San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 29 de agosto de 2011

Santa Rosa de Lima



En una época materialista y hedonista, como la nuestra, caracterizada por la búsqueda desenfrenada del bienestar en todos los órdenes, por la satisfacción del apetito sensible del hombre, y por el egoísmo individualista como derecho a ser ejercitado, el ejemplo de vida vivida en el sacrificio, en la penitencia y en la mortificación de Santa Rosa, constituye un claro signo de la vida que debemos llevar como cristianos, si es que queremos salvar el alma.
Algo que caracterizó la vida de Santa Rosa fue su mortificación extrema, lo cual no puede explicarse por razones humanas, ni por un mero ascetismo, ni por simplemente refrenar sus pasiones, sino por un don sobrenatural que la llevaba a identificarse con Cristo crucificado, y es esta búsqueda de la imitación de Cristo es lo que explica su estado de casi continua mortificación y penitencia.
Santo Rosa vivió unida, místicamente, a la Pasión del Señor y buscaba la penitencia y la mortificación para identificarse con Jesucristo en la cruz.
Buscó permanentemente, ya desde niña, consagrándose a Dios con voto de virginidad, la configuración con Cristo humillado en la cruz, y para convertir a los que estaban más alejados de Dios, hizo de su vida un continuo sacrificio.
Para doblegar su orgullo, despreció las vestimentas seglares, y si bien ella era seglar –no fue religiosa porque al arrodillarse delante de una imagen de la Virgen no se pudo levantar hasta que comprendió que Dios no la quería como religiosa-, vistió siempre con una sencilla túnica blanca y con un velo negro.
Santa Rosa hacía también penitencia con los alimentos, buscando reparar, junto al hambre que padece Cristo en la cruz, los pecados de gula y la búsqueda desenfrenada de placeres terrenos por parte de los hombres. Comía lo mínimo necesario para mantenerse en la vida activa, y hacía voluntariamente una restricción total de carne.
En los días de calor, no bebía nada refrescante, y solía pasar días sin beber, para unir su sed a la sed que de almas experimentaba Jesús en la cruz. Y cuando la sed se le volvía insoportable, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús crucificado, para seguir todavía aguantando sin beber.
El momento de descanso era también para Santa Rosa un momento propicio para ofrecerlo como mortificación, porque nunca durmió en colchones ni usó almohadas: dormía sobre tablas de madera, y su almohada era un leño. Una vez tuvo deseos de cambiar las tablas y el leño por un colchón y una almohada, y mirando al crucifijo, le pareció que Jesús le decía desde la cruz: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”, y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
La mortificación en Rosa no es mera ascesis, ni búsqueda egoísta de la perfección por medio del dominio de las pasiones. La mortificación persigue fines mucho más elevados: en sus escritos explica que es necesaria para ser saciados por el Espíritu de Dios, para vivir orientados por el Espíritu Santo, y para renovar la faz de la tierra a partir de la configuración con Cristo crucificado.
Pero además de la mortificación, Rosa se destacaba por sus obras de misericordia con los más necesitados y sobre todo con los indígenas, sometidos en algunos casos a grandes injusticias. Frente a sus prójimos es una mujer comprensiva: disculpa los errores de los demás, persona las injurias, se empeña en hacer retornar al buen camino a los pecadores, socorre a los enfermos. Se esfuerza en la misericordia y la compasión.
Su estado de permanente oración y de continuos sacrificios y penitencias no solo la configuraban místicamente con Jesús crucificado, sino que conseguían numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes, todo lo cual llevó a la ciudad de Lima a la convicción de que era una santa en vida.
Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.
Y a esta muchacha de condición económica pobre y sin muchos estudios, le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores, como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración.
Para los cristianos del siglo XXI, como nosotros, el ejemplo de santidad de Santa Rosa de Lima nos dice que no es en la búsqueda de placeres y comodidades terrenas en donde se encuentra la felicidad, sino en la imitación de Cristo crucificado.

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