San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 27 de septiembre de 2016

San Vicente de Paúl y los pobres


         Vida de santidad de San Vicente de Paúl[1].

         Nació en Aquitania el año 1581. Una vez cursados los correspondientes estudios, fue ordenado sacerdote y ejerció de párroco en París. Fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y al servicio de los pobres, y también, con la ayuda de santa Luisa de Marillac, la Congregación de Hijas de la Caridad. Murió en París el año 1660.

         Mensaje de santidad de San Vicente de Paúl[2].

         San Vicente de Paúl es llamado “el apóstol de la caridad” por su gran dedicación a los pobres. Puesto que hoy circulan ciertas teorías acerca de los pobres que nada tienen que ver con el mensaje de Jesucristo, reflexionemos acerca de lo que decía el santo sobre los pobres. Decía así: “Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos”. Lo primero, entonces, es no hacer acepción de personas, es decir, no dejarse llevar por el aspecto exterior, ni tampoco por su falta de educación, puesto que por su situación no tuvieron acceso a estudios superiores. Esto es acorde a lo que dice la Escritura: “Dios no hace acepción de personas” (Rm 2, 11).
Luego continúa el santo: “Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”. San Vicente de Paúl nos da la clave evangélica para abordar a los pobres y a la pobreza: hay que mirarlos “a la luz de la fe” y esta fe nos dice que el pobre “representa el papel del Hijo de Dios, que también quiso ser pobre”. El pobre no es un engranaje más dentro de una máquina de hacer dinero, como sostiene el liberalismo, ni es un cuerpo sin alma destinado a vivir en una sociedad sin clases sociales, como dicen el comunismo y el socialismo: el pobre, en cuanto ser humano, es "imagen y semejanza de Dios", y también imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo, y así lo afirma San Vicente, quien sostiene que el pobre es “imagen” de Nuestro Señor Jesucristo porque Jesucristo, siendo Dios, asumió la naturaleza humana y eso representó para Él, que era Dios, una gran pérdida; además, en la Pasión, se volvió aún más pobre, porque le fue quitado todo lo que tenía, inclusive casi hasta su apariencia humana. Jesucristo, entonces, siendo rico, porque su naturaleza divina es infinitamente superior a la nuestra, se hizo pobre, y lo hizo para evangelizarlos, como dice la Escritura: “Me envió a evangelizar a los pobres”. Y, como Jesucristo, debemos tener sus mismos sentimientos para consolarlos, ayudarlos y apoyarlos.
Luego dice San Vicente de Paúl que Jesús quiso nacer pobre, eligió vivir pobremente, llamó junto a sí a discípulos pobres y se identificó de tal manera con ellos que afirmó que todo lo que les hiciéramos a ellos, en el bien o en el mal, se lo haríamos a Él, que está misteriosamente presente en ellos: “Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres”.
Dice el santo que Dios “ama a los pobres y también a los que aman a los pobres”, por lo que, cuanto más amemos a los pobres, sirviéndolos a ellos, más seremos amados por Dios: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos”.
Para con los pobres, debemos tener siempre “sentimientos de misericordia y compasión”, que son los sentimientos de Cristo: “Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos”[3].
Luego afirma que no hay que demorar el servicio a los pobres, y da el ejemplo de alguien que está haciendo oración y es solicitado por un pobre, puede dejar la oración, sin escrúpulos de estar cometiendo algún pecado, y atenderlo: “El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos. Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios”[4].
Finalmente, San Vicente de Paúl da la clave para tratar a los pobres según el Evangelio y no según las ideologías contrarias al Evangelio, como el comunismo y el liberalismo o el neo-liberalismo, y es la caridad o amor sobrenatural, el amor mismo de Dios y no simplemente el amor humano: “La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores”.
En definitiva, San Vicente de Paúl nos da la clave para amar a los pobres según el Evangelio y no según doctrinas anti-cristianas, en las que el pobre y la pobreza desplazan a Jesucristo del centro: no hacer acepción de personas; considerarlos a la luz de la fe, lo cual significa ver al mismo Jesucristo misteriosamente presente en ellos y tener presente que todo lo que hagamos a los pobres, se lo hacemos al mismo Jesucristo; tener para con ellos sentimientos de compasión; no demorar en el servicio de los pobres; amarlos con amor de caridad, que es el Amor del Espíritu Santo. Como complemento a las enseñanzas de San Vicente de Paúl, podemos hacer la siguiente consideración: lo más importante de todo es considerar a los pobres y a la pobreza en su adecuado lugar, lo cual quiere decir que los pobres no son el centro del Evangelio, sino que el centro del Evangelio es Nuestro Señor Jesucristo, que se nos presenta pobre, por la pobreza de la cruz –en la cruz no tiene nada material que le pertenezca, porque los clavos de hierro, la corona de espinas, la inscripción que dice: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, no le pertenecen, sino que se los ha provisto Dios Padre para que cumpla su misterio pascual de Muerte y Resurrección- y también se nos presenta como pobre al asumir nuestra naturaleza humana –ya vimos que eso significa para Él, que es Dios Hijo, un gran empobrecimiento, puesto que nuestra naturaleza es incomparablemente inferior con respecto a la divina-, y si Jesús se presenta como pobre, lo hace para enriquecernos con su gracia santificante y con su vida divina trinitaria. Entonces, así como Jesús nos enriqueció con su gracia, así nosotros debemos enriquecer a nuestros prójimos pobres, con la limosna y también con el amor de caridad.





