San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 24 de agosto de 2016

San Bartolomé, Apóstol


         Vida de santidad de San Bartolomé
San Bartolomé, a quien muchos autores consideran que es a quien el evangelista San Juan llama Natanael[1], tiene el privilegio de ser alabado por Nuestro Señor Jesucristo, quien queda admirado por su simplicidad, es decir, por su honradez y ausencia de falsedad:  “Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. A esta pureza y simplicidad de su alma, se le agrega la pureza y la simplicidad -la perfección- de su fe en Jesucristo, según su exclamación en el mismo Evangelio: “¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!”.
A partir de su encuentro personal con Jesús, la vida de San Bartolomé nunca fue la misma, y lo que sucedió luego, y lo que él, en cuanto santo, está viviendo ahora por la eternidad, no podía ni siquiera imaginarlo. En efecto, después de conocer personalmente al Mesías, como le dice Felipe: “Hemos encontrado al Mesías”, San Bartolomé no solo no se separó nunca de Jesús, sino que dio su vida por él, muriendo como mártir de la fe. Esa es la razón por la cual a este santo (que además fue uno de los doce apóstoles de Jesús) se lo retrataba con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo, es decir, que murió deshollado.

Mensaje de santidad de San Bartolomé
Además de sus cualidades naturales, que consistían en la “ausencia de doblez” o veracidad, puesto que en él “no había engaño”, como lo dice el mismo Jesús en Persona, San Bartolomé nos deja un gran mensaje de santidad, y es el de, una vez reconocido el Mesías –“Hemos encontrado al Mesías”, le dice Felipe-, proclama la fe en Jesús como Rey Mesías diciéndole: “¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!”, pero esta proclamación no la hace solo con la palabra, sino que da su vida por esta verdad. Aunque tal vez no tengamos las cualidades naturales de San Bartolomé, sí hemos recibido, por el bautismo, el don de la fe, mediante la cual reconocemos en Jesús al Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y es por eso que, parafraseando a San Bartolomé, podemos decir: “¡Jesús Eucaristía, Tú eres el Hijo de Dios; Tú eres en la Eucaristía el Rey de los corazones, de las familias, de la Patria!”. Pero, al igual que San Bartolomé, que dio su vida por la verdad de Jesús como Rey Mesías, también nosotros debemos tener presente que debemos estar dispuestos a dar la vida por la defensa de esta verdad, la de Jesús Eucaristía como Dios encarnado y como Rey de los corazones.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160824&id=393&fd=1

martes, 23 de agosto de 2016

Santa Rosa de Lima


La Iglesia celebra a Santa Rosa de Lima, nacida en Perú en el año 1586. Desde muy temprana edad, se caracterizó por una virtuosa vida de piedad, penitencia y contemplación mística. Murió el 24 de agosto del año 1617, vistiendo el hábito de la tercera Orden de Santo Domingo. En Santa Rosa se cumple a la perfección la condición del cristiano de “vivir en el mundo, sin ser del mundo”, porque aun siendo laica y no religiosa, no solo vivió apartada del mundo y de todo lo mundano, entendido como lo que se opone a Dios, sino que, consagrándose por amor a Cristo en la penitencia, austeridad y virginidad, se constituyó en un testigo viviente de la vida futura, caracterizada por el desposorio místico del alma con el Cordero de Dios, Cristo Jesús. Con su vida laical consagrada, Santa Rosa renunció al amor terreno, pero no porque fuera incapaz de amar, sino porque eligió un amor esponsal infinitamente más grande, puro y casto, que el amor esponsal terreno, la unión esponsal mística con el Cordero de Dios, Cristo Jesús. Con este amor esponsal y místico ardiendo en su corazón, Santa Rosa no solo obtuvo, como todos los santos, una brillante victoria sobre la carne y la sangre[1], sino que ahora se alegra en la gloria eterna, porque en ella triunfó el purísimo y celestial Amor de Dios.
Al despreciar, por amor a Cristo, los placeres terrenos, Santa Rosa se hizo merecedora de los torrentes de delicias celestiales que brotan del Corazón traspasado del Cordero, y es tal la intensidad de este amor del que ahora goza por la eternidad Santa Rosa, que las aguas torrenciales no lo podrían apagar, y como es más valioso que el oro y la plata, no bastarían todas las riquezas para comprarlo, como dice el Cantar de los cantares: “Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (Ct 8, 7). Santa Rosa es una de las vírgenes prudentes y sabias del Evangelio que salen al encuentro de Cristo Esposo, al haber guardado en sus corazones el aceite de la fidelidad y la caridad que concede la gracia santificante.
Pero además de enseñarnos el camino de la santidad por medio de la virginidad consagrada, que con su amor esponsal al Cordero anticipa la vida futura en el Reino de Dios, Santa Rosa, al igual que quienes consagran su virginidad, es manifestación, en el tiempo y en la historia humana, de la Iglesia, que como Esposa Mística del Cordero, es “sin mancha ni arruga, siempre santa e inmaculada”[2].
Al recordarla en su día, le pedimos que interceda para que, al igual que ella, conservemos siempre la pureza del cuerpo y la integridad de la fe, y vivamos siempre alimentados por el Amor del Cordero, Jesús Eucaristía.




