San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 30 de noviembre de 2016

San Andrés, Apóstol


         De San Andrés dice así San Juan Crisóstomo: “Después de haber estado con Jesús y haber aprendido de él muchas cosas, no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir a su hermano, para hacerle partícipe de su dicha. Fijémonos en lo que dice a su hermano: “Hemos encontrado al Mesías” (traducido, quiere decir “Cristo”)”[1].
         Es decir, San Ambrosio dice dos cosas de San Andrés: que encontró a Jesús, el Mesías –que era lo que esperaban los justos del Antiguo Testamento- y que, luego de haberlo encontrado, fue a comunicar a su hermano Pedro de su hallazgo. Lo sucedido a San Andrés es el hecho más hermoso, sorprendente, grandioso y maravilloso que pueda sucederle a una persona en esta vida, porque significa encontrar a Aquel a quien los ángeles en el cielo se postran en adoración y, extasiados en el amor, cantan alabanzas e himnos de adoración; San Andrés, iluminado por el Espíritu Santo, encontró a Aquel que es la Sabiduría de Dios encarnada, Cristo Jesús; encontró a la Palabra de Dios hecha hombre, que por estar unida a una naturaleza humana, se comunicaba con los hombres con su mismo lenguaje, revelándoles el camino de la eterna salvación por medio de palabras humanas en las que estaba contenida la Divina Sabiduría; San Andrés encontró al Hijo de Dios encarnado, que era invisible, que era Dios como el Padre y que habitaba en una luz inaccesible, pero que por la Encarnación en el seno virgen de María, se hizo visible, sensible y audible para los hombres, para que los hombres pudieran contemplar la gloria de Dios oculta en una naturaleza humana. Pero debido a que el Hijo de Dios es Vida Increada y comunica de su vida divina y su Divino Amor a los hombres, San Andrés, encendido en su corazón por el fuego de este Divino Amor, fue a comunicarlo a su hermano Pedro, y es por esto que dijo: “Hemos encontrado al Mesías”.
         Ahora bien, todo cristiano, al contemplar la Eucaristía con la luz del Espíritu Santo y con la fe de la Iglesia Católica, debería decir también, junto con San Andrés: “Hemos encontrado al Mesías”, porque la Eucaristía es el mismo Mesías, el mismo Cristo Jesús encontrado por San Andrés, sólo que ahora ha pasado ya por su misterio pascual salvífico de muerte y resurrección y se encuentra oculto, bajo apariencia de pan, en la Hostia consagrada. Y, como San Andrés, todo cristiano que adora la Eucaristía, es decir, al Cordero de Dios oculto en las especies eucarísticas, movido por el Divino Amor, debería gritar desde las azoteas al mundo entero: “¡Hemos encontrado al Mesías, Cristo Jesús, y está en la Eucaristía!”.



[1] Homilía 19, 1: PG 59, 120-121.

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