San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 30 de junio de 2011

Qué nos ofrece el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús
nos ofrece
el amor humano divinizado
de Jesús de Nazareth
y el Amor divino trinitario
de las Tres Divinas Personas.

Cuando Jesús se aparece a Santa Margarita de Alacquoque, le muestra su Corazón físico. ¿Cuál es el significado simbólico de este corazón? ¿Qué consecuencias prácticas acarrea, para la espiritualidad del devoto del Sagrado Corazón, el hecho de que Jesús ofrezca su Corazón físico?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, si bien se trata de un corazón humano -y por lo tanto lo que se ofrece, prima facie, es un amor humano-, hay en él algo mucho más grande y es tan misterioso, que resulta inimaginable e incomprensible y por lo tanto imposible de ser apreciado en su magnitud real, ni esta vida, ni por toda la eternidad en la otra.

En la encíclica Haurietis aquas, de San Pío XII, el Sumo Pontífice enseña que en el simbolismo del Corazón físico de Jesús, está comprendido, además de su doble amor humano -el sensible y el espiritual, vivificado por la caridad infusa-, también el amor divino, porque se funda en el misterio de la unión hipostática[1], lo cual implica que, además del amor humano y del Amor divino de la Persona del Verbo, en el Corazón de Jesús está comprendido también el Amor trinitario.

Es decir, Jesús nos ofrece, no solo su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, sino también su amor divino, el correspondiente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero aún más, nos ofrece el Amor increado, el amor trinitario, el amor que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad.

Hay una relación directa y explícita entre el Corazón físico de Jesús y su Amor divino, debido a la unión hipostática, es decir, debido a que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad ha asumido personalmente una naturaleza humana, de modo que el Corazón físico de Jesús de Nazareth, está unido al Corazón divino de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Pero también hay una relación indirecta e implícita entre el Corazón físico de Cristo y el Amor del Padre y del Espíritu Santo, en virtud de la unidad de naturaleza y de la íntima compenetración de las Divinas Personas entre sí (circuminsessio[2])[3].

El Corazón de Cristo, por el hecho mismo de ser el símbolo natural del Amor increado y subsistente en el Verbo, es decir, del Verbo como Amante, es también símbolo del Padre y del Espíritu Santo como Amantes de la humanidad en el Verbo y con el Verbo. El simbolismo del Corazón de Cristo es de una trascendencia absoluta, porque comprende a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, aunque siempre se debe tener en cuenta que es una representación analógica, es decir, que permanece infinitamente distante de la realidad significada.

En otras palabras, el Corazón físico de Jesús, sede simbólica de su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, es sede también del Amor divino, no sólo del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, sino del Amor increado del Padre y del Hijo. A través de su herida abierta por la lanza en la cruz, se efunde la sangre, y con la efusión de sangre, se simboliza la efusión del amor del Corazón humano de Jesús de Nazareth, del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, y del Amor del Padre y del Hijo.

Este Amor es comunicado y efundido por el Sagrado Corazón, en el momento de ser traspasado en la cruz, puesto que es por la herida abierta que se derrama sobre el mundo el Amor trinitario, simbolizado y contenido en la efusión de sangre del Corazón de Jesús al ser atravesado.

Este Amor divino y trinitario, uno en naturaleza y trino en las Personas, donado en la efusión de Sangre del Corazón traspasado, es Amor sublime, purísimo, indivisible, eterno; es Amor de complacencia, de benevolencia y de amistad; e Amor de Bondad divina, es decir, es Amor simplicísimo, infinito, inmenso, inmutable, eterno, uno, verdadero, vivificante; es Amor que es vida, voluntad, amor, justicia, misericordia, providencia, omnipotencia, felicidad; es Amor de las Divinas Personas, que poseen una misma naturaleza, pero se distinguen, aunque no se dividen, en las relaciones personales; es Amor privado absolutamente de cualquier imperfección subjetiva u objetiva; sin egoísmos, sin pasiones o enfriamientos; es Amor necesario hacia la Bondad divina y hacia las Personas que lo comunican; es Amor liberalísimo hacia las criaturas, para llamarlas a la existencia; es Amor eterno y sin embargo libre y misericordioso de predilección y de predestinación hacia algunas criaturas espirituales, a las cuales les comunica la vida de la gracia en el tiempo y la vida de la gloria en la eternidad[4].

