San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 21 de junio de 2018

San Luis Gonzaga, religioso



         Vida de santidad[1].

         Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció a favor de su hermano al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591.

         Mensaje de santidad.

         En la Liturgia de las Horas, tanto en Laudes como en Vísperas, la Iglesia dice así en la Memoria de San Luis Gonzaga: “Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste en San Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén”[2].
         En estas dos virtudes, la inocencia y la penitencia, radican la santidad de San Luis Gonzaga, porque la inocencia de vida significa que San Luis Gonzaga vivió a imitación y participación del Acto de Ser trinitario, que es Purísimo y es la Inocencia Increada en sí misma; por la vida de penitencia, San Luis Gonzaga vivió en imitación y participación a la Pasión del Señor, el Cordero Inocente e Inmaculado, que hizo la máxima penitencia y mortificación entregando su Vida divina en holocausto por nuestros pecados.
         Como pide la Iglesia para nosotros, sus hijos pecadores, en el día de San Luiz Gonzaga, que si no podemos imitarlo en su inocencia de vida, al menos lo hagamos en su vida de penitencia, de oración, de humildad, para así también nosotros poder llegar un día, como él, al Reino de los cielos.


domingo, 17 de junio de 2018

San José, modelo de santidad para todo padre de familia



         Para todo padre de familia que desee la santidad, San José es modelo de fe, de vida y sobre todo de santidad, porque vivió a la perfección las virtudes cristianas en su vida terrena. Por eso, todo padre de familia debe contemplar a San José como modelo ideal e insuperable de vida cristiana.
         Ante todo, San José es modelo como hijo de Dios, aun siendo él el Padre adoptivo de Jesús, porque este rol lo cumplió San José en cumplimiento de la voluntad de Dios Padre. Es decir, así como todo padre de familia es a su vez hijo, San José es modelo de cómo ser hijo, al cumplir con amor y a la perfección el encargo dado por Dios Padre de ser el padre adoptivo de Dios Hijo en la tierra.
         San José es modelo como Padre de familia, porque amó a su Esposa legal –nunca tuvo relación de tipo marital con la Virgen, sino que el trato entre ellos era como el de hermanos, visto que la Virgen era la Madre de Dios- y a su Hijo adoptivo, Jesús, con amor inigualable, prodigándose y trabajando día y noche para que a la Sagrada Familia no le faltara el sustento. En los días de tribulación, cuando por ejemplo su Hijo recién nacido estaba amenazado de muerte, San José, obedeciendo a las órdenes del Ángel, tomó a su Esposa y al Niño y los condujo, bajo su protección, hasta Egipto, siendo el Protector de la Sagrada Familia en un tan largo y peligroso viaje. Pero en los días de tranquilidad y de paz, que fueron muchos, San José también fue el Protector de la Sagrada Familia, porque con su oficio de carpintero, proveyó de todo lo necesario para que  María y Jesús tuvieran todo lo que les hacía falta.
