San Ildefonso recibe de manos de María un regalo personal
de Jesús para él. Según la Tradición, la Virgen se le apareció en la capilla
rodeada de ángeles y portando el citado ornamento le dijo: “Tú eres mi capellán
y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”.
Debido a la abundancia de pruebas que certificaron que la aparición de la
Virgen y el regalo de la casulla tuvieron lugar y fueron efectivamente reales,
el Concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su
memoria, siendo documentado el sobrenatural evento en el Acta Sanctorum como
“El Descendimiento de la Santísima Virgen y su Aparición”. El regalo de la
casulla a San Ildefonso fue en premio por haber escrito el “Tratado de Perpetua
Virginidad de María”. ¿Y qué sucede con aquellos hijos de la Virgen, que no
tenemos los méritos de San Ildefonso? No nos deja Nuestra Madre desamparados,
puesto que, sin merecerlo de nuestra parte, la Virgen nos concede, no una
casulla de tela sobre el cuerpo, sino la gracia de su Hijo Jesucristo, en el
alma.
Bienaventurados habitantes del cielo, Ángeles y Santos, vosotros que os alegráis en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad, interceded por nosotros, para que algún día seamos capaces de compartir vuestra infinita alegría.
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
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"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
martes, 31 de enero de 2017
San Felipe Neri
San
Felipe Neri es retratado mientras celebra la Santa Misa en el momento en el
que, luego de la consagración del cáliz, lo eleva en ostentación. El detalle
particular de la imagen es la levitación del santo que, experimentando la
gracia del éxtasis divino y elevado del suelo, contempla a su Señor como
anticipando ya en la tierra, la ligereza del cuerpo glorificado de los
bienaventurados. Todavía más, puesto que en las Misas era muy frecuente que
fuera arrebatado en éxtasis -que duraban unas dos horas-, los asistentes
tomaron la costumbre de retirarse al “Agnus Dei”, luego de apagar los cirios,
encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San
Felipe estaba celebrando todavía; después regresaban todos y la misa
continuaba. Como fruto de sus éxtasis, el santo nos dejó esta meditación –en la
que, parafraseándolo, podemos cambiar “Cristo” por “Eucaristía”-: “Quien quiera
algo que no sea Cristo, no sabe lo que quiere; quien pida algo que no sea
Cristo, no sabe lo que pide; quien no trabaje por Cristo, no sabe lo que hace”.
San Antonio Abad
San
Antonio Abad está meditando en la Palabra de Dios que aparece abierta a su
lado-, mientras hace duras penitencias –ayuna, viste con un sayal, duerme en
una cueva-; es en esa ocasión en la que los demonios, representados con
horribles figuras que se ubican a su alrededor lo atacan, buscando no solo
distraerlo de sus reflexiones sino hacerlo caer en pecado mortal, por medio de
fortísimas tentaciones, principalmente contra la carne. Sin embargo, cuanto más
duro es el asalto demoníaco y cuando humanamente no hay escapatoria, Nuestro
Señor Jesucristo -que aparece en el cielo transportado por ángeles- acude en
ayuda de su santo, a quien le basta contemplarlo para salir victorioso y
todavía más fortalecido en la gracia que antes de la tentación. San Antonio ni
mira ni dialoga con los demonios –no se dialoga con la tentación-, sino que
eleva sus manos al cielo y mira a Jesús. Así, nos enseña que sin la gracia, el
alma cae inevitablemente en el pecado mortal, pero con la gracia, adquiere la
fortaleza misma del Hombre-Dios, que le permite vencer y salir victorioso, aún
si es todo el infierno el que la asalta.
Don Bosco, la Inmaculada Concepción y la Eucaristía
Representación
del sueño profético de Don Bosco en donde se revela el futuro de la Iglesia.
