San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 11 de agosto de 2018

Santa Teresa Benedicta de la Cruz



         Vida de santidad[1].

         Nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw-capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial). Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de que Edith cumpliera los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.Judía de nacimiento, abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas descalzas y muere víctima de los nazis en Aushwitz. Canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre, 1998. Consideró su conversión a la fe católica como una conversión también hacia una más profunda identificación con su identidad judía. Su testimonio ilustra dos temas inseparables: La unidad entre el judaísmo y la fe católica y el valor del sufrimiento.

         Mensaje de santidad[2].

         Además de su gran vida de santidad, su mensaje está en sus escritos. En uno de ellos, titulado: Ave Crux, spes única (Salve Cruz, esperanza única), Santa Teresa Benedicta o Edith Stein manifiesta la razón por la cual los cristianos ponemos toda nuestra esperanza y  nuestra única esperanza, en la cruz. Dice así: “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”. Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”. Edith Stein se refiere a una de las antífonas que la Iglesia canta en uno de los más importantes tiempos litúrgicos, el tiempo de Cuaresma, en donde la Iglesia no solo medita sino que participa, místicamente, de la Pasión del Señor, “de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”.
         Luego prosigue describiendo la situación actual del mundo contemporáneo, una situación en la que todo está envuelto en llamas, como producto de la “lucha entre Cristo y el Anticristo”: “El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida”. Dice Santa Edith Stein que vivimos en una época en la que abiertamente luchan Cristo y el Anticristo y no se refiere simplemente a las luchas o guerras materiales, en las que se enfrentan un ejército contra otro, pues esta situación es consecuencia de una lucha espiritual entre las fuerzas del Bien, representadas en Cristo y su Iglesia, y las fuerzas del mal, representadas en el Anticristo y los hombres malvados a él aliados. En esta lucha, una probabilidad muy cierta es que, quien lucha para Cristo, deba ofrendar su vida por Él: “ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la propia vida”.
Más adelante, la santa nos anima a contemplar a Jesús crucificado, que por todos y cada uno de nosotros “cuelga del madero” en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre”. Es necesario contemplar a Jesús crucificado porque si el alma quiere desposarse en desposorios místicos con el Cordero, debe imitarlo en todo, principalmente, en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios”.
La renuncia a todo bien terreno –y a toda gloria terrena- forma parte esencial del seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Él muere pobre en la cruz. Si alguien desea seguir a Cristo pero no se decide a dejar los bienes terrenos, el apetito por los bienes materiales se interpondrá como un muro entre el alma y Jesucristo: “Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quien quiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena”.
Quien desee seguir a Cristo debe arrodillarse ante su cruz con un corazón contrito, que ha renunciado de modo absoluto a toda posesión material y terrena, porque el Señor ha derramado hasta la última gota de us Sangre Preciosísima para demostrar cuánto amor nos tiene y así ganar nuestro amor. La renuncia a los bienes materiales y a la gloria mundana son necesarias para participar de su pureza, que en el hombre se traduce en “santa castidad”. Así, el alma que desee seguir a Jesucristo no debe tener otro pensamiento ni otro anhelo que no sea el mismo Jesucristo: “Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento”.
Como consecuencia de la lucha entre el Bien y el Mal, el mundo arde en llamas y esas llamas son tan altas y peligrosas que incluso pueden alcanzar la relativa seguridad del propio hogar. En esta situación, la cruz se presenta no solo como el único refugio seguro, sino como el único camino que nos quita de este mundo en llamas y nos traslada al Reino de los cielos: “El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo”.
Quien se abraza al madero de la cruz, es transportado al seno mismo de la Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien, en Cristo, lleva al alma al Padre: “Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad”.
Las llamas espirituales, que brotan del mismo Infierno y que abrasan este mundo terreno, solo pueden ser apagadas por la Sangre Preciosísima del Cordero, que brota inagotable de sus heridas abiertas: “El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno”.
Quien mantiene fielmente los votos de castidad, obediencia y pobreza, no solo imita sino que participa del Acto de Ser divino trinitario y así su corazón se encuentra verdaderamente libre de toda clase de esclavitud, al tiempo que sobre él se derraman “torrentes del amor divino”: “Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra”.
Quien se abraza a la cruz puede, verdaderamente, dar consuelo a las almas que están en este mundo en llamas y que por lo tanto sufren, aun cuando no sepan el origen de su dolor. El que así obra, se vuelve corredentor junto al Redentor: “Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir”.
Desde la cruz, Jesús nos mira a lo más profundo de nuestro ser y nos pregunta si aceptamos, libremente, el pacto por el cual Él derrama su Sangre sobre nuestros corazones y nosotros a cambio le damos la totalidad de nuestros pobres corazones y en ese pacto celestial, que brota de la cruz, radica toda nuestra esperanza y ésa es la razón por la cual decimos: “Salve, Cruz, esperanza única!”: “El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!”.


