San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 17 de enero de 2018

San Antonio abad


         Entre otras cosas, se pueden destacar dos hechos de la vida de San Antonio abad: la primera, que a los dieciocho años, en plena juventud, decide iniciar una vida de eremita en el desierto; la segunda, que ya como sacerdote, combatió a la herejía arriana. Ambos hechos constituyen un ejemplo y un modelo de vida para todo cristiano, independientemente de su estado –secular o consagrado- y veremos la razón.
         Como dijimos, San Antonio decidió, a los dieciocho años, abandonar el mundo, por amor a Cristo, e internarse en el desierto y lo hace en plena juventud, por lo cual es un modelo especialmente para los jóvenes. En nuestros tiempos, inicios del siglo XXI, la juventud es incitada continuamente, por los medios de comunicación, a vivir en el mundo, en el sentido de “mundanidad”, es decir, en el sentido espiritual negativo, en cuanto por “mundo” se entiende todo aquello que se opone a Dios, a sus Mandamientos y a su Iglesia. En este sentido, el desierto representa el alejamiento voluntario de todo lo que no pertenece a Dios, además de la práctica de lo que acerca a Él, como la oración, el ayuno, la penitencia.
         El otro hecho destacable en San Antonio fue la lucha contra la herejía del arrianismo, que negaba la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, afirmando que no era Dios Hijo, es decir, la Segunda Persona de la Trinidad, como lo afirma la Iglesia Católica, sino una creatura: "sublime", pero creatura y no Dios Hijo. En nuestros días, el gnosticismo arriano es continuado por la Nueva Era, la secta global que no solo niega a Jesucristo, sino que además pretende consagrar la humanidad a Lucifer.

         Por estos motivos, la vida de San Antonio abad es un ejemplo a seguir, para combatir los dos grandes males de nuestro tiempo: el materialismo anticristiano y el gnosticismo.

martes, 31 de enero de 2017

San Antonio Abad



San Antonio Abad está meditando en la Palabra de Dios que aparece abierta a su lado-, mientras hace duras penitencias –ayuna, viste con un sayal, duerme en una cueva-; es en esa ocasión en la que los demonios, representados con horribles figuras que se ubican a su alrededor lo atacan, buscando no solo distraerlo de sus reflexiones sino hacerlo caer en pecado mortal, por medio de fortísimas tentaciones, principalmente contra la carne. Sin embargo, cuanto más duro es el asalto demoníaco y cuando humanamente no hay escapatoria, Nuestro Señor Jesucristo -que aparece en el cielo transportado por ángeles- acude en ayuda de su santo, a quien le basta contemplarlo para salir victorioso y todavía más fortalecido en la gracia que antes de la tentación. San Antonio ni mira ni dialoga con los demonios –no se dialoga con la tentación-, sino que eleva sus manos al cielo y mira a Jesús. Así, nos enseña que sin la gracia, el alma cae inevitablemente en el pecado mortal, pero con la gracia, adquiere la fortaleza misma del Hombre-Dios, que le permite vencer y salir victorioso, aún si es todo el infierno el que la asalta.

