San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 14 de septiembre de 2017

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia



         Vida de santidad[1].

Nació en el año 349 en Antioquía; después de recibir una excelente formación, decidió dedicarse a la vida ascética. Más tarde fue ordenado sacerdote y ejerció con gran provecho el ministerio de la predicación. Fue consagrado obispo de Constantinopla en el año 397, cargo en el que se comportó como un pastor ejemplar, esforzándose por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición, tanto de la corte imperial, como de los enemigos internos de la Iglesia, lo llevó por dos veces al destierro, situación que debilitó su salud al punto de morir en Comana, en el Ponto, el día 14 de septiembre del año 407. Contribuyó en gran manera, por su palabra y escritos, al enriquecimiento de la doctrina cristiana, mereciendo el apelativo de Crisóstomo, es decir, “Boca de oro”.

Mensaje de santidad.

Aunque no seamos llevados al exilio como San Juan Crisóstomo y aunque no seamos obispos, sí podemos considerar a esta vida terrena como un exilio, puesto que nuestra Patria definitiva es la Jerusalén celestial, por lo que sus palabras podemos considerarlas como dirigidas a nosotros mismos, a cada uno en forma personal y esa es la razón por la cual meditaremos el mensaje de santidad dejado en una homilía, pronunciada antes de uno de sus exilios[2]. Allí, San Juan Crisóstomo alienta a sus fieles a perseverar en la fe, en la confianza y en el amor a Cristo Jesús y lo hace comparando a esta vida presente con una mar embravecido, que con sus grandes olas amenaza hundir nuestra barca; sin embargo, los cristianos no corremos peligro de hundirnos, pues estamos firmemente de pie sobre la Roca, que es Cristo: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca”.
El mar embravecido –que con frecuencia es tomado como figura del mundo ateo y anti-cristiano, comandado por Satanás-, intenta hundir a la barca de Pedro, que es la Iglesia, pero nunca lo podrá lograr, porque esta barca está asentada en el Hombre-Dios, Cristo Jesús: “Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús”.
Nada debe temer quien se afirma en Cristo, la Roca Indestructible, y aunque perdiera todo lo que tiene, incluida la vida, eso constituye una ganancia, porque se pierde la vida terrena por la muerte, pero se gana la vida eterna, gracias a la muerte de Cristo en la Cruz, y quien vive en Cristo, nada desea de este mundo, sino solo los bienes eternos, comenzando por el mismo Cristo Jesús: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas”.
Hablando ya más particularmente de él, San Juan Crisóstomo afirma que él no desea ya vivir en esta vida, sino es solo para invitar a la confianza en Cristo Jesús: “No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza”.
La confianza del cristiano se fundamenta en la Palabra de Dios, en las Sagradas Escrituras, que son sagradas por haber sido inspiradas por el Espíritu Santo, de modo que el cristiano no se fía en una palabra humana, sino en la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, el Verbo de Dios, Cristo Jesús, que nos habla por las Escrituras: “¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”.
Estando Cristo con el alma, nada puede temer el alma, aun cuando las fuerzas que la asalten sean inmensamente poderosas y fuertes, porque es más fuerte que estas oscuras fuerzas Cristo, el Cordero de Dios: “Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña”.
San Juan Crisóstomo parte al exilio, no sin antes profesar el amor que tiene al rebaño que Dios le ha encargado apacentar: “Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme”.
Y ya sea en el exilio o no, en todo busca cumplir la voluntad de Dios, que siempre y en todo caso es buena y santa, lo cual es motivo de alabanza y de gratitud: “En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga”. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también”.
Él, que es obispo, parte al exilio debido a las maquinaciones de los enemigos internos de la Iglesia, pero aun en el exilio, continúa siendo la cabeza –es el obispo- del cuerpo de Cristo que es la Iglesia de la cual está a cargo, y si bien se separan por la distancia, lo que los une es la caridad, esto es, el amor sobrenatural de Dios, amor que los seguirá uniendo aun si él fuera llamado a la Presencia de Dios: “Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo”.
El amor que San Juan Crisóstomo tiene a su grey, constituye para él su fuerza y su luz, porque él recibe a su vez, de sus fieles, el mismo amor de caridad que, en cuanto proveniente de Dios, es luz de gracia que anticipa la luz de la gloria en el Reino de Dios: “Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”.



