San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 7 de diciembre de 2018

Santa Lucía y su amor a la pobreza de la Cruz



         Santa Lucía, que nació en el siglo  d. C., pertenecía a una familia noble, de muy buena posición económica[1]. Su padre murió siendo ella muy pequeña por lo que, al ser hija única, se convertía en la única heredera de la fortuna familiar. En un primer momento, su madre quiso convencerla de que contrajera matrimonio con un joven pagano, pero la santa “dijo a su madre que deseaba consagrarse a Dios y repartir su fortuna entre los pobres”[2]. Su madre, luego de haber sido curada milagrosamente gracias a los ruegos de Santa Lucía, y llena de gratitud por el favor del cielo, le dio permiso para que cumpliera los designios de Dios sobre ella, esto es, que no contrajera matrimonio, sino que consagrara su virginidad a Dios y entregara sus bienes a los pobres. Esto ocasionó que el pretendiente de Lucía se indignara profundamente y delatara a la santa como cristiana ante el pro-cónsul Pascasio, en momentos en que la persecución de Diocleciano estaba entonces en todo su furor. Fue así que la santa fue detenida, sometida a torturas para que renegase de la fe de Cristo y, al no conseguirlo sus verdugos, la martirizaron.
         Al desprenderse de los bienes materiales heredados de su familia en favor de los pobres, Santa Lucía nos da ejemplo de amor a la pobreza. Ahora bien, nos tenemos que preguntar de qué pobreza se trata y porqué Santa Lucía elige la pobreza. Ante todo, no se trata de una pobreza que se limite solamente a la pobreza y no es algo que surja de ella como virtud propia; tampoco se trata de que Santa Lucía se consideraba como parte de una clase rica y dominante y que al repartir sus bienes, lo que buscaba era hacer justicia social, dando de sus bienes a los más pobres materialmente. No se trata de esta concepción de la pobreza, puesto que esta concepción es una concepción marxista y anti-cristiana, propia de la Teología de la Liberación, que es anti-cristiana al dividir a los hombres en buenos por ser pobres y en ricos por ser malos. No es esta la pobreza de Santa Lucía. Santa Lucía reparte sus bienes a los pobres y se queda ella misma en la pobreza, pero no para hacer una pretendida y falsa “justicia social”, sino porque su pobreza era una participación a la pobreza de la Cruz de Cristo. Es decir, Santa Lucía se hace pobre voluntariamente porque Cristo, que era rico siendo Dios, poseyendo la riqueza de la divinidad, se hace pobre al encarnarse, al asumir nuestra naturaleza humana, para enriquecernos con su divinidad. Además, la pobreza de Santa Lucía es una participación a la pobreza de la Cruz de Cristo: en efecto, en la Cruz, Jesús se despoja de todo lo material y conserva sólo aquello que lo conducirá al Cielo y aun así, todo lo material que posee, es don de su Madre y de su Padre del Cielo: el velo con el que cubre su Humanidad es el velo que le da su Madre, la Virgen; los clavos que sujetan sus manos y sus pies; la corona de espinas que ciñe su cabeza; el cartel que indica que es Rey de los judíos y hasta el madero mismo de la Cruz, son todos bienes materiales que le han sido prestados por Dios para que con ellos lleve a cabo la obra de la Redención de la humanidad. Es de esta pobreza de la Cruz de la cual participa Santa Lucía: ella se vuelve pobre pero no para combatir a los ricos y hacer ricos a los pobres repartiendo su pobreza, ya que esto es simplemente socialismo anti-cristiano: Santa Lucía da sus bienes a los pobres y se vuelve pobre para imitar y participar de la pobreza de la Cruz de Jesús. Al hacer esto, Santa Lucía se vuelve rica, porque adquiere la riqueza de la gracia del martirio, que le permite dar su vida por la salvación de los hombres, en unión con el sacrificio de Jesús. Santa Lucía se empobrece materialmente, pero adquiere la riqueza del Cielo, la salvación eterna. Es esta la verdadera pobreza cristiana, la que se despoja de los bienes materiales para enriquecer a los demás, pero no con los bienes materiales en sí, sino con la riqueza de la caridad y del amor de Cristo. Al recordar a Santa Lucía, le pidamos que interceda para que seamos capaces de amar a la verdadera pobreza, la pobreza de Cristo, que es la pobreza de la Cruz, la pobreza que nos hace pobres materialmente, pero nos enriquece con la gracia y el amor de Cristo Jesús.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Santa Lucía y el don de la piedad



