San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 31 de agosto de 2017

San Ramón Nonato, religioso


         
         Vida de santidad[1].

Nació en Cataluña, España en 1204 y se le llama Nonato (no-nacido) porque nació por cesárea luego de que su madre muriera en el trabajo de parto. Siendo muy joven ingresó en la Congregación de Padres Mercedarios o de la Orden de Nuestra Señora de la Merced –lo recibió el mismo San Pedro Nolasco, el fundador de la Orden- que se dedicaban a rescatar cautivos que los mahometanos habían llevado presos a Argel. Cumplió cabalmente con el carisma de su congregación, pues sufrió mucho por la redención de los cautivos.
Pocos años después de haber entrado de religioso fue enviado con una gran cantidad de dinero a rescatar a los católicos que estaban esclavizados por los musulmanes en África. Allá gastó todo el dinero en conseguir la libertad de muchos cristianos y enviarlos otra vez a su patria, de donde habían sido llevados secuestrados por los enemigos de nuestra religión. Cuando se le acabó el dinero se ofreció el mismo a quedarse como esclavo, con tal de que libertaran a algunos católicos que estaban en grave peligro de perder su fe y su religión por causa de los atroces castigos que los mahometanos les infligían.   Ya cautivo, San Ramón sufrió terribles tormentos y azotes por parte de los musulmanes, debido a que prefería seguir el mandamiento del Señor: “Id y predicad el Evangelio a todas las naciones”, antes que la norma meramente humana del Islam, que prohíbe hablar de la religión católica. A pesar de todos estos tormentos y como continuaba predicando, los islamistas lo hicieron callar amarrándole a la boca una correa, a la cual le echaron candado, para que no pudiera, quitándoselo al candado solo para cuando debía alimentarse. Pero aun así, San Ramón Nonato predicaba, desde el silencio: era un apóstol misionero a quien los musulmanes amordazaban, porque predicaba la Buena Noticia del Hombre-Dios Jesucristo. En esas circunstancias, el jefe de los secuestradores musulmanes decidió dejarlo en libertad, con la esperanza de que Ramón volviera a España y desde allí le trajera más dinero para rescatar cristianos. Sin embargo, una vez libre, nuestro santo se dedicó a continuar propagando el Evangelio, según el mandato del Señor Jesús, lo cual hizo arder en cólera a los mahometanos, por lo que lo volvieron a encarcelar y a atormentar.
Enterado San Pedro Nolasco de la situación de San Ramón, envió a algunos de sus religiosos con una fuerte suma de dinero para pagar su rescate, con la orden de que lo regresaran nuevamente a España. Una vez allí y como premio pro tanto heroísmo cristiano, el sumo Pontífice Gregorio IX lo nombró Cardenal, aunque San Ramón siguió viviendo humildemente como si fuera un pobre e ignorado religioso. En el año 1240 y cuando San Ramón tenía treinta y seis años, el Santo Padre lo llamó a Roma para que le colaborara en la dirección de la Iglesia, y el humilde Cardenal emprendió el largo viaje a pie, pero por el camino comenzó con una fiebre muy alta, hasta que finalmente murió, recibiendo en ese mismo momento la corona reservada para él por Nuestro Señor Jesucristo, por haber entregado su vida por Él y por el Evangelio.

Mensaje de santidad.

San Ramón Nonato es Patrono de las embarazadas y es por eso que a él se le ruega por un embarazo a término y sin complicaciones, al tiempo que también le pedimos por aquellos niños que, verdaderamente, son “nonatos”, pero no porque las madres mueran en el parto, como le sucedió a él, sino porque son asesinados en el vientre materno por el crimen del aborto. A él le pedimos, entonces, al recordarlo en su día, por los niños por nacer y por aquellos que no habrán de nacer nunca, porque serán asesinados en el vientre materno.
Otro mensaje de santidad que nos deja, es su ardiente amor por Jesucristo y el Evangelio, amor que ardía en su corazón y que no permitía que, por respetos humanos, se callara frente a los enemigos de la religión, en este caso, los mahometanos o musulmanes. Fue el amor a Nuestro Señor, el que lo llevó a predicar el Evangelio “a tiempo y a destiempo” y a “no negar a Nuestro Señor delante de los hombres, de manera que Jesús no lo negó delante de su Padre en los cielos” y es por eso que recibió la corona de santidad. Al recordar a San Ramón en su día, le pidamos entonces por los niños por nacer, principalmente por aquellos que no nacerán, porque serán abortados, y pidamos también la gracia de no ser un “como perros mudos”[2] frente a los enemigos de la Iglesia y de ser testigos de Cristo hasta el fin, derramando la sangre por el testimonio de Jesucristo si Dios así lo pide.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170831&id=12189&fd=0. A San Ramón le rezan las mujeres que van a tener un hijo, para que les conceda la gracia de dar a luz sin peligro ni tormentos. Es patrono de las mujeres embarazadas, madres lactantes y niños, protector de los inocentes injustamente acusados, para pedir un parto feliz, y contra la fiebre puerperal.
[2] Cfr. Is 56, 10.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Santa Rosa de Lima, virgen


         Vida de santidad[1],[2].

