San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 19 de septiembre de 2011

San Andrés Kim y compañeros mártires



La vida y muerte de los mártires, no importan sus edades o el tiempo transcurrido, constituyen siempre un testimonio válido y actual para la Iglesia que peregrina en el tiempo, porque ellos nos pueden ayudar a sacudir la modorra espiritual que nos envuelve cotidianamente en la práctica de la religión, modorra causada por la pereza espiritual, por la tibieza, por la incredulidad.

Los mártires son ejemplo siempre actual porque dieron sus vidas no por un ideal utópico, irrealizable, vacío, o inalcanzable; dieron sus vidas porque fueron iluminados desde lo alto, con una potencia de luz divina tan intensa, que sus almas quedaron, ya desde la tierra, fijas en el estupor que provoca la contemplación de la divinidad de Jesucristo, como un anticipo de lo que habría de sucederles luego en el cielo.

El derramamiento de sangre de los mártires testimonia, con ese solo hecho, que aquello que contemplaron es tan inmensamente grande y majestuoso, que la vida aquí no vale la pena si no es para derramarla en testimonio de ese misterio sobrenatural que se revela en Cristo: Dios es Uno y Trino, se ha encarnado en la Persona del Hijo, y este nos ha donado a Dios Espíritu Santo, para comunicarnos el Amor divino.

Su testimonio de Cristo, dado al precio de la sangre, y sus palabras, deberían hacernos pensar en la clase de cristianos perezosos, negligentes y tibios que somos, puesto que por nada estamos dispuestos a dejar de lado la vida de la gracia.

Dice Andrés Kim Taegon, primer sacerdote coreano, decapitado a los 26 años, en una carta encontrada entre sus pertenencias, dirigida a sus fieles: “En este difícil tiempo, para ser victorioso se debe permanecer firme usando toda nuestra fuerza y habilidades como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla”.

El ser soldados, no quiere decir pertenecer a un ejército de la tierra, sino al ejército victorioso de Jesucristo, cuyo estandarte es la Cruz ensangrentada; la armadura y escudo, es la fe de los Apóstoles, rezada en el Credo dominical; las armas son la oración, el Rosario, la Santa Misa, la confesión frecuente, las obras de misericordia; la batalla, no es una terrestre, sino una batalla espiritual, la batalla decisiva que se libra en cada corazón humano, entre las fuerzas de la luz y las fuerzas de las tinieblas.

Los mártires son quienes han combatido este buen combate, y han ganado la batalla final, y han entrado victoriosos en el cielo.

Su ejemplo nos debe servir para erradicar del alma, de una vez y para siempre, la tibieza, la pereza y el orgullo, y para eso debemos contraponer la sangre de los mártires, derramada por confesar a Cristo, es decir, por vivir en gracia, y nuestra tendencia a negar a Cristo y a preferir los atractivos del mundo.

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