San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 21 de agosto de 2017

San Pío X


Vida de santidad[1].

José Sarto nació en Riese, poblado cerca de Venecia en el año 1835, en el seno de una familia humilde, siendo el segundo de diez hijos. Ingresó en el seminario y pudo terminar sus estudios gracias a una beca que le consiguió un sacerdote amigo de la familia. Luego de ser ordenado sacerdote, vicepárroco, párroco, canónigo, obispo de Mantua y Cardenal de Venecia y finalmente Papa.
Era de carácter irascible –una vez abofeteó a su hermana que le reprochó el ser quejoso por un dolor de muelas-, aunque trabajó mucho para endulzar su carácter, teniendo como ideal a seguir la frase de Jesús: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. En 1903 al morir León XIII fue convocado a Roma para elegir al nuevo Pontífice. Durante la elección los Cardenales se inclinaron en principio y por mayoría por el Cardenal Rampolla, sin embargo el Cardenal de Checoslovaquia anunció que el Emperador de Austria no aceptaba al Cardenal Rampolla como Papa y tenía el derecho de veto en la elección papal, por lo que el Cardenal Rampolla retiró su nombre del nombramiento. Reanudada la votación los Cardenales se inclinaron por el Cardenal Sarto quien suplicó que no lo eligieran hasta que una noche una comisión de Cardenales lo visitó para hacerle ver que no aceptar el nombramiento era no aceptar la voluntad de Dios. Aceptó pues convencido de que si Dios da un cargo, da las gracias necesarias para llevarlo a cabo. Eligió el nombre de “Pío”, inspirado en que los Papas que eligieron ese nombre habían sufrido por defender la religión.
Como Papa, se caracterizó por tener tres grandes virtudes: pobreza, humildad y bondad. Con respecto a la pobreza, como Papa fue asistido solo por sus dos hermanas, las cuales vivieron pobremente después de la muerte del Pontífice, debido a que éste no tenía propiedad ni dinero alguno. Vivió radicalmente la verdadera pobreza, la pobreza de la Cruz, la pobreza digna que rechaza los bienes materiales porque elige los bienes eternos; la pobreza que consiste en poseer materialmente sólo lo que conduzca al Reino de Dios, como Jesús, cuyos bienes materiales eran sólo los tres clavos de hierro, la corona de espinas, el leño de la cruz, el lienzo para cubrir su humanidad, y el cartel que decía en griego, hebreo y latín: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Con respecto a la humildad, el Papa Pío X se consideró siempre indigno del cargo de Papa, además de no permitir lujos excesivos en sus recámaras y de no permitir un trato especial a sus hermanas, por el solo hecho de ser “hermanas del Papa”. La otra virtud que lo caracterizó fue la bondad: como vimos, no tenía un buen carácter y con frecuencia se dejaba llevar por la irascibilidad, aunque se propuso imitar a Jesús, “manso y humilde de corazón”, logrando tal propósito, pues siendo Papa, siempre estaba de buen genio y dispuesto a mostrarse como padre bondadoso con quien necesitara de él.
Dentro de sus obras se destacan la fundación del Instituto Bíblico, destinado a perfeccionar las traducciones de la Biblia; la creación de una comisión encargada de ordenar y actualizar el Derecho Canónico, y la promoción del estudio del Catecismo, por lo que luego fue nombrado “Patrono de los catequistas”.
También se destaca su combate –intelectual y espiritual- contra dos grandes herejías en boga en esa época: el Modernismo y el Jansenismo. Para combatir al Modernismo, escribió la encíclica llamada “Pascendi Dominici Gregis” (8 de septiembre de 1807), mediante la cual afirmaba que los dogmas son inmutables y que la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral (Lerins dice que el dogma; la otra herejía que combatió fue la del Jansenismo que sostenía equivocadamente que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible; en contraposición Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendían quien está en la Santa Hostia Consagrada, lo cual ocurre, en el ser humano, a partir de la edad de siete años, con el inicio del uso de la razón. Este decreto le valió ser llamado el “Papa de la Eucaristía”.
Murió el 21 de agosto de 1914 después de once años de pontificado.

Mensaje de santidad.

Dentro de sus múltiples virtudes, podemos considerar que el combate contra el Modernismo fue uno de los más valiosos legados que nos dejó este santo pontífice. Podría pensarse que, al definir que un dogma no puede ser modificado, el Papa Pío X convirtió a la religión en una estructura “fija”, “inmóvil”, “inerte”, sin capacidad de progreso. Sin embargo, nada de esto es verdad, pues la definición de inmutabilidad del dogma se debe interpretar según las consideraciones de San Vicente de Lerins[2], en el sentido de que un dogma, efectivamente, no puede ser modificado, aunque sí puede haber progresos en su interpretación, a condición de que no se trate de modificación alguna: “Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién Podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así, pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación. Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo permanecen siendo siempre ellos mismos. […] Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga siempre incorrupto e incontaminado, íntegro y perfecto en todas sus partes y, por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido”.




[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/saints/pio_x.htm
[2] Conmonitorio, n. 23.

martes, 15 de agosto de 2017

San Roque


         Vida de santidad[1].

