San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 22 de febrero de 2017

Fiesta de la Cátedra de San Pedro


       
         ¿Qué es lo que celebramos los católicos en la Fiesta de la Cátedra de Pedro? Porque al estar del significado de las palabras, puesto que “cátedra” significa asiento, trono, silla, estaríamos literalmente celebrando a un objeto: asiento, trono, silla. Para responder a la pregunta, es necesario reflexionar acerca del sentido espiritual de la expresión “Cátedra de San Pedro”.
La palabra “cátedra” significa asiento o trono y es a su vez la raíz de la palabra “catedral”, que es la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial): la “sede” es el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la “Santa Sede” es la sede del obispo de Roma, el Papa. Ahora bien, la cátedra –sede, sillón, trono- de Pedro, el Vicario de Cristo, es en realidad el trono que Carlos el Calvo –nieto de Carlomagno- regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875[1].
Lo que los católicos celebramos en este día es lo que se denomina “ministerium petrinum”, esto es, el primado y la autoridad de San Pedro[2] concedidos por el Sumo y Eterno Sacerdote, el Hombre-Dios Jesucristo al decir en el Evangelio a Simón Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18) y también “Confirma en la fe a tus hermanos” (Lc 22, 32). Este encargo le es dado por Jesús a Pedro luego de que Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, confesara la fe en Jesucristo en cuanto Hombre-Dios y en cuanto Mesías: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (…) Te felicito Pedro, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (cfr. Mt 16, 16-17). Es decir, según Juan Pablo II, Jesucristo confía a Pedro, Jefe de los Apóstoles, una tarea -oficio o ministerio-: “confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe”. Continúa Juan Pablo II: “En esto consiste el “ministerium petrinum”, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial”. La tarea del Papa –siempre según Juan Pablo II- en cuanto Vicario de Cristo, es procurar que la Iglesia crea y profese, en forma unánime, “las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.
Cuando el Papa ejerce este oficio “ex catedra”, desde la cátedra, desde la sede, es infalible, pero es infalible en tanto y en cuanto no se aleje de la Verdad revelada, sino que, con su autoridad, profundice cada vez más en ella, para alegría del Pueblo fiel. El dogma de la infalibilidad papal no atañe a los proyectos personales de un pontífice particular, en un momento dado de la historia, ni a la imagen que el Pontífice tenga de la Iglesia, ni tampoco a sus deseos personales, por cuanto buenos puedan ser. La infalibilidad papal se da en la Cátedra de Pedro cuando el Papa, Sucesor del Apóstol Pedro, enseña desde la cátedra, de modo infalible, la Doctrina de Jesús, es decir, la Verdad Revelada por el Hombre-Dios Jesucristo. El dogma de la infalibilidad papal afirma que el Papa, como maestro de la fe y de la vida cristiana, no se puede equivocar cuando habla, enseña, santifica y gobierna excátedra con la autoridad conferida a él por Cristo, es decir, cuando se comporta como doctor o pastor universal de la Iglesia (episcopus servus servorum Dei)[3].
El dogma de la infalibilidad papal es válido sólo cuando el Sucesor de Pedro ejercita el ministerio petrino ya sea proclamando un nuevo dogma, o definiendo una doctrina en modo definitivo como revelada, o cuando el Papa, en la misma línea de la doctrina de la Iglesia, enseña sobre ética y moral en el campo social[4]. En otras palabras, un Pontífice no es garante de sí mismo o de sus propias ideas; por el contrario, es constituido Vicario de Cristo para garantizar continuidad, estabilidad, firmeza, confirmación y doctrina de la Ley de Dios en el mundo y, en caso de ser necesario, defenderla hasta el derramamiento de la propia sangre, a imitación de la Cabeza de la Iglesia, Cristo Jesús, quien dio su vida por nuestra salvación. Podemos decir que el que es infalible es Pedro, no Simón.
Un ejemplo concreto de la infalibilidad nos lo brinda Juan Pablo II en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis[5], en lo referente a la ordenación sacerdotal de las mujeres: “Por lo tanto, con el fin de quitar toda duda acerca de una cuestión de gran importancia, que afecta a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene, de ninguna manera, el poder de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal y que esta sentencia debe ser tenida en modo definitivo por parte de todos los fieles de la Iglesia”.
Lo que podemos observar es que el Papa afirma que todos los fieles deben retener en modo definitivo esta doctrina (sentencia) de la Iglesia, lo cual implica que ningún sucesor podrá nunca cambiar esta enseñanza. Según un autor, “el modo definitivo se da cuando el Papa se expresa por sí mismo, empeñando directamente su tarea de confirmar en la fe, o en comunión con el episcopado difundido sobre toda la tierra, la doctrina de la Iglesia”. De esta manera, la Iglesia tiene lo que necesita para su obra universal (católica), que es la difusión de una sola fe, en un solo Señor y en un solo bautismo, convirtiéndose Roma, como decía Pío XII, “en centro, no del poder, sino de la fe”[6].
Por último, para terminar de aprehender el sentido espiritual de esta festividad, podemos considerar las palabras del entonces cardenal Ratzinger: “El Papa no es el señor supremo –desde la época de Gregorio Magno ha asumido el título de “siervo de los siervos de Dios”– sino que debería ser el garante de la obediencia, de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, excluyendo todo arbitrio de su parte. El Papa no puede decir: “La Iglesia soy yo”, o “La tradición soy yo”; al contrario, tiene vínculos precisos, encarna la obligación de la Iglesia a conformarse o configurarse según la Palabra de Dios. Si en la Iglesia surgen tentaciones de obrar diversamente, como elegir el camino más cómodo, debe preguntarse si eso es lícito (y es obvio que no lo es). El Papa no es, por lo tanto, un órgano que pueda dar vida a otra Iglesia, sino que es un muro contra el arbitrio. Doy un ejemplo: por el Nuevo Testamento sabemos que el matrimonio sacramental es indisoluble. Hay corrientes de opiniones que sostienen que el Papa podría abrogar esta obligación. Pero no es así. Y en enero del 2000, dirigiéndose a los jueces romanos, el Papa ha dicho que, respecto a la tendencia de querer ver revocado el vínculo de la indisolubilidad del matrimonio, él (el Papa) no puede hacer todo lo que quiere, sino que, por el contrario, debe acentuar la obediencia, debe proseguir también en este sentido el gesto del lavado de los pies”[7].
Entonces, lo que celebramos los católicos en la Fiesta de la Cátedra de San Pedro no es, obviamente, un objeto –la silla, sede o trono-, sino el “ministerio petrino”, el encargo o misión confiado por Jesús a Pedro, su Vicario en la tierra, encargo que consiste en el “confirmar en la fe a sus hermanos”, es decir, a nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica. Este ministerio petrino es infalible cuando el Papa habla, como pastor o doctor universal, desde la cátedra –ex catedra-, hacia el Pueblo de Dios, porque está asistido por el Espíritu Santo, pero pierde su infalibilidad cuando el Papa no habla como Pedro sino como Simón, es decir, cuando –hipotéticamente- enseñara, una fe que no es la de Pedro, como por ejemplo, que Jesús no es “el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”, esto es, la Segunda Persona de la Trinidad Encarnada en Jesús de Nazareth y que continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía y que la Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, o cuando abrogara sentencias definitivas, como la que enseña que la Iglesia no tiene, ni tuvo, ni tendrá, la potestad para ordenar mujeres en el sacerdocio ministerial. en estos casos, no estaría asistido por el Espíritu Santo, sino por sus propios pensamientos o, peor aún, por los de Satanás, como nos enseña Jesús, cuando en el Evangelio el mismo Simón se opone a que Jesús sufra su Pasión y Cruz, siendo severamente reprochado por el mismo Hombre-Dios: “¡Vade retro, Satan! Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8, 27-33).
Por lo tanto, los católicos celebramos, en esta Fiesta, la asistencia del Espíritu Santo a la Sede de Pedro, la Santa Sede, en lo que respecta a lo más importante en esta vida, que es la fe y la moral, esto es, la fe en Jesús, el Hombre-Dios, y cómo vivir esta fe, de manera que seamos considerados, al final de nuestra vida terrena, de ser dignos de ser conducidos al Reino de los cielos, a la Jerusalén celeste, “cuya Lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).