         Santa Lucía es ejemplo inigualable, para nosotros que somos cristianos del siglo XXI, de piedad. Para saber a qué nos referimos, tenemos que recordar qué es lo que significa la piedad, que viene del vocablo latino “pietas”[1]: con este vocablo se quiere significar una virtud –un hábito bueno en el alma- que se manifiesta por la devoción en relación a las cuestiones santas y que tiene por guía al amor que se siente hacia Dios. Esta virtud se traduce también en obras de misericordia hacia el prójimo, obras que tienen como motor el amor que se siente por otros y la compasión hacia el prójimo. Un ejemplo de piedad en la vida de Lucía se da en ocasión de la enfermedad de su madre, ya que sufría de una enfermedad –no se dice cuál, pero con toda seguridad, provocada por la ausencia de plaquetas en la sangre, ya que sufría de continuas hemorragias, es decir, de continuas pérdidas de sangre-. Santa Lucía convenció a su madre y la acompañó a que fuera a orar ante la tumba, en Catania, de Santa Agata, a fin de obtener la curación de su enfermedad. Ella misma acompañó a su madre, y Dios escuchó sus oraciones, por lo que su madre quedó curada[2].
         La piedad, entonces, está asociada tanto a la humildad, como al amor a Dios y al prójimo por amor a Dios. En el caso de los padres, es de especial importancia cultivar la virtud de la piedad, porque en los padres se reflejan tanto la voluntad como el amor de Dios, aunque esta virtud se dirige a todo prójimo, ya que el primer mandato obliga el amor para con Dios, para con el prójimo y para con uno mismo: “Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”.
         Es decir, la piedad, en cuanto virtud, está subordinada al amor a Dios y, por Dios, hacia el prójimo y en especial modo, a los padres.
         Puesto que Lucía amaba con amor perfecto a Dios, en ella brillaban todo tipo de virtudes, en especial, el de la piedad, el cual implica, primero, amar a Dios y, en Dios y por Dios, al prójimo y en especial a los padres. No puede haber piedad verdadera –compasión, conmiseración- hacia el prójimo, si no hay amor a Dios. Que el ejemplo de Santa Lucía, de piedad hacia su madre y de amor perfecto hacia Dios, sea nuestra guía y nuestro ejemplo en nuestro peregrinar hacia el cielo y que Santa Lucía interceda para que no solo nunca faltemos a esta virtud, sino que la vivamos con todo el amor del que seamos capaces.

