se ha desviado de sus caminos y se ha rebelado, y ya no escucha ni obedece más a su voz: “Somos desde antiguo gente a la que no gobiernas” (63, 19 a).

Isaías ve con claridad que sin Dios, no solo Israel, sino también toda la tierra yace en oscuridad: “Mira cómo la oscuridad cubre la tierra”, oscuridad que es ante todo espiritual, porque es la oscuridad del pecado que ensombrece al hombre y le quita la vida divina. Es la oscuridad de la que habla Zacarías en su cántico: el Mesías ha de venir para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”.

Cuando llegue el Mesías, puesto que Él es luz, que habita en la luz inaccesible, derrotará para siempre a las tinieblas que oscurecen el corazón del hombre, y hará resplandecer su rostro sobre ellos, concediéndoles el perdón de sus pecados, olvidándose para siempre de sus iniquidades.

Cuando llegue el Mesías, los hombres serán iluminados no con la luz del sol, sino con la luz eterna de Dios: “No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto” (Is 60, 19-20).

Cuando llegue el Mesías, los que están aprisionados por las pasiones, los que lloran por no poder librarse del pecado, se alegrarán con un gozo y una alegría que no terminará jamás: “El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la liberación a los cautivos, para consolar a todos los que lloran, para darles gozo en vez de luto. (…) Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios” (cfr. Is 61, 1-10).

La liberación de los cautivos, el consuelo a los que lloran, el gozo en vez de luto, inicia ya aquí en la tierra, cuando el Mesías, a través del sacerdote ministerial, perdona los pecados del corazón del hombre, diciéndole: “Tus pecados te son perdonados”.

Así el alma inicia, ya desde la tierra, la vida de la gracia, el anticipo de la feliz eternidad en los cielos.

Para esto viene el Mesías, al cual esperamos en Adviento.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Como San Andrés, todo cristiano está llamado a dejar las cosas del mundo para entrar en la eternidad



En el momento de recibir el llamado de Jesús, San Andrés se encuentra, junto a su hermano Simón, dedicado a sus tareas cotidianas de pescador (cfr. Mt 4, 18-22). El llamado de Jesús a su seguimiento supone para San Andrés –y para todo aquel que es llamado por Jesús, sea al sacerdocio ministerial, sea al sacerdocio bautismal- un cambio radical de vida.

De pescar peces en un mar de agua salada para conseguir el sustento diario, es llamado a pescar almas en el mar de la historia humana, para conseguir su salvación eterna.

Antes del llamado de Jesús, su vida se desarrollaba en los estrechos límites del horizonte humano y sus preocupaciones no iban más allá del trabajo de todos los días, necesario para conseguir el sustento propio y familiar; ahora, luego del llamado, su vida se convierte en una aventura fantástica, que finaliza en la feliz eternidad, en la unión para siempre con las Tres Divinas Personas, y sus preocupaciones humanas, como el sustento diario, pasan a un segundo plano, pues lo que importa es el Pan eucarístico de cada día y la salvación de las almas.

Antes del llamado de Jesús, San Andrés vivía una vida sacrificada, llena de mortificaciones continuas, porque el trabajo como pescador implica la renuncia a la comodidad y el trabajo arduo; luego del llamado, San Andrés, como sacerdote ministerial, como Apóstol, y como seguidor de Cristo, San Andrés es llamado a abrazar la Cruz de Jesús, a vivir en la continua mortificación, y a asociarse a la Pasión y a la muerte martirial de Jesús.

“Ven y sígueme, te haré pescador de hombres”. Todo cristiano, al recibir el Bautismo sacramental, al ser introducido en el Cuerpo Místico de Jesús, está llamado a dejar de lado las ambiciones terrenas y humanas por el deseo de la vida eterna, y a reemplazar el trabajo cotidiano por el trabajo al servicio del Reino de los cielos.

Todo cristiano, sea sacerdote o laico, ha recibido el llamado que recibió San Andrés, y al igual que él, que dejándolo todo siguió a Jesús por el camino de la Cruz, para donar su vida en ella, del mismo modo todo cristiano, sea sacerdote o laico, está llamado a asociarse a Cristo en su Cruz para dejar esta vida con sus asuntos terrenos, para entrar en la feliz eternidad.

martes, 22 de noviembre de 2011

Santa Cecilia mártir



Se cree que Santa Cecilia nació en Roma, en el seno de una familia noble, y que fue casada contra su voluntad con un joven pagano llamado Valeriano[1].

Cecilia logró que su marido respetara su virginidad y se convirtiera al cristianismo.

Las actas del martirio de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Fue obligada a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero según las mismas actas, el día de la celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase.

Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”. Cecilia le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel”. Valeriano accedió, se convirtió y fue bautizado.

Luego Valeriano, junto a su hermano y a otro romano convertido, fueron decapitados por haber dado sepelio a otros mártires, y Cecilia sepultó los cadáveres. Ante esta actitud, Cecilia fue llamada para que también renunciase a la fe y debido a que se negó a hacerlo, fue condenada a morir en la hoguera, pero aunque los soldados estuvieron todo un día atizando el fuego, no le sucedió nada a Cecilia.