         San Roque nació en Montpellier, de una familia sumamente rica –su padre era gobernador de la ciudad-, de la cual heredó una fortuna. Sin embargo, atraído por la pobreza de la Cruz y por la frase de Jesús “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”[2], una vez que sus padres hubieron fallecido, San Roque vendió todos sus bienes, repartió el dinero entre los pobres e inició una peregrinación a Roma para visitar santuarios.
Fue en esa época en que estalló la peste de la peste bubónica[3]- y debido al escaso avance de la ciencia en ese entonces, las gentes morían por montones por todas partes. Roque se dedicó entonces a atender a los más abandonados, logrando la curación de muchos de un modo milagroso, con sólo hacerles la señal de la Santa Cruz sobre su frente. A muchísimos ayudó a bien morir, y él mismo los sepultaba, porque nadie se atrevía a acercarse a los cadáveres por temor al contagio. Cuando la gente lo veía pasar, decía: “Ahí va el santo”. Sin embargo, finalmente sucedió lo inevitable, que era el contagio: el cuerpo del santo se cubrió de manchas negras y úlceras, con lo cual el santo decidió retirarse a un bosque solitario, para no molestar a nadie, y en el sitio donde él se refugió, ahí nació un aljibe de agua cristalina, con la cual se refrescaba.
Llevado por el ángel de la guarda del santo, un perro de una casa importante de la ciudad empezó a tomar cada día un pan de la mesa de su amo, caminando luego hacia el bosque para llevárselo a Roque. Después de varios días de repetirse el hecho, al dueño le llamó la atención el inusual comportamiento de su perro y lo siguió hasta el bosque, en donde encontró al pobre santo cubierto de llagas. Entonces se llevó a Roque a su casa y lo atendió, hasta que se curó completamente. Una vez repuesto, el santo regresó a su ciudad de Montpellier; sin embargo, al llegar a la ciudad, que estaba en guerra, los militares lo confundieron con un espía y lo encarcelaron. Estuvo en prisión durante cinco años, aunque su estadía en prisión no fue un obstáculo para su fervor evangelizador, puesto que, además de ofrecer sus humillaciones e injusta cárcel por la salvación de las almas, consolaba y catequizaba permanentemente a los demás prisioneros.
Hay retratos suyos en donde se lo ve junto a Nuestro Señor, pues Jesús se le apareció días antes de morir, para avisarle que pronto vendría a buscarlo para llevarlo al Reino de los cielos. Jesús le dijo también que antes de morir, le pidiera una gracia y lo que pidió San Roque fue que se viera libre de toda peste aquel que lo invocara. Falleció como un santo en la Fiesta de la Asunción de María Santísima, el 15 de agosto del año 1378. Cuando estaban preparando su cuerpo para sepultarlo, descubrieron que en su pecho había una señal de la cruz que su padre le había trazado de pequeñito, por lo que se dieron cuenta de que era hijo del que había sido gobernador de la ciudad[4]. Tanta era su fama de santidad, que a su funeral acudió en masa toda la población de Montpellier y desde entonces, cumpliendo Jesús la promesa que le había realizado antes de morir, comenzó a conseguir de Dios innumerables milagros, hasta el día de hoy.

Mensaje de santidad de San Roque.

Podemos decir que San Roque imitó y participó de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Al igual que Jesús, que siendo rico –por la riqueza de su divinidad- se hizo pobre –asumió nuestra humanidad, sin dejar de ser Dios- y para darnos de su riqueza dejó los palacios eternos del Padre en donde habitaba, así también San Roque, imitándolo, siendo rico materialmente se hizo pobre, para dar sus riquezas a los pobres. Como Jesús, que es el Buen Samaritano porque nos cura con su Amor y su gracia santificante que brota de su Corazón traspasado en la Cruz, así también San Roque curó con su caridad y con la señal de la Cruz a numerosos enfermos.
Como Jesús nos enseña muchas cosas, necesarias para el cielo: nos enseña el amor a la pobreza, pero no cualquier pobreza, sino la pobreza de la cruz, que es la pobreza de Jesucristo, porque siendo rico de bienes materiales –era el hijo del gobernador y su familia tenía mucho dinero, pero lo vendió todo para darlo a los pobres-, prefirió los bienes del cielo, es decir, en vez de atesorar dinero en la tierra –oro, plata, dólares, euros-, prefirió hacer caso a lo que nos dice Jesús, que sí quiere que atesoremos tesoros, pero espirituales y en el cielo (cfr. Mt 6, 20), y esos tesoros espirituales son las obras de misericordia y la gracia.
Al igual que Jesucristo, que fue “herido y humillado por nuestras culpas”, así también San Roque se contagió la peste bubónica sin estar él enfermo, para curar a los más necesitados, y como Jesús, que sufrió una acusación y cárcel injusta, también San Roque. Todo este mensaje de santidad se puede resumir en uno: el amor de caridad de San Roque, manifestado en el cuidado de los afectados por la peste bubónica, es participación en el Amor de caridad de Nuestro Señor Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados y recibió en sí mismo, siendo él el Cordero Inocente, el castigo por nuestros pecados, para devolvernos la salud espiritual, la vida de la gracia, la participación en la vida divina. Al recordarlo en su día, le pidamos a San Roque que, al igual que él, también nosotros seamos capaces de imitar a Jesús, si no en el grado en el que lo imitó, al menos mínimamente, en su humildad, humillación, mansedumbre y caridad.



[1] Cfr. http://www.ewtn.com/spanish/saints/Roque.htm
[2] Mt 10, 38.
[3] La “peste bubónica” o “muerte negra” es una enfermedad infecto-contagiosa producida por una bacteria llamada Pasteurella pestis o Yersinia pestis. Esta se multiplica rápidamente en la corriente sanguínea, produciendo altas temperaturas y muerte por septicemia. La palabra “bubónica” se refiere al característico bubón o agrandamiento de los ganglios linfáticos, cuya piel que los cubre se vuelve de color azulado oscuro o negro, debido a los infartos capilares y al proceso de supuración de los ganglios linfáticos. Se trata de una plaga propia de los roedores, que se transmite entre roedores a través de las pulgas: estas succionan la sangre de una rata infectada, ingiriendo la bacteria junto con la sangre, permaneciendo en el aparato digestivo de la pulga durante tres semanas promedio; la bacteria se transmite cuando la pulga pasa del roedor al humano y, al succionar la sangre de este, lo infecta cuando regurgita en el lugar de la picadura. El transmisor más común de esta infección es la rata negra (Raltus rattus). Este animal es amigable con el hombre, tiene aspecto agradable y está cubierto de una piel negra y brillante. A diferencia de la rata marrón que habita en las cloacas o establos, ésta tiende a vivir en casas o barcos. La cercanía con el hombre favoreció la traslación de las pulgas entre ratas y humanos, y así se propagó la peste. La enfermedad, ya fuera en el caso de las ratas o de los humanos, tenía una altísima tasa de mortandad, y en algunas epidemias alcanzó el 90 por ciento de los casos, siendo considerado “normal” un índice de fallecimiento promedio del 60 por ciento. Cfr. http://historiaybiografias.com/malas01/

lunes, 14 de agosto de 2017

San Maximiliano María Kolbe


"Celda del hambre", tal como la llamaban los nazis
al lugar en donde San Maximiliano María Kolbe sufrió el martirio.