[2] San Vicente de Paúl, Carta 2.546: Correspondance, entretiens, documents, París 1922-1925, 7.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem

viernes, 23 de septiembre de 2016

El significado de las llagas del Padre Pío


         Una de las características más notorias del Padre Pío, además de su vida de santidad y de los innumerables milagros que realizó aun estando en vida, son sus llagas, las cuales fueron estudiadas en su tiempo por expertos médicos –que declararon, obviamente, que la causa de las mismas excede la capacidad de la ciencia médica de dar respuestas- y fueron y son sido también objeto de la devoción por parte de decenas de miles de fieles. Teniendo esto en cuenta, el hecho de ser una gracia extraordinaria, que Dios concede libremente a quienes Él elige, nos preguntamos: ¿qué significan las llagas del Padre Pío?
La respuesta es que no se trata de otra cosa más que de la participación, de modo visible, sensible –cruento, podríamos decir- de la Pasión redentora de Jesucristo, quien así continúa, en la historia y el tiempo humanos, su misterio pascual de Muerte y Resurrección. En otras palabras, es Jesús quien, a través del Padre Pío, continúa el misterio de la Redención, en el signo de los tiempos. Contemplar las llagas del Padre Pío es por lo tanto equivalente a contemplar las llagas de Jesús, porque son las llagas de Jesús propiamente las que se manifiestan a través del cuerpo del Padre Pío. Contemplar sus llagas es contemplar, por un lado, la magnitud sin medida -valga la expresión- del Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, que dejó lacerar su Cuerpo Sacratísimo, a fin de salvarnos; por otro lado, significa tomar conciencia del triple peligro de muerte eterna del que Jesús nos ha salvado, porque con sus Llagas nos libró del Demonio, el pecado y la muerte y es esto lo que significa “Redención”.
Así comprendemos porqué las Llagas de Jesús –y las llagas del Padre Pío- no son ni pueden ser objeto ni de curiosidad científica, ni tampoco de devoción que se queda en la sola visión de las mismas: significa contemplar el misterio de la Redención en su totalidad, y esto implica, desde el comienzo, saber qué es “Redención”. Y esto implica saber cuál es el precio altísimo que Jesús tuvo que pagar por nuestras almas y cuerpos, no solo para liberarnos del Demonio, del pecado y de la muerte, sino también para convertirnos en hijos adoptivos de Dios y para abrirnos las Puertas del cielo, para que, al final de nuestras vidas, si somos fieles a la gracia hasta el fin, seamos capaces de habitar en la Casa del Padre por la eternidad, como hijos suyos muy amados.
Otra consideración que debemos hacer es que, aunque nosotros no llevamos las llagas del Padre Pío, sí estamos, como él, llamados a participar “en cuerpo y alma” de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo –así lo pide la Iglesia para los fieles en sus oraciones oficiales[1]-, y para ello no tenemos necesidad de tener visiblemente las Llagas del Señor: basta con ofrecer la cruz de cada día, grande o pequeña, pero ofrecerla con paciencia, mansedumbre humildad y, sobre todo, con amor.




[1] Cfr. Liturgia de las Horas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

San Expedito eligió a Jesús en la cruz y no al diablo


         Cuando la Iglesia nos permite festejar litúrgicamente a un santo, lo hace para que, conociendo su vida y reflexionando acerca de sus virtudes, busquemos de imitarlo, al menos en alguna de las tantas virtudes que lo llevaron al cielo.

