San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 2 de agosto de 2017

San Pedro Julián Eymard, presbítero y fundador


         Vida de santidad[1].

San Pedro Julián Eymard, presbítero, nació el 2 de agosto de 1811 en París y murió en el año 1868. Fue canonizado por Pío XI el 12 de julio de 1925 y canonizado por Juan XXIII el 9 de diciembre de 1962. Trabajó con su padre en su fábrica de cuchillos y más tarde en una prensa de aceite, hasta que cumplió 18 años. En sus horas libres estudiaba latín y recibía clases de un sacerdote de Grénoble, con quien también trabajo por un tiempo. Fue primeramente sacerdote diocesano y después miembro de la Compañía de María. Adorador eximio del misterio eucarístico, instituyó dos nuevas congregaciones, una de clérigos y otra de mujeres, para fomentar y difundir la piedad eucarística.
El centro de su vida espiritual fue siempre la devoción al Santísimo Sacramento. El santo decía: “Sin Él, perdería yo mi alma”. El santo nos relata una experiencia extraordinaria en una procesión de Corpus Christi, mientras llevaba al Santísimo en sus manos: “Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mí mismo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento que todos los corazones estuvieran con el mío y se incendiaran con un celo como el de San Pablo”. 
Hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres en 1851: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación. Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María ¡Que horas tan maravillosas pasé ahí!”. Después de 4 años en la Seyne, alentado por los mismos fundadores de los Maristas, Pío IX y el venerable Juan Colin, decide salir de la Compañía de María para fundar la nueva Congregación de Sacerdotes Adoradores del Santísimo Sacramento, en 1856. Presenta su plan al Monseñor Sibour, Arzobispo de París, recibiendo su aprobación a los 12 días. El Padre Eymard tuvo que enfrentar muchas críticas por haberse salido de la Compañía de María y sufrió oposición a su obra. El Santo les decía: “No comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida. ¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?”. La principal misión de los sacerdotes es la adoración del Santísimo Sacramento, en lo cual ayudan los hermanos legos. 
El P. Eymard funda la congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento en 1852, también dedicadas a la adoración perpetua y a propagar el amor al Señor. También funda la Liga Eucarística Sacerdotal cuyos miembros se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo.   Fundó la “Obra de Adultos”, organización que se dedica a preparar a hombres y mujeres adultos para la primera comunión cuando por razón de edad o trabajo no podían asistir a la catequesis parroquial. 
Organizó la Archicofradía del Santísimo Sacramento que luego el derecho canónico ordena establecer en todas las parroquias. Escribió varias obras sobre la Eucaristía que han sido traducidas a varios idiomas.   Muchos lo consideraban un verdadero santo, se le notaba en todo: en su vida diaria llena de obras y virtudes, en especial el amor, y en sus dones sobrenaturales. Tenía visiones proféticas, adivinaba los pensamientos y leía los corazones.  San Juan Bautista Vianney lo conoció personalmente y dijo de él: “Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! Decid al P. Eymard que pediré diariamente por su obra”. En sus últimos años de vida, el P. Eymard padeció numerosas enfermedades, entre ellas, artritis reumática, e insomnio, a las cuales se agregraban innumerables dificultades de todo orden.
Una vez dejó ver el desaliento que sufría, según escribe el P. Mayet en 1868: “Nos abrió su corazón y nos dijo: “Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho”. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: “Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos”. Presentía su muerte. Su hermana le pidió en febrero que fuera con más frecuencia a Mure, él le dijo: “Volveré más pronto de lo que imaginas”.
El P. Eymard fue a visitar a sus amigos y penitentes, hablándoles como si fuese la última vez que los veía. El 21 de febrero el Padre Eymard salió de Grénoble rumbo a la Mure. Por el intenso calor y cansancio, llega casi sin conocimiento y con un ataque de parálisis parcial. Muere el 1 de agosto. Antes de finalizar ese año ocurren varios milagros en su tumba.

Mensaje de santidad[2].

