San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 27 de diciembre de 2010

Herodes busca al Niño para matarlo


“Herodes va a buscar al niño para matarlo” (cfr. Lc 2, 13-15). En el Nacimiento del Niño, se ponen de manifiesto contraste por un lado, los deseos y las intenciones de los hombres, que buscan matarlo: “Herodes busca al Niño para matarlo”, y por otro, la intención divina buscada en la Encarnación de Dios Hijo, que es la glorificación de Dios en los cielos, y el don de la alegría y de la paz a los hombres en la tierra, tal como lo proclaman los ángeles: “Os anuncio una gran alegría, os ha nacido un Salvador” (Lc 2, 10-11…); “De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad” (Lc 2, 13-14).

Mientras los ángeles anuncian la alegría que viene del cielo, porque Dios ha enviado a su Hijo a la tierra, y mientras los ángeles entonan cánticos de alabanza, al tiempo que auguran paz a los hombres, en la tierra, la respuesta es la muerte: “Herodes busca al niño para matarlo”.

Al Amor sin límites, al Amor incomprensible, e infinitamente grande, que Dios demuestra a los hombres, enviando a su Hijo a encarnarse en el seno de María Virgen para ofrendar su vida por ellos, estos le responden con un odio deicida que asombra a los mismos ángeles: “Herodes busca al niño para matarlo”.

Mientras los pastores y los Reyes Magos, iluminados por el Espíritu de Dios, acuden al Pesebre a adorar al Niño porque reconocen en ese Niño a Dios oculto, Herodes busca, oscurecida su alma por las tinieblas –y junto con él, los hombres que se asocian a los ángeles caídos en su odio a Dios-, busca matarlo: “Herodes busca al niño para matarlo”. Esto demuestra que lo anunciado por el profeta Isaías, de que el hombre vive en “oscuras regiones de muerte” (cfr. Is 9, 1-2), es verdad, puesto que es la oscuridad de las tinieblas la que impide que llegue la luz de Dios.

Y debido a que el que se mueve en tinieblas no puede ver, en su ceguera espiritual, Herodes asesina a niños inocentes, con la esperanza de que alguno de ellos sea el que busca. Así, los santos inocentes son los primeros mártires, puesto que derraman su sangre por el Niño de Belén, que es el Cordero de Dios, quien al derramar más tarde su sangre en la cruz, se convertirá en el Rey de los mártires.

La actitud de Herodes, que se continúa multiplicada casi al infinito al día de hoy –son modernos Herodes aquellos que pervierten en el espíritu a los niños, enseñándoles a adorar a Satanás, como las películas de Harry Potter, o los que pervierten a los niños en sus cuerpos, enseñándoles el permisivismo en materia sexual, o los que buscan la eliminación de la vida física de los niños por nacer-, es el reflejo y la continuación de la lucha que, iniciada en el cielo, continúa en la tierra y continuará hasta el fin de los tiempos: “Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos” (Ap 12, 7-8). El demonio y sus ángeles son derrotados en el cielo, pero al ser expulsados, caen a la tierra: “Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo" (Ap 12, 12).

Los modernos Herodes, aquellos que buscan ya sea la muerte espiritual o la física o la corrupción de los niños, no son simplemente corruptores del orden moral: son agentes al servicio de los ángeles caídos, que pretenden juntos instaurar un reino de oscuridad y de tinieblas, de error y de perversión, opuesto al Reino de luz, de gracia, de amor y de paz, que el Niño de Belén viene a inaugurar con su Encarnación y Nacimiento. Y logran cada vez más su objetivo, debido a la pasividad, a la indiferencia y, en muchos casos, a la complicidad de aquellos llamados a adorar al Niño.

martes, 21 de diciembre de 2010

Morir antes que pecar




En la breve vida terrena de Santo Domingo Savio, se destacan algunos episodios que llevaron a la santidad a este niño.
Uno de esos hechos ocurrió en el día de su Primera Comunión. Santo Domingo escribió lo siguiente: “Propósitos que yo, Domingo Savio, hice el año de 1849, a los siete años de edad, el día de mi Primera Comunión”:
1. “Me confesaré muy a menudo y recibiré la Sagrada Comunión siempre que el confesor me lo permita”.
2. “Quiero santificar los días de fiesta”.
3. “Mis amigos serán Jesús y María”.
4. “Antes morir que pecar”.
De todos estos propósitos, el último, morir antes que pecar, muestra el gran aprecio de la gracia que tenía Santo Domingo Savio.
Santo Domingo prefería morir a la vida terrena, antes que morir a la vida celestial, porque por morir a la vida terrena nadie se iba al infierno, en cambio, por morir a la vida del cielo, es decir, por el pecado, las almas sí se condenan. Santo Domingo sabía que la gracia es el regalo más grande y hermoso que puede un alma recibir, y que su valor era incalculable, y por eso estaba dispuesto a perderlo todo, aún su vida terrena, antes que perder la gracia. Por la gracia, somos convertidos en hijos adoptivos de Dios, y Dios se convierte en nuestro Padre celestial; por la gracia, somos convertidos en hijos de la Virgen María, y la Virgen María se convierte en nuestra Madre del cielo; por la gracia, somos convertidos en hermanos de Jesús, y Jesús viene a habitar en nuestro corazón, así como habita en los cielos. Por la gracia, todo el cielo es para nosotros, todo entero, y todavía más, mucho más que el cielo, son para nosotros las Tres Personas de la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Por el contrario, por el pecado, el alma se envuelve en oscuridad, porque se aleja de Dios, que es luz, y como está alejado de Dios, porque lo ha ofendido, entonces no puede comulgar, y eso es lo más triste de todo. Santo Domingo Savio sabía todo este enorme valor de la gracia, y por eso, antes de pecar, es decir, antes de perder la gracia, y antes que dejar de comulgar, prefería morir.
Otro episodio que revela su gran aprecio por la gracia divina, sucedió cuando Santo Domingo tenía doce años. Acababa de escuchar un sermón de Don Bosco, en donde les había pedido a sus alumnos que fueran santos, pero Santo Domingo se pone triste porque como no lo dejan hacer penitencia por su corta edad –por ejemplo, no lo dejan usar piedritas en los zapatos-, cree que no va a poder llegar a la santidad. Dentro suyo, quiere ser santo, y por eso siente la voz de Don Bosco que le dice: “Domingo, tienes que ser santo, Dios lo quiere”. Pero también siente una oscura voz que le dice: “No vas a poder ser santo. No vas a poder”. Santo Domingo se aparta de sus amigos, y se va a un rincón del oratorio a llorar. Allí lo encuentra Don Bosco quien, enterado de su dilema, le hace ver que para ser santos, no hacen falta ni obras extraordinarias, ni grandes penitencias, sino estar siempre alegres, haciendo lo que se debe hacer, en el momento en que se debe: si es tiempo de rezar, hay que rezar; si es tiempo de estudiar, hay que estudiar; y si es tiempo de jugar, correr, reír, saltar y cantar, es decir, jugar.
Santo Domingo comprendió lo que Don Bosco le decía: la santidad consiste en hacer lo que un niño de su edad debía hacer: estudiar, rezar, jugar.
A partir de entonces, Santo Domingo repetía una frase que había aprendido de Don Bosco: “Para nosotros aquí ser santos quiere decir estar siempre muy alegres”. Y también escribía en un cuaderno una frase de Don Bosco: “Servid al Señor con alegría”.
Otra cosa que le había dicho Don Bosco era: “No necesitas hacer grandes penitencia. Con soportar pacientemente y por amor a Dios, el calor, el frío, las enfermedades, las molestias, y a los compañeros y superiores, ya tienes bastante”.
Es decir, para ser santos, no hace falta hacer grandes obras, ni siquiera grandes milagros. Para ser santos, basta hacer como hizo Jesús: Jesús amó a todos por igual, a aquellos que lo querían, y a los que no lo querían, a los buenos y a los malos, a los ricos y a los pobres, sin hacer distinción de nada, y sufrió mucho en la cruz, para salvarnos a todos.
Un último episodio nos muestra el gran amor que Santo Domingo tenía a Jesús Eucaristía. Para él, ser monaguillo, era el premio más grande que podía recibir, y por eso Don Bosco lo enviaba vestido de monaguillo, para participar de la procesión del “Corpus Christi”. Cuando comulgaba, nunca lo hacía distraído, sino con una gran concentración, y con mucha piedad y devoción, y después de comulgar, daba gracias a Jesús, permaneciendo arrodillado durante largos ratos delante del sagrario.
Una vez sucedió un hecho extraordinario. Sus amigos pensaban que se había extraviado, porque no lo podían encontrar desde hacía varias horas.
Le avisan a Don Bosco, y a éste se le ocurre ir a buscarlo en la iglesia. Lo encuentra arrodillado detrás del altar, un poco escondido, y lo toca suavemente. Santo Domingo le pregunta si la Misa ya ha terminado, y Don Bosco le dice que ya son las tres de la tarde: Santo Domingo había permanecido en éxtasis, durante más de cinco horas.
Probablemente nosotros nunca tendremos esos éxtasis de Santo Domingo, pero sí podemos amar lo que él amaba, la vida de la gracia y la Eucaristía, y también podemos hacer nuestro su propósito que lo llevó al cielo: “Morir antes que pecar”.