Finalmente, el prefecto romano envió a un soldado a decapitarla, el cual descargó tres veces la espada sobre su cuello sin lograr su propósito –es decir, sin lograr decapitarla totalmente- y la dejó tirada en el suelo, agonizando. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte. Una de sus manos quedó con dos dedos doblados y tres en alto, indicando la Santísima Trinidad.

Las actas señalan también que, al igual que en su matrimonio, cantó también durante el tormento, por lo cual es patrona de los músicos.

Todo cristiano está llamado a imitar a Santa Cecilia en su vida: como ella, el cristiano está llamado a unirse en místicas nupcias con Dios Uno y Trino; como ella, el cristiano está llamado a dar testimonio de la Trinidad y de la Encarnación del Hijo de Dios, de su Pasión y Resurrección, y aunque este testimonio no sea cruento, el cristiano está llamado al martirio cotidiano que supone vivir la fe en Cristo Dios en un mundo paganizado; como Santa Cecilia, todo cristiano está llamado a cantar a Dios Trinidad en su corazón, en todo tiempo, como anticipo del canto de alabanza y glorificación que ha de entonar en los cielos, por la eternidad; como Santa Cecilia, que con su cuerpo agonizante testimonió el misterio de la Santísima Trinidad, porque recibió tres golpes, uno por cada Persona, y con los dedos de su mano señalaba el número tres, así el cristiano está llamado a dar testimonio de Dios, no como Dios Uno, sino como Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues son las Tres Personas Divinas, que poseen la misma Esencia y el mismo Ser divino, la misma majestad y la misma gloria y poder, las que disponen todo en la vida del cristiano para llevarlo al cielo, a la feliz eternidad.


[1] Cfr. Butler, Vida de los Santos, Vol. IV.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Sólo la potencia infinita del Amor divino que late en Sagrado Corazón da las fuerzas necesarias para ser víctima de amor



Toda devoción, a Jesús, a la Virgen, a algún santo, se caracteriza por una particularidad. ¿Cuál es la particularidad del devoto del Sagrado Corazón?

Lo dice el mismo Jesús: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”.

Es decir, el devoto del Sagrado Corazón debe ofrecerse en sacrificio, como víctima de amor, para que se cumplan los designios divinos de salvación de las almas.

En qué consista este ser “víctima de amor”, nos lo dice también el mismo Jesús, a través de Santa Margarita: “Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed Me consume y no hallo a nadie que se esfuerce según Mi Deseo en apagármela, correspondiendo de alguna manera a Mi Amor”.

Ser víctima de amor del Sagrado Corazón quiere decir entonces amar al Sagrado Corazón, como modo de corresponder al Amor divino que arde en Él, y el modo de amarlo es por medio de la adoración eucarística y las obras de misericordia, corporales y espirituales, para con los más necesitados, porque según San Juan, miente quien dice que ama a Dios, a quien no ve, sino ama a su prójimo, a quien ve: “El que dice: “yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, y no amar a su hermano, a quien ve? Él mismo nos ordenó: El que ame a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 19-21).

El devoto del Sagrado Corazón, llamado a ser víctima de amor, repara, con su amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por las frialdades, indiferencias e ingratitudes con los cuales este Corazón divino es ofendido continuamente, día y noche, no ya por los paganos, sino por aquellos que han sido adoptados como hijos de Dios por el bautismo: “…lo que más Me dolió de todo cuanto sufrí en Mi Pasión (…) fueron las frialdades, desaires e ingratitudes”.

Pero la fuerza del amor necesaria para ser víctima de amor del Sagrado Corazón, no está en el corazón humano, pues el corazón humano, por más noble que sea, posee un amor limitado y muy imperfecto. Para ser víctima de amor del Sagrado Corazón, se necesita un Amor con potencia infinita, y ese Amor sólo se encuentra en la Eucaristía, en donde late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Dice así Santa Margarita, refiriéndose al pedido de Jesús de ser víctima de amor: “Y como yo le manifestase mi impotencia, me respondió: “Toma, ahí tienes con qué suplir todo cuanto te falta”. Y al mismo tiempo se abrió aquel Divino Corazón y salió de Él una Llama tan ardiente que creí ser consumida, pues quedé toda penetrada por ella y ya no podía soportarla, cuando le rogué que tuviera compasión de mi flaqueza”.

Sólo la potencia infinita del Amor divino que late en el Sagrado Corazón da las fuerzas necesarias para ser víctima de amor.

lunes, 31 de octubre de 2011

La Cruz y la Eucaristía, causa de la felicidad eterna de los Santos



Para celebrar a los habitantes del cielo, a sus miembros que ya gozan eternamente de la visión de Dios Uno y Trino, la Iglesia escoge el Evangelio de las Bienaventuranzas, y no por casualidad, sino porque las Bienaventuranzas son las que conducen directamente al cielo, a la unión en la eternidad con Dios Uno y Trino.