La fe de Santa Lucía la llevó a dar su vida por Cristo



         Como todos sabemos, Santa Lucía murió mártir por causa de su fe en Jesucristo. Precisamente, lo que la define como “mártir”, es el hecho de dar su vida en testimonio de Jesucristo. Ahora bien, esto nos lleva a considerar dos cosas: por un lado, qué es lo que entendemos por “fe” y qué es lo que entendemos por “Jesucristo”. Porque un evangelista, o un miembro de una secta, también pueden tener “fe en Jesucristo” y eso no los convierte en mártires ni en santos como Santa Lucía. ¿Por qué? Porque la fe y el Jesucristo de Santa Lucía son la fe y el Jesucristo de la Iglesia Católica, los cuales son muy distintos a los de los protestantes y a los de cualquier secta. “Fe”, dice la Escritura, es “creer en lo que no se ve”. Es decir, es algo invisible a los ojos del cuerpo, es algo en lo que creemos, pero que no lo vemos con los ojos del cuerpo, pero sí lo vemos con los ojos del alma, iluminados por la luz de la gracia. ¿Y qué es eso en lo que “creemos sin ver”? Es Jesucristo, pero no el Jesucristo de los evangelistas; no el Jesucristo de los integrantes de las sectas. Nosotros, los católicos –y por lo tanto, Santa Lucía- creemos en un Jesucristo muy distinto al Jesucristo en el que creen los evangelistas y los sectarios. Para nosotros, Jesucristo no es un hombre común, no es un hombre santo, no es una persona humana: es el Hombre-Dios, es la Segunda Persona de la Trinidad, es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios y para nosotros, está en la Cruz, representado y está en Persona en la Eucaristía. Ni los evangelistas, ni los sectarios, creen en estas verdades, que son propiamente católicas. Los evangelistas no veneran la Cruz, porque no veneran imágenes y no adoran la Eucaristía, porque no creen en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía, como sí lo creemos los católicos. Santa Lucía dio su vida por esta fe, la Santa Fe Católica, la fe que se nos infundió en el Bautismo, que se nos fortaleció con la Confirmación, que se nos infunde en cada Eucaristía, la fe católica en Cristo, el Hombre-Dios, que está representado en la Cruz y está en Persona en la Eucaristía. Hay un dicho que dice: “Católico ignorante, futuro protestante”. Si nosotros ignoramos nuestra Fe católica en Jesucristo, vamos a pensar que da lo mismo venir a la Iglesia Católica, que a la evangelista o a las sectas, pero nuestra Fe católica no tiene absolutamente nada que ver con la fe de estas iglesias y sectas que no son católicas. Por eso nosotros veneramos y adoramos la Cruz, el Viernes Santo, y por eso adoramos la Eucaristía y nos arrodillamos delante de la Eucaristía y hacemos adoración eucarística, porque nuestra Fe católica nos dice que allí está Jesucristo.
         Al recordar a Santa Lucía, le pidamos que interceda desde el Cielo para que no caigamos en la confusión de pensar que todas las religiones son iguales y le pidamos también que encienda en nosotros el mismo amor que tuvo ella por el Cristo de la Iglesia Católica, el Cristo de la Cruz y el Cristo de la Eucaristía, ese mismo Amor que la llevó a dar su vida por el Hombre-Dios Jesucristo.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Participar de la Misa y adorar la Eucaristía es el equivalente para nosotros a la visión beatífica de Todos los Santos



         Los Santos se caracterizaron en esta vida terrena por permanecer unidos a Cristo por medio de la gracia. Si alguno en algún momento perdió la gracia, la recuperó prontamente por la Confesión Sacramental, para luego conservarla y acrecentarla cada vez más por medio de la fe, el amor, las obras de caridad y el acceso a los Sacramentos, ante todo la Eucaristía y la Confesión. En ese sentido, son un modelo para nuestra vida cristiana aquí en la tierra, porque ellos nos enseñan, con sus vidas de santidad, que lo único que realmente importa en esta vida terrena es permanecer unidos a Cristo y a su Santa Iglesia y que nada más importa que la salvación del alma. Como dice Santa Teresa de Ávila, “el que se salva, sabe y el que no, no sabe nada”. Los santos, con sus vidas ejemplares y luminosas por la santidad, son luces celestiales que iluminan nuestros pasos en las “tinieblas y sombras de muerte” en las que estamos envueltos en la historia humana.
         Y puesto que los santos vivieron en gracia, también murieron en estado de gracia y ésa es la razón por la cual ahora, en la eternidad, viven en la gloria del Reino de Dios. La gracia en la vida terrena se convirtió en la gloria en la vida eterna y la unión con Cristo por la gracia, la fe y el amor, se convirtió en unión con la divinidad por participación en la visión beatífica. En otras palabras, los santos vivieron en esta vida terrena unidos a Cristo, por medio de  la gracia de los sacramentos, por la y por el amor y ahora, en la eternidad, viven unidos para siempre a Cristo Dios, participando de su naturaleza divina mediante la visión beatífica. Los Santos en el cielo contemplan, adoran y alaban al Cordero de Dios, por los siglos sin fin, siendo sus almas colmadas por la gloria divina, la luz, el amor y la alegría que brotan del Cordero.
         Los Santos forman la Iglesia Triunfante, la que por la gracia del Cordero ha triunfado sobre el Demonio, el Pecado y la Muerte, y ahora viven en Dios Trino, en la gloria de Dios, participando de la Vida divina que brota del Ser divino trinitario y en esto consiste su máxima alegría y gozo, que durará por toda la eternidad. Nosotros, que vivimos en la tierra y en el tiempo y que todavía no hemos atravesado el umbral de la muerte, formamos la Iglesia Militante o Peregrina y en consecuencia, no podemos contemplar al Cordero “cara a cara”, como lo hacen los Santos en el cielo. Pero aun así, tenemos la oportunidad de unirnos a los Santos del cielo en su adoración al Cordero, por medio de la Santa Misa y de la Adoración Eucarística. Para nosotros, participar de la Santa Misa y hacer Adoración Eucarística, es el equivalente a la visión beatífica de la que gozan los Santos, porque en la Eucaristía adoramos al mismo y Único Cordero de Dios, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial. La única diferencia es que estamos en esta vida terrena y no podemos contemplar con los ojos corporales al Cordero, pero si asistimos a la Santa Misa y si hacemos Adoración Eucarística, estamos delante del Cordero y recibimos de Él su gracia, su paz, su luz y su vida divina, al igual que los Santos reciben todo esto del Cordero en los cielos. Entonces, participar de la Santa Misa –y mucho más, comulgar en gracia- y hacer Adoración Eucarística es para nosotros, que vivimos en la tierra, como estar en forma anticipada en el Cielo, porque nos encontramos frente al Cordero de Dios, así como los Santos están frente al Cordero, adorándolo, por siglos sin fin.
         No nos acordemos de los Santos sólo un día al año: acordémonos de ellos todos los días del año y sobre todo, les pidamos para que intercedan por nosotros, que vivimos en este “valle de lágrimas”, para que al igual que ellos, seamos capaces de vivir y morir en gracia, para adorar al Cordero por la eternidad.

