San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 26 de julio de 2013

Santos Joaquin y Ana: padres de la Virgen María y abuelos del Hijo de Dios



La vida de los santos Joaquín y Ana es un ejemplo de cómo la bondad divina de Dios Trinidad, con el solo objetivo de donarnos su Amor infinito y eterno, no ha dudado en entrar personalmente no solo en la historia de la humanidad, sino en la historia personal de cada uno de los hombres. En el caso de Joaquín y Ana, la intervención de Dios Uno y Trino en sus vidas personales les concede una dimensión impensada, insospechada. Ellos eran ya personas buenas, piadosas, devotas y amantes de Dios, y vivían en comunión de vida y amor con Él, correspondiendo de esa manera al Amor de Dios que se les había manifestado en sus vidas. Pero Dios va más allá todavía: además de concederles su gracia, por medio de la cual los hace santos, su Amor lo lleva a unirse a su misma familia, al elegirlos para ser padres y abuelos, pero no padres y abuelos comunes: no son padres de una hija común y no son abuelos de un nieto más entre todos: son padres de la Virgen María y son abuelos del Hijo de Dios. Dios ama tanto a los hombres -en este caso a San Joaquín y Santa Ana-, que no le basta con darles la gracia para que sean santos: los elige para que sean parte de su familia. Es una “locura” de amor de parte de Dios, porque Dios les concede su gracia y los hace santos, pero al mismo tiempo se une a su familia, en su aspecto biológico, al elegir a la hija de ellos para que sea Madre de Dios Hijo, y al elegirlos para que sean abuelos de Dios Hijo encarnado. Locuras de amor de un Dios que es Amor: incoropora a la familia humana, Joaquín y Ana, a la Familia de la Santísima Trinidad. No solo les da su gracia santificante, sino que se incorpora a su familia biológica, haciéndose pariente de ellos.
Pero también con nosotros hace Dios Trino lo mismo: no solo nos crea; no solo nos da su gracia para ser santos, sino que además nos incorpora a la Familia Divina, la Familia compuesta por las Tres Personas de la Santísima Trinidad, convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios Padre, en hermanos de Dios Hijo, y nos ama con su Amor, que es un Amor esponsal, el Amor de Dios Espíritu Santo.

Y al igual que a los santos Joaquín y Ana, también a nosotros Dios Trino nos llama a su Reino, pero no como meros invitados, sino como herederos del Reino, como hijos del Padre, como hermanos del Hijo, como novios y esposos amados con el Amor nupcial del Espíritu Santo. Y al igual que los santos Joaquín y Ana, debemos responder a tanta muestra de Amor divino, con una vida de santidad.