San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 9 de julio de 2013

Vida y milagros de San Cristóbal[1] (redactado para niños)



            Cristóbal significa “el que carga o portador de Cristo”. San Cristóbal, popularísimo gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades: era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele viajar en coche, los automovilistas piadosos llevan una medalla de san Cristóbal junto al volante.
¿Quién era? Con la historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que nació en el año 405, y quizá un mártir de Asia menor a quien ya se rendía culto en el Siglo V. Su nombre griego, “el portador de Cristo”, es enigmático, y se empareja con una de las historias más bellas y significativas de toda la tradición cristiana. Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran dignos de él.

            Mensaje de santidad de San Cristóbal[2]
Según la tradición, había una vez un joven, muy alto y con mucha fuerza, que se llamaba Cristóbal, quien se ofreció a un rey para trabajar en el castillo. Un día, había una fiesta en el castillo, y había unos que hacían una obra de teatro. En algunas partes, nombraban al diablo, y cada vez que nombraban al diablo, el rey se santiguaba, y entonces Cristóbal le preguntó que porqué hacía eso. El rey le dijo que era porque le tenía miedo al diablo, entonces Cristóbal le dijo que él iba a buscar al diablo para servirlo, porque él quería servir al más fuerte de todos.
 Cristóbal salió del castillo y comenzó a caminar, y se encontró con el diablo, que venía a caballo, y le dijo si podía servirlo, y el diablo le dijo que sí, y siguieron caminando. Iban así por el camino, el diablo a caballo y Cristóbal a su lado, cuando de repente vieron, al costado del camino, una cruz de madera. Apenas vio la cruz, el diablo se puso blanco del miedo, se bajó del caballo, y comenzó a correr para el otro lado de donde estaba la cruz, se metió en el monte, y lleno de espanto, salió por otro lado del camino, más delante de donde estaba la cruz. Cristóbal, que creía que el diablo tenía mucha fuerza, le preguntó al diablo que porqué había escapado de la cruz, y el diablo le dijo: “En esa cruz murió el Hijo de Dios, y por eso le tengo terror a la cruz”. Entonces Cristóbal le dijo al diablo que él no era tan fuerte como creía, y que lo iba a dejar para buscar a ese Hijo de Dios, que ése sí era fuerte, y se fue.
Cristóbal seguía caminando, buscando a Cristo para servirlo, y se encontró con un sacerdote viejito, que le preguntó qué era lo que buscaba. Cristóbal le dijo que a Jesús, porque le habían dicho que era muy fuerte, y por eso quería servirlo.
Entonces el sacerdote anciano le dijo que había una forma en que podía servir a Jesús: ahí cerca había un río que tenía mucha agua y que era hondo, y mucha gente se había ahogado tratando de pasarlo. El sacerdote le dijo a San Cristóbal que lo que él podía hacer, para servir a Jesús, era ayudar a la gente a cruzar el río. Como él era grande y fuerte, esto no le iba a costar mucho. San Cristóbal le dijo que sí al sacerdote viejito, y se armó una casita a la orilla del río, y se puso a esperar a que pasara la gente, y así se pasó mucho tiempo, ayudando a la gente a cruzar.
Un día, Cristóbal estaba en su casa, a la orilla del río, esperando que viniera más gente, cuando oyó la voz de un niño: “¡Cristóbal, sal de la casa, y ayúdame a cruzar el río!”. Salió Cristóbal, pero no encontró a nadie, así que se volvió a meter en su casa. Le volvió a pasar lo mismo otra vez, y se volvió a meter en la casa. Parecía que el niño estaba jugando a las escondidas con Cristóbal. Por tercera vez, volvió a sentir la misma voz que lo llamaba, salió, y ahí sí vio a un niño, que era el que lo llamaba. Cristóbal se acercó, y el niño le pidió que lo llevara a la otra orilla del río, y eso hizo Cristóbal, subiéndolo al niño, que era pequeño, como de unos nueve o diez años, sobre sus hombros y, usando su bastón, se metió en el río.
Cristóbal se metió en el río, pensando que era un trabajo fácil, porque era pequeño, y no pesaba mucho. Él ya había pasado otras veces el río, llevando a gente mucho más pesada que el niño, y nunca había pasado nada.