Es en este Amor divino en donde finaliza el simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús, si es contemplado, no con la mirada sensible o del sentimiento, sino con “el ojo de la fe”, como dice Santa Catalina de Siena.

Esto tiene su consecuencia para la vida espiritual del devoto del Sagrado Corazón: el culto al Sagrado Corazón finaliza en el culto de latría, es decir, de adoración a la Segunda Persona de la Trinidad y a las otras dos Personas de la Trinidad, porque todas las Divinas Personas tienen en común el Amor Increado[5], que se comunica a través del Corazón traspasado en la cruz.

Es esto lo que el devoto del Sagrado Corazón debe considerar, cuando en cumplimiento de las promesas a Santa Margarita, comulga los primeros viernes de mes: en esas comuniones, recibe en la Eucaristía a este Corazón, vivo y palpitante, latiendo con el Amor divino-humano de Jesús de Nazareth, y con el Amor Increado de las Tres Divinas Personas.

[1] Ciappi, L., La Santissima Trinità e il Cuore SS. di Gesù, s.d.

[2] Cfr. S. THOM., S. Th., I, q. 42 a 3 ad 2; a. 5.

[3] Cfr. Ciappi, ibidem, 121.

[4] Cfr. Ibidem, 128.

[5] Cfr. ibidem, 143.

jueves, 23 de junio de 2011

La tristeza del Sagrado Corazón

La devoción al Sagrado Corazón
no es mero folclore eclesiástico;
es compromiso de vida,
de reparación y de expiación
por las continuas ofensas
que Jesús recibe
de parte de las creaturas.

En una de las apariciones del Sagrado Corazón, Jesús le dice a Santa Margarita que fuera a hacer adoración eucarística entre las once y las doce de la noche, y allí Él le haría participar de la tristeza de Getsemaní: “Todas las noches del jueves al viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte”.

¿Cuál es el origen de la tristeza del Sagrado Corazón?

Una primera causa de la tristeza, son los bautizados, los consagrados, sean laicos o sacerdotes, que lo abandonan en las tentaciones, o por falta de ánimo de lucha, o por no querer hacer mortificaciones, y así ceden al mal, a la oscuridad, como los discípulos que duermen mientras Jesús reza: “…veo en tu Corazón todas las heridas de las almas consagradas a ti, que, o por tentación o por estado de ánimo o por falta de mortificación, en vez de estrecharse a ti, de velar y de orar, se abandonan a sí mismas y, somnolientas, en vez de progresar en el amor y en la unión contigo, retroceden…”[1].

Otra causa de la tristeza y de los dolores del Sagrado Corazón, en Getsemaní, son los malos pensamientos, consentidos por las criaturas, sobre todo por aquellas llamadas, por su consagración bautismal, a tener pensamientos santos y puros, pensamientos de pureza, de castidad, de santidad, de bondad, de perdón, de amor, de reconciliación, de paz, de alegría por las cosas santas, y en vez de eso, tienen pensamientos de impureza, de falta o más bien ausencia de perdón, de odio y rencor, de ausencia de reconciliación, de discordia, de tristeza, de tedio y de fastidio hacia las cosas santas. Estos pensamientos malos de las criaturas, sobre todo de los hijos de la Iglesia, punzan la sagrada cabeza de Jesús, provocándole un dolor lascerante, más agudo y profundo que las duras espinas de la corona tejida por los soldados romanos. Dice así Luisa Piccarreta: “(Veo) todos los malos pensamientos, y Tú sientes su horror. Cada pensamiento malo es una espina para tu sacratísima cabeza, que te hiere acerbamente; ah, no se podrán comparar con la corona de espinas que te pondrán los judíos… ¡Cuántas coronas de espinas te ponen en tu adorable cabeza los malos pensamientos de las criaturas!, tanto que la sangre te brota por todas partes; de la frente, y hasta de entre los cabellos… Jesús, te compadezco y quisiera ponerte otras tantas coronas de gloria y para endulzarte te ofrezco todas las inteligencias de los ángeles y tu misma inteligencia para ofrecerte una compasión y una reparación por todos”[2].

