San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 29 de noviembre de 2016

San Expedito obtiene de la Cruz la gracia para decir sí a la conversión


         En un momento determinado de su vida, San Expedito, que era pagano –es decir, no conocía a Jesucristo y adoraba los ídolos paganos-, recibió la gracia de la conversión. Esto quiere decir que el Espíritu Santo puso en su corazón el deseo de amar y conocer a Jesucristo y seguirlo por el camino de la Cruz, a la vez que puso también el deseo de dejar de lado su antigua vida de pecado. El Espíritu Santo le concedía la oportunidad de comenzar a vivir como hijo de Dios, como hijo de la luz, lo cual significaba dejar para siempre su propio yo, inclinado al mal y a la concupiscencia, es decir, a la satisfacción del ego y de los sentidos. Ahora bien, que el Espíritu Santo conceda la gracia de la conversión, no significa que la persona esté inmediatamente convertida, porque puesto que el ser humano es libre, debe libremente aceptar y querer convertir su corazón. En caso contrario, Dios no puede hacer nada, porque nadie, ni siquiera Dios, pueden reemplazar nuestras decisiones libres. El Espíritu Santo necesitaba que San Expedito dijera “sí” a la gracia de la conversión.
         Antes de que San Expedito respondiera, inmediatamente después de haber recibido esta gracia que lo invitaba a convertirse, se le apareció el Demonio en forma de cuervo, quien comenzó a tentarlo, proponiéndole, no que no se convirtiera, sino que lo dejara “para más adelante”. Es decir, frente a sí, San Expedito tenía dos caminos a seguir: o elegía la gracia de Jesucristo, y así nacía a la vida nueva de los hijos de Dios, o elegía al Demonio, posponiendo indefinidamente la conversión, Finalmente, San Expedito eligió a Jesucristo, obteniendo la fuerza celestial para poder elegir a Jesús, de la Santa Cruz que empuñaba en su mano.
         Con toda seguridad, a nosotros no se nos aparecerá el Demonio bajo forma de cuervo, pero sí puede tentarnos con la misma tentación con la que trató de tentar a San Expedito: postergar la conversión, es decir, postergar la decisión de confesarme, postergar la decisión de comenzar a leer vidas de santos, postergar la decisión de comenzar a asistir a Misa regularmente los Domingos, postergar la decisión del rezo diario del Santo Rosario, postergar el alejarme de esa ocasión de pecado, postergar la decisión de casarme por la Iglesia, etc. El Demonio –y muchas veces, sin necesidad de la tentación del Demonio, nosotros mismos- no nos dirá que no nos convirtamos: nos dirá que sí, que nos convirtamos, pero “mañana”, después, total, “siempre habrá tiempo para convertirnos”; el Demonio –o nosotros mismos- nos tentará con la acedia, es decir, con la pereza espiritual, que es como un languidecer del alma, que prueba tedio y fastidio cuando se trata de las cosas de Dios.

         ¿Qué hacer? Lo mismo que San Expedito: levantar en alto el Santo Crucifijo y decir: “¡Hoy! ¡Hoy me convierto, y no mañana! ¡Hoy, ya, renuncio a esta ocasión de pecado, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para comenzar a vivir la vida del hombre nuevo, la vida de la gracia!”. Y, al igual que San Expedito, obtendremos la fuerza celestial para vencer al Demonio y a nosotros mismos, de la Santa Cruz de Jesús.

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