San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 1 de julio de 2016

El Sagrado Corazón de Jesús


         Unos dos o tres meses después de la primera aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, se produjo la segunda gran revelación, la cual es descripta así por la santa: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas (…) y una cruz en la parte superior (…)”[1].
         ¿Qué simbolizan cada uno de estos elementos?
Las espinas: nos lo dice la misma Santa Margarita: “significando las punzadas producidas por nuestros pecados”[2]. Jesús, en su Pasión, fue coronado de espinas en la cabeza, pero ahora vemos que también su Sagrado Corazón está circundado por una gruesa corona de afiladas, duras y punzantes espinas, que perforan y laceran su Corazón a cada latido. Estas espinas son la materialización de nuestros pecados y nos muestran así cuál es la realidad del pecado: mientras el pecado, en el hombre, produce placer de concupiscencia, este mismo pecado, en Jesús, se traduce en una gruesa, filosa y punzante espina. La contemplación de la corona de espinas del Sagrado Corazón debería conducirnos a no pecar más, al menos, para tener compasión de Jesús, para no seguir provocándole dolores tan intensos y desgarradores.
         Las llamas de fuego: Jesús es Dios y, como tal, espira el Espíritu Santo, Fuego de Amor divino, junto a su Padre, desde la eternidad. La Presencia del Espíritu Santo, simbolizado en las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, no es algo accidental, ni está ahí sólo para ser contemplado: el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que envuelve al Sagrado Corazón, está en el Sagrado Corazón para ser donado junto con él, para que el alma que lo reciba, si dispone su corazón sediento del Amor de Dios, se encienda en las llamas de este Divino Amor, así como una madera o un hato de hierba reseca arden al contacto con las llamas de un fuego ardiente.
         La cruz: también este símbolo nos lo explica Santa Margarita: “(la cruz) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”[3]. La cruz, plantada en la base del Sagrado Corazón, significan, por un lado, los sacrilegios, indiferencias, desprecios, que iba a sufrir por parte nuestra, los cristianos, que muchas veces nos comportamos y vivimos como paganos, porque simplemente dejamos de lado a Jesús, a su gracia santificante y a sus Mandamientos. Por otro lado, la cruz significa que el Sagrado Corazón se encuentra en Jesús crucificado, como el fruto exquisito del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, así como un fruto delicioso cuelga de las ramas de un árbol frutal y que así como alguien, deseando comer de ese fruto, debe subirse al árbol para tomarlo, así el cristiano que quiera deleitarse con las dulzuras del Sagrado Corazón, debe subirse a la cruz, el Árbol de la Vida, para poder disfrutar de él.
         La herida por la que fluye su Sangre: la herida es el resultado del lanzazo recibido por Jesús en la cruz el Viernes Santo, herida por la cual comenzó a fluir, a borbotones, el contenido del Sagrado Corazón, la Preciosísima Sangre del Cordero, la cual, puesto que contiene al Espíritu Santo, quita los pecados del alma sobre al cual esta Preciosísima Sangre cae, al tiempo que la purifica y la santifica con la gracia divina.
         Por último, recordemos lo que sucedió en la Primera Revelación, siempre según la narración de Santa Margarita: “(El Sagrado Corazón) me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado (…)”.
         Lo que hizo Jesús, el tomar el corazón de Santa Margarita para introducirlo en el suyo y convertirlo en una llama encendida de amor, fue una muestra de amor para con Santa Margarita, pero para con nosotros, siendo muchísimo más indignos que esta gran santa, Jesús demuestra más amor todavía que para con ella, porque en vez de tomar nuestro corazón, nos da su Sagrado Corazón, contenido en la Eucaristía y envuelto en las llamas del Divino Amor, para que lo entronicemos en nuestros corazones. Es por esto que, cada comunión eucarística, realizada en gracia y con el corazón sediento por el Amor de Dios, es un don del Divino Amor y un milagro infinitamente más grande que la misma aparición del Sagrado Corazón.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

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