El devoto del Sagrado Corazón debe considerar que la Pasión de Jesús está en Acto Presente, lo cual quiere decir que él se coloca, en su situación existencial, delante del Sagrado Corazón, en su Pasión, en Getsemaní, en el Via Crucis, en el Monte Calvario, y que se vuelve presente y contemporáneo a Jesús, como si hubiera vivido en ese mismo momento. Por lo tanto, el Sagrado Corazón recibe sus actos y sus pensamientos en el mismo momento en el que los produce en su interior, y sus actos y pensamientos le provocan, al Sagrado Corazón, el mismo dolor, la misma pena y la misma tristeza que le provocaron los actos y los pensamientos de sus contemporáneos.

Una vez sabido esto, el devoto del Sagrado Corazón, si ama al Sagrado Corazón, debe tomar conciencia que la devoción al Sagrado Corazón no es mero folclore eclesiástico, sino compromiso de vida con el Sagrado Corazón, compromiso que significa el ofrecimiento continuo, en Cristo, como víctima expiatoria, que repare las permanentes ofensas, los sacrilegios, las blasfemias, los abandonos, los insultos, al Hombre-Dios.

[1] Cfr. Piccarreta, Luisa., Las Horas de la Pasión, Edición privada, México s.d.

[2] Cfr. ibidem, 90.

jueves, 16 de junio de 2011

El simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús

En el Sagrado Corazón Eucarístico
de Jesús,
laten al unísono
el amor humano
y el Amor divino del Hombre-Dios,
donados sin reserva
a la creatura que comulga.

¿Qué simboliza el Sagrado Corazón? Mucho más de lo que simboliza un corazón meramente humano, puesto que se trata del corazón del Hombre-Dios. El Corazón de Cristo, por lo tanto, encierra una doble simbología, humana y divina.

Según un autor, el corazón es el análogon de lo más íntimo de la vida divina: así como en el hombre, el corazón es símbolo de la plenitud de la vida y del amor, así en Dios Trino se puede decir que su Corazón único es la plenitud infinita de amor y de vida[1].

En otras palabras, si en el hombre el corazón simboliza la totalidad de vida y de amor de la criatura –si no hay corazón latiendo, no hay vida, y si el corazón es “duro” o “frío”, lo cual equivale a decir que ese tal “no tiene corazón”, no hay amor-, en Dios, la infinita plenitud de vida y de amor que brotan del Ser de Dios, forman el corazón único del Padre y del Hijo.

Y como en el ser sensible, el aliento del corazón es la espiración de amor[2] –el latido del corazón expresa el amor, porque el corazón late por el amor y exhala amor-, así del corazón único del Padre y del Hijo, procede el Espíritu Santo, espiración mutua de Amor del Padre y del Hijo.

Es decir, si el aliento del corazón humano es el amor, el aliento del corazón único del Padre y del Hijo, es el Amor mutuo, el Espíritu Santo, el cual procede del poderosísimo latido del corazón infinito de Dios[3].

Y el Espíritu Santo, el Amor de Dios, exhalado por el corazón único de Dios, es efundido en la criatura, para comunicarle a esta los misterios insondables del Amor divino, y para elevar a la criatura hasta el corazón de Dios[4].

La simbología del Sagrado Corazón, es signo real en la Eucaristía, puesto que en la Eucaristía se dona el Sagrado Corazón en su totalidad y en su doble simbología y realidad humano-divina: en la Eucaristía late el amor humano divinizado del corazón humano del Hombre-Dios, y el Amor infinito del Corazón único del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo. Ambos amores, el humano y el divino, laten al unísono, por amor al hombre, en la Eucaristía, en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

Ambos amores, que no son sino uno solo, se donan en la Eucaristía, en su totalidad, en su plenitud infinita, en su expansión sin límites, a la criatura que comulga.


[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 101.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 106.

[3] Cfr. Scheeben, ibidem, 111.