lunes, 15 de octubre de 2018

Santa Teresa de Ávila y su llamado a defender a Cristo Rey



         En uno de sus escritos, Santa Teresa de Ávila hace un ardiente llamamiento a los cristianos verdaderos, a quienes son “adoradores de Dios en espíritu y en verdad”, a defender a Nuestro Señor Jesucristo. La santa dice así: “¡Oh Cristianos! Tiempo es de defender a nuestro Rey y de acompañarlo en tan grande soledad, que son muy pocos los servidores que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer; y lo que es peor, es que se muestran amigos en lo público y lo venden en lo secreto”.
         La santa advierte, en este corto escrito, de varios peligros que acechan a la Cristiandad: uno de ellos, es que el Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, debe ser defendido de las hordas de seguidores de Lucifer, los cuales conforman “una multitud”. Si bien este párrafo fue escrito por la santa hace siglos, no pierde vigencia, porque cuando vemos las hordas de seguidores de Lucifer que bajo diversas máscaras, como el neo-marxismo, el feminismo radical, el satanismo, la práctica de la brujería moderna o wicca, el ocultismo, el comunismo, el materialismo, el hedonismo, intentan apoderarse de las sociedades modernas y de desterrar el Santo Nombre de Dios de las mentes y corazones de los hombres, entonces nos damos cuenta que el escrito es más actual en nuestros días que en los días de la santa, en donde la gente era más devota y practicante y en donde no habían tantas ideologías perversas.
         Pero hay otro peligro acerca del cual advierte la santa y es mucho, muchísimo peor, que el peligro de las hordas neo-marxistas y satanistas intentando quemar iglesias y abortar niños: es el peligro de los que se auto-proclaman “cristianos”, pero en realidad son seguidores de Lucifer. En efecto, dice así Santa Teresa: “Son muy pocos los servidores que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer; y lo que es peor, es que se muestran amigos en lo público y lo venden en lo secreto”. Pero, ¿quiénes son estos seguidores de Lucifer”, que se hacen pasar por cristianos? Son los cristianos que no asisten a misa por pereza; son los cristianos que prefieren los ídolos del mundo, antes que Jesús Eucaristía; son los cristianos que no rezan; son los cristianos que no frecuentan los sacramentos; son los cristianos que dejan vacíos sus lugares en la Iglesia, porque no acuden a ella poniendo infinidad de pretextos; son los cristianos que ante cualquier dificultad, en vez de acudir a la oración a la Madre de Dios, Mediadora de todas las gracias, acuden a ídolos demoníacos y servidores de Satanás, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, cuando no acuden al Demonio en persona, la Santa Muerte; son los cristianos que, en vez de llevar al cuello una medalla de la Virgen o un crucifijo, llevan en sus muñecas una cinta roja contra la envidia o en sus cuellos el amuleto mágico llamado “árbol de la vida” o algún otro amuleto como “la mano de Fátima”; son los cristianos tibios que con su silencio cómplice, permiten que se les envíe todo tipo de material obsceno, sin decir una sola palabra; son los cristianos que, en vez de hacer adoración eucarística, prefieren un paseo o una salida al cine; son cristianos que aceptan la ideología de género, el comunismo, el marxismo genocida y el liberalismo y así podríamos seguir hasta el infinito. Todos estos son cristianos de nombre, hacia el exterior, pero que hace tiempo entregaron sus corazones a Lucifer. Este peligro es mucho más insidioso que el primero, porque si los primeros son fáciles de identificar, estos, los segundos, los llamados cristianos, que hacen de la tibieza su estado espiritual habitual, son los más abundantes. Éste último peligro es mucho más insidioso y peligroso, por cuanto por fuera parecen seguidores de Cristo, pero sus corazones están entregados a Lucifer, tal como lo dice Santa Teresa de Ávila.
         La Santa llama, entonces, a los que son “adoradores en espíritu y en verdad” a adorar a Nuestro Señor Jesucristo, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, para reparar por las ofensas que recibe por parte de los seguidores de Lucifer, aquellos que lo siguen a cara descubierta y aquellos que se hacen pasar por cristianos.



