San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 25 de diciembre de 2014

San Esteban, protomártir


         En la Sagrada Escritura, San Esteban es mencionado por primera vez en los Hechos de los Apóstoles, como diácono (que significa “ayudante”, “servidor”, grado inmediatamente inferior al sacerdote). Fue elegido para administrar los bienes comunes en favor de los más necesitados. Además de este apostolado, San Esteban anunciaba el Evangelio y lo hacía con sabiduría divina, de manera que el número de discípulos aumentó grandemente en Jerusalén, lo cual, a su vez, despertó recelos, odios y rencores entre los enemigos de Cristo y de su naciente iglesia[1]. Debido a que no podían acusarlo de ninguna falta y puesto que sus argumentos no tenían peso frente al Evangelio de Jesucristo que predicaba Esteban, sus enemigos lo llevaron ante el Tribunal Supremo de la nación llamado Sanedrín, recurriendo a testigos falsos que lo acusaron de blasfemia contra Moisés y contra Dios.  Estos afirmaron que Jesús iba a destruir el templo y a acabar con las leyes, puesto que Jesús de Nazaret las había sustituido por otras. Sin embargo, en el momento de las acusaciones, sucedió un hecho milagroso, que hablaba a las claras de la asistencia del Espíritu Santo a San Esteban: todos los del tribunal, al observarlo, vieron que su rostro brillaba como el de un ángel. Por esa razón, lo dejaron hablar, y Esteban pronunció un poderoso discurso recordando la historia de Israel (Hch 7, 2-53), en el que demostró que Abraham, había dado testimonio y recibido los mayores favores de Dios en tierra extranjera; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero se le vaticinó también una nueva ley y el advenimiento de un Mesías; que Salomón construyó el templo, pero nunca imaginó que Dios quedase encerrado en casas hechas por manos de hombres. Afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y debían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecida por Dios mismo al enviar al mundo al Mesías. Además, demostró la falsedad de las acusaciones, al probar que no había blasfemado contra Dios, ni contra Moisés, ni contra la ley o el templo, y sostuvo que Dios se revela también fuera del Templo (Hch 7, 51-54). Luego de esto, sus enemigos se enfurecieron aún más, tomando la decisión de matarlo. Pero antes de morir, la visión que tiene San Esteban de Jesús glorioso en el cielo, su pedido de ser recibido en el cielo y el perdón que da a los enemigos que le quitan la vida, revelan la asistencia personal del Espíritu Santo: “Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió. Luego, esta violencia contra Esteban se propagó contra toda la Iglesia (Hch 8,1-3). Las circunstancias del martirio indican que la lapidación de San Esteban no fue un acto de violencia de la multitud sino una ejecución judicial.  De entre los que estaban presentes consintiendo su muerte, uno, llamado Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles, supo aprovechar la semilla de sangre que sembró aquel primer mártir de Cristo[2].
En la vida y en la muerte martirial de San Esteban se cumplen una de las Bienaventuranzas de Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,3-12). La muerte de San Esteban constituye una clara evidencia además de que la lucha que entabla la Iglesia es de orden espiritual, contra las Puertas del Infierno y no contra hombres de carne y hueso: “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Ef 6, 12), porque su muerte se produce, claramente, como consecuencia del enfrentamiento entre la Verdad Revelada por el Hombre-Dios Jesucristo –proclamada por Esteban- y las negaciones de la Verdad, acompañadas de la mentira, la calumnia y la difamación, de quienes no querían escuchar el Evangelio. Puesto que Jesucristo es Dios encarnado, y San Esteban muere por proclamar su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, y puesto que sus enemigos basan sus acusaciones en la mentira, detrás de las cuales está el Demonio, “Padre de la mentira” (Jn 8, 44), es evidente, como decíamos, que la muerte de San Esteban es consecuencia de la lucha entablada entre la Iglesia y las Puertas del Infierno -lucha que es una continuación de la batalla desencadenada en los cielos entre el Arcángel San Miguel y los ángeles de luz a sus órdenes, contra Satanás y los ángeles apóstatas-, pero es evidente también de que en su muerte se cumplen cabalmente las palabras de Jesucristo: “Las Puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (Mt 16, 18), porque momentos antes de su muerte, San Esteban, inhabitado por el Espíritu Santo, ve a Jesucristo triunfante en los cielos, como anticipo de que él, por el martirio, será recibido en la gloria.
Puesto que las palabras de los mártires, dichas antes de su muerte, están inspiradas por el Espíritu Santo, que es quien los asiste, inhabita en ellos y les concede la gracia del martirio, la conmemoración de San Esteban nos debe llevar a meditar y reflexionar en sus palabras, pronunciadas antes de la lapidación: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”: en la vida cotidiana, frente a las pruebas y tribulaciones que puedan presentarse, como cristianos, debemos tener siempre presente que “la figura de este mundo pasa” y que nuestro destino final es el destino de gloria de Nuestro Señor Jesucristo, aunque a ese destino no se llega sino es por la cruz, llevada con amor, en pos de Jesús, todos los días; “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, es una jaculatoria que podemos, no solo en el momento de la muerte, sino en todo momento, pidiendo a la Virgen que sea Ella quien conduzca nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras obras, desde su Inmaculado Corazón, al Sagrado Corazón de Jesús; también podemos decir esta jaculatoria a Jesús crucificado, para que reciba nuestro deseo de estar con Él en todo momento; “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”, es una jaculatoria para meditar y repetir cuando nuestros enemigos cometan alguna injusticia contra nosotros, recordando que debe esta petición debe estar basada en el amor de Cristo: “Amen a sus enemigos” (Mt 5, 44).
San Esteban, protomártir, es entonces un modelo y ejemplo para nosotros, cristianos del siglo XXI y para todos los cristianos, hasta el fin de los tiempos.



[1] http://www.corazones.org/santos/esteban_protomartir_ni.htm
[2] http://www.corazones.org/santos/esteban_protomartir_ni.htm