         San José es modelo como Esposo, porque si bien, como dijimos, María fue su Esposa meramente legal y jamás hubo trato de tipo marital entre ellos, sino un amor de hermanos, San José amó a la Esposa legal que Dios le encomendó, la Virgen, y la amó y la trató con todo cuidado, con todo cariño, con todo respeto, dando su vida para Ella y su Hijo y no teniendo a nadie más en su corazón que no fuera a su Esposa legal.
         San José es modelo de Padre, porque si bien Jesús no era su hijo biológico, ya que Jesús es Hijo de Dios y su Padre es Dios Padre y la Concepción y Encarnación de Jesús fueron obra del Espíritu Santo y no de un varón como él, es modelo de Padre perfecto, porque si bien su Hijo adoptivo era Dios, San José cuidó de Él desde el día de su nacimiento y desde entonces, no pasaba ningún día sin que contemplase a su Hijo Dios, amándolo y adorándolo en el misterio de ser, su propio hijo adoptivo, el Dios que lo había creado y que ahora se encarnaba para salvarlo y santificarlo. Por eso, San José es modelo de oración en la vida de trabajo y de adoración contemplativa para todo padre de familia, porque así como San José amaba a su Hijo Dios mientras trabajaba y lo adoraba, así todo padre de familia cristiano debe, en medio de sus ocupaciones diarias, trabajar y contemplar a Jesús, rezando en imitación de San José y así también todo padre de familia debe adorar a Jesús Eucaristía, así como San José adoraba a su Hijo Jesús, Dios Encarnado.
         A San José también se le deben encomendar todos los padres difuntos, que en esta vida terrena recibieron el bautismo, la comunión y la confirmación, porque él es el Patrono de la muerte buena y santa, ya que murió entre los brazos de Jesús y María, según la Tradición, luego de enfermar gravemente de neumonía al ir a cumplir un encargo de trabajo en un pueblo vecino. Puesto que es el Patrono de la muerte buena y santa, a él se debe acudir para que interceda por todos los padres terrenos difuntos, que en esta vida fueron fieles de la Iglesia, para que por la misericordia de Dios gocen de la visión beatífica.
         Por último, en el día en el que se recuerda a los padres terrenos, es necesario elevar la mirada del alma, sobre todo los padres, que también son esposos e hijos a su vez, para que en San José contemplen el modelo ideal de vida del varón puro y santo, en el que se encuentran todas las virtudes necesarias para que todo padre de familia alcance la santidad en su imitación.

