San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 9 de agosto de 2016

Santo Domingo de Guzmán


         En tiempos de Santo Domingo de Guzmán, se desarrolló en una región de Francia y con gran fuerza, una herejía desarrollada por una secta llamada “albigense” y también “cátara” (del griego kataros = puro)[1]. La herejía consistía en negar a la Trinidad, a la que reemplazaban por una dupla de deidades, una buena –principio del bien, identificado con el espíritu- y otra mala –principio del mal, identificado con la materia-; además, negaban la divinidad de Jesucristo –consecuencia lógica de negar la Trinidad de Personas en Dios- y afirmaban que no fue un hombre sino en realidad un ángel y que tanto su encarnación, como muerte y resurrección, tenían un sentido meramente alegórico. Con respecto a la Iglesia Católica, la consideraban como un instrumento de corrupción de los hombres, puesto que difundía la fe en la Encarnación del Hijo de Dios lo cual era, para la secta, falso. Además, negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios[2]. Para la secta, puesto que el dios bueno había creado el espíritu y el dios malo la materia, y como además había dos dioses, no era posible que Jesús fuera Dios, porque si tenía cuerpo, era indicio de que provenía del dios malo[3]; esto es lo que los llevaba a sostener, erróneamente, que Jesús no tenía cuerpo porque era un ángel.
         Como consecuencia de su errónea concepción de la divinidad –que, como vimos, eran dos “dioses”-, sostenían que la materia era producto del dios “malo” y, por lo tanto, todo lo material, como el cuerpo, era malo, por lo que algunos albigenses, llevando al extremo este grave error, practicaban una ascesis excesivamente rigurosa, que en algunos casos llevaba a la muerte –explícitamente deseada- y a la que llamaban “suicidio de liberación”. Quienes practicaban esta ascesis rigurosa eran llamados “perfectos”, mientras que los seguidores recién iniciados de la secta eran llamados “creyentes”. Para darnos una idea del grado de irracionalidad al que conduce el error, en la secta eran los “creyentes” los encargados de “ayudar” a los “perfectos” en su camino a las regiones del espíritu asesinándolos. Fue contra esta herejía, condenada por la Iglesia en varios sínodos y concilios, contra la que luchó Santo Domingo de Guzmán, enviado como su vocero principal por el Papa Inocencia II, junto a misioneros cistercienses. La situación no fue para nada fácil, puesto que los albigenses no solo se negaron a reconocer sus errores, sino que reaccionaron incluso con la fuerza, llegando a asesinar al legado papal Pedro de Castelnau, llegando la situación a finalizar en una auténtica guerra. Esta era la situación que encontró Santo Domingo de Guzmán al llegar, pero al finalizar su misión, la región se había pacificado y la gran mayoría de los albigenses, se habían convertido a la verdadera religión, la Católica, abandonando la secta. ¿Cómo fue que nuestro santo obtuvo tan resonante triunfo? A través de un arma dada por el cielo mismo, por medio de María Santísima: el Santo Rosario.
         Como sabemos, fue la misma Madre de Dios en persona la que, apareciéndose a Santo Domingo, le dio el Rosario y le enseñó a rezarlo, en el año 1208, al tiempo que le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe[4].
Fue así que Santo Domingo de Guzmán combatió y triunfó sobre la herejía albigense con el Santo Rosario, en el que, además de ser el instrumento por el cual interviene María Santísima en las almas, está contenida la doctrina y la fe católica que derriban el error de la secta. En efecto: a la negación de la Trinidad, el Rosario le opone el Gloria, en el que se alaba y glorifica a las Tres Personas de la Santísima Trinidad; a la negación de la divinidad de Jesucristo y su Encarnación, el Ave María recuerda el saludo del Arcángel Gabriel a María Santísima, en el que le anunciaba que su fruto, Jesús, sería “bendito”, porque sería el Emmanuel, el Dios con nosotros; es decir, en el Ave María está proclamada la verdad de la Encarnación del Verbo, o sea, la divinidad de Jesucristo, Segunda Persona de la Trinidad, y su humanidad, porque se encarna, se hace hombre en el seno virgen de María, sin dejar de ser Dios; a la negación de la condición de María Santísima de ser Virgen y Madre de Dios, el Ave María afirma ambas verdades, porque el anuncio del Ángel se produce en el momento en que es Virgen, Plena de gracia y por lo mismo elegida por Dios Trino –por eso le dice: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor está contigo”-, y en la segunda parte del Ave María –“Santa María, Madre de Dios”-, se nombra explícitamente a María Virgen con el título de “Madre de Dios”. Por último, ante la negación de los sacramentos, en el Ave María se pide a la Virgen que “ruegue por nosotros ahora y en la hora de la muerte”, es decir, le pedimos a la Virgen que “ruegue” y esté “con nosotros” ahora y en la hora de nuestra muerte, y como la Virgen es Madre de la Iglesia, esta petición se refiere tanto a las gracias actuales –que necesitamos ahora- que nos vienen por los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la Penitencia, y en la hora de la muerte”, es decir, estamos pidiendo la asistencia de María Iglesia con el Sacramento de la Unción de los enfermos o Extremaunción, para que con los Sacramentos de la Confesión y la Eucaristía, entremos prontamente en el cielo, luego de nuestra partida de esta vida y el paso a la vida eterna.
Por último, en el Padrenuestro, nos dirigimos a Dios como “Padre nuestro”, lo cual no sería posible sin la Encarnación del Verbo y la consiguiente donación, desde la cruz y con la Sangre derramada de su costado traspasado, del Espíritu Santo, que nos concede la filiación divina y nos hace clama “Abba”, es decir, “Padre”. Es por esto que Santo Domingo de Guzmán venció a la herejía de los cátaros albigenses con el rezo del Santo Rosario, el Salterio de la Virgen.



[1] Cfr. http://www.aciprensa.com/Catecismo/herejia.htm
[2] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Historia_del_Santo_Rosario.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

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