martes, 23 de diciembre de 2014

San Zacarías entona el Benedictus


“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 67-79). El último tramo del cántico de Zacarías -entonado en estado de éxtasis, pues lo hace cuando queda “lleno del Espíritu Santo”, tal como lo señala el evangelista- describe, por un lado, el Amor misericordioso de Dios –gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios-, Amor de ternura misericordiosa, que es el que mueve a la Trinidad a llevar a cabo la obra de la redención, enviando a la Segunda Persona a realizar el misterio pascual, por la Encarnación y la Muerte en cruz; por otro lado, describe, en muy pocas palabras, la función del Mesías Redentor: puesto que quien se encarna por “misericordiosa ternura” es Dios Hijo, y Dios Hijo es “Dios de Dios”, “Luz de Luz”, el Mesías que nace para Navidad y que luego muere en cruz y resucita, es el “Sol naciente”, desde el momento en que la naturaleza divina es luminosa en sí misma y por eso, por sí misma, ilumina, como el astro sol. Pero este “Sol naciente” que es el Mesías, según la descripción de Zacarías, puesto que es un sol espiritual y no material –es Dios encarnado que, por su naturaleza gloriosa, es luz en sí mismo- habrá de iluminar “a los que están en tinieblas y en sombras de muerte”, es decir a los hombres que vivimos en esta tierra y en este mundo, envueltos en las tinieblas del error, del pecado y del infierno e inmersos y rodeados por las “sombras de muerte”, no solo de la muerte física, corporal, sino de la muerte del alma, que es el pecado, y por las sombras vivientes del infierno, los ángeles caídos, los demonios.  Al derrotar a los tres grandes enemigos del hombre –el demonio, el pecado y la muerte-, el Mesías, que viene de lo alto como “Sol naciente”, guía los pasos de la humanidad “por el camino de la paz”, como lo dice Zacarías, pero no la paz mundana, sino la paz de Cristo –“mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo”-, que es la paz que brota en el alma cuando en el alma, dispersados los enemigos por la acción de Dios –ante este Sol naciente, los enemigos del alma se disuelven como el humo: “Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian; como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios”[1]-, brota de la gracia santificante la calma y la quietud que ordenan y orientan al corazón en dirección a su objeto primero y último, Dios mismo.
“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Zacarías canta, lleno del Espíritu Santo, a la “misericordiosa ternura de nuestro Dios”, porque nacerá el Redentor, el “Sol que nace de lo alto”. Por el misterio de la liturgia eucarística, la Iglesia no solo entona, para Navidad, el mismo cántico de Zacarías, sino que celebra su Presencia Viva, real, gloriosa y resucitada, en la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Mesías que ha sufrido la muerte en cruz y ha resucitado, y está vivo y glorioso, oculto en la apariencia de pan, iluminando, como Sol naciente que Es, a quienes aún vivimos en este “valle de lágrimas”, envueltos en las tinieblas y sombras de muerte”; quien se deja iluminar por el Mesías resucitado, que emite sus divinos rayos desde la Eucaristía, no solo se ve libre de las tinieblas vivientes y de las sombras de muerte del pecado, del error y de la muerte, sino que recibe su gracia, su Vida y su Amor divino. De ese modo, siendo iluminada el alma por el Amor Divino que se derrama por la adoración y la comunión eucarística, el alma no solo canta la "misericordiosa ternura" de nuestro Dios, como lo expresa Zacarías, sino que la experimenta y la vive en lo más profundo de su ser y de su corazón.




[1] Salmo 67.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Santa Lucía y el amor a la pureza como expresión del amor de Jesucristo


 En una época como la nuestra, en la que la inmoralidad, la sensualidad, el libertinaje y la ausencia casi absoluta de valores morales y de respeto a la ley natural se ha instalado en la inmensa mayoría de la sociedad, el ejemplo de santidad de Santa Lucía resplandece como una antorcha en medio de la más negra oscuridad. Desde niña, sin saberlo sus padres, Santa Lucía había consagrado su virginidad a Dios. Durante la persecución del emperador Diocleciano, un pagano, pretendiente suyo, despechado por este voto de virginidad, la denunció ante las autoridades. El juez la amenazó de muerte, para lograr que apostatara de la fe cristiana, entablándose el siguiente diálogo, según se puede leer en las Actas de los mártires. Ante la amenaza de muerte, Santa Lucía le respondió al juez: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. Entonces, el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. La santa contestó: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de prostitución para someterla a la fuerza a la ignominia.  Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”.
El juez ordenó entonces su muerte, pero no pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron[1].
Con respecto a su última respuesta: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente” –y es en lo que reside su mensaje de santidad para nuestro mundo de hoy, contaminado por una oleada de inmoralidad que no conoce precedentes en la historia de la humanidad-, además de que se corresponde con exactitud al principio de moral, que sostiene que no hay pecado si no se consiente al mal[2], esta respuesta de Santa Lucía expone admirablemente la imagen de Dios en el hombre, y es el libre albedrío: si el alma consciente, el cuerpo se contamina con el pecado; si el alma no consciente, el cuerpo no se contamina, y la persona no comete el pecado, permaneciendo la persona en estado de gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.
Sin embargo, más allá del hecho admirable de la virtud de la castidad –que es lo que, en definitiva, le vale a Santa Lucía, ganar el cielo-, lo admirable es el hecho de que la castidad o pureza corporal, se trate de la expresión de la pureza del alma y la pureza del alma sea, a su vez, expresión de la gracia, pero como el estado de gracia es solo un estado que conduce al alma a un estado superior de vida, que es la inhabitación en el alma del Espíritu Santo -y luego de las otras Divinas Personas-, se puede decir que, en última instancia, la pureza corporal, es expresión de la virtus divina en el alma; dicho de otra manera, la pureza del Ser trinitario de la Persona Tercera, que inhabita en el alma en gracia del santo –en este caso, Santa Lucía-, se irradia y se expande con su fuerza inmaculada, toma posesión del ser metafísico del alma y como el alma es el principio vital del cuerpo, desde el alma, impregnada por la pureza del Ser trinitario, la vitalidad natural que el alma comunica al cuerpo, conlleva ahora, la gracia divina, es decir, la pureza del Ser trinitario, que ha invadido, desde la raíz, su ser metafísico.
Ahora bien, esta virtus divina, comunicada al alma y del alma al cuerpo, no es comunicada por un “ente” impersonal, sino, como dice Santa Lucía, por el Espíritu Santo, que vive en quienes creen en Cristo, porque Cristo es Dios Hijo y Él es, junto con el Padre, Dador del Espíritu, tanto en cuanto Dios, como en cuanto Hombre: “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Es decir, quien vive la pureza, no vive la pureza por amor a la pureza en sí misma, sino por amor a Cristo, que es Dios, y por amor al Amor de Dios, al Espíritu Santo. Y quien ama a Cristo y al Espíritu Santo, ama a Dios Padre.
         Del diálogo de Santa Lucía con el juez, entonces, hay dos mensajes claros para nuestros días, días aciagos en el que la inmoralidad, la impureza, la sensualidad y la ausencia de valores morales, están convirtiendo a la sociedad humana en una sociedad casi post-humana, casi bestial: por un lado, se destaca el libre albedrío, porque quien quiere llevar una vida de pureza, la lleva libremente, tal como lo dice Santa Lucía: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”; por otro lado, se destaca que el llevar la vida de pureza no es por el amor a la virtud en sí, sino por amor a Dios, que es Amor y que es Trinidad de Personas; quien ama la pureza corporal –la virginidad, la castidad- la ama porque esa pureza es expresión de la Presencia del Ser trinitario y, por lo tanto, de las Tres Divinas Personas, en el alma, como lo sostiene Santa Lucía:  “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Y quien tiene al Espíritu Santo consigo, tiene a Cristo y tiene al Padre.
Ser puros de cuerpo, de mente y de corazón, por amor a Jesucristo, Dios Inmaculado, ése es el mensaje de Santa Lucía, para los niños, los jóvenes y los adultos de nuestros días.