miércoles, 13 de junio de 2018

San Antonio de Padua presbítero y doctor de la Iglesia



         Vida de santidad[1].

Nació en Lisboa (Portugal) a finales del siglo XII. Primero formó parte de los canónigos regulares de san Agustín, y poco después de su ordenación sacerdotal, ingresó en la Orden de los frailes Menores, con la intención de dedicarse a propagar la fe cristiana en África. Sin embargo, fue en Francia y en Italia donde ejerció con gran provecho sus dotes de predicador, convirtiendo a muchos herejes. Fue el primero que enseñó teología en su Orden. Escribió varios sermones llenos de doctrina y de unción. Murió en Padua el año 1231.

         Mensaje de santidad[2].

En uno de sus sermones, refiriéndose al alma en gracia, dice San Antonio de Padua que el justo que está en gracia está “lleno del Espíritu Santo” y que éste habla “diversas lenguas”: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas”. Ahora bien, para San Antonio de Padua, estas “lenguas diversas” no se tratan de idiomas; es decir, para San Antonio de Padua las lenguas que habla el que está lleno del Espíritu Santo no son conocimiento de idiomas extranjeros, diversos a la lengua natal, como si el que habla español pudiese hablar en alemán, o en inglés, o en cualquier otro idioma. Para el Santo, las “diversas lenguas” son las virtudes, expresión externa de la Presencia del Espíritu en el alma, como la humildad y la paciencia, entre otras: “Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta”. Es decir, se puede saber que alguien está lleno del Espíritu Santo, no porque hable idiomas desconocidos, sino porque obra de modo virtuoso, lo cual es el reflejo externo de la Presencia interior de la Palabra de Dios. En aquel en el que habitan la Palabra y por lo tanto el Espíritu de Dios, esta Presencia se refleja en las obras: “La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras”.
La Presencia de la Palabra de Dios y del Espíritu de Dios en el alma no consisten en palabras orales vanas, las cuales deben cesar, sino en obras virtuosas que reflejen la Presencia del Verbo de Dios y el Espíritu Santo: “Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen”.
Muchas veces el cristiano piensa que por hablar muchas palabras y repetir palabras santas, es en eso en lo que constituye la santidad, pero no es así, dice San Antonio de Padua, porque son en realidad las obras de misericordia y las obras virtuosas las palabras que exteriorizan la Presencia interior del Espíritu de Dios: “Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras”. Esto no es algo sin importancia, porque Dios no solo no bendice a quien así actúa, con palabras vanas, sino que lo maldice y esta maldición se ve reflejada en la ausencia de frutos de santidad, como la higuera maldecida por Cristo se vio frondosa, pero sin frutos: “Y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Luego cita a San Gregorio, según el cual quien predica la Palabra de Dios debe caracterizarse por poner por obra lo que predica: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. En otras palabras, quien habla de humildad, debe reflejar humildad en su comportamiento, de otra manera, con el orgullo y la soberbia, lo único que hacen es un palabrerío vano, contradiciendo con este obrar la misma doctrina cristiana: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras”.
Ejemplo de coherencia entre la Presencia del Espíritu Santo, las palabras y las obras puestas en acto, son los Apóstoles, que obraban según el Espíritu y no según el propio sentir humano: “Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir!”.
El que habla palabras vanas, esto es, aquel que utiliza palabras del Evangelio o de los santos, pero no los acompaña por obras, lo que hace es robar las palabras a los demás y los que esto hacen, demuestran que están movidos por su propio espíritu humano, cargado de concupiscencia y malicia, pero no obran movidos por el Espíritu Santo y de estos tales se debe pedir la gracia de vivir alejados de ellos: “Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor-. El cristiano que habla palabras falsas o huecas, es decir, que roba palabras al Evangelio o a los santos, pero no las acompaña por obras, es un cristiano que habla falsamente en nombre del Espíritu de Dios, porque está hablando por su propio espíritu humano, cargado de pecado y concupiscencia.
El cristiano debe hablar, no tanto con palabras, sino con virtudes, las virtudes que el mismo Espíritu Santo le inspire, esto es, a algunos humildad,  a otros paciencia, a otros mansedumbre, y así sucesivamente y esto es una gracia que se debe pedir constantemente, a fin de expresar, con las obras y con la vida, el verdadero significado de Pentecostés, esto es, la infusión del Espíritu Santo en el alma: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés”. La Presencia del Espíritu Santo, el verdadero significado de Pentecostés, se expresa por la modestia exterior, pero sobre todo, por la observancia de los sentidos y de los Mandamientos de la Ley de Dios y la contrición del corazón, formas por las cuales el cristiano, al tiempo que ilumina las tinieblas del mundo, vive esta vida con la esperanza de llegar a contemplar a Dios Uno y Trino en la eternidad: “(La Presencia del Espíritu Santo se manifiesta) Mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.


viernes, 8 de junio de 2018

El Sagrado Corazón a la Hermana Encarnación: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Pasión”



