Cristóbal
significa “el que carga o portador de Cristo”. San Cristóbal, popularísimo
gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas
de las ciudades: era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el
viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele
viajar en coche, los automovilistas piadosos llevan una medalla de san
Cristóbal junto al volante.
¿Quién era? Con la
historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que nació en el año
405, y quizá un mártir de Asia menor a quien ya se rendía culto en el Siglo V.
Su nombre griego, “el portador de Cristo”, es enigmático, y se empareja con una
de las historias más bellas y significativas de toda la tradición cristiana.
Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza
física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran
dignos de él.
Mensaje
de santidad de San Cristóbal[2]
Según la tradición,
había una vez un joven, muy alto y con mucha fuerza, que se llamaba Cristóbal,
quien se ofreció a un rey para trabajar en el castillo. Un día, había una
fiesta en el castillo, y había unos que hacían una obra de teatro. En algunas
partes, nombraban al diablo, y cada vez que nombraban al diablo, el rey se
santiguaba, y entonces Cristóbal le preguntó que porqué hacía eso. El rey le
dijo que era porque le tenía miedo al diablo, entonces Cristóbal le dijo que él
iba a buscar al diablo para servirlo, porque él quería servir al más fuerte de
todos.
Cristóbal
salió del castillo y comenzó a caminar, y se encontró con el diablo, que venía
a caballo, y le dijo si podía servirlo, y el diablo le dijo que sí, y siguieron
caminando. Iban así por el camino, el diablo a caballo y Cristóbal a su lado,
cuando de repente vieron, al costado del camino, una cruz de madera. Apenas vio
la cruz, el diablo se puso blanco del miedo, se bajó del caballo, y comenzó a
correr para el otro lado de donde estaba la cruz, se metió en el monte, y lleno
de espanto, salió por otro lado del camino, más delante de donde estaba la
cruz. Cristóbal, que creía que el diablo tenía mucha fuerza, le preguntó al
diablo que porqué había escapado de la cruz, y el diablo le dijo: “En esa cruz
murió el Hijo de Dios, y por eso le tengo terror a la cruz”. Entonces Cristóbal
le dijo al diablo que él no era tan fuerte como creía, y que lo iba a dejar
para buscar a ese Hijo de Dios, que ése sí era fuerte, y se fue.
Cristóbal seguía
caminando, buscando a Cristo para servirlo, y se encontró con un sacerdote
viejito, que le preguntó qué era lo que buscaba. Cristóbal le dijo que a Jesús,
porque le habían dicho que era muy fuerte, y por eso quería servirlo.
Entonces el
sacerdote anciano le dijo que había una forma en que podía servir a Jesús: ahí
cerca había un río que tenía mucha agua y que era hondo, y mucha gente se había
ahogado tratando de pasarlo. El sacerdote le dijo a San Cristóbal que lo que él
podía hacer, para servir a Jesús, era ayudar a la gente a cruzar el río. Como
él era grande y fuerte, esto no le iba a costar mucho. San Cristóbal le dijo
que sí al sacerdote viejito, y se armó una casita a la orilla del río, y se
puso a esperar a que pasara la gente, y así se pasó mucho tiempo, ayudando a la
gente a cruzar.
Un día, Cristóbal
estaba en su casa, a la orilla del río, esperando que viniera más gente, cuando
oyó la voz de un niño: “¡Cristóbal, sal de la casa, y ayúdame a cruzar el
río!”. Salió Cristóbal, pero no encontró a nadie, así que se volvió a meter en
su casa. Le volvió a pasar lo mismo otra vez, y se volvió a meter en la casa.
Parecía que el niño estaba jugando a las escondidas con Cristóbal. Por tercera
vez, volvió a sentir la misma voz que lo llamaba, salió, y ahí sí vio a un
niño, que era el que lo llamaba. Cristóbal se acercó, y el niño le pidió que lo
llevara a la otra orilla del río, y eso hizo Cristóbal, subiéndolo al niño, que
era pequeño, como de unos nueve o diez años, sobre sus hombros y, usando su
bastón, se metió en el río.
Cristóbal se metió en el río, pensando que era
un trabajo fácil, porque era pequeño, y no pesaba mucho. Él ya había pasado
otras veces el río, llevando a gente mucho más pesada que el niño, y nunca
había pasado nada.
