San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 29 de julio de 2016

Santa Brígida de Suecia


         Santa Brígida de Suecia es una de las más grandes santas de la Iglesia Católica. Nació en 1303 en Upsala, Suecia, en una familia con una larga tradición católica[1]. Sus abuelos y bisabuelos fueron en peregrinación hasta Jerusalén y sus padres se confesaban y comulgaban todos los viernes, y como pertenecían a la familia de los gobernantes de Suecia y tenían muchas posesiones, empleaban sus riquezas en construir iglesias y conventos y en ayudar a cuanto pobre encontraban[2]. De niña su mayor gusto era oír a su madre leer las vidas de los Santos. Cuando apenas tenía seis años ya tuvo su primera revelación. Se le apareció la Santísima Virgen para invitarla a llevar una vida santa, totalmente del agrado de Dios. En adelante las apariciones celestiales serán frecuentísimas en su vida, hasta tal punto que Santa Brígida llegó a creer que se trataba de alucinaciones o imaginaciones. Esto la llevó a consultar con el sacerdote más sabio y famoso de Suecia, y él, después de estudiar detenidamente su caso, le dijo que podía seguir creyendo en esto, pues eran mensajes celestiales[3]. Es decir, no se trataba de invenciones de su mente, sino que eran reales y verdaderas apariciones y manifestaciones celestiales, por parte de Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen, y santos y almas del Purgatorio.
Una de estas manifestaciones sucedió precisamente cuando se encontraba rezando con piedad y fervor delante de un crucifijo, que se caracterizaba por la abundancia de sangre en el Cuerpo de Jesús. Santa Brígida le dijo a Nuestro Señor: “¿Quién te puso así?” - y oyó que Cristo le decía: “Los que desprecian mi amor (…) Los que no le dan importancia al amor que yo les he tenido”. Y desde ese día, la santa se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo.
Ahora bien, el “desprecio del amor de Jesús” y el “no darle importancia al amor que Jesús nos tuvo” –según las propias palabras de Jesús-, que es lo que causa las heridas de las que sale abundante sangre, no es otra cosa que el pecado, porque el pecado, que es ofensa a Dios, debe ser castigado severamente por la Justicia Divina –“De Dios nadie se burla”- y el hecho de que no recibamos ese castigo luego de cometido el pecado –por el contrario, cuando nos confesamos, recibimos misericordia y perdón en vez del justo castigo- se debe a que Jesús se interpone entre la Divina Justicia y nosotros, cambiando o convirtiendo, esa Justicia, en Misericordia. Es decir, Jesús, en la Pasión y en la Cruz, es el “transductor” -podríamos decir así- que, interponiéndose entre la Justicia de Dios, ofendida por la malicia de nuestros pecados, y nosotros, recibe en su Cuerpo Sacratísimo todo el peso de esa Justicia que castiga el pecado, y nos da a cambio, con su Sangre derramada, el Amor Divino, la Misericordia Divina, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cada pecado nuestro –el pecado se produce como consecuencia de la ausencia de amor a Dios en el corazón del hombre-, se traduce en un golpe de puño en el Rostro de Jesús, o en la corona de espinas, o en la flagelación, y es así que somos nosotros, con nuestros pecados, los que causamos las heridas de Jesús y el consecuente abundante brotar de su Preciosísima Sangre.
Teniendo en cuenta esta experiencia mística de Santa Brígida, y que no suceden por casualidad, sino que Dios las permite para nuestro provecho, deberíamos preguntarnos: ¿Soy consciente de que son mis pecados personales, los que ponen a Jesús en un estado tan lamentable? ¿Me doy cuenta de que son mis pecados, es decir, mi desprecio y desinterés por el Amor de Dios, los que causan la Pasión, Crucifixión y Muerte de Jesús? Y sabiendo esto, que soy yo quien hace sangrar a Jesús con mis pecados, ¿sigo pecando, sigo sin apreciar la vida de la gracia, sigo sin amar al Amor?



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Br%C3%ADgida_7_23.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem

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