El Sagrado Corazón se le apareció a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón en Guatemala para manifestarle cuánto dolor le causaban los hombres porque estos –distraídos con las cosas del mundo- no recuerdan su Pasión –y si no recuerdan su Pasión, no recuerdan los motivos de ésta, que es la Misericordia de Dios y el pecado de los hombres-. El día 9 de abril de 1857 la Madre fue a la Capilla a meditar la Pasión, en la parte en la que Jesús es traicionado por Judas Iscariote y sintió en ese momento que el Señor le decía al oído: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Corazón”.
En otra aparición, Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, quejándose de cómo los cristianos se olvidaban de su Corazón y su Amor y de cómo comulgaban muchos cristianos, con hipocresía y cinismo, además de convertir a sus templos en verdaderos "teatros": “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”[1].
         Es decir, a través de estas dos apariciones, Jesús le dice a la Iglesia que los cristianos no solo no recuerdan los dolores de la Pasión, sino que no toman conciencia de que lo que reciben en la Eucaristía es el Corazón dolorido de Jesús, puesto que lo reciben distraídamente, haciendo comuniones sacrílegas en la mayoría de los casos porque cuando comulgan están pensando en cosas mundanas o en cualquier otra cosa menos en Él y además nos revela su dolor porque se encuentra abandonado en su Prisión de Amor, el sagrario
         ¿Por qué Jesús quiere que nos acordemos de sus dolores en la Pasión y por qué quiere que recibamos su Corazón Eucarístico con piedad, con amor, con fervor? Por un lado, porque este recuerdo no se trata de una mera afectividad y tener devoción al Sagrado Corazón no es una simple devoción dejada al libre querer del que le parezca: así como en la Pasión de Jesús están contenidas todas las gracias que necesitamos para la salvación, así también, de la misma manera, en el Sagrado Corazón  están contenidas todas las gracias necesarias para nuestra eterna salvación, según le dijo Jesús a Santa Margarita.
         Que en la devoción al Sagrado Corazón están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación en el Reino de Dios y para al mismo tiempo evitar la eterna condenación en el Infierno, eso es lo que Jesús le dice a Santa Margarita en una de las apariciones: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (y que ese Amor) le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor (…) a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
Para esto se manifiesta Jesús como Sagrado Corazón y para esto quiere que le tengamos devoción: para “Apartar (a los hombres) del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él (en el hombre) todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno) (y que los hombres queden) bajo el imperio de su Amor”.
          Es para que nos apartemos del camino de Satanás y para que lo reconozcamos a Él, a Jesús, como a Nuestro único Rey, es para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón y es para este fin que sufrió la Pasión ya desde el momento mismo de la Encarnación. Otro elemento a tener en cuenta es que si las gracias para nuestra eterna salvación están contenidas en la Pasión y en el Sagrado Corazón, están contenidas por lo tanto también en la Eucaristía, porque es allí donde está vivo y glorioso el Sagrado Corazón. Por esta razón es que nos entrega en cada comunión eucarística su Sagrado Corazón Eucarístico, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está, lleno de la gloria y del Amor de Dios, vivo y palpitante.
Entonces, recordar, meditar, pedir la gracia de participar de los dolores de la Pasión de Jesús, ser devotos del Sagrado Corazón de Jesús es necesario para nuestra eterna salvación y es tan necesario, que quien no es devoto del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no tiene modo de salvarse eternamente y quien rechaza esta devoción no tiene modo de librarse de Satanás y por lo tanto pone su salvación eterna en grave riesgo. Jesús se manifestó como el Sagrado Corazón para destruir los movimientos desordenados de nuestros corazones, que nos conducen al pecado; para librarnos de Satanás y de la eterna condenación en el Infierno y para colmarnos de toda clase de gracias necesarias para nuestra santificación y eterna salvación. Nada de esto tiene que ver con una devoción que se queda solo en la afección sensible, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. www.religionenlibertad.com/la-terrible-carta-de-gema-galgani-13999.htm

viernes, 1 de junio de 2018

San Justino, mártir



         Vida de santidad[1].

         Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos “Apologías” y el “Diálogo con Trifón”. Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos de Marco Aurelio, hacia el año 165.

         Mensaje de santidad[2].

