San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 21 de enero de 2017

Santa Inés, virgen y mártir



          Antes de morir atravesada por la espada de su verdugo, Santa Inés dijo una frase en la que se condensa la fe del cristiano y que expresa hasta dónde llega esta fe, la cual no consiste en una mera proclamación con los labios, sino que debe llegar hasta el don de la propia vida. Santa Inés dijo así a su verdugo: “Puedes manchar tu espada con Mi sangre, pero nunca profanarás mi cuerpo que he consagrado a Cristo”. En esta frase está condensada nuestra fe cristiana: Santa Inés está a punto de morir, de perder la vida terrena, pero lejos de suplicar a quien la está por matar, que le perdone la vida, ofrece su vida terrena –“puedes manchar tu espada con mi sangre”, esto es: “puedes matarme”- porque espera ganar la vida eterna. En efecto, el mártir no desprecia temerariamente la vida terrena, sino que la entrega, con amor y fe, en testimonio de Aquél que es el Rey de los mártires, Cristo Jesús. Estamos en esta vida para testimoniar al Verbo de Dios Encarnado, Jesús, y esta misión la cumple cabalmente el mártir. En la segunda parte de la frase, también se expresa un segundo aspecto fundamental de nuestra fe, que es el de conservar la vida de la gracia, prefiriendo la muerte antes que perderla por el pecado. Dice Santa Inés: “nunca profanarás mi cuerpo que he consagrado a Cristo”; esto es, “prefiero morir por la espada antes que perder mi estado de gracia, profanando mi cuerpo con amores mundanos”. Santa Inés elige morir antes que perder la virginidad, consagrada a Cristo, y elige los gozos de la vida eterna y no los de la vida terrena, porque espera en Cristo. Como hermosamente dice San Ambrosio: “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe”[1]. Este mensaje de santidad de Santa Inés es sumamente válido para nuestros días, caracterizados por la más nauseabunda oleada de impureza, sea corporal que espiritual, que inunda nuestro mundo, y es especialmente válido para los niños y jóvenes –aunque también para los adultos-, quienes deberían aprender de Santa Inés este mensaje: es preferible perder la vida terrena antes que perder la vida eterna, y es preferible que el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo” (cfr. 1 Cor 6, 19) sea destruido, antes que profanarlo por el pecado.


[1] Cfr. Tratado sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.