[2] Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’, Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126

viernes, 10 de agosto de 2018

Santo Domingo de Guzmán



         Vida de santidad[1].

Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, que ha sido declarada beata, era una mujer admirable en virtudes cristianas y fue quien lo educó y le transmitió la fe cristiana. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. Leía con asiduidad libros religiosos, además de dedicarse a hacer caridad a la gente. Una vez entrado en la religión, Santo Domingo se destacó por ser un hombre de asidua oración, de duros sacrificios, pero también de gran alegría y buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración.   Cuando se trataba de temas mundanos era parco, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.  Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.
Al acompañar en un viaje apostólico por el sur de Francia a su obispo, se dio cuenta de una peligrosa y gravísima situación para la Iglesia: los herejes –llamados cátaros y albigenses- habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, provocando la apostasía de innumerables católicos. Esta secta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal: el bueno creó todo lo espiritual mientras que el dios malo, el mundo material. En consecuencia, todo lo material, incluido el cuerpo, es malo para los albigenses, contrariando así una de las enseñanzas de la Iglesia Católica, que enseña que la materia es buena porque fue creada por Dios Trino y nada de lo que hace Dios es malo. Como los albigenses sostenían que todo lo material era malo, también afirmaban en consecuencia y erróneamente que Jesús no es Dios, puesto que tiene un cuerpo material, humano, como todos los hombres –aunque Él es el Hombre-Dios, porque en realidad no es una persona humana, sino la Persona Segunda de la Trinidad-. Así, los albigenses negaban la divinidad de Jesucristo, como muchas otras verdades católicas: la existencia de los sacramentos y la condición de la Virgen de ser la Madre de Dios. También rechazaban la autoridad del Papa y de la jerarquía de la Iglesia, estableciendo sus propias normas y creencias, erradas desde el principio al fin. Para combatir a tan peligrosa secta, los Papas habían enviado, hasta Santo Domingo, a numerosos y santos sacerdotes que trataron de convertirlos, aunque con muy poco éxito.
Frente a esta situación, se había demostrado el método empleado por los misioneros católicos se demostraba absolutamente inadecuado e ineficiente.
Santo Domingo se decidió a emprender la misión de convertir a los herejes y para ello reunió un buen grupo de compañeros y junto con ellos decidió que llevarían una vida de absoluta pobreza, además de buscar vivir la santidad día a día. En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. El gran fundador le dieron a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Además, numerosísimos cátaros y albigenses se convirtieron a la fe católica, al punto que la secta prácticamente desapareció.
Ahora bien, en realidad, lo que les dio la santidad a los dominicos que recién comenzaban y el éxito apostólico en la conversión de almas no fue el empeño ni el propio esfuerzo –que sí hay que ponerlo-, sino una poderosísima arma espiritual que la mismísima Virgen María entregó en manos de Santo Domingo: el Santo Rosario. En efecto, fue la Madre de Dios quien, en una aparición a Santo Domingo, le enseñó a rezar el rosario, en el año 1208, que en realidad es una contemplación rezada de la vida de los misterios de Jesucristo. Además, la Virgen le dijo que propagara esta devoción y que la misma sería un arma poderosa para utilizar contra de los enemigos de la Fe.
Ahora bien, la situación entre albigenses y católicos se tensó cada vez más hasta desembocar en una guerra. Simón De Montfort, jefe del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, le pidió que les enseñara a las tropas a rezar el rosario, el cual, una vez aprendido, lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en la localidad de Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario y como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.
Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

Mensaje de santidad.

Es notorio el antes y el después de la aparición de la Virgen con su don, el Rosario: antes de la aparición de la Virgen, Santo Domingo trabajó incansablemente por la propagación del Evangelio entre los sectarios; hizo continuos ayunos, ofreció oraciones y sacrificios, y sin embargo, logró convertir solo a unos cuantos. Estando en la capilla de las novicias benedictinas, Santo Domingo le suplicó a la Virgen que lo ayudara, pues estaba desanimado, luego de que las conversiones fueran tan escasas y el trabajo tan arduo.
Respondiendo a su pedido, la Virgen se le apareció en la capilla de las religiosas benedictinas. Sostenía un Rosario en su mano y le enseñó a Santo Domingo cómo recitarlo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían por su rezo. Luego de que Santo Domingo implementara el Santo Rosario en su orden, las conversiones, de mínimas que eran, pasaron a ser masivas, por eso decimos que hubo un claro antes y después de la aparición de la Virgen con el Rosario. Podemos decir que fue la Virgen quien, con su Rosario, derrotó a la secta de los cátaros y albigenses que asolaban el sur de Francia. En nuestros días, nos enfrentamos a una secta inmensamente más peligrosa que la de los albigenses y cátaros y es la secta luciferina llamada “Nueva Era”, cuyo objetivo declarado es consagrar la humanidad a Lucifer, el Ángel caído: como en tiempos de Santo Domingo, el Santo Rosario es el arma potentísima con la cual la Iglesia soportará los embates de las puertas del Infierno y el medio por el cual el Inmaculado Corazón de María triunfará.







domingo, 5 de agosto de 2018

San Juan María Vianney



         Vida de santidad[1].