El santo es aquel que en la tierra vivió las Bienaventuranzas, porque siguió a Cristo camino de la cruz, y la cruz es la Bienaventuranza que las resume a todas: Cristo en la cruz tiene alma de pobre, porque nada material tiene, y porque necesita a Dios; sufre la aflicción y la pena que le causa ver a la humanidad extraviada en el pecado y en la rebelión a Dios; es paciente, porque sufre con infinita paciencia todos y cada uno de los dolores de todos los hombres; tiene hambre y sed de justicia, porque su sacrificio restaura la majestad divina, mancillada por la malicia del hombre; es misericordioso, porque solo lo mueve su infinita misericordia; es puro, porque es el Cordero de Dios, Tres veces Santo, es pacífico, porque con su Cuerpo crucificado derriba el muro de odio que separa a los hombres y les da la paz de Dios; es perseguido por practicar la justicia, por hacer justicia al Nombre de Dios, para que el nombre de Dios sea alabado y ensalzado de un confín a otro de la tierra.

La Iglesia celebra a quienes siguieron a Cristo con la cruz a cuestas, hasta el Calvario, y murieron a sí mismos, para resucitar a la vida eterna.

La cruz entonces es la causa de la felicidad de la que ahora gozan los santos por la eternidad, y por este motivo los devotos de los santos deben pedirles su intercesión, ante todo, no para “pasarla bien” en este mundo, sino para convertir el corazón y así, con el corazón convertido, contrito y humillado, tomar la cruz de cada día y seguirlo camino del Calvario.

Pero hay otra causa de Bienaventuranza, o sea, de felicidad eterna, que también resume en sí a todas, y es proclamada por la Iglesia en la Santa Misa: “Felices –es decir, dichosos, bienaventurados- los invitados a la cena del Señor”. La Eucaristía, al igual que la cruz, es causa de bienaventuranza, de felicidad y de alegría eterna, y si los santos son bienaventurados ahora y por la eternidad, es porque dieron sus vidas por la Eucaristía.

También debemos pedirle, al santo de nuestra devoción, esta gracia.

jueves, 6 de octubre de 2011

Por qué sufre el Corazón de Jesús



En una de sus apariciones, Jesús le hace saber a Santa Margarita la inmensidad de su amor por los hombres, y el dolor que le provocan las ingratitudes e indiferencias, principalmente a su Presencia en el Santísimo Sacramento, sobre todo de las almas consagradas: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha reservado hasta agotarse y consumirse para mostrarles su amor. Tú, al menos, dame este consuelo: suplir cuanto puedas a su ingratitud (…) Mira este corazón mío, que a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo sacramento de mi amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradoramente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio”.

¿Pero cuál es el motivo de su sufrimiento? El motivo por el cual Jesús sufre –no físicamente, sino moralmente, como un padre que ve que su hijo está por desbarrancarse en un abismo- es que Él es la santidad y el Amor en sí mismos, y ante su Presencia, no puede haber nada que no sea como Él.

Las pequeñas faltas de caridad, como el enojo, la impaciencia, y mucho más las faltas más serias, como la ira, se diferencian y resaltan ante la mansedumbre de su Corazón como el grito estridente en medio del silencio profundo.

Lo mismo sucede con cualquier otra falta, sobre todo las relacionadas con la castidad y pureza: cualquiera de estas faltas en este campo, aún las más pequeñas, aparecen ante Él, que es la santidad y la pureza en sí mismas, como la más inmunda de las cloacas y la más sucia de las pestilencias, que hace insoportable su permanencia ante Él por la pestilencia inaguantable de su olor.

Dice así Jesús: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”.

Porque el Sagrado Corazón es infinitamente puro y santo, y llama a la pureza y a la santidad a los hombres, es que no puede soportar la visión de lo impuro y de lo que no sea santo.

Jesús sufre enormemente al ver que aquellos a quienes ha llamado a alimentarse con su purísimo Corazón, que late en la Eucaristía envuelto en las llamas del Amor divino, se deleitan en el barro de los placeres terrenos.

martes, 4 de octubre de 2011

Santas Marta y María



Jesús va a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, y sucede que mientras Marta “se multiplicaba para dar abasto con el servicio”, María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (cfr. Lc 10, 38-42).

¿Qué significa este episodio con las hermanas? No quiere decir lo que parece a simple vista, que Marta es más hacendosa que María, y que María es desconsiderada con su hermana, porque la deja sola con las tareas de la casa.

El ingreso de Jesús a una casa real, material, representa el ingreso al alma, porque es la Iglesia misma la que aplica la analogía, al tomar para sí las palabras del centurión, antes del momento de la comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa” (Mt 8, 5-11), le dice el centurión, y la Iglesia lo aplica para el que está por comulgar.

También en el Apocalipsis el alma se equipara con una casa, a la que Jesús golpea a su puerta para entrar: “Estoy a la puerta (de la casa); si alguno me oye y abre, entraré y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).

El ingreso de Jesús a la casa de las hermanas Marta y María representa entonces el ingreso de Jesús al alma en el momento de la comunión.

Por lo tanto, las dos hermanas, bien pueden representar a dos estados del alma, frente a la Presencia de Jesús en ella. Así, Marta representaría al alma que, luego de comulgar, en vez de atender a su ilustre invitado, Jesús, se pone a pensar en los interminables asuntos del quehacer cotidiano, perdiéndose en estos, mientras deja a Jesús olvidado en algún rincón de la casa.