jueves, 19 de enero de 2017

San Antonio abad


Vida de santidad[1].
Considerado como el padre del monaquismo, San Antonio abad nació en Egipto hacia el año 250, hijo de acaudalados campesinos. Luego de la muerte de sus padres, en el momento en el que asistía a una celebración Eucarística escuchó las Palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”, que San Antonio consideró como dichas directamente a él. Fue así que repartió su herencia entre los pobres y se retiró al desierto, para llevar una vida de penitencia y oración, llevando una vida eremítica y convirtiéndose en modelo de espiritualidad ascética. Fundó comunidades de oración y trabajo, logrando así conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Además de su espiritualidad monacal, se caracterizó por el apoyo a los confesores de la fe durante la persecución de Diocleciano, además de apoyar a San Atanasio en sus luchas contra la herejía gnóstica sostenida por el sacerdote apóstata Arrio. Murió en el año 356 en el monte Colzim, próximo al mar Rojo. Se dice que de avanzada edad pero no se conoce su fecha de nacimiento.
         Mensaje de santidad[2].
Una colección de sentencias suyas, conocida como “apotegmas”, demuestra su profunda y sobrenatural espiritualidad evangélica. De entre los temas de los apotegmas, podemos rescatar uno, referido a la tentación, en la que el santo la describe como incluso necesaria para la salvación, puesto que así el alma puede probar –sostenida por la gracia- su amor por Dios y su rechazo por el demonio. Es decir, lejos de ser la tentación un obstáculo para la vida espiritual, es imprescindible para su crecimiento e incluso, para entrar en el Reino de los cielos: “Quien no ha sufrido la tentación no puede entrar en el Reino de los Cielos. En efecto, dijo, suprime las tentaciones y nadie se salvará”. En otro lugar, dice así: “La tentación acompaña al hombre como su sombra, incluso se le adelanta... Esta es la vía de la salvación, la única: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman” (Sant 1, 12)”. Para San Antonio, la tentación hace ver al hombre cuál es la realidad de su ser, su fragilidad, y por lo tanto, su dependencia de Cristo, ayudándolo así a crecer en la humildad y a evitar la soberbia: “La tentación conduce al hombre a la verdad de su ser, dándole la media exacta de su fragilidad; la tentación le fortalece probándole y le lleva a su madurez en Cristo”. Citando a otro Padre del desierto, Isaac el sirio, San Antonio afirma que el hombre que “ha visto su pecado”, es decir, se ha reconocido en la tentación, “es más grande” que alguien que hace milagros portentosos, como resucitar muertos: “Aquel que ha visto su pecado, dice Isaac el sirio- es más grande que quien resucita muertos”.
Luego da el remedio contra la tentación, el contemplar a Jesús crucificado para obtener su gracia y así ser curados, al igual que los israelitas en el desierto eran curados cuando contemplaban la serpiente de bronce de Moisés: “Si somos mordidos por alguna serpiente, contemplemos a Cristo clavado en la cruz, como los israelitas miraban la serpiente de bronce en el estandarte (Núm 21, 8-9)”. Luego afirma que la tentación tiene un “sentido pascual”, porque es un “paso” que conduce de “nuestra muerte”, a la Vida, que es Jesús: “Toda tentación tiene un sentido pascual: nos arranca de nuestra muerte y nos hace pasar a Él, el Viviente”.
Esta función benéfica de la tentación no se limita a un período de la vida, sino que se prolonga hasta el último instante de la existencia terrena: “Dijo Antonio al Abba Poemén[3]: “Este es el gran quehacer del hombre: reconocer su pecado en presencia de Dios y esperar la tentación hasta el último respiro””.
         En un momento de la historia y de la Iglesia en la que el hombre, más que eliminar el pecado, pretende convertirlo en algo bueno y apetitoso, San Antonio abad con sus apotegmas, nos alerta ante el peligro que subyace en esta y en toda tentación, el creer en la Gran Mentira del Tentador: “Seréis como dioses” (cfr. Gn 3, 5).





[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] http://parrhesiamonastica.blogspot.com.ar/2011/04/apotegmas-de-san-antonio-abad.html
[3]Poemén”, que significa “pastor”, es una figura grande del monacatao de Scete. Se le atribuyen más de 200 sentencias. Afirma que la verdadera grandeza del hombre es reconocer su miseria.