Morir de amor por Jesús Eucaristía


Si alguien muriera de amor, iría directamente al cielo. ¿Se puede morir de amor? ¿Puede alguien estar tan pero tan contento, que se muere de felicidad?

Es posible morir de amor, porque eso fue lo que le pasó a una santa niña, la beata Imelda, que tenía once años cuando le pasó lo que vamos a contar.

Imelda murió a los once años, cuando hizo la Primera Comunión, pero desde muy pequeñita comenzó a mostrar su gran amor a Jesús y a la Virgen. Por ejemplo, antes de comenzar a decir “papá” y “mamá”, pronunciaba los nombres de Jesús y María, y cuando lloraba, como lloran todos los niños, dejaba de llorar cuando alguien decía “Jesús” o “María”.

A veces la encontraban con los brazos levantados en alto, en oración, y con los ojos llenos de lágrimas. Otras veces, cuando en el palacio en donde vivía se organizaba una fiesta familiar, en vez de ir a jugar con niños de su edad, se retiraba a la capilla del palacio para rezar delante del Sagrario, y ahí pasaba horas y horas arrodillada delante de Jesús Sacramentado. Ella misma se encargaba de adornar el Sagrario con flores.

Ya un poco más grande, cuando ya sabía hablar, le rezaba mucho a la Virgen, a la que llamaba la “Madre de Dios”, y a pesar de que no podía comulgar, porque en ese entonces no se daba la comunión a los niños pequeños, tenía mucha devoción y mucho amor a Jesús Sacramentado.

Cuando cumplió nueve años, Dios la llamó para entrar en el convento, y a pesar de que era muy pequeña, la dejaron entrar en el convento de las dominicas.

En el convento, Imelda veía cómo las hermanas comulgaban en la misa, y cuando las veía comulgar, sentía un gran deseo de unirse a Jesús Sacramentado, pero no podía hacerlo porque en esa época los niños no tomaban la Primera Comunión.

Imelda veía comulgar a las hermanas, y no entendían cómo las hermanas seguían vivas después de comulgar; no entendía cómo podía haber gente que no muriera de amor después de recibir a Jesús en la Eucaristía.

Todo lo que deseaba Imelda en su vida era comulgar, poder unir su corazón de niña al Corazón de Jesús.

Un día, el 12 de mayo de 1333, después que terminó la Misa y se fueron las hermanas, Imelda se quedó delante del Sagrario, arrodillada, llorando porque no había podido recibir a Jesús Eucaristía.

Entonces, sucedió un milagro: salió una luz muy blanca y muy brillante del Sagrario, a la par que comenzó a sentirse en todo el convento un exquisito perfume que salía del Sagrario. Las monjas se extrañaron por lo que pasaba, y como el perfume era más intenso en la capilla, fueron a ver qué era lo que pasaba. Con gran sorpresa, encontraron a Imelda arrodillada delante del sagrario, y encima de su cabeza, una hostia que flotaba en el aire. La Hostia daba la impresión de querer acercarse a Imelda, que se encontraba de rodillas y con las manos juntas en oración.

El Padre que había celebrado la misa, se dio cuenta de qué era lo que Jesús quería decirle: que quería entrar en el corazón de Imelda, entonces se revistió, tomó la Hostia que estaba en el aire, y luego le dio la comunión a Imelda. Entonces Imelda cerró los ojos, juntó las manos, inclinó la cabeza, y se quedó así, arrodillada, durante un tiempo. Más tarde, las hermanas vieron cómo su color rosado se convertía en blanquecino, y cuando se acercaron, se dieron cuenta de que Imelda había muerto de amor.

Ella se extrañaba de cómo se podía recibir la Comunión y no morir de amor, y por eso, cuando recibió su Primera Comunión, murió de amor, de alegría y de felicidad.