[1] Cfr. http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las homilías de San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir en exilio, 1-3: PG 52, 427-430.

viernes, 1 de septiembre de 2017

El inmenso don del Sagrado Corazón de Jesús


         Si bien Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque[1], el contenido de sus revelaciones es universal, es decir, está destinado a todo el mundo, a todos los hombres, por lo que debemos considerarlo como destinado a nosotros, a cada uno en particular. De ahí la necesidad de conocer el contenido de los mensajes de Jesús a Santa Margarita, porque los debemos considerar como destinados a cada uno de nosotros en modo personal.
         Consideraremos por lo tanto la primera de las apariciones, considerada como la principal y reflexionaremos sobre ella.
         La Primera Aparición fue el 27 de Diciembre de 1673, día de San Juan el Apóstol, Margarita María, estaba como de costumbre arrodillada ante el Señor, en el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla. Era el momento de la primera gran revelación del Señor. Ella lo cuenta así: “Un día, estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré toda penetrada por esta Divina Presencia, pero tan fuertemente que me olvidé de mí misma y del lugar donde estaba, y me abandoné a este Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de Su Amor”. Santa Margarita está delante del sagrario, delante de la Eucaristía, y es en ese momento en que comienza a experimentar la fuerza irresistible del Amor Divino. Esto significa que Dios es un Ser totalmente distinto al nuestro; es decir, que nosotros no somos Dios, sino que Dios es Alguien distinto a nuestro ser, pero que quiere comunicarse con nosotros, con el solo objetivo de darnos su Amor. También significa que no debemos buscar “experimentar” estas sensaciones, porque se trata de gracias particulares, concedidas por Dios a Quien Él lo desee; nuestro deber de amor es adorar su Presencia Eucarística, aun cuando solo experimentemos sequedad y aridez espiritual. De lo contrario, si adoramos solo por desear experimentar sensiblemente el Amor de Dios, entonces lo que estamos buscando es a sus consuelos, y no a Dios en sí mismo, lo cual es contrario a lo que nos dicen los santos: “Hay que buscar al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”.
         Continúa Santa Margarita: “Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre Su Pecho Divino, en el cual me descubrió las maravillas inexplicables de Su Corazón Sagrado... Y me dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Significa esto que, contrariamente a lo que puede suponerse, la devoción al Corazón de Jesús no es un “accesorio” prescindible en la vida espiritual: en el Corazón de Jesús están contenidas las gracias necesarias para salvarnos, no de un estado financiero o sentimental, sino de la eterna condenación en el Infierno.
Luego le dice Jesús: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Esto es para que tomemos conciencia de nuestra miseria delante de Dios. Si Santa Margarita es considerada por Jesús “abismo de  indignidad e ignorancia”, ¿qué podemos esperar de nosotros? Esta consideración debe servirnos para crecer en la humildad.
Continúa Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de Mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como señal de que la gran Gracia que acabo de concederte no es pura imaginación, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará en él para siempre su dolor. Y si hasta el presente sólo has tomado el nombre de esclava Mía, ahora te doy el de discípula muy amada de Mi Sagrado Corazón”. A nosotros, no nos pide nuestro corazón: nos da Su Corazón en cada Eucaristía, para inflamar, con el Fuego del Divino Amor, a nuestros corazones. Si permanecemos fríos en el Divino Amor y si no amamos al prójimo hasta la muerte de cruz, es porque desaprovechamos la comunión eucarística, y no permitimos que nuestros corazones sean encendidos en el Fuego del Amor de Dios.
Por último, Jesús le dice: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. La vida del cristiano no es vida de comodidad y placer, sino de sacrificio unido al Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz. Y el lugar para unirnos a su sacrificio es la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de la Cruz. No asistamos a Misa como meros espectadores: pidamos la gracia de unirnos, con todo lo que somos y tenemos, a Jesús crucificado; pidamos la gracia de ser víctimas unidas a la Víctima Inocente, Cristo Jesús, por la salvación del mundo.