[1] Durante muchos años la silla fue utilizada por el Papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170222&id=234&fd=1
[3] El beato Pío IX proclamó el dogma de la infalibilidad papal el 18 de julio de 1870, con la constitución dogmática Pastor aeternus.
[4] cfr. Juan Pablo II, Ad tuendam fidem.
[5] Del 22.5.1994.
[6] Cfr. Radiomensaje del 13.5.1942, en ocasión del 25° aniversario de su consagración episcopal y de la Primera Aparición Mariana en Fátima.
[7] Cfr. Dio e il mondo, Ediciones San Pablo, 425, 2001.

martes, 21 de febrero de 2017

Beatos Francisco y Jacinta Marto


         Vida de santidad de los beatos Francisco y Jacinta Marto.

         Francisco Marto nació el 11 de junio de 1908 y murió el 4 de abril de 1919[1]. De los tres pastorcitos, él sólo vio y experimentó la presencia de la Virgen, aunque no escuchó su voz en ningún momento. Séptimo hijo de Manuel y Olimpia Marto, de cabellos claros y ojos oscuros, gustaba de jugar con otros niños, aunque no se destacaba por poseer un gran espíritu de competencia. Ante un trato injusto no se quejaba nunca y, cuando se trataba de posesiones preciadas, como un pañuelo que tenía la imagen de la Virgen, prefería regalarlas, para evitar las discordias, frecuentes entre los niños por cuestiones de este tipo. De espíritu pacificador, sin embargo poseía al mismo tiempo una gran valentía, tal como lo demostró cuando fue interrogado por el alcalde[2]. Solía gastar bromas con su hermano, como todos los niños –por ejemplo, le gustaba poner objetos raros no comestibles en la boca de su hermano cuando dormía- y se destacaba también por el gran amor a la naturaleza y en particular los animales. Una vez le dio un centavo, todo el dinero que tenía, a un amigo a cambio de un pájaro que este tenía, solo para ponerlo en libertad. Tocaba la flauta de caña mientras Lucía y su hermana Jacinta cantaban y bailaban. Francisco era un muchacho bueno y amable, no era santo, pero mostraba predisposición para recibir la gracia de Dios, que le sería dada y de un modo muy especial, con el tiempo.
De los tres pastorcitos, Francisco fue el único que no escuchó las palabras de la Virgen, aunque si la vio y experimentó su presencia. Fue Lucía la encargada de transmitirle el mensaje de la Virgen después de la primera aparición; en el mensaje la Virgen anunciaba que “Francisco iría al cielo” pero que “debía rezar muchos Rosarios”, cosa que Francisco hizo de inmediato. En la segunda aparición Lucía pregunta si iría al cielo y en la respuesta, la Virgen hace mención de Francisco: le responde que Francisco y Jacinta “irían pronto” –lo cual sucedió así, efectivamente-, pero que Lucía tendría que “esperar un tiempo”. Las cosas sucedieron tal como les anticipó la Virgen, pues mientras Francisco y Jacinta murieron al poco tiempo, Lucía, ya profesa Carmelita, murió mucho después, el 13 de febrero del 2005, a los 97 años de edad.
En la tercera aparición, los niños fueron protagonistas de una experiencia mística concedida por el cielo a los grandes santos: la Virgen no sólo les mostró el Infierno, sino que, en cierta manera, o los llevó allí, o bien los hizo experimentar la realidad del mismo de un modo sumamente real y verdadero. Esta visión y experiencia mística del Infierno produjo un gran cambio en sus almas, no en el sentido de un miedo paralizante y por lo tanto inútil e improductivo, sino en el sentido de que les concedió un gran crecimiento desde el punto de vista espiritual, al punto que, considerado esto último, la vida espiritual, ya no parecían niños –infantiles-, sino que su comportamiento –penitencia, sacrificio, oración, caridad- era el de los grandes santos. Es decir, lejos de intimidarlos, o de “traumatizarlos”, como se diría en el lenguaje moderno, los pastorcitos se fortalecieron espiritualmente, creciendo admirablemente en lo más importante de la vida espiritual: el amor a Dios y a los pecadores, por los cuales hicieron grandes penitencias y dedicaron todas sus preocupaciones y oraciones. Parte de este crecimiento espiritual se dio por medio de la persecución sufrida por parte del alcalde del distrito, perteneciente a la secta de la Masonería, el Sr. Artur de Oliveira Santos, el cual intentó amedrentar a los niños encerrándolos en un calabozo y amenazándolos con hacerlos hervir en una caldera con aceite hirviendo si no declaraban que todo lo relativo a las apariciones y secretos de la Virgen eran mentiras e inventos suyos. De esta manera, con su corta edad, los Pastorcitos de Fátima tuvieron el honor de ser perseguidos por el Nombre de Jesucristo.
Poco antes de finalizar la Primera Guerra Mundial en agosto de 1918, tanto Francisco como Jacinta adquirieron el virus de la gripe, siendo esta infección viral la que terminó con sus vidas, luego de presentarse diversas complicaciones. Francisco, sabiendo que estaba ya cercana su partida al cielo, pidió recibir la Primera Comunión en abril de 1919, falleciendo a la mañana del día siguiente, el 4 de abril a las 10 de la mañana, con un resplandor celestial en su rostro, que no se condecía con el agotamiento producido previamente por la mortal enfermedad que padecía. Fue sepultado en el cementerio de Fátima al otro lado de la iglesia parroquial y luego su cuerpo fue trasladado al Santuario de Cova de Iría.
En cuanto a Jacinta, al contagiarse la gripe, fue trasladada a un hospital a pocos kilómetros de distancia de su familia. No se quejó en ningún momento, porque la Virgen le había anticipado que iría a dos hospitales, pero no para curarse si no para sufrir por el amor de Dios y para reparar por las ofensas que los pecadores hacían a los Corazones de Jesús y María. Luego de dos meses de dolorosos tratamientos en el primer hospital, regresó a casa, pero al poco tiempo contrajo tuberculosis, por lo que fue enviada a Lisboa, primeramente a un orfanato católico donde podía asistir a la Misa y ver el Tabernáculo –desde la ventana de su habitación se veía la capilla, y Jacinta pedía que corrieran su cama y la acercaran a la ventana, para estar más cerca de Jesús Eucaristía-, lo que la hacía feliz. Sin embargo, luego fue trasladada al segundo hospital profetizado por la Santísima Madre, donde Jacinta debía hacer su última ofrenda muriendo completamente sola –hecho que también fue anticipado por la Virgen-. Su cuerpo descansa en el Santuario construido Cova da Iria, donde la Señora se le había aparecido[3].

         Mensaje de santidad de los beatos Francisco y Jacinta.