Vida de santidad[1].

Nació en Polonia el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola; sus hermanos fueron Francisco, José, Valentín y Antonio. Sus padres eran María Dabrowska y Julio Kolbe, pertenecientes a la Tercera Orden Franciscana, los cuales tenían en su casa un taller y un pequeño altar con la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Czestochowa, patrona de Polonia[2].
Su familia, polaca, era inmensamente devota de la Santísima Virgen y cada año llevaba a los hijos en peregrinación al santuario nacional. San Maximiliano heredó de sus padres un gran cariño por la Madre de Dios. Cuando era pequeño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas: una corona blanca y otra roja, la blanca era la virtud de la pureza y la roja, el martirio. Tuvo la dicha de recibir ambas coronas.
En 1910 fue aceptado en el seminario franciscano y fue ordenado sacerdote en 1918; en 1915 obtuvo el doctorado en filosofía en la Universidad de Roma y en 1919 el doctorado en teología.
Gran devoto de la Virgen, San Maximiliano dedicó su vida en tratar de hacer la amar y venerar y para ello fundó en Polonia en el año 1927 la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión, fundando luego en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.
El padre Maximiliano fundó dos periódicos: uno, titulado “El Caballero de la Inmaculada”, y otro “El Pequeño diario”, además de una radiodifusora, llamada “El Caballero de la Inmaculada”. Organizó una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia, y después se trasladó al Japón y allá fundó una revista católica que llegó a editar tiradas de quince mil ejemplares. En la Segunda Guerra Mundial la ciudad de Nagasaki, donde él tenía su imprenta, fue destruida por una bomba atómica, pero a su imprenta nada le sucedió.
Luego de invadir Polonia, los nazis tomaron por asalto la Ciudad de la Inmaculada y se llevaron prisionero al padre Maximiliano, con todos los sacerdotes y hermanos franciscanos que allí trabajaban al campo de concentración de Auschwitz, en donde el Padre Maximiliano murió mártir.

Mensaje de santidad.

Además de su vida de heroicidad de virtudes, el Padre San Maximiliano nos dejó un inapreciable legado, y es el de entregar su vida por la Fe en Jesucristo, al ofrecerse en cambio por un prisionero, padre de familia, que iba a ser ejecutado. Los hechos sucedieron así: un día se fugó un preso del campo de concentración de Auschwitz y en represalia, los nazis asesinarían por hambre a diez detenidos. Hicieron el sorteo del uno al diez, y cada vez que a un detenido le tocaba en suerte el número diez, era apartado para conducirlo a un sótano y dejarlo allí para que muriera de hambre. En un momento determinado, al tocarle el número diez, un detenido dijo: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?”. Fue entonces cuando el Padre Kolbe, en cumplimiento de las palabras de Jesucristo –“Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”-, se ofreció para morir en lugar de ese padre de familia: “Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre”. El oficial le responde: “¿Y por qué?”. “Es que él tiene esposa e hijos que lo necesitan. En cambio yo soy soltero y solo, y nadie me necesita”. Luego de dudar un momento, el oficial encargado de las ejecuciones respondió: “Aceptado”. Fue así que San Maximiliano fue llevado a una celda, destinada especialmente para los detenidos que habrían de morir de hambre, una de las muertes más dolorosas que existen. A pesar de la condena a muerte y de los terribles dolores que comenzaban a sobrevenirle, el Padre Kolbe no solo nunca desesperó sino que, animado por una fuera sobrenatural –el Espíritu Santo, que inhabita en todos los mártires que dan la vida por el Hombre-Dios Jesucristo-, sostenía a los demás detenidos, en medio de los dolores y las angustias, con ánimo firme y fuerte esperanza, orando continuamente y ofreciendo sus sufrimientos a Nuestro Señor crucificado y a la Inmaculada Concepción. Lentamente, fueron muriendo todos los detenidos, hasta que en la oscura celda quedó sólo el Padre Kolbe. Debido a que los carceleros necesitaban la celda para otros presos, decidieron acelerar la muerte de San Maximiliano, inyectándole cianuro intravenoso. La muerte de San Maximiliano Kolbe se produjo el 14 de agosto de 1941, vísperas de la gloriosa Asunción de María Santísima. La Virgen Santísima, a quien tanto amó San Maximiliano en su vida terrena, vino a buscarlo un día antes de la Asunción, para que celebrara esta fiesta mariana ya en el cielo, en la eterna bienaventuranza, y aquel que fue condenado a morir de hambre por causa de Jesucristo, comenzó a saciarse de vida divina, en la contemplación del Cordero. Tal como le había sido anticipado en sueños, San Maximiliano fue coronado en el cielo con una doble corona: una corona blanca, símbolo de la pureza y castidad mantenida como sacerdote célibe, por el Reino de Dios, y la corona roja del martirio, concedida por haber dado testimonio, hasta la muerte, de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Por su testimonio de Fe en Jesucristo, en San Maximiliano María Kolbe se cumplen las palabras de Jesús: “El que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la ganará” (Mc 8, 35).

viernes, 11 de agosto de 2017

Santa Clara de Asís


Vida de santidad[1].