Iba así caminando Cristóbal con el niño, cuando empezó a pasar algo raro: el agua comenzó a aumentar mucho, tanto, que casi le llegaba al pecho a Cristóbal, y además, lo más raro de todo, el niño empezó a aumentar de peso. A cada paso que daba, el niño aumentaba más y más de peso, hasta que Cristóbal pensó que ya no podía soportar más. Pero como era muy fuerte, hizo más fuerza, y siguió caminando por el río, hasta que pudo salir. Cuando llegó a la orilla, bajó al niño del hombro, y le dijo: “¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que me parecía llevar el mundo entero en mis hombros?”.
“Cristóbal –le dijo el niño-, acabas de decir una gran verdad, no te extrañes que hayas sentido ese peso, pues como bien lo has dicho, sobre tus hombros llevabas al mundo entero y al Creador de ese mundo. Yo Soy Cristo tu Rey. Me buscabas y me has encontrado. A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.voy a darte una prueba de que lo que te estoy diciendo es verdad. Cuando pases de nuevo la corriente, una vez que hayas llegado a tu choza, hinca al lado de la casa tu bastón; mañana estará verde y lleno de frutos”.
Cristóbal hizo lo que el Niño Jesús le había dicho, y al día siguiente su bastón se había transformado en una palmera con dátiles. A partir de ahí, Cristóbal creyó en Jesús y se bautizó como cristiano en un lugar llamado Antioquía.
Ya cuando era cristiano, Cristóbal se encontró con un rey que le dijo que ya no creyera más en Jesús, porque si no él lo iba a matar. Cristóbal dijo que prefería morir antes que decir que no creía en Jesús. Entonces el rey mandó a dos jóvenes para que lo convencieran, porque si no lo iban a matar, pero al final fue Cristóbal el que las convenció de que creyeran en Jesús. El rey se enojó mucho, y mandó que le pegaran con barras de hierro, y después que le pusieran un casco caliente en la cabeza, pero a Cristóbal nada le pasaba, porque el Niño Jesús lo protegía. También lo ataron a una parrilla, de esas parecidas a las de los asados, pero bien grande, y le pusieron mucho fuego para que Cristóbal se quemara, pero la parrilla se derritió con el fuego, y Cristóbal no se quemó. Entonces el rey les dijo a sus arqueros, que eran más de veinte, que le tiraran flechas a Cristóbal y lo mataran, pero cuando los arqueros tiraron las flechas, estas se quedaron quietas en el aire, y no llegaron hasta donde estaba Cristóbal, hasta que en un momento, cuando estaban así quietas en el aire, se dieron vuelta y salieron volando adonde estaba el rey, y se clavaron en los ojos del rey, que se quedó ciego.
Cristóbal le dijo al rey: “Escucha, tirano, mañana estaré muerto. En cuanto haya expirado, toma del suelo un poco de polvo, empápalo con mi sangre, y ponlo sobre tus ojos, y recobrarás la vista”.
Al día siguiente, Cristóbal fue decapitado y murió, y por eso es mártir, que quiere decir que está en el cielo. El rey hizo lo que Cristóbal le dijo, y recuperó la vista, y empezó a creer en Jesús, y se arrepintió de todo el mal que había hecho[3].
Y esa es la historia de San Cristóbal. ¡Qué lindo lo que le pasó a Cristóbal! Él buscaba a Cristo, y lo encontró, y quería servir a un rey fuerte, y Cristo es el rey más fuerte que todos los reyes juntos. Nosotros también tenemos que hacer como Cristóbal: buscar a Jesús, y servirlo con todas nuestras fuerzas.
Aprendamos a ser como San Cristóbal, que quería servir al rey más poderoso. Como San Cristóbal, nosotros no tenemos que servir ni a un rey de la tierra, y ni mucho menos al demonio. Sirvamos a Cristo Rey, que es Dios Todopoderoso; Jesús es Dios, y como Dios tiene mucha, muchísima más fuerza que cualquier hombre y que cualquier ángel, y que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Tratemos de ser como San Cristóbal, que sirvió a Jesús, llevándolo en su hombro, y haciéndolo pasar un río, aunque a nosotros seguramente que Jesús no se nos va a aparecer, y tampoco lo vamos a llevar en el hombro para hacerlo pasar un río, de una orilla a la otra, pero sí podemos hacer otra cosa: podemos llevar al Niño Dios en nuestro corazón, para que así pasemos de esta vida a la vida eterna.

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