San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 12 de septiembre de 2013

San Juan Crisóstomo


          Llamado "boca de oro" por la elocuencia de su prédica, movía a la conversión de quienes, siendo cristianos de palabra, no lo son con sus obras y no difunden a su alrededor la luz de Cristo. En sus "Homilías sobre el Evangelio de San Mateo", comenta el pasaje en el que Jesús dice a sus discípulos que ellos son "la sal de la tierra y la luz del mundo" (5, 13-16), y aunque fue predicada en el siglo IV antes de Cristo, conserva toda su validez en el siglo XXI, y de tal manera, que parece escrita para los cristianos de hoy.
          San Juan Crisóstomo advierte a los cristianos que el hecho de ser ellos "sal de la tierra", significa que no pueden pasar desapercibidos en un ambiente anticristiano, sino que deben hacer saber al mundo que son seguidores de Cristo: "Los Apóstoles no se hicieron amables a todo el mundo porque adulasen y halagaran a todos, sino escociendo vivamente como la sal". Lo que quiere decir el santo es que así como la sal, arrojada sobre una herida abierta, provoca ardor, así el cristiano, puesto por Cristo en este mundo infectado por el mal y el pecado, debe destacarse por su testimonio, el cual de ninguna manera puede ser de halago y condescendencia con el Mal. Si un cristiano es condescendiente con el Mal, en cualquiera de sus formas, es señal de que se ha convertido en sal insípida, en sal que no sala y no sirve más, y que sólo sirve para ser pisoteada. En otras palabras, si un cristiano consiente la calumnia, la difamación de su prójimo, o de un sacerdote, o del Papa, o de la Iglesia, y no reacciona, permitiendo que el Mal se propague entre los hombres, es una mala señal, porque es señal de que ese cristiano se ha convertido en un perro mudo, que calla cobardemente ante la presencia del Mal, y es una señal mucho más grave todavía, si ese cristiano no sólo calla ante la difamación y calumnia, sino que se convierte él mismo en difamador y calumniador. Muchísimos cristianos católicos no sólo son conniventes con el Mal en todas sus formas, callando cobardemente ante su presencia y manifestación en múltiples formas -en la música, en el cine, en la cultura, en los medios de comunicación masivos-, sino que son aliados del Mal, desde el momento en que además de consumir, producen el Mal, sea con sus lenguas, difamando y calumniando, sea con sus obras, obrando toda clase de obras malas.
          Luego continúa San Juan Crisóstomo, advirtiendo a los cristianos, llamados "sal de la tierra" por Jesús, que no deben temer el ser "insultados, perseguidos y calumniados a causa del Evangelio", sino que deben temer el ser llamados "hipócritas" por el mismo Dios. Dice así el santo: "Había dicho el Señor a sus discípulos: cuando os insulten y persigan, y digan toda palabra mala contra vosotros... (Mt 5, 11). Para que no se acobardaran al oír esto, y rehusaran salir al campo de batalla, ahora parece decirles: si no estáis preparados a sufrir todas estas cosas, vana ha sido vuestra elección. Lo que debéis temer no es que se os maldiga, sino el ser envueltos en la común hipocresía. En ese caso os habríais tornado insípidos, y seríais pisoteados por la gente (...) si por miedo a la murmuración abandonáis el ímpetu que debéis tener, entonces sufriréis más graves daños. En primer lugar, se os maldecirá lo mismo; y luego, seréis la irrisión de todo el mundo; porque eso quiere decir ser pisoteado". San Juan Crisóstomo advierte a los católicos que, cuando dejan de ser "sal de la tierra", inmediatamente se convierten en hipócritas, que sonríen y callan ante el Mal en vez de denunciarlo a gritos, y como el hipócrita es "sal que ha perdido su sabor", es "pisoteado por la gente", es decir, es tenido por el mundo como un aliado suyo y no como un testigo de Jesucristo.
          Según San Juan Crisóstomo, el cristiano entonces debe temer el ser llamado "hipócrita", porque esto significa que es cómplice con el mal, pero no debe temer ser maldecido a causa del testimonio valiente de Jesucristo y su Evangelio: "Pero si seguís frotando con sal, y por ello os maldicen, alegraos entonces. Ésa es precisamente la función de la sal: escocer y molestar a los corrompidos. La maledicencia os seguirá forzosamente, pero no os hará ningún daño, sino que dará testimonio de vuestra firmeza".
          Por último, el santo recuerda a los católicos que han recibido la luz de la fe -en el momento del Bautismo-, pero que mantenerla encendida depende del propio libre albedrío, de la libre voluntad de querer dar testimonio público de Jesucristo, "llevando una vida digna de la gracia", es decir, siendo coherentes y dando testimonio de Jesús, más que con palabras, con el ejemplo de vida: "(...) Después de haberles mostrado su propio poder, el Señor les exige franqueza y libertad, diciéndoles: nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, a fin de que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 15-16). Es como si les dijera: yo he encendido la luz; pero que siga ardiendo, depende ya de vuestro afán apostólico. Y eso no sólo para alcanzar vuestra propia salvación, sino también la de aquellos que han de gozar de su resplandor, y ser así conducidos como de la mano hacia la verdad. Si vosotros vivís con perfección, como conviene a los que han recibido la misión de convertir a todo el mundo, las calumnias no podrán echar ni una sombra sobre vuestro resplandor. Llevad, pues, una vida digna de la gracia; a fin de que, así como la gracia se predica en todas partes, también vuestra vida esté de acuerdo con la gracia".
          San Juan Crisóstomo llama a los cristianos a ser "sal de la tierra y luz del mundo", dando testimonio de Jesucristo con el ejemplo de vida, y a no callar cobardemente ante el Mal.





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