San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 21 de enero de 2021

Santa Inés, virgen y mártir

 



          Vida de santidad.

          Murió mártir en Roma en la segunda mitad del siglo III o, más probablemente, a principios del IV. El papa Dámaso honró su sepulcro con un poema, y muchos Padres de la Iglesia, a partir de san Ambrosio, le dedicaron alabanzas[1].

          Mensaje de santidad.

          El mensaje de santidad de Santa Inés lo resume muy sabiamente San Ambrosio: “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”[2]. Es decir, Santa Inés obtuvo una doble corona de gloria: la de la castidad y la del martirio. La de la castidad, porque se rehusó a amar a nadie más que no fuera Nuestro Señor Jesucristo, despreciando todo tipo de belleza humana o creatural, según sus propias palabras: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”[3]. Santa Inés declara que, aun a costa de la propia vida terrena, no quiere mancillar su cuerpo con amores humanos, porque ella ya sabe, al ser iluminada por el Espíritu Santo, que estos amores son efímeros y pasajeros, mientras que el Amor del Sagrado Corazón es un Amor eterno, divino, celestial, sobrenatural, que permanece para siempre. La otra corona de gloria que obtiene Santa Inés es la corona del martirio, porque muere por el hecho de negarse a rechazar la fe católica en Cristo, que no es la fe de las otras religiones, como, por ejemplo, la protestante: Santa Inés dio su vida por el Cristo católico, el Cristo del Credo de Constantinopla, el Cristo de Nicea, es decir, el Cristo Dios, el Hombre-Dios, el Hijo de Dios encarnado, que prolonga y continúa su Encarnación en la Eucaristía.

          Por estas razones, Santa Inés es ejemplo para los jóvenes cristianos de nuestros días, porque muestra el camino para ir al Cielo: la pureza del cuerpo -es mártir de la castidad- y la pureza de la fe -es mártir por dar testimonio del Cristo católico, no del cristo de la Nueva Era-. En estos tiempos de densa oscuridad espiritual, en estos tiempos que pueden ser llamados “la hora de las tinieblas”, en el que las tinieblas parecen haber triunfado por sobre la luz, Santa Inés resplandece con el esplendor de la luz de la gloria de Cristo e ilumina el camino desde esta vida al Cielo, objetivo y meta de toda alma humana.



[2] Tratado sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.

[3] Cfr. ibidem.

sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

miércoles, 24 de junio de 2020

Santo Tomás, Apóstol


Quién era el Apóstol Tomás? - La Croix en español

          Vida de santidad[1].

          La tradición antigua dice que Santo Tomás Apóstol fue martirizado en la India el 3 de julio del año 72. Parece que en los últimos años de su vida estuvo evangelizando en Persia y en la India, y que allí sufrió el martirio. De este apóstol narra el santo evangelio tres episodios. El primero sucede cuando Jesús se dirige por última vez a Jerusalén, donde según lo anunciado, será atormentado y lo matarán; según San Juan (Jn 11, 16) “Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él”, con lo cual aquí el apóstol demuestra su admirable valor. La segunda intervención de Tomás se produce en la Última Cena, cuando Jesús les dice a los apóstoles: “A donde Yo voy, ya sabéis el camino”. Y Tomás le respondió: “Señor: no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 15). Los apóstoles no lograban entender el camino por el cual debía transitar Jesús, porque ese camino era el de la Cruz; con su pregunta, Tomás expresa a Jesús su incapacidad para entender el misterio de la Cruz. El tercer hecho en el que interviene Tomás -y el más recordado- se relaciona con su incredulidad acerca de Jesús resucitado, seguida luego de su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo glorioso.

          Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad de Santo Tomás Apóstol está relacionado con su fe: antes del encuentro con Jesús resucitado, su fe en Jesús y en su promesa de resurrección es tan débil, que se muestra incrédulo ante el testimonio de los demás discípulos acerca de que han visto a Jesús resucitado y a tal punto, que declara que tiene que tocar sus llagas y poner la mano en su costado traspasado: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (cfr. Jn 20, 24-29). Como todos sabemos, por el Evangelio, Jesús se vuelve a aparecer a los ocho días y llama a Tomás, diciéndole que toque las heridas de sus manos y que meta su mano en el Costado traspasado; luego, le dice que “en adelante, no sea un hombre incrédulo, sino un hombre de fe”, porque los dichosos son los que “creen sin ver”: “Felices los que creen sin haber visto”. Podemos decir que la incredulidad de Tomás se repite en nuestros días, por centenares de miles: una inmensa mayoría de católicos, que se dejan arrastrar por el materialismo y el relativismo, se convierten en católicos puramente nominales, puesto que no creen en Jesús resucitado porque, como Tomás, “no lo ven” con los ojos del cuerpo. Así, estos católicos se construyen una religión a su medida, en la que no creen si no ven y, puesto que no vemos a Dios sensiblemente, no  creen en Dios, ni en Jesús resucitado en la Eucaristía, ni en las enseñanzas de la Iglesia, convirtiéndose de hecho en ateos prácticos, que son católicos solo en la teoría, solo nominalmente. Estos olvidan las palabras de Jesús a Tomás: “No seas incrédulo, sino hombre de fe; dichosos los que creen sin ver”. El “hombre de fe” es el que cree en Dios y en Jesús resucitado -y por lo tanto en su Presencia gloriosa en la Eucaristía- no porque vea estos misterios con los ojos corporales, sino porque los ve de otra manera, los ve con los ojos de la fe iluminados por la luz de la gracia. No seamos incrédulos como Tomás el Apóstol y creamos, aunque no lo veamos sensiblemente, en el grandioso misterio de Jesús resucitado y Presente, vivo y glorioso, en la Eucaristía.