         En el caso de San Expedito, algo que se destaca en su vida de santidad es la celeridad o prontitud en elegir a Jesucristo, al mismo que tiempo que rechazaba al Diablo. Sabemos que cuando recibió la gracia de la conversión, al mismo tiempo se le apareció el Diablo para tentarlo, sugiriéndole que dejara su conversión para “mañana”. En ese momento, San Expedito tenía frente a sí dos posibilidades: o elegir a Jesucristo, respondiendo afirmativamente a la gracia de la conversión, o elegir al Diablo, respondiendo negativamente a esa gracia. La historia de su vida nos enseña que, luego de meditar brevemente acerca de estas dos posibilidades, San Expedito, aferrando en alto la Santa Cruz de Jesús y diciendo “¡Hoy!”, eligió a Jesús en vez de al Diablo. Es aquí entonces en donde podemos –y debemos- imitar a nuestro santo: en elegir a Jesús y no al Diablo, en preferir la Santa Cruz y no al Demonio. Ahora bien, a nosotros no se nos va a aparecer el Demonio en forma de cuervo, sino que permanecerá siempre invisible, tratando de tentarnos para que no cumplamos los Mandamientos de la Ley de Dios, ni los Mandamientos de Jesús –perdonar setenta veces siete, amar al enemigo, cargar la cruz de cada día-, ofreciéndonos en cambio cumplir sus mandamientos, los mandamientos de Satanás, que son los opuestos a los Mandamientos de Dios. ¿Cuáles son los mandamientos de Satanás? Haz lo que quieras, que se cumpla tu voluntad y no la de Dios; no santifiques el Domingo, dedícalo no a Dios, sino a tus intereses y úsalo para divertirte; mira espectáculos impuros; roba, quédate con lo que no es tuyo; que no te importe el cónyuge de tu prójimo, si lo deseas, es para ti, no importa que estén ya casados; comete adulterio, comete fornicación, todo está bien, bada es pecado y Dios no te lo va a tener en cuenta; no acudas a los Sacramentos de la Iglesia; no te confieses; comulga sin confesarte; confiésate sin arrepentirte de nada; no honres a tus padres, trátalos con desprecio; desobedece siempre, haz lo que te parezca. También nos tentará para no rezar, para no perdonar, para no amar al enemigo; nos tentará para que veamos programas inmorales o, al menos, inútiles; nos tentará para que nos desviemos de la fe y la contaminemos con sus ídolos, como la superstición, la magia, la brujería, y para que en la tribulación, acudamos a sus agentes, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, en vez de abrazarnos a la Cruz de Jesús y de cubrirnos con el Manto de María, etc. Es decir, el Demonio tratará de hacernos apartar de la fe en Jesús y en la Virgen como la Madre de Dios, para que creamos en sus mentiras. Aquí es donde San Expedito nos da el ejemplo de santidad: al igual que San Expedito, frente a la tentación y frente a la seducción del Tentador, que es el Demonio, debemos aferrar la Santa Cruz de Jesús y decir, desde lo más profundo del corazón: “¡Hoy y no mañana, comienzo a vivir según los Mandamientos de la Ley de Dios y no según los Mandamientos del Diablo! ¡Hoy elijo a Jesucristo como mi Rey y Señor y a la Virgen como la única Dueña de mi vida!”.