         Una vez finalizadas las apariciones, Francisco asistía al colegio, pero prefería pasar tiempo rezando al “Jesús Escondido” en el tabernáculo. Su preocupación más grande era traer consuelo al Señor y al corazón de su Santísima Madre. Cuando le preguntaban que quería ser cuando grande, Francisco contestaba “No quiero ser nada, solo quiero morir e ir al cielo”[4]. Es decir, mientras la inmensa mayoría de los niños, ante esta pregunta, dicen qué es lo que ellos quieren ser, Francisco, movido por el Espíritu Santo, respondía qué es lo que Dios quería que fuera: santo. Por eso es que su respuesta sería así: “No quiero ser nada (del mundo), solo quiero morir (santo) e ir al cielo”. Un mensaje que nos deja Francisco, entonces, es el de no pensar tanto en lo que nosotros queremos ser, sino en qué es lo que Dios quiere que nosotros seamos, esto es, santos. Otro mensaje de santidad de Francisco es el espíritu de amor y reparación para con Dios ofendido en el sagrario por los hombres ingratos, y es así que, junto con Jacinta y Lucía, “de todo hacía sacrificio”, como les había enseñado el Ángel, y lo ofrecía, con espíritu de piedad, de penitencia y de amor, para consolar al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, abandonado en los sagrarios. Francisco se caracterizó también por pasar largas horas “pensando en Dios”, como él decía, por lo que siempre fue considerado como un contemplativo, lo cual nos hace ver que la contemplación mística de la Trinidad y del Verbo Encarnado, Presente en Persona en la Eucaristía, no es propia de adultos que viven en monasterios –monjes-, sino también que es posible en niños como Francisco. Entonces, Francisco nos deja ante todo, como mensaje de santidad, el deseo de ir al cielo y no el alcanzar objetivos mundanos: “No quiero ser nada (del mundo), solo quiero morir (santo) e ir al cielo”, además del espíritu de amor y reparación hacia “Jesús escondido”, es decir, Jesús en la Eucaristía.
Por su parte, Jacinta tenía el don del sacrificio, un gran amor por María, el Santo Padre y un deseo de salvar a los pecadores, esto último se acentuó de modo particular luego de la experiencia mística que los Pastorcitos tuvieron del Infierno. Para hacer reparación, el Ángel, les había recomendado que oraran diciendo siempre la oración que Nuestra Señora les había enseñado: “Oh Jesús, es por Vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”[5]. Con Francisco y Lucía, repetía constantemente esta oración, y hacia el final de su vida, ofreció todos los dolores y mortificaciones de su mortal enfermedad, pidiendo por la conversión de los pecadores, para que “no fuera ninguno al Infierno”. Quería que todos los hombres supiéramos lo que es el Infierno, para que así dejáramos de ofender a Jesús en la Eucaristía e hiciéramos méritos para alcanzar el cielo.

viernes, 17 de febrero de 2017

Los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María


Vida de santidad.

Estos santos, conocidos como “Los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Servidores de la Virgen María”, eran siete comerciantes, amigos entre sí, de la ciudad de Florencia, Italia[1], cuyos nombres eran: Alejo, Amadeo, Hugo, Benito, Bartolomé, Gerardino y Juan. Además de ser santos que eran amigos entre sí –la amistad verdadera y fundada en Cristo es señal de la Presencia del Espíritu Santo en una persona-, tienen la particularidad de haber fundado, los siete, la Orden de los Servidores de la Virgen María, y lo particular es la cantidad, ya que en la mayoría de las fundaciones de órdenes y congregaciones religiosas, los fundadores son, en la gran mayoría de los casos, uno solo y, en pocos casos, dos o tres y no siete, como en este caso. Pero la otra particularidad es la forma en la que recibieron la gracia fundacional: si bien ellos pertenecían a una asociación de devotos de la Virgen María que había en Florencia, todavía no habían fundado la Orden, y la recibieron a esta de una manera tal que no quedan dudas de su origen celestial: la recibieron todos, estando en distintos lugares, el mismo día -el 15 de Agosto, día de la Asunción de la Virgen- y de la misma manera, es decir, en el pensamiento y en el deseo de apartarse del mundo, hacer penitencia, dedicarse a la vida de santidad e ir al Monte Senario a rezar y allí fundar la Orden. La gracia fundacional la recibieron, en las circunstancias que hemos relatado, el 15 de Agosto del año 1233, fiesta de la Asunción de María Santísima, y la a hacer penitencia. Vendieron sus bienes, repartieron el dinero a los pobres y la pusieron en práctica el 8 de septiembre, día del nacimiento de Nuestra Señora, luego de vender todos sus bienes y repartirlos entre los pobres[2]. Así lo relata un testigo contemporáneo de la fecha en la que recibieron esta gracia fundacional: “Teniendo su propia imperfección, pensaron rectamente ponerse a sí mismos y a sus propios corazones, con toda devoción, a los pies de la Reina del cielo, la gloriosísima Virgen María, a fin de que, como mediadora y abogada, les reconciliara y les recomendase a su Hijo, y supliendo con su plenísima caridad sus propias imperfecciones, impetrase misericordiosamente para ellos la fecundidad de los méritos. Por eso, para honor de Dios, poniéndose al servicio de la Virgen Madre, quisieron, desde entonces, ser llamados siervos de María”[3].