Nació en Asís en 1194. A los dieciocho años se consagró a Cristo haciéndose cortar los cabellos y vistiendo el sayo oscuro de la orden de San Francisco, iniciando así una vida de pobreza radical, renunciando a todo lo que tenía y prometiendo vivir sin poseer nada. Comenzaba de esta manera la Segunda Orden Franciscana: Las Damas Pobres o Clarisas. Esto sucedía en Santa María de los Ángeles (Porciúncula), la iglesia restaurada por San Francisco. En 1228 obtenía del Papa el privilegioum paupertatis de vivir totalmente de limosnas. Vivió la vida consagrada durante cuarenta y tres años, sin salir del convento, alcanzando a ver, en vida, cómo su orden se extendía por España y Europa. Era muy devota de la Eucaristía, y por dos veces logró hacer huir a los sarracenos con solo mostrarles desde la ventana del dormitorio la custodia con el Santísimo Sacramento (1240), o exhortando a las hermanas a la oración, estando totalmente inmovilizada a causa de sus continuos dolores.
Murió en San Damián, a las afueras de Asís, el 11 de Agosto de 1253. Fue canonizada solo dos años después por Alejandro IV. Dejó cuatro cartas, la Regla y el testamento. “Vete en paz ya que has seguido el buen camino; vete confiada, ya que tu creador te ha santificado, custodiado incesantemente y amado con la ternura de una madre con su hijo”. “Oh Dios, bendito seas por haberme creado”. Estas fueron las últimas palabras de una gran mística llena de alegría y de amor a Dios y a los hombres.

         Mensaje de santidad.

Santa Clara vivió el ideal de pobreza, humildad y obediencia de San Francisco de Asís. En el convento, se destacaba por su obediencia, el servicio a los demás y el deseo de negarse a sí misma, para darse a los demás.
San Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor le había dicho: “Reconstruye mi Iglesia”. Santa Clara se inspiró en la Comunidad Franciscana, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas. A su pesar, pues su humildad rechazaba los cargos, fue nombrada guía de Las Damas Pobres. Como Madre de la Orden, fue siempre ejemplo vivo del carisma franciscano, viviendo en todo momento atenta a las necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre. Acostumbraba tomar los trabajos más difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Por el testimonio de las mismas hermanas que convivieron con ella se sabe que muchas veces, cuando hacía mucho frío, se levantaba a abrigar a sus hijas y a las que eran más delicadas les cedía su manta. A pesar de ello, Clara lloraba por sentir que no mortificaba suficiente su cuerpo. Cuando hacía falta pan para sus hijas, ayunaba sonriente y si el sayal de alguna de las hermanas lucía más viejo ella lo cambiaba dándole el de ella. Su vida entera fue una completa dádiva de amor al servicio y a la mortificación. Tenía gran entusiasmo al ejercer toda clase de sacrificios y penitencias. Su gozo al sufrir por Cristo era algo muy evidente y es, precisamente esto, lo que la llevó a ser Santa Clara. Este fue el mayor ejemplo que dio a sus hijas y a la Iglesia toda.
Otra virtud que brilló resplandeciente en Santa Clara fue la humildad en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía más de lo que pedía a sus hermanas. Lavaba los pies a las que llegaban cansadas de mendigar el sustento diario y también a las enfermas y no había trabajo que ella despreciara pues todo lo hacía con sumo amor y con suprema humildad. En una ocasión, después de haberle lavado los pies a una de las hermanas, quiso besarlos. La hermana, resistiendo aquel acto de su fundadora, retiró el pie y accidentalmente golpeó el rostro a Clara. Pese al moretón y la sangre que había salido de su nariz, volvió a tomar con ternura el pie de la hermana y lo besó.
Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada más que al Señor pobre, en el Pesebre y en la Cruz; solo deseaba vivir la pobreza de la cruz, y esto lo exigía a todas sus hijas. Por este motivo, para mejor imitar a Cristo pobre en la Cruz y para vivir la pobreza de la Cruz, rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el “privilegio de la pobreza”, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III. Para Santa Clara la pobreza de la Cruz era el camino por el que se alcanzaba más perfectamente la unión con Cristo. Luchó constantemente por despegarse de todo aquello que la apartaba del Amor y todo lo que le limitara su corazón de tener como único y gran amor al Señor y el deseo por la salvación de las almas. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: “Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo”. A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros”.
Santa Clara era sumamente devota de la Eucaristía, y fue la Eucaristía –Jesús, el Hombre-Dios, el Dios de la Eucaridtía- quien la protegió, a ella y sus hermanas de religión, de dos peligros mortales en los que estuvieron a punto de perder la vida, siempre en relación con los sarracenos o musulmanes: el primer episodio ocurrió en el año 1241, cuando los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Al llegar al convento, ubicado en el pedemonte, en el exterior de las murallas de Asís, Santa Clara tomó en sus manos la custodia con la Hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes; estos experimentaron en ese momento una oleada de terror tan espantosa, que huyeron despavoridos. La otra ocasión fue cuando también los musulmanes atacaban la ciudad de Asís para destruirla por completo; Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.
Como muestra de que Dios estaba con ella, en su vida ocurrieron otros milagros clamorosos, como el de la multiplicación de los panes: en un momento sucedió que en el convento había solo un pan para que comieran cincuenta hermanas; Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. El pan se multiplicó de tal manera, que todos comieron “hasta saciarse”, lo cual recuerda el milagro de la multiplicación de panes y peces que realizó Nuestro Señor en el Evangelio. Santa Clara dijo entonces: “Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?”. Otro milagro relacionado con los panes ocurrió en ocasión de una de las visitas del Papa al Convento: al llegar el mediodía, Santa Clara invitó a comer al Santo Padre pero el Papa no accedió. Entonces ella le pidió que por favor bendijera los panes para que quedaran de recuerdo, pero el Papa respondió: “Quiero que seas tú la que bendigas estos panes”. Santa Clara le contestó, llevada por su humildad, que hacerlo sería como un irrespeto muy grande de su parte hacer eso delante del Vicario de Cristo. El Papa, entonces, le ordena bajo el voto de obediencia que haga la señal de la Cruz. Ella bendijo los panes haciéndole la señal de la Cruz y al instante quedó la Cruz impresa sobre todos los panes.
Vida consagrada a Dios, oración, penitencia, humildad, obediencia, misericordia para con los más necesitados, pobreza de la Cruz, gran amor a la Eucaristía, estos son los mensajes de santidad de Santa Clara de Asís para nosotros, católicos del siglo XXI.
        