Desde una roca, el santo contempla una escena asombrosa: en un mar agitado, una
majestuosa nave atraca entre dos grandes columnas de mármol, en cuyos extremos
se encuentran la Inmaculada Concepción y la Eucaristía. Delante y atrás de la
nave central, pequeñas naves que naufragan en medio de la confusión, el humo y
el fuego, aunque otras navecillas parecen acercarse para que sus tripulantes
suban a la gran nave, en cuya proa destaca el Santo Padre, de pie, acompañado
por sus cardenales y obispos. La gran nave es la Iglesia Católica, guiada por
Pedro bajo la asistencia del Espíritu Santo, que habrá de atravesar grandes
tribulaciones, simbolizadas en el mar agitado, y sufrir persecuciones,
simbolizadas en las navecillas que la atacan; sin embargo, cuando humanamente
la batalla parezca perdida, la Iglesia será salvada por la intervención
prodigiosa de la Madre de Dios y por un substancial incremento de la fe en la
Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía. La
Virgen y la Eucaristía salvarán la fe y las almas de los bautizados.
sábado, 28 de enero de 2017
Santo Tomás de Aquino y su filosofía del Acto de Ser
Dentro de sus innumerables méritos de su vida de santidad,
podemos decir que Santo Tomás de Aquino ostenta uno, sumamente importante en
estos días de gran confusión mental y espiritual. ¿En qué consiste? Para poder
comprenderlo, debemos considerar antes cuál es la raíz o base filosófica del
gnosticismo –sea de la Nueva Era, sea de buena parte del catolicismo modernista
actual-, un gnosticismo que hunde sus raíces en la filosofía inmanentista de Descartes,
Kant, Hegel, Heidegger, Nietszche y, últimamente, Karl Rahner. En pocas
palabras, dicha filosofía inmanentista “encierra” al hombre en su propio
pensamiento, puesto que considera al intelecto humano incapaz de “penetrar” en
la esencia y el acto de ser de lo que “está afuera” de la esencia y el acto de
ser del hombre. De esta manera, todo, absolutamente todo que el hombre crea que
está fuera de él o que “es” fuera de él, no lo será tal, sino sólo un producto
de su razón. Esta trágica consecuencia del inmanentismo –básicamente kantiano y
luego rahneriano- se revela en toda su dramaticidad cuando se habla de Dios,
puesto que para esta filosofía inmanentista, “Dios” será siempre y en todo
momento, sólo un producto del pensamiento y de la razón humana, y nunca un Ser
divino, exterior al hombre, un “Otro” absolutamente distinta, con naturaleza y
Acto de Ser radicalmente distintos al hombre.
En este sentido, Santo Tomás, con su filosofía y metafísica
del Acto de ser” –ipsum esse subsistens-,
que considera que, por un lado, la inteligencia humana sí puede trascenderse a
sí misma para “intus-leggere” –leer adentro- de la esencia de las cosas que
están ahí fuera de su espíritu y desentrañar su núcleo subsistente, el ipsum esse subsistens o Acto de ser, no
solo se contrapone a la filosofía inmanentista de corte kantiano-rahneriano,
sino que la suprime al demostrar su intrínseca falsedad. De esta manera, la
filosofía y metafísica de la trascendencia de Santo Tomás, basada en el
descubrimiento del Acto de Ser de las cosas, de las personas y de Dios, se
erige como la única filosofía válida para el hombre de todos los tiempos,
mientras proporciona legítimas herramientas que permiten contrarrestar la
susodicha filosofía de la inmanencia, que conduce a una religión –incluso dentro
del catolicismo- esencialmente gnóstica y, por lo mismo, falsa.
viernes, 27 de enero de 2017
Santos Timoteo y Tito
La
muerte martirial de San Timoteo, ocurrida en el año 97 de la Era Cristiana, es
un ejemplo y un modelo de fe y de amor a Jesucristo de tal magnitud, que
trasciende el tiempo: acaecida pocos años después de la muerte de Cristo,
conserva todo su valor testimonial en el siglo XXI. Luego de ser nombrado como
primer obispo de la Iglesia de Éfeso, fue encarcelado, sentenciado a morir
apaleado y apedreado, siendo finalmente ejecutado por orden del emperador
Diocleciano. ¿La razón de su martirio? El oponerse, como cristiano, a un
festival pagano en honor de una de las diosas del panteón politeísta romano
llamada Diana.