Desde que los Papas declararon que estaba en el cielo, es patrona de los niños de Primera Comunión.

Imelda murió a los once años, y no murió de ninguna enfermedad, porque ella era muy pero muy sana, sino que murió de alegría, de felicidad y de amor a Jesús Eucaristía. Amaba tanto a Jesús Eucaristía, que ya no quería más estar en este mundo, sino que quería estar con Jesús en el cielo, para siempre, y por eso Jesús se la llevó con Él, para cumplir el deseo de su corazón.

¿Qué fue lo que pasó con Imelda? ¿Por qué murió? Con Imelda pasó algo distinto que pasa cuando alguien muere: cuando uno muere, el corazón deja de latir, y la sangre deja de circular. Pero en el caso de Imelda, cuando recibió la Comunión, su corazón no sólo no dejó de latir, sino que comenzó a latir junto al Corazón de Jesús Eucaristía, y la sangre que corría por su corazón era la sangre de Jesús, y el amor que había en el Corazón de Jesús, era el amor que llenaba el corazón de Imelda. Y como el amor de Jesús produce tanta alegría y tanta felicidad, Imelda se llenó tanto de Jesús, que ya no quería quedarse más en la tierra, y entonces Jesús se la llevó con Él.

El corazón de Imelda ahora late para siempre, en el cielo, con la fuerza del Amor de Jesús.

jueves, 16 de diciembre de 2010

San Virila de Leire y la eternidad


¿Cuál es el sentido de establecer la genealogía de Jesucristo? (cfr. Mt 1, 1-17). Una respuesta nos diría que, tratándose Jesucristo de un líder religioso y moral con cierta predicación, es necesario, como con todo personaje importante en la historia, establecer sus orígenes.

Otra respuesta nos diría que se trata de una certificación histórica, llevada a cabo para comprobar la veracidad de la existencia de un ser histórico, es decir, que nació, vivió y murió en un tiempo determinado de la historia humana.

Una y otra respuesta son válidas, al intentar responder el porqué de la genealogía de Cristo, pero nos quedaríamos en un plano puramente racionalista si no intentáramos ir más allá.

La respuesta última se vislumbra en la constitución misma de Cristo: Cristo es Hombre, pero al mismo tiempo es Dios: Él es el Hombre-Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, y como tal, como Dios, es eterno; aún más, es la eternidad en sí misma.

Esto quiere decir que con la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la eternidad de Dios ha entrado en el tiempo, o más bien, el tiempo ha sido asumido en la eternidad divina, y es así como el tiempo humano, a partir de la Encarnación, toma un nuevo sentido, adquiere una nueva dirección, la eternidad divina: el tiempo se encamina hacia la consumación del tiempo, en la eternidad. Cuando los vértices espacio-tiempo converjan en la eternidad, entonces desaparecerá el tiempo, y la eternidad será manifiesta a la humanidad.

La descripción de la genealogía de Jesucristo, en Adviento, antes de Navidad, no es simplemente para establecer la veracidad histórica de su figura: es para recordarnos que, en Cristo, el tiempo humano –y por lo mismo, mi tiempo personal- adquiere una dimensión de eternidad: lo obrado en el tiempo repercute en la eternidad, sea para bien o para mal, porque también existe la eternidad negativa, es decir, la eternidad vivida en la ausencia del Dios verdadero.

¿Cómo darnos una idea de la eternidad, esta eternidad en la que ya estamos inmersos, de la cual participamos ya, desde esta vida, desde el momento en que por el Bautismo hemos sido injertados en la vida eterna del Hombre-Dios, que es la vida de la Trinidad?

Un ejemplo real de un santo real puede ayudarnos a darnos una ligera idea. San Virila, abad de Leire –su figura histórica está perfectamente documentada en el Libro gótico de San Juan de la Peña-, vivía muy preocupado por la eternidad, y meditaba con mucha frecuencia sobre la misma. Un día, en primavera, se internó en el bosque, distraídamente, llevado precisamente por la meditación sobre la eternidad. De pronto, apareció un ruiseñor, que comenzó a cantar, con trinos y gorjeos muy melodiosos, y San Virila, fascinado por el canto del pájaro, se durmió en Dios. Cuando se despertó, se dio cuenta de que se había extraviado, porque no encontraba el camino de regreso, hasta que, caminando, pudo reconocerlo, con el monasterio al fondo. Comenzó a caminar en dirección al monasterio, pero a medida que se acercaba, notaba que el monasterio era ahora más grande. Llegó a la portería, golpeó la puerta, pero cuando salieron los monjes, nadie lo reconoció. Entró en el monasterio, comenzó a buscar en los archivos, y ahí encontró el nombre de un abad de nombre Virila, “que se había perdido en el bosque”, hacía trescientos años. El milagro causó gran admiración y estupor, y en acción de gracias se cantó un Te Deum. Al final del canto, se oyó la voz de Dios: “Virila, tú has estado trescientos años oyendo el canto de un ruiseñor y te parecido un instante. Los goces de la eternidad son mucho más perfectos”. En ese momento, entró un ruiseñor por la puerta de la iglesia con un anillo abacial en el pico, y lo colocó en el dedo del abad, que fue abad hasta el día en que Dios lo llamó a su gloria eterna.

La historia de San Virila consta en el monasterio benedictino flamenco de Afflighem; en Francia es traducida par el obispo de París y lo reproduce en 1212, Jacobo de la Vorágine; lo narra también la Cantiga CIII de Alfonso X el Sabio; y existe la misma relación en el monasterio cisterciense gallego de la Armenteira, cuyo abad es San Ero.

No seamos tan ligeros al comulgar, pensando en quién sabe qué cosa, porque al comulgar algo que parece pan, incorporamos el Ser eterno de Dios Uno y Trino.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Santa Margarita y el Sagrado Corazón


“Me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba que tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al mismo tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni se enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de mi cruz que te reportará más humillaciones que consuelos”.

Repasemos lo que sucede: Jesús le pide el corazón a Santa Margarita, y lo coloca en el suyo; le hace ver que su corazón es como “un pequeño átomo” que se consume en un “horno encendido”, es decir, le hace ver la pequeñez de su amor y de su corazón, en relación a la inmensidad del amor del corazón del Hombre-Dios; se lo devuelve en forma de llama, que tiene a su vez la forma de un corazón, y se lo coloca nuevamente en su pecho. Es decir, lo que hace Jesús es convertir el corazón humano en una copia de su Sagrado Corazón: lo devuelve hecho una llama de amor, una chispa de las más vivas llamas del amor divino. Un corazón así transformado, se caracteriza por poseer el amor ardiente del Sagrado Corazón, que es un amor humano y divino, porque el amor del Sagrado Corazón posee el amor infinito de Dios Hijo y el amor humano perfectísimo del Hombre-Dios.

