San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 27 de agosto de 2016

Santa Mónica


En Santa Mónica se cumplen a la perfección las palabras de la Escritura: “Sé modelo para los fieles en las palabras y en el trato, en la caridad, en la fe y en la pureza de vida” (1 Tim 4, 1-5, 2). Santa Mónica fue ejemplo en todo, y principalmente, en la fe y en la caridad, porque anheló para su hijo San Agustín la vida eterna y no dejó por esto mismo de orar al Señor durante treinta años, derramando lágrimas de dolor hasta no ver a su hijo convertido. Es el mismo San Agustín quien nos traza el semblante de esta gran santa, y cuáles eran sus preocupaciones. En su libro “Confesiones”, San Agustín relata uno de los últimos diálogos tenidos con su madre, en el cual se pone de manifiesto que Santa Mónica “vivía en el mundo”, pero ya no era del mundo, sino que esperaba en la vida eterna, y que su alma estaba en paz porque luego de haber rezado por más de treinta años, veía a su hijo encaminado en la vida, pero no por haber alcanzado una posición social, o una sólida fortuna, o por ser reconocido por el mundo, sino porque lo veía ya convertido a Nuestro Señor Jesucristo. Dice así San Agustín[1]: “Cuando ya se acercaba el día de su muerte -día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos-, sucedió, por tus ocultos designios (…), que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina (…). Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti. Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas, y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres, ella dijo: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”. No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero al cabo de cinco días o poco más cayó en cama con fiebre (Antes de morir, dijo): “Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis”. Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba”.
Analicemos brevemente sus últimas palabras, para darnos una idea de la gran santidad de Santa Mónica:
“Ya nada me deleita en esta vida”: pero no porque estuviera depresiva, sino porque esperaba tan grande felicidad en la vida eterna, que consideraba las felicidades de la tierra igual a nada.
“Ya nada espero de este mundo”: Lo mismo que recién: nada esperaba de este mundo terreno, porque todo lo esperaba del mundo futuro, de la vida eterna feliz, en la contemplación del Cordero.
“Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir”: no deseaba para su hijo ni una esposa hermosa, ni una posición social predominante, ni un puesto de trabajo bien remunerado, ni una fortuna: deseaba que fuera “cristiano católico”, es decir, no solo practicante de su fe, sino amante de ese Dios Encarnado en quien, por su fe, creía.
“Dios me lo ha concedido con creces”: luego de rezar y de llorar por más de treinta años por la conversión de su hijo, Dios había escuchado su petición y le había concedido incluso más de lo que pedía, porque San Agustín es uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Santa Mónica es así ejemplo de fe y de perseverancia en la oración, pero sobre todo, del verdadero amor paterno, y en esto es ejemplo para padres y madres, quienes deben pedir a Dios, mañana, tarde y noche, lo mismo que Santa Mónica pidió para su hijo: la contrición perfecta y la conversión del corazón, porque así se ganaba la vida eterna.



[1] Cfr. Libro 9, 10, 23--11, 28: CSEL 33, 215-219.

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