En
nuestros días, se produce un fenómeno contrario al del martirio, y es la
apostasía: una inmensa multitud de cristianos –católicos-, al revés de San
Timoteo, que perdió su vida terrena por no renegar y rechazar a Jesucristo en
favor de los ídolos, estos cristianos ofrendan sus vidas a los múltiples ídolos
de nuestro mundo contemporáneo –dinero, placer, hedonismo, materialismo,
ocultismo, paganismo-, renegando y rechazando a Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en Persona, real, verdadera y substancialmente en la Eucaristía. Lo único
que quiere Jesús es darnos su Amor, el Amor inefable, infinito y eterno, de su
Sagrado Corazón Eucarístico, pero los hombres de hoy, envueltos en las más
siniestras tinieblas, prefieren –sólo por dar un ejemplo- un espectáculo deportivo
en lugar de la Santa Misa dominical. La apostasía es la contracara perversa del
martirio, y ésta es la razón por la cual la muerte martirial de San Timoteo,
ocurrida a veinte siglos de distancia, es válida y actual para nosotros,
católicos que vivimos en la posmodernidad.
miércoles, 25 de enero de 2017
La Conversión de San Pablo, preludio y modelo de la conversión eucarística del católico
En la Conversión de San Pablo, debemos considerar que la luz
que lo convierte, no es solo exterior, sino ante todo interior, pero no surgida
de sí mismo, sino venida de lo alto; es una Luz Increada, que brota del Ser
divino trinitario de Cristo Jesús; es una luz que, iluminando el alma, le
disipa las tinieblas del error, del pecado y de la ignorancia, a la par que
hace al alma partícipe de la vida divina trinitaria, lo cual implica conocer y
amar a Dios tal como Dios es: Uno y Trino, encarnado en la Persona del Hijo en
Jesús de Nazareth. Es por esto que la conversión de Pablo no es una mera “conversión
a Dios” Uno, sino a Dios Uno y Trino y al Mesías y Redentor, Cristo Jesús.
La conversión del católico también debe ser en este mismo
sentido, conversión a la Trinidad y al Mesías, Cristo Jesús. No es una conversión
al Dios Uno; no es una conversión “monoteísta”, sino trinitaria, al Dios Trino
y al Mesías Jesús. Pero el católico está llamado a profundizar esta conversión,
no por obra propia, como si de él dependiese, lo cual es imposible, sino por
medio de la luz del Espíritu Santo, que le revela y al mismo tiempo lo hace
partícipe de los misterios del Hombre-Dios Jesucristo. La conversión a la cual
el católico y toda la Iglesia está llamado, es la “conversión eucarística”,
esto es, la conversión, el dirigir y centrar el propio acto de ser a Dios Trino
y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, que prolonga su encarnación en la
Eucaristía. En otras palabras, el mismo Hombre-Dios que se le revela a San
Pablo y lo convierte con su luz, es el mismo Hombre-Dios que está Presente en
el Sacramento de la Eucaristía, y es por esto que, hacia la Eucaristía –y no
hacia un vago “Dios”-, es que debe convertirse el cristiano y la Iglesia toda. Mientras
no se dé, en el alma de todo bautizado en la Iglesia Católica y en toda la Iglesia
Católica en cuanto Cuerpo Místico de Cristo, esta conversión eucarística,
seremos, sino ateos o apóstatas, meros creyentes de un Dios Uno, que en nada se
diferencian de creyentes de otras religiones monoteístas. Que Nuestra Señora de
la Eucaristía, tomando posesión de nuestros pobres corazones pecadores, los
guíe y los conduzca hacia la “conversión eucarística”, única conversión –en cuanto
continuadora y profundizadora de la conversión de Pablo- necesaria y posible
para la salvación del alma.