lunes, 2 de enero de 2017

Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia


         Vida de santidad.
San Basilio nació en Cesarea de Capadocia el año 330, en el seno de una familia cristiana[1]. Se destacó por su gran inteligencia y sus múltiples virtudes y aunque había comenzado a llevar una vida eremítica, tuvo que abandonarla al ser elegido obispo de su ciudad en el año 370. Se caracterizó por combatir a una de las más grandes y peligrosas herejías, el arrianismo, escribiendo muchas e importantes obras. También redactó reglas monásticas, por las que se rigen aún muchos monjes orientales y se destacó por el acento puesto en las obras de misericordia para con los más necesitados. Murió el día 1 de enero del año 379.
San Gregorio nació cerca de Nacianceno el mismo año 330 y compartió, con su amigo Basilio, un destino muy similar: entró en la vida eremítica, pero luego tuvo que abandonarla al ser ordenado, primero presbítero y luego, en el año 381, obispo de Constantinopla. Sin embargo, a causa de los diversos bandos que dividían a su Iglesia se retiró a Nacianzo, donde murió el día 25 de enero del año 389 o 390. Por su eximia doctrina y elocuencia, mereció el apelativo de “el teólogo”.
         Mensaje de santidad.
         San Basilio.
Además de combatir a la herejía arriana, que niega la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo –lo cual atenta directamente contra la Eucaristía, porque la Eucaristía es el mismo Cristo Dios con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad-, el otro gran mensaje de santidad que nos deja San Basilio es su preocupación por los pobres, a quienes deseaba ayudar, pero también hacer que otros los ayudaran[2]. De San Basilio son aquellas famosas palabras: “Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con que comprar lo que necesita. Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”[3]. San Basilio llama “verdadero ladrón” al cristiano que no auxilia, con sus bienes, al más necesitado, lo cual implica un gran misterio, porque no se trata de un mero “asistencialismo” de tipo social, sino de una visión sobrenatural de la vida, del mundo y de los hombres: se es un “ladrón” cuando no se comparten los bienes con los más necesitados, porque en ellos está Jesucristo, de un modo misterioso, pero no menos real.
San Gregorio Nacianceno.
Su mensaje de santidad, además del amor a Dios, es acerca de la verdadera amistad, que es la basada en la amistad de Cristo. En efecto, ambos eran grandes amigos, pero no con amistad mundana, sino con una amistad verdaderamente cristiana, basada y cimentada en el Amor de Cristo, que fue el primero en llamarnos a nosotros, los hombres, sus “amigos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Decía así San Gregorio Magno, acerca de su amistad con San Basilio[4]: “(…) Por entonces, no sólo admiraba yo a mi grande y querido Basilio, por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y prudencia de sus palabras (…) Éste fue el principio de nuestra amistad, el pequeño fuego que empezó a unirnos; de este modo, se estableció un mutuo afecto entre nosotros”. El “fuego” de la amistad se inicia en el Fuego del Amor del Sagrado Corazón de Jesús, y es lo que fundamenta el verdadero amor de amistad cristiano, que se basa en la Verdad y tiende a la Verdad. Continúa el santo: “(…) Con el correr del tiempo, nos hicimos mutuas confidencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra mutua estimación, vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por el estudio, con lo que ésta se hacía cada vez más ferviente y decidida. Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es la que más se presta a envidias; sin embargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro, pues cada uno consideraba la gloria de éste como propia. Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que afirman que todas las cosas están en todas partes, en nuestro caso sí podía afirmarse que estábamos el uno en el otro”.
Lo que los une es el amor a la virtud y a un comportamiento que los hiciera merecedores de la vida eterna: “Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal”. El verdadero amor de amistad se encuentra en esta frase: “(…) éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal”. El que ama verdaderamente a su amigo, no solo jamás lo inducirá al mal, sino que será como su ángel guardián, o como su conciencia, que lo guiará siempre al Bien Increado, que es Jesucristo.
Por último, para San Basilio, su mayor “título de gloria” era el “ser cristiano” y el “ser reconocido” por ese nombre, es decir, por las obras, que nunca son malas, sino buenas y verdaderas, porque están cimentadas y fundadas en Cristo: “Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado de sus padres, ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos”.
Además de lo relacionado con la verdadera amistad cristiana, hay otro gran mensaje de santidad de San Gregorio, y es en relación a la condición de María Virgen como Madre de Dios, un concepto que implica que el fruto de sus entrañas virginales, Cristo Jesús, era un embrión verdadero, es decir, un niño no-nato, que recibió los nutrientes maternos y el “revestimiento” de carne y sangre maternas, como le sucede a todo embrión humano. Esto es necesario aclarar, sobre todo para aquellos herejes que niegan la corporeidad del Dios Invisible, Nuestro Señor Jesucristo, lo cual constituye un grave error, tanto con relación a la Virgen, como con relación a Jesús. Al respecto, decía así el santo: “Si alguien no está de acuerdo en que Santa María es la Madre de Dios, está en desacuerdo con la Divinidad. Si alguno afirma que Cristo solamente pasó a través de la Virgen como a través de un canal y niega que Él haya sido formado dentro de Ella de un modo divino, sin intervención de hombre, y de un modo humano según las leyes de la gestación, ese tal es un impío”. Y de manera análoga, puesto que Jesús prolonga su Encarnación en la Eucaristía, se puede decir que quien afirma que Jesús no está con su Cuerpo en la Eucaristía, formado al modo divino –esto es, por obra del Espíritu Santo, en el momento de la consagración, en donde la substancia del pan se convierte en la substancia del Cuerpo de Cristo y la del vino en la substancia de la Sangre de Cristo-, ese tal es un impío.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Basilio.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Basilio.htm
[4] Disertación 43, en alabanza de Basilio Magno, 15. 16-17. 19.21: PG 36, 514-523.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Santos Mártires Inocentes