Lo que se lleva a cabo entre Jesús y Santa Margarita es un intercambio: ella le da la nada de su corazón, y Jesús le devuelve un corazón transformado en una copia y prolongación de su propio corazón.

La comunión sacramental es algo similar, y todavía más profundo: dejamos, ante el altar, nuestro corazón, vacío, pequeño como un átomo, duro como una piedra, frío como el mármol, y recibimos en cambio no un corazón transformado en una llama de amor vivo, como Santa Margarita, sino que recibimos a ese horno ardiente de Amor divino que es el Sagrado Corazón: recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

De lo que tenemos que tomar conciencia es que el don que Jesucristo nos hace en cada comunión es demasiado grande para desperdiciarlo o para dejarlo pasar por alto.

La comunión eucarística no puede nunca ser un acto banal, mecánico, distraído, rutinario, que no lleve a la transformación del corazón propio en una copia y en una imitación del Sagrado Corazón de Jesús. Si se comulga así, es preferible no comulgar: si la comunión eucarística diaria o dominical no lleva a esta transformación, no solo comulgamos en vano, sino que comulgamos nuestra propia condenación.

Al comulgar, dejemos ante el altar nuestro corazón duro, farisaico, vacío, frío como el mármol, y recibamos a cambio al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para que sea él quien ocupe el lugar de nuestro corazón.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sor Isabel y la adoración a la Trinidad, en el tiempo y en la eternidad


La inhabitación de la Trinidad en el alma del justo por la gracia es una de las verdades centrales de la religión católica, y tal vez el misterio más asombroso de todos los misterios divinos, pues implica una donación de las Tres Divinas Personas al alma, de un modo tal que el alma las puede considerar de su propiedad, porque Dios, mediante la gracia, viene al alma de un modo substancial y trinitario[1]. Por virtud de la gracia están presentes en la criatura el Hijo y el Espíritu, como distintos del Padre y distintos entre sí mediante una imagen real, de modo que inhabitan realmente en la criatura en su substancia y en su personalidad[2].

Como si esto fuera poco, la Presencia de las Divinas Personas en el alma tiene otra asombrosa característica, y es que el alma recibe la donación de las Personas para su goce y alegría personal. Es decir, la donación de sí mismas, de las Tres Personas de la Trinidad, al alma en gracia, es de una totalidad y de una plenitud tal, que el alma las puede considerar como si fueran de su propiedad personal, y puede alegrarse por esto con una alegría verdaderamente celestial y sobrenatural[3].

La inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia es un misterio de amor y de misericordia, porque nada hay en la criatura que lleve a Dios Trino a hacer semejante don: sólo la gracia, concedida por el amor misericordioso del Corazón de Cristo, hace posible la existencia de tan asombroso misterio, que abre, para cada alma, perspectivas inimaginables de felicidad y de alegría eterna y celestial.

La Presencia de la Trinidad significa la inmersión del alma en el amor divino, porque el Espíritu Santo, la Persona del Amor, que procede, se ofrece por las Personas producentes (el Padre y el Hijo), y este don y esta procesión se dan al alma para que goce y disfrute, a la Persona Amor de la Trinidad y, en Ella, al Padre y al Hijo, de quienes procede[4].

Sor Isabel de la Trinidad vivió, desde los inicios de su vida espiritual –experimentó por primera vez la Presencia de la Trinidad en su alma a los dieciocho años-, esta Presencia trinitaria como una realidad viva y actuante en ella. Dice así Sor Isabel: “El Espíritu Santo eleva el alma a una altura tan admirable que le hace capaz de aspirar en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo[5]. Pensar que el buen Dios nos ha llamado a vivir en estas claridades santas... Yo quisiera responder pasando sobre la tierra, como la Santísima Virgen... para perderme en la Trinidad que mora allí, para transformarme en ella».

En su noviciado escribe que vive el cielo en la tierra, debido al descubrimiento de la Presencia de Dios en su alma: «He hallado mi cielo en la tierra porque el cielo es Dios, y Dios está en mi alma». El descubrir a Dios la lleva a querer vivir en Él y de Él: “En Tu hoguera de amor quiero habitar, bajo los rayos de Tu faz brillante. Quiero vivir de Ti como en el cielo, en esa incomparable, dulce paz”.

Como consecuencia del descubrimiento de la inabitación trinitaria en ella, Sor Isabel descubre a su vez su vocación eterna: “ser alabanza de gloria de la Trinidad”, y esta vocación la empieza a vivir ya desde la tierra, como anticipo de lo que habrá de vivir en la eterna bienaventuranza.

Su ocupación aquí en la tierra será entonces imitar a los ángeles y santos en el cielo, que adoran a la Santísima Trinidad, porque ella habrá de adorar a las Divinas Personas en ese “cielo en la tierra” que es su alma, colmada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: “¿Cómo imitar en el cielo de mi alma esta ocupación incesante de los bienaventurados en el cielo de su gloria? ¿Cómo continuar esta alabanza y esta adoración ininterrumpidas?... El alma que penetra y mora en estas "profundidades de Dios" (…) esta alma se arraiga más profundamente en Aquel a quien ama con cada uno de sus movimientos, con cada una de sus aspiraciones, con cada uno de sus actos... Todo en ella rinde homenaje a Dios tres veces santo".

Esta alma es, por así decirlo, un Sanctus perpetuo, una incesante alabanza de gloria".

La experiencia de la Trinidad en ella le lleva a no querer otra cosa que el abismarse en el misterio trinitario. Dice así Sor Isabel: “¡Oh, mi Dios, Trinidad a quien adoro! Ayudadme a olvidarme enteramente para establecerme en Vos, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me haga penetrar más en la profundidad de vuestro misterio. Pacificad mi alma, haced de ella vuestro cielo, vuestra morada amada y el lugar de vuestro reposo. Que no os deje allí jamás sólo, sino que esté allí toda entera, completamente despierta en mi fe, en adoración total, completamente entregada a vuestra acción creadora”.

Si bien la experiencia de la Trinidad es un don místico, es decir, dado por Dios, y por lo mismo, si no está, la Presencia de la Trinidad es imperceptible, esta Presencia es en sí algo cotidiano para el alma en gracia, ya que por la comunión sacramental, el alma se une a la Santísima Trinidad: recibiendo el Cuerpo de Cristo, es incorporada al Hijo por el Espíritu, y en el Hijo es conducida al Padre.