[1] Cfr. Liturgia de las Horas, Laudes.
[2] Cfr. ibidem.

sábado, 20 de agosto de 2016

San Bernardo de Claraval y la devoción a María Santísima


         San Bernardo de Claraval tenía un gran amor y una gran devoción a María Santísima, y en uno de sus sermones, la llama “Casa de la Divina Sabiduría” [1]. Dice San Bernardo que la Sabiduría que construyó para sí su casa, es la Sabiduría de Dios, Cristo Jesús, y no la sabiduría del mundo, porque en la sabiduría mundana nada hay que agrada a Dios: “1. Como hay varias sabidurías, debemos buscar qué sabiduría edificó para sí la casa. Hay una sabiduría de la carne, que es enemiga de Dios, y una sabiduría de este mundo, que es insensatez ante Dios. Estas dos, según el apóstol Santiago, son terrenas, animales y diabólicas. Según estas sabidurías, se llaman sabios los que hacen el mal y no saben hacer el bien, los cuales se pierden y se condenan en su misma sabiduría, como está escrito: Sorprenderé a los sabios en su astucia; Perderé la sabiduría de los sabios y reprobaré la prudencia de los prudente. Y, ciertamente, me parece que a tales sabios se adapta digna y competentemente el dicho de Salomón: Vi una malicia debajo del sol: el hombre que se cree ante sí ser sabio. Ninguna de estas sabidurías, ya sea la de la carne, ya la del mundo, edifica, más bien destruyen cualquiera casa en que habiten. Pero hay otra sabiduría que viene de arriba; la cual primero es pudorosa, después pacífica. Es Cristo, Virtud y Sabiduría de Dios, de quien dice el Apóstol: Al cual nos ha dado Dios como sabiduría y justicia, santificación y redención”.
Luego dice San Bernardo que esa Sabiduría, vino a nuestro mundo y se construyó su casa –la Virgen-, en donde talló “siete columnas”, simbolizando con este número la fe en las Tres Divinas Personas que en la Virgen inhabitaban, y las cuatro principales virtudes, que radicaban en la Virgen en grado perfectísimo, solo superada por su Hijo Dios: “2. Así, pues, esta sabiduría, que era de Dios, vino a nosotros del seno del Padre y edificó para sí una casa, es a saber, a María virgen, su madre, en la que talló siete columnas. ¿Qué significa tallar en ella siete columnas sino hacer de ella una digna morada con la fe y las buenas obras? Ciertamente, el número ternario pertenece a la fe en la santa Trinidad, y el cuaternario, a las cuatro principales virtudes. Que estuvo la Santísima Trinidad en María (me refiero a la presencia de la majestad), en la que sólo el Hijo estaba por la asunción de la humanidad, lo atestigua el mensajero celestial, quien, abriendo los misterios ocultos, dice: "Dios, te salve, llena de gracia, el Señor es contigo"; y en seguida: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra". He ahí que tienes al Señor, que tienes la virtud del Altísimo, que tienes al Espíritu Santo, que tienes al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ni puede estar el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre o sin los dos el que procede de ambos, el Espíritu Santo, según lo dice el mismo Hijo: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí". Y otra vez: "El Padre, que permanece en mí, ése hace los milagros". Es claro, pues, que en el corazón de la Virgen estuvo la fe en la Santísima Trinidad”.
Continúa San Bernardo afirmando que la Virgen poseyó estas cuatro virtudes, no de una manera endeble, sino con la firmeza inconmovible de las columnas bien cimentadas y que estas virtudes fueron: fortaleza, templanza, prudente y justa; por la fortaleza, aplastó la cabeza de la serpiente; por la templanza, no se ensoberbeció cuando recibió la noticia de que habría de ser la Madre de Dios; por la prudencia, y sin dudar de la Palabra de Dios, preguntó al Ángel cómo habría de suceder que Ella, siendo Virgen y sin conocer varón, concibiera al Hijo de Dios; por la justicia, por último, se auto-proclama “sierva del Señor”, siendo