[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Tom%C3%A1s_ap%C3%B3stol_7_3.htm

jueves, 11 de junio de 2020

San Bernabé, Apóstol


         Cristo en la Cruz
         Vida de santidad[1].

La historia de San Bernabé se encuentra escrita en el libro de Los Hechos de los apóstoles, en las Sagradas Escrituras. Nació en la isla de Chipre y era judío, de la tribu de Leví. Vendió las fincas que tenía y luego llevó el dinero que obtuvo y se lo dio a los apóstoles para que lo repartieran a los pobres. Un mérito formidable de San Bernabé es el haber descubierto a Saulo –quien posteriormente se llamaría San Pablo- y cuando después de su conversión Saulo llegó a Jerusalén, lo presentó a los apóstoles y se los recomendó. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, se hace de Bernabé unos elogios que es difícil encontrarlos respecto de otros personajes. Dice así: “Bernabé era un hombre bueno, lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hech 11, 24).
Sucedió que en Antioquía se produjo la conversión al cristianismo de un gran número de paganos; al enterarse, Bernabé fue enviado allí y se quedó por un buen tiempo instruyéndolos aún más en la fe en Jesucristo. En aquella ciudad fue donde por primera vez se llamó “cristianos” a los seguidores de Cristo. Bernabé y Saulo, desde entonces, hicieron apostolado juntos, predicando en Antioquía, ciudad que se convirtió en un gran centro de evangelización. Un día mientras los cristianos de Antioquía estaban en oración, el Espíritu Santo habló por medio de algunos de ellos que eran profetas y dijo: “Separen a Bernabé y Saulo, que los tengo destinados a una misión especial”. Los cristianos rezaron por ellos, les impusieron las manos, y los dos, acompañados de Marcos, después de orar y ayunar, partieron para Chipre, la isla donde había nacido San Bernabé, en donde encontraron muy buena aceptación a su predicación, y lograron convertir al cristianismo nada menos que al mismo gobernador, que se llamaba Sergio Pablo. En honor a esta notable conversión, Saulo se cambió su nombre por el de Pablo. Y Bernabé tuvo la gran alegría de que su tierra natal aceptara la religión de Jesucristo. Luego emprendieron su primer viaje misionero por las ciudades y naciones del Asia Menor. En la otra ciudad de Antioquía (de Pisidia) al ver que los judíos no querían atender su predicación, Bernabé y Pablo declararon que de ahora en adelante les predicarían a los paganos, a los no israelitas. En Iconio estuvieron a punto de ser apedreados por una revolución tramada por los judíos y tuvieron que salir huyendo, aunque dejaron una buena cantidad de convertidos y confirmaron sus enseñanzas con formidables señales y prodigios que Dios obraba por medio de estos dos santos apóstoles. En la ciudad de Listra, al llegar curaron milagrosamente a un paralítico y entonces la gente creyó que ellos eran dos dioses. A Bernabé por ser alto y majestuoso le decían que era el dios Zeus y a Pablo por la facilidad con la que hablaba lo llamaban el dios Mercurio. Y ya les iban a ofrecer un toro en sacrificio, cuando ellos les declararon que no eran tales dioses, sino unos simples mortales. Luego llegaron unos judíos de Iconio y promovieron un tumulto y apedrearon a Pablo y cuando lo creyeron muerto se fueron, pero él se levantó luego y curado instantáneamente entró otra vez en la ciudad. Después de todo esto Bernabé y Pablo regresaron a las ciudades por donde habían estado evangelizando, recordándoles a los nuevos cristianos que “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech 14, 22).
Al llegar a Antioquía se encontraron con que los cristianos estaban divididos en dos partidos: unos (dirigidos por los antiguos judíos) decían que para salvarse había que circuncidarse y cumplir todos los detalles de las leyes de Moisés. Otros decían que no, que basta cumplir las leyes principales. Bernabé y Pablo se pusieron del lado de los que decían que no había que circuncidarse, y como la discusión se ponía acalorada, los de Antioquía enviaron a Jerusalén una embajada para que consultara con los apóstoles. La embajada estaba presidida por Bernabé y Pablo. Los apóstoles reunieron un concilio y le dieron la razón a Bernabé y Pablo. Volvieron a Antioquía y dispusieron organizar un segundo viaje misionero, pero se separaron y Bernabé se fue a terminar de evangelizar en su isla de Chipre y San Pablo se fue a su segundo viaje. Más tarde se encontraron otra vez misionando en Corinto (1 Cor 9, 6).

Mensaje de santidad.

Un primer mensaje de santidad, en la vida de San Bernabé Apóstol, nos lo da la misma Sagrada Escritura, cuando dice de Bernabé que era “un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”. Este elogio que recibe Bernabé es, podemos decir, todo lo que un hombre necesita ser y tener en esta vida terrena, pues la fe, que es un don del Espíritu Santo, prepara para la eternidad, mientras que la posesión del Espíritu Santo –Bernabé estaba “lleno del Espíritu Santo”-, además de concederle grandes dones y gracias, al colmar su alma con la Presencia del Espíritu de Dios en esta vida terrena, hace que el alma viva ya con anticipación lo que será la vida eterna, esto es, la contemplación, en el Amor de Dios, el Espíritu Santo, de la Santísima Trinidad, de las Tres Divinas Personas. Ahora bien, el tener fe y el estar “lleno del Espíritu Santo” no es algo que dependa de nosotros ni está al alcance de nuestras fuerzas, sino que todo se trata de don y gracia de Dios, por lo que, si queremos imitar a San Bernabé, tenemos que postrarnos en adoración al Espíritu Santo y pedirle que purifique nuestras almas con la gracia y que, aunque somos indignos, inhabite en nuestros corazones, como anticipo de la visión bienaventurada en la gloria de la que habremos de gozar, por la Misericordia de Dios, en el Reino de los cielos.

viernes, 14 de febrero de 2020

Santos Cirilo y Metodio


  Resultado de imagen de vida de los santos cirilo y metodio        

Vida de santidad[1].