[1] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm
[2] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm

martes, 9 de diciembre de 2014

Por qué Nuestra Señora de Guadalupe eligió a San Juan Diego Cuauhtlatoatzain y no a otro


         San Juan Diego, un indígena mexicano de la etnia chichimecas, es el protagonista de una de las más grandes apariciones marianas de la historia de la Iglesia, la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Ante los ojos de los hombres, que juzgan por las apariencias, San Juan Diego no habría desempeñado ningún papel de trascendencia y habría sido relegado, por el contrario, a tareas siempre menores: debido a su condición nativa, a su pobreza, su escasa cultura –apenas sabía leer y escribir- y a su nula posición social y económica, San Juan Diego sería lo que hoy en día se conoce como “un marginal” en la sociedad. Sin embargo, la Santísima Virgen María lo eligió a él y no a otro, más preparado, más culto, más inteligente, con mayor posición social, con mayor influencia entre los poderosos, para que llevara a cabo la importantísima tarea que debía encomendarle y que desembocaría en uno de los más asombrosos milagros marianos, la imagen de la “Virgen de Guadalupe”, impresa en la tilma de Juan Diego.
¿Por qué la Virgen eligió a Juan Diego y no a otro, más inteligente, más culto, más preparado, para la misión de la impresión de su imagen? La respuesta está en el Magnificat, cuando la misma Virgen dice: “(El Señor) despide a los ricos con las manos vacías y enaltece a los humildes”. La Virgen eligió a San Juan Diego por su fe, por su inocencia, por su humildad, por su amor al prójimo, por su docilidad y por su amor a la Santa Misa y a la Eucaristía.
La Virgen lo eligió por su fe, porque luego de ser catequizado, se bautizó y desde que fue bautizado, vivió su religión con gran amor, practicándola con gran fervor hasta el día de su muerte. También su esposa, María Lucía, se bautizó y ambos, enamorados de la castidad, decidieron vivir en perfecta continencia[1].
La Virgen lo eligió por su amor a la Misa y a la Eucaristía, porque para asistir a Misa los sábados y domingos, debía recorrer 20 kilómetros, y debía hacerlo a pie y descalzo, como lo hacían los de su etnia en ese tiempo, a causa de su pobreza.
La Virgen lo eligió por su amor al prójimo y por su misericordia, porque él cuidaba de su tío enfermo, el cual entró en agonía al momento de las apariciones; precisamente, en medio de las apariciones, Juan Diego decide ir por otro camino, para no encontrarse con la Virgen para ir a pedir auxilio espiritual para su tío Juan Bernardino, que se encontraba en trance de muerte.
La Virgen lo eligió por su humildad, porque Juan Diego, luego de ser rechazado por primera vez por el obispo Juan de Zumárraga, le pidió humildemente a la Virgen que eligiera a otra persona con más capacidad que él, que se consideraba un “pobre hombrecito”.
La Virgen lo eligió por la inocencia de su corazón, porque a pesar de ser ya un hombre de adulto, vivía su fe con la pureza de un niño y esa fue la razón por la cual la Virgen pudo aparecérsele, porque la Virgen no se aparece a cualquiera, y mucho menos a los soberbios.
La Virgen lo eligió por su docilidad, porque obedeció a todo cuanto Ella le dijo que hiciera, aun cuando humanamente, para él, le era difícil y hasta imposible hacerlo o creerlo, como por ejemplo, hablar nuevamente con el obispo Zumárraga, cuando ya lo había rechazado por primera vez, o ir a la cumbre del Monte Tepeyac, a recoger rosas, cuando por la época, era imposible que hubiera rosas, o, finalmente, en la decisión tal vez más difícil para Juan Diego, en vez de ir a buscar ayuda espiritual para su tío moribundo, desviarse de su camino para ir a transmitir el mensaje de la Virgen –que pedía que se erigiese en el Monte Tepeyac un iglesia- al obispo Zumárraga.
La Virgen elige a San Juan Diego porque es pobre de espíritu y manso de corazón, dos de las Bienaventuranzas que más asemejan al alma al Sagrado Corazón de su Hijo Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 3-12).
La vida de San Juan Diego nos enseña, entonces, que lo que cuenta a los ojos de Dios –que mira a los hombres a través de los ojos de la Virgen-, no son ni los títulos académicos, ni la ciencia, ni la posición social, ni tampoco la posición de poder, incluso dentro de la Iglesia: lo que cuenta, para Dios, que lee el corazón a través de la mirada maternal de la Virgen, es si en el alma hay fe, humildad, misericordia, bondad, inocencia, docilidad, castidad, pobreza de espíritu, amor a la Santa Misa y a la Eucaristía, como lo había en el corazón de San Juan Diego.





