San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 2 de agosto de 2016

San Alfonso María de Ligorio


         En su obra “Las glorias de María”, San Alfonso enumera a los “falsos devotos de la Virgen”. De entre todos ellos, destaca un grupo en particular, incluso dentro de los católicos y ubicado en segundo lugar en la clasificación del santo, que se llama: “Los devotos escrupulosos” de la Virgen. En pocas palabras, estos “devotos” de María –entre los que hay que contar a sacerdotes- tienen “escrúpulos” en cuanto a honrar a la Virgen porque, sostienen, si se honra “demasiado” a la Virgen, queda “oscurecida” la devoción a Jesucristo, de ahí que en su devoción mariana, estos católicos parezcan más bien fieles de otras religiones pero no católicos, puesto que aquellos se caracterizan, precisamente, por sus escrúpulos a la hora de honrar a la Virgen y Madre de Dios, a quien no consideran ni una ni otra cosa. La devoción escrupulosa a María se trata, a todas luces, de un gran error, porque quien se acerca a María recibe a Jesús, ya que todo lo que María desea no es su propia honra, sino que su Hijo Jesús sea conocido, amado, adorado y ensalzado por todos los hombres.
         ¿Qué es lo que dice San Alfonso acerca de estos “falsos devotos” de la Virgen? Veamos.
         “Los devotos escrupulosos son personas que temen deshonrar al Hijo al honrar a la Madre, rebajar al Uno al honrar a la Otra. No pueden tolerar que se tributen a la Santísima Virgen las justísimas alabanzas que le prodigaron los Santos Padres. Toleran penosamente que haya más personas arrodilladas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si esto fuera contrario a aquello o si los que oran a la Santísima Virgen, no orasen a Jesucristo por medio de Ella! No quieren que se hable con tanta frecuencia de la Madre de Dios ni que los fieles acudan a Ella tantas veces”[1]. Según San Alfonso, los devotos escrupulosos piensan que honrar a la Madre es “deshonrar al Hijo”; que no pueden “tolerar” las alabanzas de los Padres a María y que les es igualmente “penoso” constatar que hayan más personas delante del altar de la Virgen que delante del Sagrario, como si quien rezara a la Virgen, no rezara al Hijo y como si la Virgen no los llevara, desde su Inmaculado Corazón, al Sagrado Corazón de Jesús, con el cual está íntima y estrechamente unido por el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Continúa luego el santo: “Oigamos algunas de sus expresiones más frecuentes: “¿De qué sirven tantos Rosarios? ¿Tantas congregaciones y devociones exteriores a la Santísima Virgen? ¡Cuánta ignorancia hay en tales prácticas! ¡Esto es poner en ridículo nuestra religión! ¡Hábleme más bien de los devotos de Jesucristo! (y, al pronunciar frecuentemente este nombre, lo digo entre paréntesis, no se descubren). Hay que recurrir solamente a Jesucristo: Él es nuestro único mediador. Hay que predicar a Jesucristo: ¡esto es lo sólido!”[2]. Si fuera por los devotos escrupulosos, dice San Alfonso, se suprimiría o se disminuirían al máximo los Rosarios, las congregaciones y devociones exteriores a María, y también la Consagración al Inmaculado Corazón de María, cuando no reparan en que todo esto, que sí es verdad que se dirige a María, es para que María nos conceda la gracia de amar cada vez más a Jesucristo. El rezo del Rosario, las devociones a María y la consagración al Inmaculado Corazón de María –por ejemplo, según el método de San Luis María Grignon de Montfort- no sino medios segurísimos de llegar a Jesús por medio de María: por el Rosario, María nos infunde las virtudes de Jesús; por las devociones y la consagración a María, la Virgen nos introduce en su Inmaculado Corazón y, desde allí, nos conduce al Sagrado Corazón de Jesús.
Sin embargo, este último argumento, dice San Alfonso –el de recurrir solamente a Jesucristo- es, en cierto sentido, verdad; sin embargo, se revela pronto como un ardid de Satanás, puesto que lo que hace, en el fondo, es “combatir la devoción a María Santísima”, so pretexto del argumento de honrar mejor a Jesucristo y sin embargo eso es erróneo porque María es “el camino –único- que nos lleva a Jesucristo, nuestra meta” final: “Y lo que dicen es verdad, en cierto sentido. Pero, la aplicación que hacen de ello para combatir la devoción a la Santísima Virgen es muy peligrosa, es un lazo sutil del espíritu maligno, so pretexto de un bien mayor. Porque ¡nunca se honra tanto a Jesucristo como cuando se honra a la Santísima Virgen! Efectivamente, si se la honra, es para honrar más perfectamente a Jesucristo y si vamos a Ella, es para encontrar el camino que nos lleve a la meta, que es Jesucristo”[3].
Y luego el santo demuestra con un sencillo ejemplo la falsedad de la devoción escrupulosa a María y lo hace mediante el análisis del “Ave María” implementado por la Iglesia que se basa, a su vez, en el saludo de Santa Isabel: esta, inspirada por el Espíritu Santo, saluda y bendice primero a María y recién después a Jesucristo. Dice así San Alfonso: “La Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero a la Santísima Virgen y después a Jesucristo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús (Lc 1, 42). Y esto, no porque la Virgen María sea mayor que Jesucristo o igual a Él, lo cual sería intolerable herejía, sino porque para bendecir más perfectamente a Jesucristo hay que bendecir primero a María”[4]. Bendecir a María primero no significa colocarla por encima de su Hijo ni es en desmedro suyo, sino que al hacer así, se bendice “más perfectamente a Jesucristo”, porque esa bendición dirigida a María, es Ella quien la deriva, purificada y enaltecida, a su Hijo Jesús.
Por último, San Alfonso nos invita a que, con el Espíritu Santo, con la Iglesia de todos los tiempos y con Santa Isabel y contra los devotos escrupulosos, a honrar y bendecir a la Madre de Dios y, en Ella, a su Hijo Jesús, el Hombre-Dios: “Digamos, pues, con todos los verdaderos devotos de la Santísima Virgen y contra sus falsos devotos escrupulosos: María, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”[5].



[1] https://www.ebookscatolicos.com/los-falsos-devotos-san-luis-maria-grignon-montfort/
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

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