         El mensaje de santidad de San Justino, además de su vida de santidad, es el diálogo mantenido con el inicuo juez que lo condenó a muerte, pues en ese diálogo se demuestra su amor a Jesús y cómo por este amor a Jesús, desprecia incluso su propia vida, sin tener temor por las amenazas de muerte. Se puede apreciar también cómo se cumplen las palabras de Jesús, de que será el Espíritu Santo quien hablará por boca de los mártires, porque tal serenidad, tal fe, tal alegría, tal desprecio de los ídolos mundanos, tal valentía y falta de respetos humanos ante la autoridad inicua que buscaba hacerlo apostatar, tal fortaleza ante la amenaza de tortura y muerte, no pueden no venir sino de Dios Espíritu Santo, que inhabita en el alma y en el corazón de los mártires. He aquí el diálogo del mártir San Justino, el que le valió el cielo, según consta en las Actas de los Mártires: “Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron conducidos al prefecto de Roma, que se llamaba Rústico. Cuando estuvieron ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino: “Antes que nada, profesa tu fe en los dioses y obedece a los emperadores”. Justino respondió: “No es motivo de acusación ni de detención el hecho de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador Jesucristo”. Rústico dijo: “¿Cuáles son las enseñanzas que profesas?”. Respondió Justino: “Yo me he esforzado en conocer toda clase de enseñanzas, pero he abrazado las verdaderas enseñanzas de los cristianos, aunque no sean aprobadas por los que viven en el error”. El prefecto Rústico dijo: “¿Y tú las apruebas, miserable?”. Respondió Justino: “Así es, ya que las sigo según sus rectos principios”. Dijo el prefecto Rústico: “¿Y cuáles son estos principios?”. Justino respondió: “Que damos culto al Dios de los cristianos, al que consideramos como el único creador desde el principio y artífice de toda la creación, de todo lo visible y lo invisible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron los profetas que vendría como mensajero de salvación al género humano y maestro de insignes discípulos. Y yo, que no soy más que un mero hombre, sé que mis palabras están muy por debajo de su divinidad infinita, pero admito el valor de las profecías que atestiguan que éste, al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque sé que los profetas hablaban por inspiración divina al vaticinar su venida a los hombres”. Rústico dijo: “Luego, ¿eres cristiano?”. Justino respondió: “Así es, soy cristiano”. El prefecto dijo a Justino: “Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar en posesión de la verdad: si eres flagelado y decapitado ¿estás persuadido de que subirás al cielo?”. Justino respondió: “Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales cosas, pues sé que, a todos los que hayan vivido rectamente, les está reservado el don de Dios para el fin del mundo”. El prefecto Rústico dijo: “Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para recibir un cierto premio merecido”. Justino respondió: “No lo supongo, lo sé con certeza”. El prefecto Rústico dijo: “Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses”. Justino dijo: “Nadie que piense rectamente abandonará la piedad para caer en la impiedad”. El prefecto Rústico dijo: “Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormentados sin piedad”. Justino respondió: “Nuestro deseo es llegar a la salvación a través de los tormentos sufridos por causa de nuestro Señor Jesucristo, ya que ello será para nosotros motivo de salvación y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más temible que éste”. Los otros mártires dijeron asimismo: “Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos”. El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo: “Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obedecer las órdenes del emperador, serán flagelados y decapitados en castigo de su delito y a tenor de lo establecido por la ley”. Los santos mártires salieron, glorificando a Dios, hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados, coronando así el testimonio de su fe en el Salvador”.


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las Actas del martirio de los santos Justino y compañeros;  Cap. 1-5: cf. PG 6, 1566-1571.