         Nacida en Lima, Perú, en 1586 (año de la aparición de la Virgen en Chiquinquirá) fue la primera mujer americana declarada santa por la Iglesia Católica. Al ser bautizada, le pusieron el nombre de Isabel, pero luego su madre comenzó a llamarla “Rosa” al comprobar que su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa, nombre que le impuesto definitivamente en la Confirmación. Desde muy niña, Santa Rosa demostró una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: “Rosa conságrame a mí todo tu amor”. Y desde entonces, decidió no vivir sino para amar a Jesucristo. Puesto que su hermano le decía que muchos hombres se enamoraban perdidamente por la atracción de una larga cabellera o de una piel muy hermosa, se cortó el cabello y se propuso llevar el rostro cubierto con un velo, para no solo no ser motivo de tentaciones para nadie, sino ante todo, para dedicar todo su amor de modo exclusivo a Jesucristo.
Se propuso irse de monja Agustina, pero sucedió que se arrodilló ante una imagen de la Virgen Santísima para pedirle que le iluminara si debía irse de monja o no, comprobando entonces que no podía levantarse del suelo donde estaba arrodillada, ni siquiera con la ayuda de su hermano. Comprendió entonces que la voluntad de Dios era otra y le dijo a Nuestra Señora: “Oh Madre Celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de esta idea”. Dicho lo cual, pudo levantarse del suelo fácilmente.
Decidió estudiar la vida de Santa Catalina de Siena e imitarla en todo, no tanto externamente, sino ante todo, interior y espiritualmente. A partir de entonces, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo, una túnica blanca y el manto negro y el velo también negro para la cabeza. Se entregó a la penitencia y a la oración, ardiendo de celo por la salvación de las almas. Fue en ese tiempo en el que su padre fracasó en el negocio de una mina y la familia quedó en gran pobreza.
Entonces Rosa se dedicó durante varias horas de cada día a cultivar un huerto en el solar de la casa y durante varias horas de la noche a hacer costuras, para ayudar a los gastos del hogar. Hacía enormes penitencias, muchas de las cuales no son para imitar, o al menos, no para todos. Se propuso rebajar su soberbia, su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y de ser admirada y conocida, cumpliéndose en ella la promesa de Jesús: “El que se humilla será enaltecido”, porque luego de su auto-humillación voluntaria y terrena, fue premiada con la vida eterna en el Reino de los cielos. Una segunda penitencia de Rosa de lima fue la de los alimentos: hacía ayuno casi continuo, a lo que agregaba una abstinencia de carnes perpetua. Comía solo lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. En los días de calores insoportables, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir ofreciendo su sed, por amor a Dios y por la salvación de las almas. De esta manera, Santa Rosa participaba de la sed de Jesús por las almas: “Tengo sed”. Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada y cuando se le cruzó la idea de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”. Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
Durante los últimos años de su vida, vivía continuamente en un ambiente de oración mística, con la mente y el corazón casi ya más en el cielo que en la tierra. Por medio de su oración, sus sacrificios y penitencias, se convirtió una innumerable cantidad de pecadores, además de lograr el aumento de fervor, piedad y amor a Dios en los consagrados, religiosos y sacerdotes. En la ciudad de Lima era ya una convicción general de que Santa Rosa era una santa en vida. Desde el año 1614, cada año, al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, demuestra una gran alegría sobrenatural, explicando cuál es el motivo de este comportamiento: “Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi redentor Jesucristo”. Nuestro Señor le había anunciado, con anticipación, cuándo sería el día de su muerte, sucediendo exactamente de esa manera: el 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía –debido a la participación en la agonía y muerte de Jesús en la Cruz-, Santa Rosa expiró, a los treinta y un años, con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador. Desde el momento mismo de su muerte, comenzaron a sucederse innumerables milagros en favor de quienes la invocaban. En poco tiempo, y debido a esta circunstancia, que atestiguaba que Santa Rosa estaba en el cielo e intercedía ante Dios Trino y el Cordero por sus devotos, luego de cumplir los procedimientos de rigor, el sumo pontífice la declaró santa y la proclamó Patrona de América Latina. El Papa Inocencio IX elogió admirablemente a Santa Rosa, afirmando lo siguiente: “Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones”. De esto vemos el grandísimo valor que tienen tanto la oración como las mortificaciones, porque esto quiere decir que quien ora y se mortifica, participa de la oración y de la Pasión de Nuestro Señor, cuyo sacrificio salvífico en la Cruz es de valor infinito.

         Mensaje de santidad.

         Además de su vida de literalmente de santidad –Santa Rosa de Lima no cometió jamás ningún pecado, vivió sobria y humildemente, entregada a una vida de penitencia y oración por la salvación de las almas-, creemos que el principal mensaje de santidad son las palabras dichas a Santa Rosa por Nuestro Señor Jesucristo, ya que ella las siguió al pie de la letra: “Palabras del Salvador a Santa Rosa de Lima: “Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo”. Lo que Nuestro Señor nos dice a través de Santa Rosa de Lima, es que no podemos llegar al cielo, a la plenitud de la gloria, sino es por medio de la Cruz, y así como Él, que es la Gracia Increada, debió sufrir el peso de la aflicción de la Pasión para llegar al cielo, así también nosotros, no podemos pretender una vida relajada y sin tribulaciones; por el contrario, debemos considerar la tribulación como un signo del cielo, que nos hace participar de la Santa Cruz de Jesús, por lo que, en vez de renegar de ella, debemos postrarnos en acción de gracias, abrazar la Cruz y seguir detrás de Jesús –con la ayuda de la Virgen-. También nos advierte el Señor del gran peligro del pecado, hacia el cual estamos inclinados por la concupiscencia, herencia del pecado original, y en el cual podemos caer fácilmente, por nuestra debilidad y por la tentación del Demonio, sino somos socorridos por la gracia. Por último, Nuestro Señor nos indica cuál es el único camino para ir al cielo, su Santa Cruz: “Sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo”.




[1] NOTA: En el caso de santa Rosa de Lima, su vida ocurrió en el cruce de caminos de las tradiciones populares y la fijación normativa de las cuestiones relativas al culto. Así, a pesar de que murió un 23 de agosto, se la comenzó a celebrar el día 30 de agosto, ya desde el principio, posiblemente porque en ese día se haya trasladado alguna reliquia, o por algún otro acontecimiento semejante. Con esa fecha quedó inscripta en el breviario romano, pero cuando se relaizó su proceso canónico, se le asignó la fecha del 26 de agosto (no 23). Un siglo más tarde del proceso, cuando los Bolandistas publican, en 1745, sus "Acta Sanctorum", erudito monumento al saber hagiográfico, ya nadie recuerda exactamente por qué se la celebra el 30 de agosto, así que dicen respectod e esta fecha: "en este día [es decir, el 30 de agosto] la recoge el breviario romano, pero nosotros seguimos la fecha del Calendario Romano [es decir, en ese momento, el 26]" (Acta Sanctorum, agosto, t. VI, pág 543). En la actualidad, con la reforma del calendario litúrgico, se tomó la determinación de colocar su fecha litúrgica donde correspondería, es decir, el 23 de agosto, excepto en aquellos territorios donde el 30 de agosto sea tan tradicional, que no tenga sentido moverla, como ocurre en Perú y en muchas diócesis del continente americano.
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170823&id=12180&fd=0