        


jueves, 10 de agosto de 2017

San Lorenzo, diácono y mártir


         Vida de santidad[1].

         Era diácono de la Iglesia de Roma y murió mártir en la persecución de Valeriano, cuatro días después de Sixto II, papa, y sus compañeros, los cuatro diáconos romanos. Su sepulcro se halla junto a la vía Tiburtina, en el «ager Veranus»; Constantino Magno erigió una basílica en aquel lugar. Su culto se había difundido en la Iglesia ya en el siglo IV.

         Mensaje de santidad.

En la imagen, vemos a San Lorenzo de rodillas y ataviado con su dalmática diaconal, recibe de manos del mismo Jesús en Persona la corona de gloria que ha merecido por dar su vida por el Evangelio. La Virgen, que sostiene al Niño, observa complacida la escena. Se aprecia la parrilla, en la cual San Lorenzo sufrió su martirio al ser asado vivo, y también una gran cantidad de objetos, ante todo litúrgicos, de gran valor. Esto último es en referencia a una exigencia del alcalde de Roma: debía traerle los “tesoros de la Iglesia”, para que el emperador pudiera costear sus guerras. San Lorenzo fue a buscar a cuanto pobre, lisiado, minusválido, que halló por las calles de la ciudad, y se los llevó al emperador, diciéndole que ellos –los pobres- eran los verdaderos “tesoros de la Iglesia”, y no los objetos de valor material. Siguiendo el ejemplo de San Lorenzo, que también nosotros seamos capaces, no solo de ver en los pobres la riqueza de la Iglesia, sino de dar la vida por la Eucaristía y el Evangelio.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen y mártir


Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen y mártir.

         Vida de santidad[1].

         Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith) Stein, virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas y mártir, nacida y educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía durante algunos años entre grandes dificultades, recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo, prosiguiéndola bajo el velo de las vírgenes consagradas hasta que, en tiempo de un régimen hostil a la dignidad del hombre y de la fe, fue encarcelada lejos de su patria, y en el campo de exterminio de Auschwitz, cercano a Cracovia, en Polonia, murió en la cámara de gas.
Edith Stein,  Teresa Benedicta de la Cruz, nació el día del Kippur, día festivo para los hebreos, y en Breslavia Alemania, el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia hebrea. Edith fue la última de once hijos. A los dos años de edad, muere su padre. Hizo sus primeros estudios y el Bachillerato en su ciudad natal con calificaciones siempre sobresalientes. En la Universidad de Breslau estudia, de 1911 a 1913, Germanística, Historia, Psicología y Filosofía. En 1913 se traslada a Göttingen para seguir sus estudios de filosofía siendo discípula de Edmund Husserl, un hebreo y no creyente, genio filosófico de su tiempo, haciendo el examen de Licenciatura con calificación sobresaliente en 1915. Durante este período, llega a un ateísmo casi total, pues abandonó la fe y las prácticas religiosas. Estalla en 1914 la Primera Guerra Mundial y Edith trabaja como enfermera voluntaria siendo enviada a un hospital del frente. Luego hace el examen de doctorado en la Universidad de Freiburg, con la calificación Summa cum laude.  Cuando contaba con 32 años enseña en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena en Espira. Además de las clases, escribe, traduce y da conferencias sobre la cuestión femenina y sobre la educación católica que la llevarán por diversas ciudades de Alemania y por los países limítrofes. A los 41 años, es profesora en el Instituto Alemán de Pedagogía científica en Münster. Su fama de conferenciante traspasa las fronteras de Alemania y es invitada a hablar en Francia y Suiza. Desde su conversión deseó entrar en el Carmelo a pesar de la oposición de la familia, y su deseo se vio cumplido el 14 de octubre de 1933, a los 42 años, ingresando en el Carmelo de Colonia. Aquí cambia su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz. Su familia hebrea, rompe con ella. El 21 de abril de 1935, domingo de Pascua de Resurrección, emite sus votos religiosos y tres años después, aquél mismo día, sus votos perpetuos. Su vida será ya una Cruz convertida en Pascua. Dentro del convento, por orden del Provincial, continúa sus estudios científicos. A medida que el nazismo se consolida en el poder su condición de judía es una amenaza para ella y para la comunidad. El día 31 de diciembre de 1938 emigra a Holanda y se establece en el convento de Echt. Aquí la encomiendan, entre otros trabajos, un estudio sobre San Juan de la Cruz, y escribe “La ciencia de la Cruz”. El día 2 de agosto de 1942 es detenida por la Gestapo, junto con su hermana Rosa, también convertida al catolicismo, y llevada con otros religiosos y religiosas al campo de concentración de Amersfoort. Luego, en la noche entre el 3 y el 4 de agosto, los presos fueron trasladados al campo de Westerbork, situado en una zona completamente deshabitada al norte de Holanda. El 9 de agosto de 1942, llegaba en el tren de la muerte al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Por su edad (51 años cumplidos), su baja estatura, sin signos externos de robustez, en la mentalidad nazista, no servía para trabajos forzados. La llevaron a la barraca 36, siendo marcada con el Nº 44.074 de deportación, para morir mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad, en la casita blanca, víctima del Ziclon B (Ácido Cianhídrico), que produce la muerte instantánea al ser emitido desde las duchas de agua. Su cuerpo sin vida fue calcinado con leña (todavía estábamos en agosto de 1942). No hay tumba. Las cenizas o huesos de la Hermana Edith se arrojaron en el campo adyacente. Hoy es un verde campo con cruces que plantan allí los grupos de peregrinos. Mujer de singular inteligencia y cultura, ha dejado numerosos escritos de elevada doctrina y de honda espiritualidad. En 1962 se inició su proceso de beatificación. Teresa Benedicta de la Cruz representa la dramática síntesis de nuestro tiempo, Mujer hija de Israel, Mártir por la fe en Cristo, y Víctima del exterminio judío, fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, el 1 de mayo de 1987. Su fiesta se celebra en el Carmelo Teresiano el 9 de agosto. El Papa Juan Pablo II canonizó a la judía, filósofa, monja, mártir y beata, Teresa Benedicta de la Cruz de la Orden del Carmelo, el 11 de Octubre de 1998 en la Basílica de San Pedro en Roma.
Mensaje de santidad.
Ya desde la elección de su nombre el 15 de abril de 1934 cuando toma el hábito carmelitano eligiendo el de “Teresa Benedicta de la Cruz” -muchos traducen su nombre como Teresa “bendecida por la cruz”-, la santa nos deja un mensaje de santidad esencial: ha entendido que la esencia del catolicismo y de la vida religiosa en particular consiste en abrazar la cruz y entregar, en unión con Cristo crucificado, la propia vida, para la salvación de las almas. Tomamos dos extractos de su obra: “La ciencia de la Cruz”.
En un párrafo escribe: “Mira hacia el Crucificado. Si estás unida a él, como una novia en el fiel cumplimiento de tus santos votos, es tu sangre y Su sangre preciosa las que se derraman. Unida a él, eres como el omnipresente. Con la fuerza de la Cruz, puede estar en todos los lugares de aflicción”. El alma que contempla a Cristo Crucificado, no puede hacer otra cosa que unirse a Él, místicamente, de manera tan real y profunda que la sangre del que contempla a Cristo y la Sangre de Cristo son una misma y única Sangre, que se derraman sobre las almas para su conversión. El alma, que es unida al Cuerpo Místico de Cristo por el Espíritu Santo y es animada por este mismo Espíritu, del mismo modo a como un órgano del cuerpo es animado por el alma que anima y vivifica al cuerpo entero, se convierte así en corredentora, unida al Redentor, volviéndose capaz, por la unión mística con Cristo Crucificado, de estar presente, misteriosamente, “en todo lugar de aflicción”.
Es este aspecto de corredención del alma que se une a Cristo Crucificado, el que resalta Santa Edith Stein, como elemento esencial del catolicismo y de la vida religiosa en particular: “Hay una vocación a sufrir con Cristo y por lo tanto a colaborar en su obra de redención. Si estamos unidos al Señor, entonces somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todo sufrimiento llevado en unión con el Señor es un sufrimiento que da fruto porque forma parte de la gran obra de redención”[2]. La consagración del alma por el Bautismo y la consagración por la vida religiosa, no tiene otro objetivo que el formar parte del Cuerpo Místico de Cristo, Cuerpo que no puede no estar crucificado con Cristo y esto de manera real, es decir, uniendo los sufrimientos propios a los sufrimientos de Cristo en la Cruz. Sólo así, el sufrimiento personal, e incluso hasta la propia muerte, dejam de ser castigo por el pecado original, para convertirse en fuente de santificación y salvación, tanto personal como del prójimo, que es en lo que consiste la obra de la redención. Presentar un catolicismo y una vida consagrada distintas o con otros objetivos que no sean estos, es falsificar la noción misma de catolicismo.
Por último, en el telegrama que Edith había enviado a la Priora de Echt antes de ser llevada a Auschwitz, se contenía esta declaración: “No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de ello y me he dicho desde el fondo de mi corazón: Salve, Oh Cruz, mi única esperanza”. Aun siendo brillante en las ciencias humanas, Santa Teresa Benedicta de la Cruz considera que es infinitamente más valiosa la ciencia de la Cruz, la cual se aprende, no estudiando largos tratados de teología, sino llevando la cruz y soportando, espiritualmente, el peso de la misma: No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz”. No hay otra forma de aprender la ciencia de la Cruz, la única ciencia capaz de salvar el alma, la única ciencia que vuelve verdaderamente docto hasta al más ignorante en ciencias humanas de los hombres –según lo de Santa Teresa de Ávila: “El que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”-, es “sufriendo verdaderamente el peso de la cruz”. Es en la Santa Cruz de Cristo, en donde el alma se vuelve verdaderamente docta, porque allí adquiere la sabiduría salvífica, que salva al alma de la eterna condenación y la conduce a la eterna bienaventuranza. Sólo la Cruz es la única esperanza del alma que desea, más que salvarse, unirse en el Amor con Cristo crucificado.


