San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 27 de diciembre de 2016

Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista


         San Juan, Apóstol y Evangelista, tuvo el privilegio concedido a muy pocos santos, y es el de ser testigo, desde su juventud, de los insondables misterios del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo.
San Juan es el Apóstol amado que tuvo el privilegio de escuchar, lo más cerca que le es permitido al oído humano, los latidos del Sagrado Corazón de Jesús, cuando en la Última Cena “reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús”. Así, San Juan pudo apreciar, por un lado, el inmenso Amor que ardía en el Corazón de Jesús y que era el que lo llevaba a la Cruz –porque por amor a los hombres es que Jesús se inmoló en la Cruz-, aunque también pudo apreciar la amargura y el dolor infinito que este Corazón probaba, porque Jesús sabía que, para una inmensa cantidad de hombres, sus sacrificios serían vanos, ya que habrían de condenarse irremediablemente al rechazarlo a Él, el Mesías, y estos hombres serían, ante todo, miembros de su Cuerpo Místico como Judas Iscariote, a quien Jesús, a pesar de llamarlo y tratarlo como “amigo” y a pesar de humillarse ante él lavándole los pies como un esclavo, habría de condenarse porque, a diferencia de Juan Evangelista, que eligió escuchar el dulce sonido de los latidos del Corazón de Jesús, Judas eligió escuchar el duro tintineo metálico de treinta monedas de plata.
         San Juan tuvo también el privilegio de encontrarse, junto con la Virgen, al pie de la Cruz de Jesús, recibiendo de Jesús la suprema muestra de Amor, cuando además de entregar Jesús su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Cruz por nuestra salvación, eligió a Juan –en quien estábamos todos los hombres representados- para dar a su Madre, la Virgen, como Madre Nuestra, y es así que, desde ese momento, la Virgen nos adoptó como hijos suyos muy amados.
         San Juan tuvo también el privilegio de ser el primero en ingresar al sepulcro y comprobar que estaba vacío, siendo así testigo, junto con Pedro y las santas mujeres de Jerusalén, de la Resurrección del Hombre-Dios Jesucristo.
         Por último, y si bien no estuvo en el día del Nacimiento de Nuestro Señor, San Juan tuvo el privilegio de contemplar, como ningún otro, el misterio de la Navidad, y es lo que él escribe en su Evangelio, ya que contempla al Verbo de Dios en su divinidad, en su “estar junto al Padre” y en su “ser Dios” –y por esto es que se lo representa como un águila, puesto que se eleva, como el águila se eleva en dirección al sol para contemplarlo, hasta el misterio mismo de la Trinidad, formada por el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo-, pero también lo contempla ya encarnado, esto es, cuando el Verbo de Dios, Espíritu Purísimo, se encarna en el seno virgen de María, nace como Niño y predica el Evangelio como Hombre-Dios: “Y el Verbo de Dios se hizo carne”. Esta frase de Juan, sencilla, describe como nadie el misterio de la Navidad, porque ese Niño de Belén es “el Verbo de Dios hecho carne”, hecho Niño, que nace para donársenos como Pan de Vida eterna en la Eucaristía. Y es lo que explica que Juan, al contemplar a Jesús, diga: “Nosotros hemos visto su gloria, como de Unigénito”, porque la gloria de Dios está en el Niño de Belén, como en su Fuente Increada, porque el Verbo es la Gloria Increada en sí misma.

         El cristiano no puede, por lo tanto, vivir la Navidad, sino es por medio del Apóstol Juan y es así que, parafraseando al Apóstol, luego de contemplar al Niño de Belén, el cristiano debe decir: “En el principio, el Niño era Dios, el Dios Niño estaba con Dios, el Dios Niño era la luz que ilumina a todo hombre, el Niño es Dios Hijo hecho carne, y nosotros, que lo contemplamos en el Pesebre de Belén, hemos visto, en la Carne del Niño Dios, la gloria del Unigénito de Dios”.

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