María, por el contrario, representaría al alma que, cuando Jesús ingresa en ella por la comunión, atraída por la majestuosidad de su Ser divino y de su Presencia, se postra en adoración y lo contempla y lo adora, sin hacer otra cosa.

Es en este contexto, es decir, en el ámbito de la comunión sacramental, que se entiende la respuesta de Jesús: “María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada”, ante el reclamo de Marta: “Dile a mi hermana que no me deje sola con el servicio”.

En otro contexto, en el de la vida cotidiana -con toda justicia-, se puede dar la razón a Marta.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

En un mundo hiper-racionalista, que rebaja todo al nivel de la razón, y que al mismo tiempo relativiza toda verdad, los ángeles son poco menos que seres de fantasía.

Casi nadie cree en ellos, y aún entre los pocos que creen, para muchos de estos no pasan de ser personajes mitológicos, sin importancia ni incidencia alguna en la vida real.

Y sin embargo, los ángeles, por orden de Dios, intervienen activamente a lo largo de la historia humana, como por ejemplo el Arcángel Gabriel, anunciando el evento más importante para la humanidad, la Encarnación del Hijo de Dios.

Los ángeles continúan actuando aún hoy, y lo seguirán haciendo hasta el Día del Juicio Final, pues serán ellos los encargados de reunir a los hombres, tanto a los buenos como a los malos.

Pero no sólo actúan los ángeles de Dios, los ángeles de luz: también actúan e intervienen en la historia humana los ángeles rebeldes, los ángeles apóstatas, aquellos que se rebelaron en los cielos y se pervirtieron para siempre.

Estos seres de oscuridad, movidos por el odio a Dios y a su imagen, el hombre, buscan arrastrar a la mayor cantidad de almas al infierno, antes del Último Día, y su presencia y actividad entre los hombres aumenta día a día, a medida que la historia humana se acerca a su consumación.

Hay datos estadísticos que registran la creciente actividad por parte de los ángeles caídos: en continentes enteros, como Europa y Norteamérica, la actividad de los brujos, hechiceros, magos y ocultistas, ha aumentado considerablemente. Pero no hace falta viajar al hemisferio norte, puesto que en nuestra realidad cotidiana podemos apreciar cómo los mensajeros de las tinieblas se han infiltrado en todos los niveles de la cultura y del quehacer humanos, particularmente entre los niños y los jóvenes: prácticamente no hay canción que no tenga mensajes subliminales, que exaltan lo oculto y lo esotérico; entre los programas de televisión, son cada vez más las series televisivas que presentan a la magia, a la hechicería, al contacto con los muertos, a la brujería, como algo inocente, divertido, bueno, agradable; películas como la saga de Harry Potter, han adiestrado e introducido a generaciones de niños y jóvenes en el ocultismo y la brujería; elementos siniestros, utilizados por los satanistas para la invocación directa del demonio, como el tablero guija, son vendidos como inocentes juguetes para niños; el juego de la copa, en la que intervienen seres diabólicos, es jugado desde la Escuela Primaria por miles de niños; entre los adultos, el satanismo es explícito en numerosas manifestaciones del quehacer del hombre, como por ejemplo, las leyes que aprueban la educación sexual anti-natural, el homomonio, el aborto, la eutanasia; aunque también el satanismo se manifiesta de manera implícita cuando se exalta el disfrute y el goce de los sentidos a toda costa y en todo momento; cuando se emplea la violencia irracional; cuando se presenta al dinero y al oro como los fines últimos de la vida; cuando se exalta un modo de ser y de vivir en el que la compasión, la caridad, la bondad, el respeto, son despreciados y considerados como muestras débiles, para reemplazarlos por la ausencia de misericordia en todos los niveles de relación del hombre con el hombre.

Toda esta actividad de los ángeles caídos se ve favorecida por los cristianos que piensan que los ángeles, si no son seres de fantasía, son personajes pertenecientes al folclore religioso, a los que se los recuerda, de tanto en tanto, en alguna fecha especial, con una ceremonia litúrgica.

Estos tales cristianos, al no invocar a los ángeles de Dios para esa lucha diaria que se combate en el corazón de todo hombre, entre los ángeles de luz y los ángeles caídos, favorecen, con su inacción, el sombrío trabajo de los ángeles rebeldes.

lunes, 19 de septiembre de 2011

San Andrés Kim y compañeros mártires



La vida y muerte de los mártires, no importan sus edades o el tiempo transcurrido, constituyen siempre un testimonio válido y actual para la Iglesia que peregrina en el tiempo, porque ellos nos pueden ayudar a sacudir la modorra espiritual que nos envuelve cotidianamente en la práctica de la religión, modorra causada por la pereza espiritual, por la tibieza, por la incredulidad.

Los mártires son ejemplo siempre actual porque dieron sus vidas no por un ideal utópico, irrealizable, vacío, o inalcanzable; dieron sus vidas porque fueron iluminados desde lo alto, con una potencia de luz divina tan intensa, que sus almas quedaron, ya desde la tierra, fijas en el estupor que provoca la contemplación de la divinidad de Jesucristo, como un anticipo de lo que habría de sucederles luego en el cielo.

