San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 27 de septiembre de 2016

San Vicente de Paúl y los pobres


         Vida de santidad de San Vicente de Paúl[1].

         Nació en Aquitania el año 1581. Una vez cursados los correspondientes estudios, fue ordenado sacerdote y ejerció de párroco en París. Fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y al servicio de los pobres, y también, con la ayuda de santa Luisa de Marillac, la Congregación de Hijas de la Caridad. Murió en París el año 1660.

         Mensaje de santidad de San Vicente de Paúl[2].

         San Vicente de Paúl es llamado “el apóstol de la caridad” por su gran dedicación a los pobres. Puesto que hoy circulan ciertas teorías acerca de los pobres que nada tienen que ver con el mensaje de Jesucristo, reflexionemos acerca de lo que decía el santo sobre los pobres. Decía así: “Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos”. Lo primero, entonces, es no hacer acepción de personas, es decir, no dejarse llevar por el aspecto exterior, ni tampoco por su falta de educación, puesto que por su situación no tuvieron acceso a estudios superiores. Esto es acorde a lo que dice la Escritura: “Dios no hace acepción de personas” (Rm 2, 11).
Luego continúa el santo: “Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”. San Vicente de Paúl nos da la clave evangélica para abordar a los pobres y a la pobreza: hay que mirarlos “a la luz de la fe” y esta fe nos dice que el pobre “representa el papel del Hijo de Dios, que también quiso ser pobre”. El pobre no es un engranaje más dentro de una máquina de hacer dinero, como sostiene el liberalismo, ni es un cuerpo sin alma destinado a vivir en una sociedad sin clases sociales, como dicen el comunismo y el socialismo: el pobre, en cuanto ser humano, es "imagen y semejanza de Dios", y también imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo, y así lo afirma San Vicente, quien sostiene que el pobre es “imagen” de Nuestro Señor Jesucristo porque Jesucristo, siendo Dios, asumió la naturaleza humana y eso representó para Él, que era Dios, una gran pérdida; además, en la Pasión, se volvió aún más pobre, porque le fue quitado todo lo que tenía, inclusive casi hasta su apariencia humana. Jesucristo, entonces, siendo rico, porque su naturaleza divina es infinitamente superior a la nuestra, se hizo pobre, y lo hizo para evangelizarlos, como dice la Escritura: “Me envió a evangelizar a los pobres”. Y, como Jesucristo, debemos tener sus mismos sentimientos para consolarlos, ayudarlos y apoyarlos.
Luego dice San Vicente de Paúl que Jesús quiso nacer pobre, eligió vivir pobremente, llamó junto a sí a discípulos pobres y se identificó de tal manera con ellos que afirmó que todo lo que les hiciéramos a ellos, en el bien o en el mal, se lo haríamos a Él, que está misteriosamente presente en ellos: “Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres”.
Dice el santo que Dios “ama a los pobres y también a los que aman a los pobres”, por lo que, cuanto más amemos a los pobres, sirviéndolos a ellos, más seremos amados por Dios: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos”.
Para con los pobres, debemos tener siempre “sentimientos de misericordia y compasión”, que son los sentimientos de Cristo: “Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos”[3].
Luego afirma que no hay que demorar el servicio a los pobres, y da el ejemplo de alguien que está haciendo oración y es solicitado por un pobre, puede dejar la oración, sin escrúpulos de estar cometiendo algún pecado, y atenderlo: “El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos. Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios”[4].
Finalmente, San Vicente de Paúl da la clave para tratar a los pobres según el Evangelio y no según las ideologías contrarias al Evangelio, como el comunismo y el liberalismo o el neo-liberalismo, y es la caridad o amor sobrenatural, el amor mismo de Dios y no simplemente el amor humano: “La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores”.
En definitiva, San Vicente de Paúl nos da la clave para amar a los pobres según el Evangelio y no según doctrinas anti-cristianas, en las que el pobre y la pobreza desplazan a Jesucristo del centro: no hacer acepción de personas; considerarlos a la luz de la fe, lo cual significa ver al mismo Jesucristo misteriosamente presente en ellos y tener presente que todo lo que hagamos a los pobres, se lo hacemos al mismo Jesucristo; tener para con ellos sentimientos de compasión; no demorar en el servicio de los pobres; amarlos con amor de caridad, que es el Amor del Espíritu Santo. Como complemento a las enseñanzas de San Vicente de Paúl, podemos hacer la siguiente consideración: lo más importante de todo es considerar a los pobres y a la pobreza en su adecuado lugar, lo cual quiere decir que los pobres no son el centro del Evangelio, sino que el centro del Evangelio es Nuestro Señor Jesucristo, que se nos presenta pobre, por la pobreza de la cruz –en la cruz no tiene nada material que le pertenezca, porque los clavos de hierro, la corona de espinas, la inscripción que dice: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, no le pertenecen, sino que se los ha provisto Dios Padre para que cumpla su misterio pascual de Muerte y Resurrección- y también se nos presenta como pobre al asumir nuestra naturaleza humana –ya vimos que eso significa para Él, que es Dios Hijo, un gran empobrecimiento, puesto que nuestra naturaleza es incomparablemente inferior con respecto a la divina-, y si Jesús se presenta como pobre, lo hace para enriquecernos con su gracia santificante y con su vida divina trinitaria. Entonces, así como Jesús nos enriqueció con su gracia, así nosotros debemos enriquecer a nuestros prójimos pobres, con la limosna y también con el amor de caridad.





[2] San Vicente de Paúl, Carta 2.546: Correspondance, entretiens, documents, París 1922-1925, 7.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem

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