San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 9 de diciembre de 2016

San Juan Diego Cuauhtlatoatzain


         Puede decirse que San Juan Diego fue, en su vida terrena, uno de los hombres más afortunados de la tierra, puesto que tuvo el privilegio de ser el destinatario de las apariciones de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Esto nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿cómo era San Juan Diego antes de que la Virgen se le apareciese? ¿Qué características tenía su personalidad? ¿Era una persona letrada? ¿Era una persona importante, desde el punto de vista humano? Podemos decir que San Juan Diego era ya un hombre de mediana edad, de unos cincuenta años. De raza indígena, había sido catequizado y bautizado por los misioneros españoles y había adoptado el nombre de Juan Diego. Al momento de aparecérsele la Virgen, Juan Diego tenía por lo tanto estas características: había recibido la instrucción en la fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, y vivía esta fe y la practicaba con mucho amor, y la prueba está en que, en el tiempo en el que la Virgen se le apareció, se encontraba practicando una de las obras de misericordia de la Iglesia, que es el asistir a los enfermos, ya que se encontraba de camino hacia el poblado para buscar al sacerdote que le diera la unción de los enfermos a su tío, gravemente enfermo. Otra característica de Juan Diego era su gran amor por la Misa y la Eucaristía, a la que asistía con asiduidad, a pesar de que para llegar al templo parroquial debía caminar por varios kilómetros, cada vez que había Misa. Otra característica es su gran humildad: a pesar de que es la Virgen misma la que lo elige, él se considera que es “nada” y que “la Señora” podría elegir otros que son “mejores que él”; también se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, a quien consideraba como lo que era, es decir, un sucesor de los Apóstoles. A pesar de tener cincuenta años, su corazón y su alma tenían la pureza y la inocencia de un niño, y esto lo da la gracia santificante, y hacía que su alma fuera sumamente agradable a Dios, porque el mismo Jesús nos dice que, para entrar en el Reino de los cielos, hay que ser como niños, es decir, puros e inocentes como niños, y esto solo lo da la gracia santificante; esto se prueba por las mismas palabras de la Virgen, quien se dirige a Juan Diego diciéndole “mi niño más pequeño”. No era letrado, porque no tenía estudios, pero sí tenía la sabiduría divina que le hacía apreciar y valorar la Eucaristía y la Unción de los enfermos como más valiosos que el oro, porque le permitían salvar su alma y la de su tío, y es por eso que su preocupación era encontrar un sacerdote para que le diera la unción a su tío agonizante. No era un personaje “importante” según el modo de ver de los humanos, porque no tenía estudios académicos, ni origen noble, ni ocupaba puestos sociales de importancia; sin embargo, poseía en su alma aquello que lo hacía noble a los ojos de Dios, y era la gracia santificante, a la cual cuidaba con todo celo y buscaba de acrecentarla con obras de caridad, como el asistir a los enfermos. Una vez que conoce a la Virgen, le obedece en todo lo que le dice, aun cuando lo que la Virgen le pide supera su capacidad de comprensión –por su sola razón, no podía creer que hubieran rosas de Castilla en la cima del monte Tepeyac, por la época invernal y por el lugar, y sin embargo, sube a buscar las rosas, porque la Virgen se lo pide-; también vence sus respetos humanos –como vimos, se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, pero lo hace porque la Virgen se lo pide- y le lleva al Obispo las rosas de Castilla que recoge del monte Tepeyac, tal como la Virgen se lo había pedido, y su obediencia y amor a la Virgen le valen el haber sido instrumento de uno de los más grandiosos milagros de la Virgen, que es la impresión en su tilma de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Estas son entonces las características de San Juan Diego: fe en Jesucristo y en la vida eterna que Él concede; amor a la Iglesia y amor a sus sacramentos, como la Eucaristía y la Unción de los enfermos; humildad de corazón; sabiduría divina; obediencia a las órdenes de la Virgen;  misericordia en su corazón, porque buscaba que su tío agonizante salvara su alma; amor a la Virgen y obediencia a lo que la Virgen le pedía, aun cuando no comprendiera con su razón natural; vivía en gracia santificante y eso le concedía el ser “como niño”, es decir, heredero y merecedor del cielo.

         Lejos, muy lejos de ser como San Juan Diego, sin embargo nosotros podemos imitarlo en algo y es darle a la Virgen, no una tilma, sino nuestros corazones, para que Ella se digne imprimir en nuestros corazones su imagen, la hermosísima y maravillosa imagen de la Virgen de Guadalupe. Y también podemos ofrecerle a la Virgen nuestras tribulaciones y preocupaciones, para así escuchar de labios de la Virgen lo mismo que le dijera a San Juan Diego en el momento de mayor angustia en su vida, que era cuando su tío estaba agonizante: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”.

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