Ella la Virgen y Madre, porque es justo que los buenos y santos, como la Virgen, que es buena y santa en grado que supera infinitamente a los ángeles y los santos, sean siervos de Dios. “3. Que poseyó las cuatro principales virtudes como cuatro columnas, debemos investigarlo. Primero veamos si tuvo la fortaleza. ¿Cómo pudo estar lejos esta virtud de aquella que, relegadas las pompas seculares y despreciados los deleites de la carne, se propuso vivir sólo para Dios virginalmente? Si no me engaño, ésta es la virgen de la que se lee en Salomón: ¿Quién encontrará a la mujer fuerte? Ciertamente, su precio es de los últimos confines. La cual fue tan valerosa, que aplastó la cabeza de aquella serpiente a la que dijo el Señor: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, tu descendencia y su descendencia; ella aplastará tu cabeza"  Que fue templada, prudente y justa, lo comprobamos con luz más clara en la alocución del ángel y en la respuesta de ella. Habiendo saludado tan honrosamente el ángel diciéndole: "Dios te salve, llena de gracia", no se ensoberbeció por ser bendita con un singular privilegio de la gracia, sino que calló y pensó dentro de sí qué sería este insólito saludo. ¿Qué otra cosa brilla en esto sino la templanza? Mas cuando el mismo ángel la ilustraba sobre los misterios celestiales, preguntó diligentemente cómo concebiría y daría a luz la que no conocía varón; y en esto, sin duda ninguna, fue prudente. Da una señal de justicia cuando se confiesa esclava del Señor. Que la confesión es de los justos, lo atestigua el que dice: Con todo eso, los Justos confesarán tu nombre y los rectos habitarán en tu presencia. Y en otra parte se dice de los mismos: Y diréis en la confesión: Todas las obras del Señor son muy buenas”.
Por último, dice San Bernardo que por las tres columnas de la fe y las cuatro de las virtudes, la Divina Sabiduría construyó una casa para sí, que consideró digna de ser su morada, colmando esta Sabiduría de sí misma a la mente de la Virgen y fecundando su carne: “4. Fue, pues, la bienaventurada Virgen María fuerte en el propósito, templada en el silencio, prudente en la interrogación, justa en la confesión. Por tanto, con estas cuatro columnas y las tres predichas de la fe construyó en ella la Sabiduría celestial una casa para sí. La cual Sabiduría de tal modo llenó la mente, que de su Plenitud se fecundó la carne, y con ella cubrió la Virgen, mediante una gracia singular, a la misma sabiduría, que antes había concebido en la mente pura”.
Y en cuanto a nosotros, dice San Bernardo, que somos hijos de María, Casa de la Divina Sabiduría, también debemos aspirar a ser casas en donde more la Sabiduría de Dios, para lo cual debemos imitar a la Virgen en su fe trinitaria y en la práctica de sus celestiales virtudes: “También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres. Por lo que se refiere a las costumbres, pienso que basta la justicia, mas rodeada de las demás virtudes. Así, pues, para que el error no engañe a la ignorancia, haya una previa prudencia; haya también templanza y fortaleza para que no caiga ladeándose a la derecha o a la izquierda”. ¿Y cuándo debemos hacer esto? En todo momento, pero sobre todo, al momento de imitar a la Virgen en el saludo del Ángel, es decir, en la Encarnación del Verbo, y esto sucede para nosotros cuando recibimos la Sagrada Comunión, porque es allí que debemos recibir al Verbo de Dios, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, con una mente sapientísima, como la de la Virgen; con un corazón lleno de la gracia y el amor de Dios, como el de la Virgen, y con un cuerpo casto y puro, como el de la Virgen. Así, imitaremos, en la medida de nuestras posibilidades y ayudados por la gracia, a la Virgen, Casa de la Sabiduría, al recibir a la Sabiduría Encarnada, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, Cristo Jesús.