[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 173ss.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 169.

[3] Cfr. Scheeben, ibidem, 170.

[4] Cfr. Scheeben, ibidem, 174.

[5] CE 39, 3.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Los ángeles se alegran por un pecador que se convierte


“Los ángeles de Dios se alegran por un pecador que se convierte” (cfr. Lc 15, 1-10). Jesús afirma que la conversión de un pecador en la tierra, es causa de alegría para los ángeles del cielo.

Con esto Jesús nos quiere hacer ver que los ángeles se alegran por motivos muy distintos a los motivos de alegría de los hombres: mientras los ángeles se alegran cuando un pecador se convierte, es decir, adquiere el bien espiritual máximo de la gracia, los hombres se alegran por adquirir bienes materiales, honores, honras, y fama mundana.

Es esto lo que vemos todos los días: los hombres se felicitan mutuamente y se alegran, porque adquieren inmensas riquezas, porque escalan los puestos más distinguidos, porque ocupan los puestos más elevados y de prestigio, porque gobiernan a las naciones más poderosas, porque conquistan la gloria por medio de las armas, o por la ciencia o por el arte.

Los hombres se alegran por esto, pero esto mismo, que produce tanta alegría a los hombres, deja mudos a los habitantes del cielo, a tal punto que podemos decir que a los ángeles no se les mueve ni una pluma de sus alas. Lejos de felicitar a aquellos que alcanzaron tanta gloria y brillo mundano, y lejos de congratular y felicitar a sus amigos y parientes, como se hace cuando alguien ha alcanzado un gran éxito, los ángeles parecen no darse cuenta de esas glorias mundanas, y quedan en el más completo silencio.

Sin embargo, si un mendigo, o un hombre sumido en el infortunio, o uno de estos mismos hombres que antes adquiría enormes bienes materiales, ahora adquiere la gracia, en el cielo se organiza, en ese mismo momento, una gran fiesta, y los mismos ángeles bajan del cielo a felicitar a un alma tan afortunada.

Pasa entre los ángeles y los hombres lo que pasa entre los comerciantes ricos y los que nada tienen, o lo que pasa entre los adultos y los niños: al comerciante exitoso y rico, que está acostumbrado a manejar grandes sumas de dineros, y mercancías y objetos costosos y valiosísimos, no le interesan las adquisiciones pequeñas, porque las considera baratijas, y ni siquiera se digna mirarlas, y lo que a otros haría felices, para él no pasa de pérdida de tiempo y cosa sin importancia.

Sucede también como con los niños y los adultos: para los niños, basta un espejito de color, o una ‘chuchería’ o un juguete sin valor comercial, ni artístico, ni estético, para que ya estén alegres, y eso mismo, que para los niños es todo su contento, para los adultos, no merece más que una sonrisa compasiva. Es así con los ángeles: lo que para los hombres es alegría y contento –riquezas, poder, fama, honra, dinero, joyas, títulos, diplomas-, para los ángeles es igual a la nada, porque nada de eso se compara con la gracia.

Los ángeles saben que las cosas materiales y los honores del mundo son como humo que se disipa al viento, porque nada de eso puede hacer participar de la vida divina, y saben también que, por el contrario, el más mínimo grado de gracia, o la gracia más pequeña, es más valiosa que todo el universo, porque por la gracia el hombre participa de la vida divina, es decir, participa del amor y de la vida de Dios Uno y Trino.

Es por esto que debemos imitar a los ángeles, que son, sin dudarlo, mucho más inteligentes que nosotros, porque saben dónde está el verdadero bien, la gracia, y saben reconocer, mucho mejor que los hombres, dónde está la verdadera alegría.

Dejemos que los niños de este mundo, los mundanos, pobres e insensatos, se regocijen y alegren en la adquisición de bienes terrenos y de inutilidades deslumbrantes, y de honores vacíos, y no creamos haber realizado una ganancia importante y verdadera si es que no hemos conseguido o aumentado la gracia.

Ahora estamos en condiciones de contestar a esta pregunta: ¿por qué se alegran los ángeles, si ellos mismos están extasiados y sumergidos en un mar de inmensa alegría, como es la contemplación de la belleza y del amor infinito del Ser divino de Dios Uno y Trino?

Los ángeles se alegran por nosotros, cuando adquirimos, conservamos y aumentamos la gracia, porque eso quiere decir que nuestros nombres están “escritos en el cielo” (cfr. Lc 10, 20), y ésta alegría, la alegría de los ángeles, debe ser nuestra alegría.

Dejemos de lado, entonces, la alegría mundana, la alegría vana y superficial que viene por los atractivos del mundo, por los bienes materiales, por los honores mundanos, por los triunfos pasajeros. Dejemos de lado esa alegría, y abracemos la verdadera alegría, la alegría que nos concede la gracia, que es una alegría que comienza aquí en la tierra, pero que finaliza en el cielo, o más bien, continúa para siempre en el cielo, en la contemplación beata y feliz de las Tres Divinas Personas de la Trinidad. Preparémonos para esa alegría, alegrándonos aquí, en la tierra, con la alegría de los ángeles, que es la alegría de la gracia, y comuniquemos de esa alegría a nuestros prójimos, por medio de las obras de misericordia, de compasión y de caridad.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Los santos dieron sus vidas por la gracia divina




La Iglesia celebra, festeja, ensalza, se alegra y exulta por aquellos seres humanos, hombres y mujeres, que están en el cielo, es decir, la Iglesia se alegra por los santos, aquellos que, por la eternidad, viven en íntima comunión de vida y de amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad.

Los santos son aquellos que, en la eternidad, arden en el fuego del Amor divino; los santos son aquellos que se alegran, en un gozo continuo, por toda la eternidad, por la contemplación de Dios Uno y Trino; sus almas y sus cuerpos están invadidos y penetrados por la gloria divina, y sus mentes y sus almas están extasiados por el Amor de Dios, que invade sus corazones con una intensidad tal y con una fuerza tal, que morirían de amor y de alegría, si no estuvieran asistidos por la gracia.

Los santos exultan y se alegran por la eternidad, con una alegría y un gozo inefables, imposibles de expresar, de describir, de imaginar, y esto, para siempre, por toda la eternidad.

¿Cómo fue que los santos llegaron a este estado de felicidad completa y eterna? ¿Qué fue lo que hicieron aquí en la tierra que les valió tal alegría en el cielo?

