San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 30 de septiembre de 2016

San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia


         Vida de santidad[1].

         Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. En esta época es cuando empezó su traducción latina de la Biblia. Promovió la vida monástica, estableciéndose luego en Belén, en donde murió en el año 420. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura.

         Mensaje de santidad.

         San Jerónimo, gran estudioso de la Biblia, afirmaba que “desconocer las Escrituras, es desconocer a Cristo”: “Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”[2].
Para San Jerónimo es tan importante la Escritura, que no se explica cómo se puede vivir, no sin alimentos para el cuerpo, sino sin “la ciencia de las Escrituras”: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”.
También afirma que la Biblia es el instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”.
Quien lee la Escritura, conversa con Dios: “Si rezas -escribe a una joven noble de Roma- hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla”.
Puesto que la Biblia es de origen sobrenatural y si tratamos de leerla e interpretarla con nuestra razón humana solamente, no seremos capaces de aprehender el misterio y la rebajaremos al nivel de lo que nuestra razón puede entender, San Jerónimo da el criterio para leer e interpretarla: “Un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras es la sintonía con el magisterio de la Iglesia”. Es decir, no se puede leer ni interpretar la Escritura, sino es en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia.
Es en este sentido que afirma: “Estoy con quien esté unido a la Cátedra de San Pedro”; “Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia”: esto quiere decir lo mismo que recién: que la interpretación de la Escritura no se puede hacer al margen del Magisterio de la Iglesia, representado por Pedro.
Nuevamente, afirma la misma idea: “Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo”. Al ser de origen sobrenatural, si leemos la Escritura solo a la luz de nuestra limitada razón, “encontraremos demasiadas puertas cerradas y caeremos en errores”; sólo el Espíritu Santo, que se manifiesta a través del Magisterio, nos abrirá las puertas de la Sabiduría y evitará que caigamos en penosos errores.
En otras palabras, para el santo, la auténtica interpretación de la Biblia sólo se puede dar cuando se permanece en completa armonía con la fe de la Iglesia Católica, y no según otros credos.
Una consecuencia de la lectura de la Escritura es la misericordia para con el prójimo: “vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo”.
La Palabra de Dios, según San Jerónimo, “indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad”.
         Ahora bien, si todo esto que dice San Jerónimo acerca de la Palabra de Dios escrita, la Biblia, es cierto, todo esto lo podemos aplicar de modo análogo a la Palabra de Dios encarnada, la Eucaristía. Es decir, en cada lugar en donde dice: “Biblia” o “Palabra de Dios”, ponemos “Eucaristía”, con lo cual quedarían así las afirmaciones de San Jerónimo: “¿Cómo es posible vivir sin la Eucaristía, a través de la cual se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”.
Comulgar la Eucaristía es el equivalente a conversar con Dios: “Si comulgas, Él cena contigo y tú con Él”.
Y al igual que sucede con la Biblia, que no puede ser leída e interpretada al margen del Magisterio de la Iglesia Católica y de la fe de Pedro, el Vicario de Cristo, tampoco la fe en la Eucaristía puede permanecer al margen del Magisterio y de la fe de Pedro, el Papa, porque eso equivaldría a rebajar el misterio eucarístico al bajo nivel de nuestra razón: “Un criterio metodológico fundamental en la fe eucarística es la sintonía plena y absoluta con Magisterio bimilenario de la Iglesia”. Es decir, no se puede creer ni comulgar la Eucaristía, sino es en plena sintonía con lo que la Santa Iglesia Católica ha afirmado, desde siempre, acerca de la Presencia real y substancial de Nuestro Señor en la Hostia consagrada.
También en este sentido, podemos afirmar, junto con San Jerónimo, con respecto a la doctrina eucarística: “Estoy con quien esté unido a la Cátedra de San Pedro”; “Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia”; es decir, la doctrina acerca de la Escritura no se puede hacer al margen del Magisterio de la Iglesia, representado por Pedro.
Y al igual que sucede con la Escritura, que si se la lee con la sola razón humana se cae en errores, lo mismo es con respecto a la Eucaristía, si se la ve con la sola razón del hombre, se cae en innumerables errores y herejías, unos peores que otros: “Por nosotros mismos nunca podemos creer en la Eucaristía. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Eucaristía es obra de Dios y de su Espíritu Santo, para el Pueblo de Dios”. Al ser de origen sobrenatural, si creemos en la Eucaristía solo a la luz de nuestra limitada razón, “encontraremos demasiadas puertas cerradas y caeremos en errores”; sólo el Espíritu Santo, que se manifiesta a través del Magisterio, nos abrirá las puertas de la Sabiduría y evitará que caigamos en penosos errores, cismas y herejías.
En otras palabras, así como sucede con la Palabra de Dios escrita, también para la auténtica fe en la Palabra de Dios encarnada, Presente bajo apariencia de pan, sólo se puede dar cuando se permanece en completa armonía con la fe de la Iglesia Católica, y no según otros credos.
Y de la misma manera a como sucede con la Escritura, cuya lectura conduce a amar misericordiosamente al prójimo, también sucede lo mismo con la Eucaristía, puesto que quien comulga el Amor de Cristo bajo apariencia de pan, debe dar luego ese mismo Amor al prójimo, bajo la forma de obras de misericordia, corporales y espirituales: “vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo”.
Por último, al igual que la Palabra de Dios, la Eucaristía, esto es, Jesucristo Dios oculto en las especies eucarísticas, “indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad”. Podemos decir, con San Jerónimo: "Desconocer la Eucaristía es desconocer a Cristo".





[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] San Jerónimo, prólogo al Comentario sobre el libro del profeta Isaías, Núms. 1. 2: CCL 73, 1-3.

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