[1] http://www.corazones.org/santos/bernardo_claraval.htm#DE LA CASA DE LA DIVINA SABIDURIA,

viernes, 19 de agosto de 2016

San Juan Eudes


Nacido en la diócesis de Sées, Francia, en el año 1601, luego de ser ordenado sacerdote en el año 1624, fomentó de una manera especial la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María[1] y lo hizo con tanta elocuencia y santidad, que el Papa San Pío X llamaba a San Juan Eudes: “El apóstol de la devoción a los Sagrados Corazones”[2]. Escribió un libro titulado: “El Admirable Corazón de la Madre de Dios”, para explicar el amor que María ha tenido por Dios y por nosotros y otro de sus libros, dedicado con el mismo fin al Corazón de Jesús, titulado: “La devoción al Corazón de Jesús”.
Ahora bien, esta devoción a los Sagrados Corazones no era, para San Juan Eudes, una mera devoción más, es decir, no consistía, según el santo, en una simple consideración piadosa que se limitara a rezar en determinados días, ciertas oraciones prescriptas; para el santo, sí había que hacer esto, pero la verdadera devoción consistía ante todo en una contemplación de los Sagrados Corazones y sus virtudes, para luego encarnarlas en la vida práctica de todos los días. Es decir, para el santo, el corazón del hombre debía terminar configurándose a los Corazones de Jesús y de María, y esta configuración debía ser de tal modo, que quienes vieran a un cristiano en sus virtudes, deberían recordarse de Jesús y de María. Decía así San Juan Eudes a los sacerdotes[3]: “Entregaros a Jesús para entrar en la inmensidad de su gran Corazón, que contiene el Corazón de su santa Madre y de todos los santos, para perderos en este abismo de amor, de caridad, de misericordia, de humildad, de pureza, de paciencia, de sumisión y de santidad”[4].
Entonces, la fórmula de San Juan Eudes para imitar a los Sagrados Corazones de Jesús y María es “entregarnos” al Corazón de Jesús, en el que encontraremos al Inmaculado Corazón de María; luego, “perdernos” en el “abismo de amor, caridad, misericordia, humildad, pureza, paciencia, sumisión y santidad” que se contiene en ambos corazones.
¿Dónde encontrar al Sagrado Corazón de Jesús, para sumergirnos en Él y así también encontrar al Inmaculado Corazón de María, para luego también sumergirnos en el Corazón de la Virgen? Al Sagrado Corazón de Jesús lo encontramos, vivo, glorioso, resucitado, lleno del Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, en la Eucaristía. Es ahí entonces, en la comunión eucarística, hecha con todo fervor, piedad, amor, del que seamos capaces, sin distracciones mundanas, sin pensamientos profanos, con un corazón lleno de la gracia santificante –a imitación del Inmaculado Corazón de María, Lleno de gracia-, en donde debemos unirnos, en el amor, al Corazón de Jesús, de manera que también nos unamos al Corazón de María y así ambos corazones nos infundan el Amor que los une, el Amor de Dios. Y así, sólo así, nuestros corazones serán una copia e imitación viviente de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Finalmente, ¿cómo saber si una persona es una verdadera devota de los Sagrados Corazones de Jesús y María? Lo es, cuando la persona llega a ser, por la gracia, un “abismo de amor, caridad, misericordia, humildad, pureza, paciencia, sumisión y santidad”.



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160819&id=12934&fd=0
[2] http://www.corazones.org/santos/juan_eudes.htm
[3] Fundó la Congregación de Jesús y María, para la formación de los sacerdotes en los seminarios, y otra de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad, para fortalecer en la vida cristiana a las mujeres arrepentidas.
[4] Cfr. Coeur admirable, III, 2.