San Juan María Vianney nació en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. En esa época estalló la revolución anticristiana llamada “Revolución Francesa”, que procuraba destruir todo lo que fuera cristianismo. Como la Revolución perseguía a los cristianos, tanto él como su familia debían asistir a misa a escondidas, ya que se arriesgaban a la pena de muerte si los sorprendían en misa.
San Juan María Vianney quería entrar en el seminario, pero en vez de eso, fue reclutado por la Revolución a los 17 años, pero finalmente terminó desertando de ese ejército anticristiano. Regresó a su hogar en 1810, cuando Napoleón decretó el perdón para los que se habían ausentado del ejército.
Trató de ir a estudiar al seminario pero le costaba muy mucho aprender; tanto, que los profesores lo echaron mientras decían: “Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada”.
Viajó en peregrinación hasta la tumba de San Francisco Regis, para pedirle a ese santo que lo ayudara a ingresar en el seminario nuevamente. Finalmente, logró entrar en un pequeño seminario, aunque siguió experimentando grandes dificultades para aprender, aun cuando ponía todo su empeño y voluntad.
Después de tres años de preparación, se presentó a los exámenes del seminario, pero no pudo responder a ninguna pregunta, por lo que se negaron a que fuera ordenado sacerdote.
Pero su gran benefactor, el Padre Balley, no se dio por vencido, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Obispo. Éste, al oír todas estas cosas les preguntó: “¿El joven Vianey es de buena conducta?”. Ellos le respondieron: “Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo”. “Pues si así es que sea ordenado sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás”.
Y fue así que el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, llegando a ser el más famoso párroco de su siglo.
Y el 9 de febrero de 1818 fue enviado a la parroquia más pobre, ubicada en el pueblo de Ars. Solo tenía trescientos setenta habitantes y a la misa dominical asistían solamente un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: “Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferencian de los ancianos, es en que... están bautizadas”. Además, el pequeño pueblo estaba repleto de cantinas y de bailaderos. San Juan María Vianney estuvo allí como párroco durante cuarenta y un años, cambiando radicalmente la situación.
El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su parroquia: rezar mucho, sacrificarse lo más posible y hablar claro y preciso. Compensaba la falta de asistencia a misa haciendo horas seguidas de adoración eucarística. Por la cantidad de cantinas y bailantas, el párroco hizo impresionantes penitencias para convertirlos. Por ejemplo, durante años solamente se alimentó día con unas pocas papas cocidas. Los lunes cocinaba una docena y media de papas, que le duraban hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. En sus sermones, predicaba contra los vicios y las malas costumbres.
Al aumentar su fama, el Padre Vianney es injustamente criticado, lo que lleva al Obispo a enviar a un visitador para que escuche sus sermones y le diga qué cualidades y defectos tiene este predicador. A su regreso, el Obsipo le pregunta: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?”. “Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. “¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones?” - pregunta Monseñor-. “Sì, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. El Obispo entonces responde: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”.
Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendando al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones.
El Santo Cura de Ars entabló luchas espirituales y hasta físicas con el Demonio, puesto que éste lo odiaba debido a todas las almas que le arrebataba, llegando incluso a prenderle fuego a su cama y a su habitación. Una vez le gritó: “Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo”.
Un día en una misión en un pueblo, sucedió que varios sacerdotes jóvenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran inventos del Padre Vianey. El párroco los invitó a que fueran a dormir en su propio dormitorio y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: “Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches”. Sin embargo, no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.
Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: “Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio”. Sin embargo, fue en ese oficio en donde desplegó una sabiduría, ciencia e inteligencia sobrenaturales, puesto que lo que allí vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no la vana ciencia.
Pasaba doce horas diarias en el confesionario durante el invierno y dieciséis durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación, obteniendo en el confesionario abundantes e impresionantes conversiones. Desde 1830 hasta 1845 llegaron trescientas personas por día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianey. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron cien mil. Junto a la casa curial había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.
El santo sacerdote se levantaba a las doce de la noche; hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. De ocho a once confesaba mujeres. A las once daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traído. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas. De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios. En el confesionario sufría los rigores propios del invierno y del verano, pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: “El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”. Ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas. Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando. Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa y se cerraron muchas cantinas y bailaderos.
Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiéndole perdón por todo, como si él hubiera sido quien hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.

Mensaje de santidad.

