San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 7 de diciembre de 2016

San Ambrosio


         Vida de santidad.

         Nació el año 340 en Tréveris, de una familia romana, hizo sus estudios en Roma, y fue elegido obispo de la ciudad Milán en el año 374. Se distinguió por su caridad hacia todos, como verdadero pastor y doctor de los fieles. Defendió valientemente los derechos de la Iglesia y, con sus escritos y su actividad, ilustró la doctrina verdadera, combatida por los arrianos. Murió un Sábado Santo, el 4 de abril del año 397[1].

         Mensaje de santidad.

         Puesto que San Ambrosio fue uno de los más lúcidos opositores contra una de las herejías más peligrosas de la Iglesia de todos los tiempos, el Arrianismo, es conveniente recordar en qué consiste esta herejía, ya que afecta directamente al fundamento mismo de la Iglesia, la Persona de Nuestro Señor Jesucristo y, en consecuencia, afecta también a la doctrina eucarística.
         ¿En qué consiste la herejía arriana? Hacia el año 320, Arrio, sacerdote de Alejandría, sostuvo que Jesús no era propiamente Dios, tal como lo afirma la fe católica, sino la “primera criatura creada por el Padre”, con la misión de colaborar con Él en la obra de la creación y al que, por sus méritos, elevó al rango de Hijo suyo; según esta falsa posición, con respecto a los hombres, Cristo puede ser considerado como Dios –en realidad, un demiurgo, o un semi-dios-, pero no con respecto al Padre, desde el momento en que su naturaleza no es ni igual ni consusbtancial con la naturaleza del Padre, lo cual es una falsedad y una herejía. Esta herejía es sumamente peligrosa porque, como decíamos, afecta la Piedra Basal de la Iglesia, que es la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, por lo cual no da lo mismo combatirla o no combatirla. El emperador Constantino, preocupado por la difusión de la herejía y por las luchas internas que, a causa de ella, dividían a los católicos, convocó en Nicea el I Concilio Ecuménico, en el año 325, y como resultado de sus deliberaciones, se condenó a Arrio y a sus secuaces, afirmando en el  Símbolo llamado Niceno: “Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas, visibles e invisibles. Creemos en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado sólo por el Padre, o sea, de la misma substancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho en el cielo y en la tierra, que por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre”. El anatema contra Arrio estaba redactado en los siguientes términos: “En cuanto a aquellos que dicen: hubo un tiempo en que el Hijo no existía, o bien que no existía cuando aún no había sido engendrado, o bien que fue creado de la nada, o aquellos que dicen que el Hijo de Dios es de otra hipóstasis o sustancia, o que es una criatura, o cambiante y mutable, la Iglesia católica lo anatematiza”[2].
         La negación de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, tal como la sostiene Arrio, tiene consecuencias directas y catastróficas para la verdadera y única fe: si Cristo no es Dios, es decir, si no es consubstancial al Padre y de su misma naturaleza, y si es creado y no engendrado, entonces no puede concedernos la gracia, porque la gracia proviene de Dios, que es Gracia Increada, y si esto es así, los sacramentos, instituidos por Cristo, no tienen ninguna eficacia. Pero el daño principal hecho a la fe, es en relación a la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía: en otras palabras, si Cristo no es Dios, como falsamente lo afirmaba Arrio, entonces la Eucaristía no es más que un pan bendecido en una ceremonia religiosa, y de ninguna manera, Jesús, el Hijo Unigénito del Padre, oculto en apariencia de pan, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Pero no solo en la Eucaristía, sino que también en todos los demás sacramentos se resiente la doctrina de la gracia, porque entonces los sacramentos, instituidos por Cristo, no tienen capacidad de santificación en las almas de los hombres, desde el momento en que Él no es Dios. Así, por ejemplo, en el sacramento del matrimonio, los esposos contarían con sus solas fuerzas humanas, las cuales son inexistentes para lograr la santidad de los cónyuges. O, si se diera el caso de una segunda unión, sin haber declarado nula la primera, no habría gracia alguna que pudiera, a quienes están en adulterio, vivir en castidad, “como hermanos”, porque las solas fuerzas de la naturaleza humana no alcanzan para esto.
         El Concilio de Nicea, sostenido por San Ambrosio, rechaza de plano el grave error cristológico de Arrio: se reafirma que Cristo no es un segundo Dios o un semi-Dios, sino que es Dios como el Padre lo es, y sólo Dios es el único mediador a través del Logos (o Verbo), el Hijo de Dios que es Dios, como el Padre es Dios. En consecuencia, sólo Dios puede realizar la divinización a través de la Encarnación y de la Redención[3]. Y puesto que este Logos, que tiene poder de divinización por la concesión de la gracia al ser consubstancial al Padre y de su misma naturaleza, que se ha encarnado, prolonga su Encarnación en la Eucaristía, por lo que la Eucaristía es el mismo Logos, el Verbo de Dios Encarnado, que procede del Padre no por creación, sino por haber sido engendrado en su seno desde la eternidad. Es decir, Cristo es Dios, y la Eucaristía es Cristo Dios.



[1] http://www.corazones.org/santos/ambrosio.htm
[2] http://www.mercaba.org/Herejia/arrianismo.htm
[3] Cfr. ibidem.

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