jueves, 18 de agosto de 2016

Santa Elena


Vida de santidad de Santa Elena.
De origen humilde, quien luego fuera emperatriz, se casó en el año 270 d. C. con el general romano Constancio Cloro el cual, cuando a su vez asumió como César, la abandonó para casarse con Teodora, hijastra del emperador Maximiano[1]. Al morir Constancio Cloro en el año 306, sus tropas, que se hallaban entonces estacionadas en York, proclamaron emperador a su hijo Constantino. El joven emperador publicó, en el año 313, el denominado “Edicto de Milán”, por el que toleraba el cristianismo en todo el Imperio. Fue en esa época en la que, según el testimonio de Eusebio, Santa Elena se convirtió al cristianismo, cuando tenía ya cerca de sesenta años, destacándose en su fervor, en su piedad y en su amor a Jesucristo, a la Iglesia y a la religión católica: “Bajo la influencia de su hijo, Elena llegó a ser una cristiana tan fervorosa como si desde la infancia hubiese sido discípula del Salvador”. Se dio entonces una admirable conjunción en la cima del poder del imperio bizantino: mientras su hijo Constantino, el emperador, no solo hacía cesar toda persecución, sino que decretaba la autorización oficial del cristianismo y se empeñaba por exaltar a la Iglesia Católica con su autoridad terrena, Santa Elena, madre del emperador, se esforzaba al mismo tiempo para ayudar a su hijo en esa tarea. Un autor, Rufino, califica de “incomparables” la fe y el celo de la santa, la cual supo comunicar su fervor a los ciudadanos de Roma. Desde su cargo de poder, la emperatriz Elena construyó numerosas iglesias, además de emplear los recursos del Imperio en limosnas generosísimas, convirtiéndose en la principal benefactora de los indigentes y de los desamparados y a pesar de ser la emperatriz, no obstante asistía a los divinos oficios en las iglesias vestida con gran sencillez, sin ninguna ostentación. En el año 324, luego de la victoria sobre Licinio, que convirtió a su hijo Constantino en el amo de Oriente, Santa Elena fue a Palestina –algunos escritores atribuyen el viaje a ciertas visiones que la santa habría tenido en sueños- a peregrinar por los Santos Lugares del nacimiento de Cristo, de su Pasión y Resurrección, que el Señor había santificado con su presencia corporal.
Constantino mandó arrasar la explanada y el templo pagano de Venus que el emperador Adriano había mandado construir sobre el Gólgota y el Santo Sepulcro, respectivamente, y escribió al obispo de Jerusalén, san Macario, para que erigiese una iglesia “digna del sitio más extraordinario del mundo”. Santa Elena, que era ya casi octogenaria, se encargó de supervisar la construcción, pero además de la construcción de la Iglesia, lo que deseaba era descubrir la cruz en la que había muerto el Redentor, búsqueda a su vez facilitada por una carta de Constantino escrita al obispo de Jerusalén, en el que le pide expresamente que hiciese excavaciones en el Calvario para descubrir la cruz del Señor. Al respecto, hay algunos documentos que relacionan el nombre de santa Elena con el descubrimiento de la Santa Cruz, como un sermón predicado por San Ambrosio el año 395, en el que dice que, cuando la santa descubrió la cruz, “no adoró al madero sino al rey que había muerto en él, llena de un ardiente deseo de tocar la garantía de nuestra inmortalidad”. El historiador Eusebio relata cómo fue la estadía de Santa Elena en Palestina: “Elena iba constantemente a la iglesia, vestida con gran modestia y se colocaba con las otras mujeres. También adornó con ricas decoraciones las iglesias, sin olvidar las capillitas de los pueblos de menor importancia (…) construyó la basílica “Eleona” en el Monte de los Olivos y otra basílica en Belén. Era bondadosa y caritativa con todos, especialmente con las personas devotas, a las que servía respetuosamente a la mesa y les ofrecía agua para el lavamanos. Aunque era emperatriz del mundo y dueña del Imperio, se consideraba como sierva de los siervos de Dios”. En Roma, en la vía Labicana, Santa Elena, honró el pesebre y la cruz del Señor con basílicas dignas de veneración. Según la Tradición, en la Iglesia de la Santa Cruz en Roma, cercana a San Juan de Letrán, se encuentran restos de la corona de espinas, de la Santa Cruz del Señor y tierra de Tierra Santa, todo traído por Santa Elena. Se supone que la santa murió en el año 330, pues fue en ese entonces que el emperador Constantino mandó acuñar las últimas monedas con la efigie de Flavia Julia Elena. El Martirologio Romano conmemora a santa Elena el 18 de agosto y en el Oriente se celebra su fiesta el 21 de mayo, junto con la de su hijo Constantino. Los bizantinos llaman a santa Elena y a Constantino “los santos, ilustres y grandes emperadores, coronados por Dios e iguales a los Apóstoles”.
Mensaje de santidad de Santa Elena.
         La extraordinaria vida de santidad de Santa Elena, manifestada en las grandiosas construcciones de iglesias, y el amor demostrado a Nuestro Señor Jesucristo, por medio de la oración, la piedad, el fervor y la práctica de los sacramentos, además del amor demostrado al prójimo, sobre todo los más necesitados, demuestran que para la vida de santidad no son impedimentos ni la edad –cuando se convirtió tenía alrededor de sesenta años- ni tampoco el estatus social –era la emperatriz y madre del emperador-. Santa Elena dio testimonio de Cristo, sin avergonzarse frente a los hombres y sin falsos respetos humanos, manifestando su fe en Jesucristo por medio de obras de misericordia corporales y espirituales y utilizando toda su influencia, su posición social, su estatus y su dinero, solo para que el Nombre de Jesús sea conocido y amado. A ella se deben que se hayan recuperado reliquias preciosísimas de la Pasión, como la corona de espinas, parte del leño de la cruz y el cartel que hizo poner Pilato: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. En recompensa por no haberlo negado ante los hombres, Jesús no la negó delante de su Padre y le dio el ciento por uno, una medida bien apretada: a la emperatriz, que con su reino terreno sirvió al Rey de reyes, le dio por herencia el Reino de los cielos, por toda la eternidad.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160818&id=12431&fd=0; La principal fuente de información sobre santa Elena es la biografía de Constantino escrita por Eusebio Vita Constantini, cuyos principales pasajes pueden verse en Acta Sanctorum, agosto, vol. III. Ver también M. Guidi, Un Bios di Constantino (1908). J. Maurice publicó una interesante obrita sobre santa Elena en la colección L´Art et les Saints (1929); cfr. Vidas de los santos de A. Butler, Herbert Thurston, SI.