[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20141209&id=12317&fd=0

miércoles, 19 de noviembre de 2014

San Expedito y la fuerza de la cruz


         San Expedito fue un soldado romano que se convirtió del paganismo al cristianismo y en su proceso de conversión, experimentó un amor tan ardiente por Jesucristo y su gracia, que no dudó ni un instante entre el permanecer en su antiguo estado de vida pagana y el adherirse a la nueva vida cristiana, y por ese motivo es que la Iglesia lo propone como modelo de vida y de imitación para sus hijos.
         Antes de su conversión, San Expedito era pagano, lo cual quiere decir que no conocía a Jesucristo y por lo tanto, no solo no era hijo adoptivo de Dios, sino que se encontraba bajo los efectos del pecado original, es decir, se encontraba bajo el dominio de las pasiones –la concupiscencia de la carne- y además, se encontraba bajo el poder y el dominio del Príncipe de las tinieblas, el Ángel caído. Recordemos que Jesús, en el Evangelio, dice: “Vi caer a Satanás como un rayo” (Lc 10, 18): Jesús ve caer a Satanás desde el cielo hacia la tierra cuando San Miguel Arcángel, a la cabeza del Ejército celestial y luchando a las órdenes de Dios, expulsa al Ángel caído y a los ángeles apóstatas del cielo, los cuales son precipitados a la tierra, en donde, desde entonces, “rondan como leones rugientes buscando a quien devorar”, como dice la Escritura (cfr. 1 Pe 5, 8), y andan “dispersos por el mundo” buscando “la perdición (eterna) de las almas”, como reza la oración exorcista del Papa León XIII (la misma que el Papa Francisco ha pedido que se vuelva a rezar).
         Precisamente, es el demonio quien, bajo la forma de cuervo, es quien se le aparece a San Expedito, en el momento en el que el santo recibe la gracia de la conversión, para impedirle la conversión. Es decir, el demonio, viendo que el santo recibe la gracia por medio de la cual iba a dejar de estar bajo sus garras y bajo su dominio, para pasar a pertenecer a Jesucristo, se disfraza de cuervo negro y comienza a volar en torno al santo, gritando: “Cras, cras!”, que significa: “¡Mañana, mañana!”, es decir: “¡Deja la conversión para mañana; continúa con tu vida de pagano; continúa con los placeres que yo te ofrezco; sigue con la concupiscencia de la carne; sigue postrándote ante mí y ante los placeres del mundo; no renuncies ni al dinero ni a las pasiones; continúa bajo el dominio de tus pasiones; continúa hablando mal de tu prójimo; continúa yendo al circo, para divertirte con tus amigos, sin preocuparte por la religión ni por tus deberes de estado; continúa con el alcohol y con toda clase de excesos; no te preocupes por convertirte; deja que tus pasiones te dominen; no perdones ni ames a tus enemigos; déjate llevar por la venganza y por la maldad, yo me ocuparé de tranquilizar tu conciencia; conviértete mañana, que ya tendrás tiempo de sobra para convertirte”. Así le decía el Demonio, mientras, dejando de revolotear a su alrededor, se le acercaba delante de San Expedito, a poca distancia de sus pies.
         San Expedito, iluminado por la luz de la gracia, y sosteniendo en alto la cruz de Cristo, dijo con voz fuerte y clara: "¡Hodie!", que significa: “¡Hoy!". Luego agregó: ¡Hoy me convertiré en cristiano! ¡Hoy me convertiré en hijo de Dios! ¡Hoy dejaré atrás mi vida de pagano! ¡Hoy dejaré atrás el pecado! ¡Hoy viviré en gracia hasta el día de mi muerte! ¡Hoy perdonaré y amaré a mis enemigos! ¡Hoy me abrazaré a la cruz para seguir al Cordero de Dios hasta el Calvario, para morir al hombre viejo y resucitar a la vida de la gracia!”. Y diciendo esto, como el Demonio, sin darse cuenta, había dejado de revolotear a su alrededor y se había colocado cerca de sus pies, quedando a corta distancia, San Expedito, animado con una fuerza y una velocidad sobrenaturales, con su pie derecho le aplastó la cabeza al cuervo, quien así quedó vencido con la fuerza de la cruz de Jesucristo.

         Éste es el ejemplo que nos brinda San Expedito y es la explicación de porqué la Iglesia nos lo presenta para que meditemos y reflexionemos en su vida e imitemos sus virtudes, principalmente en su velocidad para convertirse y en su amor por la gracia y por Jesucristo. San Expedito es el “santo de las causas urgentes”, y la primera “causa urgente” es la conversión, la propia y la de los seres queridos, y eso es lo que debemos pedirle al santo en el día en el que lo conmemoramos.

martes, 18 de noviembre de 2014

Santa Isabel de Hungría, la Presencia real de Jesucristo en los pobres y su recompensa en la vida eterna


Santa Isabel de Hungría curando tiñosos
(Murillo, 1670)

         Santa Isabel de Hungría pertenecía a la nobleza y tuvo la gracia de descubrir la Presencia real de Jesucristo en los más necesitados. Así lo decía en una carta al Papa su director espiritual, Conrado de Marburgo: “Isabel reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres”[1]. Siendo hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposada con Luis de Turingia, también perteneciente a la nobleza, poseía abundantes bienes, pero no solo nunca los usaba para su propio provecho, sino que los distribuía tanto entre los pobres, que con toda razón se puede decir que sus bienes eran patrimonio de los pobres[2]. Distribuía tanto sus bienes entre los pobres, que incluso hasta sus mismos criados se quejaban ante su esposo por la liberalidad de Santa Isabel. Un ejemplo de esto fue lo sucedido en el año 1225, en el que las malas cosechas provocaron una hambruna generalizada en esa región de Alemania; para socorrer a los más afectados, Santa Isabel utilizó todo su dinero y todo el grano que tenía almacenado en sus graneros. Su esposo estaba ausente y cuando regresó, algunos de sus empleados se quejaron de esta actitud de Santa Isabel. Luis preguntó si su esposa había vendido alguno de sus dominios y ellos le respondieron que no. Entonces el rey dijo: “Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres”.
Santa Isabel, además de ser una esposa y madre ejemplar, destinó todos sus bienes materiales en beneficio de los pobres, construyendo hospitales y asistiéndolos en sus necesidades, y dándoles ella misma de comer: tiempo más tarde, la santa ordenó construir un hospital al pie del monte del castillo de Wartuburg, donde ella vivía, y solía ir allá a dar de comer a los inválidos con sus propias manos, a hacerles la cama y a asistirlos en medio de los calores más abrumadores del verano. Además acostumbraba pagar la educación de los niños pobres, especialmente de los huérfanos. Fundó también otro hospital en el que se atendía a veintiocho personas y, diariamente alimentaba a novecientos pobres en su castillo, sin contar a los que ayudaba en otras partes de sus dominios[3]. Sin embargo, la caridad de la santa no era asistencialismo, y no por asistir a los más pobres, los menospreciaba; por el contrario, para no favorecer la ociosidad entre los que podían trabajar, les procuraba tareas adaptadas a sus fuerzas y habilidades[4].
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que el amor de Santa Isabel de Hungría por los pobres no era un amor filantrópico; era el verdadero amor cristiano, porque Santa Isabel reconocía en ellos la misteriosa Presencia real de Jesucristo. Cuando Santa Isabel daba de comer a los pobres, y los alimentaba, los vestía, los cuidaba, con todo cariño, amor y respeto, lo hacía porque veía, con la luz del Espíritu Santo, misteriosamente oculta, en ellos, a la Persona de Jesucristo, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, y mientras los asistía, resonaban en su mente y en su corazón las palabras de Jesús en el Evangelio: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis (…); cuantas veces hicisteis eso con estos pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45). Iluminada por el Espíritu Santo, Santa Isabel sabía que, al socorrer al prójimo más necesitado, misteriosamente, estaba socorriendo a Jesucristo, que se encontraba sufriendo en ese prójimo sufriente, y esa era la razón que la llevaba a dar todo lo que tenía, sin reservarse nada para ella.
Ahora bien, ella misma vestía pobremente, pero así mismo, fue recompensada grandemente, como el mismo Jesús promete en el Evangelio a quienes le son fieles: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor…” (Mt 25, 21). Se narra que en el mismo día de la muerte de la santa, un hermano lego había sufrido un grave accidente en un brazo y se encontraba tendido en su cama soportando terribles dolores. De pronto vio aparecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “Señora, Ud. que siempre ha vestido trajes tan pobres, ¿por qué está ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía gravemente herido, y la curación fue completa e instantánea[5].
Una reina colmada de bienes materiales, que en su vida terrena donó su reino a Dios y vivió pobremente para dedicarse a la atención de los pobres, porque en ellos veía al mismo Cristo sufriente; en recompensa, Cristo la colma de bienes celestiales en la vida eterna, haciéndola heredera del Reino de los cielos, y la corona de gloria celestial, aunque la recompensa mayor para toda la vida de servicio a los pobres, para Santa Isabel de Hungría, es Él mismo, la contemplación de su Rostro para toda la eternidad. La vida de Santa Isabel de Hungría nos enseña que Jesús, que es Dios, está verdadera y realmente Presente en el cielo y en la Eucaristía y, además, en los pobres, y que el desprendimiento de los bienes terrenos y el servicio de los pobres por amor a Cristo, nos granjea una eternidad de felicidad.