          Cirilo, monje, es llamado también “Apóstol de los eslavos”. Nació en Tesalónica y se destacó de joven en los estudios en Constantinopla, para luego enseñar filosofía en esa ciudad. Evangelizó en Rusia con gran éxito. En el 863, se dirigió con su hermano Metodio a evangelizar a Moravia en la lengua nativa, desarrollando primero el alfabeto de la lengua eslava y traduciendo después la liturgia a este lenguaje.
De esta manera, entre los dos publicaron los textos litúrgicos en lengua eslava escritos en caracteres “cirílicos”, como después se designaron en honor a San Cirilo. Promovieron grandemente la cultura y la fe. Llamados a Roma, Cirilo murió allí el 14 de febrero del año 869. Metodio, consagrado obispo, marchó a Panonia, donde desarrolló una infatigable labor de evangelización. Tuvo que sufrir mucho a causa de los envidiosos, pero contó siempre con el apoyo de los papas.  Evangelizó en Moravia, Bohemia, Panonia y Polonia. Bautizó a San Ludmila y al duke Boriwoi. Fue arzobispo de Vellehrad, Eslovaquia, donde fue apresado en el 870 por la oposición del clero alemán. Algunos le acusaron de hereje, pero siempre fue liberado de cargos. Tradujo la Biblia a la lengua eslava. Murió el 6 de abril del año 885 en la ciudad eslovaca de Vellehrad.

Mensaje de santidad[2].

Se caracterizaba por su gran capacidad de trabajo y su incansable celo apostólico. Días antes de morir, Cirilo se enfermó y en uno de sus días en el lecho de enfermo tuvo una visión de Dios, en la que se le anticipaba su muerte y su ingreso en el Reino de los cielos, por lo que cantó así: “Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor»; se regocijan mi corazón y mi espíritu”. Se revistió con sus ornamentos y lleno de alegría, decía: “Desde ahora ya no soy siervo ni del emperador ni de hombre alguno sobre la tierra, sino sólo de Dios todopoderoso. Primero no existía, luego existí, y existiré para siempre. Amén”. Decía: “Existiré para siempre porque sabía que luego de morir, habría de vivir la vida eterna, la vida que es para siempre.
Cuando llegó el momento de pasar “de esta vida a la otra”, elevando sus manos hacia Dios, hizo esta plegaria, en la que nos deja parte de su profunda espiritualidad: “Señor Dios mío, que creaste todas las jerarquías angélicas y las potestades incorpóreas, desplegaste el cielo y afirmaste la tierra y trajiste todas las cosas de la inexistencia a la existencia, que escuchas continuamente a los que hacen tu voluntad, te temen y guardan tus preceptos: escucha mi oración y guarda a tu fiel rebaño, que encomendaste a este tu siervo inepto e indigno”. Sabiéndose próximo a la muerte, empieza comenzando por reconocer a Dios como Creador del universo visible e invisible y luego le encomienda a aquellos que “hacen su voluntad, lo temen y guardan sus preceptos”, es decir, los que cumplen la voluntad de Dios, tienen temor de Dios y se preocupan por observar sus Mandamientos.
Luego continuó: “Líbralos de la impiedad y del paganismo de los que blasfeman contra ti, acrecienta tu Iglesia y reúne a todos sus miembros en la unidad”. Es un pedido de unidad para la Iglesia, pero una unidad dada por Dios quien es quien, por su Misericordia, librará a los justos del supremo pecado que es la impiedad y de la suprema idolatría que es el paganismo, que lleva al hombre a blasfemar contra Dios. Cirilo le pide a Dios por todos ellos, para que se vean libres de estos males espirituales.
Su oración continúa de esta manera: “Haz que tu pueblo viva concorde en la verdadera fe, e inspírale la palabra de tu doctrina, pues tuyo es el don que nos diste para que predicáramos el Evangelio de tu Cristo, exhortándonos a hacer buenas obras que fueran de tu agrado”. Se dirige a Dios pidiéndole que su pueblo no se vuelva ni pagano ni idólatra, sino que, guiados por el Espíritu Santo, vivan en la verdadera fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, cuyo Evangelio todo cristiano debe predicar, con santidad de vida. El paganismo y la idolatría son pecados espirituales que apartan al alma de la verdadera y única fe, la fe católica en Cristo Dios y es por eso que Cirilo pide a Dios por los fieles, para que no caigan en esos errores.
Finaliza su oración diciendo: “Te devuelvo como tuyos a los que me diste; dirígelos con tu poderosa diestra y guárdalos bajo la sombra de tus alas, para que todos alaben y glorifiquen el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Se dirige a Dios como sacerdote, como pastor de la grey que le ha sido confiada, sabedor que no eran suyas las ovejas sino de Dios y es por eso que a Él se las devuelve y se las devuelve no de cualquier manera, sino habiéndolas custodiado del Lobo Infernal y luego de alimentarlas con el Pan de la Palabra de Dios encarnada, la Sagrada Eucaristía. Le pide a Dios que no solo no los abandone, sino que, conocedor de los peligros que encierra este destierro terreno, le suplica que los dirija con su “poderosa diestra” y que los “guarde bajo la sombra de sus alas, para que todos glorifiquen” a la Trinidad Santísima, Único Dios Verdadero.
Experimentando ya la cercanía de la muerte y su paso a la eternidad, dio a todos el ósculo santo diciendo: “Bendito el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes; hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió, y escapamos”. Alaba a Dios, citando el salmo en el que Dios libra a los suyos de las trampas que tiende el Lobo Infernal. Luego de recitar este salmo, a la edad de cuarenta y dos años, murió a esta vida terrena para empezar a vivir en la vida eterna.
Al recordarlo en su día, obremos de manera tal de pertenecer a los justos por los que San Cirilo rezaba.