martes, 16 de agosto de 2016

San Roque


         Vida de santidad de San Roque
Nació en Montpellier, de una familia sumamente rica. Al fallecer sus padres y luego de heredar toda su fortuna, San Roque, movido por la gracia de Dios, que le hacía despreciar los bienes terrenales y anhelar los bienes celestiales, y para seguir a Cristo en la pobreza de la cruz, decidió vender todos sus bienes y repartir toda su fortuna entre los más pobres, para luego peregrinar a Roma para visitar santuarios y rezar en el Vaticano ante la tumba de San Pedro, el primer Papa. Al llegar a Roma, se desencadenó en esos días la peste bubónica[1] la cual -como es de suponer, debido al escaso desarrollo de la ciencia médica en esa época- provocó la muerte de miles de enfermos. San Roque, olvidándose de sí mismo –imitando a Cristo que, siendo Inocente murió por nosotros, pecadores-, se dedicó a atender a aquellos afectados por la peste que se encontraban más desamparados. Según testigos presenciales, logró la curación instantánea y milagrosa de muchos enfermos con sólo hacerles la señal de la Santa Cruz sobre su frente. A muchísimos otros ayudó a bien morir, confortándolos con la esperanza de la vida eterna, animándolos a que se arrepintieran de sus pecados y aceptaran a Jesús como Salvador, y hasta incluso él mismo los sepultaba, puesto que nadie se atrevía a acercárseles por temor al contagio. Para con todos, creyentes o no creyentes, les brindaba siempre la bondad y la misericordia del Sagrado Corazón. Era tal su fama de santidad, que cuando pasaba, la gente decía, con respeto y amor: “Ahí va el santo”.
Sucedió un día que San Roque comenzó a experimentar los signos de la peste, lo cual es lógico, debido a que es una enfermedad altamente contagiosa. Sintiéndose enfermo, en su cuerpo comenzaron a producirse los característicos “bubones” o tumoraciones de color negruzco, que se acompañaban también de úlceras. Debido a que no quería molestar a nadie, y también para no ser causa de contagio a otros, se retiró a un bosque, en donde esperaba morir. Sucedió entonces que un perro, perteneciente a una familia importante de la ciudad –guiado por el ángel custodio de San Roque- comenzó a tomar, todos los días, un trozo de pan de la mesa de sus amos para llevárselo a San Roque. Como esta situación se repetía día a día, llamó la atención del dueño, que decidió seguir al perro, encontrando así a San Roque en el bosque, enfermo y lleno de llagas. Lo llevó a su casa y allí San Roque pudo reponerse completamente. Agradeciendo a sus benefactores, decidió regresar a Montpellier, su pueblo natal, pero al llegar a la ciudad, fue confundido con un espía –la ciudad estaba en guerra en ese momento-, por lo que encarcelaron a San Roque, pasando en prisión cinco largos años. A pesar de ser el hijo de un antiguo gobernador, no lo reconocieron, debido a su estado y a que parecía un mendigo.
Al igual que en los momentos de la peste, también en prisión, olvidándose de sí mismo, San Roque se dedicaba a catequizar a los preso y a consolar a los más necesitados, dando así ejemplo de obras de misericordia espirituales –dar consejo al que lo necesita, consolar al afligido-; además, ofrecía, en el silencio y desde lo más profundo de su corazón sus penas y humillaciones, por la salvación de las almas –imitaba así a Cristo, que también estuvo preso, siendo inocente, y que por sus sufrimientos salvó nuestras almas-. Antes de morir, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció y le dijo que lo venía a buscar para llevarlo al cielo, y que le pidiera una gracia antes de morir. San Roque le pidió que todo aquel que lo invocara, se viera libre de la peste. Finalmente, el 15 de agosto del año 1378, fiesta de la Asunción de la Virgen Santísima, murió como un santo. Al prepararlo para colocarlo en el ataúd descubrieron en su pecho una señal de la cruz que su padre le había trazado de pequeñito y se dieron cuenta de que era hijo del que había sido gobernador de la ciudad[2]. Su fama de santidad era tal, que toda la población de Montpellier acudió a sus funerales, y desde entonces empezó a conseguir de Dios admirables milagros y no ha dejado de conseguirlos a lo largo de los siglos. 

