San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 19 de marzo de 2019

San José, modelo de santidad para todo cristiano



         Para todo cristiano, San José es modelo de santidad.
Es modelo de hijo, porque fue elegido por Dios Padre para ser Padre virginal y adoptivo de su Hijo Dios en la tierra y San José se comportó como hijo predilecto de Dios Padre, obedeciendo y cumpliendo a la perfección el rol que su Padre Dios le había encomendado.
Es modelo de padre, porque su tarea en la tierra fue la de ejercer como sustituto terreno de Dios Padre, para educar a Dios Hijo encarnado, quien al venir a esta tierra, vino en el seno de una familia, como niño pequeño y por lo tanto, necesitado de padre y de madre. Aunque el padre natural, desde toda la eternidad, de Jesús, era Dios Padre, San José hizo las veces de padre adoptivo de su Hijo Jesús, adoptando a Jesús como si fuera su verdadero hijo.
Es modelo de esposo, porque si bien el matrimonio con María era un matrimonio meramente legal, lo cual quiere decir que nunca jamás tuvieron trato esponsal como lo hacen los esposos de la tierra, siendo el trato entre ambos como el de los hermanos entre sí, San José se comportó como un esposo legal, en el sentido de que fue siempre fiel y dedicó todos sus esfuerzos y toda su vida y todo su amor, tanto a su Esposa legal, María Santísima como a su Hijo adoptivo, Cristo Jesús. Para San José, Padre y Esposo Virgen, no hubo en la tierra ninguna otra mujer que no fuera su esposa legal, María Santísima, a quien sirvió de cuerpo y alma toda su vida, tratándola como si fuera su hermana y jamás le dio un trato tal como lo hacen los esposos de la tierra.
Es modelo de adorador eucarístico, porque él debía tratar todos los días con su Hijo, que además de ser un niño, era Dios en Persona. Cuando San José contemplaba a su Hijo en su humanidad, como niño, lo contemplaba además como Dios y lo adoraba en su humanidad santísima y en su divinidad, admirándose de tan grandioso misterio, sin poder salir de su asombro de saber que ese Niño al que Él contemplaba y amaba, era al mismo tiempo el Dios que lo había creado, el Dios que habría de redimir a los hombres y el Dios que habría de santificar a la humanidad, enviando al Espíritu Santo junto al Padre. De la misma manera, el adorador eucarístico, imitando a San José, no debe salir de su asombro, al contemplar la Eucaristía, porque si a los ojos del cuerpo parece un pan, así como a los  ojos de San José Jesús aparecí como un Niño, a los ojos del alma del adorador la Eucaristía se revela en el esplendor de la divinidad de Cristo Jesús, el Hijo de Dios Padre, así como a los ojos del alma de San José el Niño Dios se le manifestaba como el Hijo del Eterno Padre. Y así como San José adoraba en la humanidad a la divinidad del Verbo, así el adorador eucarístico adora, en las especies sacramentales, a Dios Hijo encarnado.
Por todo esto, San José es modelo insuperable de santidad para todo cristiano, independientemente de su estado de vida.

