San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 18 de septiembre de 2013

San Roberto Belarmino y el amor a Dios



          En uno de sus escritos, San Roberto Belarmino reflexiona acerca de qué es aquello que Dios impone a sus hijos adoptivos como mandato primero, principal y esencial de su Ley. Dice así el santo: "¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: 'Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón'"[1]. Frente a muchos que cuestionan la validez de este mandamiento, sosteniendo que Dios no puede "mandar a amar", San Roberto dice lo siguiente: "¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío?". Es decir, el santo afirma, implícitamente, que Dios sí puede "mandar a amar" y la razón que da que da, es lo que Dios da en recompensa a aquellos que cumplan el primer mandamiento: "¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: 'La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman'. ¿Y qué es esa corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice San Pablo, citando al profeta Isaías: 'Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman'"[2]. Para el santo, entonces, Dios manda a amarlo, y lo puede hacer, porque dará en recompensa un bien de valor incalculable, la "corona de la vida".
          Sin embargo, podemos agregar al argumento de San Roberto Belarmino la siguiente consideración, que es anterior a la recompensa dada por Dios a quien lo ame, y que hace que debamos amar a Dios aún cuando no hubiera recompensa alguna: Dios no manda a amar simplemente porque este sea un acto "fácil, suave, dulce", sino porque Él nos ha creado para amar, para hacer actos de amor; nos ha creado con la capacidad de crear actos de amor, y el primer acto de amor, creado por nuestra capacidad de amar, debe ser dirigido a Él, que es el Amor en sí mismo. Y aquí se ve cómo lo que manda Dios, no es algo impuesto, o que fuerza a la naturaleza: por el contrario, es algo inherente a la naturaleza humana misma; aún más, podemos afirmar que si un hombre no ama a Dios, o ama algo que no es Dios, o lo ama pero no en Dios y por Dios, entonces sí está haciendo un acto forzado a su naturaleza, le está haciendo cometer a su naturaleza humana un acto para lo cual no fue hecha.
          Según estos razonamientos, Dios puede mandar a amarlo, porque da una recompensa inimaginable para quienes lo hagan, pero sobre todo porque el hombre ha sido creado solo para amarlo a Él y a todas las cosas en Él, por lo que no puede haber acto de amor en el hombre que no sea en Dios, por Dios y para Dios.
          Pero podemos agregar algo más todavía, desde el momento en que en el primer mandamiento no se manda solamente a amar a Dios, sino también al prójimo: "Amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo", y puesto que el prójimo incluye a nuestros enemigos, según el mandato de Jesús "Amad a vuestros enemigos", resulta que no solo debemos amar a Dios, sino a todo prójimo, incluido -y en primer lugar- aquel que, por un motivo determinado, es nuestro enemigo. En otras palabras, Dios no solo manda amarlo a Él y a nuestro prójimo, sino que manda también a amar a los enemigos, y esto, que sí es imposible, porque es contrario el amor con quien estamos enemistados. Pero Dios no manda imposible, y si nos manda hacerlo, es porque nos da aquello con lo cual podemos cumplir lo que nos manda. ¿Qué es? Es Cristo en la Cruz, porque desde la Cruz, Jesús nos perdona, siendo todavía nosotros sus enemigos a causa del pecado, y puesto que estamos en esta vida para imitar a Cristo, debemos amar y perdonar a nuestros enemigos, con el mismo Amor con el cual Él nos amó y perdonó desde la Cruz.
         




[1] Del Tratado de San Roberto Belarmino Sobre la ascensión de la mente hacia Dios, Grado 1: Opera Omnia 6, edición 1862, 214.
[2] Cfr. ibidem.

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