San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 1 de agosto de 2017

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus


         San Ignacio de Loyola, uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica, antes de su conversión, vivía en un mundo alejado de Dios, caracterizado por la vanidad. Solo cuando obligadamente tuvo que hacer una pausa en su vida mundana, debido a una lesión en su pierna en el transcurso de una batalla, su vida comenzó a dar un decisivo giro en dirección a Jesucristo y esto, gracias a la lectura de libros acerca del Salvador y sus santos. Tratándose de un santo de tal magnitud, es imprescindible conocer su proceso de conversión, ya que de él podemos nosotros tomar ejemplo y buscar su imitación, para iniciar nosotros la vida en Cristo Jesús. Dicho proceso de conversión es narrado así por uno de sus discípulos[1]: “Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna. Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban”. Es decir, como consecuencia de estas lecturas, comienza a entrever una vida nueva, distinta a la anterior, aunque su hombre viejo le oponía resistencia, razón por la cual, a pesar de vislumbrar una vida distinta en Cristo, regresaba con nostalgia a su vida de pagano: “A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior”.
Sin embargo, la acción de la gracia, que ya había comenzado a actuar en San Ignacio, no detenía su marcha, por lo cual, al continuar leyendo acerca de Nuestro Señor y sus santos, se sentía fuertemente atraído por esta vida nueva que aparecía en su horizonte espiritual: “Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer”. El mismo Jesucristo, por medio de la gracia, era quien le inspiraba piadosos pensamientos, al tiempo que profundizaba en él el deseo de imitar a los santos en el seguimiento del Señor: “En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?”.
Como consecuencia de estas lecturas, comenzó una lucha, por así decirlo, en el alma de San Ignacio, entre dos espíritus: el espíritu mundano, que lo alejaba de Dios por medio de la vanidad, y el Espíritu de Dios, que lo atraía a sí por medio de la nostalgia de una vida nueva, de origen celestial, vida que sólo podía intuir, pero a la cual había comenzado ya a desearla: “Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo”.
En este proceso de oscilar entre la atracción del antiguo espíritu mundano, bien conocido por San Ignacio, y la atracción por la vida del Espíritu de Dios que la gracia había implantado en él, el santo aprendió algo sumamente importante, que luego aplicaría en sus Ejercicios Espirituales, y es el “discernimiento de espíritus”, es decir, el saber darse cuenta de cuándo era inspirado por uno u otro espíritu: “Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios”. El espíritu mundano, en suma, mientras lo atraía con placeres pasajeros produciéndole alegrías pasajeras y superficiales, dejaba su alma sumergida en la tristeza y en la aridez; el Espíritu de Dios, que lo instaba a imitar las virtudes de los santos, y aunque esto pareciera ser algo alejado del placer puesto que implica sacrificio, penitencia y austeridad, dejaba en él una alegría profunda, espiritual, celestial. Y es esta experiencia, como dijimos anteriormente, de discernimiento de espíritus, la que trasladó luego a sus Ejercicios Espirituales: “Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos”.
En estos tiempos, en los que el Anticristo atrae a los hombres con la música estridente, las banderas multicolores, la satisfacción hedonista de los sentidos, prometiendo una alegría mundana y pasajera por medio de la profanación del cuerpo y el alma, es decir, la impureza del cuerpo y la apostasía de la fe, llamando a la anti-natura “derecho humano” y a los Mandamientos de Dios “cosas del pasado”, la experiencia de discernimiento de espíritus de San Ignacio de Loyola es más que oportuna, para ser tenida en cuenta por los cristianos, si es que no queremos ser arrastrados, en medio de una corriente multicolor y estridente, al Abismo del cual no se regresa.




[1] Cfr. De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647.

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