San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 11 de agosto de 2016

Santa Clara de Asís, la Eucaristía y los sarracenos


        
         En estos días, en los que nos hemos visto ingratamente sorprendidos por la desagradable noticia de la muerte por degollamiento del P. Jacques Hamel, de 84 años, en Normandía, Francia, a manos de yihadistas, es decir, combatientes fundamentalistas islámicos pertenecientes a la secta islámica llamada ISIS[1], es conveniente recordar, en el día de Santa Clara de Asís, dos episodios de la santa en los que ella vivió, personalmente, una situación de extrema violencia como la del P. Hamel. En tiempos de Santa Clara, los sarracenos –el “ISIS” de la época-, al mando de Federico II, que deseaba invadir las tierras pontificias sirviéndose de los fundamentalistas, llegaron hasta la localidad de Asís. Desde allí cometieron toda clase de tropelías, saqueando, destruyendo e incendiando las ciudades y castillos, profanando y cometiendo múltiples sacrilegios contra iglesias y monasterios, además de asesinar y hacer prisioneros a numerosos cristianos.
         Sucedió que, estando Santa Clara gravemente enferma en su monasterio, un día viernes del mes de septiembre del año 1240, los sarracenos escalaron los muros del monasterio  y las hermanas, según el escrito de Tomás de Celano “acudieron a Santa Clara, que estaba gravemente enferma y, con lágrimas en los ojos, le contaron cómo aquella pésima gente había roto las puertas del monasterio. La santa las consolaba, diciéndoles que no temieran (…) pero armadas de fe acudieron a Jesucristo. Y Santa Clara, postrada en su lecho de enferma, pidió que le trajeran la custodia de mármol en donde se encontraba el Cuerpo de Cristo consagrado. Orando devotamente (la santa dijo): “Te ruego, Señor mío, que estas pobres siervas tuyas, a las cuales Tú, Señor, has colocado bajo mi cuidado, que no me sean quitadas y que no caigan en las crueles manos de estos infieles y paganos; te suplico, Señor mío, que Tú las cuides, porque yo sin Ti no puedo cuidarlas y mucho menos en esta amarga hora”. Desde la custodia de mármol salió una voz: “Yo por tu amor te cuidaré a ti y a ellas, siempre”[2]. En ese momento, y rechazados por la potencia de una fuerza invisible, los islámicos fundamentalistas huyeron precipitadamente del monasterio y, al poco tiempo, abandonaron Asís. Sin embargo, en el año 1241, el emperador organizó una nueva expedición. Cuando el peligro fue inminente, Santa Clara llamó a las hermanas y les ordenó un día de ayuno, después del cual, las invitó a echarse cenizas sobre sus cabezas y a postrarse, junto con ella, delante del Tabernáculo. Sucedió entonces que, en la mañana del 22 de junio un fuerte temporal se abatió sobre el campamento de los sarracenos, obligándolos a una nueva fuga. De esta manera, Santa Clara nos muestra cómo, con el arma de la Fe y con el Cuerpo Sacramentado de Nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía, podemos salir siempre vencedores en toda tribulación y, lo que es más importante, salvar nuestras almas, ya que nuestra lucha “no es contra la carne y la sangre, sino contra las potestades malignas de los aires” (Ef 6, 12). Y el Único que puede darnos el triunfo contra estos enemigos, es Nuestro Dios y Señor Jesucristo, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía.


[1] http://www.infobae.com/america/mundo/2016/07/26/jacques-hamel-el-sacerdote-degollado-por-isis-era-un-hombre-sencillo-y-muy-apreciado-por-los-vecinos/
[2] Vita di santa Chiara vergine, Opusc. I,21-22, in FF 3201, pp. 1915-1916.

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