[1] http://www.corazones.org/santos/isabel_hungria.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 11 de noviembre de 2014

San Josafat, obispo y mártir


         San Josafat de Polotsk, llamado “mártir de la restauración de la  unión”, luchó y murió en su afán de conseguir la reconciliación de los que estaban separados de Roma[1]; fue, además de patriota, un católico oriental de espíritu romano y selló con su sangre su testimonio sobre una de las más notorias características de la Iglesia fundada por Jesucristo: la Iglesia es una y es católica, es decir, es universal y está fundada sobre la Piedra que es Pedro, por lo que su gobierno es jerárquico y vertical y Pedro, el Papa, en cuanto es el obispo de Roma, posee la autoridad suprema sobre toda la Iglesia, sobre su rama Occidental y sobre su rama Oriental. San Josafat derramó su sangre dando así testimonio sobre la catolicidad vertical de la Iglesia dentro de la unidad.
El martirio de San Josafat se comprende a la luz del gran cisma de Oriente de julio de 1054, cisma por el que se desprendió de la catolicidad la Iglesia Oriental luego de la controversia del Filioque: mientras la Iglesia Occidental sostiene que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (Filioque), la Iglesia de Oriente sostiene que el Espíritu Santo procede del Padre (y no del Hijo).
San Josafat era abad del monasterio de Vilna, Lituania. En esa ciudad convivían católicos latinos fieles a Roma, ortodoxos rusos y católicos orientales de rito griego. Cuando fue nombrado obispo de Polotsk en 1617, trabajó intensamente por la unidad de los cristianos, de rito oriental como latino. Su vida de santidad, sus extremas penitencias, su vida de oración continua, su humildad, su caridad, le hacían conquistar tantas almas para Cristo, que le valieron el mote de “ladrón de almas”. Sin embargo, esto le supuso también el granjearse un buen número de enemigos, los cuales tramaron su muerte, que se llevó a cabo al salir de la catedral. Al enfrentarse con sus asesinos, San Josafat les dijo así: “Me buscáis para matarme; en los ríos, en los puentes, en los caminos, en las ciudades, me ponéis asechanzas. He venido espontáneamente a vosotros para que sepáis que soy vuestro pastor, y ojalá el Señor me conceda el poder entregar mi alma por la santa unión, por la Sede de Pedro y sus sucesores los pontífices de Roma”. Con estas palabras, San Josafat estaba diciendo que ofrecía su vida por la unidad de la Iglesia y por unidad de los cristianos. De esta manera, imitaba a Cristo, que reconcilió a judíos y gentiles, con su sacrificio en la cruz, según la Escritura: “Derribó con su Cuerpo en la cruz el muro de odio que separaba a judíos y gentiles” (cfr. Ef 2, 14).
Las palabras de San Josafat impresionaron por unos instantes a sus asesinos, pero pasados unos minutos, dos de ellos, gritando “¡Muera el papista, muera el latino!”, se abalanzaron sobre él, lo hirieron con un látigo debajo del ojo hasta dejarlo sin sentido, y luego lo derribaron en tierra con un hachazo; ya en el suelo, lo destrozaron de tal forma con palos y puñales, que apenas se podía reconocer su figura humana, y para ensañarse aún más, descuartizaron el perro de la casa y mezclaron sus pedazos con la carne maltrecha del cuerpo del santo. Todavía agonizante, levantó su mano para bendecir a sus asesinos, pronunciando al mismo tiempo la jaculatoria: “¡Oh Dios mío!”, luego de lo cual, murió.
Luego de su muerte, ocurrieron numerosos milagros morales[2]  –entre ellos, la conversión de sus asesinos- y físicos –curaciones de todo tipo[3]-; el Papa Pío XI declaró a San Josafat Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos el 12 de noviembre de 1923, III centenario de su martirio[4].
San Josafat es el mártir del papado: dio su vida, testimoniando con el derramamiento de su sangre, las palabras de Jesús: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). San Josafat testimonió con su sangre que la Iglesia está fundada sobre Pedro, así como Pedro está fundado sobre Cristo y sobre el Espíritu Santo. Por lo tanto, el verdadero ecumenismo, es precisamente éste: dar testimonio de que la Única Iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica y que como tal, posee la totalidad de la Verdad Revelada y que Pedro, el Vicario de Cristo, posee la suprema autoridad sobre toda la Iglesia, sobre la Iglesia de Occidente y sobre la Iglesia de Oriente.







[1] Los rutenos. La Iglesia greco-católica rutena o Iglesia católica bizantina rutena es una de las Iglesias orientales católicas sui iuris en plena comunión con la Santa Sede de la Iglesia católica. Actualmente se encuentra dividida en tres jurisdicciones independientes entre sí aunque se considera al eparca de Mukachevo como el primado de honor de la iglesia rutena, pero sin ninguna autoridad sobre las otras. Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_cat%C3%B3lica_bizantina_rutena
[2] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/11/11-12_S_josafat.htm
[3] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/11/11-12_S_josafat.htm
[4] http://www.corazones.org/santos/josafat.htm

