En la
imagen de San Expedito se puede ver que el santo, con uno de sus pies, aplasta
a un cuervo negro, que a su vez lleva en su pico la inscripción “cras” (que
significa “mañana” en latín), mientras que en la mano derecha sostiene una cruz
blanca, con la inscripción “hodie” (“hoy”, también en latín).
¿Qué
significa esto?
El
cuervo que San Expedito aplasta, no es en realidad un cuervo, sino que es el
demonio, el ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, que se había disfrazado
de cuervo para poder acercarse a San Expedito y así tentarlo. Como sabemos, el
santo, que era pagano, recibió una gracia extraordinaria: fue iluminado con la
luz del Espíritu Santo, y vio con toda claridad la vida de pecado que llevaba,
y la gracia de la conversión que le ofrecía Jesús desde la
Cruz. El demonio, al enterarse de que San
Expedito había recibido esta gracia, se apresuró a ir delante suyo para
persuadirlo de que no acepte la gracia de la conversión. Como su aspecto es
extremadamente pavoroso, y su ausencia de gracia lo convierte en un monstruo
espantosamente horrible, él sabía que si se presentaba así como era, el santo
lo rechazaría inmediatamente, si no moriría de susto antes, con lo cual quedaba
frustrada su empresa. Por lo tanto, decidió convertirse en un cuervo negro,
horrible, pero al menos más aceptable que lo que él era en la realidad. Se
acercó primero volando, y luego quedó cerca de San Expedito, al alcance de sus
pies.
En todo momento le repetía:
“Cras, cras”, es decir, “mañana, mañana”, pretendiendo que el santo dejara la
conversión para el otro día, cuando es bien sabido que no tenemos asegurado ni
un solo segundo de vida. Tenía la esperanza de que el santo rechazara la gracia
de la conversión, y como pretendía asesinarlo, quería que muriera en pecado,
para así poder arrastrarlo al infierno y torturarlo por toda la eternidad.
Ahora bien, lo que el
demonio quería hacer con San Expedito, es lo que quiere hacer con toda alma
humana, incluidas las nuestras, por eso es conveniente fijarnos en cómo
actuaron los santos frente a la tentación, para obrar nosotros de la misma
manera.
San Expedito no consentió
nunca a la tentación, y llevado por la fuerza divina que emana de la Cruz, aplastó la cabeza del
demonio disfrazado de cuervo, levantando la cruz en alto y diciendo al mismo
tiempo: “Hodie”, es decir “Hoy”. San Expedito nos enseña cómo se debe actuar
frente a la tentación: debe ser aplastada con la fuerza de la Cruz de Cristo. Para eso, es
necesaria mucha oración, y tener siempre en la mano, en la mente y en el
corazón, el santo crucifijo.
Hoy el demonio está más
activo que nunca multiplicando las tentaciones, y una de las principales, es la
de no rezar, la de dejar la Santa Misa
y la oración, haciendo creer que estas dos cosas, necesarias para ir al cielo,
son una pérdida de tiempo, y que es más divertido ocupar el tiempo viendo
Internet, televisión, cine, o escuchando música, o haciendo cualquier
actividad, con tal de no asistir a Misa y no rezar el Rosario.
Cuando tengamos esta tentación,
tenemos que decir, como San Expedito, con la Cruz en alto: “Hodie”, “Hoy rezaré y haré el
propósito de nunca más faltar a Misa el Domingo, hasta el día de mi muerte,
hasta el día en que vea cara a cara a mi Señor Jesucristo”.
En la
imagen de San Expedito se puede ver que el santo, con uno de sus pies, aplasta
a un cuervo negro, que a su vez lleva en su pico la inscripción “cras” (que
significa “mañana” en latín), mientras que en la mano derecha sostiene una cruz
blanca, con la inscripción “hodie” (“hoy”, también en latín).
¿Qué
significa esto?
El
cuervo que San Expedito aplasta, no es en realidad un cuervo, sino que es el
demonio, el ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, que se había disfrazado
de cuervo para poder acercarse a San Expedito y así tentarlo. Como sabemos, el
santo, que era pagano, recibió una gracia extraordinaria: fue iluminado con la
luz del Espíritu Santo, y vio con toda claridad la vida de pecado que llevaba,
y la gracia de la conversión que le ofrecía Jesús desde la
Cruz. El demonio, al enterarse de que San
Expedito había recibido esta gracia, se apresuró a ir delante suyo para
persuadirlo de que no acepte la gracia de la conversión. Como su aspecto es
extremadamente pavoroso, y su ausencia de gracia lo convierte en un monstruo
espantosamente horrible, él sabía que si se presentaba así como era, el santo
lo rechazaría inmediatamente, si no moriría de susto antes, con lo cual quedaba
frustrada su empresa. Por lo tanto, decidió convertirse en un cuervo negro,
horrible, pero al menos más aceptable que lo que él era en la realidad. Se
acercó primero volando, y luego quedó cerca de San Expedito, al alcance de sus
pies.
En todo momento le repetía:
“Cras, cras”, es decir, “mañana, mañana”, pretendiendo que el santo dejara la
conversión para el otro día, cuando es bien sabido que no tenemos asegurado ni
un solo segundo de vida. Tenía la esperanza de que el santo rechazara la gracia
de la conversión, y como pretendía asesinarlo, quería que muriera en pecado,
para así poder arrastrarlo al infierno y torturarlo por toda la eternidad.
Ahora bien, lo que el
demonio quería hacer con San Expedito, es lo que quiere hacer con toda alma
humana, incluidas las nuestras, por eso es conveniente fijarnos en cómo
actuaron los santos frente a la tentación, para obrar nosotros de la misma
manera.
San Expedito no consentió
nunca a la tentación, y llevado por la fuerza divina que emana de la Cruz, aplastó la cabeza del
demonio disfrazado de cuervo, levantando la cruz en alto y diciendo al mismo
tiempo: “Hodie”, es decir “Hoy”. San Expedito nos enseña cómo se debe actuar
frente a la tentación: debe ser aplastada con la fuerza de la Cruz de Cristo. Para eso, es
necesaria mucha oración, y tener siempre en la mano, en la mente y en el
corazón, el santo crucifijo.
Hoy el demonio está más
activo que nunca multiplicando las tentaciones, y una de las principales, es la
de no rezar, la de dejar la Santa Misa
y la oración, haciendo creer que estas dos cosas, necesarias para ir al cielo,
son una pérdida de tiempo, y que es más divertido ocupar el tiempo viendo
Internet, televisión, cine, o escuchando música, o haciendo cualquier
actividad, con tal de no asistir a Misa y no rezar el Rosario.
Cuando tengamos esta tentación,
tenemos que decir, como San Expedito, con la Cruz en alto: “Hodie”, “Hoy rezaré y haré el
propósito de nunca más faltar a Misa el Domingo, hasta el día de mi muerte,
hasta el día en que vea cara a cara a mi Señor Jesucristo”.
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