Los santos alcanzaron la felicidad en el cielo porque apreciaron la gracia aquí en la tierra, y consideraron como vanidad de vanidades a los atractivos y placeres del mundo. Los santos consideraban que todo en el mundo es “vanidad de vanidades” (cfr. Ecl 1, 2), y que los placeres y los atractivos del mundo son sólo espejos de colores, que brillan por un instante antes de mostrar su nada, y por ser nada, cansan y hartan al alma con su vacío sin sentido; los santos sabían que los placeres y atractivos del mundo provocan solamente hartazgo y cansancio, y que sólo la gracia divina hace plenamente feliz al alma porque la plenifica y la llena sobreabundantemente con la luz, la bondad, la alegría, la paz, y la vida de Dios Uno y Trino.

Los santos estimaron por vanidad lo que el mundo tiene por grandeza -los honores mundanos, los bienes terrenos, el dinero, el placer, el poder- y, al mismo tiempo, estimaron por grandeza lo que el mundo desprecia: la gracia divina, que santifica el alma y la llena de la luz, de la gracia, de la vida y de la santidad divina, e hicieron todo lo que pudieron por conservar y aumentar el estado de gracia.

El mundo estima por grandes cosas el poder, la fama, la vanagloria, pero no así los santos, porque ellos conocían bien el valor de la gracia: sabían que la más mínima gracia divina es infinitamente mayor a cualquier bien material y terreno, a cualquier honra y a cualquier placer de la tierra, porque la gracia y sólo la gracia, hace participar al alma de la naturaleza y de la vida divina, y porque apreciaron el valor de la gracia, prefirieron dejar honra, bienes, fama, y hasta la vida temporal, en pos de la gracia[1].

Ya sea para defender y para preservar la gracia, los santos no han tenido en cuenta ni el honor, ni los bienes materiales, ni las propiedades, ni siquiera sus vidas.

Si nosotros queremos, de alguna manera, darnos cuenta del valor de la gracia, entonces tenemos que meditar en el ejemplo de los santos, y apreciar no sólo la gracia, sino ante todo aquello en que se nos dona la Gracia Increada, Jesucristo, la Eucaristía.


[1] Cfr. Scheeben, M. J., The glories of Divine Grace, TAN Books Publisher, 306ss.

lunes, 25 de octubre de 2010

Los ángeles se alegran por los hombres en gracia


Ninguno conoce mejor el valor de la gracia, después de Dios, que los ángeles y los santos; los ángeles, porque poseen ya el pleno goce de la gracia; los santos, porque por la gracia, subieron tan alto en la vida eterna, y merecieron tanta gloria.

Los ángeles manifiestan su amor y estima para con la gracia desde el momento en que bajan del cielo a la tierra para ayudarnos a adquirirla y a conservarla, y nos damos cuenta del aprecio que le tienen por la alegría que experimentan cuando adquirimos la gracia, y es esto lo que dice Jesús: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia” (Lc 15, 7). Los ángeles se alegran por un justo, pero se alegran más por un pecador que recobra el bien perdido de la gracia.

Debe de ser grande y hermoso este bien, porque los ángeles se alegran por él, a pesar de estar inundados en el océano de amor y de alegría infinita que es Dios.

Cuando un hombre adquiere el bien de la gracia, los ángeles muestran una alegría que no muestran cuando el hombre adquiere otros bienes: hay no pocos hombres que adquieren inmensas riquezas, que escalan los puestos más distinguidos, que se ocupan los puestos más elevados, que gobiernan a las naciones más poderosas, que conquistan la gloria por medio de las victorias más brillantes, o por la ciencia o por el arte. Pero todo esto deja mudos a los habitantes del cielo, podemos decir que a los ángeles no se les mueve ni una pluma de sus alas. Lejos de felicitar a los que lo obtienen, o a sus amigos y parientes, como se hace cuando alguien ha alcanzado un gran éxito, los ángeles parecen no darse cuenta de esas glorias mundanas.

Sin embargo, si un mendigo, o un hombre sumido en el infortunio, adquiere la gracia, en el cielo se organiza, al instante, una gran fiesta, y los mismos ángeles corren a felicitar a tan feliz alma.

Al rico mercader, que está acostumbrado a manejar grandes sumas de dineros, y mercancías y objetos costosos y valiosísimos, no le interesan las pequeñas adquisiciones, y ni siquiera se digna mirarlas, y lo que a otros haría felices, para él no pasa de pérdida y cosa sin importancia. Sucede como con los niños y los adultos: para los niños, basta un espejito de color, o una ‘chuchería’ sin valor comercial, ni artístico, ni estético, para que ya estén alegres, y eso mismo, para los adultos, no pasa merece más que una sonrisa compasiva. Es así con los ángeles: lo que para los hombres es alegría –riquezas, poder, fama, honra, dinero, joyas, títulos, diplomas-, para los ángeles es igual a la nada, porque nada de eso se compara con la gracia.

Es por esto que debemos imitar a los ángeles, que son, sin dudarlo, más inteligentes y más ricos, y saben apreciar mejor lo bueno, que los hombres; dejemos que los niños de este mundo, los mundanos, pobres e insensatos, se regocijen y alegren en la adquisición de bienes terrenos y de inutilidades deslumbrantes, y no creamos haber realizado una ganancia importante y verdadera si es que no hemos conseguido o aumentado la gracia.

Sólo la alegría que proporciona la gracia tiene la fuerza, la pureza y la perfección necesarias para alejar toda tristeza de nuestro corazón. Por eso decimos con el profeta: “Exultaré de gozo en el Señor, y mi alma se regocijará en mi Dios; porque Él me ha revestido con la vestidura de la salvación y me ha cubierto con el manto de la justicia, como a esposo adornado con el brillo de su corona, y como a esposa ataviada con sus joyas (cfr. Is 56, 10), esto es, con la gracia de las virtudes y los dones

Los ángeles se alegran, y nosotros, siguiendo las indicaciones de nuestro Salvador, también debemos alegrarnos, puesto que nuestros nombres están “scritos en el cielo” (cfr. Lc 10, 20).

La alegría que experimentan los ángeles, cuando por la gracia somos introducidos en la amistad de Dios, se basa en tres motivos: el primero es Dios, el segundo los ángeles, el tercero los hombres.

Se alegran a causa de Dios, porque conocen su vivo deseo de que, saliendo de nuestra ceguera, nos reconciliemos con Él, de que volvamos a Él, para que Él nos introduzca en su seno. El propio Hijo de Dios se compara con un pastor que nos busca en el desierto como a ovejas perdidas, que sonriente nos lleva sobres sus espaldas al aprisco y que una vez allí reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: “Regocijaos conmigo, porque encontré a mi oveja descarriada” (Lc 15, 6). Es natural que los ángeles se apresuren a seguir el ejemplo de su Rey y queden inflamados en amor y exultantes de alegría por nosotros, de ahí que participen de su contento y lo feliciten.