[4] Cfr. Scheeben, ibidem, 221.

domingo, 12 de junio de 2011

San Antonio de Padua y un milagro eucarístico



San Antonio es conocido por muchos milagros, entre ellos, el milagro eucarístico en el que una mula se arrodilla delante de la Eucaristía.
La idea que dio origen al milagro, surgió en realidad de un hereje –el hereje no es el que niega directamente las verdades de fe, sino quien las reformula, quitándoles todo signo de sobrenaturalidad-, quien fue el que, fastidiado por la prédica eucarística de San Antonio, le propuso que su mula fuera privada de alimentos por tres días, al cabo de los cuales, sería soltada en la plaza; enfrente suyo, se colocaría, de un lado, abundante forraje, mientras que, separado a una distancia de varios metros, se encontraría San Antonio con la custodia y el Santísimo.
Según el hereje, la mula, luego de pasar tres días sin comer, se dirigiría sin vacilación hacia el forraje, lo cual probaría que en la Eucaristía no había nada, como él lo sostenía: “Dejémonos de charlas y pasemos a los hechos. Si tú, Antonio, consigues probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes, está el verdadero cuerpo de Cristo, yo abjuraré de toda herejía, y me someteré a la fe católica. Tendré encerrada a mi acémila durante tres días y le haré padecer hambre. Pasados los tres días, la sacaré en medio de la gente, y le mostraré el forraje. Tú mientras tanto te pondrás delante con lo que afirmas que es el cuerpo de Cristo. Si el animal hambriento, no va hacia el forraje, y corre para adorar a su Dios, creeré sinceramente en la fe de la Iglesia".
San Antonio aceptó el desafío: “Confío en mi salvador Jesucristo que, para tu conversión y la de los demás, me concederá su misericordia por lo que pides”.
Al tercer día, San Antonio acudió a la plaza, luego de detenerse a rezar en una capilla cercana. También la mula fue sacada del establo, y llevada a la plaza, y la colocaron en el medio, entre San Antonio, que tenía la custodia con el Santísimo en sus manos, y el alimento para el animal.
Antes de que soltaran al animal, el santo rezó así: “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”. Antes incluso de que el santo finalizara sus palabras la mula, ignorando por completo el alimento a su disposición, se dirigió decididamente hacia San Antonio, y una vez llegado delante de él y la custodia que tenía en sus manos, dobló sus patas delanteras, se arrodilló y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante del sacramento del cuerpo de Cristo.
El hereje, dueño de la mula, se retractó de su creencia, y volvió a la fe católica[1].
Ahora bien, el milagro no deja de plantearnos algunos interrogantes: ¿cómo puede ser que un animal irracional, como esta mula, reconozca y adore la Presencia sacramental de Jesús, el Hombre-Dios, en la Eucaristía, arrodillándose delante de la Hostia, y por el contrario, cientos de miles de cristianos, niños, jóvenes y adultos, duden de su Presencia?
¿Cómo puede ser que una bestia irracional, como la mula, adore a su Creador en la Hostia consagrada, mientras que cientos de miles de bautizados, niños, jóvenes y adultos, creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, con inteligencia, en vez de aplicar sus inteligencias para profundizar en el misterio de la Eucaristía, recibido en el Catecismo, utilicen sus inteligencias para apartarse de Dios por el camino del mal?
¿Cómo puede ser que una bestia irracional, que ha pasado tres días sin comer, en vez de satisfacer el apetito del estómago, como cabría esperar, se dirige a adorar a su Creador, mientras que los niños, los jóvenes y los adultos, sin pensar siquiera en la Presencia de Jesús en la Eucaristía, y en el hecho de que Él se dona como Pan de Vida eterna, como Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu, y como Vino de la Alianza Nueva y Eterna, prefieran en cambio llenar sus vientres con alimentos terrenos y sus espíritus con cosas prohibidas por el cielo?
¿Cómo puede ser que un animal irracional, como la mula, caminando con sus patas de animal, dirija sus pasos, apresuradamente, hacia el Santísimo Sacramento del altar, para adorarlo, y con esas mismas patas de cuadrúpedo sin razón, se arrodille frente al Dios Verdadero, mientras que miles de niños, jóvenes y adultos, utilizan sus piernas y sus pies, y su condición de animal racional en bipedestación, para huir de la Misa dominical y de la Eucaristía, para correr a postrarse ante los ídolos del mundo, el fútbol, la diversión, el placer?
¿Cómo puede ser que un animal irracional, como la mula, incline su cabeza ante la majestad de Cristo Eucaristía, mientras que miles de niños, jóvenes y adultos, en vez de inclinar sus cabezas ante el misterio del altar, con toda reverencia y amor, prefieren en cambio inclinar sus cabezas ante los ídolos de la televisión e Internet?
Las respuestas a estas preguntas se encuentran en el “misterio de iniquidad” que anida en el corazón del hombre.