Además  de su vida en sí misma, que es todo un mensaje de santidad, podemos decir que su mensaje de santidad está reflejado en el diálogo que mantuvieron el Obispo y el visitador que éste había mandado para que evaluara sus sermones: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?”. “Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. “¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones?” - pregunta Monseñor-. “Sì, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. El Obispo entonces responde: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”.
Lo que importa en esta vida es que las personas se conviertan a Jesucristo, que dejen de pensar en las cosas terrenas y piensen en las eternas y que deseen ganar el cielo, para lo cual tienen que conocer y meditar acerca de lo que les predicaba el Santo Cura de Ars: muerte, juicio particular, purgatorio, cielo e infierno. Si el sacerdote no predica de estas cosas, está predicando otra religión que no es la Santa Religión Católica.

viernes, 3 de agosto de 2018

El simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús



         
         Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque con su Sagrado Corazón transparente como un cristal, con la cruz en la base, con una corona de espinas rodeándolo, con el costado traspasado y manando sangre y envuelto en llamas de fuego. ¿Qué significado tiene todo esto?
         El corazón transparente como un cristal significa la santidad de Dios, santidad en la cual no cabe ni la más pequeñísima mancha de pecado: puesto que Jesús es la Gracia Increada y Fuente de toda gracia creada, su Sagrado Corazón es la Santidad Increada y la Fuente de toda gracia creada y ésa es la razón por la cual Jesús promete tantas gracias[1] para quienes confiesen y comulguen devotamente los Nueve Primeros Viernes de mes.
La cruz en la base del Corazón de Jesús: la Cruz es el Árbol de la Vida y el Fruto exquisito de este Árbol es el Sagrado Corazón. Quiere decir que quien desee alcanzar el fruto exquisito del Corazón de Jesús para saborear la dulzura del Amor Divino, debe subirse al Árbol de la Cruz, de la misma manera a como alguien, viendo un fruto exquisito en un árbol terreno, debe subirse a él para alcanzarlo y comer de él. Vale la pena aclarar que es la Santa Cruz el único Árbol de la Vida para el cristiano, porque de Jesucristo obtenemos la Vida eterna; el cristiano debe abstenerse de creer en cualquier otro árbol de la vida, como por ejemplo, el árbol de la vida gnóstico, que tiene forma de árbol, pero que constituye en realidad un amuleto mágico. Ambos árboles son excluyentes entre sí, de manera que el que cree en el Árbol de la Vida que es la Cruz, no puede creer en el árbol de la vida del gnosticismo, y viceversa.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón: significan el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Cabe señalar que el Espíritu Santo está en el Corazón de Jesús no de forma añadida exteriormente, como si Jesús fuera un hombre a quien Dios ama de modo especial y le da el Espíritu Santo: el Espíritu Santo está en el Corazón de Jesús porque es Jesús quien, junto al Padre, lo espira, de manera que el Espíritu Santo inhabita en el Corazón de Jesús como algo que le pertenece por derecho y por naturaleza a Jesús. Es decir, Jesús espira el Espíritu Santo junto al Padre y ésa es la razón por la cual el Espíritu Santo inhabita en el Corazón de Jesús, no como don externo sino como Persona Tercera de la Trinidad que proviene del mismo Jesús y del Padre.
La corona de espinas que aprieta y rodea al Corazón de Jesús: la corona de espinas son nuestros pecados, veniales o mortales, del orden que sea, que si al alma pecadora le producen placer de concupiscencia, en Jesús se materializan en las espinas de la corona. De esta manera el pecador debe considerar que, con su pecado, lastima al Corazón de Jesús, ya que las espinas se introducen en el Corazón en la fase de dilatación, mientras que se desprenden de Él, desgarrándolo, en la fase de contracción del corazón.
El costado traspasado y la Sangre: significan el don del Espíritu Santo y el perdón misericordioso de Dios al hombre que, aun cometiendo deicidio, no es castigado por Dios, sino que Dios, teniendo su Corazón traspasado, dona de lo más profundo que hay en su Ser divino trinitario, el Amor Misericordioso de su Corazón de Dios. Jesús no se contenta con darnos un poco de su amor, sino que se nos da todo Él, además de darnos el Amor de Dios, porque en la Sangre está contenido el Don de dones, el Espíritu Santo.
Todos estos dones están contenidos en uno solo: la Eucaristía, porque en la Eucaristía late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Cfr. Las Doce Promesas del Sagrado Corazón: Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida; Les daré paz a sus familias; Las consolaré en todas sus penas; Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte; Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas; Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia; Las almas tibias se volverán fervorosas; Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección; Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada; Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos; Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción; Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.

miércoles, 1 de agosto de 2018

San Alfonso María de Ligorio



         Vida de santidad[1].

Nació en Nápoles el año 1696; obtuvo el doctorado en ambos derechos, recibió la ordenación sacerdotal e instituyó la Congregación llamada del Santísimo Redentor. Para fomentar la vida cristiana en el pueblo, se dedicó a la predicación y a la publicación de diversas obras, sobre todo de teología moral. Fue elegido obispo de Sant' Agata de' Goti, pero algunos años después renunció a dicho cargo. Murió en Pagami, cerca de Nápoles, el año 1787.