martes, 29 de agosto de 2017

La razón del martirio de San Juan Bautista


A pesar de lo que pudiera parecer, la muerte del Bautista no se debe a la defensa del matrimonio natural. Si fuera así, no sería mártir, y tampoco santo. Juan el Bautista muere por Jesucristo, no por el matrimonio, y esa es la razón de su santidad martirial. Es decir, Juan el Bautista no muere por la verdad del matrimonio natural –porque Herodes es adúltero-, sino por la Verdad que es Cristo, que eleva al matrimonio natural a la dignidad de sacramento. A partir de Jesús, el matrimonio no será más una unión natural entre el varón y la mujer: será, por la gracia santificante, la participación, del varón y de la mujer unidos esponsalmente, a la unión esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Esto significa que el esposo se convierte en representación, ante el mundo, de Cristo Esposo, mientras que la esposa se convierte en representación de la Iglesia Esposa. A partir de Cristo, los esposos cristianos son injertados en esta unión esponsal y mística entre Cristo y su Iglesia, lo cual determina las características de la unión esponsal entre el varón y la mujer, características que superan a las del matrimonio natural. En otras palabras, la fidelidad, la indisolubilidad, la apertura a la vida, virtudes que caracterizan al matrimonio entre el varón y la mujer, se derivan de la fidelidad, la indisolubilidad y la apertura a la vida –los hijos de Dios nacidos por el Bautismo sacramental- que caracterizan a la unión esponsal, mística y sobrenatural entre Cristo y la Iglesia. No es el matrimonio –ni el natural, ni el sacramental- el que determina la indisolubilidad, la fidelidad y el ser prolíferos, sino la unión esponsal anterior a toda unión esponsal humana, la que se produce entre Cristo y la Iglesia.
         Juan el Bautista no muere por el matrimonio natural, sino por Aquel que con su gracia santificante convierte al matrimonio natural en sobrenatural, esto es, en participación de la unión mística entre el Cordero y la Esposa, Cristo Jesús, el Hombre-Dios. Así como es imposible pensar en una Iglesia adúltera, esto es, que ame a los ídolos en vez de o junta a Cristo Jesús, y así como es imposible pensar en Jesús Eucaristía en otro lugar que no sea la Iglesia Católica, así tampoco es posible pensar en un esposo católico con otra mujer que no sea su esposa, y viceversa. Admitir lo contrario –que la unión adúltera no solo sea posible, sino agradable a Dios-, es admitir que la Iglesia puede dar cabida a los ídolos paganos –que son “demonios” según la Escritura[1]- y que Jesús Eucaristía pueda ser introducido en otras iglesias que no sean la católica. Y es negar la razón del martirio de Juan el Bautista, la santidad Increada del Cordero.



[1] Cfr. 1 Cor 10, 20.

lunes, 28 de agosto de 2017

San Agustín y el verdadero camino para encontrar a Dios


         En su libro “Confesiones”[1], San Agustín revela el camino interior que lo llevó a la conversión. A diferencia del gnosticismo, en donde el conocimiento interior de sí mismo lleva al descubrimiento de la propia divinidad, en San Agustín es clara la acción de la gracia santificante que, aunque no la describa con ese nombre, es la responsable de iluminar el interior del alma y es la que descubre la verdad del hombre al hombre mismo: el hombre no es Dios, sino una creatura. Es la gracia también la que da a conocer al hombre cuál es el designio divino sobre él: convertirlo en Dios por participación. Dice así San Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo Tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste”. Desde un inicio, San Agustín admite –a diferencia del gnosticismo- que hay “Alguien” que obra como guía en su auto-recorrido interior, y ese “Alguien” no es otro que Jesús: “(…) siendo Tú mi guía (…) Señor”. Desde el inicio, entonces, el cristiano admite que él no es Dios, sino que es Dios quien lo guía al auto-conocimiento de sí mismo.
Guiado por Dios en el recorrido por sí mismo, San Agustín descubre una luz, que no es ninguna luz creada, sino la Luz Increada, que es Dios, y que es quien ilumina sus tinieblas. En otras palabras, Dios es Luz, mientras que el hombre es oscuridad y mientras no esté iluminado por esta luz divina que proviene del Acto de Ser divino, el hombre es solo tinieblas y oscuridad: “Entré y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella”. San Agustín reconoce que esta luz no es creada, sino Increada, porque es Dios, que “es luz”, y es esta luz divina quien lo creó. El cristiano no es luz en sí mismo, sino alguien que ha sido creado por la Luz Increada, Dios Uno y Trino.
Al ser iluminado por esta luz divina, San Agustín adquiere un nuevo conocimiento, que es la Verdad divina, porque Dios es Luz y es Verdad Increada, que ilumina las almas y disipa las tinieblas de la ignorancia, del error, de la herejía, del cisma. Quien es iluminado por esta luz que es Dios, dice San Agustín, conoce la Verdad, que es Dios, y conoce la verdad sobre sí mismo, esto es, sobre el hombre, que es el de ser una creatura, hecha de barro, creada por la Luz Increada, pero también el que es iluminado por esta luz divina ama, y ama con un nuevo Amor, no el amor humano, contaminado por el pecado, sino con el Amor Divino, porque Dios, que es Luz, es también Amor, y esa es la razón por la cual, el que es iluminado por esta Divina Luz, ama y es amado por Dios: “La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: “Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. El que es iluminado por esta luz, ama, a Dios, al prójimo y a sí mismo –“me estremecí de temor y amor”-, al tiempo que adquiere el conocimiento de sí mismo, como creatura que no es Dios –“me di cuenta de la gran distancia que me separaba de Ti”- y conoce además que sin esta luz, que es el Divino Amor, no puede vivir, porque escucha cómo Dios le dice que le dará de su substancia, y así lo convertirá en Dios por participación (le dice así esta Luz): “Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. En este momento y sin que San Agustín lo mencione, Dios –esto es, la Luz que lo ilumina y lo ama- le anticipa que su alimento espiritual será nada menos que la substancia divina, la cual le será comunicada en la Eucaristía, y que terminará por divinizarlo.
En esta búsqueda interior de sí mismo, San Agustín encuentra a Aquel que es el Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida, y el Único Camino que conduce al Padre: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: “Yo soy el camino de la verdad y la vida”, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas. Jesús es el Mediador, es Hombre, pero también Dios; es Dios hecho hombre perfecto, sin dejar de ser Dios, para conducirnos al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, y por eso Jesús es, en la Eucaristía, el Camino que conduce al seno de Dios, la Verdad Eterna y la Vida divina.
Al descubrir a Dios Uno y Trino y a su Mesías, Cristo Dios, y al contemplarlo en su Hermosura –Dios es la Belleza Increada-, San Agustín prorrumpe en un lamento, que es el dolor de no haber conocido y amado antes a este Dios de tan inmensa majestad y hermosura: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”.
Y no lo conocía ni amaba, porque deseando ser feliz, se desparramaba por el exterior, buscando inútilmente el amor y la belleza en las creaturas, cuando solo Dios es Amor y Hermosura Increados: “Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. San Agustín, guiado por la luz de la gracia, conoce a Dios Trino y al Cordero, prueba el sabor exquisito de la substancia divina, contenida en la Eucaristía, y a partir de entonces, su alma reposa en la divina paz.
Es este el recorrido interior que todo cristiano debe hacer, y no el falso camino de las sectas gnósticas esotéricas, incluidos el hinduismo y el islamismo.