Otro milagro vino a confirmar que la gracia fundacional provenía de Dios: alrededor de la fiesta de Epifanía del siguiente año, 1234, iban de dos en dos recorriendo las calles de Florencia y solicitando casa por casa la caridad por amor de Dios, cuando se oyó exclamar a los niños, incluso los que aún no hablaban, señalándoles con el dedo: “He ahí los servidores de la Virgen: dadles una limosna”. Entre aquellos inocentes niños que sirvieron para proclamar el agrado de Dios sobre la nueva Orden estaba uno que todavía no había cumplido los cinco meses, y que con el tiempo habría de ser una de sus más grandes santos: San Felipe Benicio.
Con la puesta en marcha de la Congregación de los Siervos de María, los Siete Santos Fundadores se propusieron consagrarse a su Inmaculado Corazón, propagar la devoción a la Madre de Dios y confiarle a Ella –como hace un niño con su madre, a la cual ama mucho- todos sus planes, sus angustias, sus esperanzas, en fin, todas sus vidas, terrenas y en la eternidad.
Luego de años de penitencia y estudio en el monte Senario, se ordenaron todos sacerdotes, menos Alejo, el menor de ellos, que por humildad quiso permanecer siempre como simple hermano, y fue el último de todos en morir.
Un Viernes Santo recibieron de la Santísima Virgen María la inspiración de adoptar como Reglamento de su Asociación la Regla escrita por San Agustín; lo hicieron así  y pronto esta asociación religiosa se extendió de tal manera que llegó a tener cien conventos, y sus religiosos iban por ciudades y pueblos y campos evangelizando y enseñando a muchos con su palabra y su buen ejemplo, el camino de la santidad y de la salvación eterna para miles de almas. El carisma principal de la Orden, como su nombre lo indica –Siervos de María-, era una gran devoción a la Santísima Virgen y la consagración total de sus vidas a la Madre de Dios, y era a Ella a quien le atribuían las conversiones y los maravillosos favores que la Orden recibía de Dios.
Todos ellos vivieron y murieron en la más perfecta santidad: el más anciano de ellos fue nombrado superior, y gobernó la comunidad por 16 años[4]. Después renunció por su ancianidad y pasó sus últimos años dedicado a la oración y a la penitencia. Una mañana, mientras rezaba los salmos, acompañado de su secretario que era San Felipe Benicio, el santo anciano recostó su cabeza sobre el corazón del discípulo y quedó muerto plácidamente. Lo reemplazó como superior otro de los Fundadores, Juan, el cual murió pocos años después, un viernes, mientras predicaba a sus discípulos acerca de la Pasión del Señor. Estaba leyendo aquellas palabras de San Lucas: “Y Jesús, lanzando un fuerte grito, dijo: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc 23, 46). El Padre Juan al decir estas palabras cerró el evangelio, inclinó su cabeza y quedó muerto muy santamente. Lo reemplazó el tercero en edad, el cual, después de gobernar con mucho entusiasmo a la comunidad y de hacerla extender por diversas regiones, murió con fama de santo. El cuarto, que era Bartolomé, llevó una vida de tan angelical pureza que al morir se sintió todo el convento lleno de un agradabilísimo perfume, y varios religiosos vieron que de la habitación del difunto salía una luz brillante y subía al cielo. De los fundadores, Hugo y Gerardino, mantuvieron toda la vida entre sí una grande y santísima amistad. Juntos se prepararon para el sacerdocio y mutuamente se animaban y corregían. Después tuvieron que separarse para irse cada uno a lejanas regiones a predicar. Cuando ya eran muy ancianos fueron llamados al Monte Senario para una reunión general de todos los superiores. Llegaron muy fatigados por su vejez y por el largo viaje. Aquella tarde charlaron emocionados recordando sus antiguos y bellos tiempos de juventud, y agradeciendo a Dios los inmensos beneficios que les había concedido durante toda su vida. Rendidos de cansancio se fueron a acostar cada uno a su celda, y en esa noche el superior, San Felipe Benicio, vio en sueños que la Virgen María venía a la tierra a llevarse dos blanquísimas azucenas para el cielo. Al levantarse por la mañana supo la noticia de que los dos inseparables amigos habían amanecido muertos, y se dio cuenta de que Nuestra Señora había venido a llevarse a estar juntos en el Paraíso Eterno a aquellos dos que tanto la habían amado a Ella en la tierra y que en tan santa amistad habían permanecido por años y años, amándose como dos buenísimos hermanos.
El último en morir fue el hermano Alejo, que llegó hasta la edad de 110 años. De él dijo uno que lo conoció: “Cuando yo llegué a la Comunidad, solamente vivía uno de los Siete Santos Fundadores, el hermano Alejo, y de sus labios oímos la historia de todos ellos. La vida del hermano Alejo era tan santa que servía a todos de buen ejemplo y demostraba como debieron ser de santos los otros seis compañeros”[5]. El hermano Alejo murió el 17 de febrero del año 1310.