San Mateo Evangelista


Según San Gregorio Magno, el Evangelista Mateo presenta a un Jesús desde su naturaleza humana, comenzando por su genealogía: “Mateo, en su evangelio presenta la genealogía de Cristo como hombre: “Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán: ...el nacimiento de Jesús fue así:..” (cfr. Mt 1, 1-18)”[1]. Este evangelio presenta a Cristo en su condición humana”. Continúa San Gregorio afirmando que el Cristo de San Mateo “está animado por sentimientos de humildad y ternura”: “Por esto encontramos en él a un Cristo animado siempre por sentimientos de humildad, siendo un hombre lleno de ternura”[2]. Es decir, San Mateo nos describe a un Jesús desde un punto de vista humano, pero esto no quiere decir que no lo describa como Dios Hijo encarnado, puesto que también relata numerosos milagros realizados por Jesús, milagros que sólo pueden ser hechos por Dios y que, por lo tanto, prueban que Jesús no es persona humana, sino quien Él dice ser, esto es, el Hijo de Dios encarnado, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad.
En otras palabras, que San Mateo lo describa con elementos propios de la naturaleza humana, como por ejemplo, su genealogía –lo cual indica que existió realmente en el tiempo y en el espacio y que no fue un “mito” o un “fantasma”- y con virtudes propias humanas, como la humildad –se humilla ante los Apóstoles, por ejemplo, lavándoles los pies- y la ternura –la compasión que muestra al llorar por su amigo Lázaro, o por la ruina de Jerusalén-, no significa que San Mateo no lo describiera también en el aspecto de su divinidad. De hecho, la narración de su encuentro con Jesús y su inmediato seguimiento deja traslucir que San Mateo, iluminado por el Espíritu Santo, pudo ver en Jesús no a un hombre más entre tantos, ni a un hombre santo, ni al más santo entre los santos, sino al mismo Hombre-Dios: “Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió”. Es esto lo que dice San Jerónimo, que “que un cierto aire de majestad brillaron en la continencia de Nuestro Divino Redentor, y traspasó su alma y lo atrajo fuertemente”.
Podemos decir que la forma en que San Mateo sigue a Jesús –“Él se levantó y lo siguió”, dice el Evangelio, lo cual sugiere inmediatez-, no se explica por una mera atracción humana de un discípulo hacia su maestro, sino por el llamado de Dios Hijo a través de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth. Es el Amor de Dios, encarnado en Jesucristo, quien llama a Mateo y es este Amor celestial el que lleva al apóstol a abandonar de modo inmediato todo lo que lo sujetaba a esta tierra: sus riquezas, su familia, su preocupaciones del mundo, sus placeres, y su profesión, dando así ejemplo de conversión sincera y perfecta.
“Sígueme”. También a nosotros nos repite Jesús, desde la Eucaristía, el mismo llamado que hiciera a San Mateo, diciéndonos: “Sígueme. Sígueme por el camino de la cruz, el único camino que lleva al cielo. Sígueme por el camino de la penitencia, la mortificación, la oración y la caridad. Sígueme, por el resto de tus días en la tierra, para que vivas luego en la eternidad en el Reino de Dios. Sígueme”. ¿Seguimos a Jesús, es decir, respondemos a su llamado a la santidad, como San Mateo, “inmediatamente”, o preferimos quedarnos con el hombre viejo, el hombre de la concupiscencia y de las pasiones?  



[1] San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), Contra los herejes, III 11,8; 9,1.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 20 de septiembre de 2016