[2] Cap. 18: Denkschriften der kaiserl. Akademie der Wissenschaften 19, Viena 1870, 246.

martes, 24 de octubre de 2017

San Antonio María Claret y la eternidad como el motor de su apostolado


         Vivimos en un siglo tan caracterizado por la inmediatez, la multiplicidad de sensaciones, por la urgencia de las cuestiones temporales, que nos lleva a olvidar una verdad fundamental, verdad que nos la recuerda San Antonio María Claret, y esa verdad es la realidad de la eternidad, como vida que comienza apenas termina esta vida terrena. Con respecto a la eternidad, decía así el santo: “Esta idea de la eternidad quedó en mí tan grabada, que, ya sea por lo tierno que empezó en mí o ya sea por las muchas veces que pensaba en ella, lo cierto es que es lo que más tengo presente. Esta misma idea es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”. San Antonio María Claret pensaba en la eternidad más que en la vida terrena, y si pensaba en la vida terrena, era para que los hombres se convirtieran a Nuestro Señor Jesucristo, para que vivieran una feliz eternidad, y para que evitaran el Infierno, una eternidad en la que el dolor del cuerpo y el alma es increíblemente intenso y dura para siempre. Era esta realidad de la eternidad la que lo movía a hacer apostolado, es decir, a predicar la Buena Nueva de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, si queremos profundizar un poco: ¿qué es la eternidad? La define así uno de los más grandes teólogos del siglo XIX, el alemán Matthias Joseph Scheeben[1], hablando del conocimiento y el amor de Dios que el alma experimenta, no por sus propias fuerzas, sino por la participación a la vida divina –eterna- por medio de la gracia: “Siendo así que la posesión y el goce de Dios, que sus hijos alcanzan como herencia correspondiente a su alta dignidad, sin una grandiosa elevación y glorificación de su vida no pueden concebirse y, porque la intuición misma de Dios, en que se concentran su posesión y goce, es un acto vital divino, por esto la toma de posesión de la herencia de los hijos de Dios, como nueva participación de la vida divina, ha de ser para ellos un nuevo nacimiento del seno (ex sinu) de Dios. Por este nuevo nacimiento la divina fuerza de vida inunda a la creatura y ensancha su capacidad de comprensión de tal manera que la creatura puede concebir en sí la esencia divina –que penetra en lo más profundo e íntimo del espíritu- y con el conocimiento y amor de la misma puede desplegar la vida más elevada, una vida que del modo más admirable radica al mismo tiempo en Dios y saca de él su alimento, una vida verdaderamente divina, por la cual la creatura vive en Dios y Dios vive en ella”[2]. En pocas palabras, lo que dice Scheeben es que, por la gracia, la creatura se vuelve capaz de conocer y amar a Dios como Él se conoce y se ama, y esto porque se hace partícipe de la vida divina, que por nacer del seno –ex sinu- de Dios, es vida eterna.
         ¿Qué es la vida eterna, entonces, por la cual amamos y conocemos a Dios como Él se ama y conoce? Continúa Scheeben: “Si bajo el atributo “eterno” se entiende solamente el carácter imperecedero, la inmortalidad de la vida, evidentemente no habrá misterio sobrenatural en ello”. Es decir, la vida eterna no se define meramente por la inmortalidad, la vida sin fin. “El espíritu creado es inmortal por naturaleza, también su vida natural es imperecedera y por tanto eterna. La eternidad del espíritu y de su vida es una cosa que de suyo se impone, tanto, que nuestra razón natural debe admitirla como necesaria; es tan comprensible, que lo contrario es completamente incomprensible para la razón (…) el Salvador designa la vida eterna como una vida que ha de llegarnos mediante la unión con Él, Hijo natural de Dios, y mediante la unión con su Padre eterno; como una vida, que del Padre pasa a Él y de Él a todos aquellos que mediante la fe o la Eucaristía se asimilan a la fuerza vital propia de Él. De modo que necesariamente ha de ser una vida sobrenatural, que se infunde a la creatura desde arriba, desde el seno de la divinidad; y si en esta relación es designada como vida eterna, entonces la eternidad de la misma ha de estribar precisamente en que nosotros, mediante ella, participamos de la vida absolutamente eterna de Dios. La vida eterna, que Cristo nos prometió, es eterna no sólo porque en alguna manera es sencillamente inmortal, imperecedera, sino porque es una emanación de la vida absolutamente eterna, sin principio ni fin, inmutable de la divinidad”[3]. Y esta vida eterna, como nos dice Scheeben, la vida eterna que Cristo nos prometió y que fue por la que San Antonio María Claret dio su vida terrena, la obtenemos, por la gracia, por la fe y por la Eucaristía, en la silenciosa adoración Eucarística, y en la Santa Misa, en la consagración, y la poseemos ya desde esta vida terrena, como anticipo, si comulgamos en gracia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 706ss.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 9 de diciembre de 2016