Mensaje de santidad.

Además de ser modelos de santidad en su vida y en su amor a la Virgen, los Siete Santos Fundadores nos dejan otro mensaje de santidad, y es el de poner en evidencia a aquellos que San Luis María Grignon de Montfort llama “falsos devotos de la Virgen”, es decir, los cristianos que disminuyen el culto debido a la Virgen –por encima de ángeles y santos y por debajo de Dios Trino-, porque temen que una excesiva devoción a María los haga perder de vista y apartar de Jesús, y es por eso que tratan de disminuirla en todo, dejándola de lado. Sin embargo, dice San Luis María, eso es falso, porque la consagración al Inmaculado Corazón de María –que forma el carisma esencial de la Orden de los Siervos de María-, es profundamente cristológica, puesto que todo aquel que se consagra a la Virgen, es llevado por Ella a Jesús. Si Jesús es nuestro intercesor ante el Padre, la Virgen lo es ante Jesús. Al recordarlos en su día, les pidamos a estos Santos Fundadores el aumentar, al igual que ellos, cada vez más el amor a la Virgen en nuestros corazones, para aumentar así, cada vez más, nuestro amor a su Hijo Jesús.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Siete_Santos_Fundadores.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] http://www.almudi.org/calendario-liturgico/meditacion/214-Los-siete-santos-Fundadores-de-la-Orden-de-los-Siervos-de-la-Virgen-Maria
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 14 de febrero de 2017

Santos Cirilo y Metodio


         Vida de santidad[1].

