San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 21 de septiembre de 2016

San Mateo Evangelista


Según San Gregorio Magno, el Evangelista Mateo presenta a un Jesús desde su naturaleza humana, comenzando por su genealogía: “Mateo, en su evangelio presenta la genealogía de Cristo como hombre: “Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán: ...el nacimiento de Jesús fue así:..” (cfr. Mt 1, 1-18)”[1]. Este evangelio presenta a Cristo en su condición humana”. Continúa San Gregorio afirmando que el Cristo de San Mateo “está animado por sentimientos de humildad y ternura”: “Por esto encontramos en él a un Cristo animado siempre por sentimientos de humildad, siendo un hombre lleno de ternura”[2]. Es decir, San Mateo nos describe a un Jesús desde un punto de vista humano, pero esto no quiere decir que no lo describa como Dios Hijo encarnado, puesto que también relata numerosos milagros realizados por Jesús, milagros que sólo pueden ser hechos por Dios y que, por lo tanto, prueban que Jesús no es persona humana, sino quien Él dice ser, esto es, el Hijo de Dios encarnado, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad.
En otras palabras, que San Mateo lo describa con elementos propios de la naturaleza humana, como por ejemplo, su genealogía –lo cual indica que existió realmente en el tiempo y en el espacio y que no fue un “mito” o un “fantasma”- y con virtudes propias humanas, como la humildad –se humilla ante los Apóstoles, por ejemplo, lavándoles los pies- y la ternura –la compasión que muestra al llorar por su amigo Lázaro, o por la ruina de Jerusalén-, no significa que San Mateo no lo describiera también en el aspecto de su divinidad. De hecho, la narración de su encuentro con Jesús y su inmediato seguimiento deja traslucir que San Mateo, iluminado por el Espíritu Santo, pudo ver en Jesús no a un hombre más entre tantos, ni a un hombre santo, ni al más santo entre los santos, sino al mismo Hombre-Dios: “Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió”. Es esto lo que dice San Jerónimo, que “que un cierto aire de majestad brillaron en la continencia de Nuestro Divino Redentor, y traspasó su alma y lo atrajo fuertemente”.
Podemos decir que la forma en que San Mateo sigue a Jesús –“Él se levantó y lo siguió”, dice el Evangelio, lo cual sugiere inmediatez-, no se explica por una mera atracción humana de un discípulo hacia su maestro, sino por el llamado de Dios Hijo a través de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth. Es el Amor de Dios, encarnado en Jesucristo, quien llama a Mateo y es este Amor celestial el que lleva al apóstol a abandonar de modo inmediato todo lo que lo sujetaba a esta tierra: sus riquezas, su familia, su preocupaciones del mundo, sus placeres, y su profesión, dando así ejemplo de conversión sincera y perfecta.
“Sígueme”. También a nosotros nos repite Jesús, desde la Eucaristía, el mismo llamado que hiciera a San Mateo, diciéndonos: “Sígueme. Sígueme por el camino de la cruz, el único camino que lleva al cielo. Sígueme por el camino de la penitencia, la mortificación, la oración y la caridad. Sígueme, por el resto de tus días en la tierra, para que vivas luego en la eternidad en el Reino de Dios. Sígueme”. ¿Seguimos a Jesús, es decir, respondemos a su llamado a la santidad, como San Mateo, “inmediatamente”, o preferimos quedarnos con el hombre viejo, el hombre de la concupiscencia y de las pasiones?  



[1] San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), Contra los herejes, III 11,8; 9,1.
[2] Cfr. ibidem.

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