San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 25 de enero de 2017

La Conversión de San Pablo, preludio y modelo de la conversión eucarística del católico


         En la Conversión de San Pablo, debemos considerar que la luz que lo convierte, no es solo exterior, sino ante todo interior, pero no surgida de sí mismo, sino venida de lo alto; es una Luz Increada, que brota del Ser divino trinitario de Cristo Jesús; es una luz que, iluminando el alma, le disipa las tinieblas del error, del pecado y de la ignorancia, a la par que hace al alma partícipe de la vida divina trinitaria, lo cual implica conocer y amar a Dios tal como Dios es: Uno y Trino, encarnado en la Persona del Hijo en Jesús de Nazareth. Es por esto que la conversión de Pablo no es una mera “conversión a Dios” Uno, sino a Dios Uno y Trino y al Mesías y Redentor, Cristo Jesús.

         La conversión del católico también debe ser en este mismo sentido, conversión a la Trinidad y al Mesías, Cristo Jesús. No es una conversión al Dios Uno; no es una conversión “monoteísta”, sino trinitaria, al Dios Trino y al Mesías Jesús. Pero el católico está llamado a profundizar esta conversión, no por obra propia, como si de él dependiese, lo cual es imposible, sino por medio de la luz del Espíritu Santo, que le revela y al mismo tiempo lo hace partícipe de los misterios del Hombre-Dios Jesucristo. La conversión a la cual el católico y toda la Iglesia está llamado, es la “conversión eucarística”, esto es, la conversión, el dirigir y centrar el propio acto de ser a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, que prolonga su encarnación en la Eucaristía. En otras palabras, el mismo Hombre-Dios que se le revela a San Pablo y lo convierte con su luz, es el mismo Hombre-Dios que está Presente en el Sacramento de la Eucaristía, y es por esto que, hacia la Eucaristía –y no hacia un vago “Dios”-, es que debe convertirse el cristiano y la Iglesia toda. Mientras no se dé, en el alma de todo bautizado en la Iglesia Católica y en toda la Iglesia Católica en cuanto Cuerpo Místico de Cristo, esta conversión eucarística, seremos, sino ateos o apóstatas, meros creyentes de un Dios Uno, que en nada se diferencian de creyentes de otras religiones monoteístas. Que Nuestra Señora de la Eucaristía, tomando posesión de nuestros pobres corazones pecadores, los guíe y los conduzca hacia la “conversión eucarística”, única conversión –en cuanto continuadora y profundizadora de la conversión de Pablo- necesaria y posible para la salvación del alma.

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