         Los santos Cirilo y Metodio eran dos hermanos que recibieron esos nombres al entrar a la vida religiosa. Por su gran acción evangelizadora, se los considera como los dos grandes apóstoles de los países eslavos (en la actualidad, República Checa, Bulgaria, Serbia, Croacia, etc.). Fueron llamados por el príncipe Rotislav, quien deseaba el establecimiento de sacerdotes cultos que lograran afianzar el cristianismo en la Gran Moravia y estableciesen una organización eclesiástica independiente de Baviera, siendo encargados para esa tarea Cirilo y Metodio que, oriundos de Salónica, dominaban la lengua eslava. Llegaron al imperio de la Gran Moravia en el año 863 y desarrollaron allí una extraordinaria labor religiosa y cultural que se caracterizó, entre otras cosas, por aportar un alfabeto compuesto de 38 letras en el que se reflejaba la gran riqueza sonora del eslavo antiguo. La escritura eslava de Cirilo recibió el nombre de glagólica. Cirilo es también el fundador de la literatura eslava, constituyendo el cimiento de esta literatura la traducción de libros religiosos al eslavo antiguo. El primer libro traducido por Cirilo fue el evangeliario, elemento indispensable para celebrar las misas y para la catequesis, aunque también, con la ayuda de sus discípulos, vertió al eslavo antiguo el misal, el apostolario y otros libros litúrgicos. Al concluir en Moravia la traducción de los cuatro evangelios, Cirilo escribió el prólogo de esta obra, llamado Proglas. Se trata de una composición poética, escrita en versos, según los cánones griegos, considerada una obra fundamental de la literatura eslava. Al finalizar sus cuatro años como misioneros en la Gran Moravia, Cirilo viajó a Roma e ingresó en un convento de monjes griegos. Falleció a los 50 días de su estancia en la Ciudad Eterna, el 14 de febrero del 869. Al morir, el primer educador y maestro de los eslavos tenía tan sólo 42 años.
Metodio, hermano de Cirilo y colaborador en la misión en la Gran Moravia, nació alrededor del año 815, también en Salónica. Ingresó en un convento ubicado al pie del Olimpo, desempeñándose cómo archidiácono del templo de Hagia Sofia (Santa Sabiduría), de Constantinopla y como profesor de filosofía. Bajo su dirección se desarrolló la escuela literaria morava de la cual salieron las traducciones al eslavo antiguo de todos los libros del Viejo y del Nuevo Testamento. La traducción de las Sagradas Escrituras fue realizada en la Gran Moravia en ocho meses. San Metodio murió el 6 de abril del año 885 y fue enterrado en su templo metropolitano en Moravia.

Mensaje de santidad.

Los santos Cirilo y Metodio dedicaron sus vidas a evangelizar, es decir, a hacer conocer a Jesucristo, el Hombre-Dios, entre aquellos pueblos que no lo conocían; para lograrlo, inventaron un nuevo alfabeto y tradujeron al nuevo idioma los libros litúrgicos, necesarios para la celebración de la Santa Misa, y las Sagradas Escrituras. Todo lo hicieron por amor a Jesucristo, puesto que no tenían ningún otro interés que el de hacer conocer y amar a Jesucristo. Con su tarea misionera, evangelizaron a pueblos que hablaban otros idiomas y lograron, con la ayuda del Espíritu Santo, hacer que los pueblos eslavos hablaran un solo idioma, el idioma de la Fe en Jesús, el Cordero de Dios. Fueron los artífices, no solo de una nueva nación y de una nueva literatura y cultura, sino ante todo, del nacimiento de hombres nuevos por la gracia; de hombres que, ingresando a la Iglesia por el bautismo y perseverando en la fe por ellos transmitida, habrían de alcanzar la vida eterna. Dos hermanos, en la Baja Edad Media, con escasísimos medios técnicos, con ausencia absoluta de la moderna tecnología, logaron la conversión de cientos de millones a la fe de Jesucristo. Puesto que son un ejemplo para nosotros, que también estamos llamados a evangelizar, a transmitir la Buena Noticia a nuestros hermanos, y que para ello contamos con el auxilio de tecnología avanzada y con la ventaja de hablar el mismo idioma que nuestros prójimos, debemos preguntarnos: ¿qué hacemos, para hacer conocer y amar a Jesucristo, en el medio en el que nos desenvolvemos?



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cirilo_Metodio.htm

lunes, 13 de febrero de 2017

San Valentín


Vida de santidad.

San Valentín, sacerdote ministerial, ejercía su sacerdocio en Roma, en el siglo III. En ese entonces –y tal como sucede hoy-, el matrimonio sacramental se encontraba duramente desacreditado, hasta el punto en que el emperador Claudio II decidió prohibir la celebración de matrimonios para jóvenes, argumentando que los solteros sin familia eran mejores soldados, ya que tenían menos ataduras[1] terrenas y estaban, por lo tanto, más disponibles para luchar por los fines del imperio. Según dice una tradición, San Valentín arriesgaba su vida para casar cristianamente a las parejas durante el tiempo de persecución[2]. San Valentín, que era un sacerdote celoso de su ministerio y comprendía tanto el error del emperador, como el valor sobrenatural del matrimonio sacramental, desafiando al decreto del emperador, comenzó a celebrar matrimonios en secreto. Puesto que se trataba de tiempos de persecución, el emperador Claudio se enteró y dio la orden de que el sacerdote fuera arrestado y encarcelado. Estando en la cárcel, San Valentín continuaba predicando el Evangelio, además de realizar un prodigioso milagro en favor de la hija no vidente de su carcelero, el oficial Asterius, quien luego de este prodigio se convirtió al cristianismo, junto con toda su familia. A pesar de esto, el emperador Claudio finalmente ordenó que lo martirizaran y ejecutaran el 14 de Febrero del año 270.