Iba así caminando
Cristóbal con el niño, cuando empezó a pasar algo raro: el agua comenzó a
aumentar mucho, tanto, que casi le llegaba al pecho a Cristóbal, y además, lo
más raro de todo, el niño empezó a aumentar de peso. A cada paso que daba, el
niño aumentaba más y más de peso, hasta que Cristóbal pensó que ya no podía
soportar más. Pero como era muy fuerte, hizo más fuerza, y siguió caminando por
el río, hasta que pudo salir. Cuando llegó a la orilla, bajó al niño del
hombro, y le dijo: “¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que me parecía
llevar el mundo entero en mis hombros?”.
“Cristóbal –le dijo
el niño-, acabas de decir una gran verdad, no te extrañes que hayas sentido ese
peso, pues como bien lo has dicho, sobre tus hombros llevabas al mundo entero y
al Creador de ese mundo. Yo Soy Cristo tu Rey. Me buscabas y me has encontrado.
A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.voy a darte una prueba
de que lo que te estoy diciendo es verdad. Cuando pases de nuevo la corriente,
una vez que hayas llegado a tu choza, hinca al lado de la casa tu bastón;
mañana estará verde y lleno de frutos”.
Cristóbal hizo lo
que el Niño Jesús le había dicho, y al día siguiente su bastón se había
transformado en una palmera con dátiles. A partir de ahí, Cristóbal creyó en
Jesús y se bautizó como cristiano en un lugar llamado Antioquía.
Ya cuando era
cristiano, Cristóbal se encontró con un rey que le dijo que ya no creyera más
en Jesús, porque si no él lo iba a matar. Cristóbal dijo que prefería morir
antes que decir que no creía en Jesús. Entonces el rey mandó a dos jóvenes para
que lo convencieran, porque si no lo iban a matar, pero al final fue Cristóbal
el que las convenció de que creyeran en Jesús. El rey se enojó mucho, y mandó
que le pegaran con barras de hierro, y después que le pusieran un casco
caliente en la cabeza, pero a Cristóbal nada le pasaba, porque el Niño Jesús lo
protegía. También lo ataron a una parrilla, de esas parecidas a las de los
asados, pero bien grande, y le pusieron mucho fuego para que Cristóbal se
quemara, pero la parrilla se derritió con el fuego, y Cristóbal no se quemó.
Entonces el rey les dijo a sus arqueros, que eran más de veinte, que le tiraran
flechas a Cristóbal y lo mataran, pero cuando los arqueros tiraron las flechas,
estas se quedaron quietas en el aire, y no llegaron hasta donde estaba
Cristóbal, hasta que en un momento, cuando estaban así quietas en el aire, se
dieron vuelta y salieron volando adonde estaba el rey, y se clavaron en los
ojos del rey, que se quedó ciego.
Cristóbal le dijo al
rey: “Escucha, tirano, mañana estaré muerto. En cuanto haya expirado, toma del
suelo un poco de polvo, empápalo con mi sangre, y ponlo sobre tus ojos, y
recobrarás la vista”.
Al día siguiente,
Cristóbal fue decapitado y murió, y por eso es mártir, que quiere decir que
está en el cielo. El rey hizo lo que Cristóbal le dijo, y recuperó la vista, y
empezó a creer en Jesús, y se arrepintió de todo el mal que había hecho[3].
Y esa es la historia
de San Cristóbal. ¡Qué lindo lo que le pasó a Cristóbal! Él buscaba a Cristo, y
lo encontró, y quería servir a un rey fuerte, y Cristo es el rey más fuerte que
todos los reyes juntos. Nosotros también tenemos que hacer como Cristóbal:
buscar a Jesús, y servirlo con todas nuestras fuerzas.
Aprendamos a ser
como San Cristóbal, que quería servir al rey más poderoso. Como San Cristóbal,
nosotros no tenemos que servir ni a un rey de la tierra, y ni mucho menos al
demonio. Sirvamos a Cristo Rey, que es Dios Todopoderoso; Jesús es Dios, y como
Dios tiene mucha, muchísima más fuerza que cualquier hombre y que cualquier
ángel, y que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Tratemos de ser como
San Cristóbal, que sirvió a Jesús, llevándolo en su hombro, y haciéndolo pasar
un río, aunque a nosotros seguramente que Jesús no se nos va a aparecer, y
tampoco lo vamos a llevar en el hombro para hacerlo pasar un río, de una orilla
a la otra, pero sí podemos hacer otra cosa: podemos llevar al Niño Dios en
nuestro corazón, para que así pasemos de esta vida a la vida eterna.
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