[1] Cfr. Libro 7, 10, 18; 10, 27: CSEL 33, 157-163. 255.

jueves, 24 de agosto de 2017

Fiesta de San Bartolomé, apóstol


         Vida de santidad[1].

         A San Bartolomé, apóstol, se lo identifica generalmente con Natanael –se supone que Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael, que significa “regalo de Dios”-. Nació en Caná de Galilea, y fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle, agregándolo a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio, siendo desollado vivo. Es por este motivo que se lo representa con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo. Muchos autores afirman que el personaje que el evangelista San Juan llama “Natanael”, es el mismo que otros evangelistas llaman “Bartolomé”. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael. El evangelio de San Juan la narra de la siguiente manera: “Jesús se encontró a Felipe y le dijo: “Sígueme”. Felipe se encontró a Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas. Es Jesús de Nazaret”. Natanael le respondió: “¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe le dijo: “Ven y verás”. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Natanael le preguntó: “¿Desde cuándo me conoces?” Le respondió Jesús: “Antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi”. Le respondió Natanael: “Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel”. Jesús le contestó: “Por haber dicho que te vi debajo del árbol, ¿crees? Te aseguró que verás a los ángeles del cielo bajar y subir alrededor del Hijo del Hombre” (Jn 1, 43).
Desde entonces, San Bartolomé-Natanael fue agregado a los Apóstoles por Nuestro Señor, convirtiéndose el santo en un discípulo incondicional del Hombre-Dios. Con los demás Apóstoles presenció los admirables milagros de Jesús, oyó sus sublimes enseñanzas y recibió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego.

         Mensaje de santidad.

         El legado más preciado que nos deja San Bartolomé es la frase dicha a él por Felipe: “Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret”. San Bartolomé, por medio de Felipe, escucha la noticia más hermosa que una persona pueda jamás recibir en esta vida: escuchar que Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, el Redentor, ha sido encontrado: “Hemos hallado a Jesús de Nazareth”. ¡Cuántos hombres de buena voluntad, nacen en circunstancias en las que no les resulta posible recibir la Buena Noticia de Jesús y son introducidos, por la costumbre del país o de la región donde nacieron, en religiones falsas, en sectas, fundadas por hombres malvados que sólo persiguen su propio ego, cuando no se trata de sectas verdaderamente diabólicas, como las sectas de tipo ocultista! Nosotros, los católicos, tenemos la gracia inapreciable de haber nacido en las circunstancias apropiadas, determinadas por la Divina Providencia, de modo que hemos recibido el Bautismo, la Confirmación y la Comunión Sacramental, todos medios no solo de encuentros personales con el Salvador, sino de unión íntima, profunda, sobrenatural; una unión entre el alma y Nuestro Señor Jesucristo, que es más profunda, sólida y estable que la unión de sangre, porque es la unión por la gracia, que nos hace partícipes de su vida divina. Todavía más, a nosotros no se nos dice, como a San Bartolomé: “Hemos hallado a Jesús de Nazareth”, sino que se nos da, desde el Bautismo, la unión orgánica, viva, real, con Jesús de Nazareth, al ser introducidos por el Bautismo en su Cuerpo Místico y al recibir, desde ese momento, su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y esta unión y vida con Él se profundiza –o al menos debería hacerlo- con actos de fe, con la oración, con la confesión sacramental y con cada comunión eucarística. Los católicos, por lo tanto, somos inmensamente más afortunados que los paganos, que no tuvieron la oportunidad de no solo escuchar que "ha sido hallado" el Mesías, sino que tampoco fueron incorporados, de modo orgánico, al Cuerpo Místico del Mesías, el Hombre-Dios, el Redentor, por la gracia santificante, y muchas veces, sino la mayoría, huimos de los sacramentos, como si tuvieran veneno, siendo los sacramentos el instrumento de la gracia que nos une íntimamente a Jesús y nos hace partícipes de su vida divina, y de todas estas faltas, habremos de dar cuenta en el Juicio Particular y en el Juicio Final. A San Bartolomé le anunciaron que habían encontrado a Jesús, y a partir de entonces, su vida cambió para siempre, porque vivió y murió por el Hombre-Dios, permitiendo incluso que le quitaran la piel de este cuerpo destinado a la corrupción, para no perder la vestimenta de la gracia y entrar así en la vida eterna. A nosotros, como vimos, se nos da al Hombre-Dios, en su vida, por la gracia sacramental, y en su Persona, por la comunión eucarística. ¿Somos capaces de dar la vida por Jesús, alejándonos siquiera de las ocasiones de pecar?

martes, 22 de agosto de 2017

San Expedito y la fuerza de la Cruz


         Es sabido que, en el momento en el que San Expedito decidió convertirse a Jesucristo, se le apareció el Demonio en forma de cuervo, con el objetivo de tentarlo y seducirlo para que postergara su conversión “para mañana”. Es decir, mientras Nuestro Señor Jesucristo le ofrecía la gracia santificante para que la aceptara en el momento e iniciara así su nueva vida, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida regida por los Mandamientos de la ley divina y el deseo de alcanzar el Reino de los cielos, el Demonio lo tentaba diciéndole, no que no se convierta, sino que se convierta, pero que “lo deje para mañana”. Mientras tanto, afirmaba el Demonio, San Expedito podía continuar con su vida de pagano, esto es, alejado de Dios y sus Mandamientos, y esclavizado por sus pasiones y por Satanás. Ante la disyuntiva, San Expedito, que tenía la Santa Cruz en sus manos, eligió a Jesucristo y, obteniendo de la Santa Cruz la fuerza divina para vencer a la tentación, al tiempo que aplastaba la cabeza del cuervo infernal, levantaba en alto la Cruz de Jesús y decía: “¡Hodie! ¡Hoy, ya, ahora, comenzaré a vivir la vida de la gracia! ¡Hoy comenzaré a vivir como cristiano, tomando a los Mandamientos de la Ley de Dios como guía segura a la vida eterna! ¡Hoy comenzaré a frecuentar los sacramentos, la Confesión y la Comunión, para tener mi alma siempre en gracia y alimentada con el Pan de Vida eterna! ¡Hoy abandono mi vida de pagano y comienzo mi vida como cristiano, para así poder ganar el cielo!”.