         En la Infraoctava de Navidad, la Iglesia conmemora a los Santos Mártires Inocentes, los niños que fueron cruelmente asesinados por el rey Herodes.
Según la Escritura, Herodes llamó a los Sumos Sacerdotes para preguntarles en qué sitio exacto iba a nacer el rey de Israel, al que habían anunciado los profetas[1]. Ellos le contestaron: “Tiene que ser en Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas diciendo: ‘Y tú, Belén, no eres la menor entre las ciudades de Judá, porque de ti saldrá el jefe que será el pastor de mi pueblo de Israel’” (Miq 5, 1). Lejos de pretender honrar al Mesías, lo que deseaba Herodes era asesinarlo, celoso del mismo y temeroso de que el Niño fuera a arrebatarle sus prerrogativas reales. Luego de ser burlado por los Reyes Magos, quienes guiados por la Estrella adoraron al Niño y luego regresaron por otro lugar, Herodes, sin saber dónde había nacido el Niño, el Rey de Israel, ordenó a su ejército que rodeara la ciudad de Belén y alrededores y pasaran por la espada a todo niño menor de dos años.
Según la Liturgia Griega, se afirma que Herodes hizo matar a catorce mil varones, aunque los sirios mencionan a sesenta y cuatro mil, mientras que muchos autores medievales, siguiendo a Apocalipsis 14, 3, cifran el número en ciento cuarenta y cuatro mil. Sin embargo, teniendo en cuenta que Belén era un pueblo muy pequeño, los autores modernos disminuyen considerablemente el número. Por ejemplo, Knabenbauer[2] los rebaja hasta quince o veinte, Bisping a diez o doce[3], Kellner a cerca de seis[4]. Independientemente del número real, el evangelista San Mateo afirma que en ese día se cumplió lo que había avisado el profeta Jeremías: “Un griterío se oye en Ramá (cerca de Belén), es Raquel (la esposa de Israel) que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen” (Jer 31, 15).
¿Por qué se consideran “mártires” y “santos”? Porque murieron por causa de Cristo, en lugar de Cristo, y porque fue Jesucristo, Rey de los mártires, quien los eligió para que fueran partícipes de su Pasión y Muerte en Cruz y fueran, de esa manera, lavados con anticipación con la Sangre de su Cruz, llevados al cielo y coronados con las palmas del martirio en el Reino de Dios. Es decir, son mártires porque murieron por causa del Niño Dios –es a Él a quien deseaban matar- y porque Él los hace participar, de modo anticipado, de su muerte martirial en la Cruz del Calvario. Ocurrida en un pequeño pueblo de Palestina y a veintiún siglos de distancia, la matanza de los Inocentes, lejos de haber finalizado, se perpetúa día a día a manos de los modernos Herodes, aquellos que asesinan a los niños por nacer por medio del aborto, solo que las cuchillas y espadas asesinas de los esbirros de Herodes, son reemplazados por afilados y asépticos instrumentos quirúrgicos y el lugar de la matanza de los nuevos Santos Inocentes Mártires no se limita a un pequeño pueblito de Medio Oriente, sino que se extiende y abarca a todo el planeta. Los soldados de Herodes han sido reemplazados por los abortistas de todos los tiempos, que descargan sus cuchillos asesinos en lo más profundo de los vientres maternos, buscando de eliminar, consciente o inconscientemente, la imagen de Dios que todo hombre representa. Y también, hoy como ayer, el destinatario de las puñaladas asesinas, y el que las sufre en reemplazo de los niños abortados, es Jesucristo, el Rey de los mártires.



[1] http://ec.aciprensa.com/wiki/Santos_Inocentes
[2] Evang. S. Mat., I, 104.
[3] Evang. S. Mat.
[4] Christus and seine Apostel, Friburgo, 1908; cfr. Anzeiger kath. Geistlichk. Deutschl, 1909, 32