[1] Cfr. Benignitas, 16, 6-17.

jueves, 9 de junio de 2011

Súplica de Simeón el Nuevo Teólogo para Pentecostés



Para suplicar y esperar la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés, es recomendable la oración de Simeón el Nuevo Teólogo: “Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio oculto. Ven, tesoro sin nombre. Ven, realidad inefable. Ven, Persona inconcebible. Ven, felicidad sin fin. Ven, luz sin ocaso. Ven, espera infalible de todos los que deben ser salvados. Ven, despertar de los que están acostados. Ven, resurrección de los muertos. Ven, oh poderoso, que haces siempre todo y rehaces y transformas por tu solo poder. Ven, oh invisible y totalmente intangible e impalpable. Ven, tú que siempre permaneces inmóvil y a cada instante te mueves todo entero y vienes a nosotros, tumbados en los infiernos, oh tú, por encima de todos los cielos. Ven, oh Nombre bien amado y respetado por doquier, del cual expresar el ser o conocer la naturaleza permanece prohibido. Ven, gozo eterno. Ven, corona imperecedera. Ven, púrpura del gran rey nuestro Dios. Ven, cintura cristalina y centelleante de joyas. Ven, sandalia inaccesible. Ven, púrpura real. Ven, derecha verdaderamente soberana. Ven, tú que has deseado y deseas mi alma miserable. Ven tú, el Solo, al solo, ya que tú quieres que esté solo. Ven, tú que me has separado de todo y me has hecho solitario en este mundo. Ven, tú convertido en ti mismo en mi deseo, que has hecho que te deseara, tú, el absolutamente inaccesible. Ven, mi soplo y mi vida. Ven, consuelo de mi pobre alma. Ven, mi gozo, mi gloria, mis delicias sin fin”[1].

Y además de esta, la oración atribuida primero a San Agustín y luego a Juan de Fécamp, del año 1060: “Ven, pues; ven, oh consolador buenísimo del alma que sufre… Ven, tú que purificas las manchas, tú que curas las heridas. Ven, fuerza de los débiles, vencedor de los orgullosos. Ven, oh tierno padre de los huérfanos… Ven, esperanza de los pobres… Ven, estrella de los navegantes, puerto de los que naufragan. Ven, oh gloriosa insignia de los que viven. Ven, tú el más santo de los Espíritus, ven y ten compasión de mí. Hazme conforme a ti…”[2].

O también, la de un autor contemporáneo, anónimo: “Ven, Espíritu de Dios, tú que sobrevolaste en el Jordán, y sobrevuelas el altar, convirtiendo las ofrendas; Ven, Santo Espíritu divino, luz resplandeciente, brillo eternal, esplendor inenarrable de majestad; Ven, Amor Increado, por quien el amor verdadero es verdadero amor; Ven, tú que enciendes los corazones en el fuego del Amor divino; Ven, oh Amor llameante, que flameas comunicando tu ardor al Sagrado Corazón; Ven, tú, que te derramas en la Sangre del Corazón traspasado y te donas en el cáliz del Nuevo Vino; Ven, Santidad Increada; Ven, tú, que santificaste el seno virgen de María, y llenaste de luz y de gloria la Humanidad santísima del Verbo; Ven, y llénanos de tu santidad, y santifícanos; Ven, tú, que eres Bueno, con bondad infinita, quema nuestras maldades en el horno ardiente de tu caridad inmensa; oh Espíritu Purísimo, ven, y abrasa nuestras impurezas, así como el fuego acrisola el oro, y así podremos reflejar tu misma luz; Ven, luz inaccesible al ojo creado, e ilumina lo más profundo de nuestro ser, que habita en tinieblas y en sombra de muerte, y así resplandeceremos y viviremos por siempre; Ven, Tú, Espíritu inefable, desconocido a las criaturas, ven, y toma posesión de nuestro ser; Ven, oh Espíritu Santo, introdúcenos en el Corazón del Hombre-Dios, para así tener acceso al Padre en la eternidad; Ven, oh Espíritu Santo, ven.