         San Expedito es ejemplo, entonces, para muchos cristianos que, ante la tentación, no acuden a la Santa Cruz y terminan sucumbiendo a las seducciones del Demonio. Muchos cristianos dicen: “Mañana me voy a casar por la Iglesia”; “Mañana voy a ir a visitar a mi prójimo enfermo”; “Mañana voy a dejar este vicio”; “Mañana voy a comenzar a cumplir los Mandamientos”, “Mañana me voy a confesar”; “Mañana voy a empezar a ir a Misa”; y muchas otras cosas por el estilo. Haciendo así, caen en la trampa del Demonio, porque no sabemos si hemos de vivir mañana y porque con este pensamiento, posponemos de modo indefinido nuestra conversión. Es por esto que debemos aferrarnos a la Santa Cruz de Jesús para que, obteniendo de Jesús crucificado la fuerza divina necesaria para vencer la tentación, comencemos hoy mismo a vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios.

lunes, 21 de agosto de 2017

San Pío X


Vida de santidad[1].

José Sarto nació en Riese, poblado cerca de Venecia en el año 1835, en el seno de una familia humilde, siendo el segundo de diez hijos. Ingresó en el seminario y pudo terminar sus estudios gracias a una beca que le consiguió un sacerdote amigo de la familia. Luego de ser ordenado sacerdote, vicepárroco, párroco, canónigo, obispo de Mantua y Cardenal de Venecia y finalmente Papa.
Era de carácter irascible –una vez abofeteó a su hermana que le reprochó el ser quejoso por un dolor de muelas-, aunque trabajó mucho para endulzar su carácter, teniendo como ideal a seguir la frase de Jesús: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. En 1903 al morir León XIII fue convocado a Roma para elegir al nuevo Pontífice. Durante la elección los Cardenales se inclinaron en principio y por mayoría por el Cardenal Rampolla, sin embargo el Cardenal de Checoslovaquia anunció que el Emperador de Austria no aceptaba al Cardenal Rampolla como Papa y tenía el derecho de veto en la elección papal, por lo que el Cardenal Rampolla retiró su nombre del nombramiento. Reanudada la votación los Cardenales se inclinaron por el Cardenal Sarto quien suplicó que no lo eligieran hasta que una noche una comisión de Cardenales lo visitó para hacerle ver que no aceptar el nombramiento era no aceptar la voluntad de Dios. Aceptó pues convencido de que si Dios da un cargo, da las gracias necesarias para llevarlo a cabo. Eligió el nombre de “Pío”, inspirado en que los Papas que eligieron ese nombre habían sufrido por defender la religión.
Como Papa, se caracterizó por tener tres grandes virtudes: pobreza, humildad y bondad. Con respecto a la pobreza, como Papa fue asistido solo por sus dos hermanas, las cuales vivieron pobremente después de la muerte del Pontífice, debido a que éste no tenía propiedad ni dinero alguno. Vivió radicalmente la verdadera pobreza, la pobreza de la Cruz, la pobreza digna que rechaza los bienes materiales porque elige los bienes eternos; la pobreza que consiste en poseer materialmente sólo lo que conduzca al Reino de Dios, como Jesús, cuyos bienes materiales eran sólo los tres clavos de hierro, la corona de espinas, el leño de la cruz, el lienzo para cubrir su humanidad, y el cartel que decía en griego, hebreo y latín: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Con respecto a la humildad, el Papa Pío X se consideró siempre indigno del cargo de Papa, además de no permitir lujos excesivos en sus recámaras y de no permitir un trato especial a sus hermanas, por el solo hecho de ser “hermanas del Papa”. La otra virtud que lo caracterizó fue la bondad: como vimos, no tenía un buen carácter y con frecuencia se dejaba llevar por la irascibilidad, aunque se propuso imitar a Jesús, “manso y humilde de corazón”, logrando tal propósito, pues siendo Papa, siempre estaba de buen genio y dispuesto a mostrarse como padre bondadoso con quien necesitara de él.
Dentro de sus obras se destacan la fundación del Instituto Bíblico, destinado a perfeccionar las traducciones de la Biblia; la creación de una comisión encargada de ordenar y actualizar el Derecho Canónico, y la promoción del estudio del Catecismo, por lo que luego fue nombrado “Patrono de los catequistas”.
También se destaca su combate –intelectual y espiritual- contra dos grandes herejías en boga en esa época: el Modernismo y el Jansenismo. Para combatir al Modernismo, escribió la encíclica llamada “Pascendi Dominici Gregis” (8 de septiembre de 1807), mediante la cual afirmaba que los dogmas son inmutables y que la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral (Lerins dice que el dogma; la otra herejía que combatió fue la del Jansenismo que sostenía equivocadamente que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible; en contraposición Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendían quien está en la Santa Hostia Consagrada, lo cual ocurre, en el ser humano, a partir de la edad de siete años, con el inicio del uso de la razón. Este decreto le valió ser llamado el “Papa de la Eucaristía”.
Murió el 21 de agosto de 1914 después de once años de pontificado.

Mensaje de santidad.

Dentro de sus múltiples virtudes, podemos considerar que el combate contra el Modernismo fue uno de los más valiosos legados que nos dejó este santo pontífice. Podría pensarse que, al definir que un dogma no puede ser modificado, el Papa Pío X convirtió a la religión en una estructura “fija”, “inmóvil”, “inerte”, sin capacidad de progreso. Sin embargo, nada de esto es verdad, pues la definición de inmutabilidad del dogma se debe interpretar según las consideraciones de San Vicente de Lerins[2], en el sentido de que un dogma, efectivamente, no puede ser modificado, aunque sí puede haber progresos en su interpretación, a condición de que no se trate de modificación alguna: “Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién Podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. Así, pues, crezcan y progresen de todas las maneras posibles la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, tanto de la colectividad como del individuo, de toda la Iglesia, según las edades y los siglos; con tal de que eso suceda exactamente según su naturaleza peculiar, en el mismo dogma, en el mismo sentido, según una misma interpretación. Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo permanecen siendo siempre ellos mismos. […] Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga siempre incorrupto e incontaminado, íntegro y perfecto en todas sus partes y, por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido”.