         Mensaje de santidad de San Roque.
         San Roque nos enseña muchas cosas, necesarias para el cielo: nos enseña el amor a la pobreza, pero no cualquier pobreza, sino la pobreza de la cruz, que es la pobreza de Jesucristo, porque siendo rico de bienes materiales –era el hijo del gobernador y su familia tenía mucho dinero, pero lo vendió todo para darlo a los pobres-, prefirió los bienes del cielo, es decir, en vez de atesorar dinero en la tierra –oro, plata, dólares, euros-, prefirió hacer caso a lo que nos dice Jesús, que sí quiere que atesoremos tesoros, pero espirituales y en el cielo (cfr. Mt 6, 20), y esos tesoros espirituales son las obras de misericordia y la gracia.
San Roque nos enseña a obrar la misericordia, tanto corporal, como espiritual: al desatarse la peste bubónica –una infección provocada por una bacteria, transmitida por la mordedura de ratas infectadas y que en el hombre produce inflamación de los ganglios linfáticos, de ahí el nombre-, San Roque se dedicó a cuidar a los enfermos más afectados por la peste, logrando la curación milagrosa de muchos de estos enfermos, con el solo hecho de trazar la señal de la cruz en sus frentes[3]: se trata de dos obras de misericordia, la corporal, asistiendo con cuidados al enfermo, y la espiritual, trazando la señal del Redentor, la Santa Cruz de Jesús. Además, esto nos hace ver el poder sanador de Cristo Jesús, porque no era San Roque quien, por sí mismo, hacía el milagro, sino que el que hace los milagros, a través de sus santos, es el Hombre-Dios, Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, no se necesita estar en medio de una peste, para trazar la señal de la cruz en la frente, por ejemplo, a nuestros seres queridos. Es algo que los padres deberían hacer todos los días a sus hijos y sus hijos, a su vez, a sus padres, y mucho mejor si se lo hace con agua bendita. De esta manera, la señal de la cruz y el agua bendita, como sacramental, libran al alma de una peste mucho peor que la peste bubónica, y es la peste del pecado.
Nos enseña el amor a la creación de Dios, y cómo Dios dispone de sus creaturas –en este caso, un perro-, para ayudarnos en nuestras vidas.
Pero el mensaje de santidad más importante que nos transmite San Roque es la imitación de Cristo, porque lo imitó en su humildad, en su caridad, en su mansedumbre y en su humillación, al ser humillado, como Jesús, y encarcelado injustamente por cinco años.
¡Oh glorioso San Roque, enséñanos a ser misericordiosos con los más necesitados y líbranos de toda peste, pero sobre todo de la peste del alma, el pecado!





[1] La “peste bubónica” o “muerte negra” es una enfermedad infecto-contagiosa producida por una bacteria llamada Pasteurella pestis o Yersinia pestis. Esta se multiplica rápidamente en la corriente sanguínea, produciendo altas temperaturas y muerte por septicemia. La palabra “bubónica” se refiere al característico bubón o agrandamiento de los ganglios linfáticos, cuya piel que los cubre se vuelve de color azulado oscuro o negro, debido a los infartos capilares y al proceso de supuración de los ganglios linfáticos. Se trata de una plaga propia de los roedores, que se transmite entre roedores a través de las pulgas: estas succionan la sangre de una rata infectada, ingiriendo la bacteria junto con la sangre, permaneciendo en el aparato digestivo de la pulga durante tres semanas promedio; la bacteria se transmite cuando la pulga pasa del roedor al humano y, al succionar la sangre de este, lo infecta cuando regurgita en el lugar de la picadura. El transmisor más común de esta infección es la rata negra (Raltus rattus). Este animal es amigable con el hombre, tiene aspecto agradable y está cubierto de una piel negra y brillante. A diferencia de la rata marrón que habita en las cloacas o establos, ésta tiende a vivir en casas o barcos. La cercanía con el hombre favoreció la traslación de las pulgas entre ratas y humanos, y así se propagó la peste. La enfermedad, ya fuera en el caso de las ratas o de los humanos, tenía una altísima tasa de mortandad, y en algunas epidemias alcanzó el 90 por ciento de los casos, siendo considerado “normal” un índice de fallecimiento promedio del 60 por ciento. Cfr. http://historiaybiografias.com/malas01/


