San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 4 de agosto de 2017

San Juan María Vianney y su advertencia contra el pecado mortal


         En una de sus famosas homilías, San Juan María Vianney advertía así acerca del pecado mortal y sus consecuencias: “Por una blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos de placer… ¡Por dos minutos de placer perder a Dios, tu alma, el cielo... para siempre!”. En realidad, lo que hace aquí es enumerar solo a algunos de los grupos nombrados en las Escrituras, cuyos integrantes no entrarán en el Reino de los cielos: “Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 20-21). Y en el Apocalipsis[1], se dice así: “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
         Quienes formen parte de estos grupos, no entrarán en el Reino de los cielos, pero no porque Dios no desee, sino porque ellos, libremente, eligieron no entrar en el Reino de los cielos; libremente, eligieron el pecado, que es malicia del corazón en acto puro, deseado y querido y elegido libre y voluntariamente –hechicería, idolatría, magia, brujería, embriaguez, discordia, impureza corporal y espiritual-, y puesto que Dios es Espíritu Purísimo, nadie que tenga malicia, deseada y querida voluntariamente, para siempre, puede estar ante su Presencia, y es por eso que, si el alma no se arrepiente antes de morir, inevitablemente se auto-condenará en el Infierno.
         Luego, de una manera muy gráfica, el Cura de Ars da un ejemplo, para que tomemos conciencia de lo que significa, en la realidad del mundo espiritual y a los ojos de Dios, el pecado mortal. Dice así San Juan María Vianney: “Hijos míos, si veis a un hombre levantar una gran hoguera, apilar la leña, y le preguntáis qué es lo que hace, os responderá: Preparo el fuego que debe quemarme. ¿Qué pensaríais si vierais a este mismo hombre aproximarse a la llama de la hoguera y, cuando está encendida, echarse dentro? ¿Qué diríais? Al pecar, eso es lo que nosotros hacemos. No es Dios quien nos echa al infierno, somos nosotros por nuestros pecados. El condenado dirá: ¡He perdido a Dios, mi alma y el cielo: y es por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa! ¿Se levantará para volver a caer?”. Para el Santo Cura de Ars, el pecado mortal es el equivalente a que un hombre levante una gran pira de fuego y se arroje vivo, libre y voluntariamente en ella, para perecer quemado, con la diferencia de que el fuego del Infierno no se apaga nunca y no consume, ni el alma ni el cuerpo, quemando alma y cuerpo y provocando dolores insoportables, por toda la eternidad.
         En nuestros días, en los que la inmoralidad es ensalzada a virtud y la contra-natura a derecho humano; en nuestros días, en los que por medio de la ideología de género se pretende pervertir al hombre desde la niñez, enseñándola obligatoriamente en las escuelas; en nuestros días, en los que la brujería, la magia blanca y negra, la hechicería, el ocultismo, no son vistos como pecados abominables a los ojos de Dios, sino que son presentados como algo bueno, atractivo e inocente a través de películas como Harry Potter y a través de innumerables series destinados a los más pequeños, en los que la magia es algo bueno y agradable; en nuestros días, en los que el aborto y la eutanasia, que son homicidios, son presentados como derechos humanos; en nuestros días, en los que los países y los hombres no dudan un segundo en emprender guerras homicidas, motivados por ideologías perversas como el comunismo, el liberalismo, que en el fondo no son sino idolatrías encubiertas al dinero y por lo tanto al Demonio; en nuestros días, en los que la humanidad prepara un gigantesco horno de fuego para arrojarse voluntariamente en él, las palabras de advertencia del Santo Cura de Ars, acerca del pecado mortal y sus consecuencias, la eterna condenación en el Infierno, son más actuales, precisas y necesarias que nunca.



[1] (21, 8).

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