         Mensaje de santidad.

         En una de sus obras[2] en las que trata acerca del amor que debemos tener a Jesucristo, San Alfonso afirma que, precisamente, la perfección del cristiano consiste en amar a Jesucristo, quien es “nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor”: “Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor”. El alma se vuelve perfecta en el amor porque es el amor sobrenatural, es decir, la caridad, la que unifica y da consistencia a todas las virtudes, que hacen perfecta al alma: “La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto”.
Luego afirma que Dios merece todo nuestro amor y no solo una parte de él, porque Dios nos ha amado desde toda la eternidad, no solo desde nuestra concepción o nacimiento y para ello, utiliza una frase que es la que Dios diría al alma que ama, a toda alma. Dice así el santo: “¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. “Considera, oh hombre -así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo”.
Para que el hombre se decidiera a amarlo, Dios lo atrajo con aquello que el hombre ama hacer y es amar, precisamente y para eso lo atrajo con lazos de amor, a través de la Creación primero y a través de Jesucristo después: “Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo: “Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor”.
 Para que el hombre lo amase, Dios lo colmó de dones por medio de la Creación, sacando de la nada todo un universo –visible e invisible- destinado todo para el hombre, de manera tal que el hombre, contemplando la inmensidad del amor de Dios derramado en la Creación y contemplándose a sí mismo y viéndose creado a imagen y semejanza de Dios, no tuviera pretextos para no amarlo. Dice así: “Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haber dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas creaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios”.
         Pero no contento con esto y también con el objetivo de que el hombre lo amase, Dios no solo lo colmó de dones por medio de la Creación del universo y del mismo hombre, sino que se donó Él mismo, por medio de Jesucristo, al hombre, para que el hombre lo poseyera como una posesión suya, para que el hombre no pudiera decir que Dios lo ama, sí, pero con una parte limitada de su amor: Dios se donó todo sí mismo, en Cristo Jesús, sin reservarse nada para sí, para demostrarle al hombre que su amor por él no tiene límites: “Y no sólo quiso darnos aquellas creaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿qué es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado”.
         Y encima de todo, no solo envió a su Hijo para que Él nos diera su amor, sino que además quitó nuestros pecados y lavó nuestras almas con su Sangre Preciosísima, dejándonos impecables e inmaculados como Él, transformándonos a imagen y semejanza del Hombre-Dios Jesucristo: “Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todo lo demás?”.
Nosotros podemos agregar que este don de sí mismo lo renueva Dios Hijo en cada Eucaristía. ¿Qué esperamos para decidirnos a amar a Dios, que se nos dona todo sí mismo, sin reservarse nada, en la Eucaristía?


[2] Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, Edición latina, Roma 1909, 9-14.


martes, 31 de julio de 2018

San Ignacio de Loyola y la conquista del mundo para Cristo



Vida de santidad[1].