[1] Santa Margarita María Alacoque: Nació el 22 de julio de 1647, en la pequeña aldea Francesa de Hautecour, pequeña ciudad cercana a Paray le Monial, en la región de Borgoña. Era la quinta hija de 7 hermanos. Luego de fallecer su padre fue internada en el pensionado de las Religiosas Clarisas. Desde entonces empezó a vivir una vida de sufrimiento que supo encauzar hacia el Amor de Dios: “Sufriendo entiendo mejor a Aquél que ha sufrido por nosotros”, decía. Tuvo una enfermedad que la inmovilizó y de la que se curó milagrosamente por intercesión de la Virgen María: “La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí; yo recurría a Ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros...”. El 20 de junio de 1671 entró al convento del Monasterio de la Visitación de Paray le Monial. Las extraordinarias visiones con que fue favorecida le causaron al principio incomprensiones y juicios negativos hasta cuando, por disposición Divina, fue puesta bajo la dirección espiritual del jesuita San Claudio de la Colombière. En el último periodo de su vida, elegida maestra de novicias, tuvo el consuelo de ver difundida la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y los mismos opositores de un tiempo se convirtieron en fervorosos propagandistas. Murió a los 43 años de edad, el 17 de octubre de 1690.

jueves, 31 de agosto de 2017

San Ramón Nonato, religioso


         
         Vida de santidad[1].

Nació en Cataluña, España en 1204 y se le llama Nonato (no-nacido) porque nació por cesárea luego de que su madre muriera en el trabajo de parto. Siendo muy joven ingresó en la Congregación de Padres Mercedarios o de la Orden de Nuestra Señora de la Merced –lo recibió el mismo San Pedro Nolasco, el fundador de la Orden- que se dedicaban a rescatar cautivos que los mahometanos habían llevado presos a Argel. Cumplió cabalmente con el carisma de su congregación, pues sufrió mucho por la redención de los cautivos.
Pocos años después de haber entrado de religioso fue enviado con una gran cantidad de dinero a rescatar a los católicos que estaban esclavizados por los musulmanes en África. Allá gastó todo el dinero en conseguir la libertad de muchos cristianos y enviarlos otra vez a su patria, de donde habían sido llevados secuestrados por los enemigos de nuestra religión. Cuando se le acabó el dinero se ofreció el mismo a quedarse como esclavo, con tal de que libertaran a algunos católicos que estaban en grave peligro de perder su fe y su religión por causa de los atroces castigos que los mahometanos les infligían.   Ya cautivo, San Ramón sufrió terribles tormentos y azotes por parte de los musulmanes, debido a que prefería seguir el mandamiento del Señor: “Id y predicad el Evangelio a todas las naciones”, antes que la norma meramente humana del Islam, que prohíbe hablar de la religión católica. A pesar de todos estos tormentos y como continuaba predicando, los islamistas lo hicieron callar amarrándole a la boca una correa, a la cual le echaron candado, para que no pudiera, quitándoselo al candado solo para cuando debía alimentarse. Pero aun así, San Ramón Nonato predicaba, desde el silencio: era un apóstol misionero a quien los musulmanes amordazaban, porque predicaba la Buena Noticia del Hombre-Dios Jesucristo. En esas circunstancias, el jefe de los secuestradores musulmanes decidió dejarlo en libertad, con la esperanza de que Ramón volviera a España y desde allí le trajera más dinero para rescatar cristianos. Sin embargo, una vez libre, nuestro santo se dedicó a continuar propagando el Evangelio, según el mandato del Señor Jesús, lo cual hizo arder en cólera a los mahometanos, por lo que lo volvieron a encarcelar y a atormentar.
Enterado San Pedro Nolasco de la situación de San Ramón, envió a algunos de sus religiosos con una fuerte suma de dinero para pagar su rescate, con la orden de que lo regresaran nuevamente a España. Una vez allí y como premio pro tanto heroísmo cristiano, el sumo Pontífice Gregorio IX lo nombró Cardenal, aunque San Ramón siguió viviendo humildemente como si fuera un pobre e ignorado religioso. En el año 1240 y cuando San Ramón tenía treinta y seis años, el Santo Padre lo llamó a Roma para que le colaborara en la dirección de la Iglesia, y el humilde Cardenal emprendió el largo viaje a pie, pero por el camino comenzó con una fiebre muy alta, hasta que finalmente murió, recibiendo en ese mismo momento la corona reservada para él por Nuestro Señor Jesucristo, por haber entregado su vida por Él y por el Evangelio.

Mensaje de santidad.