El derramamiento de sangre de los mártires testimonia, con ese solo hecho, que aquello que contemplaron es tan inmensamente grande y majestuoso, que la vida aquí no vale la pena si no es para derramarla en testimonio de ese misterio sobrenatural que se revela en Cristo: Dios es Uno y Trino, se ha encarnado en la Persona del Hijo, y este nos ha donado a Dios Espíritu Santo, para comunicarnos el Amor divino.

Su testimonio de Cristo, dado al precio de la sangre, y sus palabras, deberían hacernos pensar en la clase de cristianos perezosos, negligentes y tibios que somos, puesto que por nada estamos dispuestos a dejar de lado la vida de la gracia.

Dice Andrés Kim Taegon, primer sacerdote coreano, decapitado a los 26 años, en una carta encontrada entre sus pertenencias, dirigida a sus fieles: “En este difícil tiempo, para ser victorioso se debe permanecer firme usando toda nuestra fuerza y habilidades como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla”.

El ser soldados, no quiere decir pertenecer a un ejército de la tierra, sino al ejército victorioso de Jesucristo, cuyo estandarte es la Cruz ensangrentada; la armadura y escudo, es la fe de los Apóstoles, rezada en el Credo dominical; las armas son la oración, el Rosario, la Santa Misa, la confesión frecuente, las obras de misericordia; la batalla, no es una terrestre, sino una batalla espiritual, la batalla decisiva que se libra en cada corazón humano, entre las fuerzas de la luz y las fuerzas de las tinieblas.

Los mártires son quienes han combatido este buen combate, y han ganado la batalla final, y han entrado victoriosos en el cielo.

Su ejemplo nos debe servir para erradicar del alma, de una vez y para siempre, la tibieza, la pereza y el orgullo, y para eso debemos contraponer la sangre de los mártires, derramada por confesar a Cristo, es decir, por vivir en gracia, y nuestra tendencia a negar a Cristo y a preferir los atractivos del mundo.

Por qué San Expedito es el santo de las causas urgentes



¿Por qué San Expedito es el santo de las causas urgentes? Porque San Expedito no demoró ni siquiera un segundo su conversión. A pesar de que el demonio lo tentaba, para que postergara su conversión para otro día, apareciéndose como cuervo y gritando: “Cras”, que significa “Mañana”, San Expedito, movido por el amor a Dios, dijo: “Hodie”, que quiere decir: “Hoy”.

Esta es la verdadera “causa urgente” por la que debemos recurrir a la intercesión de San Expedito. Seguramente que hay muchas otras causas urgentes, pero la primera y fundamental, la más importante de todas, es la causa urgente de nuestra conversión.

A San Expedito tenemos que pedirle, antes de cualquier otra cosa, que nos comunique el amor que él tenía a Jesucristo, que fue lo que lo hizo convertirse sin dudar, rechazando las insidias del demonio.

Cuando el demonio nos dice esto, miente: “Espera a mañana para convertirte; continúa hoy con tu vida de pagano; continúa viendo ese programa indecente en televisión; continúa creyendo en los horóscopos y en la suerte; continúa depositando tu confianza en el dinero; continúa aferrado a tus vicios; continúa con el rencor a tu prójimo; Dios es bueno y te esperará, y te va a perdonar todas tus faltas; no es necesario que te conviertas ya, déjalo para mañana”. El demonio miente, porque no sabemos si hemos de vivir mañana; no sabemos si habremos de amanecer vivos; no sabemos si esta noche hemos de morir, y si no nos convertimos ya, ahora, hoy, en este momento, corremos el riesgo de morir en pecado mortal, y así, con la oscuridad en el alma, nos presentaremos ante el juicio de Dios, en donde no habrá ya tiempo para el arrepentimiento y la conversión.

Pero si decidimos a convertirnos, le pedimos a San Expedito que nos ayude en la conversión, para estar en paz con Dios y con el prójimo, y si morimos, iremos a disfrutar de la Presencia de Dios por toda la eternidad.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Los mártires Cornelio y Cipriano y la apostasía de los sacerdotes austríacos



En junio de este año, y en previsión a la visita que el Papa hará a Austria el 22 de septiembre, un grupo cismático de más de 300 sacerdotes austríacos, apoyado por dos tercios de los casi dos mil sacerdotes de ese país –es decir, la casi totalidad de los sacerdotes-, y por tres de cada cuatro laicos publicó, un manifiesto en Internet, titulado: “Llamada a la desobediencia”.

En el mismo, se exhorta abiertamente a la rebelión, al cisma y a la apostasía, ya que se pide, entre otras medidas, la ordenación de mujeres, el acceso a la Eucaristía de los divorciados vueltos a casar y que, además, puedan volver a contraer un segundo matrimonio religioso, que los protestantes puedan recibir la Comunión y, finalmente, que hombres y mujeres laicos preparados, solteros o casados, puedan prediquen oficiar misa y dirigir iglesias carentes de párroco, que los protestantes puedan recibir la comunión, y que los sacerdotes se puedan casar[1].