El Sagrado Corazón de Jesús y los Santos



         En el Antiguo Testamento, el corazón es símbolo no solo de los afectos del hombre, sino sede y representación de todo su ser: todo lo que es el hombre, en cuerpo y alma, está representado en el corazón. “Dar el corazón” es dar, literalmente, a la persona dueña de ese corazón. Así, por ejemplo, en Deuteronomio 6, 4-6, Dios pide que le amen “con todo su corazón”, es decir, con todo lo que el hombre es.
         Y es tan significativo el simbolismo del Sagrado Corazón que, cuando ese mismo Dios del Antiguo Testamento, que hasta entonces era invisible a los ojos de los hombres, se decide a encarnarse y manifestarse, expresa su Amor al permitir que su Corazón sea traspasado por la lanza, porque de esa manera, expresa que lo que contiene su Corazón, que es su Ser divino trinitario con el Amor que brota de él, todo en su totalidad, se derrama sobre el hombre, sin reservarse nada para Él. La lanzada del soldado romano sobre el Corazón de Jesús hace que éste se abra, así como se abren las compuertas de un dique, y derrame sobre la humanidad el contenido del Corazón, que es el Ser de Dios con su Divino Amor. Dios se da a sí mismo a través de su Corazón traspasado.
         Luego, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento se manifestará visiblemente a su Iglesia –y, a través de la Iglesia, al mundo-, por medio del Sagrado Corazón, porque es el órgano que representa lo que Dios Es: Amor. “Dios es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y lo que representa al Amor es el Corazón y un Corazón traspasado significa que Dios derrama su Amor sobre los hombres.
         A lo largo de los siglos, Dios se  manifestará a diversos santos por medio de su Sagrado Corazón, dejando en cada manifestación un mensaje distinto, pero que convergen todos en su simbolismo: Dios se entrega a sí mismo a los hombres por medio del don de su Sagrado Corazón.
         En Francia, Jesús se manifiesta a una monja, Santa Margarita María de Alacquoque, revelándole que el órgano por medio del cual los hombres habrían de unirse a Él, es el Corazón traspasado por la lanza. Es decir, si los hombres quieren unirse a Él, deben hacerlo por medio de su Amor, expresado, simbolizado y significado en el Amor que se derrama incontenible a través de la herida abierta de su Corazón. Dios no nos pide doctorados para unirnos a Él: nos pide nuestro amor, porque Él nos da su Amor, a través de su Sagrado Corazón.
         En España, en Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el siguiente encargo: que el culto y la devoción a su Sagrado Corazón sea conocido y difundido entre los hombres, para que sea cada vez más amado, adorado y glorificado. Le hace ver al beato una visión en la que el corazón del beato es alcanzado por las llamas del Sagrado Corazón y es incendiado por estas llamas: significan cómo Dios arde en amor por nosotros, y cómo desea transmitirnos y comunicarnos de ese Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Al beato le da esta revelación: “En España reinaré con más y mayor devoción que en otras partes”. Puesto que podemos considerarnos, racial, cultural y espiritualmente, parte de la España de ultramar, podemos pensar que esa promesa se hace extensiva a nuestra Patria y a Hispanoamérica. También le dice al beato que cualquier cosa que se le pidiera al Sagrado Corazón sería concedido.
         En el año 1820, precisamente en lo que era la Provincia ultramarina de Guatemala, Jesús se aparece como el Sagrado Corazón a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón. A esta hermana le habría de manifestar el dolor que le causaban los hombres, al no celebrar su Pasión, es decir, los dolores de su Corazón: en 1857, un 9 de abril, la Madre fue a la Capilla a meditar lo que en ese día habría de haber pasado que Judas Iscariote traicionaría a Jesús. en un determinado momento, el Señor le dijo a su oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba, oyendo siempre la misma petición.
         Por último, se le apareció a Sor Faustina Kowalska como Jesús de la Divina Misericordia, manifestación que es una evidente e innegable continuación y prolongación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que Jesús aparece de pie, vestido con túnica blanca y con los rayos de color rojo y blanco, símbolo de la Sangre y Agua que brotaron de su Corazón traspasado el Viernes Santo. La Divina Misericordia es el contenido de la Sangre y Agua del Corazón de Jesús. 
         Ahora bien, este mismo Sagrado Corazón, que se apareció a los santos en distintos siglos, no se nos aparece visiblemente a nosotros pero, mucho mejor que una aparición, se nos dona, en su totalidad, con su Sangre y Agua, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea y con las llamas de Amor del Espíritu Santo que lo envuelven, en cada comunión eucarística. En cada comunión eucarística, realizada en estado de gracia, recibimos al Sagrado Corazón de Jesús, vivo, palpitante, glorioso, resucitado, que quiere unirse a nosotros por medio de su Corazón Eucarístico; quiere comunicarnos las llamas de Amor Divino que lo envuelven e incendiar con ellas nuestros corazones; quiere que recordemos y tengamos siempre presentes los dolores de su Corazón en la Pasión y quiere derramar sobre nuestras almas, con la Sangre y el Agua de su Sagrado Corazón traspasado, su Divina Misericordia. No seamos indiferentes al Divino Amor que se nos dona en la comunión eucarística.
        
        

jueves, 24 de mayo de 2018

San Pascual Bailón y su amor sobrenatural por la Eucaristía



         Vida de santidad[1].