[1] Oración que encabeza los himnos. Cit. Congar, Yves, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 317.

[2] En Arsène-Henry, Les plus beaux textes sur le Saint-Esprit, París 1968, 204; cit. Congar, o. c.

miércoles, 8 de junio de 2011

San Efrén y el Pan que es fuego, y el Vino que es Sangre y es Espíritu

Según San Efrén,
se puede comer el fuego,
y se puede beber el Espíritu,
porque el Pan del altar
es el cuerpo de Cristo,
inhabitado por el Espíritu,
que es fuego de Amor divino,
y el Vino del cáliz
es la Sangre de Cristo,
que lleva en sí al Espíritu.
Así, el Pan es Fuego
y el Vino es Espíritu.


¿Se puede comer el fuego? ¿Se puede beber el Espíritu? Es obvio que no, al menos en la naturaleza creada, y según lo que afirma una inteligencia madura y adulta, tal como es la inteligencia del hombre maduro y adulto del siglo XXI. No puede, el hombre racional, admitir que el fuego se pueda comer, ni que el Espíritu se pueda beber.

Es imposible, y una mentalidad madura, cientificista y racionalista, no lo puede aceptar.

Pero lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios, y es así como, por el poder divino, el fuego se puede comer. ¿Cómo? ¿Dónde? Según San Efrén, en la Santa Misa. Dice así este gran santo de la Iglesia Oriental: “Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de él (mismo) y del Espíritu, extendió su mano y les dio el pan: Tomad y comed con fe y no dudéis que esto es mi cuerpo. Y el que lo come con fe, por él, come el fuego del Espíritu… Comed todos, y comed por él el Espíritu Santo”[1].

El fuego, entonces, se puede comer, y es debido a que la Eucaristía es el cuerpo de Cristo, el cual, desde su encarnación en el seno virgen de María, está inhabitado por el Espíritu Santo. Es por eso que el cuerpo de Cristo es llamado por los Padres de la Iglesia “carbón ardiente”: el carbón es la naturaleza humana, y el fuego que le da su ardor y lo vuelve incandescente es el Espíritu Santo. Y si el cuerpo de Cristo es “carbón ardiente”, también lo es la Eucaristía, porque la Eucaristía es el cuerpo de Cristo. De esta manera, según San Efrén y los Padres de la Iglesia, se puede comer el fuego, y de hecho se lo come, cuando se consume la Eucaristía.

Pero también se puede beber el Espíritu. Dice San Efrén: “En adelante, comeréis una pascua pura y sin mancha, un pan fermentado y perfecto que el Espíritu ha amasado y hace cocer, un vino mezclado de fuego y de Espíritu”[2]. Y como el “vino mezclado de fuego y de Espíritu” no es otro que el vino de la Alianza Nueva y Eterna, la sangre del Cordero, que contiene al Espíritu Santo, entonces se puede beber el Espíritu.


[1] Cfr. San Efrén, Sermones de Semana Santa, IV, 4, en Hymni et Sermones, T. I, ed. S. Lamy, Malinas 1882, 415; cit. Congar, Yves, El Espíritu Santo, Ediciones Herder, Barcelona 1991, 693.

[2] San Efrén, ibidem, 418.

lunes, 6 de junio de 2011

La herida abierta y la sangre del Sagrado Corazón

Así como un montaña herida
deja escapar el torrente impetuoso
de la ardiente lava,
porque ya no la puede contener
en sus entrañas,
así el Sagrado Corazón,
al ser herido por la lanza,
deja escapar
el río de fuego
que arde, incandescente,
en su interior,
porque ya no lo puede contener más.