         San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos, en el límite con Francia. Sus padres, de familias muy distinguidas, eran Bertrán De Loyola y Marina Sáenz. San Ignacio entró a la carrera militar y ascendió a capitán, pero en 1521, a la edad de 30 años, sucedió un acontecimiento que cambiaría su vida para siempre. En una de las batallas contra los franceses, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona, por lo que la guarnición capituló. Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Allí le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja, provocando la admiración de los médicos. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo el tratamiento no resultó y quedó rengo para toda la vida.
En el período de convalecencia se produjo su conversión: mientras hacía el obligado reposo para curar sus heridas pidió que le llevaran libros de su género favorito de literatura, las novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que “La vida de Cristo” y el “Año Cristiano”, o sea un santoral, la historia del santo de cada día. Fue a través de esas lecturas que recibió San Ignacio la gracia de la conversión. Antes, mientras leía novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción pero después quedaba con un sentimiento de tristeza y frustración. En cambio ahora al leer la vida de Cristo y las Vidas de los santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Además de impresionarlo profundamente, San Ignacio se decía a sí mismo, a causa de estas lecturas sobre las vidas de los grandes santos: “¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron llegar a ese grado de santidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al grado que ellos alcanzaron?”. Y finalmente lo consiguió, porque San Ignacio llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica. En él se cumplió el dicho que dice: “Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás”.
Mientras estaba convaleciente, se le apareció una noche Nuestra Señora con su Hijo Santísimo y esa visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir a gobernantes de la tierra sino al Rey del cielo. Apenas terminó su período de curación se fue en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Monserrat, en donde concretó sus propósitos de cambiar de vida para Cristo: comenzó una vida de penitencia por sus pecados, dejó de lado sus vestidos lujosos y los cambió por unos mucho más sobrios, se consagró a la Virgen e hizo confesión general de toda su vida.
Luego se fue a un pueblecito llamado Manresa, a 15 kilómetros de Monserrat a orar y hacer penitencia y allí estuvo un año. Cerca de Manresa había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la meditación. Allá recibió la inspiración para escribir los Ejercicios Espirituales, que tanto bien habrían de hacer a la Iglesia a lo largo de los siglos.
Poco tiempo después entró en lo que se denomina “la noche oscura del alma”, que consiste en que, en vez de experimentar gozo y consuelo en la oración, experimentaba aburrimiento y cansancio por todo lo que fuera espiritual. Es un estado espiritual necesario para que el alma sepa que los consuelos son una gracia y que se debe buscar “al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”. Luego padeció otra enfermedad espiritual, llamada “escrúpulos”, que consisten en creer que todo es pecado.
Ahora bien, San Ignacio iba anotando todo lo que le sucedía y lo que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha sabiduría espiritual para poder dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias poderles enseñar el camino de la santidad. Orando en Manresa adquirió lo que se llama “Discernimiento de espíritus”, que consiste en saber determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuáles son los consejos que más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía después: “En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas, que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades”.
Luego de estudiar en Barcelona y en la Universidad de Alcalá, San Ignacio de Loyola fue acusado injustamente ante la autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon inocente, aunque lo mismo había gente que estaba en contra suyo y que lo perseguía. Consideraba todos estos sufrimientos como un medio que Dios le proporcionaba para que fuera pagando sus pecados. Y exclamaba: “No hay en la ciudad tantas cárceles ni tantos tormentos como los que yo deseo sufrir por amor a Jesucristo”.
Se fue a París a estudiar en la Universidad de La Sorbona. Allá formó un grupo con seis compañeros doctorandos que se convertirían en el núcleo fundacional de la Compañía de Jesús. Ellos son: Pedro Fabro, Francisco Javier, Laínez, Salnerón, Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla.
Los siete hicieron votos o juramentos de ser puros, obedientes y pobres, el día 15 de Agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María. Se comprometieron a estar siempre, con la Compañía de Jesús, a las órdenes del Sumo Pontífice para que él los emplease en lo que mejor le pareciera para la gloria de Dios. Luego fueron recibidos en Roma por el Papa Pablo III, quien autorizó sus respectivas ordenaciones sacerdotales. En Roma, San Ignacio se dedicó a predicar Ejercicios Espirituales y a catequizar al pueblo. A su vez, sus compañeros se dedicaron a dictar clases en universidades y colegios y a dar conferencias espirituales a toda clase de personas. Se propusieron como principal oficio enseñar la religión a la gente. En 1540 el Papa Pablo III aprobó su comunidad llamada “Compañía de Jesús” o “Jesuitas”. El Superior General de la nueva comunidad fue San Ignacio hasta su muerte. En Roma pasó todo el resto de su vida. Era tanto el deseo que tenía de salvar almas que exclamaba: “Estaría dispuesto a perder todo lo que tengo, y hasta que se acabara mi comunidad, con tal de salvar el alma de un pecador”.
Fundó casas de su congregación en España y Portugal. Envió a San Francisco Javier a evangelizar el Asia. De los jesuitas que envió a Inglaterra, veintidós murieron martirizados por los protestantes. Sus dos grandes amigos Laínez y Salmerón fueron famosos sabios que dirigieron el Concilio de Trento. A San Pedro Canisio lo envió a Alemania y este santo llegó a ser el más célebre catequista de aquél país. Recibió como religioso jesuita a San Francisco de Borja que era un rico político y gobernador en España. San Ignacio escribió más de 6 mil cartas dando consejos espirituales.
El Colegio que San Ignacio fundó en Roma llegó a ser modelo en el cual se inspiraron muchísimos colegios, para luego convertirse en la célebre Universidad Gregoriana. Los jesuitas fundados por San Ignacio llegaron a ser los más sabios y combativos adversarios de los protestantes y supieron combatir y detener en todas partes a la herejía protestante, que en esos tiempos –como en los nuestros- hacía estragos en el campo católico. San Ignacio les recomendaba que tuvieran mansedumbre y gran respeto hacia el adversario pero que al mismo tiempo no descuidaran la formación católica al presentarse al combate contra los protestantes[2].
La obra espiritual más grandiosa de San Ignacio se titula: “Ejercicios Espirituales” y es lo mejor que se ha escrito acerca de cómo hacer bien los santos ejercicios y a su vez los Ejercicios son lo mejor para toda alma: para el que no se convirtió, para que se convierta; para el que ya está convertido, para que se enfervorice en el amor a Nuestro Señor y a la Santa Religión Católica.
Su lema era: “A la mayor gloria de Dios” (Ad Maiorem Dei Gloriam, AMDG). Y a ello dirigía todas sus acciones, palabras y pensamientos: A que Dios fuera más conocido, más amado y mejor obedecido. En los 15 años que San Ignacio dirigió a la Compañía de Jesús, esta pasó de siete socios a más de mil. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556 a la edad de 65 años. En 1622 el Papa lo declaró Santo y después Pío XI lo declaró Patrono de los Ejercicios Espirituales en todo el mundo.