jueves, 19 de enero de 2017

San Antonio abad


Vida de santidad[1].
Considerado como el padre del monaquismo, San Antonio abad nació en Egipto hacia el año 250, hijo de acaudalados campesinos. Luego de la muerte de sus padres, en el momento en el que asistía a una celebración Eucarística escuchó las Palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”, que San Antonio consideró como dichas directamente a él. Fue así que repartió su herencia entre los pobres y se retiró al desierto, para llevar una vida de penitencia y oración, llevando una vida eremítica y convirtiéndose en modelo de espiritualidad ascética. Fundó comunidades de oración y trabajo, logrando así conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Además de su espiritualidad monacal, se caracterizó por el apoyo a los confesores de la fe durante la persecución de Diocleciano, además de apoyar a San Atanasio en sus luchas contra la herejía gnóstica sostenida por el sacerdote apóstata Arrio. Murió en el año 356 en el monte Colzim, próximo al mar Rojo. Se dice que de avanzada edad pero no se conoce su fecha de nacimiento.
         Mensaje de santidad[2].
Una colección de sentencias suyas, conocida como “apotegmas”, demuestra su profunda y sobrenatural espiritualidad evangélica. De entre los temas de los apotegmas, podemos rescatar uno, referido a la tentación, en la que el santo la describe como incluso necesaria para la salvación, puesto que así el alma puede probar –sostenida por la gracia- su amor por Dios y su rechazo por el demonio. Es decir, lejos de ser la tentación un obstáculo para la vida espiritual, es imprescindible para su crecimiento e incluso, para entrar en el Reino de los cielos: “Quien no ha sufrido la tentación no puede entrar en el Reino de los Cielos. En efecto, dijo, suprime las tentaciones y nadie se salvará”. En otro lugar, dice así: “La tentación acompaña al hombre como su sombra, incluso se le adelanta... Esta es la vía de la salvación, la única: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman” (Sant 1, 12)”. Para San Antonio, la tentación hace ver al hombre cuál es la realidad de su ser, su fragilidad, y por lo tanto, su dependencia de Cristo, ayudándolo así a crecer en la humildad y a evitar la soberbia: “La tentación conduce al hombre a la verdad de su ser, dándole la media exacta de su fragilidad; la tentación le fortalece probándole y le lleva a su madurez en Cristo”. Citando a otro Padre del desierto, Isaac el sirio, San Antonio afirma que el hombre que “ha visto su pecado”, es decir, se ha reconocido en la tentación, “es más grande” que alguien que hace milagros portentosos, como resucitar muertos: “Aquel que ha visto su pecado, dice Isaac el sirio- es más grande que quien resucita muertos”.
Luego da el remedio contra la tentación, el contemplar a Jesús crucificado para obtener su gracia y así ser curados, al igual que los israelitas en el desierto eran curados cuando contemplaban la serpiente de bronce de Moisés: “Si somos mordidos por alguna serpiente, contemplemos a Cristo clavado en la cruz, como los israelitas miraban la serpiente de bronce en el estandarte (Núm 21, 8-9)”. Luego afirma que la tentación tiene un “sentido pascual”, porque es un “paso” que conduce de “nuestra muerte”, a la Vida, que es Jesús: “Toda tentación tiene un sentido pascual: nos arranca de nuestra muerte y nos hace pasar a Él, el Viviente”.
Esta función benéfica de la tentación no se limita a un período de la vida, sino que se prolonga hasta el último instante de la existencia terrena: “Dijo Antonio al Abba Poemén[3]: “Este es el gran quehacer del hombre: reconocer su pecado en presencia de Dios y esperar la tentación hasta el último respiro””.
         En un momento de la historia y de la Iglesia en la que el hombre, más que eliminar el pecado, pretende convertirlo en algo bueno y apetitoso, San Antonio abad con sus apotegmas, nos alerta ante el peligro que subyace en esta y en toda tentación, el creer en la Gran Mentira del Tentador: “Seréis como dioses” (cfr. Gn 3, 5).





[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] http://parrhesiamonastica.blogspot.com.ar/2011/04/apotegmas-de-san-antonio-abad.html
[3] “Poemén”, que significa “pastor”, es una figura grande del monacatao de Scete. Se le atribuyen más de 200 sentencias. Afirma que la verdadera grandeza del hombre es reconocer su miseria.