San Ramón Nonato es Patrono de las embarazadas y es por eso que a él se le ruega por un embarazo a término y sin complicaciones, al tiempo que también le pedimos por aquellos niños que, verdaderamente, son “nonatos”, pero no porque las madres mueran en el parto, como le sucedió a él, sino porque son asesinados en el vientre materno por el crimen del aborto. A él le pedimos, entonces, al recordarlo en su día, por los niños por nacer y por aquellos que no habrán de nacer nunca, porque serán asesinados en el vientre materno.
Otro mensaje de santidad que nos deja, es su ardiente amor por Jesucristo y el Evangelio, amor que ardía en su corazón y que no permitía que, por respetos humanos, se callara frente a los enemigos de la religión, en este caso, los mahometanos o musulmanes. Fue el amor a Nuestro Señor, el que lo llevó a predicar el Evangelio “a tiempo y a destiempo” y a “no negar a Nuestro Señor delante de los hombres, de manera que Jesús no lo negó delante de su Padre en los cielos” y es por eso que recibió la corona de santidad. Al recordar a San Ramón en su día, le pidamos entonces por los niños por nacer, principalmente por aquellos que no nacerán, porque serán abortados, y pidamos también la gracia de no ser un “como perros mudos”[2] frente a los enemigos de la Iglesia y de ser testigos de Cristo hasta el fin, derramando la sangre por el testimonio de Jesucristo si Dios así lo pide.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170831&id=12189&fd=0. A San Ramón le rezan las mujeres que van a tener un hijo, para que les conceda la gracia de dar a luz sin peligro ni tormentos. Es patrono de las mujeres embarazadas, madres lactantes y niños, protector de los inocentes injustamente acusados, para pedir un parto feliz, y contra la fiebre puerperal.
[2] Cfr. Is 56, 10.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Santa Rosa de Lima, virgen


         Vida de santidad[1],[2].

         Nacida en Lima, Perú, en 1586 (año de la aparición de la Virgen en Chiquinquirá) fue la primera mujer americana declarada santa por la Iglesia Católica. Al ser bautizada, le pusieron el nombre de Isabel, pero luego su madre comenzó a llamarla “Rosa” al comprobar que su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa, nombre que le impuesto definitivamente en la Confirmación. Desde muy niña, Santa Rosa demostró una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: “Rosa conságrame a mí todo tu amor”. Y desde entonces, decidió no vivir sino para amar a Jesucristo. Puesto que su hermano le decía que muchos hombres se enamoraban perdidamente por la atracción de una larga cabellera o de una piel muy hermosa, se cortó el cabello y se propuso llevar el rostro cubierto con un velo, para no solo no ser motivo de tentaciones para nadie, sino ante todo, para dedicar todo su amor de modo exclusivo a Jesucristo.
Se propuso irse de monja Agustina, pero sucedió que se arrodilló ante una imagen de la Virgen Santísima para pedirle que le iluminara si debía irse de monja o no, comprobando entonces que no podía levantarse del suelo donde estaba arrodillada, ni siquiera con la ayuda de su hermano. Comprendió entonces que la voluntad de Dios era otra y le dijo a Nuestra Señora: “Oh Madre Celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de esta idea”. Dicho lo cual, pudo levantarse del suelo fácilmente.
Decidió estudiar la vida de Santa Catalina de Siena e imitarla en todo, no tanto externamente, sino ante todo, interior y espiritualmente. A partir de entonces, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo, una túnica blanca y el manto negro y el velo también negro para la cabeza. Se entregó a la penitencia y a la oración, ardiendo de celo por la salvación de las almas. Fue en ese tiempo en el que su padre fracasó en el negocio de una mina y la familia quedó en gran pobreza.
Entonces Rosa se dedicó durante varias horas de cada día a cultivar un huerto en el solar de la casa y durante varias horas de la noche a hacer costuras, para ayudar a los gastos del hogar. Hacía enormes penitencias, muchas de las cuales no son para imitar, o al menos, no para todos. Se propuso rebajar su soberbia, su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y de ser admirada y conocida, cumpliéndose en ella la promesa de Jesús: “El que se humilla será enaltecido”, porque luego de su auto-humillación voluntaria y terrena, fue premiada con la vida eterna en el Reino de los cielos. Una segunda penitencia de Rosa de lima fue la de los alimentos: hacía ayuno casi continuo, a lo que agregaba una abstinencia de carnes perpetua. Comía solo lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. En los días de calores insoportables, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir ofreciendo su sed, por amor a Dios y por la salvación de las almas. De esta manera, Santa Rosa participaba de la sed de Jesús por las almas: “Tengo sed”. Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada y cuando se le cruzó la idea de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”. Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
Durante los últimos años de su vida, vivía continuamente en un ambiente de oración mística, con la mente y el corazón casi ya más en el cielo que en la tierra. Por medio de su oración, sus sacrificios y penitencias, se convirtió una innumerable cantidad de pecadores, además de lograr el aumento de fervor, piedad y amor a Dios en los consagrados, religiosos y sacerdotes. En la ciudad de Lima era ya una convicción general de que Santa Rosa era una santa en vida. Desde el año 1614, cada año, al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, demuestra una gran alegría sobrenatural, explicando cuál es el motivo de este comportamiento: “Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi redentor Jesucristo”. Nuestro Señor le había anunciado, con anticipación, cuándo sería el día de su muerte, sucediendo exactamente de esa manera: el 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía –debido a la participación en la agonía y muerte de Jesús en la Cruz-, Santa Rosa expiró, a los treinta y un años, con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador. Desde el momento mismo de su muerte, comenzaron a sucederse innumerables milagros en favor de quienes la invocaban. En poco tiempo, y debido a esta circunstancia, que atestiguaba que Santa Rosa estaba en el cielo e intercedía ante Dios Trino y el Cordero por sus devotos, luego de cumplir los procedimientos de rigor, el sumo pontífice la declaró santa y la proclamó Patrona de América Latina. El Papa Inocencio IX elogió admirablemente a Santa Rosa, afirmando lo siguiente: “Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones”. De esto vemos el grandísimo valor que tienen tanto la oración como las mortificaciones, porque esto quiere decir que quien ora y se mortifica, participa de la oración y de la Pasión de Nuestro Señor, cuyo sacrificio salvífico en la Cruz es de valor infinito.