         Nació en Torre Hermosa, Aragón, España, en la Pascua de Pentecostés de 1540 y murió en la fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés. Por el hecho de nacer en Pascua –que significa: paso de la esclavitud a la libertad- recibió el nombre “Pascual”. Siendo niño, desde los campos donde cuidaba las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y de vez en cuando se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento. Cuando se elevaba la Hostia consagrada en la Misa, luego de que el sacerdote pronunciara las palabras que producen el milagro de la Transubstanciación, se tocaban las campanas del campanario para avisar a todos acerca de aquel sublime momento. Cuando el joven Pascual oía la campana, estando él en el campo cuidando las ovejas, se arrodillaba en dirección a la Iglesia, mirando hacia el templo, se imaginaba el momento de la conversión de las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, y se inclinaba profundamente con la frente en tierra, para adorar a Jesús Sacramentado.
         Una vez que alcanzó la edad necesaria, ingresó como religioso en la Orden Franciscana, ocupando siempre los oficios más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero.
         Ya como religioso, empleaba su tiempo libre para acudir a la capilla para rezar delante de Jesús Sacramentado en el sagrario, de rodillas y con los brazos en cruz, recordando la Pasión del Señor. Pasaba noches enteras rezando del Santísimo Sacramento. Llevado por su amor a la Eucaristía, compuso oraciones de profunda piedad al Santísimo Sacramento. Sucedió una vez que sus superiores lo enviaron a Francia para que llevara un mensaje. Una vez que llegó allí, lo rodeó un grupo de protestantes quienes, desafiantes, lo retaron a que probara que Jesús sí está en la Eucaristía.
         Inspirado por el Espíritu Santo, San Pascual habló con tanta elocuencia y sabiduría celestial, que sus adversarios nada pudieron contestarle, limitándose entonces al único recurso que les quedaba para hacerlo callar: lo comenzaron a apedrear.
         Su carácter era siempre afable y alegre, pero nunca lo estaba más que cuando ayudaba en Misa o cuando tenía tiempo para pasar horas rezando delante del Sagrario.
         Luego de su muerte, Pascual realizó tantos milagros que el Santo Padre lo declaró santo en 1690, nombrándolo además el Sumo Pontífice a San Pascual Bailón Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.

         Mensaje de santidad.

         Literalmente, toda la vida de San Pascual Bailón gira en torno a la Eucaristía: tanto en su vida laical, como en su vida religiosa, la Eucaristía fue el centro de su vida y lo demostró con sus largas horas de oración ante el Santísimo Sacramento del altar, como así también con su adoración, arrodillado y con la frente en el suelo, ante la Eucaristía. San Pascual Bailón tenía una vivísima conciencia de lo que es la Eucaristía: no es lo que parece, un poco de pan, sino lo que no aparece a los sentidos corporales: es la Presencia viva, gloriosa y resucitado del Señor Jesús, el Hijo de Dios encarnado. Ahora bien, tanto el conocimiento como el amor a la Eucaristía son dones sobrenaturales, porque no dependen de nuestros razonamientos, ni el conocer que Jesús, el Logos del Padre, está en Persona en la Eucaristía, ni mucho menos el amarlo y adorarlo, como lo hizo San Pascual Bailón. Conocer y amar a Jesús en la Eucaristía, el poder “verlo” con los ojos de la fe y el amarlo con el amor de Dios, el Espíritu Santo, es un don de Dios y una gracia que hay que pedir continuamente, para no caer en el error protestante de considerar a la Eucaristía como una presencia meramente simbólica del Hijo de Dios. Es por esto que, al recordarlo en su día, le rogamos a San Pascual Bailón que interceda por nosotros para que obtengamos de Jesús, por manos de María, Medianera de todas las gracias, un conocimiento y un amor sobrenaturales a Jesús Eucaristía, al menos una pequeña parte del conocimiento y amor que él tenía hacia Jesús Sacramentado.