martes, 27 de diciembre de 2016

Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista


         San Juan, Apóstol y Evangelista, tuvo el privilegio concedido a muy pocos santos, y es el de ser testigo, desde su juventud, de los insondables misterios del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo.
San Juan es el Apóstol amado que tuvo el privilegio de escuchar, lo más cerca que le es permitido al oído humano, los latidos del Sagrado Corazón de Jesús, cuando en la Última Cena “reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús”. Así, San Juan pudo apreciar, por un lado, el inmenso Amor que ardía en el Corazón de Jesús y que era el que lo llevaba a la Cruz –porque por amor a los hombres es que Jesús se inmoló en la Cruz-, aunque también pudo apreciar la amargura y el dolor infinito que este Corazón probaba, porque Jesús sabía que, para una inmensa cantidad de hombres, sus sacrificios serían vanos, ya que habrían de condenarse irremediablemente al rechazarlo a Él, el Mesías, y estos hombres serían, ante todo, miembros de su Cuerpo Místico como Judas Iscariote, a quien Jesús, a pesar de llamarlo y tratarlo como “amigo” y a pesar de humillarse ante él lavándole los pies como un esclavo, habría de condenarse porque, a diferencia de Juan Evangelista, que eligió escuchar el dulce sonido de los latidos del Corazón de Jesús, Judas eligió escuchar el duro tintineo metálico de treinta monedas de plata.
         San Juan tuvo también el privilegio de encontrarse, junto con la Virgen, al pie de la Cruz de Jesús, recibiendo de Jesús la suprema muestra de Amor, cuando además de entregar Jesús su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Cruz por nuestra salvación, eligió a Juan –en quien estábamos todos los hombres representados- para dar a su Madre, la Virgen, como Madre Nuestra, y es así que, desde ese momento, la Virgen nos adoptó como hijos suyos muy amados.
         San Juan tuvo también el privilegio de ser el primero en ingresar al sepulcro y comprobar que estaba vacío, siendo así testigo, junto con Pedro y las santas mujeres de Jerusalén, de la Resurrección del Hombre-Dios Jesucristo.
         Por último, y si bien no estuvo en el día del Nacimiento de Nuestro Señor, San Juan tuvo el privilegio de contemplar, como ningún otro, el misterio de la Navidad, y es lo que él escribe en su Evangelio, ya que contempla al Verbo de Dios en su divinidad, en su “estar junto al Padre” y en su “ser Dios” –y por esto es que se lo representa como un águila, puesto que se eleva, como el águila se eleva en dirección al sol para contemplarlo, hasta el misterio mismo de la Trinidad, formada por el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo-, pero también lo contempla ya encarnado, esto es, cuando el Verbo de Dios, Espíritu Purísimo, se encarna en el seno virgen de María, nace como Niño y predica el Evangelio como Hombre-Dios: “Y el Verbo de Dios se hizo carne”. Esta frase de Juan, sencilla, describe como nadie el misterio de la Navidad, porque ese Niño de Belén es “el Verbo de Dios hecho carne”, hecho Niño, que nace para donársenos como Pan de Vida eterna en la Eucaristía. Y es lo que explica que Juan, al contemplar a Jesús, diga: “Nosotros hemos visto su gloria, como de Unigénito”, porque la gloria de Dios está en el Niño de Belén, como en su Fuente Increada, porque el Verbo es la Gloria Increada en sí misma.

         El cristiano no puede, por lo tanto, vivir la Navidad, sino es por medio del Apóstol Juan y es así que, parafraseando al Apóstol, luego de contemplar al Niño de Belén, el cristiano debe decir: “En el principio, el Niño era Dios, el Dios Niño estaba con Dios, el Dios Niño era la luz que ilumina a todo hombre, el Niño es Dios Hijo hecho carne, y nosotros, que lo contemplamos en el Pesebre de Belén, hemos visto, en la Carne del Niño Dios, la gloria del Unigénito de Dios”.

