San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 4 de julio de 2016

Santa Isabel de Portugal


         Vida de Santa Isabel de Portugal.

Santa Isabel nació en el año 1271 de cuna noble, pues era hija del rey Pedro III de Aragón[1]. En el bautismo recibió el nombre de Isabel en honor de su tía abuela, santa Isabel de Hungría. Entre otras cosas, se caracterizó por pacificar a quienes estaban enemistados entre sí, y esto se demostró ya desde su mismo nacimiento, puesto que, gracias a su nacimiento, se reconciliaron su abuelo, el rey Jaime, y su padre. Ya desde muy niña, demostró una gran inclinación a la piedad y a la bondad.
Unida en matrimonio a muy escasa edad, su esposo sin embargo se mostró comprensivo y tolerante y le permitió practicar libremente sus devociones: Isabel se levantaba muy temprano para reza r maitines y laudes antes de la Santa Misa y por la tarde, luego de realizar sus deberes domésticos y públicos, rezaba la hora de vísperas. Todo lo soportaba con gran paciencia, siendo además su modestia, su humildad, su caridad y su austeridad, por todos admirada.
Santa Isabel era princesa y luego se convirtió en reina; sin embargo, nunca se sintió atraída por la vida fastuosa de la corte y nunca demostró, hacia quienes no eran nobles como ella, ningún signo de desconsideración. Por el contrario, se comportó para con los más pobres, enfermos y necesitados, como una misericordiosa samaritana que los socorría con literalmente todos sus recursos materiales y con su misma persona, encargándose ella misma de buscar y socorrer a los más necesitados. En efecto, gastó toda su fortuna personal para fundar instituciones de caridad en diversos sitios del reino, como por ejemplo, un hospital en Coimbra, una casa para mujeres necesitadas en Torres Novas y un hospicio para niños abandonados. A pesar de todas esas actividades, Isabel no descuidaba sus deberes de estado, sobre todo el respeto, amor y obediencia que debía a su marido, al cual nunca desatendió y a quien siempre amó, a pesar de sus numerosas infidelidades, abandonos y faltas al amor esponsal, siendo su bondad tan grande, que cuidaba cariñosamente a los hijos naturales –extramatrimoniales- de su marido. Precisamente, por esta causa, es decir, por la mayor preferencia que su esposo infiel daba a sus hijos naturales, es que su hijo mayor, Alfonso –Santa Isabel tuvo además una hija, llamada Constanza-, se levantó en armas por dos veces contra su padre y en ambas, la reina consiguió restablecer la concordia. Con sus dotes de pacificadora, Santa Isabel logró también logró evitar la guerra entre Fernando IV de Castilla y su primo, y entre el mismo príncipe y Jaime II de Aragón. Y al igual que Nuestro Señor Jesucristo, que fue calumniado y desterrado de su propia ciudad, Jerusalén, Santa Isabel compartió esta porción de la Pasión del Señor, porque a causa de las malas lenguas que esparcieron el rumor de que la santa apoyaba en secreto la causa de su hijo, el rey, su esposo, la desterró algún tiempo de la corte, regresando luego de haberse comprobado que todo eran calumnias.

         Mensaje de santidad de Santa Isabel de Portugal.

Con su vida de oración, penitencia, austeridad, pobreza voluntaria, por medio de los cuales renunciaba voluntariamente a los fastos y a la riqueza que por su noble nacimiento le correspondían, y por su caridad sobrenatural que la llevaba a pacificar, con la paz de Cristo, a los que estaban enemistados entre sí, Santa Isabel de Portugal demostró que, a pesar de haber nacido como princesa y ser luego reina, prefería otro tipo de nobleza, la nobleza que concede la gracia de Jesucristo y que hace que el alma sea hija adoptiva de Dios, Rey del cielo, y que la convierte en heredera del Reino de los cielos. Más que el reino terreno y sus atractivos mundanos, Santa Isabel vivió en este mundo, pero pensando y anhelando siempre el Reino celestial, en donde ahora vive por la eternidad como bienaventurada. Con su vida de santidad, Santa Isabel de Portugal nos enseña a elevar nuestra mirada más allá de este mundo que pasa, para desear y trabajar activamente, con la caridad y la misericordia, para lograr una de las habitaciones reales del palacio celestial que Dios Padre tiene destinada para cada uno de nosotros, conforme a las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2)”.



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160704&id=12413&fd=0

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