viernes, 1 de marzo de 2019

Las espinas y el dolor del Sagrado Corazón de Jesús



         Cuando se contempla a Jesús en sus apariciones como el Sagrado Corazón, hay algo que se destaca a primera vista y es lo siguiente: Jesús se aparece resucitado, glorioso: de hecho, de sus llagas no brota sangre, sino luz, que es el símbolo de la gloria divina. Su Cuerpo no es el Cuerpo martirizado, cubierto de sangre y de heridas abiertas en la Cruz: es el Cuerpo glorioso, luminoso, lleno de la luz, de la vida y de la gloria de Dios. Su Corazón no es el Corazón sufriente de la Cruz –al menos no lo parece- porque está envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo; tiene una Cruz en su base y de su Costado traspasado brota Sangre y Agua. Es el Corazón de Jesús glorificado y por lo tanto, sin sufrimiento. Sin embargo, hay algo que llama la atención y es la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón. Ya no rodea su Cabeza, como en el Calvario, sino su Corazón. Y puesto que el Corazón es un Corazón vivo, late, es decir, se expande y se contrae en cada latido y por supuesto, sufre las consecuencias de las espinas, que se introducen en él en cada expansión y se retiran de él, desgarrándolo, en cada contracción. Entonces aquí parece haber algo que no parece estar bien: Jesús está con su Cuerpo glorioso y el Cuerpo glorioso no sufre; sin embargo, al mismo tiempo, su Corazón está rodeado por una corona de espinas y las espinas le provocan dolor en cada latido.
         ¿Cuál es el significado de esta contradicción? Ante todo, no es una contradicción, porque se trata de una realidad y de un misterio sobrenatural: si bien Jesús está glorificado y en cuanto glorificado no sufre, sin embargo sí sufre moralmente, no corporalmente, por los pecados de los hombres y su sufrimiento no es corporal, sino moral, como cuando una madre ve que su hijo se acerca peligrosamente y por propia voluntad a un abismo y quiere precipitarse en él. Jesús sufre y sufrirá así hasta el fin de los tiempos, a consecuencia de nuestros pecados. Aun cuando está resucitado y glorioso, entonces, Jesús sufre por nuestros pecados, porque son nuestros pecados los que se materializan en la corona de espinas que rodean al Sagrado Corazón y lo hacen sufrir a cada latido. Ahora bien, existe un modo por el cual el Sagrado Corazón no sufre y es cuando luchamos para no caer: de esa manera, consolamos al Corazón de Jesús en vez de hacerlo sufrir. Es decir, nosotros podemos, libremente, o hacerlo sufrir más, o consolarlo: cualquiera de las dos acciones, las recibirá el Sagrado Corazón.
De nuestra parte, para no hacerlo sufrir, podemos hacer el propósito de no pecar, o al menos de poner todo de nuestra parte para no solo no pecar, sino para aumentar cada vez más la gracia en nuestras almas. De esta manera, no solo no seremos causa del dolor de Jesús, sino que lo consolaremos en sus dolores, que durarán hasta el fin del mundo.

martes, 19 de febrero de 2019

San Expedito y su triunfo sobre el Dragón



         Al contemplar la imagen de San Expedito podemos establecer cuáles fueron las causas que lo convirtieron en un santo. Por un lado, San Expedito sostiene la Santa Cruz de Nuestro Señor; bajo uno de sus pies, yace aplastado un cuervo. ¿Qué significado tiene esto? Por un lado, que la fuerza para resistir la tentación del maligno, de postergar su conversión para otro día, para el día siguiente, viene de la Cruz. En efecto, habiendo recibido San Expedito, que era pagano, la gracia de la conversión, se le apareció el Demonio en forma de cuervo, quien graznaba diciendo: “Cras, cras”, que en latín significa “mañana”. Es decir, el Demonio le decía que podía continuar tranquilamente con su vida de pagano por el día de hoy; total, ya habría tiempo de convertirse el día de mañana. Sin embargo, eso es una falacia, porque no sabemos si estaremos vivos el día de mañana y si postergamos nuestra conversión, puede que muramos sin convertirnos. San Expedito se encontraba entonces en la disyuntiva de elegir, o la conversión hacia Jesucristo, respondiendo inmediatamente a la gracia, o bien continuar como pagano, posponiendo la conversión y rechazando la gracia.
         Sin dudarlo un instante, e impulsado por la fuerza que le venía de la Santa Cruz que sostenía en sus manos, San Expedito respondió velozmente  a la gracia, eligiendo a Jesucristo de modo inmediato, en vez de ceder a la tentación. Por esta razón, San Expedito es el Patrono de las causas urgentes, la primera de las cuales es la conversión del alma a Dios.
         Por otro lado, en la imagen de San Expedito vemos que aplasta con su pie a un cuervo: no se trata de un animal, sino del Demonio en forma de cuervo. Éste, inadvertidamente, en su deseo de hacer caer en la tentación al santo, se le acercó demasiado, siempre en forma de cuervo y, cuando se encontraba a la distancia del pie del santo, éste, con la fuerza que recibió de la Cruz, lo aplastó. Esto nos enseña que no hay ninguna tentación que no pueda ser vencida con la fuerza de la Cruz.
         El santo nos enseña dos cosas, entonces: que no debemos dilatar la decisión de la conversión, empezando desde ahora mismo a vivir como hijos de Dios y de la gracia santificante y que cualquier tentación puede ser vencida con la fuerza de la Cruz. Al recordar al santo en su día, le pidamos la gracia de que interceda para que seamos siempre prontos a la gracia y que recurramos a la Santa Cruz de Jesús en los momentos de tentación.