         Mensaje de santidad.

         Además de su vida de literalmente de santidad –Santa Rosa de Lima no cometió jamás ningún pecado, vivió sobria y humildemente, entregada a una vida de penitencia y oración por la salvación de las almas-, creemos que el principal mensaje de santidad son las palabras dichas a Santa Rosa por Nuestro Señor Jesucristo, ya que ella las siguió al pie de la letra: “Palabras del Salvador a Santa Rosa de Lima: “Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo”. Lo que Nuestro Señor nos dice a través de Santa Rosa de Lima, es que no podemos llegar al cielo, a la plenitud de la gloria, sino es por medio de la Cruz, y así como Él, que es la Gracia Increada, debió sufrir el peso de la aflicción de la Pasión para llegar al cielo, así también nosotros, no podemos pretender una vida relajada y sin tribulaciones; por el contrario, debemos considerar la tribulación como un signo del cielo, que nos hace participar de la Santa Cruz de Jesús, por lo que, en vez de renegar de ella, debemos postrarnos en acción de gracias, abrazar la Cruz y seguir detrás de Jesús –con la ayuda de la Virgen-. También nos advierte el Señor del gran peligro del pecado, hacia el cual estamos inclinados por la concupiscencia, herencia del pecado original, y en el cual podemos caer fácilmente, por nuestra debilidad y por la tentación del Demonio, sino somos socorridos por la gracia. Por último, Nuestro Señor nos indica cuál es el único camino para ir al cielo, su Santa Cruz: “Sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo”.