[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/saints/pio_x.htm
[2] Conmonitorio, n. 23.

martes, 15 de agosto de 2017

San Roque


         Vida de santidad[1].

         San Roque nació en Montpellier, de una familia sumamente rica –su padre era gobernador de la ciudad-, de la cual heredó una fortuna. Sin embargo, atraído por la pobreza de la Cruz y por la frase de Jesús “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”[2], una vez que sus padres hubieron fallecido, San Roque vendió todos sus bienes, repartió el dinero entre los pobres e inició una peregrinación a Roma para visitar santuarios.
Fue en esa época en que estalló la peste de la peste bubónica[3]- y debido al escaso avance de la ciencia en ese entonces, las gentes morían por montones por todas partes. Roque se dedicó entonces a atender a los más abandonados, logrando la curación de muchos de un modo milagroso, con sólo hacerles la señal de la Santa Cruz sobre su frente. A muchísimos ayudó a bien morir, y él mismo los sepultaba, porque nadie se atrevía a acercarse a los cadáveres por temor al contagio. Cuando la gente lo veía pasar, decía: “Ahí va el santo”. Sin embargo, finalmente sucedió lo inevitable, que era el contagio: el cuerpo del santo se cubrió de manchas negras y úlceras, con lo cual el santo decidió retirarse a un bosque solitario, para no molestar a nadie, y en el sitio donde él se refugió, ahí nació un aljibe de agua cristalina, con la cual se refrescaba.
Llevado por el ángel de la guarda del santo, un perro de una casa importante de la ciudad empezó a tomar cada día un pan de la mesa de su amo, caminando luego hacia el bosque para llevárselo a Roque. Después de varios días de repetirse el hecho, al dueño le llamó la atención el inusual comportamiento de su perro y lo siguió hasta el bosque, en donde encontró al pobre santo cubierto de llagas. Entonces se llevó a Roque a su casa y lo atendió, hasta que se curó completamente. Una vez repuesto, el santo regresó a su ciudad de Montpellier; sin embargo, al llegar a la ciudad, que estaba en guerra, los militares lo confundieron con un espía y lo encarcelaron. Estuvo en prisión durante cinco años, aunque su estadía en prisión no fue un obstáculo para su fervor evangelizador, puesto que, además de ofrecer sus humillaciones e injusta cárcel por la salvación de las almas, consolaba y catequizaba permanentemente a los demás prisioneros.
Hay retratos suyos en donde se lo ve junto a Nuestro Señor, pues Jesús se le apareció días antes de morir, para avisarle que pronto vendría a buscarlo para llevarlo al Reino de los cielos. Jesús le dijo también que antes de morir, le pidiera una gracia y lo que pidió San Roque fue que se viera libre de toda peste aquel que lo invocara. Falleció como un santo en la Fiesta de la Asunción de María Santísima, el 15 de agosto del año 1378. Cuando estaban preparando su cuerpo para sepultarlo, descubrieron que en su pecho había una señal de la cruz que su padre le había trazado de pequeñito, por lo que se dieron cuenta de que era hijo del que había sido gobernador de la ciudad[4]. Tanta era su fama de santidad, que a su funeral acudió en masa toda la población de Montpellier y desde entonces, cumpliendo Jesús la promesa que le había realizado antes de morir, comenzó a conseguir de Dios innumerables milagros, hasta el día de hoy.

Mensaje de santidad de San Roque.

Podemos decir que San Roque imitó y participó de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Al igual que Jesús, que siendo rico –por la riqueza de su divinidad- se hizo pobre –asumió nuestra humanidad, sin dejar de ser Dios- y para darnos de su riqueza dejó los palacios eternos del Padre en donde habitaba, así también San Roque, imitándolo, siendo rico materialmente se hizo pobre, para dar sus riquezas a los pobres. Como Jesús, que es el Buen Samaritano porque nos cura con su Amor y su gracia santificante que brota de su Corazón traspasado en la Cruz, así también San Roque curó con su caridad y con la señal de la Cruz a numerosos enfermos.
Como Jesús nos enseña muchas cosas, necesarias para el cielo: nos enseña el amor a la pobreza, pero no cualquier pobreza, sino la pobreza de la cruz, que es la pobreza de Jesucristo, porque siendo rico de bienes materiales –era el hijo del gobernador y su familia tenía mucho dinero, pero lo vendió todo para darlo a los pobres-, prefirió los bienes del cielo, es decir, en vez de atesorar dinero en la tierra –oro, plata, dólares, euros-, prefirió hacer caso a lo que nos dice Jesús, que sí quiere que atesoremos tesoros, pero espirituales y en el cielo (cfr. Mt 6, 20), y esos tesoros espirituales son las obras de misericordia y la gracia.
Al igual que Jesucristo, que fue “herido y humillado por nuestras culpas”, así también San Roque se contagió la peste bubónica sin estar él enfermo, para curar a los más necesitados, y como Jesús, que sufrió una acusación y cárcel injusta, también San Roque. Todo este mensaje de santidad se puede resumir en uno: el amor de caridad de San Roque, manifestado en el cuidado de los afectados por la peste bubónica, es participación en el Amor de caridad de Nuestro Señor Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados y recibió en sí mismo, siendo él el Cordero Inocente, el castigo por nuestros pecados, para devolvernos la salud espiritual, la vida de la gracia, la participación en la vida divina. Al recordarlo en su día, le pidamos a San Roque que, al igual que él, también nosotros seamos capaces de imitar a Jesús, si no en el grado en el que lo imitó, al menos mínimamente, en su humildad, humillación, mansedumbre y caridad.