San Álvaro de Córdoba



         Vida de santidad[1].

El beato Álvaro de Córdoba nació a mediados del siglo XIV, en Zamora, alrededor del año 1360 y murió en Córdoba el año 1430. Perteneció a la noble familia Cardona e ingresó en el convento dominico de San Pedro en Córdoba en el año 1368. Se destacó por ser un famoso y ardiente predicador, y con su ejemplo y sus obras, contribuyó a la reforma de la Orden, iniciada por el Beato Raimundo de Capúa y sus discípulos. Luego de realizar una peregrinación a Tierra Santa, quedó en su corazón sumamente impactado por el Camino del Calvario recorrido por nuestro Salvador. A partir de entonces, el beato Álvaro de Córdoba meditaba de día y de noche en los dolores de la Pasión del Señor.
Con la ayuda del rey Don Juan II de Castilla, del que era su confesor, el beato Álvaro de Córdoba, deseoso de vivir en mayor soledad y así poder meditar más profundamente en la Pasión del Señor, decidió fundar el convento de Santo Domingo Scala Coeli –Escalera del Cielo-, en donde hizo colocar varios oratorios, seguidos unos de otros, en los que se reproducían la “vía dolorosa” venerada por él en Jerusalén y es así como planta "estaciones" o "pasos" que van desde Getsemaní hasta el Calvario. La sagrada representación de las estaciones dolorosas del Redentor, ideada por el beato Álvaro de Córdoba, que así trataba de imitar la Pasión de Jesús, fue pronto imitada por otros conventos, dando así origen a la hermosa devoción del Via Crucis, muy apreciada en toda la cristiandad y llevada a cabo por toda la Iglesia, particularmente en Semana Santa. La popularización del mismo se atribuye a San Leonardo de Porto Mauricio, quien importó la devoción desde España.
No satisfecho con las meditaciones que realizaba en el convento, el beato se retiraba se retiraba a una gruta distante del convento donde, a imitación de su Santo Padre Domingo, oraba y se flagelaba. Con el tiempo, ésta se convirtió en meta de peregrinaciones para los fieles. El beato también poseía el don de profecía y en su vida obró muchos milagros. Murió el 19 de febrero de 1430 y fue sepultado en su convento.

         Mensaje de santidad.

         Considerado como el precursor del actual Via Crucis, por medio del cual se meditan, en distintas estaciones, los misterios de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, el santo nos enseña que un solo pensamiento debe dominar nuestras mentes y corazones: nuestros pensamientos y sentimientos deben estar anclados en la Pasión del Señor, para contemplar sus misterios permanentemente, para tener frente a nosotros su dolorosa Pasión y así meditar en su dolor redentor día y noche. Pero también nos enseña algo más: que más allá de nuestro estado de vida, sea cual este sea, no debemos quedarnos en la sola contemplación de la Pasión, sino que debemos unirnos a Jesús en su misterio pascual de muerte y resurrección, de manera tal que, uniendo nuestras vidas a su Pasión, nos convirtamos en corredentores de los hombres en esta vida y en la próxima, alcancemos la gloria del Reino de los cielos.

viernes, 15 de febrero de 2019

San Valentín



Vida de santidad.