San Juan Diego Cuauhtlatoatzain


         Puede decirse que San Juan Diego fue, en su vida terrena, uno de los hombres más afortunados de la tierra, puesto que tuvo el privilegio de ser el destinatario de las apariciones de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Esto nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿cómo era San Juan Diego antes de que la Virgen se le apareciese? ¿Qué características tenía su personalidad? ¿Era una persona letrada? ¿Era una persona importante, desde el punto de vista humano? Podemos decir que San Juan Diego era ya un hombre de mediana edad, de unos cincuenta años. De raza indígena, había sido catequizado y bautizado por los misioneros españoles y había adoptado el nombre de Juan Diego. Al momento de aparecérsele la Virgen, Juan Diego tenía por lo tanto estas características: había recibido la instrucción en la fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, y vivía esta fe y la practicaba con mucho amor, y la prueba está en que, en el tiempo en el que la Virgen se le apareció, se encontraba practicando una de las obras de misericordia de la Iglesia, que es el asistir a los enfermos, ya que se encontraba de camino hacia el poblado para buscar al sacerdote que le diera la unción de los enfermos a su tío, gravemente enfermo. Otra característica de Juan Diego era su gran amor por la Misa y la Eucaristía, a la que asistía con asiduidad, a pesar de que para llegar al templo parroquial debía caminar por varios kilómetros, cada vez que había Misa. Otra característica es su gran humildad: a pesar de que es la Virgen misma la que lo elige, él se considera que es “nada” y que “la Señora” podría elegir otros que son “mejores que él”; también se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, a quien consideraba como lo que era, es decir, un sucesor de los Apóstoles. A pesar de tener cincuenta años, su corazón y su alma tenían la pureza y la inocencia de un niño, y esto lo da la gracia santificante, y hacía que su alma fuera sumamente agradable a Dios, porque el mismo Jesús nos dice que, para entrar en el Reino de los cielos, hay que ser como niños, es decir, puros e inocentes como niños, y esto solo lo da la gracia santificante; esto se prueba por las mismas palabras de la Virgen, quien se dirige a Juan Diego diciéndole “mi niño más pequeño”. No era letrado, porque no tenía estudios, pero sí tenía la sabiduría divina que le hacía apreciar y valorar la Eucaristía y la Unción de los enfermos como más valiosos que el oro, porque le permitían salvar su alma y la de su tío, y es por eso que su preocupación era encontrar un sacerdote para que le diera la unción a su tío agonizante. No era un personaje “importante” según el modo de ver de los humanos, porque no tenía estudios académicos, ni origen noble, ni ocupaba puestos sociales de importancia; sin embargo, poseía en su alma aquello que lo hacía noble a los ojos de Dios, y era la gracia santificante, a la cual cuidaba con todo celo y buscaba de acrecentarla con obras de caridad, como el asistir a los enfermos. Una vez que conoce a la Virgen, le obedece en todo lo que le dice, aun cuando lo que la Virgen le pide supera su capacidad de comprensión –por su sola razón, no podía creer que hubieran rosas de Castilla en la cima del monte Tepeyac, por la época invernal y por el lugar, y sin embargo, sube a buscar las rosas, porque la Virgen se lo pide-; también vence sus respetos humanos –como vimos, se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, pero lo hace porque la Virgen se lo pide- y le lleva al Obispo las rosas de Castilla que recoge del monte Tepeyac, tal como la Virgen se lo había pedido, y su obediencia y amor a la Virgen le valen el haber sido instrumento de uno de los más grandiosos milagros de la Virgen, que es la impresión en su tilma de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Estas son entonces las características de San Juan Diego: fe en Jesucristo y en la vida eterna que Él concede; amor a la Iglesia y amor a sus sacramentos, como la Eucaristía y la Unción de los enfermos; humildad de corazón; sabiduría divina; obediencia a las órdenes de la Virgen;  misericordia en su corazón, porque buscaba que su tío agonizante salvara su alma; amor a la Virgen y obediencia a lo que la Virgen le pedía, aun cuando no comprendiera con su razón natural; vivía en gracia santificante y eso le concedía el ser “como niño”, es decir, heredero y merecedor del cielo.

         Lejos, muy lejos de ser como San Juan Diego, sin embargo nosotros podemos imitarlo en algo y es darle a la Virgen, no una tilma, sino nuestros corazones, para que Ella se digne imprimir en nuestros corazones su imagen, la hermosísima y maravillosa imagen de la Virgen de Guadalupe. Y también podemos ofrecerle a la Virgen nuestras tribulaciones y preocupaciones, para así escuchar de labios de la Virgen lo mismo que le dijera a San Juan Diego en el momento de mayor angustia en su vida, que era cuando su tío estaba agonizante: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”.

viernes, 11 de noviembre de 2016

San Martín de Tours y la misteriosa presencia de Jesús en el prójimo


En la vida de San Martín de Tours hubo un episodio que cambió su vida para siempre y fue el encuentro con un mendigo, en un día de invierno. Sucedió lo siguiente: “Siendo joven y estando de militar en Amiens (Francia). Un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto””[1]. Dice Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, que luego de que Martín tuviera esta visión, se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Después de ser bautizado, se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Como vemos, el encuentro con el mendigo cambió radicalmente la vida de San Martín de Tours, puesto que, una vez convertido, inició con toda seriedad su vida cristiana. Pero la enseñanza central de su vida de santidad es el encuentro con este misterioso hombre, aterido de frío, en un día de crudo invierno. ¿Era un hombre, es decir, un ser humano, en quien estaba Jesucristo? ¿O era Jesucristo quien, ocultándose a los ojos de San Martín en su gloria, se hacía pasar por un indigente? Las palabras de Jesús a San Martín de Porres no permiten aclarar la cuestión, y nos hacen inclinar ya sea a una u otra posibilidad. Sin embargo, más allá de eso, lo que nos enseña este episodio de la vida de San Martín, ya sea que fuera un hombre en quien estaba Jesús, o que fuera Jesús en Persona que se hacía pasar por un indigente, es: por un lado, que Jesús está Presente, de un modo misterioso pero real, en todo prójimo necesitado; por otro lado, el encuentro personal con Cristo conduce a la conversión y al Reino de los cielos.
También nos enseña que la recompensa que Jesús da a quien presta auxilio a un prójimo necesitado, supera infinitamente lo que podemos pensar, imaginar o desear, porque la recompensa que recibió San Martín de Tours, por realizar una obra de misericordiosa corporal –vestir al desnudo-, fue infinitamente más grande que la mitad de la capa que Él había dado al mendigo, y es la gracia de la conversión primero y la perseverancia final en la fe y en las buenas obras después, perseverancia que le obtuvo el ingreso en el Reino de los cielos.
Al recordar a San Martín de Tours en su día, meditemos en este episodio de su vida, y le pidamos que interceda por nosotros ante Jesús para que, como cristianos y a imitación suya, veamos en el prójimo –en todo prójimo, pero sobre todo, en el más necesitado- la misteriosa Presencia de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, perseverando en la fe y en las buenas obras hasta el fin de la vida, seamos capaces de llegar un día al Reino de los cielos, para adorar, junto a San Martín de Porres y a todos los santos, al Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 28 de octubre de 2016