domingo, 9 de noviembre de 2014

San Martín de Tours y la verdadera caridad cristiana


         Un hecho sucedido en la vida de San Martín de Tours nos da la medida de cómo debe ser la verdadera caridad cristiana, además de hacernos reflexionar acerca de la Presencia invisible y misteriosa, pero no menos real y cierta, de Nuestro Señor Jesucristo en el prójimo más necesitado.
         En efecto, siendo joven y estando de militar en Amiens, Francia, un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”[1].
Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, cuenta que tan pronto Martín tuvo esta visión se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Luego se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Con relación al episodio sucedido con el mendigo, al cual San Martín le había dado la mitad de su manto, es en este episodio en donde podemos encontrar una de las principales enseñanzas de nuestro santo: por un lado, nos enseña que la verdadera caridad cristiana, no consiste en dar aquello que sobra, o lo que no se usa, o lo que se está a punto de tirar, sino lo que realmente nos sirve y nos es útil. Dar lo que no sirve, lo que es inútil, lo que se está a punto de arrojar al cesto de residuos, no es ni siquiera justicia. Muchas dependencias de Cáritas parroquiales parecen, en la actualidad, depósitos de residuos o de trastos viejos, porque los católicos se piensan que “hacer caridad con los pobres” es, precisamente, deshacerse de lo que ya no les sirve o de lo que están a punto de tirar, y para ahorrarse la molestia de arrojarlos ellos al cesto de los residuos, lo llevan a Cáritas parroquial. Sin embargo, San Martín de Tours nos da el ejemplo de cómo debe ser la verdadera caridad cristiana: dar de lo propio, de lo que estamos usando, de lo nos sirve; dar lo que está en buen estado; dar un objeto nuevo, y no uno en mal estado, o viejo, o roto, o que está a punto de estropearse.
La otra enseñanza que nos deja San Martín de Tours, en el episodio en el que comparte la mitad de su capa con el mendigo que se le aparece en el camino, y que finalmente resulta ser el mismo Jesucristo en Persona, es precisamente esto: que en el prójimo más desvalido y más necesitado, se encuentra presente, real y misteriosamente, Nuestro Señor Jesucristo. Esto se corresponde exactamente con las enseñanzas del Evangelio: al hablar del Día del Juicio Final, y de la recompensa que dará a los Bienaventurados y del castigo que merecerán los réprobos, Jesús tomará en cuenta las obras de misericordia realizadas y las que no se realizaron en los más necesitados. A los que se salven, les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, estuve desnude, y me vestisteis…”; y a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve desnudo, y no me vestisteis…” (Mt 25, 31-46).
La conmemoración de la santidad de vida de San Martín de Tours debe conducirnos a meditar acerca de la imperiosa necesidad de obrar la misericordia como requisito ineludible, si es que queremos salvar nuestras almas, puesto que no obtendremos misericordia si no somos capaces de dar misericordia (cfr. Lc 6, 36), como sí lo hizo San Martín de Tours.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm

domingo, 2 de noviembre de 2014

San Carlos Borromeo


San Carlos Borromeo se caracterizó por ser uno de los principales promotores del Concilio de Trento y por intentar llevar a la práctica las importantes reformas allí surgidas[1]. Se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli[2]. Convocó a un sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, que fueron tan acertado que el Papa escribió a San Carlos para felicitarlo[3].
En la diócesis de Milán, de la cual era su Arzobispo, se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban contaminadas por la superstición y profanadas por los abusos. La gran mayoría de los bautizados habían abandonado los sacramentos, ya sea porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y poco les importaba su correcta administración, o porque eran ignorantes o porque llevaban una vida no acorde a su dignidad sacerdotal. Además, los monasterios eran un completo desorden. En esa caótica situación, San Carlos Borromeo convocó concilios provinciales y sínodos diocesanos y aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo, las cuales fueron tan sabias y acertadas, que todavía hoy se las consideran como un modelo y se las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual y por los excesos de los reformadores protestantes[4]. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes[5].
Además, se caracterizó por su gran humildad, por su caridad, por su atención hacia los más necesitados y por vivir pobremente, a pesar de contar con grandes recursos económicos, debido a su alta condición jerárquica –era Arzobispo-; el motivo de su pobreza era que no utilizaba el dinero para sí mismo, sino para obras de caridad para los indigentes.
De toda la inmensa obra de San Carlos Borromeo, destacamos dos obras: la publicación del Catecismo y la Reforma de los libros litúrgicos, porque ambos constituyen el núcleo o el corazón, por así decirlo, de la vida espiritual del cristiano (en nuestros días, obviamente, se trata del Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por el Santo Padre Juan Pablo II, y el Misal de Pablo VI). Por el Catecismo, el cristiano conoce las Verdades de la Fe, reveladas por Jesucristo, y sin estas verdades, es imposible acceder a la salvación;  por la reforma de los libros litúrgicos, principalmente, los de la Santa Misa, el cristiano tiene acceso a la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, y por eso uno de sus nombres es el de “Santo Sacrificio del Altar”, y al tener acceso al Santo Sacrificio de la Cruz, tiene acceso a la Fuente misma de la salvación, el Sagrado Corazón de Jesús.
Hoy, como en tiempos de San Carlos Borromeo, se presentan tiempos similares, y si no más oscuros todavía, porque la religión católica, o se la conoce poco, o se la conoce mal, o si se la conoce, se la abandona masivamente, ya sea en la apostasía masiva, silenciosa, que se da de facto, en las grandes masas que domingo a domingo desertan de la Santa Misa por espectáculos deportivos o de cualquier clase, o por masas un poco más restringidas, más ideologizadas, pero que igualmente la abandonan, como las que conforman los movimientos de apostasía organizados, para los que cuentan con páginas web[6], personería legal y jurídica, etc.; además, muchos en el clero, al igual que en tiempos de San Carlos Borromeo, no conocen o conocen mal los sacramentos, y los administran peor aún. Es por estos motivos que la Santa Iglesia necesita de otros tantos San Carlos Borromeos –ya sean arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosas, laicos- que, iluminados por el Espíritu Santo, emprendan una silenciosa y fructífera tarea de catequizar y de salvar almas para el Reino de los cielos.





[1] http://www.santopedia.com/santos/san-carlos-borromeo
[2] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[3] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[4] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[5] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[6] Por ejemplo, el triste caso del sitio: http://www.apostasia.com.ar/