A finales del siglo III se había desencadenado por todo el Imperio Romano la persecución[1]. Valentín, que era un presbítero romano, residía en la capital del Imperio, reinando Claudio II. El emperador había prohibido los matrimonios, aduciendo que esto constituía una carga para los jóvenes, que así se veían impedidos de servir en el ejército. Contrariando estas órdenes humanas, San Valentín se dedicó a visitar clandestinamente a los esposos, para unirlos en santo matrimonio. Enterado de esto, el emperador lo hizo conducir ante sí por los soldados. El emperador lo trató de disuadir de sus convicciones cristianas. Pero Valentín le contestó: “Si conocierais, señor, el don de Dios, y quién es Aquel a quien yo adoro, os tendríais por feliz en reconocer a tan soberano dueño, y abjurando del culto de los falsos dioses adoraríais conmigo al solo Dios verdadero”.
Asistieron a la entrevista, un letrado del emperador y Calfurnio, prefecto de la ciudad, quienes protestaron enérgicamente por lo que consideraron las atrevidas palabras dirigidas contra los dioses romanos, calificándolas de blasfemas. Temeroso Claudio II de que el prefecto levantara al pueblo y se produjeran tumultos, ordenó que Valentín fuese juzgado de acuerdo a las leyes.
Interrogado por Asterio, teniente del prefecto, Valentín continuó haciendo profesión de su fe, afirmando que es Jesucristo “la única luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.
El juez, que tenía una hija ciega, al oír estas palabras, pretendiendo confundirle, le desafió: “Pues si es cierto que Cristo es la luz verdadera, te ofrezco ocasión de que lo pruebes; devuelve en su nombre la luz a los ojos de mi hija, que desde hace dos años están sumidos en las tinieblas, y entonces yo seré también cristiano”.
Valentín hizo llamar a la joven a su presencia, y elevando a Dios su corazón lleno de fe, hizo sobre sus ojos la señal de la cruz, exclamando: “Tú que eres, Señor, la luz verdadera, no se la niegues a ésta tu sierva”.
Al pronunciar estas palabras, la muchacha recobró milagrosamente la vista, aunque su padre, Asterio y también su esposa, recobraron la vista espiritual, que se convirtieron a Jesús y, conmovidos, se arrojaron a los pies del Santo, pidiéndole el Bautismo, que recibieron, juntamente con todos los suyos, después de instruidos en la fe católica.
El emperador se admiró del prodigio realizado y de la conversión obrada en la familia de Asterio; pero aunque deseaba salvar de la muerte al presbítero romano, tuvo miedo de aparecer, ante el pueblo, sospechoso de cristianismo. Por lo tanto, no le fue conmutada su pena de muerte, sino llevada a cabo, con lo que San Valentín, después de ser encarcelado, cargado de cadenas, y apaleado con varas nudosas hasta quebrantarle los huesos, se unió íntima y definitivamente con Cristo, luego de ser decapitado.

Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad que nos deja el sacerdote San Valentín es doble: por un lado, amor a la Iglesia y a sus sacramentos, sobre todo el sacramento del matrimonio y por otro, el amor a Jesucristo, al punto que dio su vida por él, muriendo mártir. Con respecto al matrimonio, San Valentín sabía que la unión sacramental de los esposos los convertía a estos en una prolongación, para la sociedad y el mundo, de la unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, de manera que los esposos se convertían, por el sacramento, en imágenes vivientes, el esposo terreno de Cristo Esposo y la esposa terrena, de la Iglesia Esposa. Arriesgaba su vida para unir a los esposos sacramentalmente y esto es un valioso testimonio en nuestros días, en los que el matrimonio sacramental se ha devaluado a los ojos de una sociedad atea, materialista, agnóstica y relativista, que desprecia los sacramentos de la Iglesia. Para quienes prefieren el pecado mortal del concubinato antes que la fuente de gracias del matrimonio, sería conveniente que leyeran la vida de San Valentín.
Con respecto a Jesucristo, San Valentín dio su vida por Él, a quien consideraba el único Dios Verdadero y frente al cual los dioses de los paganos son nada. Hoy en día, en el que la sociedad ha desplazado al Dios Verdadero y lo ha reemplazado por ídolos falsos, sería conveniente que reflexionara sobre las palabras y el testimonio de vida de San Valentín.
Por último, el folklore y las costumbres han rebajado la figura de San Valentín a una especie de “protector” de los enamorados o incluso hasta de cualquier amor humano, como el amor de amistad. Esto último es válido para los novios católicos que desean unirse en santo matrimonio, es decir, el santo es su patrono y protector para quienes aprecian el sacramento del matrimonio y aman y reconocen a Jesucristo como al Verdadero y Único Dios. Todo lo otro –prentender que San Valentín es patrono de los concubinarios, adúlteros, o de quienes confunden “amor” con “pasión”-, es banalizar la figura del santo y desconocer y menospreciar su auténtico mensaje de santidad: el aprecio por el sacramento del matrimonio y el amor a Jesucristo, Hombre-Dios, hasta dar la vida.



Santos Cirilo y Metodio



         Vida de santidad.

También conocidos como los apóstoles de los eslavos, fueron dos hermanos Cirilo (o Constantino,​ 827-869) y Metodio (815-885)  provenientes de Tesalónica, en el Imperio bizantino, que se convirtieron en misioneros del cristianismo primero en Crimea y después en el Imperio de la Gran Moravia[1]. A mediados del siglo noveno el príncipe Rostislav de Moravia, solicitó al emperador de Bizancio, Miguel III, de Constantinopla, el envío de sacerdotes cultos que afianzasen el cristianismo en la Gran Moravia y estableciesen una organización eclesiástica independiente de Baviera[2]. El emperador de Bizancio encargó la misión a dos cultos hermanos, Cirilo y Metodio, oriundos de Salónica, que dominaban la lengua eslava. Cirilo, a quien se considera el padre de la literatura eslava, creó un alfabeto compuesto de 38 letras, que reflejaba la gran riqueza sonora del eslavo antiguo; esta escritura eslava de Cirilo recibió el nombre de glagólica. Cirilo y Metodio crearon un alfabeto, llamado “cirílico”, para comunicar el Evangelio, el Misal Romano y el Ritual litúrgico a los pueblos eslavos (los actuales países como República Checa, Bulgaria, Serbia, Croacia, etc.), dando así unidad lingüística y cultural a estas naciones. Es decir, inventaron signos propios para traducir del griego a la lengua eslava los libros sagrados[3].