Santos mártires Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires


        
         Vida de santidad[1].
         Los santos mártires Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong y compañeros, formaron parte de una comunidad de 103 mártires que dieron sus vidas por Jesucristo en Corea durante las persecuciones de los años 1839, 1846 y 1866. Con su sangre derramada por amor a Cristo, los mártires, que eran principalmente laicos, hombres y mujeres, casados o solteros, ancianos, jóvenes y niños, con sus sufrimientos y sus vidas ofrecidas a Jesucristo,  contribuyeron al nacimiento y crecimiento de la Iglesia en ese país de Asia.
         Mensaje de santidad.   
         Los mártires nos enseñan hasta dónde llega el testimonio de Jesucristo, y es hasta el derramamiento de la propia sangre. Ser cristianos es estar dispuestos, día a día, todos los días, a dar la vida por confesar que Jesucristo es el Hombre-Dios, que está Presente en la Eucaristía y que su Iglesia es la Única Verdadera. Esto es lo que se desprende de las últimas palabras del presbítero Andrés Kim Taegon, en una carta escrita antes de morir ejecutado.
         Si queremos saber en qué consiste el ser cristianos, lo que debemos hacer es reflexionar en sus últimas palabras, las cuales nos darán la medida de lo que significa llevar este nombre. Recordemos que, cuando el Padre Andrés Kim Taegon escribe esto, está prisionero y ha sido ya condenado a muerte. Dice así: “Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él”. Dice el Padre Andrés que “cristiano” es un “nombre glorioso” en sí mismo, pero que el nombre “debe corresponderse a la realidad”, esto quiere decir que si somos hijos de Dios –y lo somos por el bautismo-, luego, nuestro comportamiento, debe ser el de los hijos de Dios, no los de los hijos de las tinieblas. Si somos cristianos y nos comportamos como los hijos de las tinieblas, es decir, si somos hijos de la luz y vivimos en la oscuridad del pecado, entonces más nos valdría “no haber nacido”[2]. Hay que notar en esto dos cosas: por un lado, que compara al pecador con Judas Iscariote, que fue “el que traicionó a Nuestro Señor” (cfr. Lc 22, 3); por otro lado, utiliza la misma expresión de Nuestro Señor al referirse, precisamente, a Judas Iscariote, cuando habla del “hijo de la perdición”: “Más le valdría no haber nacido” (cfr. Mt 26, 4). De esto vemos la gravedad del pecado y la seriedad y grandeza que significa el ser cristianos.
         Luego, compara la vida del cristiano y su relación con Jesucristo, con la figura del campesino que cultiva arroz –en Corea se consume mucho el arroz- : “Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado. De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido”. En esta figura, el campo de cultivo es la tierra, los hombres somos el arroz, el abono que hace fuerte al arroz es la gracia, el agua que lo riega es la Sangre de Jesucristo, que se nos da en la Santa Misa, en la Eucaristía; el día del juicio es la siega o cosecha, que es el día de nuestra propia muerte o el día del Juicio Final, en donde Jesús, representado como un Campesino, dejará de lado las espigas vacías, lo que significa la eterna condenación, el “castigo eterno”, como lo dice el Padre Andrés, mientras que “se alegrará por el grano que haya madurado, es decir, haya crecido en la vida de la gracia, lo que equivale a la eterna bienaventuranza.
         Después el Padre Andrés habla del crecimiento de la Iglesia, que se produce en medio de tribulaciones, y que “crece con el sufrimiento de los fieles”, lo cual nos hace tomar conciencia acerca del valor incalculable que tiene la tribulación en la vida personal de cada uno: “Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones”. Renegar de la cruz, de la tribulación, es renegar del mismo Jesús, que nos llama a participar, activamente, por medio del sufrimiento y la tribulación, de su propio sufrimiento y tribulación redentores, en el Calvario.
Afirma el Padre Andrés que, después de la tribulación y la persecución, en donde es lógico experimentar incluso tristeza y desolación, viene sin embargo el consuelo de parte de Dios, y ese consuelo nos lo da Jesucristo, que con su muerte en cruz, ha vencido al Demonio: “También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo? Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo”.
Nos aconseja vivir cristianamente, con la caridad de Cristo, hasta que Dios disponga el cese de la tribulación: “Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación”.
Por último, ya antes de su muerte, el Padre Andrés muestra una serenidad y una alegría que no se explican con las solas fuerzas humanas, es decir, por la sola virtud humana, porque su serenidad, alegría y esperanza en al alegría eterna, no vienen de él, sino del Espíritu Santo: “Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor”. Recordemos que el Padre Andrés está a punto de morir ejecutado y, sin embargo, habla de la alegría que habremos de vivir “juntos en el cielo” si permanecemos fieles a la gracia de Jesucristo. Como podemos ver, lo que nos enseñan el Padre Andrés y los mártires coreanos, ser cristianos no es sólo llevar el nombre, sino estar dispuestos a entregar la vida por Jesucristo. Ahora bien, probablemente nosotros no estemos llamados al martirio cruento, como ellos, pero sí estamos llamados a evitar el pecado y a vivir en gracia, día a día, todo el día, todos los días, para así poder llegar a vivir en la alegría eterna del Reino de los cielos.
        


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir; cfr. Pro Corea Documenta ed. Mission Catholique Séoul, Seul/París 1938, vol. I, 74- 75.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Santos Cornelio y Cipriano, Mártires