Además de sus innumerables virtudes, vividas en modo heroico, el principal mensaje de santidad que nos deja San Pedro Julián Eymard es su gran piedad, devoción y amor hacia la Eucaristía. Por ello, meditaremos brevemente en un texto suyo, en el cual dice así nuestro santo: “La Eucaristía es la vida de los pueblos. La Eucaristía les ofrece un centro de vida. Todos pueden encontrarse sin barrera de raza ni de lengua para la celebración de las fiestas de la Iglesia. Les da una ley de vida, la de la caridad cuya fuente es; forma así un vínculo entre ellos, una nueva relación familiar cristiana. Todos comen del mismo pan, todos son comensales de Jesucristo, que crea sobrenaturalmente entre ellos un vínculo de costumbres fraternales. Lean los Hechos de los Apóstoles. Afirman que la multitud de los primeros cristianos: judíos convertidos y paganos bautizados, pertenecientes a diferentes regiones, “no tenían sino un solo corazón y una sola alma” (He 4, 32). ¿Por qué? Porque eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la “fracción del pan” (He 2,42). Para San Pedro Julián Eymard, la Eucaristía es “la vida de los pueblos”, es “un centro de vida”, pero no de una vida meramente humana, como si la Eucaristía los congregara a los pueblos en torno a un ideal meramente moral: la Eucaristía, en el pensamiento del P. Eymard, es fuente de vida divina, porque infunde en los pueblos la caridad, que es el Amor sobrenatural, que brota del Ser divino trinitario de Jesús Eucaristía. Y es este Amor divino, que surge de la Eucaristía, el que convierte a los hombres en hermanos entre sí, al estar todos animados por un mismo espíritu, el Espíritu Santo, el Amor de Dios.
Luego compara a la Eucaristía con el sol y nuestra tierra: así como nuestro planeta recibe del sol la luz, el calor y la vida, así las almas y las naciones todas, reunidas en torno a la Eucaristía, Sol de justicia, reciben la luz divina, el calor del Divino Amor y la Vida misma de Dios Trino: “Pues sí, la Eucaristía es la vida de las almas y de las sociedades, como el sol es la vida de los cuerpos y de la tierra. Sin el sol, la tierra sería estéril, él la fecunda, la vuelve bella y rica; él da a los cuerpos la agilidad, la fuerza y la belleza. Ante estos efectos prodigiosos, no es de extrañar que los paganos lo hayan adorado como el dios del mundo. De hecho, el astro del día obedece a un Sol supremo, al Verbo divino, a Jesucristo, que ilumina todo hombre que viene a este mundo y que, por la Eucaristía, sacramento de vida, actúa personalmente, en lo más íntimo de las almas, para formar así familias y pueblos cristianos. ¡Cuán feliz, mil veces feliz, el alma fiel que encontró este tesoro escondido, que va a beber a esta fuente de agua viva, que come con frecuencia este Pan de vida eterna!”.
Para San Pedro Julián Eymard, la Eucaristía es también el vínculo de amor que une a los miembros de una familia, en torno a la Cena del Señor, la Santa Misa, para alimentarlos con la substancia divina y con el mismo Amor Divino que late en el Corazón Eucarístico de Jesús Sacramentado: “La sociedad cristiana es una familia. El vínculo entre sus miembros es Jesús Eucaristía. Él es el Padre que aderezó la mesa de familia. La hermandad cristiana ha sido promulgada en la Cena con la paternidad de Jesucristo; él llama a sus apóstoles “figlioli”, esto es, hijitos míos, y les manda amarse los unos a los otros como él los ha amado”.
Por la Eucaristía, los hombres reciben un mismo alimento que los convierte no solo en una misma y única familia, la familia de los hijos de Dios, sino que los hace formar parte de un único cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, y así están todos animados por un mismo espíritu, el Espíritu Santo, de la misma manera a como los órganos del cuerpo de un hombre, están todos animados por la misma y única alma de ese hombre: “En la sagrada mesa, todos son hijos que reciben la misma comida, y san Pablo saca la consecuencia de que no forman sino una sola familia, un solo cuerpo, ya que participan todos del mismo pan que es Jesucristo (1 Cor 10, 16-17).
Por último, es por la Eucaristía que los cristianos obtienen la fuerza de la caridad, esto es, del Amor Divino, la única fuerza celestial capaz de transformar este mundo en un mundo de paz, en el que los hijos de Dios se amen “los unos a los otros”, como Jesús nos ha amado, y es para que recibamos este Divino Amor, que se nos entrega Jesús, todo Él, en la comunión: “En fin, la Eucaristía da a la sociedad cristiana la fuerza de practicar la ley de la caridad y del respeto hacia el prójimo. Jesucristo quiere que uno honre y ame a sus hermanos. Para ello, se personifica en ellos: “Cada vez que lo hagan con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hacen” (Mt 25, 40); y se da a cada uno en comunión”.
Al recordarlo en su día, le pidamos que interceda por nosotros para que no solo no nos acostumbremos a recibir la Eucaristía de modo mecánico, frío o indiferente, sino para que, encendidos nuestros corazones en el Fuego del Divino Amor, seamos capaces de apreciar, vivir y amar los sagrados misterios del Cuerpo y Sangre de Jesús, con la misma intensidad con las que San Pedro Julián Eymard los apreció, vivió y amó, de modo que, al igual que nuestro santo, la Eucaristía sea el Sol de justicia alrededor del cual giren nuestras almas.





[2] Texto del P. Eymard que la liturgia nos ofrece para el Oficio de las Horas; ©2001 Congregation of the Blessed Sacrament http://blessedsacrament.com (713) 667-4451 email: jtlanesss@blessedsacrament.com

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