Mensaje de santidad.

Reducir la figura de San Valentín a “Patrono de los enamorados” significa reducir, casi a la nada, su mensaje de santidad. Para poder apreciar su mensaje de santidad tenemos que tener presente, por un lado, el ambiente pagano que era propio del Imperio Romano del siglo III, ambiente que abarcaba e inficionaba de paganismo todos los aspectos de la vida, incluido el matrimonio. No solo no se tenía en cuenta su santidad, sino que se lo prohibía por los supuestos “intereses supremos” del imperio, como hemos visto. Por otro lado, San Valentín no arriesgaba su vida para casar sacramentalmente a los novios, por el hecho de que fuera un contestatario o un revolucionario: era un fiel sacerdote de Jesucristo, que amaba a Cristo, al sacerdocio ministerial y a la Iglesia y sus sacramentos. San Valentín comprendía el enorme valor sobrenatural del matrimonio sacramental católico, que consistía en ser una prolongación y actuación, en el mundo y en el tiempo, del matrimonio celestial y místico entre Jesús Esposos y la Iglesia Esposa. San Valentín comprendía que, en virtud del sacramento, los esposos católicos eran “injertados” en la unión nupcial y sobrenatural, celestial y divina, anterior a todo matrimonio humano, el desposorio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, viniendo así a representar, los esposos católicos, a este matrimonio místico, en el mundo: el esposo varón, representa a Jesucristo Esposo, mientras que la esposa mujer representa a la Iglesia Esposa. Además, San Valentín era consciente de que los esposos católicos recibían, a través del sacramento del matrimonio, absolutamente todas las gracias que habrían de necesitar para constituir un matrimonio primero y una familia después, en la santidad de Jesucristo. En estos tiempos nuestros en los que vivimos, a inicios del siglo XXI, el matrimonio sacramental está todavía peor considerado que en los tiempos de San Valentín, al punto que los matrimonios civiles o, peor aún, las convivencias concubinarias, han superado, en la gran mayoría de los países católicos, al matrimonio sacramental. Esta es la razón por la cual la vida y el mensaje de santidad de San Valentín constituyen, para estos oscuros tiempos sin Dios en los que vivimos, un luminoso faro que señala, sobre todo a los jóvenes que se aman al punto de querer formar una familia, en donde se encuentra la raíz y la fuente de la santidad para sus vidas: el matrimonio sacramental católico.




[1] http://webcatolicodejavier.org/sanvalentin.html
[2] https://www.aciprensa.com/recursos/san-valentin-4164/

viernes, 10 de febrero de 2017

Santa Escolástica y la hermosura de la vida contemplativa


         La vida de Santa Escolástica, hermana gemela de San Benito abad, es un signo de contradicción para el mundo del siglo XXI en el que vivimos, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el hedonismo y el gnosticismo. Por todas estas características, el mundo moderno no entiende la vida de santos como Santa Escolástica, a los que considera como seres inconmprensibles, que han elegido un modo de vida que, en el mejor de los casos, es “aburrido” y que, invariablemente, es un “sin sentido”.
         Sin embargo, la vida de Santa Escolástica, lejos de carecer de sentido, es un testimonio, para el mundo de hoy, del sentido nuevo y de la nueva dirección, el sentido y la dirección de la eternidad, que toda la humanidad adquiere a partir de la Encarnación del Verbo de Dios, Jesucristo. En efecto, con su vida de oración contemplativa, con su vida célibe, casta, pobre, sometida a la obediencia de sus superiores eclesiásticos, Santa Escolástica es un testimonio, ya en la tierra, de la vida futura que espera al hombre en el Reino de los cielos. Santa Escolástica, con su vida consagrada y contemplativa, contrasta con la mundanidad del secularismo y ateísmo que domina nuestros días: no sólo testimonia que Dios existe, sino que Dios es Uno y Trino y que el Hijo de Dios se ha encarnado para perdonarnos y conducirnos al cielo; con la renuncia a los bienes materiales, testimonia que hay bienes infinitamente superiores que nos esperan en el cielo, el Reino de Dios; con la castidad, testimonia que la vida futura los bienaventurados, con sus almas y cuerpos glorificados “serán como ángeles” (cfr. Mc 12, 25), como dice Jesús, con lo cual “no habrá más matrimonios” (cfr. Mt 22, 30), como los hay en la tierra; con la obediencia, testimonia que la razón humana se abre a la Revelación divina de Jesucristo y con ello es capaz de vislumbrar el destino de gloria y felicidad eterna que espera a quienes renuncian a este mundo terreno por el Evangelio.

         Los consagrados y sobre todo los contemplativos, como Santa Escolástica, son considerados “necios” por el mundo, pero a los ojos de Dios, son sus elegidos y el objeto predilecto de su Divino Amor.