Respecto al celibato se dice textualmente: “Nos sentimos solidarios con aquellos que a causa de su casamiento no pueden seguir ejerciendo sus funciones y también con quienes, a pesar de mantener una relación, continúan prestando su servicio como sacerdotes”.

El cardenal primado de Austria, Schönborn, ha expresado su sorpresa por la iniciativa y ha recordado a los sacerdotes rebeldes que han hecho libremente voto de obediencia a su obispo cuando fueron ordenados, “por lo que quien rompa este principio disuelve la unidad”.

Esta actitud cismática y apóstata de estos sacerdotes y laicos, perteneciente a la Iglesia Católica en Austria, contrasta radicalmente con el amor a la unidad de la Iglesia demostrado por los santos mártires Cornelio y Cipriano. El amor a la Iglesia Una, se pone de manifiesto en este fragmento de una carta de san Cipriano al papa Cornelio, cuyos términos fueron luego refrendados con el derramamiento de su sangre.

Cipriano -quien murió mártir en la persecución del emperador Valeriano, el año 258-, escribe la carta con ocasión de la disputa producida entre Novaciano, partidario de mano dura contra los “lapsis” o bautizados que habían apostatado en la persecución y una vez pasada esta, deseaban retornar a la Iglesia, y el Papa Cornelio, caracterizado por ser obispo y Papa de espíritu comprensivo, tendiente a la misericordia y al perdón de las debilidades.

Cuando Cipriano se enteró de la actitud rebelde de Novaciano frente a Cornelio, en un primer momento dudó mucho sobre cómo debía comportarse, pero luego de examinar bien la situación, se adhirió al Papa.

Con ello contribuyó a la paz y unidad en la Iglesia, amenazada de división.

La carta dice así: “Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión de fe, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas.

En efecto, si todos formamos una sola Iglesia, si todos tenemos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de alabanzas propias? ¿Qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?... Tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo; y esa confesión tuya, como cabeza de la Iglesia, se ha visto robustecida por la fe de los hermanos... Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendándonos siempre mutuamente en la oración y prestándonos ayuda con mucha caridad...”.

Hoy, a dieciocho siglos, la situación se repite, porque la apostasía de la gran mayoría de sacerdotes y laicos austríacos puede extenderse como una mancha de aceite por toda la Iglesia, ya que es sabido que gran parte de laicos y sacerdotes de todo el mundo piensan o al menos simpatizan con los apóstatas austríacos. El ejemplo de los mártires Cornelio y Cipriano, que derramaron su sangre por la unidad de la Iglesia, luego de mil ochocientos años, permanece vivo y actual, y es un estímulo en momentos en que la unidad de la Iglesia de Cristo aparece amenazada en sus cimientos.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El profeta Isaías y el Sagrado Corazón




Los Padres de la Iglesia utilizan la figura del “carbón ardiente” para referirse al Cuerpo de Jesús. Con esta figura quieren indicar a la Humanidad santísima de Jesús, penetrada por el Amor divino: el carbón es su humanidad, y el fuego es la divinidad.

Así como el fuego penetra el carbón y lo vuelve incandescente, comunicándole de su mismo ardor, así la divinidad impregna la Humanidad de Jesús, comunicándole todo el ardor de su santidad divina.

Este es el motivo por el cual, en las apariciones a Santa Margarita, el Sagrado Corazón de Jesús aparece envuelto en llamas.

Si la Eucaristía es el Cuerpo de Jesús, tal como lo creemos en la fe de la Iglesia, entonces la Eucaristía es ese “carbón ardiente”, la Humanidad sacratísima de Jesús, envuelta en las llamas del Amor divino, y si es así, la Eucaristía es también el Sagrado Corazón, que viene a nosotros, no en una aparición, sino en la realidad, para comunicarnos el fuego de la caridad divina.

Comulgar es entonces para el fiel católico una experiencia más trascendente que ser transportado a los mismos cielos, como le sucedió al profeta Isaías, a quien un ángel purifica sus labios tocándolos con un carbón ardiente (cfr. 6, 5-7), porque por la comunión no es un ángel quien toca nuestros labios con un carbón encendido, sino el mismo Dios quien se dona a sí mismo en ese carbón ardiente que es la Eucaristía, para encender nuestras almas y nuestros corazones en el fuego del Amor divino.

¿Cómo encuentra el Sagrado Corazón, envuelto en llamas, nuestro corazón? ¿Lo encuentra con humildad, es decir, como si fuera un pasto seco, en el que pueden prender con facilidad las llamas del Amor de Dios?