Una vez creada la escritura eslava, Cirilo comenzó la traducción de libros religiosos al eslavo antiguo. El primer libro traducido por Cirilo fue el evangeliario, elemento indispensable para celebrar las misas y para la catequesis. Con ayuda de sus discípulos vertió al eslavo antiguo también el misal, el apostolario y otros libros litúrgicos. Terminados sus cuatro años misioneros en la Gran Moravia, Cirilo viajó a Roma e ingresó en un convento de monjes griegos. Falleció con cuarenta y dos años a los 50 días de su estancia en la Ciudad Eterna, el 14 de febrero del 869.
Metodio era hermano de Cirilo y colaborador en la misión en la Gran Moravia. Siendo joven, renunció al puesto de comandante militar e ingresó en un convento ubicado al pie del Olimpo. Ya como sacerdote, se desempeñó como arzobispo de Gran Moravia. Bajo la dirección de Metodio se desarrolló la escuela literaria morava de la cual salieron las traducciones al eslavo antiguo de las Sagradas Escrituras. San Metodio murió el 6 de abril del año 885 y fue enterrado en su templo metropolitano en Moravia.
         Vida de santidad.
         Movidos por el amor a Cristo, Cirilo y Metodio, además de misionar en tierras lejanas y desconocidas, crearon una nueva lengua para comunicar el Evangelio a los pueblos eslavos, traduciéndolo del griego al eslavo. Al igual que ellos, también nosotros debemos misionar y hacer apostolado, tal vez no en tierras lejanas, sino en nuestros lugares de trabajo, en nuestras familias, etc., para traducir el Evangelio a nuestros prójimos que no conocen la Palabra de Dios. Ahora bien, en este proceso de transmisión de la Palabra de Dios debemos cuidarnos de que no se pierda el carácter sobrenatural del misterio cristiano. Para eso, debemos tener la luz de la gracia que nos permite, por un lado, contemplar el misterio y, por otro, comunicar de ese misterio sobrenatural contemplado a nuestros hermanos. Entonces, así como los hermanos santos Cirilo y Metodio hablaron un lenguaje nuevo para comunicar a Cristo, así nosotros debemos hablar un lenguaje nuevo, que no es el lenguaje de los hombre ni el del mundo, sino el lenguaje propio de los hijos de Dios, el lenguaje de la gracia, para poder comunicar la Buena Noticia del Evangelio. Pero para eso, debemos aprender el lenguaje de la gracia, contemplando antes el misterio de la Presencia del Salvador en la Eucaristía por la adoración eucarística, para luego recién transmitir “lo que hemos visto y oído”, porque “nadie da de lo que no tiene”. Si no hacemos adoración eucarística, no aprenderemos el lenguaje de la caridad y de la gracia y no podremos transmitir a nuestros hermanos el misterio de la Encarnación del Verbo.