martes, 7 de febrero de 2017

Santos Pablo Miki y compañeros mártires


         La muerte de los mártires por Cristo es uno de los testimonios más evidentes acerca de la divinidad de Jesús, como del origen celestial de la Iglesia Católica. La única explicación posible acerca del estado moral y espiritual de los mártires, ante una muerte cruenta, no se explica simplemente por las virtudes humanas; es decir, no se explica simplemente por el hecho de que los mártires sean personas humanamente virtuosas, o por el hecho de que tengan una esperanza humana, terrena, horizontal. Los mártires, ante la proximidad de la muerte cruenta, precedida en muchos casos por torturas inhumanas, no sólo no dan muestras de terror, de pánico, de miedo, como cabría de esperar, sino que, por el contrario, se muestran serenos, firmes, valientes, decididos, sabios, y con la mirada de sus ojos y de sus almas en el más allá, lo cual indica que la fuente de sus esperanzas, de su fortaleza, de su alegría inclusive, no está en la tierra, sino en el cielo. Esto se puede constatar en todo mártir y, de manera particular, en el martirio de los santos Pablo Miki y compañeros. Según el relato de un testigo ocular[1], San Pablo Miki y sus compañeros, en el momento de ser torturados y crucificados, y hasta el momento mismo de sus muertes gloriosas, mostraron un comportamiento que refleja lo que acabamos de decir: que la fuente de su esperanza no es terrena, sino celestial, y que lo que los anima, como alma de sus almas, es el Espíritu Santo.
         Dice así el relato de su martirio: “Una vez crucificados, era admirable ver la constancia de todos, a la que los exhortaban, ora el padre Pasio, ora el padre Rodríguez”. Un primer elemento que aparece, es la constancia, es decir, la perseverancia en la fe, común a todos los mártires, lo cual es contrario a toda esperanza humana, pues humanamente, para los mártires, todo estaba perdido.
Luego continúa: “El padre comisario estaba como inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos en acción de gracias a la bondad divina, intercalando el versículo: En tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz inteligible. El hermano Gonzalo rezaba en voz alta el Padrenuestro y el Avemaría”. Luego de ser torturados atrozmente, y luego de permanecer por horas crucificados, los mártires muestran una fortaleza no solo corporal, sino espiritual, pues dan muestras de su fe entonando salmos y rezando en voz alta, que supera toda lógica humana.
Luego viene el relato de Pablo Miki: “Pablo Miki, nuestro hermano, viéndose colocado en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, empezó por manifestar francamente a los presentes que él era japonés, que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne”. Pablo Miki es consciente de que muere “a causa del Evangelio” -la Compañía de Jesús fue una gran congregación que dio muchos mártires a la Iglesia, combatiendo al Protestantismo y al Paganismo y llevando a la conversión a innumerables almas-, pero en vez de lamentarse por ello, “da gracias a Dios” y no sólo, sino que lo considera “un beneficio tan insigne”, puesto que, ante sus ojos, tenía ya presente la recompensa que Jesucristo concede a quienes dan sus vidas por Él y el Evangelio: la feliz bienaventuranza, la contemplación gozosa de la Santísima Trinidad por los siglos sin fin.
Pablo Miki dice sus últimas palabras, y en todo se asemeja al Rey de los mártires, Jesucristo, porque está asistido por Él y porque participa de su muerte en Cruz: “(…) a continuación añadió estas palabras: “Llegado a este momento crucial de mi existencia, no creo que haya nadie entre vosotros que piense que pretendo disimular la verdad. Os declaro, pues, que el único camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo”. Declara que “el único camino” para la salvación es el camino de la Santa Cruz de Jesús y, al igual que Jesús, que desde la Cruz perdonó a sus verdugos, así también Pablo Miki los perdona, en el Nombre y por la Sangre de Jesús, además de instarlos a que ellos también –sus verdugos y asesinos- se conviertan al Único Salvador de los hombres, Cristo Jesús.
Continúa el relato: “Luego, vueltos los ojos a sus compañeros, comenzó a darles ánimo en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría especial, sobre todo en el de Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo con los dedos y con todo su cuerpo. Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado el santísimo nombre de Jesús y de María, se puso a cantar el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, ya que en ella se enseña a los niños algunos salmos. Otros, finalmente, iban repitiendo con rostro sereno: “¡Jesús, María!””. Luego de las palabras de Pablo Miki, les invade a todos una alegría y gozo sobrenatural, que hace que sus almas entren en éxtasis, al contemplar, ya desde la tierra, y a un paso del cielo, los gozos eternos que les esperan, apenas sus almas sean separadas de sus cuerpos a causa de la muerte. En ninguno hay desolación, tristeza, desengaño, traición a Jesús, ni reclamo alguno; por el contrario, todos, invadidos por el Espíritu Santo, exultan de alegría sobrenatural, al ser conscientes de que los gozos eternos están al alcance de la mano, agradeciendo incluso a quienes les ayudan a pasar de esta vida a la otra, sus verdugos.
Finalmente, el testigo ocular dice: “Algunos también exhortaban a los presentes a una vida digna de cristianos; con estas y otras semejantes acciones demostraban su pronta disposición ante la muerte. Entonces los cuatro verdugos empezaron a sacar lanzas de las fundas que acostumbraban usar los japoneses; ante aquel horrendo espectáculo todos los fieles se pusieron a gritar: “¡Jesús, María!”. Y, lo que es más, prorrumpieron en unos lamentos capaces de llegar hasta el mismo cielo. Los verdugos asestaron a cada uno de los crucificados una o dos lanzadas con lo que, en un momento, pusieron fin a sus vidas”. Los mártires, llenos de gozo y de alegría celestial, sobrenatural, perdonan a sus verdugos, los llaman a la conversión, y a los que ya son cristianos pero quedan en este mundo, los exhortan a una vida de santidad, de manera tal que todos puedan, algún día, gozar con ellos de la alegría que significa contemplar al Cordero de Dios, por el cual derraman su sangre, por toda la eternidad. Todo este admirable testimonio no se explica si no es por la acción del Espíritu Santo en las personas de los mártires.



[1] Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii 1, 769