jueves, 30 de octubre de 2014

Solemnidad de Todos los Santos




         Antes de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, la Santa Iglesia celebra a los “santos”, es decir, a aquellos de sus hijos que han entrado ya a participar en el Banquete festivo del Reino de los cielos, y es una fiesta tan importante, que llama a esta fiesta: “Solemnidad”.
Pero, ¿quiénes son estos santos?
Los santos son los descriptos en el Apocalipsis, los que han “lavado sus mantos con la Sangre del Cordero”, los que han pasado grandes tribulaciones en sus vidas terrenas, pero todas las tribulaciones las han sobrellevado abrazados a la cruz y porque han estado abrazados a la cruz, han sido bañados y lavados con la Sangre del Cordero: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (7, 14) y por eso han sido encontrados sin mancha alguna, puros e inmaculados, pero no solo sin mancha alguna, sino revestidos “de toda gracia y perfección” (cfr. Ef 6, 10), porque sus almas estaban, al momento de morir, como el alma de la Virgen María, “llena de gracia”, porque además de hijos de Dios, son hijos de la Virgen, y sus almas resplandecen con la gracia, a imitación de su Madre, la Llena de gracia (cfr. Lc 1, 28); los santos son los “siervos buenos y fieles” (cfr. Mt 25, 21) que, durante sus vidas terrenas, han configurado sus almas y sus corazones a Jesucristo, el Hombre-Dios y así Dios Padre les ha granjeado la entrada a su Casa, para que “pasen a gozar del Reino que les tenía prometido” (cfr. Mt 25, 21), porque ha visto en ellos una copia y una imagen viviente de su Hijo Jesucristo y al verlos, ha visto en ellos a su mismo Hijo y los ha hecho pasar a su Casa; los santos son los que vivieron en esta vida terrena las Bienaventuranzas, y así merecieron ser llamados “bienaventurados” (cfr. Mt 5, 3-12): los santos son los que fueron “pobres de espíritu”, porque se reconocieron indigentes y necesitados de la luz, de la paz, de la alegría, del Amor, de la fortaleza y de la Sabiduría de Cristo Dios, y así se hicieron merecedores del Reino de los cielos y por ese motivo en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la pobreza espiritual: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; los santos son los que fueron “mansos y humildes de corazón” (cfr. Mt 11, 29), porque imitaron al Sagrado Corazón de Jesús, y así se hicieron “herederos de la tierra nueva y de los cielos nuevos” y por eso en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la mansedumbre del corazón, que los hizo ser una imagen viviente del Sagrado Corazón de Jesús: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”; los santos son los que “lloraron” con Jesús en el Huerto de Getsemaní y bebieron del cáliz de la amargura del Hombre-Dios y así fueron consolados por el mismo Hombre-Dios en Persona, en el Reino de los cielos, y por eso se cumplió en ellos a la perfección la Bienaventuranza de los que lloran junto al Hombre-Dios: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”; los santos son los que en esta vida no soportaron la injusticia de ver el Nombre Sacrosanto de Dios Uno y Trino, olvidado, menospreciado, injuriado, vilipendiado, y tampoco soportaron ver los innumerables ultrajes, las incontables ofensas, las increíbles profanaciones cometidas contra el Santísimo Sacramento del Altar, la Eucaristía, y es así que vivieron siempre con hambre y sed de justicia, porque deseaban ardientemente ver restaurados el Santo Nombre de Dios y el culto debido a la Santísima Eucaristía, y por eso merecieron ser saciados de su hambre y sed de justicia, en el Reino de los cielos, cumpliéndose en ellos a la perfección la Bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”; los santos son los que obraron las obras de misericordia corporales y espirituales para con sus prójimos más necesitados, porque veían en sus hermanos más necesitados al mismo Cristo en Persona que inhabitaba en ellos, y por eso Cristo los recompensó, según sus mismas palabras: “Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hecho”, y por haber obrado en su vida terrena la misericordia con los más necesitados, los santos obtuvieron, a la hora de su muerte, la Misericordia Divina, y así se cumplió en ellos a la perfección la Bienaventuranza de la Misericordia, reservada para los que obran la misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; los santos son los que conservaron sus cuerpos, sus mentes y sus corazones, puros y limpios, en estado de gracia, porque tenían siempre presente que el “cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y por eso se guardaban muy bien de no profanarlo, para no profanar a la Persona Tercera de la Trinidad, Dueña de sus cuerpos en virtud del Sacramento del Bautismo; pero además, conservaban en sus corazones la pureza del amor a Dios, desechando cualquier amor mundano y profano y en sus mentes brillaba la brillantez inmaculada de la Sabiduría Divina, por lo que detestaban con todas sus fuerzas el engaño, la mentira, el error, la herejía, la falsedad, y toda clase de falsedad, porque amaban a la Verdad Absoluta, la Verdad Encarnada, Jesucristo, y eran enemigos del Príncipe de las tinieblas, el Padre de la mentira, el Demonio, con el cual no tenían ningún tipo de trato, y por eso en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la pureza del corazón, y así es como ahora contemplan a Dios Trino, cara a cara, por toda la eternidad: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”; los santos son los que en esta vida terrena buscaron siempre la paz, pero no la paz del mundo, que es la paz del compromiso mundano a costa de renunciar a la Verdad; los santos buscaban la paz de Dios, que es la paz de Cristo, la paz que sobreviene al alma al saberse perdonada y amada por el Padre en Cristo Jesús, y la prueba de este perdón y amor es la Sangre del Cordero derramada en la cruz, Sangre que contiene al Espíritu Santo, el Amor de Dios; los santos amaban la paz de Dios, contenida en la Sangre de Cristo, Sangre que sellaba el perdón y el Amor de Dios en sus almas, pero a costa de ser incomprendidos por el mundo, y por eso se hicieron merecedores de la Bienaventuranza de ser llamados “hijos de Dios”: “Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”; los santos son los que siguieron al Cordero por el Camino Real de la Cruz, y por seguir al Cordero, fueron perseguidos por el mundo, y así se hicieron merecedores de la Bienaventuranza de ser perseguidos por causa de la justicia de Dios y se hicieron dignos del Reino de los cielos: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”; los santos son los que fueron injuriados, perseguidos y calumniados, por causa de Jesucristo,  así merecieron ser recompensados grandemente, con la vida eterna en los cielos, y merecieron alegrarse y regocijarse, con una alegría y regocijo sobrenaturales, celestiales, que nada ni nadie les puede quitar, nunca jamás, porque es la alegría y el regocijo que les transmite el mismo Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.
Los santos son entonces aquellos en quienes se cumplieron a la perfección las Bienaventuranzas proclamadas por Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña, pero son también aquellos en quienes se cumplió a la perfección la Nueva Bienaventuranza, la Bienaventuranza proclamada por la Santa Madre Iglesia desde el Nuevo Monte de las Bienaventuranzas, el Altar Eucarístico, por medio del sacerdote ministerial, en la Santa Misa, una vez producido el milagro de la Transubstanciación, cuando el sacerdote, ostentando la Eucaristía en alto, dice al Nuevo Pueblo Elegido: “Felices–es decir, bienaventurados, dichosos, alegres, benditos-, los invitados al banquete celestial -a la Mesa del Altar, al Banquete Eucarístico”[1]. Por esto, los santos son los que se alimentaron de la Eucaristía y prefirieron el Banquete Eucarístico antes que los banquetes de la tierra; los santos son los que despreciaron los manjares de la tierra, como si fueran cenizas, porque los más exquisitos manjares de la tierra, tenían para ellos sabor a cenizas, en comparación con el manjar de los manjares, ofrecido por la Santa Madre Iglesia en el Banquete Dominical: la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva  y Eterna, la Sagrada Eucaristía; los santos son los que prefirieron morir, literalmente hablando, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, tomando al pie de la letra lo que decían a Jesucristo, oculto en el sacerdote ministerial, al recitar la fórmula de la confesión sacramental: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”, porque sabían bien que el pecado mortal o el venial deliberado los privaba, en mayor y en menor medida, respectivamente, de la unión sacramental con el Amor Divino Encarnado, Jesucristo, y por no privarse de la unión sacramental con el Amor de los amores, preferían literalmente la muerte, antes que pecar mortalmente o con un pecado venial deliberado; los santos fueron los que entraron al Reino de Dios por la “Puerta Estrecha” (Lc 13, 22-30), que es la Santa Cruz de Jesús; son los que se esforzaron por cumplir los Mandamientos de Jesús, dictados desde la cruz, movidos por el amor a Jesús que brotaba de un corazón contrito y humillado, y no por el deseo del cielo, ni por el temor al infierno, y es por eso que el amor con el que amaron a Jesús fue un amor perfecto, porque no los movía ni las delicias del cielo, ni los dolores del infierno, sino el amor puro y ardiente a Jesús crucificado.
         Estos son los santos, a los cuales celebra la Santa Iglesia Católica, y a los cuales nos propone para que los imitemos: son los que amaron a la gracia santificante y a la Eucaristía, más que a la propia vida, y por eso mismo, ahora son bienaventurados, es decir, dichosos, alegres, felices, por toda la eternidad.