viernes, 16 de enero de 2015

San Antonio, Abad


         San Antonio es considerado “padre del monaquismo”: decidió iniciar su vida de total entrega a Jesucristo cuando, en una celebración eucarística, escuchó la voz de Jesús que le decía: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”[1]. Tomada esta decisión, al morir sus padres, San Antonio entregó su hermana al cuidado de las vírgenes consagradas, distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. Hizo vida eremítica en el desierto y organizó comunidades de oración y trabajo, pero prefirió retirarse de nuevo al desierto, en donde logró conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Viajó a Alejandría para apoyar la fe católica ante la herejía arriana[2].
         En un mundo como el nuestro, caracterizado por el materialismo, el ateísmo, el hedonismo, el relativismo y por la negación de lo trascendente y sobrenatural, propio de la mentalidad pseudo-cientificista del iluminismo racionalista, aunque el mismo tiempo se afirma la religiosidad panteísta, neo-pagana e irracional de la Nueva Era, la vida de San Antonio y, sobre todo, su condición de monje y eremita, no se comprenden. Más aun, se toman como algo sin sentido, como algo sin razón: en efecto, al ver a San Antonio abad, que se retira al desierto no solo a orar, sino a llevar una vida de oración, de ascesis, de dura penitencia, de mortificación, de sacrificio, renuncia a todo bienestar, a todo bien material, a toda comodidad, en definitiva, llevando una vida de renuncia a este mundo, entonces el mundo y los mundanos se preguntan: si hay tanto para “disfrutar” en el mundo de hoy, con su avance tecnológico y si los Nuevos Movimientos Religiosos de la Nueva Era, que están al alcance de todos, ofrecen una espiritualidad “a la carta”, en donde cada uno puede escoger lo que quiera, para creer en lo que quiera y como quiera, para hacer lo que quiera, ¿qué sentido tiene una elección como la de San Antonio abad? Además, el mundo no puede entender la vida monástica, a la que tacha de antisocial, porque el monje se aparta de la sociedad de los hombres, viviendo una vida aislada. Entonces, para el mundo ateo y relativista, pagano y hedonista, hombres como San Antonio abad son escándalo y necedad, y son los más infelices del mundo, porque no son capaces de “disfrutar” lo que el mundo ofrece, además de ser un reflejo de su incapacidad de entablar relaciones humanas.
Sin embargo, a los ojos de Dios, que es lo que importa, San Antonio abad es el hombre más feliz del mundo, porque su elección, la elección de una vida monástica, eremítica, que significa de oración y de oración contemplativa, es la respuesta al llamado de Dios Uno y Trino a una mayor intimidad con Él, que es Trinidad de Personas. La vida monástica, como toda vida consagrada, pero de modo aún más intenso, anticipa, en esta vida terrena, lo que será la vida en el Reino de los cielos, porque en la vida monástica el alma se aparta del mundo y de los hombres, para intensificar la oración contemplativa, que es el diálogo de amor con las Tres Divinas Personas. En otras palabras, cuanto menos contacto con el mundo y con los hombres, el monje tiene más vida de oración y como la oración es diálogo de amor con las Personas de la Trinidad, cuanto más oración hace el monje, más diálogos de enamorados entabla con cada una de las Tres Divinas Personas. Es decir, si el monje se retira del mundo, no lo hace porque sea incapaz de establecer relaciones humanas, ni porque sea antisocial; todo lo contrario, movido por la gracia, su capacidad de vivir en comunión de vida y amor con las personas se ve elevada a una dimensión celestial, sobrenatural, de manera que se vuelve capaz de entablar una verdadera vida de comunión, en la fe y en el amor, con las Tres Divinas Personas. Y ante las Tres Divinas Personas, el monje intercede por las personas humanas, que son sus hermanos, pidiendo por su conversión y por su eterna salvación, que son los dones más grandes que toda persona pueda recibir en esta vida. Así, el monje, con su vida austera, sacrificada, penitente, se convierte en un don para sus hermanos, los hombres, porque se convierte en un permanente intercesor ante la Trinidad, pidiendo por su conversión y su salvación; y ante los hombres, se convierte en un don de la Trinidad, porque el monje no es el producto de una auto-realización al estilo gnóstico, sino un alma elegida por las Tres Divinas Personas, entre cientos de miles, para establecer con ella una relación de vida y amor de privilegio, reservada a muy pocos, para que sean, precisamente, faros de la luz y del amor trinitarios en medio de un mundo sumergido en las “tinieblas de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79) y acechado por las sombras vivientes, los ángeles caídos.
La vida de San Antonio abad -la vida monacal, vida de oración, de penitencia, sacrificio, de ayuno, de caridad-, es, entonces, en nuestro siglo XXI -un siglo dominado por la tecnología, el racionalismo y el cientificismo, por un lado, y por otro, por la espiritualidad mágica e irracional de la Nueva Era-, un faro de luz que ilumina, con la luz de Jesucristo, que es la luz eterna de la Trinidad, la luz de la Jerusalén celestial, las tinieblas más densas que jamás hayan conocido la humanidad, a la vez que señala y anticipa ya desde esta vida, otra vida, una vida gloriosa, la vida en la eterna bienaventuranza: la vida feliz en la contemplación de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] Cfr. ibidem.