[1] NOTA: En el caso de santa Rosa de Lima, su vida ocurrió en el cruce de caminos de las tradiciones populares y la fijación normativa de las cuestiones relativas al culto. Así, a pesar de que murió un 23 de agosto, se la comenzó a celebrar el día 30 de agosto, ya desde el principio, posiblemente porque en ese día se haya trasladado alguna reliquia, o por algún otro acontecimiento semejante. Con esa fecha quedó inscripta en el breviario romano, pero cuando se relaizó su proceso canónico, se le asignó la fecha del 26 de agosto (no 23). Un siglo más tarde del proceso, cuando los Bolandistas publican, en 1745, sus "Acta Sanctorum", erudito monumento al saber hagiográfico, ya nadie recuerda exactamente por qué se la celebra el 30 de agosto, así que dicen respectod e esta fecha: "en este día [es decir, el 30 de agosto] la recoge el breviario romano, pero nosotros seguimos la fecha del Calendario Romano [es decir, en ese momento, el 26]" (Acta Sanctorum, agosto, t. VI, pág 543). En la actualidad, con la reforma del calendario litúrgico, se tomó la determinación de colocar su fecha litúrgica donde correspondería, es decir, el 23 de agosto, excepto en aquellos territorios donde el 30 de agosto sea tan tradicional, que no tenga sentido moverla, como ocurre en Perú y en muchas diócesis del continente americano.
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170823&id=12180&fd=0

martes, 29 de agosto de 2017

La razón del martirio de San Juan Bautista


A pesar de lo que pudiera parecer, la muerte del Bautista no se debe a la defensa del matrimonio natural. Si fuera así, no sería mártir, y tampoco santo. Juan el Bautista muere por Jesucristo, no por el matrimonio, y esa es la razón de su santidad martirial. Es decir, Juan el Bautista no muere por la verdad del matrimonio natural –porque Herodes es adúltero-, sino por la Verdad que es Cristo, que eleva al matrimonio natural a la dignidad de sacramento. A partir de Jesús, el matrimonio no será más una unión natural entre el varón y la mujer: será, por la gracia santificante, la participación, del varón y de la mujer unidos esponsalmente, a la unión esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Esto significa que el esposo se convierte en representación, ante el mundo, de Cristo Esposo, mientras que la esposa se convierte en representación de la Iglesia Esposa. A partir de Cristo, los esposos cristianos son injertados en esta unión esponsal y mística entre Cristo y su Iglesia, lo cual determina las características de la unión esponsal entre el varón y la mujer, características que superan a las del matrimonio natural. En otras palabras, la fidelidad, la indisolubilidad, la apertura a la vida, virtudes que caracterizan al matrimonio entre el varón y la mujer, se derivan de la fidelidad, la indisolubilidad y la apertura a la vida –los hijos de Dios nacidos por el Bautismo sacramental- que caracterizan a la unión esponsal, mística y sobrenatural entre Cristo y la Iglesia. No es el matrimonio –ni el natural, ni el sacramental- el que determina la indisolubilidad, la fidelidad y el ser prolíferos, sino la unión esponsal anterior a toda unión esponsal humana, la que se produce entre Cristo y la Iglesia.
         Juan el Bautista no muere por el matrimonio natural, sino por Aquel que con su gracia santificante convierte al matrimonio natural en sobrenatural, esto es, en participación de la unión mística entre el Cordero y la Esposa, Cristo Jesús, el Hombre-Dios. Así como es imposible pensar en una Iglesia adúltera, esto es, que ame a los ídolos en vez de o junta a Cristo Jesús, y así como es imposible pensar en Jesús Eucaristía en otro lugar que no sea la Iglesia Católica, así tampoco es posible pensar en un esposo católico con otra mujer que no sea su esposa, y viceversa. Admitir lo contrario –que la unión adúltera no solo sea posible, sino agradable a Dios-, es admitir que la Iglesia puede dar cabida a los ídolos paganos –que son “demonios” según la Escritura[1]- y que Jesús Eucaristía pueda ser introducido en otras iglesias que no sean la católica. Y es negar la razón del martirio de Juan el Bautista, la santidad Increada del Cordero.



[1] Cfr. 1 Cor 10, 20.