Un volcán en erupción es una montaña con una herida abierta, por donde escapa el fuego de sus entrañas. Tal vez esta imagen, tomada de la naturaleza, sirva para graficar, aunque sea muy imperfectamente, la herida del Corazón de Jesús. Así como la lava ardiente brota sin freno y es expulsada por las entrañas de la montaña, porque ya no la puede contener más, así el fuego ardiente del Amor divino, que late impetuoso en el Corazón de Jesús, es arrojado con ímpetu por medio de la Sangre que se derrama a través de la herida abierta por la lanza. Y de la misma manera, a como la lava del volcán, la montaña herida, al deslizarse por la ladera, incendia todo a su paso, incluso a las rocas más duras, haciéndolas arder en las llamas incandescentes, así, de la misma manera, ante el torrente impetuoso de la Sangre divina, que contiene el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, las almas y los corazones, aún los más duros y fríos, se derriten como la cera al fuego, cuando son alcanzados aunque sea por la más pequeñísima gota de esta Sangre del Cordero.

Y así como un volcán, cuando hace erupción en la noche, ilumina las tinieblas con el resplandor del fuego, así la efusión de sangre y fuego del Sagrado Corazón, ilumina las tinieblas del mundo y de las almas humanas.

Por último, cuando un volcán arroja su lava, los hombres se aterrorizan, ante la posibilidad de ser abrasados y quemados vivos por el contacto con la lava incadescente, y todos huyen lo más lejos posible.

Pero cuando el río de fuego del costado abierto de Jesús irrumpe al abrirse la brecha en ese dique de Amor infinito que es el Sagrado Corazón, los hombres no deben temer ni apartarse, sino dejar que los inunde y que los abrase, porque es el Espíritu Santo en Persona.

domingo, 5 de junio de 2011

La Cruz del Sagrado Corazón

La Cruz está en el Sagrado Corazón
porque por la Cruz latió
durante su vida terrena;
en la Cruz dejó de latir;
y por la Cruz comenzó a latir
en la eternidad.


Además del fuego y las espinas, el Sagrado Corazón posee una cruz, que está implantada en el extremo superior del Corazón, y en su base está envuelta en llamas.

¿Por qué la cruz en el Sagrado Corazón? Si el Corazón es la sede del amor, entonces la cruz en el Corazón de Jesús simboliza el amor a la cruz del Corazón de Jesús. La cruz está en el Sagrado Corazón, porque es la cruz que acompaña toda la vida terrena del Hombre-Dios, desde el primer instante de su Encarnación, hasta su muerte; es la cruz que fue empapada con su sangre; es la cruz con la que habrá de salvar a la humanidad; es la cruz por la cual Jesús nació, vivió y murió; es la cruz deseada por Jesús, como objetivo y meta de su existencia terrena; es la cruz por la cual los hombres ascenderán a los cielos, al seno del Padre; es la cruz que se convertirá en cátedra de la Verdad, que enseñará a los hombres el destino de vida eterna.

Es la cruz a la cual Jesús habla, en los escritos de Luisa Piccarreta: “Cruz adorada, por fin te abrazo… Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi Amor; pero tú, oh Cruz, tardaste hasta ahora, en tanto que mis pasos siempre se dirigían hacia ti… Cruz Santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia acá abajo. En ti concentro todo mi ser; en ti pongo a todos mis hijos… Tú será su vida y su luz, su defensa, su protección, su fuerza… Tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al Cielo. Oh Cruz, cátedra de Sabiduría, sólo tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos… Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo Yo que abandonar la tierra, quedarás tú en mi lugar… A ti te entrego en dote a todas las almas: ¡Custódiamelas, sálvamelas… te las confío!”[1].

La Cruz está en el Sagrado Corazón porque por ella el Corazón de Jesús latió y suspiró de amor, desde su Encarnación, y durante toda su existencia terrena; en ella dejó de latir, cuando ya muerto, dio hasta la última gota de sangre; la Cruz está en el Sagrado Corazón, porque muriendo en ella, comenzó a latir en los cielos, en donde late por la eternidad.


[1] Piccarreta, Luisa, Las horas de la Pasión, Edición privada, México 1991, 151.

jueves, 2 de junio de 2011

Las llamas del Sagrado Corazón

Las llamas que envuelven
al Sagrado Corazón,
representan al Ser divino,
que es Amor en Acto Puro.
Jesús comunica de estas llamas
en cada comunión eucarística,
y si el alma no se enciende
en el fuego del Amor divino,
es porque el fuego
no puede encender
la roca dura y fría.