¿O lo encuentra con soberbia, es decir, como una roca fría, en la que el fuego nada puede hacer?

lunes, 29 de agosto de 2011

Santa Rosa de Lima



En una época materialista y hedonista, como la nuestra, caracterizada por la búsqueda desenfrenada del bienestar en todos los órdenes, por la satisfacción del apetito sensible del hombre, y por el egoísmo individualista como derecho a ser ejercitado, el ejemplo de vida vivida en el sacrificio, en la penitencia y en la mortificación de Santa Rosa, constituye un claro signo de la vida que debemos llevar como cristianos, si es que queremos salvar el alma.
Algo que caracterizó la vida de Santa Rosa fue su mortificación extrema, lo cual no puede explicarse por razones humanas, ni por un mero ascetismo, ni por simplemente refrenar sus pasiones, sino por un don sobrenatural que la llevaba a identificarse con Cristo crucificado, y es esta búsqueda de la imitación de Cristo es lo que explica su estado de casi continua mortificación y penitencia.
Santo Rosa vivió unida, místicamente, a la Pasión del Señor y buscaba la penitencia y la mortificación para identificarse con Jesucristo en la cruz.
Buscó permanentemente, ya desde niña, consagrándose a Dios con voto de virginidad, la configuración con Cristo humillado en la cruz, y para convertir a los que estaban más alejados de Dios, hizo de su vida un continuo sacrificio.
Para doblegar su orgullo, despreció las vestimentas seglares, y si bien ella era seglar –no fue religiosa porque al arrodillarse delante de una imagen de la Virgen no se pudo levantar hasta que comprendió que Dios no la quería como religiosa-, vistió siempre con una sencilla túnica blanca y con un velo negro.
Santa Rosa hacía también penitencia con los alimentos, buscando reparar, junto al hambre que padece Cristo en la cruz, los pecados de gula y la búsqueda desenfrenada de placeres terrenos por parte de los hombres. Comía lo mínimo necesario para mantenerse en la vida activa, y hacía voluntariamente una restricción total de carne.
En los días de calor, no bebía nada refrescante, y solía pasar días sin beber, para unir su sed a la sed que de almas experimentaba Jesús en la cruz. Y cuando la sed se le volvía insoportable, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús crucificado, para seguir todavía aguantando sin beber.
El momento de descanso era también para Santa Rosa un momento propicio para ofrecerlo como mortificación, porque nunca durmió en colchones ni usó almohadas: dormía sobre tablas de madera, y su almohada era un leño. Una vez tuvo deseos de cambiar las tablas y el leño por un colchón y una almohada, y mirando al crucifijo, le pareció que Jesús le decía desde la cruz: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”, y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
La mortificación en Rosa no es mera ascesis, ni búsqueda egoísta de la perfección por medio del dominio de las pasiones. La mortificación persigue fines mucho más elevados: en sus escritos explica que es necesaria para ser saciados por el Espíritu de Dios, para vivir orientados por el Espíritu Santo, y para renovar la faz de la tierra a partir de la configuración con Cristo crucificado.
Pero además de la mortificación, Rosa se destacaba por sus obras de misericordia con los más necesitados y sobre todo con los indígenas, sometidos en algunos casos a grandes injusticias. Frente a sus prójimos es una mujer comprensiva: disculpa los errores de los demás, persona las injurias, se empeña en hacer retornar al buen camino a los pecadores, socorre a los enfermos. Se esfuerza en la misericordia y la compasión.
Su estado de permanente oración y de continuos sacrificios y penitencias no solo la configuraban místicamente con Jesús crucificado, sino que conseguían numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes, todo lo cual llevó a la ciudad de Lima a la convicción de que era una santa en vida.
Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.
Y a esta muchacha de condición económica pobre y sin muchos estudios, le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores, como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración.
Para los cristianos del siglo XXI, como nosotros, el ejemplo de santidad de Santa Rosa de Lima nos dice que no es en la búsqueda de placeres y comodidades terrenas en donde se encuentra la felicidad, sino en la imitación de Cristo crucificado.

domingo, 28 de agosto de 2011

La muerte de Juan el Bautista




La muerte de Juan el Bautista revela que la historia humana está inmersa en medio de una lucha sobrenatural entre las fuerzas del infierno y las fuerzas del cielo. Su decapitación no corresponde a una mera pasión humana, así como la advertencia del Bautista a Herodes acerca de su adulterio no es una mera reprensión de orden moral. Al ser decapitado, el infierno trata de acallar la voz de Dios, que habla a través de él, anunciando la llegada del Redentor y Mesías, que habrá de vencer al Príncipe de las tinieblas para siempre. A su vez, la reprensión del Bautista a Herodes, advirtiéndole de su mal proceder por medio del adulterio, anticipa la llegada del sacramento del matrimonio, signo ante los hombres y la historia de la mística unión nupcial entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa.

Es por eso que, lo que pareciera ser material para una crónica policial, es en realidad la actuación, en el tiempo y en la historia humana, de la lucha iniciada en los cielos a causa de la rebelión de los ángeles apóstatas contra la majestad de Dios Uno y Trino.

También en la vida cotidiana, y en hechos que parecieran poco trascendentes por su repetición, la lucha continúa: tanto en los corazones de los hombres, como en los hechos y acontecimientos de la historia, se lleva a cabo la misma batalla librada en el cielo, ganada en el cielo, pero no todavía en su totalidad en la tierra.