lunes, 28 de agosto de 2017

San Agustín y el verdadero camino para encontrar a Dios


         En su libro “Confesiones”[1], San Agustín revela el camino interior que lo llevó a la conversión. A diferencia del gnosticismo, en donde el conocimiento interior de sí mismo lleva al descubrimiento de la propia divinidad, en San Agustín es clara la acción de la gracia santificante que, aunque no la describa con ese nombre, es la responsable de iluminar el interior del alma y es la que descubre la verdad del hombre al hombre mismo: el hombre no es Dios, sino una creatura. Es la gracia también la que da a conocer al hombre cuál es el designio divino sobre él: convertirlo en Dios por participación. Dice así San Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo Tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste”. Desde un inicio, San Agustín admite –a diferencia del gnosticismo- que hay “Alguien” que obra como guía en su auto-recorrido interior, y ese “Alguien” no es otro que Jesús: “(…) siendo Tú mi guía (…) Señor”. Desde el inicio, entonces, el cristiano admite que él no es Dios, sino que es Dios quien lo guía al auto-conocimiento de sí mismo.
Guiado por Dios en el recorrido por sí mismo, San Agustín descubre una luz, que no es ninguna luz creada, sino la Luz Increada, que es Dios, y que es quien ilumina sus tinieblas. En otras palabras, Dios es Luz, mientras que el hombre es oscuridad y mientras no esté iluminado por esta luz divina que proviene del Acto de Ser divino, el hombre es solo tinieblas y oscuridad: “Entré y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella”. San Agustín reconoce que esta luz no es creada, sino Increada, porque es Dios, que “es luz”, y es esta luz divina quien lo creó. El cristiano no es luz en sí mismo, sino alguien que ha sido creado por la Luz Increada, Dios Uno y Trino.
Al ser iluminado por esta luz divina, San Agustín adquiere un nuevo conocimiento, que es la Verdad divina, porque Dios es Luz y es Verdad Increada, que ilumina las almas y disipa las tinieblas de la ignorancia, del error, de la herejía, del cisma. Quien es iluminado por esta luz que es Dios, dice San Agustín, conoce la Verdad, que es Dios, y conoce la verdad sobre sí mismo, esto es, sobre el hombre, que es el de ser una creatura, hecha de barro, creada por la Luz Increada, pero también el que es iluminado por esta luz divina ama, y ama con un nuevo Amor, no el amor humano, contaminado por el pecado, sino con el Amor Divino, porque Dios, que es Luz, es también Amor, y esa es la razón por la cual, el que es iluminado por esta Divina Luz, ama y es amado por Dios: “La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: “Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. El que es iluminado por esta luz, ama, a Dios, al prójimo y a sí mismo –“me estremecí de temor y amor”-, al tiempo que adquiere el conocimiento de sí mismo, como creatura que no es Dios –“me di cuenta de la gran distancia que me separaba de Ti”- y conoce además que sin esta luz, que es el Divino Amor, no puede vivir, porque escucha cómo Dios le dice que le dará de su substancia, y así lo convertirá en Dios por participación (le dice así esta Luz): “Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. En este momento y sin que San Agustín lo mencione, Dios –esto es, la Luz que lo ilumina y lo ama- le anticipa que su alimento espiritual será nada menos que la substancia divina, la cual le será comunicada en la Eucaristía, y que terminará por divinizarlo.
En esta búsqueda interior de sí mismo, San Agustín encuentra a Aquel que es el Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida, y el Único Camino que conduce al Padre: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: “Yo soy el camino de la verdad y la vida”, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas. Jesús es el Mediador, es Hombre, pero también Dios; es Dios hecho hombre perfecto, sin dejar de ser Dios, para conducirnos al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, y por eso Jesús es, en la Eucaristía, el Camino que conduce al seno de Dios, la Verdad Eterna y la Vida divina.
Al descubrir a Dios Uno y Trino y a su Mesías, Cristo Dios, y al contemplarlo en su Hermosura –Dios es la Belleza Increada-, San Agustín prorrumpe en un lamento, que es el dolor de no haber conocido y amado antes a este Dios de tan inmensa majestad y hermosura: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”.
Y no lo conocía ni amaba, porque deseando ser feliz, se desparramaba por el exterior, buscando inútilmente el amor y la belleza en las creaturas, cuando solo Dios es Amor y Hermosura Increados: “Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. San Agustín, guiado por la luz de la gracia, conoce a Dios Trino y al Cordero, prueba el sabor exquisito de la substancia divina, contenida en la Eucaristía, y a partir de entonces, su alma reposa en la divina paz.
Es este el recorrido interior que todo cristiano debe hacer, y no el falso camino de las sectas gnósticas esotéricas, incluidos el hinduismo y el islamismo.



[1] Cfr. Libro 7, 10, 18; 10, 27: CSEL 33, 157-163. 255.

jueves, 24 de agosto de 2017

Fiesta de San Bartolomé, apóstol


         Vida de santidad[1].