[1] Cfr. Misal Romano.

sábado, 25 de octubre de 2014

Santos Simón y Judas, Apóstoles


Los santos Simón y Judas fueron elegidos por Jesús para que fueran Apóstoles de su Iglesia; tuvieron la dicha de formar el grupo selecto de amigos que compartió con Jesús la Última Cena y, si bien defeccionaron brevemente en la durísima prueba que significó para todos los Apóstoles la Pasión de Jesús, pues al igual que todos los demás Apóstoles, huyeron a causa del miedo cuando los romanos apresaron a Jesús, sin embargo repararon largamente esta defección, al donar sus vidas martirialmente por Jesús, años más tarde. Según la Tradición, a San Simón lo mataron aserrándolo por la mitad del cuerpo y a San Judas Tadeo lo decapitaron y por ese motivo es representado con un hacha en la mano. La Iglesia de Occidente los celebra juntos[1], aunque la Iglesia de Oriente los celebra por separado.
Simón es “el Zelote” para distinguirlo de Simón Pedro, el príncipe del Colegio Apostólico; Judas es llamado “Tadeo” para distinguirlo de Judas el traidor; San Juan le llama expresamente “Judas, no el Iscariote”.
         Además de esto, es poco lo que se sabe de estos santos Apóstoles.
Con respecto a San Simón, es, de todos los Apóstoles, el menos conocido. Se sabe que pertenecía al partido hebreo religioso de los zelotes, caracterizados por su fidelidad a la ley mosaica y por su férrea oposición a la dominación romana y a sus costumbres paganas[2]. Los zelotes, partido al que pertenecía el Apóstol San Simón, esperaban a un mesías, que sería el Libertador de Israel; este Libertador al que ellos esperaban con ansias, era el anunciado por los profetas, por lo que escrutaban las Escrituras y los profetas y eran grandes conocedores de las mismas, ya que esperaban al Mesías que allí se anunciaba. Sin embargo, en los zelotes, el Mesías esperado es más bien de orden terrenal y nacional (en esto consistía su error, en que el Mesías que esperaban era de orden terrenal, político y nacional), y por eso la tensión se orienta hacia lo político y terreno, y es lo que hace que se desencadene lo que se conoce como “guerras judías”[3]. San Simón pertenece a este partido religioso-político hebreo, en donde el nacionalismo se mezcla con lo político y lo religioso y en donde la espera del Mesías se orienta hacia un horizonte más bien terreno. Es en estas circunstancias, en donde se da su conversión hacia el verdadero y Único Mesías, Jesucristo, el Hombre-Dios (Hech 21, 20).
         Según la Tradición, luego de su conversión, predicó la doctrina evangélica en Egipto, luego en Mesopotamia y después en Persia, ya en compañía de San Judas. En la lista de los apóstoles aparece ya al final, junto a su compañero San Judas (cfr. Mt 10, 3-4; Mc 3, 16, 19; Lc 6,13; Hch 1,13).
Con respecto a San Judas, de él los Evangelios registran solamente una intervención, y es durante la Última Cena, en el marco del mandamiento muevo de Jesús[4]; apenas finaliza Jesús de dar su mandamiento nuevo, interviene San Judas, diciendo: “Señor, ¿cómo ha de ser esto, que te has de mostrar a nosotros, y no al mundo?” (Jn 14, 22). En su pregunta hay ya un ardor apostólico y un deseo por dar a conocer a los demás el Amor de Jesús: si Jesús se da a conocer a ellos, San Judas quiere que se dé a conocer también a todos los hombres: es el deseo de quien verdaderamente conoce y ama al Sagrado Corazón, porque quien lo conoce y lo ama, no descansa hasta que no lo hace conocer y amar por todos sus hermanos.
¿Cómo fue el martirio de ambos Apóstoles?
Según la tradición, recogida en los martirologios romanos, el de Beda y Adón, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, nos dicen que San Simón y San Judas fueron martirizados en Persia[5], en la ciudad de Suamir, cuyos templos estaban repletos de ídolos. En ese lugar fueron hechos prisioneros los santos apóstoles. Simón fue conducido al templo del Sol y Judas al de la Luna, para que los adoraran, pero ante la presencia de los Santos Apóstoles los ídolos se derrumbaron estrepitosamente y de sus figuras desmoronadas salieron, dando gritos de odio, los demonios. Esto concuerda con lo que dice San Pablo: “Los ídolos de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 10, 19-21). Al ver esto, los sacerdotes paganos se volvieron contra los apóstoles y los martirizaron. Entonces, el cielo, que se encontraba en esos momentos, sereno y despejado, se cubrió repentinamente de oscuras y densas nubes, que desencadenaron una gran tempestad, la cual provocó la muerte de muchos de los presentes. El rey, que ya se había convertido al cristianismo por la predicación de los santos apóstoles, levantó un templo majestuoso, donde reposaron sus cuerpos hasta que fueron trasladados a la iglesia de San Pedro de Roma[6].
Al conmemorar a los santos apóstoles en su fiesta, podemos pedirles las siguientes gracias: a Simón, el zelote, que cambió la pasión de una causa terrena por el amor al Mesías verdadero, el Hombre-Dios Jesucristo, al punto de dar la vida y derramar su sangre por él, le pedimos que interceda por nosotros, para que tengamos siempre presente que esta vida terrena es finita y se termina pronto y que nos espera una eternidad de felicidad si somos fieles a la gracia y al Amor de Jesucristo; a San Judas, que movido por la caridad ardiente hacia el prójimo, le pidió a Jesús que también se manifestara a los demás (cfr. Jn 14, 22), y como prueba de su amor a Jesús, no se quedó en la pregunta, sino que ofreció a Jesús, para que a través suyo, Jesús se manifestara “al mundo” –porque la sangre derramada de los mártires es semilla de nuevos cristianos y por lo tanto es manifestación del Espíritu de Cristo a través del mártir-, le pedimos que interceda para que también Jesús se manifieste “al mundo” a través nuestro, y así le decimos a Jesús, por intermedio de San Judas: “Jesús, que seas carne en mi carne, sangre en mi sangre, alma en mi alma, para que todo aquel que me vea, Te vea, y todo aquel que me oiga, Te oiga. Amén”.




[1] http://www.corazones.org/santos/judas_tadeo.htm
[2] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.