Se regocijan también los ángeles por cuanto les compete a ellos, porque la gracia hace de nosotros sus hermanos y conciudadanos, y nos llama a ocupar en el cielo los lugares que quedaron vacíos por los ángeles apóstatas. Lejos de sentirse celosos de nosotros, o querernos mal por habernos hecho iguales –y superiores- a ellos por la gracia, siendo nosotros muy inferiores por naturaleza, su más ardiente deseo es el de compartir con nosotros su honor y felicidad. Ven con gusto que sea vengado y humillado el orgullo de sus hermanos caídos, lo que se produce cuando nosotros ocupamos, por la condescendencia divina, y a pesar de la bajeza de nuestra naturaleza, los puestos que ellos abandonaron. Por la gracia, adquirimos la gloria de los serafines, mientras que por su pérdida nos hacemos semejantes a los demonios y formamos parte de su caída.

Finalmente, se regocijan los ángeles a causa de nosotros, porque recibimos con la gracia la mayor fortuna que nos puede caer en suerte: somos regenerados como hijos y herederos del Gran Rey Jesucristo.

Cuando nace un príncipe heredero, reina una gran alegría en el palacio del rey, y por eso se organizan grandes fiestas. Aún así, los príncipes herederos no se dan cuenta de nada. Pero no es ésta nuestra condición: sabemos que en la corte celestial se celebran fiestas mucho más solemnes cuando en el sacramento de la penitencia somos nuevamente adoptados como hijos de Dios, o cuando, por las buenas obras, aumenta en nosotros la gracia.

No podemos permanecer indiferentes y fríos, estando rodeados de tanta alegría, siendo felicitados nosotros, que somos el objeto de la fiesta.

Dice San Bernardo: “Al convertirnos por la penitencia, hemos regocijado a los ángeles; procuremos que su alegría sea perfecta”[1].

Y aunque la Santísima Trinidad no aumenta ni un grado su alegría infinita, podemos decir, en cierta manera, que se alegra, porque es por la Santísima Trinidad que el cielo nos felicita cuando adquirimos, conservamos, o aumentamos la gracia, porque su deseo es que nos salvemos.

Entonces, teniendo en cuenta esto, apresurémonos no sólo a evitar el pecado, para no perder la gracia, sino a acrecentar día a día la gracia, por medio de las obras buenas, para así conservarla pura e intacta hasta el día de la muerte, cuando entraremos, en compañía de ángeles y santos, en el gozo eterno de la visión de Dios Uno y Trino para siempre.


[1] Serm. 2 in Vigil. Nativ. Dom., n. 6.

jueves, 21 de octubre de 2010

Los Mártires Españoles del Siglo XX y el Rey de los mártires, Jesucristo


La muerte de los mártires españoles del siglo XX fue una muerte cruenta, en la que hubo derramamiento de sangre. Vista superficialmente, desde un punto de vista racionalista –el racionalismo es como una fuerza oscura que, atacando la inteligencia del espíritu, elimina todo misterio sobrenatural en Jesucristo y en su Evangelio-, se podría decir que la muerte de estos mártires es la muerte de unos idealistas, de quienes creyeron en una causa, la causa de un maestro hebreo de religión, y que por la firmeza de sus ideas, dieron sus vidas. Si así fuera, estos mártires serían para nosotros nada más que el ejemplo de quienes, por la firmeza de sus ideas, no dudaron en entregar sus vidas. De esta manera, los mártires serían personas buenas, que nos dan un ejemplo moralmente bueno, pero nada más.

Sin embargo, la muerte martirial de los mártires españoles, como la muerte de todo mártir, implica un misterio que va más allá de nuestra capacidad de comprensión, y que no se reduce a un mero ejemplo de moralidad, por el hecho de que la muerte martirial está asociada, de manera indisoluble, a la muerte de Jesucristo en la cruz. Es en la cruz de Cristo en donde toda muerte de martirio encuentra su fundamento, su sentido, su raíz y su razón de ser. La muerte del mártir humano, verificada en un momento determinado de la historia humana, es en realidad una actuación, una continuación y una prolongación de la muerte martirial de Cristo en la cruz. En otras palabras, en toda muerte de un mártir, es Cristo, el Hombre-Dios, el mismo que murió en Palestina en la cruz, derramando su sangre, quien continúa derramando su sangre, a lo largo del tiempo y del espacio, para la salvación de la humanidad.

Es decir, no se puede considerar la muerte de ningún mártir, si no considera antes la muerte martirial del Rey de los mártires, Jesucristo. La muerte del mártir es una continuación e imitación de la Pasión de Cristo[1], y la Pasión de Cristo es el acontecimiento más importante para la historia de la humanidad, porque no sólo salva al mundo de la condenación eterna, sino que dona a la humanidad el don de la filiación divina, y la conduce a la comunión con la Santísima Trinidad. Por la muerte martirial de Cristo en la cruz, cada uno de nosotros, no sólo somos salvados de condenarnos en el infierno para siempre, sino que recibimos el ser hijos de Dios, con la misma filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo desde la eternidad.

La Pasión de Cristo, en donde Cristo derrama su Sangre para salvarnos, es un hecho de salvación; es un acontecimiento salvífico, por el cual nosotros somos liberados del dominio del demonio, del mundo y de la carne, y somos introducidos, por la gracia, en una íntima comunión de vida y de amor con las Tres Divinas Personas. El derramamiento de sangre por parte de Cristo en su Pasión es un hecho que marca nuestras vidas, en un antes y un después: antes, vivía en las tinieblas, sometido al poder del demonio, del mundo y de la carne; después de la muerte de Cristo, su gracia salvífica, que viene a mi alma por medio de su sangre, me libera de estos enemigos, y me concede la gracia de participar de la vida misma de Dios, de su luz, de su paz, de su alegría.

La sangre de Cristo me convierte en una criatura nueva, renovada por la gracia; me convierte en un hijo de Dios, y por lo mismo, no puedo, si he recibido la sangre de Cristo, y con su sangre, su vida y su luz divina, continuar con la vida de las tinieblas, de la oscuridad y del pecado.