         A San Bartolomé, apóstol, se lo identifica generalmente con Natanael –se supone que Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael, que significa “regalo de Dios”-. Nació en Caná de Galilea, y fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle, agregándolo a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio, siendo desollado vivo. Es por este motivo que se lo representa con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo. Muchos autores afirman que el personaje que el evangelista San Juan llama “Natanael”, es el mismo que otros evangelistas llaman “Bartolomé”. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael. El evangelio de San Juan la narra de la siguiente manera: “Jesús se encontró a Felipe y le dijo: “Sígueme”. Felipe se encontró a Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas. Es Jesús de Nazaret”. Natanael le respondió: “¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe le dijo: “Ven y verás”. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Natanael le preguntó: “¿Desde cuándo me conoces?” Le respondió Jesús: “Antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi”. Le respondió Natanael: “Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel”. Jesús le contestó: “Por haber dicho que te vi debajo del árbol, ¿crees? Te aseguró que verás a los ángeles del cielo bajar y subir alrededor del Hijo del Hombre” (Jn 1, 43).
Desde entonces, San Bartolomé-Natanael fue agregado a los Apóstoles por Nuestro Señor, convirtiéndose el santo en un discípulo incondicional del Hombre-Dios. Con los demás Apóstoles presenció los admirables milagros de Jesús, oyó sus sublimes enseñanzas y recibió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego.

         Mensaje de santidad.

         El legado más preciado que nos deja San Bartolomé es la frase dicha a él por Felipe: “Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret”. San Bartolomé, por medio de Felipe, escucha la noticia más hermosa que una persona pueda jamás recibir en esta vida: escuchar que Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, el Redentor, ha sido encontrado: “Hemos hallado a Jesús de Nazareth”. ¡Cuántos hombres de buena voluntad, nacen en circunstancias en las que no les resulta posible recibir la Buena Noticia de Jesús y son introducidos, por la costumbre del país o de la región donde nacieron, en religiones falsas, en sectas, fundadas por hombres malvados que sólo persiguen su propio ego, cuando no se trata de sectas verdaderamente diabólicas, como las sectas de tipo ocultista! Nosotros, los católicos, tenemos la gracia inapreciable de haber nacido en las circunstancias apropiadas, determinadas por la Divina Providencia, de modo que hemos recibido el Bautismo, la Confirmación y la Comunión Sacramental, todos medios no solo de encuentros personales con el Salvador, sino de unión íntima, profunda, sobrenatural; una unión entre el alma y Nuestro Señor Jesucristo, que es más profunda, sólida y estable que la unión de sangre, porque es la unión por la gracia, que nos hace partícipes de su vida divina. Todavía más, a nosotros no se nos dice, como a San Bartolomé: “Hemos hallado a Jesús de Nazareth”, sino que se nos da, desde el Bautismo, la unión orgánica, viva, real, con Jesús de Nazareth, al ser introducidos por el Bautismo en su Cuerpo Místico y al recibir, desde ese momento, su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y esta unión y vida con Él se profundiza –o al menos debería hacerlo- con actos de fe, con la oración, con la confesión sacramental y con cada comunión eucarística. Los católicos, por lo tanto, somos inmensamente más afortunados que los paganos, que no tuvieron la oportunidad de no solo escuchar que "ha sido hallado" el Mesías, sino que tampoco fueron incorporados, de modo orgánico, al Cuerpo Místico del Mesías, el Hombre-Dios, el Redentor, por la gracia santificante, y muchas veces, sino la mayoría, huimos de los sacramentos, como si tuvieran veneno, siendo los sacramentos el instrumento de la gracia que nos une íntimamente a Jesús y nos hace partícipes de su vida divina, y de todas estas faltas, habremos de dar cuenta en el Juicio Particular y en el Juicio Final. A San Bartolomé le anunciaron que habían encontrado a Jesús, y a partir de entonces, su vida cambió para siempre, porque vivió y murió por el Hombre-Dios, permitiendo incluso que le quitaran la piel de este cuerpo destinado a la corrupción, para no perder la vestimenta de la gracia y entrar así en la vida eterna. A nosotros, como vimos, se nos da al Hombre-Dios, en su vida, por la gracia sacramental, y en su Persona, por la comunión eucarística. ¿Somos capaces de dar la vida por Jesús, alejándonos siquiera de las ocasiones de pecar?