Por el momento, parecen triunfar de modo avasallador aquellos que propician una nueva antropología, un nuevo hombre colocado en las antípodas del Hombre Nuevo nacido por la gracia de Cristo. Parecen triunfar quienes pretenden instalar, contra todo derecho natural y divino, una nueva humanidad, radicalmente alejada de la humanidad creada por Dios. Han triunfado, en una hora que parece ser “la hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), aquellos que quieren educar a los niños con una nueva antropología, en donde nada es definitivo, porque todo puede cambiar según el parecer y el querer de cada cual.

Así como la muerte del Bautista no es debida a la pasión humana fuera de control de un rey adúltero, sino a la continuación, en la tierra, de la lucha entablada en los cielos, así también las citas electorales de una nación, en donde se decide el nuevo modelo de hombre para los tiempos venideros, un hombre contrario a los planes divinos, es algo más profundo de lo que aparece a simple vista.

Para quienes se felicitan con triunfos aplastantes en su pretensión de instaurar esta nueva antropología radicalmente anti-cristiana, y para quienes creen que instalarán esta nueva humanidad, contraria a los planes divinos, cabe recordarles la advertencia de Jesús: “Non prevalebunt”, no prevalecerán, “las puertas del infierno no prevalecerán” (cfr. Mt 16, 13-18).

jueves, 25 de agosto de 2011

Por qué Jesús se reveló a Santa Brígida





Santa Brígida de Suecia fue una mística sumamente favorecida por Dios con innumerables locuciones, visiones, éxtasis y todo tipo de manifestaciones celestiales (aunque la causa de su santidad no fueron estas comunicaciones místicas de parte de Dios, sino su heroica respuesta a la gracia y su vida de virtud).
Revisando su vasta obra, podríamos preguntarnos, antes de detenernos en una visión o locución en particular, cuál es el motivo por el cual Jesús se le manifiesta, y la respuesta la da el mismo Jesús: para que los hombres lo conozcamos a Él, como Dios encarnado, y para que tomemos conciencia del desprecio y de la ofensa que de su Persona y de su Encarnación hacemos los cristianos.
Jesucristo mismo lo dice, y se encuentra al inicio de la obra de Santa Brígida: “Palabras de nuestro Señor Jesucristo a su elegida y muy querida esposa, declarando su excelentísima encarnación, condenando la violación profana y abuso de confianza de nuestra fe y bautismo, e invitando a su querida esposa a que lo ame”.
Es decir, Jesucristo se manifiesta de modo extraordinario con locuciones, visiones y éxtasis, para recordar el amor eterno e infinito que lo llevó a encarnarse y a sufrir la Pasión, y a la vez, para que los cristianos tomen conciencia de la “violación profana” y del “abuso de confianza” que estos hacen de su filiación divina. Es a los cristianos en general, a quien se dirige Jesucristo, y no al mundo pagano, porque habla de quienes han recibido el bautismo y la fe.
¿Por qué Jesús habla de un modo tan duro, usando la expresión “violación profana” del bautismo y de la fe? Nos podemos preguntar porqué Jesús usa este lenguaje, un lenguaje directo y explícito, que no deja lugar a mal entendidos, ni a claroscuros: “violación profana” de la fe y del bautismo.
¿Exagera Jesús? No, Jesús no exagera; basta un recorrido por la situación actual de los países antiguamente cristianos, para tener una idea del reclamo de Jesús: son cristianos católicos la inmensa mayoría del casi medio millón de “peregrinos” que deshonraron la fe cristiana al adorar idolátricamente al Gauchito Gil el 8 de enero pasado; son cristianos católicos los casi veinte millones de espectadores televisivos que le dan subsistencia económica y persistencia en el tiempo a programas inmorales y con alto contenido de ofensas a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, como Showmatch y Gran Hermano; son cristianos católicos los que abortan, roban, matan, violan, saquean, delinquen, se drogan, consumen pornografía, son infieles en el matrimonio, mostrando, con este comportamiento, que obran en la vida –nacen, viven y mueren- como si Jesucristo no hubiera venido, como si no les hubiera entregado su cuerpo en la cruz y en la Eucaristía, como si no les hubiera dado la luz de la fe, como si Él nunca hubiera existido; son cristianos católicos los que han construido la cultura de la muerte, en donde se asesina al recién concebido, y al anciano desahuciado o al enfermo terminal; son cristianos católicos los que tienen relaciones pre-matrimoniales, los que usan la píldora del día después, los que profanan el domingo con el paseo, la diversión, el baile, el fútbol y las carreras, en lugar de asistir a la Santa Misa; son cristianos católicos los que abandonan en masa la Iglesia, por considerarla anticuada y aburrida, volcándose frenéticamente a los ídolos del mundo, el poder, el dinero, la fama, la vanagloria.
El cristiano que toma conciencia del valor del bautismo, de la filiación divina, y de la fe que ha recibido de Jesucristo, por puro amor y misericordia, debe reparar con la oración continua, con ayuno, con sacrificio, con misericordia hacia el prójimo, para ser uno con Jesucristo, Dios encarnado, para así aplacar la justa ira divina de Dios Uno y Trino.
Éste es el legado de Santa Brígida de Suecia, y de tantos santos y mártires que embellecen a la Esposa de Cristo.