martes, 8 de agosto de 2017

Santo Domingo de Guzmán


         Santo Domingo de Guzmán
         Vida de santidad[1].
         Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, la beata Juana de Aza, lo educó en la más estricta formación religiosa. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano. A los 24 años de edad, Domingo fue llamado por el obispo de Osma para ser canónigo de la catedral. A los 25 años fue ordenado sacerdote[2].
Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.   En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, a lo cual se sumaba un errado método por parte de los misioneros católicos: los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad. De esa manera, las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente: el misionero debía ser pobre como el pueblo, debía dar ejemplo de vida en todo y debía dedicarse con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza y santidad, iniciando la evangelización con grandes éxitos apostólicos. Sus armas para convertir eran la oración –principalmente, el Santo Rosario-, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión.
Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: “Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores porque nos vean muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones”.
En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores; los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. Santo Domingo dio a sus religiosos unas normas que han conseguido grandes santos a lo largo de los siglos –entre ellos, Santo Tomás de Aquino-, como por ejemplo: primero contemplar, y después enseñar: dedicar tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia; después sí predicar con todo el entusiasmo posible; predicar siempre y en todas partes: Santo Domingo quería que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles, dando él mismo el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
Cada año hacía varias cuaresmas, o sea, pasaba varias temporadas de a 40 días ayunando a pan y agua. Siempre dormía sobre duras tablas. Caminaba descalzo por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. No se colocaba nada en la cabeza ni para defenderse del sol, ni para guarecerse contra los aguaceros. Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola palabra. Cuando llegaban de un viaje empapados por los terribles aguaceros mientras los demás se iban junto al fuego a calentarse un poco, el santo se iba al templo a rezar. Un día en que por venganza los enemigos los hicieron caminar descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas afiladas, el santo exclamaba: “La próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos”. Y así sucedió en verdad. Sufría de muchas enfermedades, pero sin embargo seguía predicando y enseñando catecismo sin cansarse ni demostrar desánimo[3].
La misión de los dominicos, predicar para llevar almas a Cristo, encontró grandes dificultades pero la Virgen vino a su auxilio. Estando en Fangeaux una noche, en oración, tiene una revelación donde, según la tradición, la Virgen le revela el Rosario como arma poderosa para ganar almas.
Al vivir en gracia, Jesús le comunicaba de su paz y su alegría, y esa es la razón por la cual la gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración y era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo. Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria, recomendándoles a sus discípulos que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo. Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. El 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes, cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.
Mensaje de santidad[4].
Sin duda alguna, además de todas sus virtudes heroicas, que lo convirtieron en uno de los más grandes santos de la Iglesia, el legado más grande que nos dejó Santo Domingo de Guzmán, es el rezo del Santo Rosario[5], como arma espiritual para enfrentar con éxito absolutamente todas las tribulaciones que pudieran sobrevenirnos en este “valle de lágrimas”. Aunque más bien, siendo precisos, fue en realidad la Madre de Dios en persona, quien le enseñó a Santo Domingo a rezar el rosario. Este hecho, que está atestiguado por innumerables testimonios y documentos pontificios, sucedió en el año 1208 y sucedió así: Santo Domingo se encontraba desanimado debido a que luego de un durísimo trabajo de años, caracterizados por la predicación, sus oraciones y sacrificios, solo había logrado convertir a muy pocos herejes albigenses. Mientras se encontraba en esta situación, en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen, se le apareció la Madre de Dios, con el Niño entre sus brazos y con el Santo Rosario en una mano. Santo Domingo, llevado por la desazón, le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada. Como respuesta a su pedido, la Virgen le entregó a Santo Domingo el Rosario, además de enseñarle a recitarlo. También le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole al mismo tiempo que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Así lo hizo Santo Domingo y muy pronto una gran cantidad de albigenses volvieron a la fe católica.
En el momento de entregarle el Santo Rosario, la Santísima Virgen, además de decirle que propagara esta devoción, le indicó que la utilizara como arma poderosa de modo especial contra de los enemigos de la Fe. Y verdaderamente, fue con esta arma espiritual valiosísima, entregada por la Virgen en persona, que Santo Domingo de Guzmán logró derrotar la herejía albigense, caracterizada por un dualismo gnóstico según el cual había dos dioses, uno del bien y otro del mal, siendo el bueno el creador de lo espiritual y el malo, de todo lo material. Como consecuencia, para los albigenses, todo lo material es malo: así, el cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios. Otros errores de esta secta gnóstica consistía en negar la validez de los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios, además de rechazar la autoridad del Papa, estableciendo sus propias normas y creencias erróneas y heréticas. Desde entonces, el Santo Rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos y cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció al también dominico Beato Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción, reiterando las promesas dadas a Santo Domingo[6] para quienes recitaran el Santo Rosario, además de asegurarle que habrían de necesitarse volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del Santo Rosario, lo cual es más que cierto.




[6] La Virgen María le hizo 15 Promesas a Santo Domingo de Guzmán y luego a Alano de la Rupe, dirigidas a quienes recen el Santo Rosario: 1 – A todos los que recen devotamente mi Rosario, prometo mi protección especial y muy grandes gracias. 2 – El que persevere en el rezo de mi Rosario recibirá alguna gracia insigne. 3 - El Rosario será una defensa muy poderosa contra el infierno; destruirá los vicios, librará del pecado, disipará las herejías. 4 – El Rosario hará florecer las virtudes y las buenas obras y obtendrá a las almas las más abundantes misericordias divinas. Sustituirá en los corazones el amor del mundo con el amor de Dios y los elevará al deseo de los bienes celestiales y eternos. 5 – El que se confíe en mí con el Rosario no perecerá. 6 – El que rece devotamente mi Rosario, meditando sus misterios, no se verá oprimido por la desgracia. Si es pecador, se convertirá. Si es justo, crecerá en gracia y tendrá la recompensa de la vida eterna. 7 – Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos de la Iglesia. 8 – Los que recen mi Rosario encontrarán durante su vida y en la hora de la muerte la luz de Dios, la plenitud de sus gracias y participarán de los méritos de los bienaventurados. 9 – Libraré muy prontamente del purgatorio a las almas devotas de mi Rosario. 10 – Los verdaderos hijos de mi Rosario gozarán de una gran gloria en el cielo. 11 – Lo que pidáis mediante mi Rosario, lo obtendréis. 12 – Los que propaguen mi Rosario serán socorridos por mí en todas sus necesidades. 13 – He obtenido de mi Hijo que todos los miembros de la Cofradía del Rosario tengan por hermanos durante la vida y en la hora de la muerte a los santos del cielo. 14 – Los que rezan fielmente mi Rosario son todos mis hijos muy amados, hermanos y hermanas de Jesucristo. 15 – La devoción a mi Rosario es una gran señal de predestinación. Cfr. http://forosdelavirgen.org/3210/las-20-promesas-de-la-ssma-virgen-a-quienes-lleven-consigo-el-santo-rosario/

San Cayetano


         Vida de santidad[1].