Fiesta de San Simón y San Judas Apóstoles


San Judas Tadeo martirizado

         ¿Qué nos dice San Judas Tadeo, en la carta del Nuevo Testamento atribuida a él? Nos advierte acerca de dos corrupciones: del cuerpo y de la fe. El mensaje principal es la lucha por la “fe que una vez fue entregada al pueblo santo”: “3. Queridos míos, yo tenía un gran deseo de escribirles acerca de nuestra común salvación, pero me he visto obligado a hacerlo con el fin de exhortarlos a combatir por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los santos”. Esta fe, es la fe bimilenaria de la Iglesia, transmitida por el Magisterio de la Iglesia y expresada en el Credo de los Apóstoles.
         Advierte luego acerca de las infiltración de falsas doctrinas y falsos maestros, que utilizando la gracia de Dios de modo perverso, la usan cmo “pretexto para su libertinaje, renegando de Jesucristo”: “4. Porque se han infiltrado entre ustedes ciertos hombres, cuya condenación estaba preanunciada desde hace mucho tiempo. Son impíos que hacen de la gracia de Dios un pretexto para su libertinaje y reniegan de nuestro único Dueño y Señor Jesucristo”. Son los falsos profetas, los que utilizan la Iglesia Católica, sus estructuras y hasta sus fieles, para difundir ideologías contrarias al cristianismo, como el marxismo y el liberalismo.
Anuncio luego el castigo divino para quien pervierte la fe verdadera, y para ello toma el ejemplo del Pueblo Elegido, algunos de cuyos integrantes, los que se rebelaron contra Dios, murieron, y también el ejemplo de los ángeles caídos, “encadenados eternamente” por Dios a causa de su rebeldía: “5. Quiero recordarles, aunque ustedes ya lo han aprendido de una vez por todas, que el Señor, después de haber salvado al pueblo, sacándolo de Egipto, hizo morir en seguida a los incrédulos. 6. En cuanto a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el Juicio del gran Día”.
Luego advierte, de modo particular, acerca de la severidad del castigo del fuego eterno para quienes se dejan arrastrar por los pecados contra la Naturaleza (lo cual no quiere decir que “Jesús o la Iglesia rechazan a los homosexuales por ser homosexuales”, sino que se los acepta en su condición, pero se les pide lo que se le pide a todo heterosexual: la conversión y la vida de castidad): “7.También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno”.
Compara a los que pervierten la fe –por ejemplo, Hans Küng-, con quienes “profanan sus cuerpos”: “Los falsos maestros, profanan sus propios cuerpos y rechazan la autoridad del Señor: 8. Lo mismo pasa con estos impíos: en su delirio profanan la carne, desprecian la Soberanía e injurian a los ángeles gloriosos”.
Estos –los falsos maestros y los que profanan sus cuerpos, sean homosexuales o heterosexuales-, “blasfeman” (Versículos 9 y10), son “ambiciosos” (Versículos 11) y “profanadores, irreverentes”: “12. Ellos manchan las comidas fraternales, porque se dejan llevar de la glotonería sin ninguna vergüenza y sólo tratan de satisfacerse a sí mismos. Son nubes sin agua llevadas por el viento, árboles otoñales sin frutos, doblemente muertos y arrancados de raíz”.
A estos tales, “les espera el Castigo Eterno”: “13. olas bravías del mar, que arrojan la espuma de sus propias deshonras, estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas”.
De ellos habla el profeta Henoc, cuando advierte que Dios espera pacientemente y soporta los insultos y blasfemias contra Él, hasta que, cansado de tantas injusticias, llegue en el Juicio Final para dar a cada uno lo que se mereció con sus obras: “14. A ellos se refería Henoc, el séptimo patriarca después de Adán, cuando profetizó: “Ya viene el Señor con sus millares de ángeles, 15.para juzgar a todos y condenar a los impíos por las maldades que cometieron, y a los pecadores por las palabras insolentes que profirieron contra él”.
Quienes pervierten la fe y corrompen sus cuerpos, aun cuando sean religiosos –laicos o consagrados-, lo que buscan en la Iglesia es “satisfacer sus propias pasiones”: “Buscan satisfacer sus propias pasiones”, y para ello utilizan la adulación, para corromper a las almas y obtener lo que quieren: “16. Todos estos son murmuradores y descontentos que viven conforme al capricho de sus pasiones: su boca está llena de petulancia y adulan a los demás por interés”.
Luego, advierte a quienes aman a Jesucristo y desean mantenerse en su amistad y gracia, recordándoles que los últimos tiempos de la humanidad se caracterizará por quienes “se burlarán de todo y vivirán de acuerdo a sus pasiones” y no según la Ley de Dios: “17. En cuanto a ustedes, queridos míos, acuérdense de lo que predijeron los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. 18. Ellos les decían: “En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías”.
         Refrendando la Escritura, que afirma que “los que cosechan en la carne, siembran en la carne, esto es, corrupción”, así también, los que no tienen verdadera fe ni respetan sus cuerpos como “templos del Señor” –sean homosexuales o heterosexuales-, “provocan divisiones” con sus perversiones, habladurías y herejías, y es porque “no poseen el Espíritu” de Dios, que es fuente de unidad, amor, paz, sabiduría divina: “19. Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu”.
Por último, exhorta a permanecer fieles a Cristo, siendo fieles a la fe de la Iglesia –expresada en el Catecismo y en el Credo-: “20. Pero ustedes, queridos míos, edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima”, y la forma de permanecer fieles, es decir, de creer en la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios crucificado, muerto y resucitado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es por medio de la oración “en el Espíritu Santo”: “orando en el Espíritu Santo”.