Mensaje de santidad.

La cosmovisión de San Ignacio de Loyola está plasmada en una de las meditaciones de los Ejercicios Espirituales –llamada “Dos Banderas”-, en la que dos ejércitos se enfrentan: el ejército de Cristo el Señor, comandados por el Gran Capitán Jesucristo, cuya bandera es el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz, siendo secundado Nuestro Señor por la Virgen Santísima, cuya bandera es el manto celeste y blanco que indica que Ella es la Inmaculada Concepción. Pertenecen a este ejército de Jesús y María todos los hombres y mujeres que luchan por el Reino de Dios en la tierra. El otro ejército es el ejército de Satanás, a quien San Ignacio describe como un monstruo o dragón que está sentado en un gran trono de fuego, humo y azufre y a cuyas órdenes están los demonios, pero también los hombres malos que, influenciados por el Demonio, luchan contra Jesucristo, la Virgen y los hombres que desean el Reino de Dios. En la cosmovisión de San Ignacio, estos dos ejércitos se enfrentan entre sí y el tesoro por el cual ambos pelean son las almas de los hombres; el campo de batalla es el mundo y las armas con las que se combate son espirituales: la oración, la penitencia, el ayuno, la misericordia, haciendo el Demonio todo lo posible para que el hombre caiga en la soberbia, el orgullo, la pereza y todo tipo de pecados, para perder su alma para siempre. Podemos decir que la cosmovisión de San Ignacio no está limitada a su tiempo, sino que se extiende a todo tiempo, desde Adán y Eva hasta el fin del mundo, porque hasta el fin del mundo durará la lucha entre los que son de Cristo y los que pertenecen al Anticristo.
El mayor legado de San Ignacio, en el que está plasmada esta cosmovisión, son los apreciados Ejercicios Ignacianos o Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que ha sido el que ha convertido a cientos de miles de almas desde que comenzaron a predicarse, además de ser el promotor de grandes santos para la Iglesia.
Los Ejercicios Ignacianos –predicados en su íntegra pureza espiritual, tal como los predicaba San Ignacio- son el remedio para los males que afligen a la Iglesia y al mundo de hoy: las sectas, el secularismo, el materialismo, el ateísmo, el gnosticismo, el ocultismo y toda clase de perversión espiritual que aleja a las almas de Cristo y su eterna salvación.


[2] Él deseaba que el apóstol católico fuera muy instruido y así es como debe ser, porque la ignorancia conduce al protestantismo, tal como dice el dicho: “Católico ignorante, futuro protestante”.

viernes, 27 de julio de 2018

San Pantaleón



         Vida de San Pantaleón[1].