[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160816&id=12174&fd=0

jueves, 11 de agosto de 2016

Santa Clara de Asís, la Eucaristía y los sarracenos


        
         En estos días, en los que nos hemos visto ingratamente sorprendidos por la desagradable noticia de la muerte por degollamiento del P. Jacques Hamel, de 84 años, en Normandía, Francia, a manos de yihadistas, es decir, combatientes fundamentalistas islámicos pertenecientes a la secta islámica llamada ISIS[1], es conveniente recordar, en el día de Santa Clara de Asís, dos episodios de la santa en los que ella vivió, personalmente, una situación de extrema violencia como la del P. Hamel. En tiempos de Santa Clara, los sarracenos –el “ISIS” de la época-, al mando de Federico II, que deseaba invadir las tierras pontificias sirviéndose de los fundamentalistas, llegaron hasta la localidad de Asís. Desde allí cometieron toda clase de tropelías, saqueando, destruyendo e incendiando las ciudades y castillos, profanando y cometiendo múltiples sacrilegios contra iglesias y monasterios, además de asesinar y hacer prisioneros a numerosos cristianos.
         Sucedió que, estando Santa Clara gravemente enferma en su monasterio, un día viernes del mes de septiembre del año 1240, los sarracenos escalaron los muros del monasterio  y las hermanas, según el escrito de Tomás de Celano “acudieron a Santa Clara, que estaba gravemente enferma y, con lágrimas en los ojos, le contaron cómo aquella pésima gente había roto las puertas del monasterio. La santa las consolaba, diciéndoles que no temieran (…) pero armadas de fe acudieron a Jesucristo. Y Santa Clara, postrada en su lecho de enferma, pidió que le trajeran la custodia de mármol en donde se encontraba el Cuerpo de Cristo consagrado. Orando devotamente (la santa dijo): “Te ruego, Señor mío, que estas pobres siervas tuyas, a las cuales Tú, Señor, has colocado bajo mi cuidado, que no me sean quitadas y que no caigan en las crueles manos de estos infieles y paganos; te suplico, Señor mío, que Tú las cuides, porque yo sin Ti no puedo cuidarlas y mucho menos en esta amarga hora”. Desde la custodia de mármol salió una voz: “Yo por tu amor te cuidaré a ti y a ellas, siempre”[2]. En ese momento, y rechazados por la potencia de una fuerza invisible, los islámicos fundamentalistas huyeron precipitadamente del monasterio y, al poco tiempo, abandonaron Asís. Sin embargo, en el año 1241, el emperador organizó una nueva expedición. Cuando el peligro fue inminente, Santa Clara llamó a las hermanas y les ordenó un día de ayuno, después del cual, las invitó a echarse cenizas sobre sus cabezas y a postrarse, junto con ella, delante del Tabernáculo. Sucedió entonces que, en la mañana del 22 de junio un fuerte temporal se abatió sobre el campamento de los sarracenos, obligándolos a una nueva fuga. De esta manera, Santa Clara nos muestra cómo, con el arma de la Fe y con el Cuerpo Sacramentado de Nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía, podemos salir siempre vencedores en toda tribulación y, lo que es más importante, salvar nuestras almas, ya que nuestra lucha “no es contra la carne y la sangre, sino contra las potestades malignas de los aires” (Ef 6, 12). Y el Único que puede darnos el triunfo contra estos enemigos, es Nuestro Dios y Señor Jesucristo, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía.


[1] http://www.infobae.com/america/mundo/2016/07/26/jacques-hamel-el-sacerdote-degollado-por-isis-era-un-hombre-sencillo-y-muy-apreciado-por-los-vecinos/
[2] Vita di santa Chiara vergine, Opusc. I,21-22, in FF 3201, pp. 1915-1916.