San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 22 de noviembre de 2016

San Ildefonso


Vida de santidad.

Obispo de Toledo, España, nació en el 606 y murió en el 669. Estudió en Sevilla bajo San Isidoro, entró a la vida monástica y fue elegido abad de Agalia, en el río Tajo, cerca de Toledo.  En el 657 fue elegido arzobispo de esa ciudad. Unificó la liturgia en España; escribió muchas obras importantes, particularmente sobre la Virgen María. Como sacerdote y obispo, San Ildefonso era eminentemente mariano, cultivando una gran devoción a la Inmaculada Concepción XII siglos antes de que se proclamara dogmáticamente[1]. Como escritor fue un buen representante en el mundo de las letras y del saber visigótico. Escribió sobre el Bautismo, continuó el tratado de san Isidoro sobre Los varones ilustres, pero, sobre todo, es famoso por el “Tratado de la Perpetua Virginidad de María”[2].

Mensaje de santidad.

Sucedió que una noche de diciembre, él, junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. un poco antes de llegar, encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Ante lo desconocido, los que acompañaban al santo huyeron excepto Idelfonso y sus dos diáconos, quienes se animaron a entrar, llegando a acercarse hasta el altar. En ese momento fue que se encontraron ante ellos con nada menos que la Madre de Dios, como la Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo y rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. Por medio de un delicado gesto con la cabeza, la Virgen le pidió a San Ildefonso que se acercara y una vez que estuvo cerca, Ella, fijando sus ojos sobre él, le dijo: “Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”. Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor. Esta aparición y la casulla, tuvieron pruebas tan claras de ser verdaderamente reales, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece incluso documentado en el Acta Sanctorum como “El Descendimiento de la Santísima Virgen y su Aparición”. Tanto la aparición de la Virgen, como la casulla, fueron premios del cielo dados a San Ildefonso por su amor a la Virgen y por haber defendido su Inmaculada Concepción.
¿Y qué sucede con aquellos hijos de la Virgen, que no tenemos los méritos de San Ildefonso? No nos deja Nuestra Madre desamparados, puesto que, sin merecerlo de nuestra parte, la Virgen nos concede, no una casulla de tela sobre el cuerpo, sino la gracia de su Hijo Jesucristo, sobre el alma.



[1] http://www.corazones.org/santos/ildefonso.htm
[2] Cfr. ibidem.

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