         Pantaleón fue un médico nacido en Nikomedia, Turquía. Durante la persecución del emperador romano Diocleciano, fue decapitado dando testimonio de Cristo el 27 de julio del año 305. Sabemos de él debido a que su vida y martirio están narrados en un manuscrito del siglo VI. Su padre era un pagano llamado Eubula y su madre era cristiana, siendo ella quien le inculcó la fe en Jesucristo. Era médico, una de las máximas ciencias de la Antigüedad y tuvo como maestro a uno de los médicos más notables del imperio, llamado Euphrosino. Ejercía la medicina con tal maestría, que llegó a ser médico personal del emperador Galerio Maximiano en Nicomedia.
         Como dijimos, fue su madre cristiana quien le transmitió la fe en Jesucristo, pero San Pantaleón, luego de haber conocido el catecismo -tal como sucede con la gran mayoría de niños y jóvenes de hoy, que luego del catecismo de Primera Comunión y la Confirmación abandonan la Iglesia-, se dejó llevar por el paganismo del mundo en el que vivía y, rechazando la gracia, se dejó arrastrar por las tentaciones, cayendo en el mundo del pecado y en la apostasía. En ese momento de su vida conoció a un cristiano piadoso y devoto, practicante de la fe, llamado Hermolao, quien lo despertó a la vida de la fe, instándolo a que, ya que él era médico, conociera “la curación que proviene de lo Alto”. Es decir, Hermolao le proponía a San Pantaleón, que era médico y curaba el cuerpo, que se interesara por un Médico del cielo, que era Jesucristo, que era quien curaba aquello que los médicos terrenos no pueden curar y son las heridas del alma. San Pantaleón fue dócil al consejo de su amigo y fue así cómo, interesándose por el Médico de las almas que es Jesucristo, regresó al seno de la Iglesia, abandonando su vida de pagano, es decir, la vida abandonada a la tiranía de las pasiones sin el control ni de la razón, ni de la gracia. Desde entonces entregó toda su vida a Jesús, empezando por su profesión, puesto que se dedicó a curar a sus pacientes gratuitamente y en nombre de Cristo y no en nombre propio, como lo hacía antes.
         Fue en ese entonces, en el año 303, que comenzó una gran persecución a la Iglesia, dirigida por el emperador Diocleciano en Nikomedia. Pantaleón, que había entregado todo lo que tenía a los pobres, fue denunciado ante el emperador debido a la envidia de algunos de sus colegas, por lo que fue arrestado, ya que estaba prohibido profesar públicamente la fe en Jesucristo. Debido a que era su médico personal, el emperador trató en vano de lograr que San Pantaleón renegara de su fe en Jesucristo, prometiéndole salvarle la vida si declaraba que no creía en Jesús, ni en el Credo, ni en la Eucaristía, ni tampoco en las virtudes cristianas que todo cristiano debía seguir. San Pantaleón se negó rotundamente a apostatar, es decir, a renegar de su fe en Jesucristo, porque sabía que si daba su vida por Jesús, ganaría el cielo inmediatamente. Para demostrar la verdad de la condición de Cristo como Dios y por lo tanto, la verdad de la fe de la religión católica que así lo proclama, curó milagrosamente, con el poder de Cristo, a un paralítico.
         El emperador, viendo que no podía hacer abandonar a San Pantaleón su fe en Cristo, condenó a San Pantaleón, a su amigo Hermolao y a otros dos cristianos, a la muerte por decapitación. Fue así como San Pantaleón, a la edad de 29 años, murió mártir el 27 de julio del año 304, un año después de haber empezado la persecución a la Iglesia. Si en algún momento de su vida había negado a Jesús, ahora con su muerte martirial, con la que daba testimonio de que Cristo es Dios, reparó la falta que había cometido al apostatar antes de la fe, manifestándole al Señor la máxima muestra de amor que alguien puede dar, y es la de “dar la vida por los amigos”, como lo dice Jesús. San Pantaleón era amigo de Jesús y dio su vida por Él y por eso mereció el cielo.
         En las Actas de su martirio se refieren una gran cantidad de hechos milagrosos que sucedieron antes de su muerte, todos destinados a confirmar la veracidad de la fe en Cristo por la cual San Pantaleón estaba ofrendando su vida. Así, por ejemplo, sus verdugos intentaron matarlo de seis maneras diferentes: trataron de quemarlo vivo con fuego; le arrojaron luego plomo fundido; luego trataron de ahogarlo; lo arrojaron a los leones; lo torturaron en un aparato con forma de rueda, estirándole las articulaciones para desmembrarlo vivo y finalmente, trataron de matarlo arrojándole flechas y también atravesándolo con la espada. Puesto que el Espíritu Santo es el que inhabita en el mártir, fue el Espíritu Santo el que no permitió que San Pantaleón muriera, hasta que, llegado el momento en que ya había dado testimonio de Cristo, el Espíritu Santo permitió que San Pantaleón muriera decapitado. Si el Espíritu Santo no lo hubiera permitido, tampoco esta forma de muerte podría haberle dado muerte al santo. Según se narra en las mismas Actas del martirio, el olivo en el que fue decapitado, que estaba seco, floreció al instante, al contacto con la sangre del mártir. Así, San Pantaleón derramó su Sangre por Cristo, proclamando la verdad de su divinidad y la falsedad del paganismo.

         Mensaje de santidad.

         El testimonio martirial de San Pantaleón es más actual y vivo que nunca. En nuestros días, se produce un abandono masivo de la Iglesia y un rechazo práctico de la fe católica, sobre todo por parte de niños y jóvenes que, apenas terminada la etapa de la instrucción catequética, abandonan la fe y se internan en el mundo, viviendo como paganos y no como cristianos. En nuestros días, cientos y miles de niños y jóvenes abandonan la Iglesia y dejan de dar testimonio de Cristo y de vida cristiana ante los hombres, viviendo en la práctica como si nunca hubiesen oído hablar de Cristo. Hoy no hace falta que desde los gobiernos se ordene la persecución a la Iglesia para disminuir el número de cristianos, ya que la gran mayoría abandona la Iglesia voluntariamente. La gran mayoría de los cristianos comete el mismo pecado de San Pantaleón antes de su definitiva conversión y es el de renegar de Jesucristo y adorar a los ídolos paganos, que en nuestros días son el dinero, los bienes materiales, la sensualidad y los ídolos paganos y demoníacos llamados Gauchito Gil, Difunta Correa y San La Muerte, además de muchos otros. Muchísimos católicos abandonan la Iglesia Católica, dejan de practicar los sacramentos y se vuelcan a las sectas, como la magia wicca, la secta umbanda, el ocultismo, la hechicería y muchas otras sectas más. Es por este motivo que el ejemplo de San Pantaleón, que prefirió la muerte antes que renegar de Cristo, es más válido que nunca en nuestros días, sobre todo para niños y jóvenes.