El Sagrado Corazón, según los relatos de Santa Margarita María de Alacquoque, aparece envuelto en llamas. Las llamas son figura del Ser divino, que es Amor celestial, espiritual y perfecto, en Acto Puro, cuyo ardor sólo puede ser representado adecuadamente por medio del fuego, porque así como el fuego abrasa y envuelve, así el Amor de Dios abrasa y envuelve a aquellos a los que ama, tomando posesión de ellos por la eternidad.

El significado de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón es develado por el mismo Jesús en Persona, a Santa Margarita: “Mi Divino Corazón, está tan apasionado de Amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en el las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía”.

Lo que quiere hacer el Sagrado Corazón es tomar el corazón de cada persona –su ser, su alma, su cuerpo, su vida toda-, e introducirla en ese horno ardiente de caridad, para hacerlo arder en el fuego de su amor, y convertirlo así en una llama viviente del Amor divino: “Luego” -continúa Margarita-, “me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus mas vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como prueba de que la gracia que te acabo de conceder no es nada imaginario, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará para siempre su dolor y, si hasta el presente solo has tomado el nombre de esclava mía, ahora te doy el de discípula muy amada de mi Sagrado Corazón”.

En la comunión eucarística se da, de manera real y mística, algo más grande que en las apariciones del Sagrado Corazón: más que pedirnos nuestro corazón, Jesús nos entrega su Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor divino, para que al tomar contacto el alma con la Eucaristía, el corazón humano se encienda en el fuego del Amor de Dios, de modo que el alma quede toda encendida en la caridad divina.

Si esto no sucede, se debe únicamente a que el fuego no puede prender en la fría y dura roca.

miércoles, 1 de junio de 2011

Las espinas del Sagrado Corazón de Jesús

Las espinas que rodean
al Sagrado Corazón
representan a los bautizados,
que olvidándose de Jesús Eucaristía,
prefieren los placeres del mundo,
a los consuelos del Amor divino.

En las imágenes del Sagrado Corazón, el corazón de Jesús aparece, obviamente, estático y sin movimiento, pues se trata de una representación, ya sea en una lámina, o en una estatua, lo cual puede contribuir a dar una idea un tanto alejada de la realidad, ya que si se piensa que no se mueve, las espinas que lo rodean no le provocan ningún daño ni dolor.

En la realidad, por el contrario, el Sagrado Corazón está vivo, y porque está vivo, late, y late de modo continuo, como late el corazón de todo ser humano vivo -Jesús es el Hombre-Dios, es decir, verdadero Hombre y verdadero Dios-, y como está rodeado de espinas, porque la Pasión de Jesús está en Acto Presente –es decir, es misteriosamente actual, y lo es hasta el fin de los tiempos-, y es por eso que, en cada latido, el Sagrado Corazón es punzado por dolorosas espinas, minuto a minuto, centenares y miles de veces, las cuales le provocan un dolor continuo y una amargura permanente.

¿Qué significan esas espinas? Las espinas que punzan el Sagrado Corazón, representan, ante todo, a los consagrados -sacerdotes, religiosos, religiosas-, que olvidándose del Amor del Sagrado Corazón, se desvían en busca de placeres terrenos y mundanos; las espinas representan también a los niños, que prefieren sus juegos y sus diversiones, a la oración y a la penitencia; representan a los jóvenes, que prefieren seguir los impulsos del instinto, antes que considerarse como templos del Espíritu Santo; las espinas representan a los adultos, que han claudicado desde su juventud en el seguimiento de Cristo, y se han acomodado a los placeres del mundo, dejando en el más completo olvido el culto debido a Dios; las espinas representan a los ancianos, que viven la última etapa de su vida sin ofrecer sus sufrimientos, y sin pensar que les falta poco para encontrarse con su Creador.

El Sagrado Corazón está rodeado de espinas, pero su dolor más grande no se debe a ellas, sino a la frialdad y a la indiferencia de aquellos llamados a reparar, con actos de amor y adoración a su Presencia Eucarística, los horribles sacrilegios con los que es ofendido día a día.