San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 19 de enero de 2017

San Antonio abad


Vida de santidad[1].
Considerado como el padre del monaquismo, San Antonio abad nació en Egipto hacia el año 250, hijo de acaudalados campesinos. Luego de la muerte de sus padres, en el momento en el que asistía a una celebración Eucarística escuchó las Palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”, que San Antonio consideró como dichas directamente a él. Fue así que repartió su herencia entre los pobres y se retiró al desierto, para llevar una vida de penitencia y oración, llevando una vida eremítica y convirtiéndose en modelo de espiritualidad ascética. Fundó comunidades de oración y trabajo, logrando así conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Además de su espiritualidad monacal, se caracterizó por el apoyo a los confesores de la fe durante la persecución de Diocleciano, además de apoyar a San Atanasio en sus luchas contra la herejía gnóstica sostenida por el sacerdote apóstata Arrio. Murió en el año 356 en el monte Colzim, próximo al mar Rojo. Se dice que de avanzada edad pero no se conoce su fecha de nacimiento.
         Mensaje de santidad[2].
Una colección de sentencias suyas, conocida como “apotegmas”, demuestra su profunda y sobrenatural espiritualidad evangélica. De entre los temas de los apotegmas, podemos rescatar uno, referido a la tentación, en la que el santo la describe como incluso necesaria para la salvación, puesto que así el alma puede probar –sostenida por la gracia- su amor por Dios y su rechazo por el demonio. Es decir, lejos de ser la tentación un obstáculo para la vida espiritual, es imprescindible para su crecimiento e incluso, para entrar en el Reino de los cielos: “Quien no ha sufrido la tentación no puede entrar en el Reino de los Cielos. En efecto, dijo, suprime las tentaciones y nadie se salvará”. En otro lugar, dice así: “La tentación acompaña al hombre como su sombra, incluso se le adelanta... Esta es la vía de la salvación, la única: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman” (Sant 1, 12)”. Para San Antonio, la tentación hace ver al hombre cuál es la realidad de su ser, su fragilidad, y por lo tanto, su dependencia de Cristo, ayudándolo así a crecer en la humildad y a evitar la soberbia: “La tentación conduce al hombre a la verdad de su ser, dándole la media exacta de su fragilidad; la tentación le fortalece probándole y le lleva a su madurez en Cristo”. Citando a otro Padre del desierto, Isaac el sirio, San Antonio afirma que el hombre que “ha visto su pecado”, es decir, se ha reconocido en la tentación, “es más grande” que alguien que hace milagros portentosos, como resucitar muertos: “Aquel que ha visto su pecado, dice Isaac el sirio- es más grande que quien resucita muertos”.
Luego da el remedio contra la tentación, el contemplar a Jesús crucificado para obtener su gracia y así ser curados, al igual que los israelitas en el desierto eran curados cuando contemplaban la serpiente de bronce de Moisés: “Si somos mordidos por alguna serpiente, contemplemos a Cristo clavado en la cruz, como los israelitas miraban la serpiente de bronce en el estandarte (Núm 21, 8-9)”. Luego afirma que la tentación tiene un “sentido pascual”, porque es un “paso” que conduce de “nuestra muerte”, a la Vida, que es Jesús: “Toda tentación tiene un sentido pascual: nos arranca de nuestra muerte y nos hace pasar a Él, el Viviente”.
Esta función benéfica de la tentación no se limita a un período de la vida, sino que se prolonga hasta el último instante de la existencia terrena: “Dijo Antonio al Abba Poemén[3]: “Este es el gran quehacer del hombre: reconocer su pecado en presencia de Dios y esperar la tentación hasta el último respiro””.
         En un momento de la historia y de la Iglesia en la que el hombre, más que eliminar el pecado, pretende convertirlo en algo bueno y apetitoso, San Antonio abad con sus apotegmas, nos alerta ante el peligro que subyace en esta y en toda tentación, el creer en la Gran Mentira del Tentador: “Seréis como dioses” (cfr. Gn 3, 5).





[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] http://parrhesiamonastica.blogspot.com.ar/2011/04/apotegmas-de-san-antonio-abad.html
[3]Poemén”, que significa “pastor”, es una figura grande del monacatao de Scete. Se le atribuyen más de 200 sentencias. Afirma que la verdadera grandeza del hombre es reconocer su miseria.

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