martes, 2 de octubre de 2018

Los ángeles custodios y nuestro destino eterno



         Los ángeles custodios son personas angélicas, seres espirituales, creados por Dios y asignados por Él a cada ser humano desde el momento mismo en que cada ser humano es concebido. Ahora bien, ¿para qué asigna Dios un ángel a cada ser humano? La imaginería popular y también el descenso de la fe y la adulteración de la fe católica por parte de los mismos católicos, ha desvirtuado, desdibujado y hasta alterado la función de los ángeles. En la gran mayoría de los católicos, los ángeles -cuando se cree en ellos, puesto que la gran mayoría de los católicos no cree en los ángeles custodios- cumplen un rol que poco o nada tiene que ver con el verdadero rol de los ángeles custodios asignados por Dios a los hombres. Para muchos católicos, el ángel de la guarda es casi un personaje mitológico, en el sentido de que su existencia no es verdad de fe, sino una especie de “narración” piadosa –no tiene existencia en la realidad- cuya función es la de “proteger” a niños pequeños –cuanto más pequeños, mejor- pero, a medida que esos niños crecen, la función “protectora” de estos seres míticos se desdibuja a tal punto, que termina por desaparecer. De hecho, el noventa por ciento o más de los católicos adultos, no cree en el existencia de los ángeles de la guarda y esto se comprueba porque no se dirigen a ellos por la oración ni tampoco saben para qué están, si es que creen que están. Esta falta de fe en los ángeles custodios es parte de –paradójicamente- de la crisis de fe de los católicos, una fe infantil, que se quedó en las primeras clases de Catecismo y que jamás fue profundizada ni, mucho menos, practicada.
         Dicho esto, recordemos entonces para qué están los ángeles de la guarda, asignados por Dios a cada ser humano desde el momento mismo en que es concebido. La función de los ángeles custodios, como su nombre lo indica, es la de ser “mensajeros guardianes” -puesto que “ángel” significa “mensajero”- y como un mensajero lleva mensajes, en el caso de los ángeles, los mensajes que trae al hombre vienen de parte de Dios. ¿Y qué dicen esos mensajes? Le dicen al hombre que tenga presentes, en su mente y en su corazón, los Mandamientos de la Ley de Dios; le dicen al hombre que piense más en Jesús y en su Pasión, que en las cosas del mundo; le dicen al hombre que piense en su destino eterno, porque esta vida pasa pronto y llega el Juicio Particular, juicio que podrá sortear sólo si tiene su corazón en gracia y sus manos llenas de obras de misericordia. Ésos son los mensajes que los ángeles de la guarda dan a los hombres, pero el hombre, cuanto más aturdido está por el mundo, menos capaz se vuelve de escuchar a estos celestiales seres, de ahí la importancia del silencio y de la oración. Estos ángeles son también “guardianes” y un guardián es alguien que protege del mal. ¿De qué mal? Ante todo, del mal del materialismo, del hedonismo, del ateísmo, que le hacen perder al hombre el sentido de trascendencia y de eternidad. Pero también protegen estos seres celestiales del mal hecho persona, es decir, de los ángeles caídos, las “potestades malignas de los aires”, los ángeles rebeldes y apóstatas, que libremente decidieron no amar y no servir a Dios y por eso mismo fueron precipitados al Infierno eterno. Ahora bien, estos ángeles malignos acechan al hombre y le tienden trampas a cada paso, buscando perder sus almas por el pecado. Los ángeles custodios tienen la misión, encargada por Dios, de defender a los hombres de las acechanzas de los demonios, de manera tal de que sean capaces de no solo evitar estas trampas, sino de conservar la vida de la gracia, hasta el momento del Juicio Particular.
         La tarea de los ángeles de la guarda se ve facilitada cuando las personas no solo creen en ellos, sino que además acuden a ellos, pidiéndoles que los protejan de los ángeles de la oscuridad y que los ayuden a conservar la gracia santificante, de manera tal de poder alcanzar algún día el Reino de los cielos. La tarea de los ángeles de la guarda se dificulta cuando el católico “piadoso” reduce su existencia a seres míticos que solo protegen a la infancia y que desaparecen cuando los niños crecen. Con una fe infantil, la tarea de los ángeles se dificulta mucho.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