Vida de santidad de San Cornelio.
Cornelio fue ordenado obispo de la Iglesia de Roma el año 251; se opuso al cisma de los novacianos y, con la ayuda de Cipriano, pudo reafirmar su autoridad[1]. Fue desterrado por el emperador Galo, y murió martirizado en la persecución del emperador Decio en el año 253[2].
         Mensaje de santidad de San Cornelio.
Su Pontificado se vio perturbado por la rebelión de un hereje llamado Novaciano que proclamaba que la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados y que por lo tanto el que alguna vez hubiera renegado de su fe, nunca más podía ser admitido en la Santa Iglesia[3].
El hereje afirmaba también que ciertos pecados como la fornicación e impureza y el adulterio, no podían ser perdonados jamás. De esta manera, el hereje Novaciano negaba varias verdades de fe: negaba que Jesucristo fuera Dios, sin poder para perdonar pecados de cierta gravedad o, que en todo caso, era un Dios inmisericordioso, vengativo, rencoroso, que se negaba a perdonar a los pecadores; negaba también la naturaleza divina, tanto de la Iglesia, como de los sacramentos, porque la Iglesia, habiendo sido instituida por Jesucristo, tiene la misión, precisamente a través de los sacramentos, de actualizar el misterio de la redención de Nuestro Señor Jesucristo, haciendo presente por ellos su misterio pascual de muerte y resurrección; los sacramentos no son entonces meras convenciones sociales, sino acciones sagradas que hacen presente y actual, para los hombres de todo tiempo y lugar, la acción salvífica de Jesucristo, el Hombre-Dios. Negar, como lo hacía Novaciano, que la Iglesia no podía perdonar por medio de los sacramentos, sobre todo el de la Penitencia, era sostener un gran error y es por eso que el Papa Cornelio se le opuso y declaró la verdadera doctrina, esto es, que si un pecador se arrepiente en verdad y quiere empezar una vida nueva de conversión, la Santa Iglesia puede –tiene el poder de hacerlo, participado y comunicado por Jesucristo- y debe –movida por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que es el Alma del alma de la Iglesia- perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez entre los fieles. Si alguien en la Iglesia no obrara así –tal como lo pretendía Novaciano-, estaría oponiéndose a los designios misericordiosos de Jesús. En su controversia con el hereje Novaciano, el Papa San Cornelio tuvo el apoyo de San Cipriano, que estaba en África, como también de todos los demás obispos de Occidente.
Tiempo más tarde, y habiéndose desencadenado la persecución de los cristianos por parte del Emperador Decio, éste lo desterró de Roma y a causa de los sufrimientos y malos tratos que recibió, el Papa San Cornelio murió en el destierro, como un mártir. Su ejemplo de santidad radica en considerar a la Iglesia como lo que es, el Cuerpo Místico de Jesús que, en el signo de los tiempos, quiere alcanzar a todos los hombres, por los sacramentos, su gracia santificante. Además, es modelo en su oposición a los poderosos de la tierra, como el Emperador, manteniéndose firme en la fe en Jesucristo, aún cuando esto le costara el destierro primero y su vida después.
Vida de santidad de San Cipriano.
Cipriano nació en Cartago hacia el año 210, de familia pagana. Se convirtió a la fe, fue ordenado presbítero y, el año 249, fue elegido obispo de su ciudad. En tiempos muy difíciles gobernó sabiamente su Iglesia con sus obras y sus escritos. En la persecución de Valeriano, primero fue desterrado y más tarde sufrió el martirio, el día 14 de septiembre del año 258[4].  Antes de que apareciera San Agustín fue el Santo más importante del África y el más brillante de los obispos de este continente.
En el año 251 el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, mediante la cual pretendía, además de asesinar a los obispos y presbíteros, destruir los libros sagrados. Además, pretendía que todos los cristianos renegaran de Jesucristo y de que rindieran homenaje y adoración a los ídolos paganos, requisito para perdonarles la vida.
Cipriano, con gran prudencia, huye y se esconde, pero desde su escondite envía continuas cartas a los creyentes invitándolos a no abandonar la religión por nada en la vida. Luego hubo un corto período de paz y Cipriano volvió a su cargo de obispo. Pero encontró que algunos aceptaban sin más en la Iglesia a los que habían apostatado de la religión, sin exigirles hacer penitencia de ninguna clase. Se opuso a esta relajación y en adelante a todo renegado que quiso volver a la Iglesia le exigió que hiciera antes cierto tiempo de penitencia. Así preparaba a los creyentes para que en las próximas persecuciones no se dejaran dominar por el miedo y no renegaran tan fácilmente de sus creencias. Muchos se oponían a esta severidad, pero era necesaria para prevenir el peligro de apostasías en la próxima persecución que ya se avecinaba. Y sucedió que cuando vinieron después las más espantables persecuciones, los cristianos prefirieron morir antes que quemar incienso a los dioses de los paganos. Y fueron mártires gloriosos.