lunes, 26 de diciembre de 2016

San Esteban, protomártir


         Vida de santidad.
Teniendo en cuenta que las palabras de los mártires son inspiradas por el Espíritu Santo, es conveniente recordar lo dicho por San Esteban, diácono y protomártir, según lo relatan las Sagradas Escrituras en Hechos 7, 51-54, a quienes serían sus verdugos. En su discurso, San Esteban demostró que Abraham había dado testimonio de Dios y había recibido de Él grandes prodigios y favores; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero que también se le vaticinó una nueva ley y el advenimiento de un Mesías; afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y debían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecidas por Dios mismo al enviar al mundo al Mesías[1].
         Luego San Esteban les reprocha que “resisten al Espíritu Santo” y que ellos, como sus padres, que asesinaron a los profetas, así también ellos “asesinaron al Justo”: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado”. El “Justo” al que “asesinaron”, no es otro que Cristo Jesús, el Mesías, el Salvador, el Cordero de Dios Inmaculado, que fue acusado injustamente e injustamente condenado a muerte en la Cruz, por lo que se hacen culpables de deicidio, al haber asesinado a Dios Encarnado.
         Estas palabras de Esteban a los fariseos, le vale la condena a muerte, tal como se relata en la Escritura[2], siendo en ese momento en que San Esteban tiene la visión del cielo, adonde irá inmediatamente después de morir: “Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió”.
Mensaje de santidad.
San Esteban se enfrenta y acusa a quienes fueron los autores intelectuales de la crucifixión de Jesús –y que son quienes le darán muerte a él también-, pero lo que tenemos que considerar es que no son sólo los fariseos, escribas y maestros de la Ley los que “asesinaron al Justo”, condenándolo a muerte infame de Cruz: también nosotros, los cristianos, cada vez que cometemos un pecado, lo crucificamos y le damos muerte, porque elegimos la iniquidad y la malicia del pecado, antes que la justicia y la bondad de la gracia santificante. Otro mensaje de santidad es la asistencia del Espíritu Santo al alma del mártir, que configura al mártir con el Rey de los mártires, Jesucristo: en efecto, San Esteban, al momento de morir –curiosamente, la Escritura dice: “dormir”-, repite dos de las palabras de Jesús en la Cruz: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, que equivale a las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46), y luego perdona a sus verdugos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”, equivalente a la expresión de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). San Esteban, mártir, imita, porque es hecho partícipe, por el Espíritu Santo, al Rey de los mártires, Jesucristo.
El otro mensaje de santidad que San Esteban nos deja es que el Credo que profesamos, y el que tantas veces repetimos tal vez un poco mecánicamente, comporta la decisión de dar la vida, literalmente hablando, por la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, y en Quien decimos creer. Y esta decisión se prolonga a la fe en la Eucaristía, puesto que la Eucaristía es el mismo Cristo Jesús que, encarnado en el seno de María, prolonga su Encarnación en el seno virgen la Iglesia, el altar eucarístico, por el poder del Espíritu Santo.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

San Juan de la Cruz


Un día sucedió un hecho místico en la vida de San Juan de la Cruz, el cual fue relatado por el mismo santo en una conversación mantenida con un religioso de su comunidad, fray Francisco. Decía así el santo: “Quiero contaros una cosa que me sucedió con Nuestro Señor. Teníamos un crucifijo en el convento, y estando yo un día delante de él, parecióme estaría más decentemente en la iglesia, y con deseo de que no sólo los religiosos le reverenciasen, sino también los de fuera, hícelo como me había parecido. Después de tenerle en la Iglesia puesto lo más decentemente que yo pude, estando un día en oración delante de él, me dijo: ‘Fray Juan, pídeme lo que quisieres, que yo te lo concederé por este servicio que me has hecho’. ‘Yo le dije: “Señor, lo que quiero que me deis trabajos que padecer por vos, y que sea yo menospreciado y tenido en poco”. “Esto pedí a Nuestro Señor, y Su Majestad lo ha trocado, de suerte que antes tengo pena de la mucha honra que me hacen tan sin merecerla”.
El episodio de San Juan de la Cruz con el Crucifijo es asombroso desde todo punto de vista, comenzando desde el hecho de que se trata de una intervención extraordinaria de nuestro Señor, hasta la gratitud demostrada por Nuestro Señor para con San Juan, por el solo hecho de haber colocado un crucifijo a la vista de todos. Pero lo que sorprende también es la respuesta del mismo San Juan de la Cruz: ante el ofrecimiento de Jesús de darle “lo que quisiera”, el santo no pide –como alguien mundanamente podría pensar- ser tenido en cuenta, considerado, o alabado por los demás. Por el contrario, el santo pide “trabajos para padecer” por Cristo y “ser menospreciado y tenido en poco”.
¿A qué se debe esta petición? A que San Juan de la Cruz estaba unido profunda y espiritualmente a Jesucristo por el Espíritu Santo y por lo tanto, participaba de su Pasión, de su dolor, de su humillación, de su angustia, y pedir y recibir honores mundanos, habría significado el ser apartado del lado de Jesús crucificado, humillado por todos nosotros, por nuestra salvación. Con su petición, San Juan de la Cruz no solo nos enseña que no basta con huir de la vanidad, sino que debemos buscar ser humillados con Cristo, humillado por nosotros en la Pasión.