Y la mejor forma de “orar en el Espíritu Santo”, es hacerlo allí donde habita el Espíritu Santo y es en el Corazón Inmaculado de María

viernes, 22 de abril de 2016

San Jorge y el Dragón


         San Jorge fue un soldado romano, nacido en el siglo III en Capadocia (Turquía) y que falleció a principios del IV. Según algunas versiones de la Tradición, se dice que su padre era militar y que por ese motivo su hijo, siguiendo sus pasos, ingresó al ejército romano, en donde se convirtió y siguió a Jesucristo, dando su vida por Él[1].
Según la narración que de su vida hiciera Santiago de la Vorágine en su obra “La Leyenda dorada”, escrita en el siglo XIII, San Jorge es presentado como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho dragón exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo, pero cuando se quedaron sin animales, el dragón exigió que se le entregara cada día una persona viva, y la primera en ser elegida por sorteo, resultó ser la hija del rey. Sin embargo, cuando el monstruo estaba a punto de devorarla, San Jorge la salvó[2], enfrentando al Dragón y derrotándolo.
Según cuenta la Tradición, San Jorge, armado con una poderosa lanza y protegido por una gran armadura, arremetió con su caballo contra el monstruo, atravesando su negro y duro corazón, dándole muerte instantáneamente. De esa manera, tanto la población como la doncella, pudieron desde entonces vivir en paz. Luego, San Jorge murió mártir, en ocasión de las persecuciones de los emperadores Diocleciano y Máximo, a principios del año 300 d. C.
Ahora bien, hay un mensaje de santidad que nos deja San Jorge, y es el siguiente: el Dragón contra el cual lucha San Jorge, es el Demonio; la doncella virgen, es el alma en gracia, a la cual el Demonio, que “anda rugiente como león, buscando a quien devorar” (cfr. 1 Pe 5, 8), quiere precisamente devorar, es decir, destruir en la inocencia de la gracia, para inocularle el veneno pestilente del pecado y de la rebelión contra Dios; la poderosa lanza con la que está armado San Jorge, es la oración, especialmente el Santo Rosario y también la Santa Misa, que desarman y aplastan al Demonio; la armadura que lo protege de los ataques del Demonio, es la fe de la Santa Iglesia Católica, la fe del Credo que rezamos los Domingos, la fe en la que confesamos que Jesucristo, Presente en la Eucaristía, es Nuestro Salvador y Redentor.
         Al recordarlo en su día, le pidamos a San Jorge que interceda por nosotros para que, al igual que él, también nosotros nos revistamos con las armas de la oración y la armadura de la fe, para conservar nuestras almas puras e inmaculadas por la gracia y nuestros cuerpos castos y puros, para que sean “templo del Espíritu Santo”, y nuestros corazones sean altares en donde se adore a Jesús Eucaristía. Por último, si bien no todos estamos llamados al martirio cruento, como San Jorge, sí estamos llamados a dar un testimonio cotidiano, incruento, de nuestra fe en Jesucristo, un testimonio que no exige derramamiento de sangre, pero sí exige amar a Jesús antes que a los hombres.



[1] Cfr. http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 21 de enero de 2016

Santa Inés, virgen y mártir


         Inés, cuyo nombre proviene de “Agnus” y significa “Pura”[1], fue mártir de la pureza del cuerpo –la virginidad- y mártir de la pureza del alma –el alma que está en gracia y cree solo en Jesucristo por la fe-. Fue mártir de la pureza corporal porque rehusó el adulterio corporal, debido a que ya estaba desposada con Cristo Esposo, mediante su voto de castidad; fue mártir de la pureza del alma, es decir, del alma que se encuentra en gracia y vive de la fe en Cristo Jesús, porque rehusó el adulterio espiritual, al negarse a adorar a los ídolos, manteniendo firme su fe en que sólo Cristo es Dios, el Único y Verdadero Dios, que debe ser adorado. Santa Inés muere mártir por la doble pureza, del cuerpo y del alma y quien nos da noticias acerca de su doble martirio, es San Ambrosio[2]. Afirma el santo que Santa Inés, que tenía trece años, había consagrado su virginidad a Jesús, considerándolo como su Esposo; la causa de su martirio fue, precisamente, el negarse a desposarse con el hijo del alcalde de Roma. Cuando éste, enamorado de la belleza de Santa Inés, “le promete grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio, la santa le responde: “He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta”[3]. Santa Inés consideraba, con razón, que si cedía a este amor terreno, cometería adulterio contra su Esposo, Cristo y es por eso que rechaza la propuesta de matrimonio. Su respuesta enfurece al hijo del alcalde, quien recurre a su padre; éste último la hace apresar para amenazarla luego con las llamas si no renegaba de su religión; al mostrarse firme en su relación de morir por Cristo, la condenan a morir decapitada[4].
Así relata San Ambrosio el doble martirio de Santa Inés: “(…) muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”[5]. En cuanto al martirio por la pureza del alma, es decir, el alma en gracia y que cree en Jesucristo como el Hombre-Dios, el Único Dios Viviente que merece ser adorado, dice así San Ambrosio: “Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos, levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal de la victoria de Jesucristo”[6].
En nuestros días, en los que se exalta la impureza corporal en todas sus formas, presentándola incluso como “derecho humano” y pretendiendo que aún los niños adquieran, desde su más tierna infancia, todas las faltas contra la pureza imaginables –se enseña en las escuelas a niños de pequeña edad que las faltas contra la castidad no son tales, sino parte de la “evolución” del sujeto-, el ejemplo de Santa Inés, que a la edad de trece años había consagrado su virginidad a Cristo Esposo y muere por no cometer adulterio contra Él, es más válido y más actual que nunca, y es por eso que Santa Inés resplandece en el firmamento como un ejemplo a seguir por los jóvenes que quieren conservar la pureza corporal y vivir la castidad, en la imitación de Cristo, Casto y Puro.
Pero Santa Inés es ejemplo también de la pureza espiritual, porque su fe, firme y límpida en Jesucristo como Hombre-Dios, no se ve contaminada, en ningún momento, por la adoración a los ídolos. En nuestros días, en los que la secta luciferina de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario, propicia la idolatría, el neo-paganismo y la adoración de Lucifer, el doble martirio de Santa Inés, con su negativa a rendir culto idolátrico a los ídolos paganos, es un don que el cielo nos ofrece para no solo no caer en las tinieblas de la idolatría, sino para adorar al Único Dios Verdadero, Jesucristo, el Dios del sagrario, el Dios de la Eucaristía.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/In%C3%A9s.htm
[2] Del tratado de san Ambrosio, obispo, sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/In%C3%A9s.htm
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

