San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 13 de diciembre de 2016

Santa Lucía, virgen y mártir


         Durante su vida terrena, Santa Lucía alcanzó dos méritos sobrenaturales, que le valieron ganar el cielo: el ser virgen y el ser mártir y con ambos anuncia que existe una vida eterna. Por esto mismo, y también por su juventud, Santa Lucía es un luminoso y valiosísimo ejemplo para los niños y jóvenes de nuestro tiempo, en donde se niega la trascendencia y la vida eterna –se vive el hoy, el aquí y ahora, en la inmanencia más absoluta-, al tiempo que se exalta la impureza –en todas sus formas, incluida la contra-natura- al punto de exigirla, reclamarla y declararla como “derecho humano”, es decir, se pretende convencer a niños y jóvenes no solo que la pureza corporal no tiene sentido, sino que la impureza corporal es legítima, natural y un “derecho del hombre”. Por su doble condición de virgen y mártir, entonces, Santa Lucía es un ejemplo inigualable para los cristianos, pero sobre todo, para niños y jóvenes.
         Con su virginidad –se consagró secretamente a Dios siendo niña muy pequeña y una de las causas de su muerte fue precisamente por resguardar esta consagración-, Santa Lucía anuncia ya la vida futura en el Reino de los cielos. Quien en esta vida elige la virginidad consagrada, es decir, renuncia al amor esponsal terreno, no lo hace porque no sabe amar a su prójimo, sino porque ama a un Amor Eterno, celestial, sobrenatural, encarnado y manifestado en Cristo Jesús. Es decir, la virginidad consagrada es un testimonio viviente de que hay un Amor esponsal que no es terreno, sino celestial y sobrenatural, que es el Amor de Jesucristo, que ama a cada alma así como un esposo ama a su esposa. Consagrar la virginidad y renunciar al amor esponsal terreno no es entonces no saber amar, sino amar con un amor esponsal a un Amor infinitamente más grande que cualquier amor humano, y es el Amor de Cristo. Santa Lucía, al consagrar su virginidad, anticipa entonces la vida eterna en los cielos, porque renuncia a los desposorios terrenos –y por lo tanto, a tener cónyuge y a formar una familia- para amar, ya desde la tierra, al Amor divino, Cristo Jesús. Así anticipa la vida celestial en la eternidad, porque nos indica que hay un Amor que está más allá de esta vida, reservado esponsalmente para quienes renuncian a los desposorios terrenos. El consagrado, con su virginidad, nos está diciendo: “No me caso en la tierra, porque espero desposarme con el Amor de Dios, Cristo Jesús, en el cielo”.
         El otro mérito de Santa Lucía, el martirio, es decir, derramar la sangre y entregar la vida por Jesucristo, es también un testimonio de que existe una vida eterna, porque al entregar la vida terrena despreciando todo lo que el mundo ofrece y que, con su mundanidad, ofende a Dios –el hedonismo, la satisfacción ilícita de las pasiones, el materialismo, el consumismo, y los ídolos de todo tipo que el paganismo y el neo-paganismo ofrecen-, elige libremente la vida eterna, con sus bienes celestiales, esto es, la contemplación de la esencia divina de Dios Trino y del Cordero, contemplación que provoca en el alma un gozo celestial imposible de imaginar, que brota del Ser trinitario de Dios como de una fuente inextinguible. Quien da la vida por Jesucristo, es decir, quien prefiere morir antes que renegar de la fe en Él, que es el Cordero de Dios, nos está diciendo: “Comparada con los gozos que nos esperan en la vida celestial, que se derivan de contemplar al Cordero, todo lo que ofrece este mundo es igual a nada, y por eso prefiero entregar la vida terrena, antes que resignar la vida eterna con sus gozos, dichas y alegrías infinitas”.

         Ahora bien, dijimos que Santa Lucía es un ejemplo para niños y jóvenes –y también para todo cristiano-, y todos la podemos imitar, de alguna manera y en nuestro estado de vida en su pureza de cuerpo y alma. ¿De qué manera? Podemos imitarla, ya sea con la virginidad consagrada o con la castidad –aquí la imitamos en la pureza de cuerpo-, y también con el propósito de morir antes de pecar –aquí la imitamos en la pureza de alma- y, con esto, la imitamos también en su testimonio sobre la vida eterna, porque si queremos ser puros de cuerpo y alma como Santa Lucía, es para obtener, en anticipo, ya desde la tierra, el doble gozo del Amor esponsal con Jesús y la contemplación de la Trinidad, y esto lo tenemos por la comunión eucarística: cuando comulgamos, entronizamos a Jesús en nuestros corazones, para que allí el Cordero de Dios sea amado, bendecido y adorado; por la comunión en gracia, con pureza de cuerpo y alma, nos unimos a Jesús, Esposo celestial, ya desde la tierra, anticipando el gozo y la alegría que experimentaremos, en la eternidad, al adorar al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

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