San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 8 de agosto de 2017

Santo Domingo de Guzmán


         Santo Domingo de Guzmán
         Vida de santidad[1].
         Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, la beata Juana de Aza, lo educó en la más estricta formación religiosa. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano. A los 24 años de edad, Domingo fue llamado por el obispo de Osma para ser canónigo de la catedral. A los 25 años fue ordenado sacerdote[2].
Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.   En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, a lo cual se sumaba un errado método por parte de los misioneros católicos: los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad. De esa manera, las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente: el misionero debía ser pobre como el pueblo, debía dar ejemplo de vida en todo y debía dedicarse con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza y santidad, iniciando la evangelización con grandes éxitos apostólicos. Sus armas para convertir eran la oración –principalmente, el Santo Rosario-, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión.
Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: “Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores porque nos vean muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones”.
En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores; los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. Santo Domingo dio a sus religiosos unas normas que han conseguido grandes santos a lo largo de los siglos –entre ellos, Santo Tomás de Aquino-, como por ejemplo: primero contemplar, y después enseñar: dedicar tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia; después sí predicar con todo el entusiasmo posible; predicar siempre y en todas partes: Santo Domingo quería que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles, dando él mismo el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
Cada año hacía varias cuaresmas, o sea, pasaba varias temporadas de a 40 días ayunando a pan y agua. Siempre dormía sobre duras tablas. Caminaba descalzo por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. No se colocaba nada en la cabeza ni para defenderse del sol, ni para guarecerse contra los aguaceros. Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola palabra. Cuando llegaban de un viaje empapados por los terribles aguaceros mientras los demás se iban junto al fuego a calentarse un poco, el santo se iba al templo a rezar. Un día en que por venganza los enemigos los hicieron caminar descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas afiladas, el santo exclamaba: “La próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos”. Y así sucedió en verdad. Sufría de muchas enfermedades, pero sin embargo seguía predicando y enseñando catecismo sin cansarse ni demostrar desánimo[3].
La misión de los dominicos, predicar para llevar almas a Cristo, encontró grandes dificultades pero la Virgen vino a su auxilio. Estando en Fangeaux una noche, en oración, tiene una revelación donde, según la tradición, la Virgen le revela el Rosario como arma poderosa para ganar almas.
Al vivir en gracia, Jesús le comunicaba de su paz y su alegría, y esa es la razón por la cual la gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración y era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo. Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria, recomendándoles a sus discípulos que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo. Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. El 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes, cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.
Mensaje de santidad[4].
Sin duda alguna, además de todas sus virtudes heroicas, que lo convirtieron en uno de los más grandes santos de la Iglesia, el legado más grande que nos dejó Santo Domingo de Guzmán, es el rezo del Santo Rosario[5], como arma espiritual para enfrentar con éxito absolutamente todas las tribulaciones que pudieran sobrevenirnos en este “valle de lágrimas”. Aunque más bien, siendo precisos, fue en realidad la Madre de Dios en persona, quien le enseñó a Santo Domingo a rezar el rosario. Este hecho, que está atestiguado por innumerables testimonios y documentos pontificios, sucedió en el año 1208 y sucedió así: Santo Domingo se encontraba desanimado debido a que luego de un durísimo trabajo de años, caracterizados por la predicación, sus oraciones y sacrificios, solo había logrado convertir a muy pocos herejes albigenses. Mientras se encontraba en esta situación, en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen, se le apareció la Madre de Dios, con el Niño entre sus brazos y con el Santo Rosario en una mano. Santo Domingo, llevado por la desazón, le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada. Como respuesta a su pedido, la Virgen le entregó a Santo Domingo el Rosario, además de enseñarle a recitarlo. También le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole al mismo tiempo que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Así lo hizo Santo Domingo y muy pronto una gran cantidad de albigenses volvieron a la fe católica.
En el momento de entregarle el Santo Rosario, la Santísima Virgen, además de decirle que propagara esta devoción, le indicó que la utilizara como arma poderosa de modo especial contra de los enemigos de la Fe. Y verdaderamente, fue con esta arma espiritual valiosísima, entregada por la Virgen en persona, que Santo Domingo de Guzmán logró derrotar la herejía albigense, caracterizada por un dualismo gnóstico según el cual había dos dioses, uno del bien y otro del mal, siendo el bueno el creador de lo espiritual y el malo, de todo lo material. Como consecuencia, para los albigenses, todo lo material es malo: así, el cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios. Otros errores de esta secta gnóstica consistía en negar la validez de los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios, además de rechazar la autoridad del Papa, estableciendo sus propias normas y creencias erróneas y heréticas. Desde entonces, el Santo Rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos y cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció al también dominico Beato Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción, reiterando las promesas dadas a Santo Domingo[6] para quienes recitaran el Santo Rosario, además de asegurarle que habrían de necesitarse volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del Santo Rosario, lo cual es más que cierto.




[6] La Virgen María le hizo 15 Promesas a Santo Domingo de Guzmán y luego a Alano de la Rupe, dirigidas a quienes recen el Santo Rosario: 1 – A todos los que recen devotamente mi Rosario, prometo mi protección especial y muy grandes gracias. 2 – El que persevere en el rezo de mi Rosario recibirá alguna gracia insigne. 3 - El Rosario será una defensa muy poderosa contra el infierno; destruirá los vicios, librará del pecado, disipará las herejías. 4 – El Rosario hará florecer las virtudes y las buenas obras y obtendrá a las almas las más abundantes misericordias divinas. Sustituirá en los corazones el amor del mundo con el amor de Dios y los elevará al deseo de los bienes celestiales y eternos. 5 – El que se confíe en mí con el Rosario no perecerá. 6 – El que rece devotamente mi Rosario, meditando sus misterios, no se verá oprimido por la desgracia. Si es pecador, se convertirá. Si es justo, crecerá en gracia y tendrá la recompensa de la vida eterna. 7 – Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos de la Iglesia. 8 – Los que recen mi Rosario encontrarán durante su vida y en la hora de la muerte la luz de Dios, la plenitud de sus gracias y participarán de los méritos de los bienaventurados. 9 – Libraré muy prontamente del purgatorio a las almas devotas de mi Rosario. 10 – Los verdaderos hijos de mi Rosario gozarán de una gran gloria en el cielo. 11 – Lo que pidáis mediante mi Rosario, lo obtendréis. 12 – Los que propaguen mi Rosario serán socorridos por mí en todas sus necesidades. 13 – He obtenido de mi Hijo que todos los miembros de la Cofradía del Rosario tengan por hermanos durante la vida y en la hora de la muerte a los santos del cielo. 14 – Los que rezan fielmente mi Rosario son todos mis hijos muy amados, hermanos y hermanas de Jesucristo. 15 – La devoción a mi Rosario es una gran señal de predestinación. Cfr. http://forosdelavirgen.org/3210/las-20-promesas-de-la-ssma-virgen-a-quienes-lleven-consigo-el-santo-rosario/

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