San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 18 de noviembre de 2016

Santa Gertrudis y el amor del Sagrado Corazón


Santa Gertrudis, la Grande.

         Nacida el 6 de enero de 1256 en Eisleben (Turingia), tuvo el privilegio de experimentar, místicamente, el amor inefable del Sagrado Corazón de Jesús, mucho antes de que Nuestro Señor se apareciera a Santa Margarita María. Se cuenta incluso que, en dos visiones diferentes, tuvo las más hermosas experiencias que un alma puede tener en esta vida: reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor y oyó los dulces latidos de su Corazón[1], lo cual hace recordar al episodio de San Juan Evangelista en la Última Cena, quien precisamente tuvo el mismo privilegio.
Precisamente, era con San Juan Evangelista con quien la Santa mantenía frecuentes diálogos místicos; en uno de ellos, Santa Gertrudis le preguntó a San Juan Evangelista la razón por la cual, habiendo él reposado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena, no había escrito nada para nuestro conocimiento y provecho, acerca de las profundidades y movimientos del Sagrado Corazón de Jesús. San Juan le respondió: “Mi ministerio en ese tiempo en que la Iglesia se formaba consistía en hablar únicamente sobre la Palabra del Verbo Encarnado… Pero en los últimos tiempos, les está reservado [a los hombres de los Últimos Tiempos, N. del R.] la gracia de oír la voz elocuente del Corazón de Jesús. A esta voz, el mundo, debilitado en el amor a Dios, se renovará, se levantará de su letargo y una vez más, será inflamado en la llama del amor divino”.
Y nada más desea Jesús, en este mundo, que lo amemos con todas las fueras de las que seamos capaces. Una vez le dijo Jesús a Santa Gertrudis: “Nada me da tanta delicia como el corazón del hombre, del cual muchas veces soy privado. Yo tengo todas las cosas en abundancia, sin embargo, ¡cuánto se me priva del amor del corazón del hombre!”[2].
Nosotros tenemos el privilegio inmerecido e insospechado de, más que reclinar nuestras cabezas en el pecho del Salvador, tal como lo hicieron San Juan Evangelista y Santa Gertrudis, de poseer a ese mismo Corazón, tal como está ahora en el cielo, vivo y glorioso, lleno del Amor de Dios, cada vez que comulgamos la Eucaristía. Es decir, más que reposar nosotros en el pecho del Salvador, es el Salvador mismo, Presente en la Eucaristía, Quien quiere reposar en nuestros corazones, para escuchar los latidos de amor de nuestros corazones. ¿Y vamos a privar al Sagrado Corazón de su más grande contento?





[1] http://www.corazones.org/santos/gertrudis_grande.htm
[2] Cfr. ibidem.

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