lunes, 11 de febrero de 2019

Las palabras de San José Sánchez del Río a su madre antes de morir



          ¿Por qué la Iglesia atesora las palabras de los mártires y las expone con tanta reverencia? Por lo que Jesús dijo en el Evangelio: “Cuando os persigan y encarcelen, no os preocupéis por lo que vayáis a decir, porque no sois vos los que habláis, sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros” (Mt 10, 19; Mc 13, 11). En esta frase de Jesús está la razón del porqué de la pregunta inicial: porque en el mártir, en aquel que da su vida por Jesucristo, inhabita el Espíritu Santo y, por lo tanto, se pueden decir que las palabras de los mártires son inspiradas por Dios o, más precisos, dichas por Dios Espíritu Santo en persona. En un sentido lato, se pueden decir que son “Palabra de Dios”.
          Por esta razón, analizaremos brevemente la Carta escrita por el mártir San José Sánchez del Río antes de ser ejecutado por la masonería mexicana. Debemos tener en cuenta que Sánchez del Río, al ser ejecutado, contaba con apenas catorce años y al momento de escribir la Carta, ya había recibido la sentencia de muerte. Esto resalta más su valor, porque en la Carta se refleja una serenidad sobrenatural frente al hecho cierto de estar a punto de ser asesinado.
          La Carta en cuestión, fechada en Cotija, el 6 de febrero de 1928, dice así: “Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. José Sánchez del Río”.
          “Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día”: comienza con una muestra de amor a su madre, llamándola “querida mamá”, lo cual podría no ser necesariamente una muestra de martirio, pero sí de serenidad sobrenatural, puesto que ya sabía que había sido condenado a muerte. Además, muestra cómo en los mártires se cumplen a la perfección los Mandamientos de la Ley de Dios; en este caso, el Cuarto Mandamiento, que manda “honrar padre y madre”. No olvida a su querida madre –y a su padre-, ni siquiera ante la perspectiva de morir asesinado. Luego, especifica que “fue hecho prisionero en combate”. El “combate” al que se refiere es el combate librado entre las fuerzas cristeras y el Ejército mexicano infiltrado por la Masonería, pero es también “el buen combate” de la fe, el combate que se libra desde la recitación del Credo en la Santa Misa, hasta dar la vida en testimonio de Jesucristo en el campo físico de la batalla terrena, como en el caso de San José Sánchez del Río.
“Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá”: con sus catorce años y con una condena a muerte sobre sí, el santo demuestra una serenidad y una paz admirables, sobrenaturales: “no importa; voy a morir, pero no importa” y esto no porque no valore la vida terrena: por el contrario, sabe que esta vida vale y vale tanto más, cuanto más se la entregue a Jesucristo y él está a punto de ofrendársela toda entera. San José Sánchez del Río sabe que, muriendo por Cristo, gana el Cielo y es por eso que “no le importa” morir. Lejos de banalizar la muerte –como ocurre en el mundo de hoy, agnóstico y materialista-, la valora en su justo precio, que es la adquisición del Reino de los Cielos: él entregará su vida a Jesucristo y Él le dará a cambio la vida eterna, por eso “no le importa” morir.
“Resígnate a la voluntad de Dios”: la madre debe resignarse a la Voluntad de Dios, que es que su hijo gane la vida eterna. Entregando su vida por Cristo, la madre de San José no perderá a su hijo, sino que lo conservará para la vida eterna. Si Dios permite que su hijo sufra un mal, como lo es la muerte terrena, es para que gane un bien infinito, la vida eterna. Es voluntad de Dios premiar a su hijo con el Reino de los Cielos y ya ha llegado la hora, pues ya ha demostrado con suficiencia cuánto ama San José Sánchez del Río a Jesucristo.
“No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico”: una nueva muestra de serenidad sobrenatural: no le preocupa morir él, sino que su madre se apene por su muerte y por eso le pide que no se preocupe: él está a punto de ganar la corona más preciada, la corona de la gloria del martirio. Luego le pide a su madre que le diga a sus hermanos que ellos sigan “el ejemplo del más chico”: en esto recuerda la escena de los Macabeos, en los que la madre entrega a los hijos al martirio, antes de permitir que éstos apostaten del Verdadero Dios; en este caso, San José es como uno de los Macabeos e insta a su madre a que sea como la madre de los Macabeos, en el sentido de entregarlos también al martirio.
“Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre”: nuevamente le pide que cumpla la voluntad de Dios que es, en este caso, que ella –junto a su padre- lo bendiga, porque está entregando su vida a Dios. Hoy en día, los padres no bendicen a sus hijos y los entregan a Moloch –aborto-, a Baal –consagración a Satanás por la vida materialista y atea-, a Asmodeo –el demonio de la impureza-.
“Salúdame a todos por última vez y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba”: expresa un deseo humano, el ver a su madre antes de morir, una crueldad más entre las tantas ejercidas por la masonería –entre otras cosas, despellajaron las plantas de sus pies y lo obligaron a caminar así, en medio de enormes dolores, hasta el lugar de su ejecución-. Ya no la verá en la tierra, pero él sabe que la verá desde el Cielo. Pide que los salude a todos sus seres queridos y le da lo último que le quedaba, su corazón de hijo, que ya había sido entregado a Jesucristo, por manos de María: “y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere”. Le da su corazón, que en instantes dejará de latir en la tierra con vida humana, pero inmediatamente comenzará a latir, para ya no detenerse jamás, lleno del Amor, de la gloria de Dios y de la vida de Dios, en el Reino de los Cielos.
Que San José Sánchez del Río, joven mártir mexicano, sea el ejemplo de los niños y jóvenes de hoy, inmersos en un mundo de “tinieblas y sombras de muerte”, para que no sean dominados por estas tinieblas, sino que más bien sean iluminados por la Luz Eterna, Jesucristo.