miércoles, 3 de junio de 2015

San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires dieron sus vidas por una doble pureza: del cuerpo y de la fe


         En el año 1885, había en Uganda un rey llamado llamado Muanga, quien además de ser contrario al Sexto Mandamiento, tenía como primer ministro a un brujo llamado Katikiro, el cual odiaba profundamente a los que se convertían al catolicismo, pues ya no se dejaban engañar por sus brujerías[1]. Fue este brujo quien le propuso -y finalmente convenció-, al rey de que debía hacer morir a todos los que se declararon cristianos.
Desde ese momento, el rey Muanga, cruel y sanguinario, siguiendo el consejo del brujo, comenzó a perseguir a todos los que se declararan cristianos católicos. Reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: “De hoy en adelante queda totalmente prohibido ser cristiano, aquí en mi reino. Los que dejen de rezar al Dios se los cristianos, y dejen de practicar esa religión, quedarán libres. Los que quieran seguir siendo cristianos irán a la cárcel y a la muerte”. Y luego les dio esta orden: “Los que quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia adelante”. Inmediatamente Carlos Luanga, que desempeñaba el cargo de jefe de todos los empleados y mensajeros del palacio, dio el paso hacia adelante. Lo siguió el más pequeño de los mensajeros, que se llamaba Kisito. Y enseguida 22 jóvenes más dieron el paso decisivo. Inmediatamente entre golpes y humillaciones fueron llevados todos a prisión, dando así comienzo a su calvario, que finalizaría luego en el martirio que los conduciría al cielo[2]. Una vez en la prisión, y antes de ser ejecutado, Carlos Luanga alcanzó a administrar el bautismo a algunos de los jóvenes que no habían recibido todavía este sacramento que los convertía en hijos de Dios y les abría las puertas del Reino de los cielos.
El rey Muanga los volvió a reunir y les preguntó: “¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?”. Y ellos respondieron a coro: “Cristianos hasta la muerte”. Entonces por orden del cruel ministro Katikiro fueron llevados prisioneros a 60 kilómetros de distancia por el camino, y allí mismo fueron asesinados por los guardias[3]. El 3 de junio del año 1886, día de la Ascensión, los envolvieron en esteras de juncos muy secos, y haciendo un inmenso montón de leña seca los colocaron allí y les prendieron fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando a Dios, hasta el último aliento de su vida. Por el camino se llevaron los verdugos a dos mártires más, ya mayores de edad. El uno por haber convertido y bautizado a unos niños (San Matías Kurumba) y el otro por haber logrado que su esposa se hiciera cristiana (San Andrés Kawa). Ellos se unieron a los otros mártires (de los cuales 17 eran jóvenes mensajeros) y en total murieron en aquel año 26 mártires católicos[4].
El rey Muanga estaba doblemente contrariado con San Carlos Luanga y el resto de los mártires: porque no querían ceder a sus insinuaciones contrarias a la castidad y porque no querían adorar a los falsos dioses de la brujería. San Carlos Luanga y los demás mártires defendieron con sus vidas su fe y su castidad; defendieron con sus vidas la verdad de que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) y de que Jesucristo es Dios Hijo encarnado y que por lo tanto, es el Único Dios que debe ser adorado. De esa manera, San Carlos Luanga y sus compañeros mártires se convierten en luminosos ejemplos para nuestros oscuros días, en donde la marea de impureza corporal –se aceptan las faltas a la castidad y a la pureza como norma de vida- y espiritual –la impureza espiritual consiste en adorar a ídolos neo-paganos, en vez de adorar al Único Dios verdadero, Jesucristo, en la Eucaristía-, representada en la secta neo-pagana y luciferina de la Nueva Era, amenaza con conducir a toda la humanidad al Abismo del cual no se retorna.
San Carlos Luanga y compañeros mártires defendieron con sus vidas las dos verdades arrasadas hoy por la impureza carnal y por el neo-paganismo satanista de la Nueva Era: la castidad del cuerpo y la pureza inmaculada de la fe en Jesucristo como Hombre-Dios, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía. Prefirieron perder sus vidas antes que perder la comunión de vida y amor con el Cordero de Dios, y por ese motivo, gozan por la eternidad de su Presencia y lo adoran por siglos sin fin en el Reino de los cielos.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Carlos%20Luanga_6_3.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.