[1] Cfr. http://www.ewtn.com/spanish/saints/Roque.htm
[2] Mt 10, 38.
[3] La “peste bubónica” o “muerte negra” es una enfermedad infecto-contagiosa producida por una bacteria llamada Pasteurella pestis o Yersinia pestis. Esta se multiplica rápidamente en la corriente sanguínea, produciendo altas temperaturas y muerte por septicemia. La palabra “bubónica” se refiere al característico bubón o agrandamiento de los ganglios linfáticos, cuya piel que los cubre se vuelve de color azulado oscuro o negro, debido a los infartos capilares y al proceso de supuración de los ganglios linfáticos. Se trata de una plaga propia de los roedores, que se transmite entre roedores a través de las pulgas: estas succionan la sangre de una rata infectada, ingiriendo la bacteria junto con la sangre, permaneciendo en el aparato digestivo de la pulga durante tres semanas promedio; la bacteria se transmite cuando la pulga pasa del roedor al humano y, al succionar la sangre de este, lo infecta cuando regurgita en el lugar de la picadura. El transmisor más común de esta infección es la rata negra (Raltus rattus). Este animal es amigable con el hombre, tiene aspecto agradable y está cubierto de una piel negra y brillante. A diferencia de la rata marrón que habita en las cloacas o establos, ésta tiende a vivir en casas o barcos. La cercanía con el hombre favoreció la traslación de las pulgas entre ratas y humanos, y así se propagó la peste. La enfermedad, ya fuera en el caso de las ratas o de los humanos, tenía una altísima tasa de mortandad, y en algunas epidemias alcanzó el 90 por ciento de los casos, siendo considerado “normal” un índice de fallecimiento promedio del 60 por ciento. Cfr. http://historiaybiografias.com/malas01/

lunes, 14 de agosto de 2017

San Maximiliano María Kolbe


"Celda del hambre", tal como la llamaban los nazis
al lugar en donde San Maximiliano María Kolbe sufrió el martirio.

Vida de santidad[1].

Nació en Polonia el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola; sus hermanos fueron Francisco, José, Valentín y Antonio. Sus padres eran María Dabrowska y Julio Kolbe, pertenecientes a la Tercera Orden Franciscana, los cuales tenían en su casa un taller y un pequeño altar con la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Czestochowa, patrona de Polonia[2].
Su familia, polaca, era inmensamente devota de la Santísima Virgen y cada año llevaba a los hijos en peregrinación al santuario nacional. San Maximiliano heredó de sus padres un gran cariño por la Madre de Dios. Cuando era pequeño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas: una corona blanca y otra roja, la blanca era la virtud de la pureza y la roja, el martirio. Tuvo la dicha de recibir ambas coronas.
En 1910 fue aceptado en el seminario franciscano y fue ordenado sacerdote en 1918; en 1915 obtuvo el doctorado en filosofía en la Universidad de Roma y en 1919 el doctorado en teología.
Gran devoto de la Virgen, San Maximiliano dedicó su vida en tratar de hacer la amar y venerar y para ello fundó en Polonia en el año 1927 la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión, fundando luego en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.
El padre Maximiliano fundó dos periódicos: uno, titulado “El Caballero de la Inmaculada”, y otro “El Pequeño diario”, además de una radiodifusora, llamada “El Caballero de la Inmaculada”. Organizó una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia, y después se trasladó al Japón y allá fundó una revista católica que llegó a editar tiradas de quince mil ejemplares. En la Segunda Guerra Mundial la ciudad de Nagasaki, donde él tenía su imprenta, fue destruida por una bomba atómica, pero a su imprenta nada le sucedió.
Luego de invadir Polonia, los nazis tomaron por asalto la Ciudad de la Inmaculada y se llevaron prisionero al padre Maximiliano, con todos los sacerdotes y hermanos franciscanos que allí trabajaban al campo de concentración de Auschwitz, en donde el Padre Maximiliano murió mártir.

Mensaje de santidad.

Además de su vida de heroicidad de virtudes, el Padre San Maximiliano nos dejó un inapreciable legado, y es el de entregar su vida por la Fe en Jesucristo, al ofrecerse en cambio por un prisionero, padre de familia, que iba a ser ejecutado. Los hechos sucedieron así: un día se fugó un preso del campo de concentración de Auschwitz y en represalia, los nazis asesinarían por hambre a diez detenidos. Hicieron el sorteo del uno al diez, y cada vez que a un detenido le tocaba en suerte el número diez, era apartado para conducirlo a un sótano y dejarlo allí para que muriera de hambre. En un momento determinado, al tocarle el número diez, un detenido dijo: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?”. Fue entonces cuando el Padre Kolbe, en cumplimiento de las palabras de Jesucristo –“Amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”-, se ofreció para morir en lugar de ese padre de familia: “Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre”. El oficial le responde: “¿Y por qué?”. “Es que él tiene esposa e hijos que lo necesitan. En cambio yo soy soltero y solo, y nadie me necesita”. Luego de dudar un momento, el oficial encargado de las ejecuciones respondió: “Aceptado”. Fue así que San Maximiliano fue llevado a una celda, destinada especialmente para los detenidos que habrían de morir de hambre, una de las muertes más dolorosas que existen. A pesar de la condena a muerte y de los terribles dolores que comenzaban a sobrevenirle, el Padre Kolbe no solo nunca desesperó sino que, animado por una fuera sobrenatural –el Espíritu Santo, que inhabita en todos los mártires que dan la vida por el Hombre-Dios Jesucristo-, sostenía a los demás detenidos, en medio de los dolores y las angustias, con ánimo firme y fuerte esperanza, orando continuamente y ofreciendo sus sufrimientos a Nuestro Señor crucificado y a la Inmaculada Concepción. Lentamente, fueron muriendo todos los detenidos, hasta que en la oscura celda quedó sólo el Padre Kolbe. Debido a que los carceleros necesitaban la celda para otros presos, decidieron acelerar la muerte de San Maximiliano, inyectándole cianuro intravenoso. La muerte de San Maximiliano Kolbe se produjo el 14 de agosto de 1941, vísperas de la gloriosa Asunción de María Santísima. La Virgen Santísima, a quien tanto amó San Maximiliano en su vida terrena, vino a buscarlo un día antes de la Asunción, para que celebrara esta fiesta mariana ya en el cielo, en la eterna bienaventuranza, y aquel que fue condenado a morir de hambre por causa de Jesucristo, comenzó a saciarse de vida divina, en la contemplación del Cordero. Tal como le había sido anticipado en sueños, San Maximiliano fue coronado en el cielo con una doble corona: una corona blanca, símbolo de la pureza y castidad mantenida como sacerdote célibe, por el Reino de Dios, y la corona roja del martirio, concedida por haber dado testimonio, hasta la muerte, de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Por su testimonio de Fe en Jesucristo, en San Maximiliano María Kolbe se cumplen las palabras de Jesús: “El que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la ganará” (Mc 8, 35).

viernes, 11 de agosto de 2017

Santa Clara de Asís


Vida de santidad[1].