San Expedito y el poder de la Santa Cruz de Jesús



         San Expedito nos enseña cuál es el camino a la victoria espiritual frente a la tentación: la Santa Cruz. En efecto, todos sabemos cómo fue que San Expedito fue tentado por el Demonio, que se le había aparecido en forma de cuervo, para que pospusiera la conversión para otro día. San Expedito, que era pagano, había recibido la gracia de conocer a Jesús y ahora él debía hacer su parte, es decir, él debía responder libremente a la gracia y para eso, debía abandonar su vida de pagano y comenzar a vivir la vida de los hijos de Dios. Pero el Demonio se le apareció en forma de cuervo y, volando sobre su cabeza, le repetía insistentemente: “Cras, cras”, que significa “Mañana, mañana”. El Demonio, muy sutilmente, no le decía a San Expedito que no se convirtiera, sino que pospusiera su conversión para el otro día, para “mañana”. Esto es un error, porque no sabemos si hemos de vivir mañana y si no aprovechamos la gracia de la conversión en el hoy y en el ahora, corremos el riesgo de morir sin convertirnos, es decir, sin entregar el corazón a Dios. La tentación, como dijimos, era muy sutil, porque el Demonio no le decía: “No te conviertas”, sino que le decía: “Conviértete, pero mañana. Por el día de hoy, continúa con tu vida de pagano, alejado de Jesús”.
         San Expedito respondió velozmente –por eso es el Patrono de las causas urgentes-, aplastando al cuervo que se le había acercado desprevenidamente y elevando la Santa Cruz, al tiempo que repetía: “Hodie”, es decir, “Hoy, hoy me convertiré en cristiano y no mañana; hoy comenzaré a vivir la vida de la gracia y no mañana; hoy perdonaré a mis enemigos en nombre de Cristo; hoy comienzo a vivir como hijo de Dios, como hijo de la luz y no de las tinieblas”.
         ¿De dónde sacó San Expedito, tanto la lucidez necesaria como para darse cuenta de la tentación del Demonio, como la fuerza sobrenatural para aplastar y vencer al Demonio? Las sacó de la Santa Cruz, porque Jesús crucificado, que es “necedad y debilidad para el mundo”, es en realidad “fuerza y sabiduría de Dios”, porque el que cuelga en la Cruz es el Hijo de Dios, Jesucristo, que es la Sabiduría y la Fortaleza de Dios. Al igual que San Expedito, frente a la tentación, cualquiera que esta sea, elevemos la Santa Cruz de Jesús y digamos: “Hoy y ahora viviré como hijo de Dios y no como hijo de las tinieblas”.