sábado, 21 de enero de 2017
Santa Inés, virgen y mártir
Antes de morir atravesada por la espada de su verdugo, Santa
Inés dijo una frase en la que se condensa la fe del cristiano y que expresa
hasta dónde llega esta fe, la cual no consiste en una mera proclamación con los
labios, sino que debe llegar hasta el don de la propia vida. Santa Inés dijo
así a su verdugo: “Puedes manchar tu espada con Mi sangre, pero nunca
profanarás mi cuerpo que he consagrado a Cristo”. En esta frase está condensada
nuestra fe cristiana: Santa Inés está a punto de morir, de perder la vida
terrena, pero lejos de suplicar a quien la está por matar, que le perdone la
vida, ofrece su vida terrena –“puedes manchar tu espada con mi sangre”, esto
es: “puedes matarme”- porque espera ganar la vida eterna. En efecto, el mártir
no desprecia temerariamente la vida terrena, sino que la entrega, con amor y
fe, en testimonio de Aquél que es el Rey de los mártires, Cristo Jesús. Estamos
en esta vida para testimoniar al Verbo de Dios Encarnado, Jesús, y esta misión
la cumple cabalmente el mártir. En la segunda parte de la frase, también se
expresa un segundo aspecto fundamental de nuestra fe, que es el de conservar la
vida de la gracia, prefiriendo la muerte antes que perderla por el pecado. Dice
Santa Inés: “nunca profanarás mi cuerpo que he consagrado a Cristo”; esto es,
“prefiero morir por la espada antes que perder mi estado de gracia, profanando
mi cuerpo con amores mundanos”. Santa Inés elige morir antes que perder la
virginidad, consagrada a Cristo, y elige los gozos de la vida eterna y no los
de la vida terrena, porque espera en Cristo. Como hermosamente dice San
Ambrosio: “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad
y el de la fe”[1].
Este mensaje de santidad de Santa Inés es sumamente válido para nuestros días,
caracterizados por la más nauseabunda oleada de impureza, sea corporal que
espiritual, que inunda nuestro mundo, y es especialmente válido para los niños
y jóvenes –aunque también para los adultos-, quienes deberían aprender de Santa
Inés este mensaje: es preferible perder la vida terrena antes que perder la
vida eterna, y es preferible que el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo”
(cfr. 1 Cor 6, 19) sea destruido,
antes que profanarlo por el pecado.
jueves, 19 de enero de 2017
San Antonio abad
Considerado
como el padre del monaquismo, San Antonio abad nació en Egipto hacia el año 250,
hijo de acaudalados campesinos. Luego de la muerte de sus padres, en el momento
en el que asistía a una celebración Eucarística escuchó las Palabras de Jesús: “Si
quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”, que
San Antonio consideró como dichas directamente a él. Fue así que repartió su
herencia entre los pobres y se retiró al desierto, para llevar una vida de
penitencia y oración, llevando una vida eremítica y convirtiéndose en modelo de
espiritualidad ascética. Fundó comunidades de oración y trabajo, logrando así
conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Además de su
espiritualidad monacal, se caracterizó por el apoyo a los confesores de la fe
durante la persecución de Diocleciano, además de apoyar a San Atanasio en sus
luchas contra la herejía gnóstica sostenida por el sacerdote apóstata Arrio.
Murió en el año 356 en el monte Colzim, próximo al mar Rojo. Se dice que de
avanzada edad pero no se conoce su fecha de nacimiento.
Mensaje de santidad[2].
Una
colección de sentencias suyas, conocida como “apotegmas”, demuestra su profunda
y sobrenatural espiritualidad evangélica. De entre los temas de los apotegmas,
podemos rescatar uno, referido a la tentación, en la que el santo la describe
como incluso necesaria para la salvación, puesto que así el alma puede probar –sostenida
por la gracia- su amor por Dios y su rechazo por el demonio. Es decir, lejos de
ser la tentación un obstáculo para la vida espiritual, es imprescindible para
su crecimiento e incluso, para entrar en el Reino de los cielos: “Quien no ha
sufrido la tentación no puede entrar en el Reino de los Cielos. En efecto,
dijo, suprime las tentaciones y nadie se salvará”. En otro lugar, dice así: “La
tentación acompaña al hombre como su sombra, incluso se le adelanta... Esta es
la vía de la salvación, la única: “Bienaventurado el varón que soporta la
tentación, porque probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió
a los que le aman” (Sant 1, 12)”. Para
San Antonio, la tentación hace ver al hombre cuál es la realidad de su ser, su
fragilidad, y por lo tanto, su dependencia de Cristo, ayudándolo así a crecer
en la humildad y a evitar la soberbia: “La tentación conduce al hombre a la
verdad de su ser, dándole la media exacta de su fragilidad; la tentación le
fortalece probándole y le lleva a su madurez en Cristo”. Citando a otro Padre
del desierto, Isaac el sirio, San Antonio afirma que el hombre que “ha visto su
pecado”, es decir, se ha reconocido en la tentación, “es más grande” que
alguien que hace milagros portentosos, como resucitar muertos: “Aquel que ha
visto su pecado, dice Isaac el sirio- es más grande que quien resucita muertos”.