El año 252, llega la peste de tifo negro a Cartago y empiezan a morir cristianos por centanares y quedan miles de huérfanos. El obispo Cipriano se dedica a repartir ayudas a los que han quedado en la miseria. Vende todo lo más valioso que hay en su casa episcopal, y pronuncia unos de los sermones más bellos que se han compuesto en la Iglesia Católica acerca de la limosna. Todavía hoy al leer tan emocionantes sermones, siente uno un deseo inmenso de dedicarse a ayudar a los necesitados. Sus oyentes se conmovieron al escucharle tan impresionantes enseñanzas y fueron generosísimos en auxiliar a las víctimas de la epidemia.
         Mensaje de santidad de San Cipriano.
El mensaje de santidad de San Cipriano está estrechamente ligado a su testimonio martirial, que comenzó cuando en el año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima persecución contra los cristianos, que incluía pena de destierro para todo creyente que asistiera a un acto de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo o sacerdote que se atreviera a celebrar una ceremonia religiosa. A Cipriano le decretan en el año 257 pena de destierro, pero puesto que continuaba celebrando la Santa Misa allí donde era desterrado, fue condenado a muerte en el año 258. Su testimonio martirial, conservado en las Actas del martirio, son válidas de modo especial en nuestros tiempos, caracterizados por la apostasía masiva de los bautizados. En dichas Actas se pueden leer las valientes palabras que le valieron a San Cipriano alcanzar el cielo[5]. Dicen así:
El juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?
Cipriano: Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos.
El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó al mártir: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?
Cipriano: Si, lo soy.
El juez: El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.
Cipriano: No lo haré nunca.
El juez: Píenselo bien.
Cipriano: Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”.
Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!
Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.
Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.
El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.
A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte[6].
Como afirmábamos más arriba, el testimonio martirial de San Cipriano es sumamente válido para nuestros días, en donde se observa un abandono masivo de Aquel por quien el santo obispo dio la vida: Nuestro Señor Jesucristo. San Cipriano, llevado por el celo apostólico por las almas y por el amor a Jesús en la Eucaristía, no dejó en ningún momento, ni aún a costa de su vida, de celebrar el Santo Sacrificio del Altar, para alimentarse él mismo del Pan de Vida eterna y para dar a los fieles el Verdadero Maná bajado del cielo. En nuestros días, vemos con tristeza cómo, de entre los niños y jóvenes que apenas terminan la instrucción catequética, abandonan en forma masiva, tanto la Misa como la Comunión Eucarística, apenas terminado el Catecismo, para no regresar, en la mayoría de los casos, sino esporádicamente y luego de muchos años. Constatamos además, con pesar, cómo los ídolos, ante los cuales San Cipriano se negó a doblar sus rodillas y a los cuales negó ofrecerles sacrificios, regresan hoy, bajo las más diversas formas de un nuevo y casi omnipresente paganismo, y tienen sometidas a enormes franjas de la población, quienes voluntariamente se postran ante ellos. Estos ídolos neo-paganos son: estrellas de fútbol, de la música, del cine, del espectáculo, o bien ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, y tantos otros más, además de todos los cultos neo-paganos de la Nueva Era, como la brujería, el esoterismo, la brujería wicca, el ocultismo, el reiki, el yoga, las terapias alternativas, etc. Ante todos estos ídolos, los hombres posmodernos se inclinan sin dudar un momento, voluntariamente, sin necesidad de que exista una persecución sangrienta ni tampoco verdugos que amenacen con la decapitación si no lo hacen.
Al recordar a San Cipriano, pidamos que interceda ante Nuestro Señor Jesucristo, que con su sacrificio en la cruz nos compró con su Sangre, para que amándolo cada vez más a Él y auxiliados por María Santísima, seamos capaces de vencer las obras del mundo y de la carne y de dar testimonio de fe íntegra y constante en su divinidad y en su Presencia Eucarística.




[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4]   http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm

martes, 13 de septiembre de 2016

San Juan Crisóstomo


Vida de santidad de San Juan Crisóstomo
Nació en Antioquía, hacia el año 349; después de recibir una excelente formación, comenzó por dedicarse a la vida ascética. Fue ordenado sacerdote y ejerció con gran provecho el ministerio de la predicación. El año 397 fue elegido obispo de Constantinopla, cargo en el que se comportó como un pastor ejemplar, esforzándose por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición de la corte imperial y de los envidiosos lo llevó por dos veces al destierro. Acabado por tantas miserias, murió en Comana, en el Ponto, el día 14 de septiembre del año 407. Contribuyó en gran manera, por su palabra y escritos, al enriquecimiento de la doctrina cristiana, mereciendo el apelativo de Crisóstomo, es decir, “Boca de oro”[1]
Mensaje de santidad de San Juan Crisóstomo
Siendo ya obispo de Constantinopla, y debido a las calumnias y la envidia de algunos nobles de la corte, San Juan Crisóstomo debió partir para el exilio, y antes de hacerlo, predica una homilía en la que describe su estado espiritual, dejándonos enseñanzas de mucho provecho espiritual. Una de estas enseñanzas se derivan de su exilio: al ser desterrado, el santo participa así del exilio de Cristo, que del cielo baja a la tierra, lo cual constituye para Jesús un verdadero exilio, y participa también de la expulsión de Jesús, ya condenado a muerte, quien sale por las puertas de la Jerusalén terrena para dirigirse al Calvario.
Se trata de una situación de extrema indefensión, porque a donde va, no solo no tiene a nadie conocido, sino que también carece de sustento material y económico, por lo que debe pasar muchas penurias. Sin embargo, es en este momento en el que, paradójicamente, al ser abandonado por los hombres, es cuando más está acompañado por el Hombre-Dios, Jesucristo: según lo manifiesta en su homilía antes del exilio, San Juan Crisóstomo está unido a Jesús por la fe, siendo el mismo Jesús quien le hace ver que su destino final es el cielo, quien le hace desear la vida eterna y quien, con su Espíritu, le da valor, permitiéndole experimentar la fuerza de la fe en Él, que es la Roca: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús”[2].
San Juan Crisóstomo debe partir al exilio, en donde peligra su vida, pero para él, su vida es Cristo y por eso no teme a la muerte, a la cual la considera una ganancia, porque le permite obtener a Cristo para siempre: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia”.
En el exilio mismo, no tiene la compañía de los hombres, pero ahí está Dios, con su omnipresencia: “¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena”.
No tiene bienes, pero no los desea, porque nada de los bienes materiales llevaremos a la otra vida, por lo que son inútiles para el Reino: “¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevarnos de él”.
No desea nada de este mundo; no le teme al mundo ni a la muerte; no envidia a las riquezas, y tampoco tiene deseos de vivir, pero no porque tuviera depresión, sino porque espera en la alegría festiva del Reino de Dios: “Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual”.
En la gran tribulación que supone el destierro para un hombre –pensemos en los numerosos cristianos en todo el mundo, que pierden todo porque deben exiliarse, a causa de su fe en Cristo-, San Juan Crisóstomo pone su confianza en Jesús, el Señor de la gloria, que es Quien lo protege, con su Palabra y con la Eucaristía: “Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”. San Juan Crisóstomo pone toda su confianza en Jesús, que es la Palabra de Dios, escrita en el Evangelio, y también en esa misma Palabra de Dios, Jesús, que está encarnada, gloriosa y resucitada en la Eucaristía y que desde ahí, nos acompaña “todos los días, hasta el fin del mundo”.
A San Juan Crisóstomo lo sostiene entonces la Eucaristía, la Palabra de Dios, que es Cristo Jesús, bajo cuyo amparo se encuentra y así no tiene temor del mundo y su poder, y lo único que desea es cumplir la Voluntad de Dios e ingresar en la eterna bienaventuranza: “Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga”. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también”.
Por último, a San Juan Crisóstomo lo sostiene también el Amor de Dios, el cual se le manifiesta como caridad fraterna, recibida por el santo en los días más difíciles de su vida de parte de los fieles cristianos; San Juan Crisóstomo se siente acompañado por la Iglesia, a la que describe como familia –la familia de los hijos de Dios, los bautizados- y como el Cuerpo Místico de Jesús, Cuerpo formado por los fieles y que está unido a su Cabeza, Jesús, y que recibe de Él su Espíritu, que es quien une a los cristianos en el Amor de Dios: “Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo”. El cuerpo son los bautizados; la cabeza es Cristo; la caridad que une al Cuerpo y a la Cabeza es el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Por último, esta caridad de los cristianos es percibida por San Juan Crisóstomo como “luz”, pero no como luz material, sino como luz espiritual, participada de Cristo, “Luz del mundo”: “Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”. Jesús es Luz del mundo y Él nos dice que nosotros somos también luz del mundo: “Vosotros sois la luz del mundo”-, pero no lo somos por nosotros mismos, sino que lo somos en tanto y en cuanto participamos, por la gracia, de Él, de su Ser divino y de su naturaleza divina, y esta luz brilla ante los hombres por medio de las obras de misericordia. En otras palabras, el cristiano ilumina las tinieblas de este mundo en que vivimos, cuando es misericordioso con su prójimo, y esto es lo que hacían los fieles que acompañaban a San Juan Crisóstomo, confortándolo antes del destierro. Esta luz celestial de la caridad cristiana es la que le anticipa, a San Juan Crisóstomo, la luz eterna en los cielos: “Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”. Al recordarlo en su día, le pedimos a San Juan Crisóstomo que interceda para que permanezcamos siempre fieles a Jesucristo, cada día, todos los días, tal como lo hizo él hasta el fin de la vida.



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[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las homilías de San Juan Crisóstomo, homilía antes de partir en exilio, 1-3: PG 52, 427-430.