San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 6 de junio de 2011

La herida abierta y la sangre del Sagrado Corazón

Así como un montaña herida
deja escapar el torrente impetuoso
de la ardiente lava,
porque ya no la puede contener
en sus entrañas,
así el Sagrado Corazón,
al ser herido por la lanza,
deja escapar
el río de fuego
que arde, incandescente,
en su interior,
porque ya no lo puede contener más.


Un volcán en erupción es una montaña con una herida abierta, por donde escapa el fuego de sus entrañas. Tal vez esta imagen, tomada de la naturaleza, sirva para graficar, aunque sea muy imperfectamente, la herida del Corazón de Jesús. Así como la lava ardiente brota sin freno y es expulsada por las entrañas de la montaña, porque ya no la puede contener más, así el fuego ardiente del Amor divino, que late impetuoso en el Corazón de Jesús, es arrojado con ímpetu por medio de la Sangre que se derrama a través de la herida abierta por la lanza. Y de la misma manera, a como la lava del volcán, la montaña herida, al deslizarse por la ladera, incendia todo a su paso, incluso a las rocas más duras, haciéndolas arder en las llamas incandescentes, así, de la misma manera, ante el torrente impetuoso de la Sangre divina, que contiene el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, las almas y los corazones, aún los más duros y fríos, se derriten como la cera al fuego, cuando son alcanzados aunque sea por la más pequeñísima gota de esta Sangre del Cordero.

Y así como un volcán, cuando hace erupción en la noche, ilumina las tinieblas con el resplandor del fuego, así la efusión de sangre y fuego del Sagrado Corazón, ilumina las tinieblas del mundo y de las almas humanas.

Por último, cuando un volcán arroja su lava, los hombres se aterrorizan, ante la posibilidad de ser abrasados y quemados vivos por el contacto con la lava incadescente, y todos huyen lo más lejos posible.

Pero cuando el río de fuego del costado abierto de Jesús irrumpe al abrirse la brecha en ese dique de Amor infinito que es el Sagrado Corazón, los hombres no deben temer ni apartarse, sino dejar que los inunde y que los abrase, porque es el Espíritu Santo en Persona.

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