Luego
da el remedio contra la tentación, el contemplar a Jesús crucificado para
obtener su gracia y así ser curados, al igual que los israelitas en el desierto
eran curados cuando contemplaban la serpiente de bronce de Moisés: “Si somos
mordidos por alguna serpiente, contemplemos a Cristo clavado en la cruz, como
los israelitas miraban la serpiente de bronce en el estandarte (Núm 21, 8-9)”. Luego afirma que la
tentación tiene un “sentido pascual”, porque es un “paso” que conduce de “nuestra
muerte”, a la Vida, que es Jesús: “Toda tentación tiene un sentido pascual: nos
arranca de nuestra muerte y nos hace pasar a Él, el Viviente”.
Esta
función benéfica de la tentación no se limita a un período de la vida, sino que
se prolonga hasta el último instante de la existencia terrena: “Dijo Antonio al
Abba Poemén[3]:
“Este es el gran quehacer del hombre: reconocer su pecado en presencia de Dios
y esperar la tentación hasta el último respiro””.
En un momento de la historia y de la Iglesia en la que el
hombre, más que eliminar el pecado, pretende convertirlo en algo bueno y
apetitoso, San Antonio abad con sus apotegmas, nos alerta ante el peligro que
subyace en esta y en toda tentación, el creer en la Gran Mentira del Tentador: “Seréis
como dioses” (cfr. Gn 3, 5).
[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] http://parrhesiamonastica.blogspot.com.ar/2011/04/apotegmas-de-san-antonio-abad.html
[3] “Poemén”, que
significa “pastor”, es una figura grande del monacatao de Scete. Se le
atribuyen más de 200 sentencias. Afirma que la verdadera grandeza del hombre es
reconocer su miseria.
lunes, 2 de enero de 2017
Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia
Vida de santidad.
San
Basilio nació en Cesarea de Capadocia el año 330, en el seno de una familia
cristiana[1]. Se
destacó por su gran inteligencia y sus múltiples virtudes y aunque había
comenzado a llevar una vida eremítica, tuvo que abandonarla al ser elegido
obispo de su ciudad en el año 370. Se caracterizó por combatir a una de las más
grandes y peligrosas herejías, el arrianismo, escribiendo muchas e importantes
obras. También redactó reglas monásticas, por las que se rigen aún muchos
monjes orientales y se destacó por el acento puesto en las obras de
misericordia para con los más necesitados. Murió el día 1 de enero del año 379.
San
Gregorio nació cerca de Nacianceno el mismo año 330 y compartió, con su amigo Basilio,
un destino muy similar: entró en la vida eremítica, pero luego tuvo que
abandonarla al ser ordenado, primero presbítero y luego, en el año 381, obispo
de Constantinopla. Sin embargo, a causa de los diversos bandos que dividían a
su Iglesia se retiró a Nacianzo, donde murió el día 25 de enero del año 389 o
390. Por su eximia doctrina y elocuencia, mereció el apelativo de “el teólogo”.
Mensaje de santidad.
San Basilio.
Además
de combatir a la herejía arriana, que niega la divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo –lo cual atenta directamente contra la Eucaristía, porque la
Eucaristía es el mismo Cristo Dios con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad-, el
otro gran mensaje de santidad que nos deja San Basilio es su preocupación por
los pobres, a quienes deseaba ayudar, pero también hacer que otros los ayudaran[2].
De San Basilio son aquellas famosas palabras: “Óyeme cristiano que no ayudas al
pobre: tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas le pertenece al
hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado
que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no
es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con que comprar
lo que necesita. Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”[3].
San Basilio llama “verdadero ladrón” al cristiano que no auxilia, con sus
bienes, al más necesitado, lo cual implica un gran misterio, porque no se trata
de un mero “asistencialismo” de tipo social, sino de una visión sobrenatural de
la vida, del mundo y de los hombres: se es un “ladrón” cuando no se comparten
los bienes con los más necesitados, porque en ellos está Jesucristo, de un modo
misterioso, pero no menos real.