         Nació en 1480 en Vicenza, cerca de Venecia, Italia. Quedó huérfano desde muy pequeño, al morir su padre, que era militar, durante la defensa de la ciudad, contra un ejército enemigo. Estudió en la Universidad de Padua donde obtuvo dos doctorados, trasladándose luego a Roma, en donde llegó a ser secretario privado del Papa Julio II y notario de la Santa Sede. Se ordenó sacerdote a los 33 años, demorando tres meses en celebrar su primera misa, debido al respeto y devoción que tenía a la Santa Misa. En Roma se inscribió en una asociación llamada “Del Amor Divino”, cuyos socios se esmeraban por llevar una vida lo más fervorosa posible y por dedicarse a ayudar a los pobres y a los enfermos.
Al constatar el grave estado de relajación en lo moral y espiritual por parte de los católicos, San Cayetano se propuso fundar una comunidad de sacerdotes que se dedicaran a llevar una vida lo más santa posible y a conducir a su vez a los fieles por el camino de la santidad. De esta manera, fundó los denominados Padres Teatinos (nombre que les viene de Teati, la ciudad de la cual era obispo el superior de la comunidad, monseñor Caraffa, que después llegó a ser el Papa Pablo IV).
En una carta, San Cayetano le escribía así a un amigo: “Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver cómo Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse”. Y este era el más grande anhelo de su vida: que las gentes empezaran a llevar una vida más de acuerdo con el santo Evangelio, es decir, que buscaran los bienes del cielo, y no los de la tierra.
Fue en ese tiempo estalló la revolución de Martín Lutero, dirigida a socavar los cimientos mismos de la Iglesia: el heresiarca fundó a los evangélicos y se declaró en guerra contra la Iglesia de Roma y el Papado, dirigiendo durísimas invectivas contra el Vicario de Cristo. A quienes se veían tentados a seguir su ejemplo, atacando y criticando a los jefes de la santa Iglesia Católica, San Cayetano les decía: “Lo primero que hay que hacer para reformar a la Iglesia es reformarse uno a sí mismo”.
San Cayetano era de familia muy rica y se desprendió de todos sus bienes y los repartió entre los pobres, escribiendo en una carta escribió la razón que tuvo para ello: “Veo a mi Cristo pobre, ¿y yo me atreveré a seguir viviendo como rico? Veo a mi Cristo humillado y despreciado, ¿y seguiré deseando que me rindan honores? Oh, qué ganas siento de llorar al ver que las gentes no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado”.
Sentía un inmenso amor por Nuestro Señor, y lo adoraba especialmente en la Sagrada Hostia en la Eucaristía y recordando la santa infancia de Jesús. Su imagen preferida era la del Divino Niño Jesús.
Dedicaba los ratos libres, donde quiera que estuviera, a atender a los enfermos en los hospitales, especialmente a los más abandonados y repugnantes.
Un día en su casa de religioso no había nada para comer porque todos habían repartido sus bienes entre los pobres. San Cayetano se fue al altar y dando unos golpecitos en la puerta del Sagrario donde estaban las Santas Hostias, le dijo con toda confianza: “Jesús amado, te recuerdo que no tenemos hoy nada para comer”. Al poco rato llegaron unas mulas trayendo muy buena cantidad de provisiones, y los arrieros no quisieron decir de dónde las enviaban.
En su última enfermedad el médico aconsejó que lo acostaran sobre un colchón de lana y el santo exclamó: “Mi Salvador murió sobre una tosca cruz. Por favor permítame a mí que soy un pobre pecador, morir sobre unas tablas”. Y así murió el 7 de agosto del año 1547, en Nápoles, a la edad de 67 años, desgastado de tanto trabajar por conseguir la santificación de las almas.

Mensaje de santidad.

Dentro de su mensaje de santidad, San Cayetano nos deja un legado de amor a Dios y al prójimo, principalmente el prójimo más necesitado. Si bien es cierto que se dedicó a atender a quienes padecían necesidades materiales, no menos cierto es que la carencia que más le preocupaba en el prójimo no era en el aspecto material, sino en el espiritual: experimentaba un verdadero dolor espiritual cuando comprobaba que sus contemporáneos padecían la mayor y más terrible de las pobrezas, y es el no alimentarse del Pan bajado del cielo, la Eucaristía. Lo que movía a San Cayetano era su gran amor a Jesús Eucaristía y su deseo de que los católicos abandonaran la vida mundana y se decidieran por la vida nueva de la gracia, es decir, por la conversión del corazón, y es esto lo que expresa con estas palabras: “Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver cómo Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse”. Como dijimos, experimentaba un verdadero dolor espiritual –“me siento enfermo del alma”- al comprobar que los católicos abandonaban su religión, o la vivían de un modo superficial y ligero, dejando de lado sus misterios más profundos, por la superficialidad del mundo. Pero San Cayetano no se contentaba con que los católicos vivieran superficialmente la religión; lo que deseaba era que imitaran a Nuestro Señor en la cruz: “Oh, qué ganas siento de llorar al ver que las gentes no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado”.
Por último, San Cayetano es considerado patrono del pan, de la paz y del trabajo, y si bien es cierto que es lícito pedir por el pan material –el alimento de todos los días-, por la paz y por el trabajo, no es menos cierto que, como católicos, no podemos contentarnos con pedir estas cosas a San Cayetano por lo que, al recordarlo en su día, le pediremos que interceda por nosotros para que nunca nos falte el Pan bajado del cielo, la Eucaristía, que sacia el hambre que de Dios tiene toda alma; que vivamos en la paz, pero no en la paz del mundo, sino en la paz de Jesucristo, que es la paz de Dios, la verdadera paz espiritual, que desciende sobre el alma cuando el alma es reconciliada por Dios al perdonarle sus pecados y concederle su gracia; le pidamos tener trabajo, pero ante todo el trabajo por el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, en su Iglesia, la Santa Iglesia Católica.