Nació en Asís en 1194. A los dieciocho años se consagró a Cristo haciéndose cortar los cabellos y vistiendo el sayo oscuro de la orden de San Francisco, iniciando así una vida de pobreza radical, renunciando a todo lo que tenía y prometiendo vivir sin poseer nada. Comenzaba de esta manera la Segunda Orden Franciscana: Las Damas Pobres o Clarisas. Esto sucedía en Santa María de los Ángeles (Porciúncula), la iglesia restaurada por San Francisco. En 1228 obtenía del Papa el privilegioum paupertatis de vivir totalmente de limosnas. Vivió la vida consagrada durante cuarenta y tres años, sin salir del convento, alcanzando a ver, en vida, cómo su orden se extendía por España y Europa. Era muy devota de la Eucaristía, y por dos veces logró hacer huir a los sarracenos con solo mostrarles desde la ventana del dormitorio la custodia con el Santísimo Sacramento (1240), o exhortando a las hermanas a la oración, estando totalmente inmovilizada a causa de sus continuos dolores.
Murió en San Damián, a las afueras de Asís, el 11 de Agosto de 1253. Fue canonizada solo dos años después por Alejandro IV. Dejó cuatro cartas, la Regla y el testamento. “Vete en paz ya que has seguido el buen camino; vete confiada, ya que tu creador te ha santificado, custodiado incesantemente y amado con la ternura de una madre con su hijo”. “Oh Dios, bendito seas por haberme creado”. Estas fueron las últimas palabras de una gran mística llena de alegría y de amor a Dios y a los hombres.

         Mensaje de santidad.

Santa Clara vivió el ideal de pobreza, humildad y obediencia de San Francisco de Asís. En el convento, se destacaba por su obediencia, el servicio a los demás y el deseo de negarse a sí misma, para darse a los demás.
San Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor le había dicho: “Reconstruye mi Iglesia”. Santa Clara se inspiró en la Comunidad Franciscana, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas. A su pesar, pues su humildad rechazaba los cargos, fue nombrada guía de Las Damas Pobres. Como Madre de la Orden, fue siempre ejemplo vivo del carisma franciscano, viviendo en todo momento atenta a las necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre. Acostumbraba tomar los trabajos más difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Por el testimonio de las mismas hermanas que convivieron con ella se sabe que muchas veces, cuando hacía mucho frío, se levantaba a abrigar a sus hijas y a las que eran más delicadas les cedía su manta. A pesar de ello, Clara lloraba por sentir que no mortificaba suficiente su cuerpo. Cuando hacía falta pan para sus hijas, ayunaba sonriente y si el sayal de alguna de las hermanas lucía más viejo ella lo cambiaba dándole el de ella. Su vida entera fue una completa dádiva de amor al servicio y a la mortificación. Tenía gran entusiasmo al ejercer toda clase de sacrificios y penitencias. Su gozo al sufrir por Cristo era algo muy evidente y es, precisamente esto, lo que la llevó a ser Santa Clara. Este fue el mayor ejemplo que dio a sus hijas y a la Iglesia toda.
Otra virtud que brilló resplandeciente en Santa Clara fue la humildad en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía más de lo que pedía a sus hermanas. Lavaba los pies a las que llegaban cansadas de mendigar el sustento diario y también a las enfermas y no había trabajo que ella despreciara pues todo lo hacía con sumo amor y con suprema humildad. En una ocasión, después de haberle lavado los pies a una de las hermanas, quiso besarlos. La hermana, resistiendo aquel acto de su fundadora, retiró el pie y accidentalmente golpeó el rostro a Clara. Pese al moretón y la sangre que había salido de su nariz, volvió a tomar con ternura el pie de la hermana y lo besó.
Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada más que al Señor pobre, en el Pesebre y en la Cruz; solo deseaba vivir la pobreza de la cruz, y esto lo exigía a todas sus hijas. Por este motivo, para mejor imitar a Cristo pobre en la Cruz y para vivir la pobreza de la Cruz, rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el “privilegio de la pobreza”, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III. Para Santa Clara la pobreza de la Cruz era el camino por el que se alcanzaba más perfectamente la unión con Cristo. Luchó constantemente por despegarse de todo aquello que la apartaba del Amor y todo lo que le limitara su corazón de tener como único y gran amor al Señor y el deseo por la salvación de las almas. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: “Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo”. A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros”.
Santa Clara era sumamente devota de la Eucaristía, y fue la Eucaristía –Jesús, el Hombre-Dios, el Dios de la Eucaridtía- quien la protegió, a ella y sus hermanas de religión, de dos peligros mortales en los que estuvieron a punto de perder la vida, siempre en relación con los sarracenos o musulmanes: el primer episodio ocurrió en el año 1241, cuando los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Al llegar al convento, ubicado en el pedemonte, en el exterior de las murallas de Asís, Santa Clara tomó en sus manos la custodia con la Hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes; estos experimentaron en ese momento una oleada de terror tan espantosa, que huyeron despavoridos. La otra ocasión fue cuando también los musulmanes atacaban la ciudad de Asís para destruirla por completo; Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.
Como muestra de que Dios estaba con ella, en su vida ocurrieron otros milagros clamorosos, como el de la multiplicación de los panes: en un momento sucedió que en el convento había solo un pan para que comieran cincuenta hermanas; Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. El pan se multiplicó de tal manera, que todos comieron “hasta saciarse”, lo cual recuerda el milagro de la multiplicación de panes y peces que realizó Nuestro Señor en el Evangelio. Santa Clara dijo entonces: “Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?”. Otro milagro relacionado con los panes ocurrió en ocasión de una de las visitas del Papa al Convento: al llegar el mediodía, Santa Clara invitó a comer al Santo Padre pero el Papa no accedió. Entonces ella le pidió que por favor bendijera los panes para que quedaran de recuerdo, pero el Papa respondió: “Quiero que seas tú la que bendigas estos panes”. Santa Clara le contestó, llevada por su humildad, que hacerlo sería como un irrespeto muy grande de su parte hacer eso delante del Vicario de Cristo. El Papa, entonces, le ordena bajo el voto de obediencia que haga la señal de la Cruz. Ella bendijo los panes haciéndole la señal de la Cruz y al instante quedó la Cruz impresa sobre todos los panes.
Vida consagrada a Dios, oración, penitencia, humildad, obediencia, misericordia para con los más necesitados, pobreza de la Cruz, gran amor a la Eucaristía, estos son los mensajes de santidad de Santa Clara de Asís para nosotros, católicos del siglo XXI.