Si Cristo ha dado su sangre por mí, yo debo darle a Él todo mi ser, y eso lo debo hacer todos los días, todo el día, renunciando a lo que me aleja de Dios: debo renunciar al enojo, al rencor, a la impaciencia, al maltrato para con el prójimo; debo renunciar a los programas inmorales de televisión y de internet; debo luchar contra mi pereza y mi desgano, que me lleva a no rezar y a no asistir a misa los domingos.

Los mártires no derramaron su sangre para que nosotros acudamos a ellos como meros dadores de favores materiales –trabajo, salud, bienestar material y temporal-.

Los mártires derramaron su sangre para que nosotros, al acordarnos de ellos, nos acordáramos de Jesús, que fue el Primero en derramar su sangre por nosotros en la Pasión y en la cruz: los mártires derramaron su sangre para que nosotros dejáramos la senda del mal y de la oscuridad, y comenzáramos a transitar el camino de la luz, el camino de la cruz.


[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 464.

jueves, 14 de octubre de 2010

Santa Teresa y la oración


Santa Teresa, en sus “Moradas”, dice que Dios es como un brasero ardiente de Amor, y que cuando Él quiere, hace que una chispa de ese fuego salte y queme al alma, para encenderla con su amor. Bien podríamos decir entonces, que el corazón humano es como un carbón, negro y seco, que al contacto con ese carbón incandescente que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, se enciende en el fuego del Amor divino.

La comunión eucarística sería entonces para nosotros, la oportunidad para que nuestro corazón, negro y seco como un carbón, se encienda en el Amor divino, al entrar en contacto con la Llama de Amor viva que es el Corazón Eucarístico de Jesús.

Esto es así, y es lo que sucede en la realidad, y si no ardemos en el fuego del amor, es porque somos nosotros mismos quienes ponemos los obstáculos y los frenos a la gracia.

Si nos decidiéramos a quitar los obstáculos, entonces Dios se nos donaría sin reservas, y nos colmaría de gracias, de dones, de beneficios. Los obstáculos no sólo impiden que la Eucaristía obre en nuestras almas, sino que pueden convertir, a la comunión eucarística, en lo contrario de lo que es, nuestra salvación: pueden ser causa de nuestra condenación eterna: “quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Cor 11, 27-29).

¿Cuáles son esas trabas que impiden no sólo que la Eucaristía haga su efecto, sino que se convierta, en vez de Pan de Vida, en pesadísima piedra de molino que, atada al cuello, precipite al alma en el infierno? Pueden ser muchas y variadas, y dependen de cada caso particular, pero hay una causa que es la más importante de todas, y es la falta de caridad para con el prójimo. Quien comulga, puede creer que hace un acto de oración perfecta, pero si se olvida de su prójimo, lo que hace es “comer y beber su propia condenación”.

Dice así Santa Teresa: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio.

Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello”.

Además del amor al prójimo, importa muchísimo la humildad: “Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieres loar mucho a una persona, te alegres mucho más que si te loasen a ti. Esto, a la verdad, fácil es, que si hay humildad, antes tendrá pena de verse loar”[1].

En otras partes, dice así: “El amor de Dios no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras”; “Quien no amare al prójimo no os ama, Señor mío”.

Seamos caritativos para con nuestros prójimo, ya sea el más cercano, como aquél que es nuestro enemigo, y así, sólo así, algún día, en algún momento, Dios enviará, desde ese horno ardiente de Amor eterno que es su Sagrado Corazón Eucarístico, no sólo una chispa, sino una Llama Viva de Amor divino, que encenderá nuestros corazones, negros como el carbón, en un amor infinito y eterno.


[1] Cfr. Santa Teresa de Ávila, Las Moradas del castillo interior, 5, 3, 11.

lunes, 11 de octubre de 2010

Santa Hildegarda de Bingen y la Santa Misa


Con mucha frecuencia, limitamos la realidad a lo que vemos con los ojos del cuerpo, y a lo que podemos entender con la razón. No está mal analizar la realidad a partir de los datos sensibles, usando la razón, pero limitarse a los sentidos y a la razón es limitar y cercenar la realidad natural, que está penetrada por lo sobrenatural. Teniendo en cuenta esto, nos podemos preguntar: ¿qué sucede en la Santa Misa? Lo que vemos con los ojos del cuerpo, y lo que entendemos con la razón, ¿es toda la realidad? ¿O es que hay algo más que escapa a la percepción sensorial y racional? La doctrina de la Iglesia sostiene que la Santa Misa es un “misterio” sobrenatural, y que este misterio, que es sólo perceptible por la luz de la fe, consiste en la representación sacramental del sacrificio del Calvario, y en la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesús. Lo que sostiene la Iglesia con su Magisterio, lo confirman los santos.

Dice Santa Hildegarda de Bingen[1], mística del siglo XIII: “Y después de esto vi que, mientras el Hijo de Dios pendía en la cruz (…) vi como un altar (…) Entonces, al acercarse al altar un sacerdote revestido con los ornamentos sagrados para celebrar los divinos misterios, vi que súbitamente una luz grande y clara que venía del cielo acompañada de la reverencia de los ángeles envolvió con su fulgor todo el altar, y permaneció allí hasta que el sacerdote se retiró del altar, después de la finalización del misterio. Pero también allí, una vez leído el Evangelio de la paz y depositada sobre el altar la ofrenda que debía ser consagrada, cuando el sacerdote hubo entonado la alabanza de Dios todopoderoso –que es el ‘Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos’– para comenzar así la celebración de los misterios, repentinamente un relámpago de fuego de inconmensurable claridad descendió del cielo abierto sobre la ofrenda misma, y la inundó toda con su luz, tal como el sol ilumina aquello que traspasa con sus rayos. Y mientras la iluminaba de este modo, la elevó invisiblemente hacia los [lugares] secretos del cielo y nuevamente la bajó poniéndola sobre el altar, como el hombre atrae el aire hacia su interior y luego lo arroja fuera de sí: así la ofrenda fue transformada en verdadera carne y verdadera sangre, aunque a la mirada humana apareciera como pan y como vino. Mientras yo veía estas cosas, repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo. Pero, mientras el sacerdote entonaba el cántico del Cordero Inocente –que es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo– y se presentaba para recibir la Santa Comunión, el relámpago de fuego antes mencionado se retiró hacia los cielos; y tan pronto como el cielo se cerró oí una voz que desde el cielo decía: ‘Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia’”.

No limitemos el campo de la realidad al estrecho límite de nuestros sentidos y de nuestra razón. No racionalicemos los misterios sobrenaturales de la Santa Misa.


[1] Hildegardis Scivias II, 6-1. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B.. In: Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis. Vol. 43-43a. Turnhout: Brepols, 1978