San
Gregorio Nacianceno.
Su
mensaje de santidad, además del amor a Dios, es acerca de la verdadera amistad,
que es la basada en la amistad de Cristo. En efecto, ambos eran grandes amigos,
pero no con amistad mundana, sino con una amistad verdaderamente cristiana,
basada y cimentada en el Amor de Cristo, que fue el primero en llamarnos a
nosotros, los hombres, sus “amigos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Decía así San Gregorio
Magno, acerca de su amistad con San Basilio[4]: “(…)
Por entonces, no sólo admiraba yo a mi grande y querido Basilio, por la
seriedad de sus costumbres y por la madurez y prudencia de sus palabras (…) Éste
fue el principio de nuestra amistad, el pequeño fuego que empezó a unirnos; de
este modo, se estableció un mutuo afecto entre nosotros”. El “fuego” de la
amistad se inicia en el Fuego del Amor del Sagrado Corazón de Jesús, y es lo
que fundamenta el verdadero amor de amistad cristiano, que se basa en la Verdad
y tiende a la Verdad. Continúa el santo: “(…) Con el correr del tiempo, nos
hicimos mutuas confidencias acerca de nuestro común deseo de estudiar la
filosofía; ya por entonces se había acentuado nuestra mutua estimación,
vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos
idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por
el estudio, con lo que ésta se hacía cada vez más ferviente y decidida. Teníamos
ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es la que más se presta a
envidias; sin embargo, no existía entre nosotros tal envidia, aunque sí el
incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno
para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro, pues cada uno
consideraba la gloria de éste como propia. Era como si los dos cuerpos tuvieran
un alma en común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que afirman que
todas las cosas están en todas partes, en nuestro caso sí podía afirmarse que
estábamos el uno en el otro”.
Lo
que los une es el amor a la virtud y a un comportamiento que los hiciera
merecedores de la vida eterna: “Idéntica era nuestra actividad y nuestra
afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y
tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento
de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con
estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones,
esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos
el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el
decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir
el bien del mal”. El verdadero amor de amistad se encuentra en esta frase: “(…)
éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal”. El
que ama verdaderamente a su amigo, no solo jamás lo inducirá al mal, sino que será
como su ángel guardián, o como su conciencia, que lo guiará siempre al Bien
Increado, que es Jesucristo.
Por
último, para San Basilio, su mayor “título de gloria” era el “ser cristiano” y
el “ser reconocido” por ese nombre, es decir, por las obras, que nunca son
malas, sino buenas y verdaderas, porque están cimentadas y fundadas en Cristo: “Y,
así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado de sus padres,
ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de
gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos”.
Además
de lo relacionado con la verdadera amistad cristiana, hay otro gran mensaje de
santidad de San Gregorio, y es en relación a la condición de María Virgen como
Madre de Dios, un concepto que implica que el fruto de sus entrañas virginales,
Cristo Jesús, era un embrión verdadero, es decir, un niño no-nato, que recibió
los nutrientes maternos y el “revestimiento” de carne y sangre maternas, como
le sucede a todo embrión humano. Esto es necesario aclarar, sobre todo para
aquellos herejes que niegan la corporeidad del Dios Invisible, Nuestro Señor
Jesucristo, lo cual constituye un grave error, tanto con relación a la Virgen,
como con relación a Jesús. Al respecto, decía así el santo: “Si alguien no está
de acuerdo en que Santa María es la Madre de Dios, está en desacuerdo con la Divinidad.
Si alguno afirma que Cristo solamente pasó a través de la Virgen como a través
de un canal y niega que Él haya sido formado dentro de Ella de un modo divino,
sin intervención de hombre, y de un modo humano según las leyes de la
gestación, ese tal es un impío”. Y de manera análoga, puesto que Jesús prolonga
su Encarnación en la Eucaristía, se puede decir que quien afirma que Jesús no
está con su Cuerpo en la Eucaristía, formado al modo divino –esto es, por obra del
Espíritu Santo, en el momento de la consagración, en donde la substancia del
pan se convierte en la substancia del Cuerpo de Cristo y la del vino en la
substancia de la Sangre de Cristo-, ese tal es un impío.
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